miércoles

REÍR



Dejabas atrás el informe pendiente. Faltaba redactar las conclusiones estratégicas, sacar precioso petróleo de entre la hojarasca de los números y la arcilla prensada de las palabras. Dejabas atrás la cama caliente y a alguien que comenzaba a ser una extraña y a estar mucho más lejos que el río al que te acercabas conduciendo muy rápido, cortando la noche, por carreteras oscurísimas que podrías trazar aún hoy con los ojos cerrados. Descubrías lo fácil que era dejar atrás todo, recuperar de nuevo la sorpresa. Muchas veces te sentías más afín al río que a la persona que entonces amabas. También a las que luego amarías.

El ruido del agua y la luz del amanecer te recibían igual que un abrazo. Siempre tenías mucha prisa para armar la caña. Nunca esperabas a estar en la orilla para pasar la seda por la anillas y atar la mosca, como si tuvieras la certeza que nada más llegar a la corriente iba a haber una trucha comiendo. Sientes que hay formas de felicidad que sólo se saborean en retrospectiva, pero no esta, el frío que empuja la claridad, el nacimiento de los colores sobre el río aún opaco, la senda borrada por la furia verde de la primavera, sentirte el único espectador del principio de un día

En los escasos huecos que dejaba el trabajo, la ciudad, el deseo de ir a más, la disciplina del amor, ibas escribiendo historias, investigando, inventando, construyendo con palabras otras vidas. Era entonces tu secreto dentro de la evidente transparencia de tus días cotidianos. No sabes aún que es lo único que te quedará luego. Ignoras que todo lo que sentías seguro es más frágil que el retazo de niebla que atraviesas bajando, que todo lo que crees tan firme dejará de existir como a veces desaparecen los grandes peces que creías vencidos apenas a un palmo de tus dedos. Aún no has descubierto que sólo te quedarán esos cuadernos de letra imposible que sólo tu puedes leer. Sólo te quedarán las palabras y el río.

Foto: Mariangeles Moreno
Cuando todo ocurrió pensabas que ya no tenías nada en absoluto. Desolación, tristeza, silencio. Pero lo tenías todo. Dos ojos, dos manos, dos piernas, una salud inquebrantable, inteligencia suficiente para seguir adelante pero no tanta como para caer en el suicidio de M., el lento embrutecimiento de S., la no vida de T. en su silla de ruedas, castigado por unos excesos que sin embargo habíais saboreado todos. Aunque no lo supieras, las historias que inventabas y el torrente al que bajabas tantas veces ya eran mucho, algo grande. Entonces te parecían migajas. La ciudad comenzó a ser hostil. Hasta las grúas te parecían a veces una caña de pescar a punto de lanzar sus señuelos de falso progreso.

No has podido resistirte y has acortado el camino. No has llegado hasta donde pensabas comenzar a lanzar. Bajas campo através hasta las pozas de en medio que siempre has considerado las mejores. Algunas veces, pocas, pero si suficientes como para sentir el peso de este privilegio, tocaste una trucha en ese primer lance. Esta embriaguez no puede describirse. El tiempo, con su lija afilada, no ha podido borrar de tu interior esos pocos instantes. La felicidad es entonces insaciable.

Lo habías perdido todo, era cierto. Todo lo que creías sólido, seguro, íntimo, cercano. Habías descubierto una verdad dura que pocos hombres atisbaban en medio de la juventud. La precariedad de todo, la fragilidad intrínseca de vivir. También la que guardaba el río en apariencia tan bronco y tan invulnerable. Quién lo hubiera dicho unos años antes. No lo habrías creído. Ahora no te queda ni el perfume de aquello que te llenaba tanto, todo lo que te hacía sentirte invulnerable y feroz.

Te gusta acabar agotado. Demostrarte que puedes aguantar un día entero en el agua, solo, pescando con minuciosa usura cada escondrijo y cada postura, sin darte por vencido aunque durante horas las truchas sean como fantasmas y no veas ni toques ninguna. Eso te queda. Ese empeño. La voluntad de estar allí igual que cuando estás escribiendo una historia. Tal vez sea tu excusa o una forma de íntima arrogancia. Tal vez un bálsamo de dicha. Después de todas esas horas logras clavar una buena con un zonker verdoso. Estás metido en la espuma hasta el pecho. Es el único lugar donde no puede arrastrarte la fuerte corriente de Abril. El pez pelea duro. Se sabe bien su río. Se descuelga muy rápido. No puedes mover los pies para volverte porque estás en un equilibrio muy precario. Si resbalas tendrás que nadar con éxito dudoso. Deberías verte, temblando, sorprendido, mirando de frente a la corriente, con la caña en alto doblada hacia atrás y la trucha sacándote línea a tu espalda hasta que parte el hilo. No te quejes. No te lamentes. Aún te sabes reír de ti mismo.





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