miércoles

SURU


220 a.C. RÍO TAJO. (parte I). La Televisión francesa ha contratado a la arqueóloga Julie Signoret para que investigue el rastro de Aníbal por España. Su equipo acaba de descubrir el misterioso puerto por los Alpes que utilizó el cartaginés hace más de dos mil años para que pudieran pasar treinta mil soldados, quince mil caballos y treinta y siete elefantes de guerra que llegarían luego a las puertas de Roma. Su amigo Bill ha encontrado las peculiares bacterias, que solo viven en los excrementos de los caballos, por todo el estrecho y difícil paso de Col de la Traversette, al sureste de Grenoble. Aún asombra a los investigadores que pudieran caminar los elefantes por ese sendero helado que está a casi tres mil metros de altitud, ¡así que Tito Livio estaba equivocado cuando afirmaba que el camino de Aníbal había sido el Col de Clapier! Pero el documental quiere comenzar en España porque allí tuvo Aníbal las primeras batallas en las que usó paquidermos. Así que le ha tocado a ella, que ya tiene experiencia en pelearse con las peculiaridades y burocracias de las universidades españolas y habla bien el castellano. De algo le sirve tener una abuela de Terrinches y una madre que se empeñó en que no olvidase el idioma.

Pero la pesquisa está siendo larga y complicada. Lleva más de una semana dando bandazos de acá para allá, quemando todos los contactos que tiene entre los equipos de arqueología que mantienen abiertas excavaciones de esa época. Hasta su abuela, que tiene noventa y ocho años, le ha dado el dudoso contacto de uno de sus novios de entonces. Como ayer estuvo en Mérida y le pilla de paso mientras vuelve a Madrid, hace parar al chofer en Trujillo y comprobar si el dichoso novio de la grand mère existe o solo es uno más de los desvaríos de la anciana coqueta.

 

Para su sorpresa existe y vive en las afueras del pueblo, en un caserón ruinoso que antes había sido tal vez un palacete de esos que se hacían los conquistadores extremeños para demostrar o demostrarse que había merecido la pena morirse de fiebres y volver con algo de oro en un saco que vaciarían luego sus hijos mientras se hundían los tejados, robaban los escudos de piedra cuajados de cadenas y exotismos y se olvidaban muy pronto sus aventuras equinocciales o su precaria gloria. De la casa ya solo es habitable la gran cocina, algunos de los cuartos que habían sido de los criados y una despensa.  Le asombra que el anciano profesor hubiera sido alumno nada menos que de Hugo Obermaier y de Antonio García y Bellido. Pero mientras él aprendía a desmontar y disparar una ametralladora Hotchkiss en las afueras de Albacete, Antonio escribió “Fenicios y cartagineses en Occidente”, que se publicó en Madrid en 1942, el mismo mes en el que Heliodoro, tras escapar del campo de internamiento de Orán, huía por el desierto y dormía, aterido en Libia, entre las columnas rotas de Ghirza, tras llevar más de treinta días fugado comiendo sabandijas y pan duro. Eso le cuenta el viejo durante el viaje hasta Ocentejo, mientras Julie conduce un destartalado Morris Isis con el volante a la inglesa que él se trajo de Oxford. Apenas han bastado diez minutos para que ella cambie todos los planes. Le ha bastado cinco a ella para explicar quién y para qué está allí. Cinco a él para contar que sabe donde fue la famosa batalla y que tiene un secreto curioso sobre los famosos elefantes.

 

Tras llegar a Ocentejo caminan durante un rato hasta llegar a un río que le parece canadiense o noruego, para nada manchego. “Hasta el primer embalse son casi cien kilómetros de río salvaje y limpio, de aguas color turquesa y bosques de ribera selváticas en medio de la estepa, el secarral y el olvido. El río es aquí un pequeño paraíso en el que se mezclan especies de flora y fauna iberonorteafricana, eurosiberiana y mediterránea. El agua hace curvas imposibles, barrancos hoces, cuchillares y cañones verticales, anticlinales tumbados, tobas en cascada y desprendimientos con nombres que denotan umbrías y abismos: del Caldero, del Hocino, de la Hoz, los Repechos, Vallejo de la Cierva…  El Tajo está escondido en este gran cañón, los pueblos son pequeños y están alejados de su cauce, no hay autovías, ni embalses, ni turismo, ni conspiraciones para robar el agua y la belleza. Parece increíble que se haya salvado del destrozo que luego le hicieron más abajo. Desde Trillo hasta Lisboa el Tajo ya no es río, pero aquí sigue siendo el mismo que reventó el Hundido de Armallones, un gran desprendimiento de rocas que cayó desde lo alto del cañón y colapsó el curso del río, en el siglo XVI. El que deslumbró a los pocos viajeros y vagabundos europeos que se acercaron a la gigantesca raja”. Todo eso le va contando el anciano arqueólogo mientras lanza una mosca hacia el agua azulada. En cuanto pesca un trucha, la toca y la suelta, termina la excursión. “Bueno, vamos ahora a lo nuestro. Tenemos que bajar hasta un pueblín que se llama Driebes”.  El viejo echa una cabezada breve y cuando se despierta le cuenta parte de la historia. “Éramos jóvenes, arrogantes, intrépidos. Aunque Julio Martínez Santa Olalla era cinco años mayor que yo, me trataba de igual a igual cuando estábamos haciendo trabajo de campo. Julio era un apasionado germanófilo y yo tal vez lo contrario, ya sabes como eran esos tiempos. Pero ese día estábamos rastreando las orillas del Tajo, comenzaba la primavera y nos sentíamos como exploradores del lejano Oeste sobre nuestros ponis o como el Cid o como los exploradores de Aníbal Barca oteando enemigos. Unos labradores de ese pueblo de Guadalajara habían encontrado en uno de los taludes que ha veces erosionaba el río en sus crecidas una facata carpetana roñosa, los restos de bronce de varios escudos vacceos y un buen puñado de toda esa chatarrería que queda cuando mueren los soldados y pasan los siglos: clavos de sandalia, hebillas, puntas de flecha, botones, algunas monedas... Julio estaba entusiasmado. Acotamos la parte que no se había desmoronado e hicimos algunas catas. En una de ella apareció lo que parecía medio colmillo de elefante. Volvimos a Madrid para organizar una excavación con más gente y más medios pero un mes después comenzaba la guerra y cada cual se metió en su infierno. Al exiliarse Hugo Obermaier, mi amigo ocupó la Cátedra de Historia primitiva del hombre en la Universidad de Madrid. Luego Julio Santa Olalla se hizo el amo de todo, no había excavación en el país que no controlase y supervisase él, ni hallazgo por el que no se llevase los méritos mientras fue Comisario General de Excavaciones. Durante la guerra se había hecho falangista y filonazi. Todo lo que aprendió en su estancia en Alemania y en los libros de Gustaf Kossinna lo quiso trasplantar a la historia de España. Una locura. Esa teoría suya panceltista que privilegiaba la cultura Celta sobre la Ibera y que era un forma peculiar de arianizar España ya que los Celtas eran arios indoeuropeos y los Iberos morenitos mediterráneos, medio africanos medio quién sabe. También colaboró con los secuaces de Himmler y la Ahnenerbe buscando restos atlantes arios en Canarias, santos Griales en Montserrat, puertas del infiernos por los sotanillos de El Escorial o en la necrópolis visigoda de Castiltierra y otros  tesoros mágicos como la Mesa de Salomón por algunas cuevas de la Toledo judía”.

 

Llegan cerca del río, se meten por un carril de tierra bien trazado y continúan hasta cerca del agua. El anciano le cuenta entonces la batalla. Ella le deja hablar aunque conoce también toda esa gesta. “…Aníbal Barca no tiene muchas posibilidades contra el enorme ejército carpetano al que se han sumado rabiosos guerreros vacceos y olcades. Está en tierra extraña y es odiado por haber asediado y luego saqueado Helmantiké y Arbucala. Además ha tenido que ir dejando partes de su ejército detrás para asegurar las victorias y convencer a todos estos pueblos rebeldes que él es quien manda. Sus exploradores aseguran que se han sumado más de cien mil de un revoltijo de tribus cuyo único motivo de unión es soñar con las tripas de Aníbal devoradas por los cerdos. El Río Tajo entonces es bronco y traicionero, tiene barrancos, cascadas, remolinos y pozones que hacen complicado y casi siempre imposible su paso, pero uno de sus soldados turdetanos conoce bien los vados. Ha pescado muchos veces grandes barbos, anguilas gigantes y truchas de varias libras en los someros de la única explanada en la que el río se vuelve ancho y suave”. Allí prepara el cartaginés su celada estudiando bien el terreno junto con el pescador. Caballos y elefantes cruzan el río sin problemas aunque a los infantes les cuesta salvar la corriente que les llega casi por la cintura. Construyen un gran campamento bien fortificado con foso y estacas afiladas, y aguardan. Pronto llegan los carpetanos. Se agrupan frente al campamento, hacen asambleas, gritan, beben, deciden quienes se llevarán la cabeza de Aníbal de trofeo y cómo se repartirán el botín que el cartaginés ha conseguido en sus expolios. En estas cae la noche. Entonces los extranjeros, con mucho sigilo y prevención, vuelven a cruzar el vado. Los elefantes barritan protestones y los vigías dan cuenta del escaqueo pero a los jefes carpetanos no les importa mucho que los enemigos cambien de orilla. Tanto da destriparlo en una como en otra. Aníbal ha dispuesto a la caballería y a los elefantes delante, como a cincuenta metros del borde del agua, y detrás a la infantería. Los carpetanos y sus aliados comienzan a cruzar el vado con confianza, gritando mucho, golpeando las espadas contra el escudo o el peto, pero se tienen que desviar hacia la derecha por un paso más o menos estrecho que ha dejado el campamento abandonado. Los primeros mil hombres cruzan deprisa, chapoteando mucho y comienzan a llegar a la orilla en la que aguarda Aníbal. El resto, envalentonados por los primeros choques de las armas, se amontonan ya en el agua deseando cruzar. Su elefante recibe entonces el garrotazo de uno de esos primeros vacceos valientes y se le queda medio colmillo colgando. El guía pica a la bestia y una pata del animal destripa al guerrero sobre el barro. El trozo de colmillo cae y al ser pisado también por el elefante se hunde en la tierra blanda. Entonces Aníbal anima a su caballería a comenzar la masacre. Los caballos no tienen problemas en luchar en el agua, cabritean, alancean, degüellan y corren con agilidad mientras a los enemigos les cuesta moverse metidos en el río. La sangre comienza a teñir el agua transparente, los cuerpos inertes comienzan a bajar por la corriente y se hunden bajo el peso de los petos de metal. En pocos minutos surge el pánico y la indecisión. Ya hay muchos miles de guerreros metidos en el agua mientras unos pocos cientos de caballeros cartagineses y algunos elefantes pisotean a placer, revuelven, aterran, hacen huir a los carpetanos. La confusión es grande, cada jefe manda en su horda pero ninguno manda en todos ni sabe organizar tamaño caos. El pánico conduce a la desbandada. Emtonces el cartaginés da la orden de cruzar con todo tras ellos. Las bajas no son muchas, mil caballeros y otros tantos infantes contra tal vez ocho mil o diez mil carpetanos muertos. Pero tras esa batalla, la Carpetania, vencida, se prestará a dar trigo, mercenarios, tocino, mujeres, casi todo…   Desde entonces Aníbal batallará sobre aquel elefante del colmillo roto. Sobre él atravesará el Ebro, los Pirineos, el Ródano, los Alpes... y le pondrá un nombre propio. Hay también una buena trifulca entre biólogos e historiadores sobre si los elefantes eran indios o africanos o de una especie extinta. En una moneda de plata hispano cartaginesa se puede ver en el reverso a un elefante africano. Quizá un Loxodonta africana faraoensis, una subespecie que habitaba las franjas de bosque abierto y matorral norteafricano entre las montañas del Atlas y el desierto. Estos elefantes se extinguieron pronto por la avidez de marfil que tenía Roma, la atracción sangrienta de tenerlo en las luchas en los muchos circos del imperio romano y su uso como animal de guerra tanto por los cartagineses como por los númidas como cuentan Tito Livio, Polibio y Apiano…”

 

¡Y el colmillo del elefante? Pregunta al final su colega francesa. El anciano sonríe y no dice nada. Durante el viaje de vuelta se queda dormido. Ya en Madrid aparcan en la plaza de Colón y se acercan al Museo Arqueológico Nacional. Allí todo el mundo conoce a Heliodoro Hernández, le dejan a su aire, nada que ver con las reticencias y “vuelvaustedmañana” que ha encontrado en los otros museos que ha visitado la joven arqueóloga. El director pone a su servicio a un becario para que los guie y abra todas las puertas y catacumbas de la casa. Quince minutos después, Julie llama muy excitada al director del documental. Dos días más tarde todo el equipo de grabación sigue al arqueólogo por los pasillos del museo en un plano secuencia largo y tenso. Llegan a un sótano lleno de estanterías y cajones. Las manos sarmentosas y largas del anciano abren uno de los grandes armarios y saca una caja de plástico traslúcida que parece pesada. De nuevo la cámara sigue al anciano por los pasillos hasta llegar a la mesa que el director del museo ha llenado de objetos de esa época histórica para decorar un poco la escena, un escudo, una facata, cerámicas, varias puntas de lanza... El anciano sonríe con picardía al objetivo de la cámara y dice, con buena voz y un punto de misterio: “Cuenta Catón que el elefante más valiente del ejército púnico tenía un colmillo roto y era el único que tenía nombre propio. Algunos historiadores habían apuntado que perdió ese incisivo en la batalla de Trebia contra Sempronio, pero hoy sabemos que fue aquí en España, junto al río Tajo, en Driebes, Guadalajara, en la batalla entre las tropas cartaginenses y los carpetanos en el 220 a. C.“ Heliodoro mete entonces las manos en la caja y saca un cilindro curvado con la punta roma y la parte más gruesa astillada. “Y este es el precioso colmillo roto de Suru, el último superviviente de los treinta y siete Loxodonta africana pharaonensis, una especie ya extinta por nuestra avaricia. En el montó el gran Aníbal en su campaña contra Roma. Este animal caminó miles de kilómetros, cruzó los Alpes en pleno invierno y fue herido por las flechas en la batalla contra Tiberio. Suru, el elefante más famoso de la Historia, Suru, que perdió este medio colmillo no muy lejos de aquí, junto al Tajo…”

Cuando cortan la grabación la grand mere de la arqueóloga se acerca a tocar el gran incisivo amarillento. Sólo ella sabe que su amigo estuvo en el Ebro, en Angelés sur Mer, en África, encima de un half track subiendo hacia el Kehlsteinhaus. Que le llamaban Heliodoro pero en realidad se llamaba Hếlios, porque su padre, amigo de Ferrer i Guardia, decía que cuando vino al mundo se sintió mucho más deslumbrado por la belleza de un niño naciendo, lleno de sangre y sebo, que mirando de frente el sol del amanecer un abril en Begur. Y sólo ella sabe porqué no se casaron, aunque se han seguido escribiendo todos estos años. Tras la grabación van a tomar un café al Gijón. La anciana Virginia Mendizabal está medio ciega así que necesita pasar las manos por el rostro de Helio o tal vez lo haga de nuevo porque le gusta, como entonces, acariciar su barba y su piel. Él le besa la mano, sonríe y le dice: “¡He tenido que enseñar el colmillo del elefante de Aníbal para que vengas a verme, sabía que con un anillo visigodo no sería suficiente!”

Han pasado veinte años desde entonces. Diferentes excusas y problemas han demorado que Julie Signoret cumpla las dos promesas. Pero sabe que a ellos no les importó nunca el filo de la herrumbrosa espada del tiempo. Además de las cenizas de su amigo Heliodoro y su abuela Virginia, va a enterrar junto al Tajo un pequeño elefante en terracota que compró hace dos años en la tienda de recuerdos del Museo Hermitage en San Petersburgo. Se trata de la reproducción de un elefante de guerra iraní datado en el siglo III-II a.C.  pero sabe que a ellos no les importaría tampoco esta poética imprecisión histórica. Hoy el agua del río está muy estancada y muy verde, docenas de aspersores escupen sobre extensos campos de colza. Ya no hay ríos salvajes ni elefantes furiosos en España. Tras hacer un pequeño agujero junto al lugar donde debía de estar el vado que utilizó Aníbal para ganar la olvidada batalla, Julie se ha sentado a leer unos minutos un libro de Ryszard Kapuscinski que se titula “Viajes con Herodoto”. A ellos no les hubiera importado esta forma atea de oración: “Sin la memoria no se puede vivir, ella eleva al hombre por encima del mundo animal, constituye la forma de su alma y, al mismo tiempo, es tan engañosa, tan inasible, tan traicionera.”

(de “Artes de pesca” fragmentos desechados)

 


 

sábado

SEDAL

 

Su amada Leda le regaló un diminuto ópalo que llegó a un mercado de Thera desde el confín del mundo. Idéntico al color que tiene hoy el mar fuera de la cala de la isla de Delos en la que construyó el pescador su pequeña casa. Techo de abrojos y retama, muros de piedra blanca y madera de naufragio, manta de piel de gazapo y redes puesta a secar en la pequeña playa. Tensa la vela para que acelere el barco y lanza el señuelo de plumas de ganso y perdiz que esconde uno de esos buenos anzuelos de bronce que forja su amigo Luciano en la fragua antigua que heredó de su padre. La brisa huele a hinojo y salvia, o tal vez lo imagina, o quizá se huele los dedos que estuvieron al amanecer dentro de la muchacha. Ella trenzó este hilo resistente que aguanta tan bien los peces. Deshizo un chal valiosísimo que tenía en su ajuar. Nadie conoce los misteriosos y finísimos vellones que tejen esos paños. Llegan de muy lejos junto con la pimienta y valen más que el oro. Un marinero loco le confesó un día que quienes tejían esa maravilla eran unos gusanos feos y blancuzcos, pero estaba borracho de vino resinado, ciego por mirar a las medusas y más anciano que Agatón el que hace pequeñas ánforas para ungüentos. Tras deshacer el chal, trenzó con maña sus hilazas púrpuras hasta hacer un cabo muy fino y muy largo de más de cincuenta brazas. El pescador aprecia más ese obsequio que la piedra preciosa. Cada tarde seca bien ese hilo de pescar y luego lo impregna con aceite de almendras y sebo de liebre. Las Llampugas que atrapa tienen también el color cambiante del ópalo y del mar. Nadie pesca más que él en esa parte del mundo utilizando las plumas anzueladas y la velocidad viento. Luego, al atardecer, nadan juntos hasta el lugar donde aflora del fondo un chorro de agua templada que calienta el volcán. Asan después uno de los pescados que no ha vendido y se aman mirándose a los ojos. Un viajero egipcio que visitó su isla y le vio transportar el pescado hacia el mercado, con un carbón afilado, sobre un trozo de papiro suavizado con piedra pomez, dibujó con unos pocos trazos su figura y su gesto. Luego, varios años después, con lapislázuli machacado, sangre de buey y arcilla, pintará al muchacho en el hermoso fresco en un palacio. Nada queda de ellos. Hace ya muchos años que el volcán reventó y borró la historia. Pero si vas Santorini donde una vez dicen que estuvo la Atlántida, en el museo de la ciudad moderna, podrás contemplar a nuestro pescador afortunado. Si nadas hasta el Nea Kameni sentirás el agua caliente que los acariciaba. En el mar que circunda la isla siguen nadando peces con piel de ópalo que unos llaman dorados o llampugas o koryphaina, en griego “pez delfín”. Y debes saber que el pañuelo grande que se ciñe tu amada a la cintura es igual que el de aquella Leda cuya trama deshizo con dedos sabios para tejer luego el primer sedal del mundo.


 

lunes

"En 1921 o en 2021" CUENTO DE NAVIDAD

 


(dedicado a Javier Reverte).

Tras dos horas de camino por una senda perdida, apenas adivinada entre los brezos, los tomillos y las jaras, llegamos al chozo grande. Me contaste que era antiguo. Lo habían reconstruido tus abuelos y antes los suyos y antes quien sabe, junto al arroyo Torvisco, aprovechando un pequeño hueco que en invierno tocaba la solana y en verano era un sestil fresco. En las piedras grandes de la entrada tocaste con tus dedos palabras latinas desgastadas o símbolos iberos, apenas sombras de letras cubiertas de liquen gris que no supe leer. Semanas antes subiste sola a restaurar la techumbre con nuevas retamas verdes, limpiado el interior y preparado fuera una buena carga de leña junto a la zahúrda y la majada desmoronada, ahora totalmente llenas de robles grandes, zarzas y helechos secos. Habían parado por allí nómadas de antes de inventarse la historia, peregrinos del norte, ganados trashumantes a los que pillaba la primera ventisca, contrabandistas de café con Portugal, maquis perdidos y huidos de cualquier guerra o de cualquier paz. Encendiste el fuego y las velas. Extendiste el gran saco americano de plumas sobre las pieles de cabra. Ordenaste sobre la mesa tocinera, taraceada por mil cicatrices, las mismas viandas del festín de hace 100 años: queso de oveja de Trujillo, pimientos encurtidos, tasajo de montés, una ensalada de corujas que habías recolectado en el arroyo y que aliñaste en un viejo cucharro, pan del Guijo, el mejor vino que encontraste, licor de café casero, perrunillas, higos secos preñados con nueces y el diario. El diario de tu abuela Ángela. Un buen Panamá de Smythson con un 1920 grabado en oro sobre el cuero. Bebimos, casi de un trago, un vaso de vino, tapaste la entrada con las mantas muleras, se templó el habitáculo y comenzaste a leer:
 
"Encendí yo el fuego, tú aún no sabías. Aulló no muy lejos un lobo joven, sonreíste, no sabría decir si por timidez o con un poco de temor. Un chico de ciudad. Una chica de pueblo. Aunque yo sabía hacer una hoguera con yesca y pedernal, había vivido sola en París tres años, sabía tirar con rifle y leía a Keats o a Chéjov en sus idiomas y tú apenas habías salido de Tetuán de las Victorias. Luego aprendiste todo en el otro Tetuán, pero entonces, allí, en ese confín remoto de Gredos, todo era nuevo y distinto para ti. Nos habíamos amado ya otras veces, las suficientes para saber cómo rozar, donde morder o en que momento esperar, pero siempre sobre las civilizadas camas del Hotel Inglés, tras delicadas cenas en Lhardy o el Alberto hablando del inútil de Dato o de la última de Martínez Sierra o del baile en el Bellas Artes en donde nos conocimos, nunca de la guerra de Europa o del polvorín del Rif a punto de estallar o los disturbios de Barcelona en los que había estado con mi padre o de la extraña gripe que se había llevado en unas pocas semanas a los nuestros. Nunca del todo desnudos como esa última noche del año mil novecientos veinte al veintiuno. Esa noche fue muy diferente".
 
Dejaste de leer. Te desnudaste. Nos metimos en el saco. El fuego aún ahumaba el habitáculo. Tuve que hacer un esfuerzo para recordar que íbamos a entrar en el año dos mil veintiuno, y que allí, hace un siglo, otros se estaban escondiendo en este mismo viejo saco dejando fuera el pudor y el miedo, todo lo manso y previsible con lo que engaña el futuro. Te olía el aliento a vino. Sonreías dentro de mi beso. Metí los dedos dentro para luego chuparlos y guardar tu sabor en algún lugar a salvo. También nosotros, hasta entonces, habíamos follado en habitaciones con calefacción, conectados al mundo por mil chismes y viviendo la incertidumbre de una nueva pandemia de la que por ahora nos habíamos salvado. Tenías la piel de la espalda muy caliente y me agarraba a los huesos de tus caderas. Empujabas tú. Vi un chispa volar sobre el fuego y desaparecer antes de llegar a la techumbre. Volvimos a beber los vasos hasta el fondo sin saborear el vino y me pediste que siguiera leyendo:
 
"Me gustaba tu delgadez de niño malcomido aunque el trabajo y tu apetito habían escondido la tristeza y ahora tenías un cuerpo fuerte y seco. Te muerdo aquí o allá como imagino que muerden las lobas no muy lejos, en la oscuridad nevada de estas sierras. Deseaba beberte, celebrar otra vez que estábamos a salvo, agotarte sólo para saborear entonces tus risas y tu leche, las palabras nuevas, una forma de explicarnos la historia que hasta ese momento habíamos ocultado. Salí a orinar. Me alejé del chozo bastantes metros, me metí en la oscuridad, disfrutando de las agujas de nieve en los pies, la helada cubriendo el monte, una libertad que no volvería a sentir. También aullé, tras coger mucho aire, casi dolía el frío en entrar en el pecho. El viento había alejado las nubes de la tarde y la Vía Láctea tenía una nitidez que jamás había visto. Luego pegabas gritos cuando te abrazaba fuerte para entrar en calor y querías o no querías ablandar con tu aliento mis pezones. Aunque no lo sabías, yo estaba acostumbrada a la intemperie. Mi abuelo había sido alimañero, vendedor de pieles, emigrante a Cuba, maestro rural, anarquista buscado, pero su hijo, mi padre, convirtió parte de esa forma de vida en un buen negocio en Madrid. Con él tuve el privilegio de recorrer desde la adolescencia las ciudades más perdidas de Europa. He ido a Joensuu, al norte de Finlandia, a comprar pieles de zorro. Allí el invierno congela el propio orín según cae al suelo, a Tomsk donde los soviets han montado una eficiente industria de cría de visones, a Estambul para pujar en el mercado por las mejores partidas de pieles de astracán, incluso acompañado a mi padre a Dawson Creek en Canadá para comprar castor y después hicimos un largo viaje hasta Manaos para comprar pieles de anaconda y de nutria gigante".
 
Ahora, por un instante, duermes. Me has pedido que escriba en las páginas que hay intactas en la mitad de este Panamá cómo es esta noche, nuestra noche de lobos y pandemia, de fin de época y porvenir dudoso. Como si quisieras dejar en el fino papel marfil un nuevo rastro de migas para otros amantes del futuro. Escribo y describo el camino hasta aquí y cómo hemos seguido el diario, no tanto al pie de la letra como al pie del deseo y el instinto que también los encendió a ellos esa noche de hace casi treinta y seis mil quinientas noches. También escuchamos los aullidos de las fieras que han vuelto aquí tras estar extintas, el crepitar del fuego o la sensación de estar por encima de los siglos y las máquinas, a salvo de esa forma de tiempo que siempre agota el amor y derrota la belleza de la piel. Respiras tranquila refugiada en mi abrazo o en el sueño, en este antiguo saco de ir al ártico que tu abuela compró en Dawson, seda salvaje de doble hilada en verde kaki y plumón de ganso gris. Podrías dormir al raso y a veinte bajo cero sin sentir frío, me has dicho antes. Me entierro en él o nado o bajo a buscarte, a meter mi nariz entre tus tetas y oler el sueño. Salgo con cuidado. Pongo más leña. El humo se va por las toberas que tiene el chozo más arriba, antes del engarce de las piedras con las vigas finas y rectas de tronco de castaño. Te despierta la luz de la llama, mis movimientos, las ganas de seguir tocando la piel, sus pliegues y penumbras. Me preguntas qué he escrito y te lo leo ¿Cenamos ya? Vuelves a llenar los vasos. Ordenas en dos platos de loza el queso y la cecina, la ensalada de berros salvajes que aliñas con aceite y el vinagre de los pimientos. Sacas de alguna parte unos tenedores tallados en madera de tejo. También eran suyos ¿Has escuchado al lobo? Ha sido muy lejos. Nada queda de ellos salvo el diario y el chozo. Dices. Y vuelves al diario:
 
"Mi abuelo, que de adolescente cepeaba zorros por estos montes, no se parecía en nada a aquel viejo masón, librepensador, rico, amante de la poesía y del oporto que supo huir a Londres a tiempo tras cierto magnicidio, aunque luego volvió con otra identidad. En su juventud acompañó nada menos que a Anselmo Lorenzo a Londres en el 1871 a la conferencia de la A.I.T. y allí conoció a Carlos Marx en persona, aquel año de la Comuna de París y sus quince mil muertos. Un año después coincidió la escisión entre marxistas y bakuninistas en la I Internacional. Pero con su muerte repentina por el cólera, mi padre se vio obligado a convertirse de la noche a la mañana en pequeño empresario, con tres oficiales cortadores, dos sastres, cinco aprendices, un contable, y en tutor de sus dos hermanos pequeños ya que su madre había muerto también de fiebres durante el último parto. Todavía el joven idealista, en el 1886, ya convertido en gran burgués, financiará en secreto los folletos de Anselmo “Acracia o República” y “Fuera política”, justo el mismo año en el que nace el infausto Alfonso XIII, el mismo año que comienza desde Estados Unidos la campaña universal por las ocho horas y se firma la abolición de la esclavitud en Cuba. En sus talleres hace ya mucho tiempo que se trabaja esa jornada y se reparte entre todos la mitad de los beneficios, pero en secreto y bajo juramento, si se supiera sus queridos amigos del casino le quemarían el taller. En 1903, justo el año en que los hermanos Wright fabrican su aeroplano, financiará la aventura de la Editorial de la Escuela Moderna del viejo compañero Anselmo y de Ferrer y por último, seis años después, el año de la semana trágica, del fusilamiento del pobre Ferrer, ayudará a Lorenzo en su destierro en Alcañiz. Yo le acompañé para llevarle algo de dinero. Pero ¿toda esta pequeña historia de mi gente a quien importará en el futuro? Vuelvo a tu cuerpo. Ya no soy la señorita elegante que desnudabas con timidez".
 
Dejas de leer. Joder con tu abuela. Te digo. Sonríes. Buscas en tu mochila una fotografía. No vivieron la guerra. Les pilló de viaje y no volvieron. Aunque sí la otra, la grande. No sé cómo acabaron en Berlín o por qué se fueron luego a Finlandia. Mi abuelo había estudiado gracias a la Junta de Ampliación de Estudios, se hizo profesor, físico. inventó un sistema para regular las ópticas de los telescopios que aún se utiliza. Apoyó la construcción de un centro de investigación de auroras boreales en 1913 en Sodankylä, 67 grados norte. Iremos. La abuela le enseño a cazar y con ella hizo su particular guerra, contra los soviéticos primero, luego contra los nazis y después otra vez contra los rusos, ajenos a los pactos, acuerdos y negociaciones que hubo durante la guerra mundial. Perseguidos por todos, nadie pudo atrapar a la pequeña guerrilla de aquel español raro y aquella señora elegante. Me enseñas la fotografía. Deben tener entonces cincuenta años. Ella tiene un aire a ti. El año pasado apareció en el desván de la casa familiar un petate militar con este saco, una navaja grande y este cuaderno Panamá. A mi padre lo crió su hermano pequeño y apenas sabía casi nada de su madre. La familia siguió con la peletería hasta los años ochenta y luego vendieron el negocio. También tengo este recorte. Junio del cuarenta y nueve. He rastreado la noticia hasta un periódico canadiense. Dos excursionistas desaparecidos por una crecida repentina del río Klondike. Ellos. Vivieron guerras, epidemias y todos los desastres del siglo XX para morir ahogados en un río helado. Nos quedamos en silencio mucho rato. Luego te incorporas y bebes un trago de licor café de la cantimplora y muerdes una perrunilla y me pides que siga leyendo un poco más. O escribiendo:
 
"Tal vez construyera este chozo confortable un pastor con imaginación, un suevo arrogante, un soldado bereber, un legionario que llegó de Tracia, un visigodo perdido o un topógrafo aburrido o cazadores íberos, arrieros duros, vagabundos de otros siglos que desearon por unos días un hogar. Y luego los míos. Y ahora yo. Me gusta cómo amas y como abrazas y cómo dejas que nos arrope el silencio. Sentirte otra vez dentro. Probar de nuevo el sabor del vino en tu boca. Saborear esta sorpresa de sentirte por fin salvaje. Tal vez ha sido la maldita gripe que llaman española y la tristeza de estar solos, que nos nos quede nadie, de tener que comenzar, de resistir. Conmigo. Contigo. Quiero llevarte a mis viajes. Llenar este cuaderno con nuestros días. Escribir cada navidad nuestro propio cuento. Volver todos los años al chozo. Mantener esta costumbre. No perder jamás este deseo. Poder aullar como una loba cuando me corro y que respondan las fieras y que sonrías. Sierra de Gredos. 31 de enero de 1920".
 

IBOR y VIEJAS


Asusta sin querer un desayuno de buitres, veinte o treinta animales, ante un ciervo muerto. Se levantan pesados, perezosos, casi torpes, pero luego remontan y su vuelo se llena de la soberbia belleza de quien domina el viento y lo invisible. Ya ve agua a lo lejos. Casi desde el instinto planifica el serpenteante camino de bajada que aún queda para evitar una rocas pero enseguida se da cuenta que la senda que toma está encima de una pequeña calzada romana. “No es en el camino recto, sino en los rodeos donde se encuentra la vida”. Por eso sólo caminar le salva. No tanto como un amuleto o fármaco o puente que cruza el abismo sino como un “hacer” que le descubre el valor incalculable del cuerpo, la salud, las fuerzas que sigue teniendo, el saber que allí están los resortes de muchos otros placeres y también el lugar en el que sus palabras nacen.

 

 

Leer el paisaje. Es un buen libro. Más de mil páginas, más de un millón. Sólo hace falta saber mirar con curiosidad y asombro. Dicen que hay que dominar varios idiomas, el de la estratigrafía y la botánica, también algo de historia y climatología, zoología, mitología, geografía… o chapurrear más o menos una “lingua franca” en la que se mezclan todos, como hacían los periodistas viajeros de entreguerras, coger al vuelo el fraseo aquí o allá e inventar o deducir el sentido de los huecos que faltan.

Enseñé al hijo pescador lo poco que sabía de leer el paisaje. También el agua. Un pescador que no sepa leer el agua es un mequetrefe con caña, un bobo con botas, un arrogante analfabeto. Y si no sabes leer el paisaje sólo verás un decorado o un trampantojo para selfies

En el regazo de alguno de estos anticilinales con crestas de cuarcitas ordovíticas nace uno de los ríos que más amo, pequeño y poco conocido, frágil y precioso. Antes había un mar somero lleno de cloudinas y algas extrañas, y unos millones de años después había hombres que arrancaban calizas, y dolomías, cocían los pedruscos en hornos alimentados con leña de estos montes, los machacaban en molinos de agua y hacían cal para asegurar los puentes de los imperios o las humildes casuchas. También construyeron caminos en unos tiempos en lo que había osos y lobos y casi nadie. Hoy quedan aún bosques maduros de robles gigantes en zonas umbrías y húmedas donde no llegó la avaricia de madera en los tiempos de las armadas y las guerras. Tocamos el agua helada del río. La bebemos. Admiramos los delicados helechos antiquísimos. Luego seguimos la ruta y la lectura.

 

 

(Ayer, en la ruta hacia el nacimiento del pequeñísimo río Viejas, afluente del Ibor, afluente del Tajo, que corría salvaje y limpio, como el nacimiento de cualquier río del mundo)

HUEVOS FRITOS II


 La sala del museo de Edimburgo donde se expone este Velázquez estaba medio vacía. Poca gente se paraba a contemplar a la vieja cocinera, los huevos friéndose en manteca de cerdo, en esa “cocina-infiernillo” que he visto todavía en África y América…el chaval que viene con el melón de invierno, la multitud de chismes brillantes que componen el bodegón... Velázquez pinta este cuadro con 19 añitos. David Wilkie lo comprará en Sevilla por cuatro perras y lo venderá en Londres por 40 libras en 1863. Pasará de mano en mano por la historia hasta que la National Gallery pague por él 57.000 libras de las de 1955. En ese año, en la mayoría de las cocinas de posguerra de España, sigue usándose el fuego vivo, la chimenea y la trébede o la “cocina económica” de hierro los más pudientes. Aún faltan algunos años para que comience a popularizaste esta otra de gas. Si “el amor comienza por el estómago” mal empezamos. Hoy desayuno unos huevos trufados, bacon ahumado, pan sufí y me acuerdo de aquel viaje a Edinburgo a ver a la vieja cocinera que nadie miraba. “Los hombres, especialmente los que han pasado ya la primera juventud, aprecian la buena mesa como una de las principales virtudes femeninas que hacen amar a una mujer”, dice el anuncio. Ese bigotito facha, es barriga de oficinista, esa cristalería como de un Drácula de Paul Naschy… Me quedo con el melón encordado y los huevos fritos de 1618, que me parecen más frescos.


 

martes

MONSTRUOS

Va a pescar monstruos. O los suyos. Nueve pies línea ocho y un señuelo con apariencia de cruce entre fregona vieja y árbol de Navidad desahuciado. Camina río abajo despacio, evitando hacer ruido para sorprender a los corzos y a los zorros. Saboreando esa pequeña libertad. Nunca la hubo grande ni de ningún otro tamaño o precio más allá de unos pasos y de algunas horas malrobadas al capitalismo. Pero disfruta mucho de esos minutos largos que van rozando las vueltas y revueltas de la senda perdida. Los pedruscos graníticos y los espinos secos. Las encinas dormidas y los brezos con flor. El grito del arrendajo al llegar a la poza.

Antes se hizo en casa también un bocadillo de monstruo por hacer la gracia completa. Algunos monstruos despreciados suelen estar exquisitos. El hígado de rape, rosado y blancuzco en crudo, parece la lengua de algún marciano accidentado y conservado en bourbon en cualquier área 51 de Nevada junto con los dientes de Kennedy y el tupé lacado de Reagan. Quitó las pequeñas venas metiendo los dedos y el cuchillo, operando sin miedo. Luego puso la pequeña víscera en agua de mar y zumo de reineta un buen rato. Secó, salpimentó, empaquetó el hígado en film y lo hirvió al vapor unos pocos minutos. Más tarde, ya frío, cortó filetitos mientras se cocinaba el puré de manzanas, bulbo de hinojo y jerez. Metió unas cuantas lonchitas entre dos rebanadas de pan challah, embadurnó su interior con el puré y añadió pequeñas medallas de rábano picante. Bocadillo de monstruo. Es lo que ahora almuerza tras el premio de haber luchado con otros. Propios o del río. Refresca el hambre con una cerveza bien cargada de lúpulo leonés. No hay mejor amargura. La otra mejor dejarla en casa. Ya lo decía Vázquez Montalbán “La comida, destruye el cuerpo y puede matar el alma a través de sus agentes, como el colesterol y… la nostalgia es la censura de la memoria” Pero el bocadillo de hígado de rape sólo tiene colesterol del bueno y la memoria, refrescada por los rabanitos y la cerveza helada no le duele, ahí sentado, en el terciopelo húmedo de un cancho alto. En los huecos de la rocas hay pinturas de otras eras. En el agua oscura de este río ve el brillo de los ojos de los amigos que no están. Alonso Quijano peleaba con aspas y odres. Él con peces y zarzales. Porque solo hay monstruos dentro. Solo ahí hay peligro.
 

 

lunes

ODA

 

 

    Un bosque enorme, oscuro. Nuestros pozos de tirador son mucho más hondos que los que hacen los yankis. Nosotros tenemos lo sacos de plumón, los termos llenos de caldo y de café. Me reúno con el capitán Dronne y con Putz para estudiar el mapa y unas fotografías aéreas de ayer. Muchos soldados alemanes, varias baterías, puede que veinte carros, o cincuenta. Vuelvo de mal humor a mi pozo. No es lo mismo veinte que cincuenta. Es lo que hay. La nieve brilla mucho aunque sea de noche y haya luna menguante. Me meto en el saco. Bajo el verdugo de lana hasta el cuello. Abro el termo de caldo. Alta cocina de Negro. En su otra vida fue camarero y cocinero en un hotel de lujo de Barcelona. El caldo está exquisito. Me saco el diario de la guerrera. Escribo a oscuras. Me siento bien. Caliente, abrigado, cómodo. Nada que ver con aquellos putos días de Teruel. Qué lejos aquel tiempo. Todos nos hemos dejado barba, también los yanquis. Irán de vanguardia el grupo de Walter, los tanques de Mister y nosotros con tres half-track. Antes tiene  que confirmar si veinte o cincuenta. Eso me gusta de los americanos, son meticulosos y prudentes, sus soldados han firmado seguros de vida, les mandan paquetes desde casa con queso, fotografías, cartas de la familia. En eso se nota que ganarán la guerra. Son previsores, cuidan de sus soldados. El viento sisea en las copas. Vuelve a nevar. Pero los yanquis lo están pasando mal porque a pesar de todo a alguien se le olvido enviarles la ropa interior de lana. Para previsores nosotros. Hace una semana no había nieve y todos andábamos en mangas de camisa. Lolo advirtió. Se acabó el otoño, id sacando los visones y las estolas de zorro plateado. Hacía bastante calor ese día. Tres días después, diez bajo cero. Lolo se ha marchado con los americanos para marcar el camino más ancho entre los árboles gruesos. Previsores.

 

    Escribo pocos minutos y me vuelvo a poner el guante fino y la manopla de piel. Somos expertos en el frío. Debajo de las chaquetas y los pantalones del uniforme llevamos la ropa de plumón rusa. Durante algún tiempo me he adormecido. Llevamos tres días en el bosque, casi unas vacaciones. Diez bajo cero, quince de noche. Los yanquis calientan sus judías y huele a carne rancia. A las seis de la mañana haremos el avance. Seguimos siete vivos. Conejo, Carlos, Negro, Liberto, Jaime, Lolo, yo. En alguna página debería escribir el quien es quien de todos estos nombres. Su verdad. Cuando llegamos a este alto boscoso salieron de detrás de unos abetos jóvenes un grupo grande de ciervas con sus crías ya grandes. Recordé entonces unos versos de Keats: permitid que vigile, soñoliento,/ bajo el tejado de verdes ramas, /donde los ciervos pasan como ráfagas,/ agitando a las abejas en sus campanas./ Pero,    aunque con placer imagino/ estas dulces escenas contigo. Sé por mil razones que estará muerta. Asja. Pero escribo su nombre aquí. A veces. Muchas. He dormido un rato. Falta una hora pero ya estamos todos preparados, la bolsa bandolera con las piñas, las Colt nuevas  y la Emeuno con diez cargadores llenos. Jaime engrasa y revisa las orugas de los Half y se asegura de las cajas de munición de las cincuenta. Los Sherman de Mister van a ser lentos en este bosque. Le he dicho a Conejo y a Lolo que si hay atasco nosotros a correr siempre hacia delante. Por la foto aérea he visto que a dos kilómetros hay una zona muy extensa de huertas pequeñas con linderos anchos. Un arroyo las separa del campo grande que parece un patatal abandonado lleno de maleza alta. Tengo al lado del pozo un trozo de madera blanca de los troncos desguazados por los obuses de ayer. Me lo acerco a la nariz y huelo la resina, me parece el perfume de una buena colonia. Como sin hambre un trozo de tasajo. Si seguimos vivos en esta guerra es por la comida de Lolo. Tiene su orégano y su pimentón, su punto de sal y de azúcar. Es importante comer antes de todo el jaleo.

 

    He sentido como entraba y como salía. El pinchazo, el escozor al salir de la carne, la sangre caliente escurriendo sin parar camisa abajo. Él no ha sentido nada. Una y otra vez Liberto me explica lo estúpido de apuntar a la cabeza. Lo fácil que es fallar un blanco tan pequeño. Saña. Sádico. Sucio. Me describe, no insulta. Se nota que aprovechó bien las tardes en el liceo de su padre leyendo enciclopedias y artículos de Eliseo Reclús y Anselmo Lorenzo en viejos periódicos. La pistola americana pesa mucho más pero nunca se encasquilla. Entramos por el corral. El pueblo parecía desierto. Hay un limonero viejo lleno de grandes limones maduros. Nos imagino sentados bajo su sombra, con las camisas blancas, impolutas, abiertas, bebiendo limonada con buenos mendrugos de hielo en los vasos. Domingo por la tarde. Desocupados. Risas. En otro tiempo. Tal vez en el futuro. Dos boches armados de guardia con los ojos entrecerrados. La ráfaga de Liberto les toca de lleno a la altura del pecho. Era una casona grande. Bien hecha. Parecía casi abandonada. Difícil. Puede haber cincuenta bien armados. Ellos tiran granadas. Arrasan las ramas del limonero. Sacan dos ametralladoras de las rejillas de una carbonera. Suerte que se les acaban los peines a la vez. Tengo tres o cuatro segundos. Cuento en voz alta. Entran conmigo Jaime, Lolo, Elmer. Huele a polvo húmedo, aceite de camión, sudor, cordita. Los gritos se oyen siempre aunque estés sordo por las explosiones y los tiros. Los nuestros. Los de ellos. Apunto a los ojos porque es instintivo buscar un punto, el cuerpo sólo es un bulto. Sé que fallo más si apunto al cuerpo. En cambio en la cara se derrumban. Un tiro en el pecho hace luego una buena fotografía de vencido. Un impacto en la cara es siempre muy feo. Muchos soldados yankis vomitan al ver esos agujeros. Tanto destrozo. No convenzo a Liberto con mis teorías. No puedo decirle que esta vez fallé y por eso el hombre pudo disparar su Mauser. Pero él también falló por apuntar a bulto y sólo me atravesó la carne del hombro por encima del hueso. Se me cae la pistola como si ese brazo fuera el de una marioneta. Me queda la Browning de la izquierda. Soy zurdo. Sigo escalera arriba disparando a las miradas. Uno asoma el cañón y dispara a menos de tres metros de mi cara. Me llegan pedazos hirvientes de pólvora que se me clavan en el cuello, pero no la bala. Me duele más la quemadura que la herida. Grito. El hombre se asombra de haber fallado. No le sale acerrojar. Le entra el tiro por encima de la frente. Hay muchos en un salón parapetados tras librerías derrumbadas y una enorme mesa de despacho de madera maciza con caras angulosas talladas. Liberto les mete tres cartuchos de dinamita con mecha corta. Se derrumba todo. El tabique que nos separa de ellos también ha reventado. El techo, la pared maestra que daba al huerto del limonero. Muchos cuerpos rotos. Ráfagas del naranjero de Elmer que no escucho. Sólo veo el rojo de la bocacha. Todos sordos durante una semana. Casa por casa matando. Así ha sido esa batalla. Conejo me cura la quemadura les cuello con pomada amarilla. Luego, por la tarde, Leclerc habla y habla mirando el mapa. Tiene que gritar. Se están reagrupando en el pueblo más grande. Debemos ir esa misma noche. Le escucho muy lejos. Leo los labios. Llevo un limón en la chaqueta. Le corto con la navaja y me meto una rodaja en la boca. Escuecen los labios secos. Siento la hinchazón del hombro, como de corcho, el latido constante del dolor.

 

    Quedan varias horas. La cama esta fresca. Las sábanas limpias. Los chicos están en las otras habitaciones. Hay uno que ronca fuerte. Se escuchan a lo lejos las explosiones, el zumbido de los aviones muy altos. La alcoba tiene una pequeña estantería. Libros antiguos bien encuadernados. Me recuerda la habitación de Ariadna. Si me concentro casi recuerdo el olor de sus axilas. Ella me aficionó a escribir un diario. No soporto la comodidad. No quiero engañarme. La habitación tiene también un pequeño escritorio desde el que escribo ahora. Un gran espejo roto. Un balcón grande que da a un huerto abandonado. Aún crece salvaje una tomatera. Desmonto la Browning. La Astra me la limpia Elmer. Cojo un libro al azar. Los hermanos Karamázov en alemán. Vuelvo a pensar en Gracián Jaraíz. Ni siquiera lo abro. Temo leer. Volver a cuando podía leer horas y horas en la penumbra de las tardes de verano. Abro un cajón del escritorio. Está lleno de plumas. Me llevo tres que escriben y un pequeño tintero de viaje aún lleno de tinta azul. Relleno los cargadores de la pistola y los del naranjero. Vuelvo a la cama. Me vence el dolor del hombro. Volvemos luego al cuartel de Leclerc. Repite el plan, la necesidad. Explica sobre un plano por dónde es mejor entrar y salir. Están todos los hombres, también los nuevos. Hay luna y haremos mucha sombra. Negro y Liberto dudan. Leclerc vuelve a explicar. Quiere convencer. Nunca se cansa. Jaime vuelve a dormirse mientras están liados sobre el mapa. Han traído dos cajas de las nuevas granadas que funcionan. Cada cual llena bien su bolsa de bandolera. A Ariadna no le gustaba Dostoyevski. A Gracián sí. Elmer me da la pistola Astra limpia y bien engrasada. Debemos caminar cinco kilómetros. El santo y seña es “cotidiano” pero a los últimos soldados franceses no les ha llegado ni el orden de batalla de mañana, ni la seña. Grita Lolo: quien coño os va a dar por culo a estas horas. Luego se queda unos minutos y les explica todo. Tantas veces hemos abierto fuego ante la duda. Negro y Liberto van delante. Nosotros esperamos. Avanzan cien metros y si no hay bulla hacemos igual nosotros. Hemos entrado a ciegas, en diagonal, cada uno en su área para no matarnos entre nosotros como otras veces. Me quedaba al final sólo una granada y un cargador de la Astra. El último hombre que maté tiró el fusil y pudo sacar la bayoneta. No vemos nada. Es mucho más fuerte que yo y aunque le tengo agarradas las muñecas mueve los brazos a su antojo. hundo la cara en su cuello, abro mucho la boca y logro morder su nuez de adán. Está dura, cruje, luego siento la sangre caliente que entra también por mi nariz y casi me ahoga. Afloja las manos y suelta la bayoneta para intentar agarrar mi cabeza. Lolo y Conejo parece que están muy mal heridos. De los veinte nuevos han muerto trece. Nos largamos de allí espantados, como si hubiéramos cometido un crimen, sin decir ni una palabra. Casi al amanecer viene Raymond Dronne a vernos a la casa. Jaime no se despierta, sigue roncando. Nos felicita. Pregunta cuantos. Sólo han vuelto tres. No se me va el sabor a sangre de la garganta. Al día siguiente logran avanzar los refuerzos yankis y tomamos por fin la ciudad.

 

    Al día siguiente, Conejo, por joder, saca el gramófono de la casa reventada del alcalde y elige uno de los pocos discos sanos que han dejado los obuses. Comienza a sonar la sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125 de Beethoven mientras los soldados rendidos, sentados en el suelo, con las manos tras la cabeza, esperan a que lleguen los camiones que les lleven al campo de prisioneros. A uno de ellos, que está junto a Conejo, que apenas tendrá veinte, le sangra un oído y tiene la mano destrozada, mal vendada con una bufanda sucia, baja los brazos, sonríe, le pide un cigarrillo. Yo tocaba el oboe en la orquesta de mi ciudad. Dice el boche. Conejo es blando, rebusca, le da un paquete entero que el alemán tiene que abrir con los dientes. Luego el paquete pasa de prisionero en prisionero hasta que se termina. Gracias señor. Dice el soldado en español. Estudiaba su idioma antes de todo esto. Conejo no dice nada. Hace un gesto como de espantarse una mosca. El chaval comienza a recitar los versos de Schiller “An die Freude    Freude, schöner / Götterfunken / Tochter aus Elysium, Uno de los americanos que pasa le da una patada pero él sigue recitando.  Estoy sordo de este oído pero el otro me funciona. ¿sabe que Beethoven no podía oír cuando se estrenó la novena? Siguió la música con una copia de la partitura. Wir betreten feuertrunken, / Himmlische, dein Heiligtum. Conejo se saca otro paquete de la bolsa. Se enciende uno y tira el resto del paquete a los prisioneros que, en lugar de pelearse, se reparten los cigarrillos con orden y luego, ya encendidos, tras dar dos o tres caladas, comparten con los suyos el pitillo A Ludwig Le llamaban el español, porque era bajito, muy moreno, con el pelo liado como el suyo y el cuello gordo. Deine Zauber binden wieder, / Was die Mode streng geteilt; Alle Menschen werden Brüder, Wo dein sanfter Flügel weilt. Entonces Conejo traduce las palabras. Todos los hombres vuelven a ser hermanos / allí donde tu suave ala se posa. Su abuela era española. Seguro que no lo sabes. Y prisionero se golpea con la mano sana la rodilla. ¡Claro que lo sé!, se llamaba María Josefa Poll, su abuela por parte de madre. Y el amigo más íntimo de Beethoven, con el que se iba de parranda por las cervecerías de Viena, era un violinista negro, George Bridgetower, al que dedicó la Sonata Kreutzer, aunque luego se enfadó con él. ¡Señor español, que yo no soy nazi, sólo soy un soldado alemán! El chaval rebusca en su chaquetón y se saca una fotografía chamuscada en la que un adolescente da la mano a Jesse Owens. Mi padre corrió en ese agosto del treinta y seis contra él y se hicieron amigos. Conejo lee la dedicatoria. Para Stefan, con la esperanza de que sea tan gran deportista como su padre. Un abrazo. Jesse. La espera se hace larga. Los soldados están agotados. Por fin llegan los camones. La Novena hace rato que se ha terminado. Español ¿puede ponerla otra vez? Conejo carga el resorte con la manivela y vuelve a mover la aguja en el comienzo del disco. Los prisioneros se levantan y se colocan en fila. El joven soldado comienza a cantar en voz alta los versos de Schiller y se siguen otros muchos boches. Freude trinken alle Wesen /  An den Brüsten der Natur; / Alle Guten, alle Bösen / Folgen ihrer Rosenspur. / Küße gab sie uns und Reben, / Einen Freund, geprüft im Tod.

 

    Han pasado algunos años. Conejo está conmigo en el Teatro da Trindade de Lisboa. La Joven Orquesta de Viento de la Unión Europea toca la Oda a la Alegría y en ella toca su nieta el Oboe. A la salida un anciano alemán se acerca saludarnos.

 
 



jueves

UTZ Y UNA TRUCHA DE PORCELANA


Llegaste a la ciudad un mes después de la caída del muro. Lo primero era pisar la Berlin Alexanderplatz que te contó Alfred Döblin y ver en un museo el careto a Nefertiti. Después tomar una jarra de un litro de cerveza por cincuenta pesetas en la cantina de la Universidad y vaguear por una ciudad gris llena de Trabant y fruterías donde vendían grosellas. Habías leído a boleo a algunos escritores alemanes sin haber comprendido aquel enorme agujero. Hermann Hesse, Heinrich Böll, Ernst Jünger, Günter Grass, Berthold Brecht, Stefan Zweig, Walter Benjamin... Pero el pozo estaba siempre ahí, entre sus palabras, agazapado, muchas veces invisible. En ocasiones parece una cicatriz o un silencio o una elipsis más o menos afortunada. Siempre enorme. La demolición científica de Europa. El fascismo triunfante, tan aplaudido por los dueños del dinero, arrasando las vidas, los sueños, las ficciones de tantos. Luego vencido y superado y enterrado. O no tanto. 

Junto a la tienda en la que compraste por fin las grosellas; también unos huevos, unas patatas y una cebolla con las que luego harías una triunfante tortilla de patata a tus anfitrionas alemanas -ellas hicieron un suntuoso guiso de carpa asada mechada con tocino ahumado-, había un diminuto escaparate con todo tipo de anticuados achiperres para pescadores. Pinchadas sobre un tapón de corcho había unas cuantas moscas ahogadas montadas con unos hilos más grises que la ciudad y unas plumas de becada cazada en un bosque austrohúngaro. Te llevaste todas por otras cincuenta pesetas junto a una medallita de cobre de la “Conquista de Berlín”, ¡ya chatarra bélica para turistas!, dijo el vendedor en perfecto español con acento cubano. A tu regreso te faltó tiempo para volver a leer a Herman, Stefan, Walter, Günter y al resto de brillantes derrotados. Luego, cuatro meses después, te escaparte de nuevo hacia el Ibor para probar esas moscas del triste y agotado realismo comunista.


Hoy vuelves muchas veces a Benjamin y a Jünger, ¡tan opuestos!, y mucho menos a todos los demás. El día de abril que probaste las feas moscas alemanas, triunfaste. No paraste de luchar con grandes peces que a veces te rompían el sedal y a veces acababan en tus manos. Ese año cumplías veinticinco. Ayer perdiste la última de aquellas moscas ahogadas, se la llevó de piercing una carpa que se podía haber puesto a hablar contigo como el pez de Grass o ser hermana de la que te comiste en Berlin aquel diciembre de asombros. Por la noche te has acordado de una fotografía en la que posas con el puño el alto junto a otros tres amigos en la Karl-Marx-Platz y de aquellos días de primavera, lluvia torrencial y peces gigantes en la parte baja del Ibor. Nada ha cambiado allí. Cada dos o tres años, según el azar especulativo que llena el embalse, aparece un viejo molino y una ciudad muerta. Por la noche has releído a Walter otra vez “Quien sólo haga inventario de sus hallazgos sin poder señalar en qué lugar del suelo actual conserva sus recuerdos se perderá lo mejor. Por eso los auténticos recuerdos no deberán exponerse en forma de relato, sino señalando con exactitud el lugar en el que el investigador logró atraparlos"... La trucha de porcelana es danesa, de los años 30, comprada a una anticuaria de Praga por culpa de Chatwin, pero esa es otra historia.


viernes

LA TRUCHA Y LA COMUNA


1871, Wilhelm, el padre de Isak Dinesen estuvo en esos días por París. Fue tratado con cortesía y pudo ver cómo la “república universal” podía ser un hecho. Luego Karen convertirá en heroina huida a una cocinera del “Café Anglais” en su cuento “el festín de Babette”. ¿20.000, 50.000 muertos por los bombardeos y represión posterior? La Comuna de París, y sobre todo los hechos sociales únicos que allí se inauguraron, asombraron a Marx, hicieron temblar a la burguesía republicana y sobre todo a los tipos que estaban inventando y construyendo todos esos nacionalismos incipientes que hoy nos encierran y apestan. 

La Comuna sería luego mal historiografiada, vilipendiada, fabulada y utilizada a su interés por los apologetas del socialismo real o por los más rancios conservadores. Pero de toda aquella palabrería podemos rescatar tres hechos cristalinos y hermosos: la quema de la guillotina en la plaza de Voltaire para simbolizar que no debía de haber jamás conexión entre revolución y cadalso. La destrucción de la columna de Vendône construida para glorificar el imperialismo napoleónico y que fue derribada para condenar la guerra entre los pueblos y para demostrar la fraternidad internacional. Y la creación de la “Unión de Mujeres para la Defensa de París” que comenzó a reorganizar el trabajo femenino y a luchar por el fin de la desigualdad económica basada en el género.

Gustave Coubert participó en la Comuna de París “soy partidario del socialismo y de todas sus sectas” (Recuerdo haber leído que antes, en pleno Segundo Imperio, Napoleón III el puritano, se había liado a bastonazos con su obra “Las bañistas” porque en ella se ve el grandioso culo de una campesina desnuda poco “charmant”, pero es un culo real, verdadero, precioso alejado de toda idealización femenina)

Courbet es delegado por el sexto distrito de Paris al Consejo de la Comuna y artífice de la Federación de Artistas. ¿Su grito de guerra? “¡Hay que encanallar al arte!” Tras el asalto del ejército es detenido en junio de 1871. Va a la cárcel, es torturado, se libra por los pelos de ser fusilado. ¿Y tras salir de la cárcel de qué se acuerda? ¿Qué pinta? Vuelve la mirada a su pueblo Ornans y al río de su infancia, el Loue. Y pinta “La trucha”. Luego se va al exilio, a la miseria. Muere el 31 de diciembre de 1877 en la Tour-de-Peilz. Pocos días después los cuadros de su taller y sus herramientas de pintor se venden en subasta pública.

Todos los pescadores de cierta edad tenemos guardadas algunas “naturalezas muertas”, bodegones fotográficos que entonces nos parecieron bellos y al poco mostraban su estampa sosa, opaca y triste. Me gusta mucho Courbet, tanto el realismo exuberante de sus desnudos (imposible olvidar “el origen del mundo”) como esta simple trucha, aunque esté muerta, recién pescada. Ha pintado aquí hasta el hilo para que no confundamos su trucha con otros peces cogidos con red u otras artes. El cuadro está en París en un lugar importante del museo D´Orsay.

sábado

AUTORRETRATO


Me conmueve este paisaje. No me canso de mirarlo. Me recuerda al viejo Humboldt. Menudas vistas. Cuentan casi todo lo que valoramos de la tierra. Además es un cuadro grande, de casi metro y medio por dos, que permite a su autor precisar los detalles con espacio suficiente. Nada que ver con esos micropaisajes del XVII y XVIII, que seguro que los pintores se quedaban ciegos dando pinceladillas. Thomas Cole nació inglés pero se convirtió en artista en los Estados Unidos gracias al comerciante y mecenas Luman Reed, que le pagó un largo viaje por Europa. Allí se bebió las obras de Constable y a Turner. Luego se pasó casi un año vagueando por Italia con el caballete y la caja de colores a cuestas pintando ruinas y paisajes. Con mecesas así, da gusto.

El cuadro está en el Metropolitan Museum de Nueva York y creo que hice la visita para ver sólo esta pintura. Se titula: "Vista del Monte Holyoke, Northampton, Massachusetts, tras una tempestad" o también “The Oxbow”. Pero en realidad es un autorretrato de propio Thomas. Se le ve feliz, optimista, tranquilo. Saborea el placer de mirar el perezoso meandro del Río Connecticut. A Cole le gusta disfrutar del sol, la lluvia, hasta de la subida a caballo que ha hecho al monte Holyoke cargado con la sombrilla, comida, abrigo y todos los achiperres de pintar. A un lado se puede contemplar la sierra salvaje y sin civilizar, una selva fría en la que además está cayendo ahora la tormenta. Al fondo, ocupando todo el horizonte, campos de cultivo fértiles, la gran América agrícola, la tierra de promisión, la Arcadia fértil y libre con la que soñarán los europeos durante generaciones. Naturaleza y civilización conviven en armonía. El río baja brillante y limpio. 

En Europa la revolución industrial quemará la vida de tres generaciones. Las chimeneas de las fábricas y los desechos líquidos comenzarán a envenenar el aire y el agua. Pero aquí no se ve nada de eso. Me quedo con Thomas, medio escondido entre los arbustos, con su sombrero puesto, “mirando a cámara”, trabajando en lo suyo con absoluta libertad. Cuando salí del museo hacía mucho frío. Aún humeaba el gigantesco boquete donde estaban las Torres Gemelas como un apocalíptico Dust Bowl. En las reservas indias había casinos y el sueño de América se había reducido a aquel "El hombre del salto” del que luego escribió Don Delillo.