lunes

PINTURAS



Le ve salir de la cueva de cuando en cuando. Enorme, oscuro, seguro de su poder. El resto de barbos se le hacen pequeños aunque tengan todos un buen peso y les haga la foto. El pez da un vuelta sin parar por la poza y se vuelve a meter en la penumbra del agujero. Aguas abajo la corriente pasa por un embudo de roca pulida y aristas afiladas. Aguas arriba el  río forma rápidos de poca profundidad donde los peces saltan como salmones. Varias veces se paró el pez un segundo ante la ninfita de cabeza naranja y oreja de liebre, pero no muerde el engaño. El pescador clavó varios buenos barbos con el consiguiente revuelo en el agua. Lucha con ellos con fastidio, intentando acercarlos rápido a la sacadera para seguir probando enganchar al grande.

Las horas se deslizan sin orden. El tiempo es suave y delicado, no molesta con obligaciones ni demoras. El pescador se siente a resguardo en la sombra de la pequeña oquedad de las grandes rocas de granito de la derecha. Cambia la ninfa por otra negra con brillos verdes. Desenvuelve el bocadillo de jamón con tomate y come con hambre, hipnotizado por las carreras de los peces, los destellos del sol, el suave frescor del día. Saborea también el mismo aplazamiento, no pescar aún, estar sentado, masticando, bebiendo, observando, con la mente en blanco, sin pensar en nada, ni siquiera en el gran barbo que sigue saliendo de la cueva a su ritmo y se burla de todos sus señuelos.


Sabe y teme lo que va a pasar pero se deja llevar por la certeza de este fatalismo. El enorme barbo morderá la ninfa y correrá a esconderse a su cueva o emprenderá la huida corriente abajo y las aristas afiladas harán el resto. Él sólo tensará unos segundos la caña, por unos instantes sentirá su fuerza en el sedal y después nada. Teme y sabe que llegará ese momento, igual que tiene la certeza de que este día es irrepetible y que se acordará de él durante muchos años. En la pequeña cueva en la que descansa hay pinturas antiguas, siluetas de manos, líneas abstractas cuyo sentido hace muchos siglos que borró el viento. Piensa que los peces son aún más viejos. Ellos llevan aún más tiempo remontando el río llevados por su instinto o sus sueños.

En ese preciso lugar, todos los años que ha bajado, siente que la vida tiene un íntimo secreto que le muestra, un sentido sencillo pero muy claro. Por eso le gusta pescar allí, sin nadie, probando una y otra vez a engañar a un pez que se le escapará sin remedio. Pero qué importa. Se siente feliz tocando con la imaginación los siglos, inventando cómo era el mundo cuando por ese riachuelo remontaban grandes anguilas y truchas, mucho antes de que los hombres como él hubieran descubierto que con las palabras podían recuperarse fragmento de tiempo. El pescador viaja luego con la dichosa imaginación unos cuantos siglos hacia delante o unos cuantos milenios. Él ya no está, y qué importa. Lanza la ninfa negra delante del paseo del gran pez.

Nada le pesa allí. No tiene edad allí. Antes de seguir pescando dibuja en el fondo de la oquedad, con un trozo viejo de carbón manchado con la grasa del jamón, la silueta infantil de un pez y siente que aún no existen las palabras, ni los venenos, ni el cemento. Imagina también como será la cueva oscura en la que se refugia el gran pez, cómo será su tacto. Esa noche el pescador soñará que contempla lo que ahora mismo ve y vive, miles de barbos subiendo ese río, escribiendo en el agua, en el desconocido idioma de los peces, porqué tiene sentido vivir. 


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