martes

ADOLESCENTE


(La película "The River Why", cuando la estrenen, va a gustar a muchos pescadores)

Mi hijo el pescador ya tiene doce años. El año que viene va al instituto. Los amigos, los estudios, los viajes, los amores le llenarán la vida de nuevas sensaciones, descubrimientos, experiencias… y tendrá menos tiempo para ir conmigo al río detrás de las truchas. Todos vivimos esa frontera adolescente.

En mi caso a veces dudo si al final ganaron las truchas a los amores. Hacer compatibles ambas pasiones es muchas veces difícil. Uno elige, alterna, reparte el tiempo, siempre escaso, intenta explicar a las mujeres qué tienen  los ríos que no tengan ellas, intenta explicar a los ríos qué tienen las mujeres de imprescindible… y no siempre lo consigue. Otras veces llevamos al amor al río aunque entonces la caña trabaja poco y descubrimos lo bueno y lo malo de un tálamo de helechos. Y muy pocas, nuestro amor entiende que el aire es importante, que necesitamos alejarnos de todo y estar allí, sin prisas, solos, sin horario o reloj, metidos en el agua lanzando una mosca a quién sabe que rincones de la imaginación o del torrente.

No sabría qué decirle a mi hijo el pescador. Tal vez que vaya a dónde el corazón le lleve, sin aplazar nada, sin engañarse con lo que de verdad importa en cada momento y lo que no. Que habrá días en los que no querrá salir del río y noches en las que no querrá salir de un abrazo. Otros, en cambio, sentirá que apenas queda nada más que seguir caminando hacia delante, solo.
Pero ya lo irá descubriendo él a su manera.

Y sueño que de vez en cuando quiera bajar conmigo a la garganta y que me enseñe entonces lo que él ha aprendido por su cuenta. De la vida. Del amor. De las truchas.

viernes

ORO


Dos semanas ya sin pisar un río, sin tocar una trucha. Se nos mustia el corazón, se atrofia el cuerpo, se aleja al sótano de los recuerdos la felicidad.

El pescador necesita tocar el agua y perseguir a los peces. Escribir de todo esto es un triste remedio que lejos de curar, incita a escaparnos mañana mismo a pescar aunque sea jueves y laboral. Es importante, en estos tiempos precarios, inciertos, duros, buscar un día de río.

Llevo una semana en casa mecido por la fiebre. Cuando pasa por fin, bajo esa tarde a la garganta. Me cuesta caminar entre las piedras así que pesco despacio y con cuidado. Toco media docena de bonitas truchas. Entran todas a una mosquita negra que apenas veo en el agua.
Me pierdo las dos últimas horas del sereno pero bajo contento por el camino perdido entre el helechal. No he olvidado el oficio.

Hay momentos, objetos, lugares, pasiones que son simple chatarra de poco valor aunque en algún momento nos parecieron oro. Otros en cambio, sin haberlos valorado nunca demasiado, descubrimos con el tiempo que son lo más valioso e importante. El oro de este último sol de primavera en el río, por ejemplo.

sábado

CUENTO I


(CUENTO A LA MANERA DE HEMINGWAY)


Tiene ya más de cuarenta y  vive solo, aquí, junto a su río, en una casa de madera, con dos perros y una gata. Cuando llueve enciende el fuego, engancha la hamaca y se pone a leer. Cuando hace bueno sale al río con la barca.
El río no tienen nada que no tengan otros ríos, pero sus aguas son limpias y la mayoría de sus riberas aún están salvajes, hay peces en abundancia y a veces es tan hermoso que podría llorar mirándolo una tarde cualquiera sin que ningún hecho trascendente le toque. No ha huido de ninguna ciudad, ni es un ecologista, ni un neorural, ni desprecia la civilización, ni odia a la gente más de lo que cualquiera puede odiar al vecino del quinto. No llegó allí a encontrar su camino, ni a meditar sobre la vida. No persigue ninguna espiritualidad mirando al sol  ponerse, ni le duele el corazón en invierno por algún amor no correspondido.

Ha venido a vivir junto a su río porque le gusta olerlo todas las mañanas, salir al amanecer a pescar barbos y dejar que la corriente le empuje lentamente. Amarrar la barca bajo a un sauce al mediodía y comer un bocadillo antes de seguir pescando.


Vino aquel día junto a su río para ver como son las estaciones, para sentir el frío y el calor y para vivir estos años junto a él antes que lo maten como a otros. Vive con el deseo de recordarlo todo, de guardar este río en su memoria por si mañana alguien le pregunta por él y ya no existe como existe hoy, bello y tranquilo, turbulento y bronco según los antojos de la lluvia.

- ¿...Y  qué vas a hacer con los treinta mil del premio?
- Volver. 
- ¿Volver?.- Repitió el periodista.
- Si, volver.

Entonces sintió que tenía prisa, que había que apresurarse, que cada minuto era único, que era un derroche de tiempo estar ahí bebiendo Tio Cuervo con un pijo ilustrado y hablando de aquel libro que ya no le importaba mirando al pequeño horizonte de las otras terrazas.

-  ¿Quieres otro?. le preguntó.
- No, no ya he bebido bastante Tequila y luego tengo ardores, no está ya uno para los excesos de la juventud.

El periodista tendría apenas treinta años. Era una entrevista más de tantas, con preguntas similares e idénticas respuestas. La terraza estaba llena de ejecutas huidos, señoras bronceadas y turistas despistados vestidos de verano.

- ¿Volver a dónde?-. Volvió a preguntar Rafa.

Pero el escritor no podía contestar. Solo mucho después lo supo el periodista. Hace unas semanas cuando apareció por aquí a saber de su vida, de su próxima novela inexistente.- Oye Rafa vete a ver al tipo que ganó el año pasado y haz una entrevista y unas fotos. Vive en un pueblo de no se dónde, ahí encima de tu mesa te he dejado la dirección, según el reporte de la documentalista su novela no se comió una rosca, se vendió la primera edición a duras penas y la segunda está por las librerías muerta de risa. Por lo visto se las piró sin trabajarse las relaciones públicas, no quiso salir por la tele y pasó de conferencias, universidades de verano y esas gaitas así que no ha vendido ni una escoba-.

Ha pasado más de un año y sigue aquí. Se ha adelantado la primavera. El río está precioso, lleno de agua y de peces. No ha vuelto a escribir una letra. Se levanta cada mañana muy temprano para hacer los buñuelos o una torrijas de vino. El amanecer le sorprende casi siempre en el río. Después de comerse un plato de buñuelos crujientes y dorados saca el bote del cobertizo y lo empuja hasta la orilla. Entonces se deja arrastrar por la corriente mientras va preparando la caña y el aparejo, contempla la neblina disiparse y el sol le va calentando lentamente. Los patos, las nutrias y las garzas ya no se asustan a ver pasar la barca río abajo.

- ¿Pero dónde vas a volver?-. Repitió aquel día el periodista.

Tardaron solo una semana en hacerle la pequeña casa en aquel lugar junto a las acacias y la buganvilla. Se compró un bote con un pequeño motor, un par de cañas nuevas, unos cuantos cachivaches para la casa y semillas de todas clases. El último extracto bancario que recogió en el buzón de su apartamento en la ciudad indicaba que tenía un saldo de apenas seis mil euros pero sintió que era rico y además había hecho realidad todos los deseos de su vida. Tenía de una casa de madera que olía a pino, una barca nueva y su río a veinte metros de la ventana, oculto entre los árboles, lleno de vida, de agua, de peces, de olores.


Esa vez al periodista se le puso enseguida la sonrisa idiota y el “que bien te lo montas”, que si “torres de marfil”, que si “la soledad del corredor de fondo”, que si “el hombre primigenio y natural” y otras gilipolleces por el estilo. Se lo llevó al río a pescar para que dejase de hacer preguntas sin sentido.

¿Porqué pescas?.- Preguntó el idiota.
- Porque los peces me parecen seres maravillosos, perfectos, elegantes, cuando atrapo uno y le miro de cerca, cuando veo a la luz del sol sus ojos hermosos, el color de sus escamas, como luchan por seguir viviendo me parece comprender parte del mundo.
- ¿Pero entonces porqué los matas?-.  Rafa seguía preguntando gilipolleces.
- No los mato. Sólo los pesco.

No, el tipo aquel no me entendía una mierda. Al poco de empezar a pescar con la caña que le había dejado se enganchó el anzuelo en el hombro y comenzó a sangrar como un cerdo así que tuvieron que regresar a casa de vacío.

- ¿Para cuándo tu próxima novela?.

En ese momento llegaron del trabajo Nasser, H’alef y otro amigo que no conocía.

- Salam.- Rafa pegó un respingo.
- ¿Trabajan para tí?- Continuando así sus preguntas imbéciles.
- No, trabajan en las fincas de los alrededores recogiendo el tabaco, son amigos. Aquí el único que trabaja para mí es Nasser. ¿verdad capullo?.
- Déspota - dijo el palestino con sorna, bajándose el sombrero un poco más para que los último rayo no le dieran en los ojos.

El motor de riego que se oía a lo lejos paró de pronto. El silencio, el murmullo del río y el horizonte de un naranja intenso enmudecieron por unos minutos al periodista. Pero por poco tiempo.

- ¡Que hermoso!, no hay nada como la campiña, aquí el hombre se hace auténtico .

Hálef me miró interrogante, como diciendo ¿y a este, dónde le has encontrado?. 

- Pues vente a vivir aquí, la mitad de las fincas de los alrededores se venden, además puedes conseguirla a buen precio porque el cultivo del tabaco está cada vez más chungo.
- No podría dejar Madrid, allí tengo mi trabajo y mi gente.
- Pues tráete tu trabajo y tu gente.
- No es solo eso, es la vidilla que tiene Madrid, la sorpresa de encontrarte un amigo por la calle después de tantos años, enamorarse de una desconocida, tomarse una copa por Santa Ana.
- ¿Vas a pescar mañana a la garganta? - preguntó Nasser interrumpiendo los pretextos del periodista.
- Si.
- He visto a tu amiga esta tarde, a la sombra del sauce grande- dijo Nasser con una sonrisa enigmática.
- ¿Tienes un amor aquí?, ¿alguna campesina?-. preguntó el periodista volviendo a la carga.
- Déjalo en amiga.
- ¿Una amiga marroquí?
- No, una amiga de aquí, de la tierra.
- ¿A qué se dedica.
- A nadar.
- ¡Ah, es deportista!.

Los tres amigos reventaron en carcajadas al mismo tiempo.

- Es un pez, una trucha enorme, aquí el escritor está enamorado de un bicho con escamas -. dijo Nasser intentando que la risa no le derramase el tabaco del cigarrillo que se estaba liando. El periodista le miró desconcertado antes de imitar las risas de los otros creyendo que era todo un chiste.
El periodista se fue sin su entrevista. Pensó que al menos tendría la imaginación suficiente para inventársela: "de escritor mundano a ermitaño pescadero", o algo así escribiría.


Él ya sabe que en ese tramo del río están los peces más grandes. Están ahí, en algún lugar del fondo, nadando contra la corriente en la penumbra fría, sintiéndose los amos del mundo, deslizándose a lo largo de la orilla en busca de cangrejos o pececillos despistados, saltando con orgullo fuera del agua para atrapar una mariposa que ha tocado por un instante la superficie.
Deja que la corriente desplace la barca río abajo, esta en el centro y lanza el señuelo con todas sus fuerzas cerca de la orilla, junto a los árboles sumergidos y al plantas acuáticas, mueve la caña con pequeños tironcitos para que el pececillo falso, hecho con plumas de colores, simule estar agonizando, enfermo, perdido, espera que pique un buen barbo, que la línea se pare de pronto y no pueda recoger más sedal, que el hilo dibuje un arco en la superficie del agua, que la caña se doble, que suene el freno del carrete.

La superficie del río es ahora un espejo perfecto. Se repiten en él los árboles, las garzas, los milanos planeando, las estribaciones de la sierra aún nevada y la vida le asombra, le asombra la huida de un pato cuando ve la barca, la libélula roja que se posa en la punta de la caña por un instante y parece hecha de metal y fuego, el salto de los peces rompiendo la quietud, los galápagos soñolientos tomando el sol en un tronco de la orilla. Le asombra estar ahí, en ese preciso lugar, a esta hora del día, donde sabe que hay muchos peces que se lanzarán con hambre contra el señuelo.
Le asombra estar flotando en medio del agua y no correr por Madrid camino del despacho con el tiempo justo para tomar un café, leer los emails en el móvil y proseguir el informe que acaba de comenzar a escribir sobre el potencial de mercado del una infusión de té adelgazante, enlatada como refresco.
Presiente entonces que un pez esta comiendo ovas entre las algas que recubren las ramas de un gran árbol sumergido. Recoge el señuelo con rapidez y espera a que la barca se sitúe en el punto más próximo al lugar donde suena una especie de besuqueo acuoso. Lanza con un rodado el pececillo de plumas unos metros por encima de la zona y comienza a recoger seda a buen ritmo, haciendo a veces alguna parada brusca para que el señuelo ascienda un poco. Entonces se para la mano izquierda, la caña no se dobla, por un momento se engaña creyendo que ha enganchado el cebo de alguna rama del fondo, pega varios tironcitos en varias direcciones esperando que se desenganche, no conviene tirar fuerte porque así el anzuelo no se clava profundamente en la madera y se ahorra uno un chapuzón, pero de pronto siente un tirón brutal, decidido, sostenido, guarda el equilibrio de pie sobre el bote y hace que la flexibilidad de la caña trabaje a su favor, pero el pez sigue tirando hacia el fondo y se dispara el seguro del carrete ya sin control. No quiere apretar el freno y arriesgarse a partir el hilo. Piensa, "que se vaya si quiere, que juegue a huir, a esconderse, a correr río abajo aprovechando con la fuerza de su cola la corriente". El pescador mira entonces el carrete y descubre que apenas queda línea de reserva. Como el barbo siga tirando se quedará sin pieza y sin sedal para seguir pescando porque no ha bajado ninguna  otra caña y ninguna otra bobina de repuesto. Siente miedo, se arriesga, aprieta un poco el freno y tira, el sedal se tensa y la caña se dobla casi en una elipse circular para ponerse inmediatamente recta porque el sedal se aflojó de pronto. Piensa, "o el pez se ha desenganchado o se ha roto el hilo o el animal es listo y ha dado la vuelta en redondo". A toda velocidad recoge línea, ansioso de saber lo que ocurre, maldiciéndose por haber hecho cosas que no debía haber hecho aunque ahora no pueda concretarlas. Entonces vuelve la tensión, la vibración del sedal contra el agua. La barca se desplaza lentamente remolcada por la fuerza el barbo.

- ¿Volver a dónde?. Preguntó aquel día ya lejano el periodista.

Volver allí, a su río, antes de que desapareciera o de que él sintiera que la vida se le había escapado nadando despacio, por lo más hondo y oscuro rompiendo al final el sedal y dejando en su cara la expresión de un necio o de un idiota.



martes

OTA

(Ilustración de G. Sender Montes)

He terminado el libro de Ota. Se lo voy a pasar a mi hijo el pescador para que se lo lea. Pocas veces he disfrutado tanto leyendo un libro "de pescadores, ríos y peces". Me ha hecho llorar y reír.

"Si quieres ser feliz una hora, emborráchate; si quieres ser feliz tres días, cásate; pero si quieres ser feliz toda la vida, hazte pescador".

"La pesca es, antes que nada, libertad. Caminar kilómetros y kilómetros en busca de truchas, beber agua de las fuentes, estar a solas y libre al menos durante una hora, unos días, o hasta semanas y meses. Liberado de la televisión, de los periódicos, de la radio y la civilización."

'Cómo llegué a conocer a los peces" de Ota Pavel. Sajalín Editores. Traducción de Patricia Gonzalo de Jesús.

viernes

LEER



Me gusta leer el agua en el río y en el papel.

No hablo del “libro técnico” o del “libro práctico” de pesca en el que por ejemplo Tikal, Sekotia con su sello A Mosca o Everest están haciendo una buena labor. Pero pocas veces se mezcla literatura y pesca en España. Muy pocas veces los editores se atreven a traducir, editar y publicar lo mucho y bueno que hay de esa mágica mezcla por el mundo, sobre todo anglosajón.

Recuerdo, en la adolescencia, la fascinación y el placer de descubrir el bello cuento de Hemingway “el río de los dos corazones”, “el viejo y el mar” y esa jornada de pesca en el Iruña que tan bien relata en la novela “Fiesta”. Es cierto que aquí teníamos a Delibes y “mis amigas las truchas” pero poco más. Ahora gracias a Internet tenemos acceso al ancho y mágico mundo de la “literatura de pesca”, pero sigue habiendo bien poco “en papel”.

Por eso hoy, tras una buena jornada de pesca en la feria del libro de Madrid, he capturado algunos libros para regalar a los amigos que no son pescadores:

Los cuentos de Hemingway en la editorial Debolsillo donde está el relato “El Gran Rio Two Hearted.” que es considerado unos de los diez mejores cuentos del mundo.


El imprescindible “El Río de la Vida” del admirado Norman que ha reeditado la estupenda editorial Libros del Asteroide.


Los divertidos “Relatos de Pesca” de Zane Grey en Ediciones del Viento.

Pero agradezco en especial a los locos de Sajalín Editores que haya publicado en una bonita edición al escritor checo Ota Pavel y su libro “Cómo llegué a conocer a los peces”.


Cualquier pescador lector disfrutará mucho con estos libros. Esta vez no he practicado la captura y suelta. En los tiempos que corren admiro a los tipos de Libros del Asteroide, a Ediciones del Viento y a Sajalín por publicar esas joyas. Espero que vendan toda la edición.


jueves

OLOR



Una tormenta de verano. Rayos, truenos y centellas. Primero el viento lleno de polvo y calor, luego la sinfonía torrencial del agua. Soy un irresponsable, nunca he tenido miedo, aunque dejo la caña-pararrayos de grafito en el suelo y me siento en una piedra, en medio del agua, a esperar a que pase al menos el bronco aparato eléctrico.

Recuerdo la sinfonía de Maurice Jarre Building the Barn de la película Witness. El gris revuelto del cielo, el agua fría golpeando sobre mi gorra y el impermeable, los verdes del campo cambian al mojarse, tanta fuerza desatada, tanta furia y tanta belleza para un solo espectador maravillado.

Ya sólo cae agua fina. En tardes como estas suele haber eclosiones de hormigas aladas y las truchas se ponen como locas nada más pasar la tormenta. Siento que  a mi me pasa lo mismo, las buenas tormentas despiertan las hormigas aladas de mi vida y uno se siente bien, alegre, ligero, fresco, revoloteador. En cada postura sale una trucha que muevo o que saco.

Pero no vine aquí a contar todo esto sino a recordar el olor, de antes, durante y después de una tormenta. Olor a ozono, a tierra mojada, a bosque empapado, no sabría describirlo, es un olor muy especial. Para mi, uno de los perfumes de la libertad.

(fotos de  Francesc Luque)

lunes

ORO



No nos damos cuenta pero utilizamos tecnología punta, materiales que se inventaron para la carrera espacial: copolímeros, aluminios aeronáuticos, fibras de carbono, aceros de alta resistencia, tejidos inteligentes, holográficos,… pronto usaremos nanotubos y grafenos. Sin hablar de todo esto llamado Internet que nos permite tener a la distancia de un click casi todo el saber del mundo sobre los misterios de la pesca… o escribir aquí, sobre este pozo oscuro.

Hoy toco este anzuelo pulido de hace más de diez mil años, acaricio esta mosca grande fabricada con una vieja aguja de coser templada al fuego de una vela, armada con  gruesos sedones de tintadas naturales y plumas de aves raras, siguiendo las indicaciones de un manuscrito escrito en Astorga hace casi cuatrocientos años y pienso entonces que da igual que mi caña sea de fino bambú o que tenga las mismas fibras de carbono que las que se utilizan para fabricar el chasis de los satélites que viajan ya fuera de nuestra galaxia. Porque lo que importa son las manos del pescador, su intuición, su curiosidad, el cuidado que pone en hacer esa mosca, atar este sedal, lanzar su señuelo al rincón más prometedor de la corriente. El tiempo y la pasión que invierte un pescador de hace diez mil años o cuatrocientos años o de hoy para conseguir tocar una trucha salvaje en aguas limpias.

Tiempo, cuidado, pasión. A quién talló ese anzuelo, a quién hizo esa antigua mosca centenaria, al pescador que lee todo esto, le mueve la misma voluntad, instinto, sueño: tener un buen pez entre las manos, un pez grande, sabio, difícil.
Si pensamos en cada objeto que forma nuestro equipo de pesca, si investigamos su origen y su tecnología nos maravillamos de cómo el progreso ha cambiado y sofisticado todo. Sin embargo, lo importante, no ha cambiado casi nada.

Porque de los miles de chismes que podemos comprar para pescar, de todo el equipo que atesoramos en nuestro rincón de montaje y nuestro armario cañero el más valioso, el único que importa, el que nos permitirá coger las mejores truchas es sólo uno: horas en libertad. Tener tiempo y un río limpio en el que derrocharlo a placer.




Dicen que el tiempo es oro. El tiempo es lo único que de verdad tenemos en la vida y que no se puede guardar en un banco para el futuro.

jueves

DOMA


(Pintura de Travis J. Sylvester)

Marcha uno con su carga de añoranza, los problemas, las incertidumbres, todas las batallas perdidas, tantos naufragios y en la carretera aún no se atisba el amanecer. Preparó ayer las cajas de moscas, su caña preferida, poca ropa, la gorra vieja y ese verso de Claudio Rodríguez que a veces ata, invisible, al sedal de la vida: “y aún ahora que estamos en derrota, nunca en doma”. Los kilómetros pasan, se siente como volando sobre la luz de los faros hasta ver el hilo rosa de este último amanecer de mayo.
Tras varias horas de viaje, anda ahora por el carril y luego por la senda medio perdida que llega hasta el torrente con el día ya amanecido, aún fresco. Baja caminando hasta el Charco Negro y allí se sienta, sobre la piedra de siempre, los pies metidos en el agua, sin vadeador ya. Ata el pequeño pardón y comienza.
A veces se preguntaba que tenía ser pescador, porqué le gustaba tanto pescar. Ya no. Hace muchos años que comprendió la respuesta.

Hoy siente, como tantas otras veces, que el agua le protege, que el río, con buen caudal aún, le cuida, que las piedras redondas y suaves, la arena de las orillas, los helechos altos, esos sauces viejos que extienden sus raíces bajo el agua no son el decorado de su vida sino la vida en sí, la forma precisa y diversa que toma el tiempo, ese tiempo que de verdad importa y le hace sentirse bien, fuerte, libre, nunca cansado.

Ha tocado la piel de cinco truchas, de dos barbos medianos, de una boga rebelde y un cachuelo hermoso. Acaricia la piel iridiscente de la última. Cuando la deja en el agua, fuera ya de la secadera, le gusta sentir el último rabotazo rabioso de la trucha antes de volver a su rincón de agua a esconderse por un rato.

Ni teléfono, ni reloj, ni prisa. En ese valle estrecho hasta el aire está limpio de las radiaciones invisibles de la tecnología. Le ha costado desprenderse de todo eso. A veces, cuando baja allí a pescar con sus hermanos, llevan los walkis y bromean con peces y con bolos, no estorban entonces las palabras y las risas. Otras veces, cuando baja con su hijo pescador, se siente un hombre feliz sin más, un hombre afortunado de compartir el lugar y el tiempo con ese chiquillo inquieto y le da igual tocar o no tocar alguna trucha.

Pero hoy, muchos días, baja solo. Muchos días durante muchos años bajó solo a ese río, siempre tan conocido, siempre tan distinto. Si, “nunca en doma”. Los pescadores son tipos resistentes, incansables, constantes, testarudos, arrogantes, pero no por conseguir un objetivo que se materializa en un número determinado de truchas sino otra razón secreta  e incógnita para quién no es pescador

No pesan las horas, ni el cansancio, ni el calor del día. Cuando llega a la fuente se sienta, bebe con deseo y come deprisa el bocadillo de jamón con tomate que preparó de madrugada para seguir pescado cuanto antes. Le gusta mucho sentir los pies mojados, el agua fría, la sensación de una libertad tan fácil de tocar en la superficie rota de la corriente. En Mayo esta tierra explota y la vida salvaje se lleva todo por delante. No hay añoranza, ni problemas, ni incertidumbres, ni naufragios.

El pescador vadea con cuidado con todos los instintos y sentidos en guardia.  Cruza por allí porque le gusta pisar la playa limpia del charco del Águila y hacer algunos lances desde ese lugar con una ninfa gorda, roja y negra. Recuerda las truchas glotonas que a veces han caído en su engaño.

¿Cuánta vida nos queda?, ¿cuántos años? ¿y qué importa?.


lunes

ENEMIGOS

Flow gently, sweet Afton, among thy green braes,
Flow gently, I`ll sing thee a song in thy praise.
My Mary`s asleep by thy murmuring stream,
Flow gently, sweet Afton,  disturb ot her dream.

- Robert Burns (1759-1796)-

Muchos años antes habían sido rivales a pie de río, se perseguían y espiaban entre las sombras de los sauces, en las umbrías llenas de helechos, en los recodos del torrente. En ocasiones se hacían los encontradizos en las grandes pozas para observarse, cada uno con su propia arma, su propia estrategia, su propio sentido de la vida. El uno pescaba con una preciosa caña de bambú refundido de tres tramos color caramelo, el otro con otra soberbia caña de bambú negro de cinco metros, de una sola pieza.

Aquella rivalidad existió siempre y solo se rompió cuando el joven pescador a mosca consiguió una beca de la Junta de Ampliación de Estudios para ir a doctorarse a París. Pero se mantuvo cuando regresó aunque entonces él viviera en Madrid y sólo se vieran algunos días del año. Nadie sabía en el pueblo quién cogía más y más grandes truchas pero cada uno de ellos siempre pensó que era el otro el vencedor. Cuando, de forma ocasional, se encontraban de frente el uno con el otro en una vereda se saludaban con cortesía y se preguntaban, sin esperar respuesta, por su mutua fortuna. Ambos se tenían una feroz antipatía, no solo por que el uno fuera socialista de Azaña y el otro de Gil Robles, no porque el padre de uno fuera arriero y el otro hijo de rentista sino por el opuesto engaño que cada uno utilizaba para pescar truchas: la fina lombriz de anillo contra la mosca leonesa, el temblor del tacto contra la levedad de una posada precisa.

Al poco la guerra llegó a todos los rincones, incluso a aquel pueblo rodeado de torrentes y el pescador de mosca tuvo que huir a Madrid donde trabajó en la emisora Transradio con su amigo Barea, leyendo por el micrófono historias de nutrias y libélulas, ríos en paz y truchas sabias, mientras sonaban las bombas cerca. Era su forma de hacer la revolución. En el pueblo, el pescador de cebo supo que habían entrado en la casa de su enemigo y que habían quemado sus libros y sus ropas en la plaza, así que cuando la recorrió en la penumbra lechosa de ese amanecer de marzo del 38 no se sorprendió del desastre, ni de los libros rotos por el suelo, pero le llamó la atención que aquel objeto protegido en su funda de tela roja, permaneciera intacto colgado de la percha del dormitorio destrozado como una bandera arriada.

Y pasó mucho tiempo, también para las gargantas y los ríos. La vida del uno fluyó plácida como el Tietar en Julio y desencantada por tanto asesino convertido de autoridad respetable, pero él siguió fiel a su tradición y a su caña larga, aunque fue cambiando el ansia de la cantidad por la pasión reposada del tamaño y después esa pasión por el amor simple hacia un río que conocía de memoria. La vida del otro fluyó como un torrente por Londres, Moscú, San Francisco, Costa Rica…desencantado ya por tanto crimen en nombre de la justicia, pero también fiel a sus ideas y a la pesca a mosca con caña de bambú y fue cambiando la tensión de la prisa por la pasión del lance perfecto y después esa perfección por la certeza de que los ríos ya no pertenecían a los hombres.

El pescador de cebo supo del regreso en los años setenta de su enemigo. Ambos competían de nuevo en la política así que no les fue difícil concertar una cita antes de las elecciones en el café Lyon, que ahora ya no existe. No hablaron demasiado. Cuando pasan cuarenta años y hay tanto que decirse solo se puede hablar de lo importante. -Pican las truchas-. Preguntó el viejo pescador de mosca. –Pican-. Le respondió el viejo pescador de cebo mientras dejaba sobre la mesa la deshilachada funda de franela roja. Las manos del otro desataron con algo de torpeza el nudo antes de sacar con delicadeza su antigua caña de bambú refundido de tres tramos como recién salida las manos del artesano. -Ya sabes que no sé usarla, pero hace años la envié a un taller de Asturias para que las restauraran, fue lo único que pude salvar-. Afirmó el pescador de cebo. Y su enemigo recordó el olor de Ilsa, la muchacha irlandesa que conoció junto al Sena y le acompañó luego a aquel Madrid sitiado donde murió. Recordó por un instante su voz recitando unos versos antiguos de Robert Burns, el olor de su piel, de su risa y de su propia sorpresa reflejada en los ojos azules de la muchacha, como el río Tietar en Abril un día de tormenta, cuando dijo:–Mi padre hace cañas en Irlanda y este es su regalo de bodas-.

Yo los vi años después, mano a mano, rivales siempre, allí donde el torrente se ensancha. Seguían sin hablarse demasiado. Ahora que no están. Mientras espero a que escampe la lluvia, al mirar la funda de tela con la caña que me regaló mi abuelo Teo, el pescador a mosca, he recordado toda esta esta historia que me contó su amigo Helio, el pescador de cebo.




HONDO



He bajado a ese recodo hondo del río. Entonces, sin haber convocado esos recuerdos en muchos años, vuelvo a aquella tarde en la que descubrí cómo suena el agua rozando la orilla y las piedras escondidas en lo más hondo.

—Te debo una, Olga.
—Estamos en paz si me enseñas a pescar. Mi padre no quiere enseñarme porque dice que soy una niña.

Yo cumplí con mi parte y comencé a bajar al río con Olga con la difícil misión de enseñarle los secretos de la pesca, una ciencia de la que yo, con doce años, tampoco entendía demasiado.

Dejaré que pasen siete años desde entonces. Estamos en junio, dentro de unos meses ella se irá lejos, a un pueblo del norte donde su padre ganará más dinero. Pasarán otros siete años hasta que nos volvamos a ver en Nueva York pero en ese momento no lo sabemos. La arena está caliente y el agua del río tiene un color verdoso. Tenemos dos cañas tendidas a fondo y no hemos pescado nada en toda la tarde. Suena en el casete una de Pink Floid. El sol ya no quema y estamos desnudos, cubiertos solo por unos sombreros de paja para poder mirar las cañas sin deslumbrarnos. ella tiene el pelo muy corto, los pechos grandes, los ojos orientales y la piel muy morena. Con los ojos entrecerrados le cuento el momento en que me enamoré de ella. Se ríe.
—Así que te enamoraste de mi puntería con el tirachinas.
—No, también me gustaba tu olor.
Una de las cañas se balancea unos segundos y después el hilo se destensa, me voy a levantar para clavar el pez pero ella se ha sentado sobre mí.
—Deja que se escape  —susurra en mi oído.
Pongo mis manos en sus tetas calientes de sol.
—Y yo te enseñé a pescar, ahora estamos en paz.
Recuerdo el sabor dulce y tibio de sus pliegues, su mirada de almendra y el placer veloz entre los dos cuerpos el instante antes de escuchar como se partía la vieja caña de bambú donde un pez, sin duda grande, había picado. Luego el sisear del hilo que seguía saliendo del carrete a pesar de tener el freno muy ajustado.
—Deja que se escape  —volvió a repetir ella.
Y sentí que me corría a la misma velocidad con que huía el pez, el hilo se tensó al llegar al final y sonó igual que una cuerda de guitarra antes de partirse, como el gemido de su garganta que me llenaba la boca.

Estuvimos así mucho tiempo, el uno sobre el otro, escuchando nuestras respiraciones y los latidos fuertes hasta que el sol nos dejó en penumbra y los mosquitos comenzaron a comernos. 

Desde entonces sé cómo suena el río desde abajo. Conozco el rumor imperceptible que hace, deslizándose despacio por la orilla, acariciando las piedras de lo más hondo. Treinta años después. Imposible olvidarlo.


jueves

RIDÍCULO



Hablo de todo esto con mi hijo. No tiene buena prensa "ser pescador" en su colegio.

También yo me encuentro con gente que considera la pesca una actividad ridícula: enganchar pececitos con un palo, un hilo y un anzuelo para luego soltarlos. Suelen ser personas que orientan su vida hacia todo lo “productivo”, hacen cosas “de utilidad”, con “provecho material”, sean amigos, deportes o lecturas. Les importa hacer contactos, tener una buena agenda, estar en la tendencia. La cultura del logro social y económico frente a la cultura del logro personal e íntimo, tan poco de moda.
No es más ridículo pescar que jugar al golf o al futbol, pero en la soledad del río no se hacen negocios ni se siente uno masa fanática.

Hace miles de años fuimos pescadores y cazadores. A algunos se nos quedó el gen resistente, el residuo, la memoria ancestral de todo aquello y nos sentimos bien aquí, metidos en el río, en la soledad de esta mañana, imaginando donde estará la gran trucha negra que se suele esconder entre las raíces hundidas del sauce viejo.
Otros, más modernos, más evolucionados, le dan a la pelotita con un palo para meterla en sucesivos agujeros en la hierba o ven en la televisión como veintidós tíos intentan empujar con el pie a una pelota grande contra dos sacaderas cuadradas clavadas en el suelo.

Aunque lo que es de verdad ridículo es empujar el progreso hasta agotar el mundo, lo ridículo es ser el responsable de usuras y crisis globales que conducen al hambre, la pobreza y la amargura a miles de personas, lo ridículo de veras es ocupar todo tu tiempo en lograr más dinero o más poder. Ya no es tiempo de seguir creciendo sino de ir decreciendo. El progreso es otra cosa. Más pronto que tarde Gaia se va a enfadar y seremos entonces una especie extinta, unos fósiles enterrados entre chatarra y deshechos, ridículos.

He visto a la trucha negra salir de su refugio. Lanzo el trico por encima. Olvido el ruido de las palabras. El pescador que fuimos desde hace miles de años se despierta.