viernes

LUCIOS DEL GRAN NORTE



Lucios, percas y tímalos en el  Kultsjöan. Peces luchadores. Victor tocó dos buenos lucios que tiraban como truchas, sin dar su cola a torcer ni un segundo. Olvidada la sacadera ese día, mi mano tuvo que hacer su labor sufriendo algunos rasguños con las raspas de sus agallas.

Miguel, guía y amigo, andaba en la otra orilla con su equipo de pescar tiburones, “estilo sueco” a juzgar por los hilacos, cucharillones y ninfasmonster que vimos enganchadas por ahí.

Se trata de una polémica interminable entre los pescadores. Equipo ligero para luchar con el pez con pericia y riesgo o equipo potente, a prueba de roturas, para sacar al pez cuanto antes y que sufra menos. En el equilibrio está la virtud, aunque yo me inclino más por los equipos ligeros.

Esos días del norte se han grabado a fuego en la memoria, pero ¿cuáles no?. El pescador visita muchas veces los ríos de los recuerdos, pesca de nuevo en ellos una y otra vez. Me hace feliz subir mañana al Duero a tentar al Campano con mi hijo el pescador. Me hace feliz también, tantos días en la ciudad, pescar en mi memoria lucios, tímalos y truchas...



martes

NIÑOS


Pintura de Peter Strid 

Dice Eduardo G. que el mundo trata a los niños ricos como a dinero y a los niños pobres como a basura. A pocos niños trata el mundo como a niños. Nos convertimos pronto en tipos  “mayores” aburridos, sosos, productivos, obedientes y engañados. Convertimos las pasiones en entretenimientos, los juegos en hobbies.

Pero metidos en el río, con una caña entre las manos, seguimos siendo niños.
Los pescadores no acabamos de creernos este teatro del progreso porque con este palabro siempre salen malparadas las aguas y las truchas, la naturaleza, la lentitud o la vida sin intermediarios tecnológicos.

Ayer pesqué rodeado por la soledad inmensa de la garganta de Minchones, caminando con agilidad de niño entre las piedras, pescando con la lentitud de quién duda muchas veces del progreso o de que el lujo sea la velocidad y el crecimiento económico. Sólo engañé a una truchilla con un tricóptero de pelo de corzo. Lanzaba la seda despacio, con una ocho pies muy blandita, jugando a meter el señuelo en mis rincones del agua preferidos. Jugando.

jueves

FRAGILIDAD




Hablar de pesca, compartir tiempo, ríos y truchas es un placer siempre y un privilegio. Compartir tiempo, primavera, agua limpia y truchas es compartir un secreto. Una forma de vivir la belleza, de estar dentro de la vida con el agua por la cintura, el sol en lo alto, una caña en las manos y al otro lado del sedal el mundo entero a punto de picar.

La vida de todos nunca es enteramente plena, la vida tiene su aventura, su dolor, su tristeza, su soledad, sus alegrías, su misterio, su desconcierto. Pasan los años y el tiempo nos cambia el cuerpo, la mirada, el color del pelo, pero no cambia  la alegría, los nervios, la inquietud siempre optimista que nos produce acercarnos al amanecer a la orilla de un río que amamos.

Pasan los años y nuestra vida cambia, tenemos menos tiempo, más obligaciones, rutinas, responsabilidades y a veces no cuidamos lo suficiente lo que amamos y ya no vamos con tanta frecuencia a pescar como con veinte años, cuando todo era intenso. Sin embargo, el río, su rumor según nos vamos acercando, el frío de la mañana, el agua helada y cristalina, la chispa del mirlo o el martín pescador cruzando como un rayo la tabla larga, nos ofrece la misma emoción que siempre, las mismas ganas de vivir y de pescar.

Los ríos son frágiles, los pescadores también somos frágiles a pesar de que no nos importe ni la lluvia fuerte, ni el frío intenso, ni el cansancio, ni el peligro de cruzar el torrente crecido. Ríos y hombres tenemos muchas historia común. Toda la historia. Desde el principio. Por eso nos entendemos bien. Por eso muchas veces contamos al ríos nuestros secretos, las grandes alegrías de nuestra vida, la grandes tristezas. El río es un amigo con el que hemos compartido muchos secretos y mucho tiempo. El nos ha cuidado y enseñado. En sus orillas hemos aprendido a ser pacientes, prudentes, aventureros, responsables, artistas, mejores personas, a descubrir nuestros límites físicos y también a descubrir que podemos llegar tan lejos como soñamos, solo es necesario lanzar el señuelo con cuidado y con fuerza, con todo el deseo, el saber y el instinto. 

Para muchos pueblos llamados antes primitivos los ríos tenían alma. Yo no creo en otra trascendencia que la vida de aquí, el presente, lo tangible, Sin embargo también creo como los Shuar que nuestros ríos tienen alma. Si no no sería posible que me hubieran dado tanto y tan precioso, que nos hubieran dado tanto y tan valioso a los humanos a través de miles de años, aunque hoy muchos humanos ya lo hayan olvidado.

Esto le escribo hoy a mi hijo el pescador, para que él no lo olvide.

viernes

AMANECER



Antes del amanecer, los pasos en la hierba, las sombras aún sin colores, el trote rápido don raposo que llega tarde a desayunar, el camino invisible que hemos ido haciendo todos estos años siguiendo los versos de Machado, la caña preparada, las encinas, los madroños, las jaras, los brezos convirtiendo la senda en un prodigio. Y luego, por fin, desde lo alto, la curva del río que se pierde por encima hasta las Tres Juntas y se dobla por abajo sobre el charco del Águila haciendo allí la música del agua más potente.

El sol habrá salido en alguna parte porque la ribera comienza a destilar mil verdes apagados pero el agua sigue siendo un espejo oscuro. ¿Hay algo más misterioso que estos instantes?

Nos repartimos la garganta, cada cual a sus zonas predilectas, nos separamos, caminamos por fin solos y el sonido del agua será todo el día un abrigo, un compañero, un susurro que nos dice dónde y cuando picarán las truchas grandes.

Esos minutos largos antes del amanecer, cuando aún no he lanzado, cuando camino rápido por la senda invisible hasta mi parte de río, siento que nada me pesa, ni me vence, ni me seca y soy el mismo de siempre. Adivino donde se está dando el primer baño del día doña nutria, cuando van a doblar los patos en el cielo, saludo a la señora garza y no hago caso de las protestas de mamá jabalí que anda por ahí, en su cama de helechos viejos, remolona. Los sauces y los álamos siguen dormidos, pero no importa, también los voy saludando a todos con la mirada como a los viejos amigos que no necesitan palabras para entendernos.

No sé lo que pensará en este momento mi hijo el pescador, que camina delante de mi, que aún me acompaña. Cada uno tiene sus misterios y sus ojos para mirar el mundo y respirar la vida que nos da el agua 

jueves

PROGRESO Y SOSTENIBILIDAD

(Pintura de Diane Michelin)

…Crecimiento, desarrollo sostenible, crisis económica, revoluciones sociales, guerras por petróleo… Los recursos del mundo son limitados pero sus habitantes tienen derecho a una vida mejor y más confortable, una vida que era hasta ahora privilegio de sólo unos pocos países y sólo unos pocos millones de personas. Pero ya no podemos crecer a base de ladrillo, especulación, contaminación, derroche de energía. Es necesario pensar de otra forma y vivir de otra forma, imaginar y luchar por un futuro más justo para todos, más sostenible, más equilibrado y seguro que mejor aunque ahora, con la crisis económica, nos parezca también más incierto que nunca.

Tal vez tengamos que pensar como pensamos los pescadores de truchas. Los pescadores de truchas no derrochamos, ni ensuciamos el agua, siempre estamos investigando, echando imaginación, esfuerzo, paciencia y ganas sin esperar de forma automática ninguna recompensa, si pican bien, si no pican ya picarán. Sabemos que el mundo y la naturaleza tiene unos recursos limitados y un equilibrio frágil. Sabemos que cuidar y hacer sostenible esta riqueza presente es asegurar el futuro. Nos divertimos también sin derrochar, con casi nada, un río, lanzar una mosca, tener tiempo para tocar el agua. Los pescadores de truchas no queremos aparentar, ni consumir, ni gastar, ni derrochar, hace mucho tiempo que hemos descubierto que los paraísos no están en lugares remotos con hoteles de cinco estrellas a pie de playa sino muy cerca, tal vez aquí mismo.

Los pescadores de truchas hemos aprendido a disfrutar del tiempo lento porque sabemos que estamos de paso como la efémera, que la belleza y la felicidad son los instantes y no los objetos y ninguna crisis nos va a hurtar el placer de salir al río a pescar truchas. La crisis nos enfrenta a la necesidad de pensar de otra forma y vivir de otra forma. A descubrir que tener menos o tener más no es la cuestión. La cuestión es que los recursos del mundo son limitados, los millones de personas que vivimos en él tenemos derecho a un mismo bienestar y hay que cambiar el desarrollismo por la sostenibilidad y comenzar a pensar que consumir y derrochar no nos hace más felices, nunca nos hizo más felices. Le digo a mi hijo que también en eso tenemos que pensar como un pescador de truchas que siempre preferirá un río de verdad con truchas difíciles que un estanque lleno de truchas fáciles, que no le importará tener la caña más cara o la más barata sino tener tiempo para bajar al río, que no necesitará enseñar lo mucho que ha pescado sino saber que las truchas que ha logrado pescar siguen vivas para que mañana puedan hacer feliz a otro pescador. Tal vez a mi hijo.

miércoles

BLOG DE AGUA



Los ríos no separan las tierras o los pueblos, nunca fueron frontera, Los ríos fueron los primeros caminos seguros para comunicarse, viajar, comerciar, conocer, compartir. Eran venerados por los pueblos antiguos, convertidos en dioses generosos y misteriosos. Luego, miles de años después, otros hombres los han encerrado en presas, convertido en cloacas o en un bien monetario, en propiedad de quién tienen el privilegio que el agua pase por su pueblo, su comunidad o su país. Se habla del agua como recurso en lugar de cómo dador de vida a los hombres que los beben y a los animales que los habitan. Apenas menos del 0,3% del agua del mundo es agua dulce y líquida. Y de esa escasísima cantidad de agua dulce en el mundo: ¿cuánta es pura y cristalina?, ¿cuántos ríos están llenos de vida, de belleza y de truchas?. Muy pocos.

Tener un río así, cerca de nuestras casas, es de verdad un privilegio envidiado por miles de pescadores deportivos de todo el mundo que deben hacer cientos o miles de kilómetros para poder lanzar su mosca en un río limpio con truchas salvajes. Imaginamos el paraíso de los grandes ríos de Laponia, Alaska, Kamtchatka o Patagonia pero aquí, en España, tenemos ríos y gargantas menos caudalosos pero no menos bellos, ni menos limpios, ni menos llenos de truchas autóctonas.

Los pescadores sabemos que estamos de paso, que los ríos que han tardado millones de años en formarse no son propiedad de nadie, que ensuciarlos o contaminarlos es un crimen y luchar por mantenerlos limpios es nuestra obligación. Pescar nos enseña muchas cosas, no sólo a coger peces. Los ríos nos cuentan sus secretos, secretos que tienen que ver con la vida, el tiempo, la felicidad. Antes anotaba mis experiencia de pesca en pequeños cuadernos con la esperanza de que un día, dentro de mucho tiempo, mi hijo las encontrase y las leyera cuando yo fuera viejo y él un pescador de truchas mejor que yo. Pero ya es mejor que yo. Así que pensé que debía ir pasando esas notas para que pudiera leerlas en el presente y dejarme de funebrismos literarios.

Pronto nos damos cuenta que ellos, los hijos, son mejores y que no han necesitado tantos años como nosotros para saber cuidar los ríos y las truchas.
Nuestro cercano paraíso.

lunes

TERAPIA



Nada menos melancólico, ni menos depresivo que un pescador, sobre todo porque mientras estás en la orilla, metido en el agua con una caña en la mano, no puedes andarte con estas historias porque acabas  mojado, tropezando y rompiéndote la crisma contra una roca por un mal resbalón.

Los ríos donde viven las truchas tienen eso, que sus aguas limpian todas las tristezas y nos dejan el ánimo fresco y la mente despierta, llena de colores, nunca gris.

Aún no recetan los doctores “pescar truchas a mosca” para curar las enfermedades del alma, aunque hay alguno que sí, él mismo es mosquero y sabe de las bondades de esta terapia. Pescar en torrentes de montaña nos educa y entrena lo que los psicólogos llaman la resiliencia, sobre todo cuando los peces no pican y llevamos todo el día en remojo.

Vemos al hijo pescador concentrado, silencioso, serio, mirando a cierta esquina sombría del río y en realidad está sonriendo, pero por dentro.

miércoles

ÁLAMOS Y SAUCES



(Pintura de Mark Susinno)


Álamos y sauces metiendo sus raíces en el agua, apoyando su tronco en las rocas de la orilla, sujetando el mundo para que no se lo lleven las riadas, ni las tormentas, ni los años. ¿Hay algo más bello que un bosque de ribera?. Nos gusta sentarnos a su sombra en cualquier recodo de la garganta. Conozco estos árboles desde que comencé a pescar y entiendo los susurros de la brisa de la tarde que usan para comunicarse con sus vecinas las encinas,  los alcornoques, los espinos blancos y los robles más lejanos. El hijo pescador sonríe por mis palabras.

Una vez cayó una hoja de sauce en el charco grande del Puente Viejo, una hoja pequeña y amarilla que se posó en el agua con la suavidad de un hada y en ese momento, de forma brutal y explosiva, una trucha enorme saltó sobre ella y se la tragó pensando tal vez que sería una mariposa. La escena apenas duró un segundo pero ese segundo vive en mi memoria desde hace treinta años. El charco es muy hondo y muy grande, en él, luego, todos estos años, hemos pescado grandes truchas, pero ninguna como aquella. Muchas veces pienso que esa abuela del río sigue viviendo allí y ella también se acuerda de la burla de aquella pequeña hoja seca. Aún así, muchas veces, sólo en ese lugar, lanzo lejos una mosca fea que lleva en mi caja mucho tiempo, una mosca que se parece a una hoja de sauce amarillenta y que intento posar suave en el agua y en mi memoria. Pero la gran trucha nunca sale de las sombras. Para que luego digan de la memoria de los peces.

Me gusta cuidar los ríos. Le digo a mi hijo el pescador. Pero los ríos también son sus piedras pulidas, sus viejos bosques de ribera, las mariposas amarillas, la brisa de la tarde, los peces misteriosos que siempre son enormes en la infancia y que siguen siendo enormes en la imaginación de todos nosotros los pescadores.

martes

SONRISA




El río lava todas las heridas, las de la piel, las del corazón, las de las palabras. Así lo descubrí hace ya muchos años y cuando algo duele, me acerco al agua y juego con mi caña dibujado en el aire de la mañana el mejor de los lances.

No sé si es el agua, el silencio borrado por su música, la orquesta de los pájaros y los insectos o esa soledad transparente en la que no podemos mirarnos, ni inventar la tristeza; pero el agua me limpia el cansancio, las heridas, las derrotas. Uno quisiera mirarse en ese charco hondo como en un espejo, darse lástima, comprender todas las causas del dolor, pero el río no nos deja porque cuando me asomo no veo nunca al hombre que soy sino a un chaval de quince años que nunca perdió su asombro, ni su energía, ni su arrogancia. Me asomo al agua y veo al pescador que fui, el que soy, el que quisiera ser y luego la libélula, el sauce, las nubes de arriba reflejadas, mis pasos sumergidos difuminan esa imagen y la mezclan con la rápida corriente. Me gusta cruzar entonces por las aguas batidas porque allí no puedo ya ver mis pasos y el fondo es engañoso, debo entonces fiarme de mi instinto, de lo aprendido, de que la vida a veces se salva sola, sin razones, con ganas.

Todo esto, claro, no se lo cuento a mi hijo el pescador porque sé que lo aprenderá por el mismo más adelante, aunque el agua o las palabras sean otras muy distintas pero no el río, ni el horizonte, ni el dolor. Él descubrirá en su soledad que es verdad que el agua de los ríos donde viven las truchas nos limpian las heridas hasta no dejar en la piel, en las palabras, en el corazón, ni siquiera el rastro de una cicatriz.

Soy torpe en la ciudad, con frecuencia no sé defenderme de los invisibles juegos de poder y trampa que han inventado los hombres para hacer progresar al mundo o para romperlo. Sin embargo en el río, en medio de la corriente, nada me vence, lanzo mi caña lejos, camino sin tropezar, me pierdo entre las cicutas y los helechos arborescentes y dejo atrás la torpeza y el miedo, el dolor y el silencio. Entonces, sin querer, me sorprendo con la sonrisa en los labios, una sonrisa arrogante, orgullosa, limpia, adolescente, que nadie ve pero que yo siento como “la camisa del hombre feliz” de aquel cuento tan antiguo.

Por esa sonrisa soy pescador.

lunes

DESEO DE LLUVIA


Vivía a cien metros de una garganta truchera. En cuanto comenzaba a llover bajaba al agua a pescar. He aguantado a pie de río diluvios bíblicos, nieve, granizo, tormentas del fin del mundo con rayos que veía caer a pocos metros de mí y cuyo trueno, instantáneo, sonaba de verdad como una bomba. No me importaba, era así de inconsciente. Mi abuela se escondía en la última habitación de la casa cuando comenzaba una de esas tormentas fabulosas, mi padre salía al jardín de la casa “del Matón” a contemplar las nubes oscuras, los rayos constantes y esa lluvia gorda que te empapaba hasta los huesos en pocos segundos. Tal vez heredé este gusto por la lluvia de mi padre. Sabía que la caña era un buen pararrayos así que lanzaba el señuelo sin elevar su punta más que un palmo de la superficie del agua. Con las botas altas y el impermeable largo me sentía a salvo a todo, feliz muchas veces ante una locura de picadas continuas provocadas por las primeras gotas de una buena tormenta en abril.

Han pasado muchos años de esos días. Hoy me sigue provocando una alegría infantil estar a pie de río o dentro del agua cuando comienza un chaparrón o una tormenta. Escuchar los goterones romper la superficie por millones es una forma de música y de magia, y al fondo, lejos o cerca, los truenos cargando el aire de ozono y aroma a tierra mojada es el mejor perfume.

Me han dicho en el cole que somos un noventa por ciento agua. Dice mi hijo el pescador. Será por eso que nos gusta mojarnos. Yo no digo nada. Será por eso. Recuerdo a mi padre mirando el cielo dejando que le cayera el diluvio. También mi memoria es de agua.

viernes

LATIDO



El río de la vida fluye muy cerca de los hombres, embellece cualquier horizonte, susurra palabras, descubre acertijos, regala tiempo, nombra los secretos que tanto buscamos. Sin embargo casi nadie se para a mirarlo. Lo encauzan, rompen con hormigón su música, lo ensucian y secan su alma. Solo los pescadores, embrujados tal vez desde la infancia, sueñan con el torrente prístino y caminan por la orilla o por dentro de sus aguas como si de verdad estar allí fuera el paraíso. Sólo los pescadores escuchan, miran, tocan el agua como si aquel líquido fuera un fósil antiguo y precioso, la sangre de un dios olvidado, la materia última de la que está hecha lo mejor de nuestro aliento.

El río de la vida nunca lo olvidamos, ni él se olvida de nosotros. De mil forma nos saluda y se alegra cuando regresamos a su orilla. De mil formas nos agradece que lo respetemos y que sólo dejemos en las piedras nuestras huellas de agua.

Escúchale, le digo al hijo pescador, cuando te sientas cansado, vencido o sólo, métete en al agua, en la corriente, y lanza tu seda entre los remolinos, camina siempre río arriba, siente como tu cuerpo reconoce la piedras y las sombras y a la boca regresa la sonrisa cuando una trucha muerde aquella efémera de acero, plumas y seda que fabricaste despacio una tarde de invierno.

Y el hijo pescador siente el latido del río, tan grande y crecido por la lluvia, en el agua y en su corazón.

miércoles

PLUMA, SEDA Y ACERO.



Leo el manuscrito de Astorga con el mismo interés con el que leo los montajes del blog de pacopescador, porque detrás de uno u otro mosquero late el mismo veneno misterioso, la misma artesanía, similar pasión secreta por fabricar o “adobar” un señuelo que engañe a las truchas. Muchos años, siglos ya, separan la letra manuscrita de uno de la página web de otro, pero si, con una máquina del tiempo maravillosa, pudiéramos juntarnos a hablar de pesca todos nosotros, la música y la letra de la conversación sería la misma.

Tal vez no sea necesaria ninguna máquina del tiempo porque las palabras, las del manuscrito, las de pacopescador, las de José Luis García González, las mías aquí, son esa máquina maravillosa. Con las palabras estamos cerca unos de otros descubriendo lo que sabemos y lo que no sabemos del arte de montar moscas, leer el río, sentirnos pescadores.

El hijo pescador me monta unas ninfas en las que mezcla pelo de liebre con dubbing naranja, y una hormigas muy sutiles y delgadas, con un pequeño indicador de picada rosa que en Laponia pescaron muy bien y que aprendió de Pablo Castro. Cuando dentro de unas semanas las ate al bajo de línea sentiré que anudo en ellas mucho saber antiguo y moderno, una larga historia que nos une a todos nosotros, desde muy lejos, por encima de siglos y vidas. Y aunque pesque solo, siento que voy conversando con mi hijo, con Pablo, con Paco, con José Luis, con Juan de Bergara, con todos los amigos de la tribu de los mosqueros andantes y en esa conversación, todas nuestras palabras se anudan despacio a la música del agua del torrente.

martes

AGUA LIMPIA


(ilustración de Kate di Leo)

Por fin me dicen que ya no sueltan mierda a ese río. Hay quienes piensan que los ríos son sumideros o canales de riego, un recurso inerte, un cauce sin mayor importancia. Esa arrogancia, esa estulticia, esa inconsciencia de tantos. Una vez pregunté: ¿qué es la vida?... y el Nobel contestó: agua. Dentro de miles de años no quedará de nosotros ni ruinas ni memoria y el río seguirá ahí.

Se lo cuento al hijo pescador con alegría porque a ese río le debo muchas truchas y mucha felicidad. Me sé cada rincón y cada piedra aunque hace ya muchos años que no pesco en sus riberas salvajes de robles selváticos y cicutas arborescentes. Era, es, una garganta bellísima, muy variada y cambiante. Entonces no tenía coche y me tocaba caminar de noche seis kilómetros con las botas altas puestas, en una oscuridad casi completa, hasta llegar a la primera cascada, aguardar el amanecer y comenzar a pescar ya todo el día.

No se si puede imaginar el hijo pescador esa sensación, esa emoción intensa durante el largo camino, rodeado de jaras altas y sombras, pero sin miedo a los mastines que me ladraban cerca ni a los fantasmas que aún se presienten en la adolescencia. Recuerdo algunas veces a una trucha enorme que se soltó del señuelo a mi pies y dio un salto en al agua antes de desaparecer.  Las truchas viven bien en el río de la memoria, de allí nunca se escapan y el agua de ese torrente siempre es limpia.


miércoles

PIEDRAS



Miras las piedras durísimas de granito puro, redondeadas y suaves gracias al agua de los siglos. Rodaron desde lo alto de Gredos atravesando diluvios y millones de veranos. Cuando tu amigo el geólogo comienza a describirte el paisaje en miles y miles de estaciones sientes que la vida del presente es nada, apenas una chispa. Y por eso lo es todo y pones tu voluntad y tus sentidos en saber vivir, en intentarlo.
Respetas y amas esas piedras que viste iguales toda tu vida, el agua que las ha ido puliendo, los seres que habitan este valle secreto. Sabes que tiene sentido ese animismo, esta forma de entender con la ciencia lo que hay detrás del paisaje y con el corazón lo que hay delante.

Juegas con el sedal y lanzas detrás de la gran piedra sumergida. ¿cuántos años has hecho el mismo lance?. Le cuentas al hijo pescador de dónde vienen los canchos que pisamos, porqué son ahora redondos y pulidos, y él también se pierde en imaginar tantos millones de días. Nos sentamos a almorzar sobre una piedra enorme, aún rugosa y cubierta de musgo seco y líquenes azules.

No le cuentas lo que ahora sabes. Que la vida es muy frágil, que mañana puede que tú ya no existas o que los muchos años que te queden por vivir seguirás bajando a la garganta a pescar truchas. No le cuentas cual es el sabor áspero y cobrizo de la tristeza o porqué lanzas siempre ahí, en ese hueco oscuro delante de la gran piedra. No hace falta. Tal vez él ya lo sepa o lo sueñe.

Y en ese instante de compartir pan y fuet, agua y queso, sentados sobre la alfombra suave de musgo, descansando del día, sentimos que todos esos miles de años construyeron este horizonte sólo para nosotros los pescadores. El resto de las gentes que se pierden por aquí no saben mirar las piedras, ni el agua, ni los helechos, entran y salen rápido del camino, intentan aprisionar en una foto todo esto pero saben saborear la lentitud sigilosa de las piedras, ni leer en el río donde se esconden las truchas y el tiempo largo, nuestro y verdadero. Porque estas piedras durísimas y nosotros, tan frágiles, somos polvo de estrellas, pero nosotros tenemos las palabras y la memoria, el saber caminar y sonreír.


Eso también lo sabe el hijo pescador o lo sueña.


martes

PRIMER DIA


(Pintura de Bern Sundell) 

Ya falta menos de un mes. Uno va contando los días que faltan para que se abra la temporada de truchas y siempre pasan muy lentos.

Ninguno de mis hermanos se pierde ese primer día de bajar todos juntos a una garganta con tan pocas truchas pero tan bella, en la que llevamos pescando ya más de treinta y cinco años. Y me asombra no haber olvidado esos días heladores y felices en los que subía con mi tío Ángel desde la presilla del Matón hasta las Tres Juntas. Muchos kilómetros de río y muchas horas intensas. Las caídas al agua, las truchas que se escapaban, la nutria sorprendida a pocos metros, en su siesta, el agotamiento feliz, aquel primer carrete bueno, el sonido del agua metiéndose en un lugar muy hondo del corazón y sobre todo el tiempo solar, primitivo, pleno, enteramente nuestro.

Me gusta, ese primer día. Intentar cruzar por el único punto de la corriente en la que esto es posible para lanzar con sigilo en el charco Negro. El hijo pescador aún no puede cruzar esa corriente. Yo mismo he tenido que recular alguna vez, cuando las aguas viene altas. Aquí la corriente es muy seria. Es importante aprender eso, a dar la vuelta, a recular, a desandar el camino del agua, a ser prudente. Es lo primero que le enseñé al hijo pescador.

Hoy siento los días como esa corriente fuerte y ancha que tantas veces he cruzado. ¿llegaré hasta la orilla?.

lunes

PRIMER LANCE



Mi hijo el pescador contempla como juegan las nutrias en el charco “La Nutria”. Comienza a amanecer. Los helechos intentan salir bajo la hierba helada por el invierno. Pasan a toda velocidad, río arriba, una pareja de patos salvajes. Un poco más adelante sale perezosa una garza real y dos jabalíes cruzan la tabla larga asustados tal vez por nuestro olor. Llegamos a la cabecera del charco del Puente Roto y soy más rápido que él, ya tengo la caña lista y los primeros lances son míos. Soy su padre pero no su nurse. 


Debe aprender que en la pesca estamos solos aunque vayamos pescando en armonía un charco tú, el siguiente yo. Que para pescar truchas hay que andarse listo y no fiarse uno ni de su padre. Eso vale sobre todo para estos torrentes de aguas fuertes, rápidas, broncas. No fiarse de ninguna piedra, ningún paso es seguro, no hay que saltar nunca porque te puedes romper la cabeza y ahogarte.

Al día siguiente volvemos a bajar a las Tres Juntas. Entre dos luces, se me lía el señuelo en una zarza del camino y el chaval se adelanta, hace los primeros lances, coge una trucha. Para pescar aquí hay que andarse listo y no fiarse uno ni de su hijo.

HUELLAS



Cada vez es más difícil encontrar torrentes de agua limpia, ríos libres a los que nadie a puesto una cárcel de hormigón, gargantas cristalinas en las que la vida fluye al ritmo natural de las estaciones.  En apariencia dicen que se cuidan los ríos, el medio ambiente, los ecosistemas pero casi es mejor que les dejen solos, que no les cuiden tanto porque enseguida, de tanto cuidarlos, convierten todo eso en un ”recurso natural” y lo llenan de presas, de hidroeléctricas, de acequias, de carriles, de merenderos… para sacar partido a ese recurso… y el río, el torrente, la garganta se convierte en otra cosa fea y triste.

Aquí tenemos la fortuna de tener muchas gargantas olvidadas que aún nadie convirtió en “recurso”. Los pescadores de truchas nos acercamos, entramos y salimos y de nuestro paso apenas quedan las huelas mojadas sobre los canchos.

El hijo pescador deja sus huellas aquí y el sol, al poco tiempo, las borra de las piedras. Pero hay otras huellas que permanecen dentro del agua aunque sean invisibles y cuando voy sólo a pescar las veo y las siento en los pasos naturales, en esa línea invisible que separa el lugar por donde se puede cruzar una corriente y el que no. Las huelas del hijo me indican muchas veces el camino mejor, el más feliz: aquí se cayó al agua, allá le picó una trucha, sobre esa piedra descansamos a almorzar…

Uno le quiso enseñar al hijo pescador sobre todo eso, que no quede ninguna huella de nuestro paso por el agua, que nada recuerde al río que estuvimos allí, que ser civilizados era eso, dejar huellas de agua sobre las piedras, huellas que borrará el sol y nada más. También huellas en la memoria de todo lo que amamos. Invisibles. Ciertas.

viernes

MEMORIA



(Fotografía de Francesc Luque)


Tras un día de pescar juntos, cuando el hijo pescador se aleja a su vida y uno se va también perdido en su ciudad y sus trabajos, me queda la mustiez de ver cómo los días se me deshacen entre los dedos, cómo la memoria se burla y me muestra todas esas horas y días de felicidad compartida en los ríos que en nada se parecen a la soledad de la lucha gris de hoy.

Pero compartir tiempo en el agua no es sólo estar juntos. Eso lo descubrí con mis hermanos pescadores hace ya muchos años. Compartir un río es compartir entero un trozo de mundo y es difícil que nada borre todos esos instantes de la memoria.

El hijo se aleja a su vida. Se alejará muchas veces y la distancia será tantos días muy grande... Luego, vendrá algunas veces desde sus confines a compartir con nosotros ese primer día de la temporada, ese amanecer de marzo en que el uno va saludando a las jaras, las nutrias, el musgo, los charcos, al sol  y a los canchos como si perteneciera a una primitiva religión animista.

Y cuando toco el agua por primera vez. Cuando lanzo lejos y todavía el sol no me calienta la espalda, miro al hijo pescador, tan mayor ya, tan hombre, metido en su faena, buscando en la corriente su secreto. Sin saber aún que el río que le rodea será la única patria que un día echará de menos. Sin saber todavía que la felicidad, escasa y perseguida muchas veces,  fuera tan fácil.

lunes

CAMBIOS


Queda tan poco del mundo de hace treinta años. Hasta yo ya soy otro. Sólo la respiración de mis ríos, el tacto de su piel, el olor del rocío en los brezos camino del cancho la Vená… es el mismo.

El hijo cambia, se hace hombre, descubre todos los secretos con asombro, comienza a tener en su vida otros entretenimientos y desafíos a parte de ir con su padre a pescar truchas. Da vértigo leer el periódico. Contemplamos las noticias de la TV perplejos, asustados e indignados ante tantos gangsters chuloputas que se sienten, sin embargo, refrendados por algunos votos de imbéciles, inconscientes o cómplices. Pero entonces nos vestimos con el hábito del pescador y bajamos al río a jugar un poco con la caña y la seda, a tocar el agua helada y a descubrir, también perplejos, asombrados, fascinados que este río por fortuna no cambia, que recuerdas sus piedras, sus trampas, sus vados, su paisaje de verdes y penumbras. Los recuerdas y los recuerda tu cuerpo casi con los ojos cerrados.

El hijo se hará pronto un hombre y comenzará a bajar sólo al río, en su coche, por su cuenta y descubrirá otros secretos diferentes, los suyos. Todo habrá cambiado, el mundo será de nuevo otro bien distinto. Sólo espero que no cambien los torrentes y las truchas, el sonido del agua, su limpieza, el tiempo suspendido, lejano, al margen del equilibrio de un pescador en medio de la corriente. Sólo espero que la vida dentro de ellos no se rompa ni tampoco la emoción larga, intensa y dulce del hijo cuando me cuente dónde y cómo vio el brillo de la trucha ese día.

martes

PACIENCIA


(pintura de Mark Sussino.
Yo nunca tuve paciencia, esa virtud que dicen del pescador. Los pescadores de truchas no tenemos paciencia, caminamos y caminamos ríos arriba esperando engañar la trucha en el siguiente charco o en el siguiente o en el siguiente. No tenemos paciencia, tenemos voluntad, orgullo, arrogancia infantil. Podemos estar el día entero sin tener ninguna picada y seguir ahí, al pie del río, con la corriente por la cintura imaginando una trucha enorme en esa zona oscura y profunda de la orilla contraria.
El hijo pescador me pregunta cuando pescará él una trucha grande como las que yo tengo la fortuna de engañar. No le digo cuando. Sólo le digo que tuvieron que pasar treinta años pescando en este mismo río para lograr coger la trucha más grande de todas. Treinta años. En este río no hay muchas truchas grandes.
Sin embargo yo sé que él la cogerá cualquier día. Es mucho mejor pescador que yo. Pero eso no se lo digo, tiene que seguir pensando que él está aprendiendo y yo ya soy un maestro. Luego, pasarán treinta años y descubrirá que somos siempre aprendices de pescador.

jueves

APRENDER



Por fin la lluvia  ha limpiado los cauces de mis gargantas y baja el agua limpísima hasta las Tres Juntas. El musgo se despereza, las amanitas y los boletus comienzan a salir y bajo las piedras se esconden mis truchas acechando pececillos y larvas de libélula.

Muchas veces dudo qué puedo enseñar a mi hijo el pescador. Tengo la certeza de que sólo los ríos pueden ser los maestros y no las palabras de un padre, ni su experiencia, ni sus sueños. Muchas veces imagino al hijo pescador, con diez años más, acercándose ya sin mi a estos ríos, muy de mañana, sintiendo que sus pasos entre los helechos son los primeros del mundo y que el aire, frío y transparente ha nacido esa mañana de las hojas del bosque sólo para él. Me es fácil imaginarle metido en el agua, atravesando con prudencia y valentía los lugares difíciles y pescado truchas grandes en los mismos pozos profundos en los que yo las pescaba con veinte años menos. Es verdad, poco puedo enseñar a mi hijo el pescador de los ríos y de la vida. Pero al menos, y eso es lo que de verdad me hace feliz, le acompaño ahora a pescar, le ayudo a cruzar cuando las gargantas están broncas en marzo y sonrío junto a él cuando saca un gran pez o cuando nos sentamos muy cansados sobre la roca grande del charco La Vená a tomar el bocadillo y a bebernos el tiempo.

En invierno se aman las truchas, se burlan del frío y de los bosques dormidos, y tras el desove juegan a ser más grandes y más sabias. En invierno pienso mucho en mi hijo el pescador, en esos días tan brillantes de finales de junio en los que mis ríos son de verdad un paraíso. Caminamos despacio, concentrados en el sedal y el señuelo. En días así se aprenden muchos secretos importantes para saber vivir luego muchos inviernos, muchos años, muchos silencios.

No deseo casi nada, no tengo ambiciones. 

Pero desearía pescar con él dentro de diez años. Ese es de verdad casi mi único sueño.

martes

SECRETOS DE TIEMPO



Pescar nos limpia el tiempo. Deshace del tiempo su pesadez, su derroche, su desgaste, su prisa productiva. Creemos siempre que nos queda tiempo y aplazamos a veces lo importante. Un beso, un día de pesca, una palabra de cariño, una visita a un amigo o amiga, un proyecto loco, un sueño. Una pasión.
Pero en el río nos damos cuenta de que el tiempo sólo es un poco de presente.
Intento enseñar a mi hijo el pescador que no hay que aplazar los sueños sino luchar por ellos.
Intenso enseñar a mi hijo el pescador que los ríos tienen muchos secretos felices que hay que saber escuchar.

lunes

SABIO




Mi hijo el pescador cree igual que un pez, año a año se vuelve fuerte y sabio. Le gusta nadar contracorriente y sumergirse en los más profundo de los ríos. Los ríos parecen aguardar con impaciencia las primeras lluvias del otoño para crecer también y limpiar de sus riberas las huellas humanas. Me gusta, cuando pesco, no dejar ni rastro de mi paso por la orilla, ni siquiera unas pisadas mojadas o una helecho roto. Nada del mundo es nuestro, ni los peces, ni el aire, ni la tierra. Me gusta mirar atrás, no sólo para evitar enganchar la mosca en las zarzas de la orilla sino para sentir que no rompo la belleza del torrente que me abriga.