domingo

FUEGO


Pronto el fuego, pero ahora le parece un milagro este frescor de amanecer que corre por la orilla. El agua, aún opaca, no deja ver los barbos que ociquean tan cerca y salen de huida en cuando detectan sus pasos. Se sienta junto a una encima grande y prepara la caña, enhebra la línea, ata un bicho de floam parecido a una chicharra.

Pronto el fuego, pero aún le quedan unas horas de caminar a placer, despacio, olvidando todo, descubriendo el pez y lanzando con mimo el señuelo cerca de sus morros. Contempla varios kilómetros de orilla. Descubre un zorrillo que viene a su encuentro, olisqueando alguna carpa muerta no se ha percatado de su presencia.

Un gran barbo toma la chicharra nada más caer. La sorpresa se reparte por igual entre el hombre, el pez, el zorro. No sabe su tamaño. Le saca la seda entera y la reserva, luego corre en paralelo a la tierra por el fondo, golpeando su cabeza con las piedras y se desengancha. El zorro trota monte arriba. El pescador suelta una voz que suena en la inmensa soledad como las palabras de furia de un dios griego.

Pronto el fuego. El disco anaranjado ya se ha vuelto amarillo. Casi son las nueve. Comienza a hacer calor. La inclinación de los rayos unos poquísimos grados convierte el aire en helador o hirviente. Todo depende de él, una burbuja de hidrógeno encendida, un dios venerado durante miles de años por los hombres. Ya quema. Bebe con avidez de la cantimplora. Antes de dar la vuelta se mete en el agua verdosa, nada un poco, sumerge la cabeza. Luego regresa como un náufrago tranquilo que no espera salvarse o como un peregrino al que no le importa llegar a Finis Terrae.

Un último lance de despedida cerca del coche, clava, lucha, sonríe, como un dios griego embriagado de dicha vuelve a gritar fuerte. El eco llega lejos, quién sabe si hasta el sol que ahora ya quema como fuego de verano.

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