jueves

DOMA


(Pintura de Travis J. Sylvester)

Marcha uno con su carga de añoranza, los problemas, las incertidumbres, todas las batallas perdidas, tantos naufragios y en la carretera aún no se atisba el amanecer. Preparó ayer las cajas de moscas, su caña preferida, poca ropa, la gorra vieja y ese verso de Claudio Rodríguez que a veces ata, invisible, al sedal de la vida: “y aún ahora que estamos en derrota, nunca en doma”. Los kilómetros pasan, se siente como volando sobre la luz de los faros hasta ver el hilo rosa de este último amanecer de mayo.
Tras varias horas de viaje, anda ahora por el carril y luego por la senda medio perdida que llega hasta el torrente con el día ya amanecido, aún fresco. Baja caminando hasta el Charco Negro y allí se sienta, sobre la piedra de siempre, los pies metidos en el agua, sin vadeador ya. Ata el pequeño pardón y comienza.
A veces se preguntaba que tenía ser pescador, porqué le gustaba tanto pescar. Ya no. Hace muchos años que comprendió la respuesta.

Hoy siente, como tantas otras veces, que el agua le protege, que el río, con buen caudal aún, le cuida, que las piedras redondas y suaves, la arena de las orillas, los helechos altos, esos sauces viejos que extienden sus raíces bajo el agua no son el decorado de su vida sino la vida en sí, la forma precisa y diversa que toma el tiempo, ese tiempo que de verdad importa y le hace sentirse bien, fuerte, libre, nunca cansado.

Ha tocado la piel de cinco truchas, de dos barbos medianos, de una boga rebelde y un cachuelo hermoso. Acaricia la piel iridiscente de la última. Cuando la deja en el agua, fuera ya de la secadera, le gusta sentir el último rabotazo rabioso de la trucha antes de volver a su rincón de agua a esconderse por un rato.

Ni teléfono, ni reloj, ni prisa. En ese valle estrecho hasta el aire está limpio de las radiaciones invisibles de la tecnología. Le ha costado desprenderse de todo eso. A veces, cuando baja allí a pescar con sus hermanos, llevan los walkis y bromean con peces y con bolos, no estorban entonces las palabras y las risas. Otras veces, cuando baja con su hijo pescador, se siente un hombre feliz sin más, un hombre afortunado de compartir el lugar y el tiempo con ese chiquillo inquieto y le da igual tocar o no tocar alguna trucha.

Pero hoy, muchos días, baja solo. Muchos días durante muchos años bajó solo a ese río, siempre tan conocido, siempre tan distinto. Si, “nunca en doma”. Los pescadores son tipos resistentes, incansables, constantes, testarudos, arrogantes, pero no por conseguir un objetivo que se materializa en un número determinado de truchas sino otra razón secreta  e incógnita para quién no es pescador

No pesan las horas, ni el cansancio, ni el calor del día. Cuando llega a la fuente se sienta, bebe con deseo y come deprisa el bocadillo de jamón con tomate que preparó de madrugada para seguir pescado cuanto antes. Le gusta mucho sentir los pies mojados, el agua fría, la sensación de una libertad tan fácil de tocar en la superficie rota de la corriente. En Mayo esta tierra explota y la vida salvaje se lleva todo por delante. No hay añoranza, ni problemas, ni incertidumbres, ni naufragios.

El pescador vadea con cuidado con todos los instintos y sentidos en guardia.  Cruza por allí porque le gusta pisar la playa limpia del charco del Águila y hacer algunos lances desde ese lugar con una ninfa gorda, roja y negra. Recuerda las truchas glotonas que a veces han caído en su engaño.

¿Cuánta vida nos queda?, ¿cuántos años? ¿y qué importa?.


lunes

ENEMIGOS

Flow gently, sweet Afton, among thy green braes,
Flow gently, I`ll sing thee a song in thy praise.
My Mary`s asleep by thy murmuring stream,
Flow gently, sweet Afton,  disturb ot her dream.

- Robert Burns (1759-1796)-

Muchos años antes habían sido rivales a pie de río, se perseguían y espiaban entre las sombras de los sauces, en las umbrías llenas de helechos, en los recodos del torrente. En ocasiones se hacían los encontradizos en las grandes pozas para observarse, cada uno con su propia arma, su propia estrategia, su propio sentido de la vida. El uno pescaba con una preciosa caña de bambú refundido de tres tramos color caramelo, el otro con otra soberbia caña de bambú negro de cinco metros, de una sola pieza.

Aquella rivalidad existió siempre y solo se rompió cuando el joven pescador a mosca consiguió una beca de la Junta de Ampliación de Estudios para ir a doctorarse a París. Pero se mantuvo cuando regresó aunque entonces él viviera en Madrid y sólo se vieran algunos días del año. Nadie sabía en el pueblo quién cogía más y más grandes truchas pero cada uno de ellos siempre pensó que era el otro el vencedor. Cuando, de forma ocasional, se encontraban de frente el uno con el otro en una vereda se saludaban con cortesía y se preguntaban, sin esperar respuesta, por su mutua fortuna. Ambos se tenían una feroz antipatía, no solo por que el uno fuera socialista de Azaña y el otro de Gil Robles, no porque el padre de uno fuera arriero y el otro hijo de rentista sino por el opuesto engaño que cada uno utilizaba para pescar truchas: la fina lombriz de anillo contra la mosca leonesa, el temblor del tacto contra la levedad de una posada precisa.

Al poco la guerra llegó a todos los rincones, incluso a aquel pueblo rodeado de torrentes y el pescador de mosca tuvo que huir a Madrid donde trabajó en la emisora Transradio con su amigo Barea, leyendo por el micrófono historias de nutrias y libélulas, ríos en paz y truchas sabias, mientras sonaban las bombas cerca. Era su forma de hacer la revolución. En el pueblo, el pescador de cebo supo que habían entrado en la casa de su enemigo y que habían quemado sus libros y sus ropas en la plaza, así que cuando la recorrió en la penumbra lechosa de ese amanecer de marzo del 38 no se sorprendió del desastre, ni de los libros rotos por el suelo, pero le llamó la atención que aquel objeto protegido en su funda de tela roja, permaneciera intacto colgado de la percha del dormitorio destrozado como una bandera arriada.

Y pasó mucho tiempo, también para las gargantas y los ríos. La vida del uno fluyó plácida como el Tietar en Julio y desencantada por tanto asesino convertido de autoridad respetable, pero él siguió fiel a su tradición y a su caña larga, aunque fue cambiando el ansia de la cantidad por la pasión reposada del tamaño y después esa pasión por el amor simple hacia un río que conocía de memoria. La vida del otro fluyó como un torrente por Londres, Moscú, San Francisco, Costa Rica…desencantado ya por tanto crimen en nombre de la justicia, pero también fiel a sus ideas y a la pesca a mosca con caña de bambú y fue cambiando la tensión de la prisa por la pasión del lance perfecto y después esa perfección por la certeza de que los ríos ya no pertenecían a los hombres.

El pescador de cebo supo del regreso en los años setenta de su enemigo. Ambos competían de nuevo en la política así que no les fue difícil concertar una cita antes de las elecciones en el café Lyon, que ahora ya no existe. No hablaron demasiado. Cuando pasan cuarenta años y hay tanto que decirse solo se puede hablar de lo importante. -Pican las truchas-. Preguntó el viejo pescador de mosca. –Pican-. Le respondió el viejo pescador de cebo mientras dejaba sobre la mesa la deshilachada funda de franela roja. Las manos del otro desataron con algo de torpeza el nudo antes de sacar con delicadeza su antigua caña de bambú refundido de tres tramos como recién salida las manos del artesano. -Ya sabes que no sé usarla, pero hace años la envié a un taller de Asturias para que las restauraran, fue lo único que pude salvar-. Afirmó el pescador de cebo. Y su enemigo recordó el olor de Ilsa, la muchacha irlandesa que conoció junto al Sena y le acompañó luego a aquel Madrid sitiado donde murió. Recordó por un instante su voz recitando unos versos antiguos de Robert Burns, el olor de su piel, de su risa y de su propia sorpresa reflejada en los ojos azules de la muchacha, como el río Tietar en Abril un día de tormenta, cuando dijo:–Mi padre hace cañas en Irlanda y este es su regalo de bodas-.

Yo los vi años después, mano a mano, rivales siempre, allí donde el torrente se ensancha. Seguían sin hablarse demasiado. Ahora que no están. Mientras espero a que escampe la lluvia, al mirar la funda de tela con la caña que me regaló mi abuelo Teo, el pescador a mosca, he recordado toda esta esta historia que me contó su amigo Helio, el pescador de cebo.




HONDO



He bajado a ese recodo hondo del río. Entonces, sin haber convocado esos recuerdos en muchos años, vuelvo a aquella tarde en la que descubrí cómo suena el agua rozando la orilla y las piedras escondidas en lo más hondo.

—Te debo una, Olga.
—Estamos en paz si me enseñas a pescar. Mi padre no quiere enseñarme porque dice que soy una niña.

Yo cumplí con mi parte y comencé a bajar al río con Olga con la difícil misión de enseñarle los secretos de la pesca, una ciencia de la que yo, con doce años, tampoco entendía demasiado.

Dejaré que pasen siete años desde entonces. Estamos en junio, dentro de unos meses ella se irá lejos, a un pueblo del norte donde su padre ganará más dinero. Pasarán otros siete años hasta que nos volvamos a ver en Nueva York pero en ese momento no lo sabemos. La arena está caliente y el agua del río tiene un color verdoso. Tenemos dos cañas tendidas a fondo y no hemos pescado nada en toda la tarde. Suena en el casete una de Pink Floid. El sol ya no quema y estamos desnudos, cubiertos solo por unos sombreros de paja para poder mirar las cañas sin deslumbrarnos. ella tiene el pelo muy corto, los pechos grandes, los ojos orientales y la piel muy morena. Con los ojos entrecerrados le cuento el momento en que me enamoré de ella. Se ríe.
—Así que te enamoraste de mi puntería con el tirachinas.
—No, también me gustaba tu olor.
Una de las cañas se balancea unos segundos y después el hilo se destensa, me voy a levantar para clavar el pez pero ella se ha sentado sobre mí.
—Deja que se escape  —susurra en mi oído.
Pongo mis manos en sus tetas calientes de sol.
—Y yo te enseñé a pescar, ahora estamos en paz.
Recuerdo el sabor dulce y tibio de sus pliegues, su mirada de almendra y el placer veloz entre los dos cuerpos el instante antes de escuchar como se partía la vieja caña de bambú donde un pez, sin duda grande, había picado. Luego el sisear del hilo que seguía saliendo del carrete a pesar de tener el freno muy ajustado.
—Deja que se escape  —volvió a repetir ella.
Y sentí que me corría a la misma velocidad con que huía el pez, el hilo se tensó al llegar al final y sonó igual que una cuerda de guitarra antes de partirse, como el gemido de su garganta que me llenaba la boca.

Estuvimos así mucho tiempo, el uno sobre el otro, escuchando nuestras respiraciones y los latidos fuertes hasta que el sol nos dejó en penumbra y los mosquitos comenzaron a comernos. 

Desde entonces sé cómo suena el río desde abajo. Conozco el rumor imperceptible que hace, deslizándose despacio por la orilla, acariciando las piedras de lo más hondo. Treinta años después. Imposible olvidarlo.


jueves

RIDÍCULO



Hablo de todo esto con mi hijo. No tiene buena prensa "ser pescador" en su colegio.

También yo me encuentro con gente que considera la pesca una actividad ridícula: enganchar pececitos con un palo, un hilo y un anzuelo para luego soltarlos. Suelen ser personas que orientan su vida hacia todo lo “productivo”, hacen cosas “de utilidad”, con “provecho material”, sean amigos, deportes o lecturas. Les importa hacer contactos, tener una buena agenda, estar en la tendencia. La cultura del logro social y económico frente a la cultura del logro personal e íntimo, tan poco de moda.
No es más ridículo pescar que jugar al golf o al futbol, pero en la soledad del río no se hacen negocios ni se siente uno masa fanática.

Hace miles de años fuimos pescadores y cazadores. A algunos se nos quedó el gen resistente, el residuo, la memoria ancestral de todo aquello y nos sentimos bien aquí, metidos en el río, en la soledad de esta mañana, imaginando donde estará la gran trucha negra que se suele esconder entre las raíces hundidas del sauce viejo.
Otros, más modernos, más evolucionados, le dan a la pelotita con un palo para meterla en sucesivos agujeros en la hierba o ven en la televisión como veintidós tíos intentan empujar con el pie a una pelota grande contra dos sacaderas cuadradas clavadas en el suelo.

Aunque lo que es de verdad ridículo es empujar el progreso hasta agotar el mundo, lo ridículo es ser el responsable de usuras y crisis globales que conducen al hambre, la pobreza y la amargura a miles de personas, lo ridículo de veras es ocupar todo tu tiempo en lograr más dinero o más poder. Ya no es tiempo de seguir creciendo sino de ir decreciendo. El progreso es otra cosa. Más pronto que tarde Gaia se va a enfadar y seremos entonces una especie extinta, unos fósiles enterrados entre chatarra y deshechos, ridículos.

He visto a la trucha negra salir de su refugio. Lanzo el trico por encima. Olvido el ruido de las palabras. El pescador que fuimos desde hace miles de años se despierta.

PALABRAS


(Pintura de Diane Michelin)


A veces pesco con las palabras.
Anzuelo, sedal, río, caña, garganta, ninfa, efémera, hondo, rasera.
Intento escribir ligero y pescar ahora con casi nada después de años de barroquismos y chalecos de mil bolsillos atiborrados de cajas, hilos y chismes.

Las palabras también pescan al nombrar secretos, recodos, recuerdos, sensaciones.
Intento, como me enseñó Eduardo Galeano, utilizar sólo las palabras más vivas, las más imprescindibles. Casi siempre voy al río sólo con una caña y una caja pequeña con dos docenas de moscas y de ninfas. Poco más.

A veces pesco con las palabras y con el silencio. Las lanzo a la corriente y se hunden despacio o flotan sin romper la superficie. El lenguaje de los pescadores es oscuro para los ajenos. Dicen que los inuit tienen docenas de palabras para nombrar el hielo. También nosotros tenemos docenas de palabras para nombrar el agua. Dicen los filósofos que sólo existe lo que se nombra.

Y el hijo pescador tan lejos.

martes

MAYO



Muchos les tientan con cebo, caña boloñesa y veleta, pero no hay mayor placer que bajar a este lugar perdido con una ocho pies, seda del tres, ninfita anaranjada, sanjuán rojo, gusarapín fluorescente... montados en anzuelos del doce o el catorce, sin muerte, carrete sencillo y sin freno y sentir ese arranque brutal e imparable.

Suben por el pequeño arroyo, como salmones, miles de barbos. Les tiento con pequeñas ninfas o alguna seca y en cuanto sienten la trampa me sacan los treinta metros de línea. Lleva tiempo cansarles y acercarles hasta la sacadera. Hermosos barbos de uno, dos, tres kilos.

Me gusta este recodo solitario entre piedras rugosas lavadas por siglos de lluvias y crecidas. Apenas tengo tiempo entre lance y picada. He llegado el día mágico en el que aún no están ciegos de celo y atienden a una larva brillante y torpe que pasa por delante. Veinte, veinticinco llegaron a mis manos. Tengo el brazo cansado de las luchas, pero es difícil dejar este momento, es muy difícil decir “ya está bien por hoy” porque no se repetirá un día así hasta el año que viene. Son días de ebriedad, no hay momento de descanso. Pero entonces, a media mañana, el pescador se sienta a la sombra, en un pequeño abrigo rocoso en el que hay hasta pinturas rupestres, huele a hierbabuena, a tomillo a espliegos, contempla la manada interminable de barbos subiendo, el brillo intenso del sol en las corrientes, todo este verdor, la perfección de la vida, las voces de los cucos, las perdices, las abejas, los chapoteos de los peces y uno allí, quieto unos minutos, saboreando a conciencia el día antes de seguir.

Y así, año tras año, guardo en mi memoria todo estos instantes vividos aquí, en este recodo del río, rodeado de los colores de mayo. He vivido tormentas equinocciales, días de frío, días de calor furioso y en todos, los barbos subiendo la corriente se dignaban a que yo luchase un rato con ellos para luego seguir nadando siempre hacia arriba.

Y el pescador, ya no sabe si sigue nadando en su vida corriente arriba, hacia aguas más puras, o se ha dejado vencer y se deja llevar corriente abajo hacia pozos profundos. No sabe si este rincón imponente y tan frágil del mundo seguirá como ahora o será solo un sueño. No entiende que buscan los hombres dentro de su avaricia cuando el sol nos regala todo sin precio.




miércoles

MOSQUEANDO



Crecemos y dejamos por algún desván de la memoria los tiempos en los que sabíamos hacer tantas cosas con las manos..

Muchos pescadores arrinconamos el cuerpo sobre una silla, un teclado, una pantalla dedicados a cualquier oficio en el que sólo trabajan las neuronas. Tristes trabajos estos, por mucho que estén social o económicamente prestigiados. Algo se va muriendo en nuestra alma por inmovilizar al salvaje que somos con las cadenas de la rutina y el sedentarismo por mucho que algunos quieran engañarle con gimnasias y magnesias.

Por eso el entusiasmo, la pasión y la locura de salir al río como cuando niños hacíamos novillos. E idéntica pasión ponemos en aprender a hacer, de nuevo, con las manos, nuestros propios señuelos diminutos. Recuperamos la magia del hacer, esos objetos preciosos que sólo otro pescador podrá admirar, envidiar y desear cuando los vea alineados, como soldaditos de plomo de otro tiempo, en una caja bien surtita de ninfas y de moscas que logramos hacer nosotros solos, tras horas y horas ante el torno, las hiladuras, los anzuelos, artesanos de nuevo, de nuevo niños, de nuevo pescadores ancestrales preparando las armas del oficio con pericia.

Es también otro veneno, droga, elixir maravilloso, aprender a montar las propias moscas, observar el infinito mundo de los bichos, imitar de forma realista, impresionista o fantásticas unos seres vivos que son el alimento de las truchas y de nuestra imaginación. Las manos, el cuerpo, el salvaje que somos, lo agradecen.

Quien es pescador y crea sus moscas sigue siendo aún más hombre que robot, más artista que burócrata, más libre y menos esclavo del progreso y sus mentiras.

martes

CLACK



En ese instante todo el espacio-tiempo se concentra. La energía que mueve el mundo sale del agua, corre a la velocidad de la luz por el sedal, llega a la caña, a tu mano, tu brazo y tu cerebro. La trucha ha mordido la mosca, la ninfa, el señuelo y tú has clavado a tiempo.

A veces, en un día entero de pesca, uno vive sólo unos segundos ese instante y al pescador ya le compensa todo el derroche de tiempo, energía, vida, paciencia, sueño. Otras veces en cada recodo, postura, hueco, sombra, remolino en el que cae el señuelo aparece el pez para besar, probar, picar, mover, rechazar o clavarse en nuestro anzuelo.

Pero hay otro instante en el que todo el espacio-tiempo se expande y la energía que mueve el mundo se va por un agujero negro, es cuando el sedal, siempre demasiado fino, hace clack. Pero no es el sedal el que falló, siempre fallamos nosotros y nos da rabia el truchón huido con el piercing en el labio y nuestra torpeza al tensar un poco más, al mover la mano, no haber visto la piedra afilada, la rama sumergida, al fuerza del pez al tomar la corriente.

Entre el segundo luminoso y el oscuro vive el pescador, asumiendo que en la vida siempre hay sorpresas y rupturas.

lunes

YEMEN



Él, con un trozo de seda dorada que encuentra en la casa de ella, le fabrica una mosca de salmón. Bello regalo porque la armonía, los colores, la forma, la belleza de una mosca salmonera dicen mucho de quién la diseñó y la hizo.

En la película quieren inventar un río con vida en un desierto. Aquí, con mucha frecuencia, lo que quieren es lo contrario, destruir un río con presas y basura.

Merece la pena la fábula y esa escena de un duelo al estilo wester entre un tipo armado con una pistola y uno pescador “armado” con una caña de mosca…

… Y muchos guiños que sólo los pescadores van a entender y sonreír…

miércoles

ELMER


(Dibujo de Peter Strid)

En el río de nuestra vida, el río en el que mis hermanos y yo llevamos pescando más de treinta y cinco años, por el que han pasado cuatro generaciones ya de pescadores de la familia, solemos poner nombre a las grandes truchas: Sombra, Cabezona, Elmer, Negra… Hace dos días mi hermano cogió por fin a Elmer, setenta centímetros de trucha común y una buena cabezota.

Me gusta Caminar por la orilla más difícil. A veces tengo que gatear entre las ramas de los sauces, vadear profundo, sentir lo fuerte y eterno que es ese paisaje y también, sin embargo, tener la certeza de su fragilidad, como todos los ríos del mundo. Ayer bajé hasta el charco del segundo molino, donde yo toqué hace años a Sombra y me descolgué aún más abajo, hasta una poza muy oscura donde vive la Negra. Las grandes piedras de la orilla son de un granito especial, rosado, muy pulido, con oquedades suaves que el agua ha hecho durante miles de años.
Me he sentado un rato en la piedra donde hace tres años hice una foto de espaldas a mi hijo el pescador, una fotografía que anda en este blog, por alguna parte. Era un día precioso de primavera, habíamos pescado desde el puente la Calva y almorzado los bocadillos sobre los canchos musgosos de la poza la Vená.

Ponemos nombres a lo salvaje, pero no para humanizar el paisaje, el agua o los seres que lo habitan sino para sentir que algo de todo eso salvaje vive en nuestro corazón y en la memoria cuando estamos lejos.

lunes

TRUCHAS LEOPARDO



Todos distintos y diversos, cada uno de su padre y de su madre y sin embargo hermanados por los ríos y las truchas. “estáis todos locos”, “es como una enfermedad”, “es como una religión”, “sois como niños”…

Metidos en el agua helada, mano a mano con Nacho en una tabla grande y honda. No paraba de llover. Un día feo de finales de abril ¿Había otro lugar mejor para estar en el mundo que este?, lo dudo….

Días pescando en el Saja con las hermandad de los pescadores andantes. Este río es uno de los más bellos del país, tanto la parte alta llegando a Bárcena Mayor como las partes medias de grandes pozas, tablas y chorreras. Vi truchas preciosas con libreas de leopardos, eclosiones mágicas y hayedos de cuento. Agradezco sobre todo a Isidro y a su padre Pedro estos días de felicidad en Cantabria.


miércoles

SENTIR



Lo siento, eso de utilizar la caña de diez pies como una caña de tiento, atar dos o tres ninfas a un hilito he ir paseando estos señuelos por el fondo de los charcos me parece que no conecta con mi forma de pescar. No dudo que se saquen muchas truchas y que sea un sistema que gana muchas competiciones de “pesca a mosca” pero no va conmigo, me parece igual que pescar a cebo. A mi me gusta la “seca”, ni la “checa”, ni la “polaca”, me gusta lanzar la línea pesada, ver subir a la trucha a un trico de pelo de ciervo y utilizar una cañita de ocho pies y línea tres.

Lo siento, también me gusta el lance ligero, yo diría hiperligero, utilizo giratorias del cero, ondulantes de dos gramos y micro señuelos que imitan alevines o cangrejos y pesan tres gramos. Uso una cañita de uno sesenta y un sedal fusionado del cero coma cero cinco milímetros. Tanto el peso de los señuelos como el tamaño del anzuelo es más pequeño que muchas de las ninfas que veo por ahí entre los mosqueros-ninferos puros.

Lo siento, utilizo anzuelos sin muerte similares a los que monto en algunos pequeños streamer. Mi forma de pesca a lance está por tanto bastante lejos del estereotipo del cucharillero con poteras del 3, nylon importante y caña palo de escoba. Por supuesto no me opongo a ningún estilo de pesca deportiva, salvo esos pescadores de cebo y costera que ponen sus cañas a fondo en las pozas hondas y esperan, fumándose un cigarro cuya colilla dejan en la arena, a que la gran trucha se trague hasta el fondo la lombriz.

¿y porqué?, me pregunto, ¿por qué no me gusta el “ninfeo al hilo”? Creo que es porque me gusta pescar a un ritmo más rápido y, sobre todo, lo que me gusta es ver a las truchas acercarse y arremeter a la mosca o al señuelo artificial y no solo sentirla en el dedito. También porque nunca me gustó la pesca a cebo de la trucha, sus practicantes eran una suerte de Atilas de ribera, por donde pasaban ya no crecía una trucha, grande ni pequeña. No digo que no pesque a ninfa o a tandem muchas veces, pero es a seca y a lance cuando me siento de verdad un pescador.

lunes

¿LIBRE?



El hijo pescador se va hacia arriba con mi hermano y yo me quedo sólo en mis pozas oscuras donde habitan las truchas más grandes de mi memoria. Sé que hoy no hay nadie más kilómetros arriba y debajo en el río así que pesco muy despacio, recreándome en todas las posturas donde puede haber trucha, caminando con lentitud entre las piedras, sentándome para cambiar de señuelo y haciendo el nudo sin prisas, asombrado de cómo los dedos enredan un sedal del 0,04 hasta hacer un Orvis aceptable. La trucha que clavé se tomó su tiempo en asomar. Era un charco profundo y oscuro, durante mucho minutos la iniciativa fue suya y no lograba acercarla a la orilla. Hacía mucho tiempo que no tenía al otro lado de la seda una trucha tan fuerte. Saboreé esa impotencia, disfruté de todos esos minutos en los que tenía la certeza de que estábamos muy igualados en la lucha, igual podía escaparse que acabar en la sacadera, sin embargo me sentía muy tranquilo aunque el corazón me fuera a mil.

Me gustan estos días en los que uno pesca muy despacio, en los que en el río no hay nadie y podemos respirar la belleza de cada minuto en el agua. En la cabeza no tenemos ningún plan, ni idea, ni angustia, ni pensamiento, al cerebro sólo le interesa cómo no caernos al vadear, cómo pisar en la siguiente piedra para no resbalar, qué fuerza será la precisa y que armonía muscular será la necesaria para que nuestro largo lance coloque la mosca en la sombra del remolino de la otra orilla, hasta dónde podremos tensar el freno para no romper el sedal y que la trucha se escape. Y no pensar en nada más. Me siento entonces ¿libre?.

Los hombres aspiramos a esa libertad ciudadana que hicieron posible las revoluciones y también a esta otra, más íntima, que tiene que ver con el descubrimiento de los pequeños gestos que dan felicidad y luego llenan nuestros sueños de quietud y de truchas.


jueves

LEER EL AGUA


(fotos de  Francesc Luque)

Empiezas a ser un buen pescador en cuanto comienzas a ver debajo del agua. No porque te pongas unas gafas marcianas con los cristales polarizados de colorines, sino porque ves con claridad, aunque esté el agua tomada, dónde se esconde la poza profunda, el pasillo estrecho del fondo, el árbol sumergido, la piedra hueca, la cueva entre las raíces de los sauces, el lugar preferido de la trucha para acechar a los pececillos o para comer tricópteros ahogados como si fueran las aceitunas del aperitivo. Sin darte cuenta, un día, comienzas a leer el agua igual que si estuvieras viendo este suelo que ahora pisas.

El hijo pescador no dice nada. Sonríe detrás de sus gafas anaranjadas.

Además, esta cualidad paranormal la adquieres casi de un día para otro, una mañana sólo ves agua batida, piedras que afloran, brillos y opacidad y a la mañana siguiente se obra el milagro y ves hasta los peces colocados en el fondo, nadando contra corriente o escondidos bajo la roca, esperando el alimento. Luego picarán o no, pero allí están, tu lo sabes.

El hijo pescador piensa que su padre es un poco raro, un poco loco, igual que cuando coge del agua esa mariposilla parduzca y la mira al trasluz como si tuviera escrita en letra diminuta bajo sus alas algún secreto fabuloso.

Luego, poco a poco, tras descubrir cómo se lee el agua, comienzas a leer el resto: las nubes, la brisa, el barómetro de las truchas, los mil colores verdes del campo, el posadero de mirlo acuático, los caminos invisibles entre las ortigas y cicutas altas, la belleza que hay en el caos de un río en abril y porqué nosotros estamos aquí como únicos testigos humanos de la maravilla.  Y para eso se tardan muchos años. Te debes haber sentido derrotado muchas veces, desolado, triste, perdido muchos días, para, tras viajar mucho por el mundo, tras buscar en los libros muchos secretos y en algunos cuerpos las verdades, vuelvas a los ríos donde creciste y entiendas estas otras palabras invisibles que te susurran quién eres, que te cuentan porqué la vida hay que vivirla siempre con alegría y a ser posible disfrutando largos años como pescador andante.

Pero esto último no se lo cuento a mi hijo el pescador. Ya lo descubrirá él cuando tenga edad y recuerde mi voz enredada en el ruido del agua de hoy.



POZO


(Pintura de Diane Michelin)

Aún no han subido los barbos. En unos días habrá miles torrente arriba. Bajo por el pequeño río hasta casi la desembocadura. El camino es duro porque no hay camino, apenas una senda de jabalíes. Las retamas, las encinas y las jaras en flor en este cortado a cuchillo, entre piedras de puro cuarzo, son de una belleza que hipnotiza. La soledad es absoluta.

En la tabla grande y tranquila dormitan una docena de galápagos enormes que parecen de otra era del mundo. En la corriente sube, perezoso, un gran barbo hembra. Lanzo entre los sauces y la ninfilla cae por una vez donde debe. Luego, el resto, ya es historia.

Fueron instantes en los que el tiempo seguía corriendo por el universo menos en aquel lugar. 


Me como el bocadillo sentado al sol. Cuchichea cerca la perdiz.

He bajado a este lugar durante muchos años, siempre por estas fechas y nada cambia. Me parece un milagro. Yo soy más viejo o tal vez no. Este lugar es un pozo de tiempo en el que siempre es primavera.

miércoles

¿PADRES PESCADORES & HIJOS PESCADORES?



Los pescadores deseamos que nuestros hijos también amen los ríos.

Pronto les compramos una caña y les llevamos a los torrentes con nosotros. Imaginamos que así aprenderán y descubrirán nuestra pasión. Soñamos con que un día nos acompañen por fin a los ríos de igual a igual y ya no tendremos nada que enseñarles y cogerán más truchas que nosotros.
Pero debajo de este deseo no existe ninguna proyección del ego, ningún “quiero que mi hijo sea como yo”, sólo queremos descubrirles lo que nos hace sentir, saber, vivir “ser pescador”.

Un padre pronto sabe si su hijo ha entendido todo lo que los ríos pueden darle. Si no le importan los madrugones, las caminatas, el frío, los enredos, los días de bolo… si no le importa sentir que es muy, muy difícil engañar a las truchas… si pronto pesca a su aire sin pedirte ayuda por un lío, un enganchón o un remojón es que el hijo ha intuido que los ríos tienen algo valioso que enseñarle y que ha entendido, aunque sea pequeño, que en ellos también hay felicidad, desafío, juego, misterio.

Tengo suerte. Desde los seis años me acompaña a tocar las aguas mi hijo el pescador. Ahora tiene doce y ya no hay torrente, por difícil que sea, en el que no pueda o quiera venir conmigo.

No sé lo que será de su vida. No sé lo que será de la mía. Mientras tanto, el agua limpia de los torrentes nos muestra muchos caminos invisibles por los que vamos juntos.


lunes

MASTER LA VERA 2012


Los pescadores somos una tribu. Entre la muchedumbre nos reconocemos casi de inmediato, dos o tres palabras bastan. Tenemos el mismo totem, el mismo idioma, la misma pasión por los ríos y sus peces. Estos días, en el V master de pesca a mosca  de La Vera, uno sólo ha echado de menos al hijo pescador. Pero he tenido buena compañía y he aprendido mucho de grandes pescadores.  

Estuvimos pescando tres días seguidos sin parar, sin embargo, como todos los pescadores, no tuve bastante y el domingo, tras darle al vino en la fiesta de entrega de premios y acostarme a las tres de la mañana, me levanté para bajar al Ibor y tentar a los barbos con la cañita de ocho pies y la seda del tres. El pequeño río estaba precioso. Bajé hasta el angosto valle de la desembocadura y la soledad del lugar era impresionante.

He sino muy feliz estos días de pesca en Alardos, Jaranda, Cuacos y el Lago. Y feliz con la compañía de aquellos pescadores con los que he tenido más relación, así que agradezco a Victor Gómez, Laura, José Manuel, Ángel Luis y José María que sigan peleando año tras año por un Master ya muy rodado y con una organización perfecta, a Ruth por aguantar mi forma de pescar veloz, a Isidro por sus consejos y sus streamers, a José Antonio por su maravillosa caja de mosca y ninfas, a Martín y a Ignacio por intercambiar nuestras batallitas trucheras en los descansos y comidas, a los jefes de río Maite y Álvaro… También agradezco la compañía y simpatía de los demás pescadores La tribu de los mosqueros andantes en grade y diversa.



martes

CAMINAR



Anduve tentando a las truchas grandes con la caña de lance y un pececillo de dos gramos. El hijo pescador se fue con sus tíos y yo me bajé solo a mis charcos. Según lanzaba, en la orilla de enfrente, una cochina con sus rayones me gruñía, el martín pescador pasó como una chispa azul y la pareja de azulones dieron dos vueltas sobre mi antes de buscar un posadero río arriba. La vida también es esto, estos instantes que ahora existen aquí porque yo estuve allí.

Pero el pescador huye de cualquier bucolismo. Uno no es demasiado contemplativo. No puedo estar demasiado tiempo en una corriente o una tabla, me gusta ser un "pescador andante" como diría Guy. Hoy necesitaba el ritmo andarín de la caña de lance más que el caminar pausado de la mosca.

Luego, ya en casa, haciendo unos pocos tricópteros de pelo de corzo recordaba cada trucha de día y le contaba al hijo pescador cómo a veces pescamos más con las piernas que con la caña. Él tiene buenas piernas, nunca se cansa y yo espero no cansarme nunca antes que él. 

Quién piense que pescar es algo descansado que se venga con nosotros un día…