viernes

BOMBER AZUL

Miles de salmones remontaban ese arroyo alto del Kenai. A Louis Mart le bastaba salir al pequeño porche de la cabaña con la taza grande de café y contemplar el agua. Sonrió. Tenía un secreto. Los mosquitos revoloteaban cerca sin picar. Los días ya eran largos. La osa se acercaba a veces a la linde sur de bosque llena de pequeños abedules a carroñear las huevas y las pieles que él le dejaban. Nunca rondaba la casa. El animal le tenía miedo. Como los mosquitos. Como los lobos. Ayer se acercó Will y le dio el artículo mensual del Boston Globe para que lo echase al correo. Le regaló dos kilos de ahumado por la molestia. The New Yorker le había publicado algunos de sus cuentos más largos. Dinero esporádico para comprar café, sedales, cartuchos, zanahorias. Son muy caras las zanahorias y las peras en almíbar en Alaska. La casucha de ahumar seguía activa. Su forma de ahumar era ya famosa en el valle. Gustaba mucho. Sus piezas tenían un sabor jugoso y casi dulce. Otros ahumadores artesanos que vendían cientos de kilos todos los años y llevaban ahumando tres generaciones se acercaban hasta su cabaña a comprarle unos lomos para su propio consumo. Mantenía el secreto. El de la felicidad. El de ahumar. El jaulón de la orilla ya estaría bien lleno. Le bastaban dos semanas de trabajo limpiando y ahumando para vender y tener pescado para todo el año. Cazar un alce bien gordo al final de verano y los cincuenta tarros de vidrio donde guardaba sus vinagretas y mermeladas. Sólo Will, que tenía un cuarto de sangre nootka, sabía que se llamaba Luis Martín Sánchez y que el viejo rifle tigre del 44-40 que utilizaba para cazar el moose de todos los años ya disparaba bien desde aquel terraplén reseco sobre el Jarama que compartieron juntos.

Tras el café decidió dejar el trabajo que esperaba en la trampa para el día siguiente. Cogió la caña y bajó al río. Barruntó la osa con los dos cachorros tras un bush espinoso que estaba aún lleno de moras verdes. Se lavó la cara despacio y bebió haciendo cuenco con las dos manos. Ató una de las moscas azules que le montaba Will. Fea, peluda, irregular. Nada que ver con las preciosas moscas de salmón que le mandaba Albert desde Farlows veinte años antes, cuando no sabía nada de osos ni de glaciares, cuando se aburría escribiendo sus informes de ingeniero en la oficina de patentes. Recordó a Barea, sus ojeras oscuras el último día que hablaron en los sótanos de la Telefónica. El sedal hizo un arco amplio. La mosca azul, con ese grueso cuerpo en forma de tonel alargado montada con pelo de alce recortado dragaba con suavidad la superficie. El enorme pez rabioso subió del fondo, atrapó el señuelo y se dio la vuelta. Louis esperó tres segundos, los contó en voz alta antes de alzar con fuerza la caña y clavar. Con el sol a media altura regresó a la casa. No llevaba ningún salmón entre las manos pero fue al jaulón de la orilla, metió el pincho y clavó una hembra grande. Al pasar por las zarzas lo lanzó a lo más espeso y escuchó el gruñido.

Me dijeron que en el ochenta y nueve regresó a Madrid. Era Mayo. Se paseó por la ciudad como un turista más, con su anticuada Leica, su camisa de cuadros y su vaquero de peto. Le entrevistó mi amiga Marisa en la misma taberna de Tirso de Molina que cita en uno de sus cuentos del New Yorker, pero no consiguió colocar la historia. Sólo un periódico de Aragón publicó la entrevista casi un año después. Hablaba de Arturo Barea, de sus amigos de la Lincoln, del ruido de los halftrack camino de Kehlsteinhaus, de su hogar junto al río y aquella grizzly tímida. Contaba también, al final de la entrevista, que había estado pescando salmones en Asturias y defendía la necesidad de soltar todos los peces, cuidar los ya maltrechos ríos del norte e impedir que se fueran extinguiendo los últimos grandes salmones de España. Lo decía él, el mejor ahumador del Kenai, que había clavado doscientos salmones aquella temporada en su pequeño arroyo adoptivo. Un periódico de Aragón, un año después, toda una contraportada, dieciséis mil pesetas pagaron a Marisa. Me mandó el recorte  y una de las viejas fotografías originales recién instalado en el afluente, aún joven, con un salmón en cada mano. También su dirección. En Julio del noventa y seis el todoterreno del hijo de Will enfilaba la última parte del carril. Tras un año de intercambio epistolar había accedido a que le hiciera una entrevista larga, una “historia de vida” que sería mi trabajo de tesina. Acababa de leer “el precio del paraíso”, la historia de Antonio García que había escrito Manu Leguineche. Quería imitarle.  Llevaba la caña, claro, y casi un litro de repelente para los mosquitos. A Luis nunca le picaban, nunca se acercaban los osos, Tenían miedo al soldado que guardaba dos grandes secretos, no al pescador.


No hay comentarios:

Publicar un comentario