lunes

RECECHO




Tal vez exista otro lugar, ciudades, un mundo que va deprisa, las etiquetas, los ruidos, los titulares, las promesas... Mientras tanto camino hoy por la primavera amable de las tormentas. Piso la arena del Tiétar despacio, con la caña de diez pies, línea cuatro y una ninfilla del catorce que he montado hace un rato. Rececho barbos y carpas. Soledad absoluta, corriente fuerte, barbos asustadizos que vuelan bajo el agua a la mínima sombra.
Caminar, recechar, adivinar el pez y lanzar con delicadeza el engaño. Tal vez exista otro lugar, dicen que lejos de aquí hicieron ciudades, carreteras, proyectos, progresos. Luchar con un pez, correr por la orilla para ganar línea, sentir que tantas veces ganan ellos y algunas yo. Ver luego, cuando los suelto agotados, como desaparecen con furia en un segundo.
No está conmigo mi hijo el pescador. Le hubiera gustado este instante largo de tantas horas. El sonido del carrete soltando línea tras la picada. Sentir su fuerza, las ganas con las que se lanzan a por la ninfa cuando la descubren reptando por el fondo, la tormenta de hoy aún lejos. He podido tocar hoy varios barbos, caminar río arriba, sentir que otro mundo es posible, también aquí. Los peces llevan millones de años sobre la tierra. ¿Cuánto nosotros?.


martes

MANCHAS

Me gustan las manchas rojas, anaranjadas, de estas truchas de montaña, pequeñas, peleonas, listas. La garganta tiene una belleza sobrecogedora. He pescado toda la vida en ella y no puedo olvidar que es de verdad un paraíso.
La trucha la pescó Ruth, la tía de mi hijo el pescador. La única pescadora a mosca que conozco.

domingo

PRIMAVERA

Pescar a cien metros de casa, de siete a diez, en la soledad limpia del torrente. Al volver mi hijo el pescador aún duerme, sueña con grandes truchas, con salmones, con Laponia. Al volver, siento que estas horas fueron también un sueño. Las truchas libres, allí abajo, en la penumbra fría, salvaje y perfecta de agua.
O la belleza.

lunes

TESORO


Cambio de ritmo. Saco de la vitrina la caña de bambú refundido, el carrete sencillo, la línea de seda paralela y ato dos moscas hechas por mi. Hace un rato ha descargado una tormenta grande, llena, hermosa, pero ahora sale el sol. La garganta no te deja oír otra cosa, el rugido del agua se te mete dentro, ensordece, relaja, te limpia. Las truchas se suceden y luchar con esta cañita de menos de ocho pies es un placer, también la seda que no salpica, que se posa y se levanta con la magia de lo bien pensado hace ya muchos años.
Le he dicho a mi hijo el pescador que esta caña es suya (además si la tengo yo es por él) Pescará con ella cuando yo ya no esté y mi parte de polvo de estrellas descanse por aquí, cerca del agua. Pero también, espero que la use muchos años antes. Le veré lanzar la seda y pescar estas truchas con sus moscas y ninfas. Y seré feliz.
Podría guardar la caña como objeto precioso, conservarla sin uso, pero siento que los tesoros solo son tales si se usan, si nos dan momentos de placer y de felicidad en el presente. Cuido estos pocos objetos para que estén en uso, para que no olviden que sólo viven cuando van al río y están en las manos de un pescador.

MAYO



Nubarrones de tormenta, helechos gigantes, libélulas mágicas, una higuera de brevas salvaje junto al molino en ruinas, el sonido del agua fría, los patos salvajes, los barbos remontando la corriente, el tiempo fluyendo lento y borrando de mi memoria cualquier dolor o derrota. Pescar. No picaron las truchas. No importó demasiado. Belleza o felicidad son palabras extrañas que acostumbramos a escuchar pegadas a cosas que se venden y se anuncian por la televisión. Sin embargo viven en otro lado, duermen y despiertan junto a un río y me llegan de pronto, tras madrugar y caminar mucho tiempo junto a mi hijo el pescador. Pescar junto a Iker y Guillermo, estar en la garganta a primeros de mayo. No hay para mi otro paraíso real mejor.

martes

DE NUEVO SOMBRA


Luché con Sombra el viernes. No se dejaba acercar a la orilla. Olvidé la sacadera y al intentar sacarla a mano se soltó. Las truchas grandes son como una aparición, algo mágico. Su forma de luchar es muy distinta.

Luego crucé por la chorrera bronca de abajo, el agua estaba tomada y no veía el suelo. Utilicé el tacto, el instinto, crucé despacio y seguro, fiándome de la inteligencia de mis piernas y de mi equilibrio, no miraba el agua, sólo el horizonte. Hacía mucho tiempo que no cruzaba por un sitio tan difícil. Si tropiezo adiós. Seguiré tentando paciente a Sombra. Ya no tengo prisa. Se lo cuento a mi hijo el pescador. Me hubiera gustado tanto que la hubiera visto luchar.

lunes

EL RIO DE LA VIDA

Le cuento a mi hijo el pescador que "el río de la vida" es profundo, oscuro, transparente, grande, solitario, difícil. En él habita "Sombra" la trucha sabia y grande que persiguió mi abuelo y ahora persigo yo. Desde las Tres Juntas hasta el Puente Viejo. Son muchos kilómetros y muy duros pero a mi hijo el pescador le gusta ese paseo. Un día, estoy seguro, escribirá sobre estos días de sol, de lluvia, de ríos.

Hace poco le leí una página de Norman Maclean:

- A ti te gusta contar historias verídicas, ¿verdad?- dijo.

- Sí, me gusta contar historias que sean ciertas.

Entonces me preguntó:

- Algún día, cuando termines tus historias verídicas, ¿por qué no te inventas una, incluidos los personajes? Sólo entonces comprenderás lo que pasó y el porqué. Los que se nos escapan son siempre aquellos con quienes vivimos, a los que queremos y a quienes deberíamos conocer.

jueves

AGUA O SANGRE


El tiempo se escapa como sangre en la ciudad, pero en el río el tiempo nos acaricia.
Aborrezco cualquier tipo de bucolismo. Soy menos hombre junto al agua y más animal. Desnudo de retórica, pescar es pensar con nuestra mitad de agua. Amar con nuestra mitad de agua. Por eso el mar y los ríos eran siempre la vida en las palabras de los poetas. Por eso el mar y los ríos limpios son la vida en el silencio de los pescadores.

El hijo pescador, lejos. Por eso escribo.

lunes

PESCAR SÓLO


Si algo me gusta es pescar sólo, explorar nuevos ríos o visitar los conocidos a los que no veía desde hace un año. Estuve en Pedro Chate por la mañana, en Jaranda por la tarde y en el Ibor el día siguiente. Pedro Chate llena de mierda, ¿para cuando la depuradora? Los pescadores cuidamos los ríos, dejamos vivas y libres las truchas pero alguien sigue echando mierda al agua impunemente. Jaranda preciosa, limpia, cristalina, se puede beber del agua y esta llena de truchas autóctonas furiosas y bellas. El ibor lleno de millones de alburnos que suben a frezar y de grandes barbos. Luchar con la caña de mosca del 4# con un barbo de tres kilos es un placer. Alburnos y barbos entraban a mis ninfillas del 14, de cabeza naranja y pelo de liebre

Pero algo ha cambiado este año. Eché mucho de menos a mi hijo el pescador.


miércoles

MIGUEL

Sólo veo en la foto al pescador de truchas, feliz por el cansancio, casi el agotamiento. Feliz aunque sólo muestre una hermosa trucha y no una cesta llena.

Hoy las truchas son un bien precioso que devolvemos al agua con mimo, pero antes, en los míticos tiempos de la abundancia, para un pescador gourmet una trucha salvaje era un plato exquisito. Ahora ya podemos comprar (y son baratas) truchas para comer de piscifactoría, pero engordadas con piensos ecológicos, y criadas con mimo, sin ese sabor a pienso de gallina que tienen otras.

Sólo veo en la foto al pescador feliz y cansado al que le gusta la dificultad y el esfuerzo de pescar una trucha. El que se deja la piel en los ríos y en el monte porque sólo lo difícil, agotador y salvaje puede alimentar la pasión de un verdadero pescador.

La contaminación urbana e industrial, las minicentrales eléctricas, el poco cuidado hacia el paisaje de las riberas, los pantanos y presas, el uso del agua hasta secar los cauces, el uso de pesticidas y abonos que acaban envenenando el agua, los pescadores tramposos o furtivos (ya casi inexistentes), el desprecio cultural a los ríos considerados canales de agua para usar y no valiosos espacios de vida salvaje… han hecho de las truchas y de los ríos trucheros limpios y salvajes algo raro en España.

Sólo veo en la foto al Miguel pescador de “mis amigas las truchas”. Tengo la primera edición de esa pequeña obra “menor” y hace unas semanas compré una nueva edición publicada hace poco por Destino. Sólo siento que no escribiera más sobre nuestras “amigas”.

Este Miguel feliz, esa sonrisa, sólo puede entenderla otro pescador que ya pasó de los cuarenta. El libro que compré, la nueva edición, era para mi hijo el pescador.

martes

MADRUGAR


Hay pescadores de mañana o de atardecer. Nosotros, mis hermanos y yo, siempre fuimos pescadores de mañana, cuando ni siquiera se adivina en el horizonte que saldrá el sol. Más de una vez y más de dos nos ha tocado esperar el amanecer a pie de garganta y luego otras tantas veces nos ha sorprendido la noche por la senda de vuelta. Nos gusta el lance y también la pesca a mosca. El lance de mañana, la mosca al atardecer.

Recuerdo cuando tenía menos de dieciocho años y, sin carnet de conducir, me levantaba a las cinco de la mañana para llegar el primero a “las Pilas de Collado”. Me tocaba caminar de noche unos cuantos kilómetros con las botas altas puestas y la caña preparada, hasta con el señuelo atado, sin miedo a los perros ladradores ni a los espectros y fantasmas que se adivinaban en la oscuridad cerrada del campo.

Llegaba a la garganta siempre antes que Sinesio, el ferretero que me vendía las cucharillas y los sedales en el pueblo y que apreciaba como yo esa parte de Pedro Chate llena de truchas grandes y charcos hondos. Pero a veces él llegaba en su coche cuando yo enfilaba la última curva que me baja al agua. Corría entonces desesperado los últimos metros, cruzaba el agua medio a oscuras y pescaba deprisa y sin dejar huella los primeros cien metros hasta tener la certeza de que no me vería tapado por los sauces, los robles, las altas cicutas y conservar así mi ventaja.

Seguía pescando hasta el Lago de Jaraíz y luego, ya por la tarde, de vuelta al pueblo, de nuevo a pie tras el día entero de pesca.

Sigo madrugando, no puedo evitarlo. Levantarme a las nueve para ir a pescar me parece una terrible herejía. A mi hijo el pescador tampoco le cuesta madrugar y sé lo difícil que es para un niño levantarse a las seis un sábado o un domingo.

Pescar esos primeros momentos del amanecer es un placer especial. A veces siento que tengo menos de dieciocho años y miro para atrás, por si aparece el pobre Sinesio y me dice que espere, que ahora le toca a él pescar el primero, por una vez en tantos años.

lunes

ALMA

(Ilustración de James Yale)

No creo en nada trascendente, mágico o divino. Soy ateo, positivista, científico. Sin embargo el agua, los ríos, el bosque misterioso de las riberas, las piedras de granito de las gargantas redondeadas por miles de años, las propias truchas, la hermana nutria que me saluda tantos días de pesca… son para mi divinidades. Tal vez sea a pesar de todo animista. Está bien sentir que todo esto tiene alma, que los ríos tienen alma y hasta ondinas protectoras.

ADOLESCENCIA

Mi hijo el pescador me pregunta si él va a tener que pasar la adolescencia, si será un chico torpe, hipersensible, criticón, voluble… Supongo que si -le digo- las hormonas se revolucionan, el cuerpo se vuelve loco y comienzas a cambiar, crecer, desarrollarte, ya sabes. Pero estarás preparado, porque ya lo has visto en tu hermano, no te pillará por sorpresa.

En la adolescencia nace, crece, se consolida gran parte de nuestra forma de ser y estar en el mundo como pescadores. Yo no podía soportar estar sentado en una silla en la orilla de un pantano esperando a sentir picar las tencas en la punta de mi caña. Mi tío Miguel nos llevaba a pescar tencas, pero lo mío era escaparme a la garganta con una caña larga de bambú a tentar a las bogas y a los barbos en la corriente, nuestra pasión era la del trotarrios tras las difíciles truchas.

Un adolescente que aguanta siete horas de pupitre en el instituto es un héroe forzoso. Uno que aguanta tres o cuatro horas pescando sentado carpas o tencas es un tipo raro que será sin duda, en el futuro, un buen oficinista con la paciencia del santo Job para con sus empleados o sus jefes. No era mi caso.

Así era yo -le digo- más o menos con tu edad, mi tío Miguel se empeñó en la foto. A mi la tenca me pareció un pez triste, aburrido y algo tonto que se empeñaba en vivir entre el fango en lugar de hacerlo en un torrente de agua cristalina. No parece que presuma demasiado de captura. Yo descubrí que para mi pescar era estar siempre en marcha, ribera arriba, en pie, en el agua, buscar el pez y no esperar a que el pez me buscase a mí. Le digo: No tengo paciencia. Eso ya lo descubrí entonces. Tal vez por eso nunca sea demasiado buen pescador.

Mi hijo el pescador tarda un poco en responder. Creo que yo tampoco tengo mucha paciencia.

BLANCO


Subimos por una de las zonas más bellas de nuestra garganta, desde las Dos Juntas hasta el Puente Jaranda. Un lugar salvaje, solitario, difícil, de charcos preciosos y trucha autóctona.
Tal vez un lugar demasiado duro para mi hijo el pescador. Acabamos agotados pero el campo estaba hermoso. Blanco de flores de retama, de flores de espimo, de cerezos en flor, de agua transparente. Mi hijo el pescador dice "yo aquí no vuelvo". Ha perdido muchos señuelos y no le ha picado ninguna. Pero el sabe que volverá, que estas truchas no se dejan engañar por cualquiera, que pescar conmigo es duro y difícil siempre.

El remate fue caminar luego cuesta arriba por la calzada romana hasta donde estaba el coche.

Agotarse, no esperar nunca el premio, disfrutar de cada instante incluso del cansancio. A veces llegamos al límite de nuestras fuerzas... o no tanto. Después de comer hubo más pesca y el domingo snowboard en La Covatilla, la nieve perfecta, sin gente, mano a mano él y yo, entre la niebla y la ventisca.
Quién quiera vida sedentaria que se busque otro sitio. Otra vida.



viernes

INVENTAR


(Acuarela de Sue Melus)

Invento con mi hijo pescador una pequeña cucharilla ondulante. Igual que inventar moscas o ninfas, pescar tiene esa parte de imaginar y buscar la piedra filosofal en forma de señuelo, de lenta artesanía, de juego científico. Cabeza de tunsgeno naranja, cuerpo de fina lámina metalizada haciendo olas, pintas negras y rojas de rotulador indeleble, anzuelo curvo de ninfa. Lanzo el pececillo con una línea flotante del 6 especial para ninfa.

Dicen del fuego, la lanza, la cerámica, las pinturas rupestres... pero el primer hombre que inventó un anzuelo fue muy sabio... Luego la ciencia ha descubierto que la dieta de pescado nos hizo más inteligentes. Inventar un anzuelo implica ser artista, biólogo, ingeniero, pescador... un tipo listo aquel abuelo Cromañón.

lunes

HERMANA


La cultura nos hizo humanos, no la naturaleza. Siento que vale más la voluntad que la genética, la actitud que la aptitud. Tal vez estén escritos en nuestros genes las palabras, pero no las frases de la vida. Siento que casi todo se aprende y nada se sabe porque sí o porque esté escrito en algún código químico de ADN.
Sin embargo los cinco hermanos somos pescadores de truchas y ninguno hemos perdido la pasión por los ríos después de tantos años. La última en llegar ha sido mi hermana Marian.
La nuestra ha sido una familia de pescadores: mi abuelo Fernando, mis tíos Angel, Miguel, Fernando, mi padre… y luego nosotros. No conozco muchas familias de cinco hermanos en la que los cinco sean pescadores de truchas, debía decir apasionados pescadores de truchas desde la infancia.
Mi hermana se puso los guantes porque hacía frío al amanecer. La dejé en el charco largo “Del Motor” y yo me bajé al “Hondo” vadeando la chorrera de abajo, tenía ganas de probar fortuna en donde saqué una vez una trucha gigante. Pescar truchas allí abajo es duro y mi hermana superó la prueba. Mi hijo el pescador nos mira perplejo cuando nos reunimos todos para el taco cerca ya del “Molino de las Siete Piedras”. ¿Genética o Cultura?, no lo sé. Importa poco. Si hubiéramos nacido iroqueses una trucha sería el totem de nuestra tribu.

NUTRIAS

Día de lluvia fina, de lluvia gruesa, de lluvia entre rayos de sol. Me gusta caminar sin descorrer las cortinas de la lluvia. Sentir el sonido de miles de gotas sobre el río, mi cabeza, mis manos. Los días de más paz son los días de pescar con lluvia. Ayer no había nadie, sólo las nutrias y las garzas y la lluvia.

Los pescadores, como seres acuáticos, amamos la lluvia. Además entre el impermeable y en vadeador es difícil mojarse aunque caiga el diluvio o estemos con el agua hasta la cintura. La garganta estaba crecida pero era pescable. Al final de la mañana me encontré con Fernando para el taco. Nos salió una nutria joven a cinco metros. Él sorprendió a una grande más abajo enroscada en la orilla y por poco la pisa. Los dos se sorprendieron. Para las aves ya era rabiosa primavera con lluvia o sin lluvia y sus cantos de celo se mezclaban con los “chop” de las gotas en los árboles, las piedras, el agua y se unían al rugido del torrente. El mundo natural en plenitud. Compartir el río con la nutrias me hace entender el porqué de algún secreto de la vida.

Subimos hasta las Tres Juntas sólo por el placer de contemplar el lugar. Tenía muchas ganas de seguir por Jaranda y pescar todo el día pero había que volver. Mi hijos se habían quedado en casa durmiendo a pierna suelta. Cuando yo regresaba del río ellos se levantaban.

Hubiera seguido garganta arriba con la seguridad de que no habría nadie en kilómetros y el placer de la lluvia alimentando la tierra.

viernes

SOMBRA



(Pintura de Mike Salven)

Debajo del gran sauce roto descubrí por primera vez la sombra. Imaginé que era un pedazo de madera hundida así que lancé el cebo sin demasiados miramientos en la profunda poza que se abría bajo las raíces descubiertas del tocón. Miré de nuevo hacia aquel lugar por fijar la vista en un punto cercano y oscuro donde el sol del atardecer no me deslumbrase, entonces me di cuenta.
El pescador ve cosas que nadie ve, imagina el origen del agua, admira la belleza de una oruga suspendida de su seda, la divinidad cierta de una araña caminando sobre las aguas, la sospecha que detrás de una piedra, esa piedra y no otra, está el pez cazando.
Di un par de golpes de remo y me acerqué a las ruinas del sauce. En medio segundo la retorcida y fantasiosa mente de un pescador puede imaginar el pez más enorme, el monstruo, un animal mítico, vivir el privilegio único de engañar a un sabio del río y en el otro medio segundo la mente objetiva y científica del pescador desmonta la falacia y acumula argumentos para demostrar que la luz de la tarde, el agua turbia y los limos coloreados del fondo convierten el pez soñado en un espejismo, una mentira, una sombra. Pero la sombra ya no estaba.
Cerré y abrí los párpados varias veces para borrar el círculo rojo que nos produce en los ojos el sol multiplicado en la superficie del río, volví a mirar el lugar donde estaba sumergida la lombriz y descubrí la sombra justo encima. Pegué un cachete con todas mis fuerzas y vi el pequeño remolino que había hecho el pez al huir antes de caerme hacia atrás con el sedal hecho un revoltijo.
La mente del pescador a veces es una enciclopedia minuciosa de especies piscícolas, ¿una trucha descomunal?, un lucio grande?, el abuelo de todos los barbos?, ¿un siluro?. Me incorporé con rabia pensando que fuera lo que fuese ya estaría lejos de allí, pero al mirar de nuevo a las raíces del sauce vi a la sombra inmóvil e imagine que me miraba retándome, burlándose, despreciando a un rival que nunca podría humillarla.
La conducta del pescador es a veces tan imprevisible como el vuelo de una libélula o las palabras de un demente. Sin acabar de entender mi comportamiento me senté junto a la proa y saqué del tubo la caña de mosca para pescar bass y armé el bajo con un moscón con la apariencia de un caballito del diablo rojo como la sangre. Yo soy un pésimo pescador de mosca pero en aquel lance el látigo hizo una parábola hermosa y lenta y la mosca se posó delicadamente justo encima de la sombra. En esa décima de segundo que separa el leve movimiento del puntero de la respuesta al final del sedal pasó por mi cabeza la más acertada de las preguntas: ¿pero que demonios hago pescando a un monstruo con unas cuantas plumas de colores?, en ese momento un estrépito formidable surgió debajo de la mosca, la caña casi se me escapa de la manos y en el momento de empuñarla con fuerza sentí el chasquido inconfundible del sedal al partirse. Sobre la superficie del agua, unos metros más abajo flotaba la libélula de plumas.

No volví a ver la sombra en muchos días aunque me pasé muchas horas haciendo volar libélulas de todos los colores sobre los rincones oscuros del río. A veces la voluntad del pescador es constante hasta la desesperación y paciente hasta la nausea. Me olvidaba durante semanas de la Sombra y me alejaba del río hacia otros ríos y gargantas pero algunos viernes me asaltaba su recuerdo como una pesadilla recurrente y volvía al río, a la esquina del sauce hundido, a escudriñar todos los rincones sospechosos y hacer volar la misma y única libélula roja que tentó por primera vez a la Sombra. En ocasiones cogí grandes peces, casi siempre barbos enormes que atacaban el señuelo con brutalidad e intentaban escapar con la fuerza de sus corpachones duros y ahusados pero los desprecié a todos y apenas llegaban agotados y vencidos al salabre a veces tras una lucha difícil de muchos minutos, los dejaba libres como si fueran pequeños cachuelos que no daban la talla.
El pescador a veces roza la locura, puede tener una vida normal, un trabajo normal, una familia normal pero su tiempo libre y sus pensamientos son de los ríos, del agua, del confuso instinto que le impulsa a madrugar, soportar fríos como aguijones, días sin picadas, sueños al filo de la pesadilla, escudriñar el tiempo y la luna, elaborar tretas, trampas, señuelos, tácticas minuciosas para lograr engañar a unos animales que nadan y son sabios en su mundo líquido de penumbra.
Un año, en un atardecer muy similar al de aquel día, descubrí de nuevo a Sombra, se mecía sobre la suave corriente que atravesaba un banco de arena. Su perfil monstruoso y oscuro se delimitaba bien en el contraste claro de la arena, hasta podía adivinar que sus ojos me miraban aunque nos separaban varios metros de agua. Esta vez no llevaba la caña de mosca pero lancé un pequeño señuelo en forma de cangrejo con toda la delicadeza de mi alma. Cuesta decir lo que sucedió después. La Sombra arremetió con furia y el hilo, esta vez un sedal trenzado de gran resistencia, sonó como un tiro al romperse.
Ya no hubo otro río que aquel ni otra idea que atrapar a Sombra entre mis manos. Atardecer tras atardecer después del trabajo me dejaba llevar río abajo oscultando el fondo del río, dragando todos los rincones de las orillas con mis libélulas de plumas rojas, viviendo la ansiedad de un nuevo encuentro que nunca volvió a producirse.
Ya soy viejo y mi fama de gran pescador ha atravesado las fronteras de mi país gracias a mis libros sobre el arte de pescar grandes peces pero yo sé que solo soy un pescador mediocre y que los años o la experiencia no nos dan la sabiduría necesaria para conocer los simples secretos de un solo río.
Ayer, ordenando el desván de la casona donde ahora vivo y que antes fue de mi padre y antes del suyo, encontré un viejo diario de pesca que supuse de mi abuelo. A parte de su valor sentimental no había nada en él de gran interés. Intercaladas entre la mayoría de las páginas en blanco estaban anotados los ríos visitados, el tiempo, las capturas, las fases de la luna, quién le acompañaba, horarios de trenes… Solo lo escrito en la última página me dejó paralizado, con la tinta pálida pero todavía legible había una sola frase:
"Hoy he vuelto a luchar contra la Sombra".
El tiempo para el pescador no existe aunque su cuerpo se rinda antes, el tiempo para un pescador verdadero es un caballito del diablo que flota sobre el atardecer y no se posa nunca, un caballito de color rojo como la sangre de los peces y de los hombres.

martes

PENSAR

(Pintura de Gibby Rowan)

Nuestro cerebro no para de recordar, procesar, planificar, imaginar, anticiparse, viajar por el espacio-tiempo con sus angustias y esperanzas.

Sin embargo en el río el cerebro se ocupa de otra cosa, de no tropezar, de mantener el precario equilibrio en el lance, de contemplar el paisaje, de medir la fuerza y la coordinación para que el señuelo o la mosca vaya donde deseamos, de pensar como una trucha, de sentir como un poeta. Ya no somos el oficio que nos ata al mundo ni ningún otro disfraz, somos sólo un pescador en un río cristalino y bronco dentro de la soledad tranquila del día.

Dice mi hijo el pescador: cuando pesco no pienso en nada.

No sé si se detiene el tiempo. Es posible que en el río hayamos descubierto un pliegue del tiempo en el que nos sentimos a salvo de ese otro tiempo lineal, rutinario y agobiante que nos empuja a la prisa, los logros, la productividad y todo eso que dicen importante.

Yo cuando pesco si pienso. Pienso como un pescador.

lunes

ARRIESGAR

Antes, un primer día de apertura de la veda sin haber cogido unas cuantas truchas no era un día feliz. Ayer sólo me picó una buena trucha y se escapó.

Mi hijo el pescador se sentía feliz, se le notaba feliz, ponía su corazón en cada paso y cada lance aunque no le hubiera picado ni una. Yo he tardado más de cuarenta años en sentirme como él junto al río, con truchas o sin truchas, feliz y afortunado por el hecho de estar ahí, metido en el agua, sintiendo su frialdad, la corriente fuerte, la primavera despertándose, nada más.

La felicidad, su secreto, no está para el pescador en los peces sino en el río, en su corriente, en las piedras suaves y pulidas por miles de inviernos. Mi hijo el pescador me lo descubre sin decirlo. Los torpes como yo, hay cosas que tardamos mucho tiempo en descubrir y en aprender. Me he levantado antes del amanecer cuarenta años para ver salir el sol junto al agua y lanzar mi señuelo lejos, en lo más profundo, en lo más oscuro, en el lugar misterioso donde acechan las truchas más grandes y los días más intensos.

Mi hijo el pescador dice que ha perdido tres señuelos. Mi hermano Ángel le responde: Y muchos más que perderás, hay que arriesgar siempre si quieres ser un buen pescador. Mejor perder señuelos en el río que tenerlos en una caja en casa, inútiles.

Arriesgar, derrochar los días, sentir que mi hijo el pescador ya sabe más que yo.

miércoles

MÁS


(Ilustración de Charles Harper)
Mi hijo el pescador viene abrazarme. Siempre se despierta por la mañana con una sonrisa y nunca le cuesta salir a la madrugada, nunca tiene frío, siempre quiere patinar, nadar, correr, montar en bicicleta, salir a cazar o a pescar. Me enseña que el cuerpo sirve para otra cosa además de para entumecerlo y olvidarlo delante de un ordenador. El cuerpo quiere marcha, campo, caminar, horizonte. Llevamos en movimiento miles y miles de años y sólo unas pocas décadas de vida sedentaria.
Pescar en el torrente hace que pongamos en acción todos los músculos, el equilibrio, la coordinación, los sentidos. No entiendo al pescador sentado.
Un filo de luz tenue por el este. En la radio suena entonces una canción de Joan Manuel: “…y el sol sólo es el sol si brilla en ti. / La lluvia sólo lluvia si te moja al caer. / Cada niño es el tuyo, / cada hembra, tu mujer. / Vivir para vivir. / Sólo vale la pena vivir para vivir….”
Y mi hijo el pescador dice: Claro, para qué más.

martes

ELLA



Me pregunta mi hjo el pescador por esta foto. Hace muchos años. El lugar era uno de esos charcos grandes y hermosos con una tabla estrecha y honda en la cabecera, una corriente rápida después, una amplia poza oscura de orilla pronunciada con un inmenso cancho en frente y varios árboles con las raíces en el agua. Después la poza se va ensanchando hasta quedar convertida en una gran tabla, todavía profunda, de treinta metros o más de ancha.

Para pescar ese charco hay que cruzar un brazo de la garganta porque justo ahí se divide en dos para luego debajo de la tabla volver a unirse. Pero hoy el río esta bravo y bronco y no se puede cruzar por ninguna parte. Además justo en ese lugar se forma un embudo y toda el agua del charco se concentra en un único torrente blanco que ruge. Pero no me resisto, es un pecado no intentar siquiera un lance larguísimo y parabólico para intentar llegar al menos con el señuelo hasta la tabla ancha. Lanzo con todas mis fuerzas sus buenos treinta y muchos metros de sedal del cero diez. Apenas he recogido un par de metros cuando todo se para, alzo la caña y veo un segundo una gran silueta plateada. Al instante siguiente, cuando tenso un poco el sedal aquello sale disparado hacia arriba y luego a toda velocidad hacia abajo mientras el seguro suelta hilo sin parar y yo intento controlar sin poder a un pez enorme que se descuelga corriente abajo por toda la torrentera blanca sacando metros y metros de sedal. Corro orilla abajo pegando saltos por pizarras y zarzas, me caigo un par de veces, tenso un poco el seguro, solo un poco, porque se que el hilo de tres kilos de resistencia no da muchas alegrías si se roza con una arista de pizarra. Por fin consigo aorillarla aunque se sigue revolviendo, intentando volver a lo profundo. Es bonita, con pintas rojas bien grandes. No había muchos peces como estos en Jaranda. Nos reunimos los hermanos a descansar un rato y tomar el bocadillo, ¿qué tal?, preguntan, "nada, una de la marca" y me descuelgo la mochila para sacar el truchita de sesenta centímetros de largo. Un par de kilos, calculo a ojo, casi tres kilos pesará después. Mi hijo el pescador mira y remira la foto. Sé que pronto cogerá él una igual y esta vez la trucha volverá al agua.

lunes

EFÍMERA


(Pintura de Diane Michelin)
Se equivocaron todos los economistas teóricos del ocio. El ocio, el tiempo del ocio se ha estancado. Hace veinte años se auguraba un futuro con menos horas laborales y más horas libres para "gastar y consumir" o para no hacer nada. Luego la revolución de las nuevas tecnologías prometía algo parecido, los ordenadores, las máquinas y los robot mantendrían la productividad y tendríamos más horas libres. Pero no es así. China y el resto de países emergentes han propuesto el ejemplo contrario que tarde o temprano vamos a seguir todos. Mi hijo el pescador no ha leído a Paul Lafargue pero piensa como él. ¿porque no hay un equilibrio entre tiempo laboral y tiempo personal?. Trabajamos más, producimos más, pero seguimos trabajando muchas horas y no ganamos más, al contrario, el trabajo es más precario, la jubilación incierta. Este modelo de vida no nos hace feliz y además no es muy sostenible. ¿Porqué no cambiarlo?, la vida es demasiado corta para dejarse engañar.

Acabo de contarle a mi hijo el pescador porque se llama efémera la efémera. Vive un día como adulto. A veces ni eso porque una trucha se la come antes de poder aparearse. ¿y si sólo viviéramos un día? me pregunta. Pero hay tantas preguntas sin respuesta...


sábado

CONSTANCIA


Ni una trucha, ni una picada. Mi hijo el pescador no cambia de señuelo. Yo ando probando primero una ninfa de cabeza dorada, luego una negra con franjas rojas, luego una emergente, luego una baetis negra, chocolate, verdosa, azulada… una tras otra van pasando las mil y una moscas que atesoro en mis cajas. Él prefiere seguir con su pequeña y extraña cucharilla naranja fosforito. Ni un animalillo del río se parece a esa cosa que mi hijo pasea debajo del agua con constancia budista. Que te crees que las truchas no saben que eso que lanzas no es una gusarapa sino un anzuelo rebozado de pelos de liebre. Pero estas no han visto nunca una cucharilla de este color. Las truchas son curiosas. Lo he leído en una revista. Mi hijo se cree lo que está escrito. Aún es inocente.
Yo sigo cambiando de señuelo cada cinco minutos, desmoralizado, cansado, aburrido. Él sigue a lo suyo lanzando su cucharilla naranja, impasible, constante, meticuloso. Hasta que coge una trucha y luego otra. Entonces recuerdo como era yo hace muchos años cuando creía en las palabras escritas y tenía una fe ciega en mis señuelos favoritos, sobre todo en una cucharilla del número uno totalmente negra con pintas rojas. Era el señuelo de los días difíciles. Esos días de picadas escasas había que ser constante, meticuloso, impasible, no cambiar, no desesperarse, seguir paseando la cucharilla negra por el agua. Enfundo la de mosca y cojo la caña de lance, pongo una pequeña cucharilla negra. Ya no estoy ni desmoralizado, ni cansado, ni aburrido, registro el agua con la avidez de entonces. Mi pica al poco tiempo una buena trucha. Tal vez el señuelo no sea lo importante sino la intención del pescador, la curiosidad de las truchas, la constancia, la seguridad en uno mismo.

jueves

FUTURO



El hijo pescador tal vez sueña con ríos de aguas rápidas y truchas enormes. Le miro caminar con su pelo largo al viento y su mirada tan limpia y se estremece mi corazón. El otro día les dijo la profesora que escribieran que querían ser de mayores. Mi hijo pescador lo tenía claro, escribió: “ser feliz, vivir la vida loca”. A mi me pareció un buen propósito, tal vez demasiado ambicioso. Pero un chaval de once años tiene derecho a ser ambicioso. A ella no le pareció tan bien. Esperaba que pusiera “ingeniero”, “médico”, “abogado” o cualquier otra estupidez.
El hijo pescador me enseña a vivir y me enseña a pescar. Nunca se cansa aunque no le pique ninguna, siempre vuelve a lanzar, nunca se queja aunque esté agotado.
Dice que tiene que perfeccionar el lance “de pecho” que es el lance ideal cuando estás rodeado de árboles y zarzas. Cuando cruzamos el torrente le agarro fuerte la mano para que no caiga y se moje. Pero es el quien me agarra bien para que no me moje y me caiga en la vida.

NUDO


Mi hijo el pescador nunca quiere que le ate yo el señuelo. Hace un sencillo nudo Palomar en un segundo y corta el sedal sobrante con su navaja suiza. Luego los dedos, el brazo, la cintura, los ojos, el instinto, el corazón lanzan el señuelo hasta ese rincón oscuro de la chorrera donde está cazando la trucha.
Le digo: tan importante es la resistencia del sedal como del nudo. Hacer nudos es una ciencia, una asignatura imprescindible para el pescador. Antes que a pescar me enseñaron a hacer el nudo al anzuelo. Los hombres se dividen en dos clases, los que saben hacer el nudo a la corbata y los que saben anudar un anzuelo. Los primeros se ponen la corbata para pensar sólo con la cabeza y no con el resto del cuerpo; los segundos anudan el anzuelo para pensar con el cuerpo, los ojos, el instinto, el corazón, los dedos, la memoria. Llegas al río, montas la caña, atas el señuelo o la mosca y ya eres otro. Ya eres pescador.
Sólo he conocido a un pescador que se ponía para pescar corbata. Un gran pescador. Era su forma de honrar a las truchas y lanzaba el sedal pesado con una elegancia admirable. Se llamaba Augusto. A su nombre le pegaba pescar así, con corbata.
Para mi un tipo que no sabe atar un anzuelo no es de fiar aunque haga con los ojos cerrados un nudo Windsor a su corbata. Eso no se lo digo al hijo pescador. Ya lo descubrirá por su cuenta.

SAPO

El tiempo aquí es distinto. En el río volvemos al tiempo solar, al tiempo lento, sin horas. El reloj se convierte en un chisme extraño y sin sentido. ¿Qué más da que sean las tres o las cinco? Luego es difícil volver al tiempo civilizado. ¿Civilizado?. Don sapo nos mira aburrido. Don murciélago se ha caído al agua, habrá andado toda la noche de juega y claro. Le salvamos el pellejo y le subimos a un árbol. Hoy por ti mañana por mi. Ambos se tragan un montón de mosquitos y eso se agradece.

El hijo pescador sabe que aquí en el río todos somos animales y hay que llevarse bien. Luego están los cabrones que dejan que se viertan las aguas residuales sin depurar por encima del charco de “Las Pilas”. Don sapo, don murciélago, mi hijo el pescador y yo pensamos lo mismo de esos gilipollas civilizados, que les daríamos de beber todos los días un par de vasos de esa agua enriquecida con mierda. Quien sabe. Lo mismo les gusta. Será ellos no son animales. Dice Don sapo.

HUMILDAD



El río nos hace humildes y sensatos. Hace unos años unos ingenieros querían hacer un puente en el Guijo canalizando la garganta a través de dos tubos de acero gigantes, luego igualando la circunferencia con hormigón y asfaltando el horizontal. Un puente moderno, elegante y rápido. Me parece que no va a caber por ese tubo tanta agua. Decían dos viejos a los ingenieros. Ellos se reían de los jubilados de boina y garrota. Era verano y la garganta parecía pacífica. Llegó el invierno y con la primera crecida los tubos y el puente desaparecieron. Hicieron otro igual, los mismos tubos. Volvió a desaparecer. El agua retorcía el acero como si fuera mantequilla. Entonces hicieron un puente corriente de pilares, feo, pero no obligaba a la garganta a pasar por ningún tubo. Un poco más abajo hay un puente medieval que ha aguantado miles de riadas.
Ruth va a quitarse el mono a un intensivo en el Jerte con dos buenos pescadores. Ellos llevan pescado y compitiendo muchos años. Ella apenas lleva dos años enganchada a los ríos, las truchas y la pesca a mosca. Ellos le dicen: bueno Ruth, luego si quieres te haces una foto con nuestras truchas. Pero es ella la única que pesca una trucha. Ellos bolo.
Me dice mi hijo el pescador que Ruth debería de haber dicho: bueno chicos, si queréis podéis haceros una foto con mi trucha.

(Ilustración de Robert Ramson)

IBOR




En el río Ibor, en abril, suben los barbos desde el Tajo, miles de barbos de buen tamaño. Es un espectáculo maravilloso. Parecen salmones en cualquier río de Canadá. El agua está limpia, el paisaje es salvaje. No es difícil ver en el monte perdices, lagartos ocelados muy grandes, jabalíes, zorros. Hace años ví un lince.
Se pueden pescar a ninfa. Las peleas son largas y duras. Pesca sin muerte.
Mi hermana Marian se vendrá con nosotros a Laponia a pescar truchas y salvelinos. Dice que pescará pero que: no voy a estar diez días de sol a sol con la caña, haré otras cosas. Yo no pienso hacer otra cosa, además el sol no se quita, no hay noche. Pescar con luz a las dos de la mañana, hasta que el cuerpo aguante.
Marian también bajará con nosotros a pescar truchas el primer día de la temporada. Cuatro hermanos y una hermana todos pescadores. Vaya familia. Todos la queremos. Ha tenido que hacerse su sitio entre tanto chico bruto.
Mi hijo el pescador toca el piano con ella, no se le da mal. Todo lo que hace con las manos se le da bien. Es un artista.

A MIL


Fue una pelea emocionante en una tabla honda y rápida. Lancé a la otra orilla, en una zona de sombra, debajo de las ramas secas de un árbol caído y en cuanto tocó el agua el señuelo sentí el tirón. Aquí las truchas saben utilizar la profundidad y la corriente del agua de una forma ¿inteligente?. Aunque sean pequeñas, siempre pelean como si pesasen dos veces más. Esta no era pequeña. Mi hijo el pescador contemplaba la lucha. Desde el recodo del molino de “Las Siete Piedras” hasta el charco “del Águila” esta es de las zonas más bellas de la garganta. Pescaba con un pequeño cangrejito de plástico o con una pequeñísima cucharilla ondulante de dos centímetros que uso tanto con la caña de mosca como con un equipo de lance muy ligero. En cuanto sientes la picada sabes que es una buena trucha, que será una pelea difícil, que el agua es su aliada y no la tuya. El corazón a mil. ¿Quién dijo que pescar fuera una actividad tranquila y reposada? Los amigos o amigas que me han acompañado alguna vez no suelen volver. Menuda paliza chico, no pensaba que pescar fuera tan cansado.
Para mi cansarme aquí es un lujo y un placer. Acabo agotado. Mi hijo el pescador pregunta ¿porqué no me picó a mi si yo había lanzado allí?. Tendremos que hacer a la trucha una entrevista. Yo no lo sé.

PICAN


(Pintura de Diane Michelin)

Mi hijo el pescador me cuida. Dice: no pises ahí que esa piedra resbala.
¿Cómo puede lanzar tan bien? ¿quién le ha enseñado? Yo no. Yo soy un mal maestro, no tengo paciencia, no se explicar las cosas.
No le sale bien el lance “de pecho”. Sedal muy fino, fuerza en el brazo y soltura en el dedo índice. A veces le sale este lance y se sorprende. En Jaranda puedes lanzar como te de la gana pero te metes en Pedro Chate y estás en la selva. Conozco el Amazonas y es más o menos lo mismo. Helechos arborescentes, sauces traidores, ortigas de dos metros, zarzas liana que atraes como un imán. A la altura de Garganta la Olla han hecho una pasarela con barandillas de madera para que los turistas contemplen de forma civilizada la belleza la naturaleza. Esa manía de civilizar la naturaleza.
¿Pican, pican? Pregunta uno de los turistas. El hijo pescador se hace el loco. Hace visera con la mano y espera. Yo también he visto el avispero grande que han hecho las avispas bajo la barandilla. Me da pena el tipo, lo mismo tiene alergia. Le digo. Si, suelen picar porque tiene un avispero a medio metro de su cara, tenga cuidado. El turista se da la vuelta y sale corriendo. Civilizar la naturaleza tiene sus riesgos.