A la derecha la solana, al izquierda la umbría. Acariciamos alguna
trucha y sobre todo este tiempo hoy por fin soberano, libre y bien
compartido con mi hijo el pescador y otros amigos. Picos de más de dos
mil metros separan estos dos peces. Un gran macizo de granito que para
las nubes atlánticas y convierte la vertiente sur en un pequeño y
discreto paraíso en el que se dan muy bien los cerezos, los naranjos y
otros árboles casi tropicales. Pero hace ya algún tiempo, dicen
que más de trescientos cincuenta millones de años, todo esto era plano y
estaba cubierto por el agua del mar de Thetys. Luego la tierra se plegó
como una servilleta empujada por dos manos y magmas fundidos,
cristalizados a gran profundidad, formaron durísimas rocas de granito
que se elevaron hasta inventar estas imponentes montañas. Dicen que los
Vettones las denominaron “Gredos” o puede que su bautizo fuera romano,
de “cretum”, crecidos o encumbrados, porque sus picos suben con gran
inclinación hasta el cielo. Hacia el norte chorrea de las nieves el río
Tormes que llegará hasta el Duero, hacia el sur vierte el pequeño
torrente Arenal que desaparecerá en el Tiétar. Entre medias un
gigantesco paredón de roca maciza, algo de nieve y hielo y dos climas
distintos. En el Arenal la primavera ya ha explotado, en el Tormes el
invierno aún toca las plantas. Hemos subido a los picos de Gredos muchas
veces pero sobre todo nos gusta caminar por las orillas salvajes de
todos sus torrentes, mojarnos con sus agua, sentir que todo esto siempre
fue mi casa aunque nuestra fragilidad no pueda compararse con todos
estos cantos rodados de granito pulido que miles de días de lluvias y
crecidas embellecieron para nadie. Vuelven las truchas al agua y los
pescadores vuelven a su baile precario saltando entre las piedras. Los
pitagóricos asociaban la belleza a las matemáticas, la simetría, cierta
armonía invisible o visible que fabrican los números cuando se mezclan
con las cosas del mundo. Pero también hay belleza en el caos, en todo
este paisaje en el que nada se repite y cada roca es única y rara. En
contraste, las truchas sí saben hacer ecuaciones y gráciles geometrías,
construyen en su librea manchada los nombres de todo el infinito de su
estirpe, luego nadan muy deprisa, se esconden otra vez en la sombra. La
belleza del agua es otra cosa distinta. Hay algoritmos que fabrican su
mágico fluido para que en una película parezca de verdad un paisaje con
mar, una tormenta furiosa o un río desbordado, pero el agua de verdad no
son ceros y unos, y puede tocarte, está helada, tiene aún memoria de
nieve. El agua de verdad puede beberse y gracias a ella los pescadores y
las truchas seguimos en la vida, el otro agua es solo ficción,
artificio, juego, nada.
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