martes

MOSTAZA


Pintura de Colin Woolf
Cuando pesco me encuentro muchas veces con trozos de memoria, son como retazos de algas que se quedan en las zonas estancadas de la orilla que se llenaron de agua con la crecida y aguardan ahí hasta que el sol las seca y las convierte en costra. “sólo la memoria da valor a la vida. Al final de la vida todos somos igual de pobres, no tenemos entre las manos más que ese frágil e invisible tesoro, creo que es lo único que nos queda de un mundo inmenso ya desaparecido”. Me lo susurró al oído. Yo entonces no lo entendía. Ella ya había estado en Londres y en París varias veces y se había pasado un curso entero estudiando en Estados Unidos, en una pequeña ciudad de California cuyo nombre ya no recuerdo. Una amiga común me aseguraba que había escrito una novela de más de quinientas páginas mucho mejor que “los hermosos vencidos” de Cohen. Yo apenas había ido de vacaciones, año tras año, a un pueblo del levante más alguna escapada breve a ciudades cercanas. Intenté al menos emular su mítica novela pero no me salió más que una ridícula y presuntuosa historia de menos de ochenta holandesas que escribí de una sentada durante las tediosas mañanas de agosto que trabajé de socorrista de piscina para ganar algún dinero.

Todo aquel enorme amor que sentía entonces la memoria lo ha convertido en un grano de mostaza. Quizá menos. Más de treinta años después descubrí que esa grandilocuente frase susurrada en mi oído el día de nuestro primer beso no era suya. La encontré hace unos días, para mi sorpresa, en un libro recién traducido. Me asombró que en ese grano de mostaza cupiese también un recuerdo tan minucioso. Busqué su teléfono en la guía, hubo suerte. La llamé. Llevábamos treinta años sin hablarnos. Le conté el descubrimiento en el libro de Salter. Se reía. Me dijo que también se acordaba. Teníamos dos granos de mostaza. Ella no se había convertido en la gran escritora que todos creímos, era ama de casa. Yo tampoco era nada. Quedamos en vernos en el lugar del beso. Así lo llamó ella. En esa zona del río, antes tan solitaria, hoy había un pequeño restaurante y una zona represada para atraer bañistas. Pedimos un arroz, una botella de vino. Apenas había casi nadie. Era fin de verano. El famoso día de los besos yo había bajado muy temprano a pescar. Ya de vuelta casi me tropecé con ella y dos de sus amigas, tomando el sol desnudas en un pequeño triángulo arenoso de la orilla. Había tenido una mañana afortunada. Llevaba el cupo de truchas y todas eran muy hermosas, o a mi me lo parecían, acunadas en el bodegón de helechos de mi cesta. Pero estaba cansado, sudoroso, apestando a pescado, avergonzado por mirarla a los ojos y no poder dejar de ver a la vez sus preciosas tetas. Dejé en la arena la caña, las botas, el cesto al cuidado de sus dos amigas y nos fuimos caminando y hablando hasta la poza grande de más arriba. Me quité toda la ropa con pudor y me tiré a nadar. El agua estaba muy fría. Ella se quedó sentada en una de las piedras de la orilla. En mitad de la corriente se me había escapado muy temprano una trucha muy buena. Imaginé, mientras flotaba en el agua y me dejaba llevar por la corriente, que debía de estar allí abajo, escondida, mirándome. Volví junto a ella. Dijo, me gusta que seas pescador. Muchos años después allí estábamos. Me preguntó si seguía pescando, si seguía escribiendo. Dentro del diminuto grano de mostaza recordaba con detalle su forma de besar. Se lo dije. Se levantó. Nos besamos. Ahora besaba distinto. Nadie se parece a como es de joven. Con los años apenas nos quedan unos pocos granos de mostaza que no sirven para aderezar nada. No nos contamos nada. Con dieciocho los cuerpos son torpes. Hoy creo que también son muy sabios y libres, como nunca serán después. Recuerdo bien el sol en su piel mojada, como si ese brillo viniese de dentro.

Ahora voy poco a este río, pero siempre que llego a la poza me acuerdo del truchón que no logré atrapar y de su cuerpo, sus ojos cerrados mientras el sol la secaba el frío del último baño. Ambas siguen ahí, en alguna parte. El agua está igual, las rocas no han cambiado, continúa una brisa muy tenue rozando las hojas de los sauces, el calor del sol me atraviesa la ropa y me toca por dentro reviviendo una euforia primitiva y agradable. La trucha aquel día apenas tocó mi señuelo. Se retorció, pude ver su librea oscura y su tamaño. Se fue. Se escondió en lo más hondo del río y de mi memoria. También ella. Tenía unos labios blandos y húmedos, muy sabrosos de besar, una lengua pequeña y dulce, el pelo negro muy rizado, las manos sobre mi cuerpo, la voz siempre ronca.

A tenido que pasar demasiado tiempo para descubrir el sentido de la frase que me dijo al oído: sólo la memoria da valor a la vida. La trucha sigue ahí. Estoy seguro. Por eso vuelvo al río cada año. También ella.


Foto de Daniel Sourhard

miércoles

METRO



Imagina el privilegio. Elegir un pequeño tramo de río, un tramo bien pequeño, cerca de él un lugar cómodo desde el que mirar, una piedra grande con sus líquenes y su musgo por ejemplo. Después, durante un año, observar lo que ocurre allí día tras día, en el agua y fuera de ella, con ojos de naturalista inquieto del siglo XIX, de poeta vagabundo del XX, de ecobiólogo del XXI. Imagina el privilegio de saber luego pasar a palabras escritas lo que has visto, lo que sabes, lo que has sentido allí, sin moverte de ese lugar pequeño y, en apariencia, tan limitado.

Hay quienes piensan que para saber de ecología hay que hacer intrépidos viajes al Amazonas o a los últimos bosques boreales, estudiar los arrecifes de coral australiano, las selvas donde se esconden los últimos gorilas de montaña o los manantiales ácidos donde resisten las bacterias más raras y antiguas del mundo. Pero David George Haskell nos demuestra que no es así con una claridad, amenidad, belleza y precisión que se encuentra en bien pocos autores científicos.

Él apenas escoge unos palmos de bosque, un cuadrado de un metro por un metro, su mándala, y observa durante un año lo que ocurre allí mismo y en sus alrededores.  Su inclasificable ensayo fue finalista del Pulitzer en el año 2012, el libro “en un metro de bosque” (Turner Noema 2014) debería estar en el menú de todos los estudiantes de biología, pero también en el de cualquier pescador curioso que no sólo se acerca a los ríos para lanzar su seda y tocar peces.

Hay libros que uno admira y de los que uno aprende secretos de la vida maravillosos. Puede ser una novela, un libro de poemas, un ensayo de arqueología, historia, sociología, biología o de cualquier cosa, porque ese libro trasciende la materia que lo limita en apariencia y nos toca lugares de la inteligencia, la memoria y la curiosidad que nos transforman como lectores y como personas. Pero unos pocos libros, además de todo esto, los sentimos nuestros, durante su lectura, de una forma misteriosa, descubrimos que también los hemos escrito nosotros. Este es uno de ellos.

Imagina el privilegio, durante un año, de poder observar sin prisas un pequeño tramo de un río que amas con ojos de naturalista inquieto del siglo XIX, de poeta vagabundo del XX, de ecobiólogo del XXI, de pescador curioso. Lo que siempre quisiste ser. Tal vez, sin tu saberlo, lo que siempre has sido.


martes

COMPLICIDAD II


Nunca aspiré o esperé que el hijo pescador se me pareciera en algo. Ya carga con su medio saco de genética, el resto es cosa suya y si es distinto o muy distinto, pues mejor. Su personalidad, su mundo por venir, sus experiencias, sus secretos, sus dudas, sus pasiones son diferentes a las mías y eso me gusta.

Nos une sin embargo la complicidad que dan los ríos y los peces. La complicidad entre un padre y un hijo pescador es una preciosa fortuna que no tiene que ver con la genética y sus dramas, ni con la emulación y sus impuestos, casi es azar o suerte.

Escribo aquí las mismas palabras que he escrito esta mañana pensando en el amor profano y sus misterios, de los que el hijo pescador va aprendiendo la música a su modo:

La complicidad se descifra apenas en un gesto, una palabra común, una mirada, un saber que sí. Poca cosa más es el amor que complicidad y cuerpos mutuamente hambrientos. Lo demás es literatura, toneladas de mala, unas gotas de buena. Complicidad es la única palabra que resiste la lupa y la balanza. Las demás son chatarra: afinidad, fidelidad, convivencia, compañía, familia, puf… Si buscas un afín vete a una secta, si quieres alguien fiel cómprate un perro, si necesitas borrar la soledad con convivencia no te alejes de la tribu, si ansías compañía visita siempre un bar o una parroquia. Pero si eres cómplice de quien amas, necesitas poco más, puedes ser distinto, infiel, solitario a veces y a ratos muchedumbre. El amor de los cómplices es de seda y acero, soporta el duro sol el tiempo y el frío de la historia.

La complicidad con el hijo pescador participa también de estos sedales. Somos distintos pero nos une el río, la pasión por pescar. La complicidad que a veces tienen dos pescadores que caminan por orillas diferentes del torrente, cada uno a su aire, a su ritmo y sin embargo juntos.

ESCRIBIR



Ernest Hemingway tardó quince años en dar forma al cuento “el viejo y el mar”.

Antes había escrito la simplona y rosa novela “adiós a las armas”, la chorrada de “fiesta”, la llena de mala leche “tener o no tener”, la venenosa obra de teatro “la quinta columna” o la farragosa y estereotipada “por quién doblan las campanas”, además de muchos cuentos, la mayoría muy malos, apenas uno o dos buenos. De aquella panda prefiero la escritura de Dos Passos, Faulkner, Steinbeck o sobre todo a Scott Fitzgerald.  Pero “el viejo y el mar” es otra cosa. Ese cuento largo vale mucho más que toda la obra de Hemingway de antes y de después. Sólo un apasionado pescador además de un gran narrador podía escribir esa historia. Sólo un apasionado escritor además de buen pescador podría haber invertido quince años en dar forma a ese cuento tan sencillo y profundo, tan claro y potente cuyos únicos protagonistas son un pescador, un pez y el mar.

A todas las novelas de Hemingway les pesa el paso del tiempo, hoy a todas se les ven los cartones y las costuras salvo a “el viejo y el mar”. Le digo al mi hijo el pescador que merece la pena, una de estas tardes de vacaciones, coger el libro, una buena sombra, un gran vaso de granizada de limón y volver a leer.

Mejor si estás junto al mar.

Coda: Me gusta mucho el cuento “el gran río Two-Hearted”, son apenas nueve páginas minimalistas en las que el lector va rellenando con mucha facilidad todo lo que las palabras omiten. Si además el lector es un pescador entenderá mucho más lo que no está escrito y permanece escondido para los no pescadores.


RODABALLO


Al hermoso rodaballo tuve la fortuna de pescarlo esta mañana en una pequeña bahía metida en la rompiente. Imposible viajar sin una caña y no buscar un rato para lanzar el señuelo al agua. Las manzanas las he robado del huerto del vecino. Parece abandonado, tiene el murete caído y sobre las pierdas rotas y desmoronadas ha crecido ya el musgo. Tras pelar las reinetas saco con la mandolina unas hojitas casi transparentes. Del rodaballo he cortado los filetes con el cuchillo finlandés y he partido su carne traslúcida en tacos del tamaño de un bocado.

Siento que se ha perdido el placer de contemplar. Sin sentir el tiempo. Sin esperar nada. Contemplar este mar, la forma de pequeño caracol de un ombligo, la piel rugosa del rodaballo, la madera de abedul del mango de mi cuchillo, la resistencia tranquila de los viejos manzanos tras el muro. Envuelvo cada dado de pescado, tras salpicar de sal y de pimienta, con dos o tres lonchas de reineta que he mantenido en agua con zumo de limón para que no se oxiden. Sujeto los pequeños paquetes con un palillo y los horneo a fuego fuerte cinco minutos.

Me gusta mirar el Sauternes al trasluz cuando el día está a ratos cubierto y a ratos el sol rompe las nubes. Cerrar luego los ojos. Oler su perfume extraño. La boca recuerda. Tardo un poco en tragar. Descubro que en los dados de pescado está encerrado el mar y el otoño. El mordisco es consistente pero las fibras del pez se deshacen muy rápido. Casi me da pena limpiar con el vino ese sabor untuoso que han sabido guardar tan bien las hojas traslúcidas de la manzana. Vuelvo al vino. Bebo despacio. Está frío. El corazón de cada bocado de pescado sigue caliente.

El rodaballo me lo dio mi habilidad de pescador y el azar, las reinetas estaban allí para cogerlas. El vino fue un obsequio de amistad guardado muchos meses. No ha costado dinero este festín, pero su precio es alto. He tenido que pagar con muchos días. Siempre demasiados. Tal vez por eso aprecio mucho más cada sabor. Luego he vuelto al mar con la caña de mosca para lanzar sobre la espuma. Tal vez burlar una lubina. Tras hacer el nudo me quedo mucho rato mirando la rompiente. La tarde no se acaba. No tengo prisa. Me demoro en ponerme en pie y sacar línea. No quiero perder nunca el placer de contemplar.

jueves

HIPÉRBOLE



Se dice que los pescadores siempre exageran sus capturas, sus lances, sus éxitos, el tamaño del pez, su peso, la dificultad de la captura. A los ojos del pescador todo es grande, extraordinario, sorprendente.  Pero no porque quieran mentir o porque necesiten vivir en la hipérbole o porque quieran presumir de su habilidad o su suerte.

La razón de este asombro permanente, de considerar cada suceso que vive a pie de agua como algo extraordinario y de que los peces que toca siempre sean más grandes que lo que el peso digital o el sistema métrico marcan es que sus ojos no perdieron el brillo de la infancia, su mirada sigue siendo la mirada del niño que lo ve todo muy grande, enorme, inmenso…

Esa forma de mirar comienza a perderse al filo de la adolescencia, cuando el cuerpo crece y en paralelo va disminuyendo el tamaño de todo, de los héroes y las aventuras, de los sueños y los deseos, de los ríos, los viajes, los padres… Pero no en el pescador y no sabría explicar hoy porqué. Es cierto que para los pescadores también el mundo, las ciudades, las ideas, los logros y también los fracasos se van haciendo pequeños al hacernos adultos, pero no lo que vive en los río o la enorme belleza que envuelve a los torrentes, ni el tamaño y la fuerza de los peces que toca, ni la emoción de esta nueva picada. 

No sé porqué pero eso no lo perdemos. Miro el agua y los peces igual que cuando tenía doce años.


miércoles

ENCINA



Volvió al recodo del pantano. Entraba en él un pequeño arroyo emboscado entre espinos y zarzas. Había caminado mucho rato por la orilla envuelto en esa soledad tan real que da un horizonte de agua tan grande y quieto. En ese recodo se apostaban a comer los barbos más grandes. Había conducido varias horas cuando el sol aún no se había asomado para estar allí en las primeras horas de la mañana. Sacó la línea y ató el señuelo nervioso, con prisas, tenso, inquieto. De los primeros lances dependía el éxito o el fracaso de aquella nueva aventura. Nada le gustaba más que sentir esa primera carrera, imparable, del pez huyendo hacia el confín del fondo, el sonido del freno, la comba de la caña, los dedos tensando la línea con la presión justa.

Estaba ya a veinte metros, quince, doce. Pisaba con mucho cuidado las piedras menudas y sueltas de la orilla, de cuarzo puro, que a veces chirriaban como gorces oxidados de un castillo invisible. Había vuelto allí muchas veces, todos los años, muchos años. Tantas veces desarmado por el fracaso de la línea flácida y el terminal roto como dichoso por el éxito de un gran barbo entre los dedos. Vivir también era eso, el sabor prolongado de esa desolación, la breve dulzura del logro. Vivir era, sobre todo, estar allí, con la caña en las manos, nervioso, acechando, cuidando ese único lance positivo.

Ya de vuelta, el sol de Junio comenzaba a calentarle la espalda con fuerza. Recordó, con sorpresa, el tacto de unas piernas cierta mañana de Junio junto al mar. Luego recordó, sin saber porqué, la sonrisa de su padre jugando con él en la alfombra. Unas palabras leídas en un libro muy viejo de Sexton mientras caminaba sin norte por Nueva York. La sensación de libertad de una noche de fiesta, cerveza y amigos al filo de los veinte. La sorpresa del hijo el día en que tocó las escamas de su primer pez palpitante. El primer día que se acercó a este remoto recodo.  La memoria es extraña y poco gobernable.

Se sentó bajo una encina grande, enorme. La sombra era fresca y la brisa llegaba desde el agua rizando su espejo. La hierba rala, aún verde, cubría toda la dehesa. Aquel árbol debía de tener ciento cincuenta o doscientos años, tal vez mucho más. En otoño le gustaba coger bellotas de encina y de roble, hacerlas germinar y luego plantarlas, no por militancia ecológica sino por el asombro que le producía contemplar aquel milagro. Le gustaba imaginar como había cambiado el horizonte de aquellos grandes árboles a lo largo de los años y la historia nimia de los hombres corriendo rápida junto a ellos. Como la de él hoy. 

Mañana salía su libro de papel, fabricado con los músculos de los árboles. No escribía por militancia creativa sino por el asombro que le producía contemplar aquel milagro de alejarse de todas esas palabras, de pronto ajenas, distintas. Le gustaba imaginar de nuevo, como si fuera un lector extraño a cada relato, lo que no estaba escrito y sin embargo podía imaginarse en la sombra del fin de cada historia. Como la de él hoy.



DOBLETE



Pintura rupestre. Cueva de las Piletas
El tiempo se detiene. Es una certeza que el sol se ha parado justo antes de esconderse esa tarde. La enorme cascada de la poza los silencia y el agua es profunda, fría y más transparente que nunca. Ha subido una trucha a su ninfa y no ha caído en la trampa, pero un instante después otra trucha más grande que acechaba detrás de un gran bolo de granito sumergido ha mordido el señuelo de N. Fue en ese instante justo cuando el sol se detuvo a mirar esa pequeña aventura que pasaba en el agua de aquella garganta remota llena de agua de nieve. La trucha se resiste, nada al fondo, pelea duro, al pasar por donde tocó la primera, aparece de no se sabe dónde y se clava en la otra ninfa. Doblete. Disfruta uno de los pescadores del raro espectáculo mientras el otro sufre la tensión de la sorpresa, el riesgo de romper el hilo, el milagro de encestar uno tras otro pez en la sacadera. Y mientras el pescador espectador saborea ese pozo de tiempo otra trucha se clava en su caña. Y luego dos más que se escapan. Nunca truchas grandes pero si peleonas, con músculos entrenados en torrentes perpetuos.

Después el sol ha vuelto a su camino, ajeno de nuevo a los lances diminutos y extraños de los hombres. Pero los dos pescadores han sentido lo mismo, esa quietud total, esa gracia en el aire de la tarde, la alegría infantil del raro lance terminado con éxito, la luz especial que ha convertido la poza en un lugar que se va a grabar a fuego en sus memoria por muchos años.

Han sido tres días de pescar de sol a sol en lugares distintos, difíciles, broncos y al final ha quedado ese doblete de truchas como un remate perfecto. En otro tiempo los pescadores hubieran grabado en la cueva la silueta de los peces con azogue y con grasa para luego rememorar muchas veces aquel instante del sol detenido. Y eso hago de alguna forma aquí con palabras.


LESTRIGONES Y CÍCLOPES


(Fotografía de Francesc Luque) 
Muchos días pescando solo, sin la compañía de mi hijo el pescador. Él va creciendo metido en el vértigo de su vida, sus preocupaciones, sus descubrimientos, sus estudios, con poco tiempo ahora para bajar sin prisas al río. Y a uno le gustan sus dudas y sus inquietudes, pero sobre todo que esté sano y pueda descubrir y aprender las herramientas y habilidades que le harán un tipo independiente, prudente y feliz algunas pocas veces. Lo demás es siempre secundario. El camino que tiene es largo, lleno de lestrigones y cíclopes, como diría Kavafis.

Hay muchas cosas que parecen muy importantes y luego importan casi nada. La difícil y sutil lucha entre el ser y el tener o entre el ser y el parecer, tan socrático y ahora puesto de moda para analizar nuestro mundo desarrollado por el filósofo Byung-Chul Han. Tener todo lo que puede necesitar un pescador, parecer en el río un verdadero y experto pescador. O serlo, muchas veces no teniendo el mejor equipo o la mejor estampa o poca suerte. Pasa en el río y en la ciudad.

Los hijos pescadores se siente muchas veces perdidos en su vida, no saben ni hacia dónde, ni porqué, comienzan a ver o sufrir los azares y pequeñas injusticias, a atisbar las ortigas y los resbalones en el agua que implica caminar, arriesgarse, esforzarse por un logro muchas veces escurridizo, invisible y sin gracia. A ti te queda entonces mostrarle que tu también te mojaste, te caiste, te arañaste con zarzas y ortigas, y que todo eso es parte de vivir al igual que las pocas veces que tocas un gran pez o una pequeña alegría. Poco más puedes hacer salvo echarle de menos a pie de río o recitarle ese verso que te gusta del viejo Konstantino.

Pero no te gusta utilizar la manida metáfora del río para hablar de los azares de crecer y aprender a vivir. Pescar es sólo pescar y en el agua sólo puedes “ser” pescador, “tener” o “parecer” no sirven de mucho, de nada. Y sólo se puede ser pescador si pones en ello pasión, ganas, energía, esfuerzo, inteligencia sin que nadie te lo pague o te lo pida o te lo admire. Eso si, como diría Kavafis, desea o busca o: “Pide que el camino sea largo. Que muchas sean las mañanas de verano  en que llegues -¡con qué placer y alegría!- a ríos nunca vistos antes”. 

lunes

SELVA



Hoy hemos pescado en el “coto selvático”. Nos ha faltado en el equipo el machete afilado para ir abriendo hueco. La verdad es que este bosque de ribera es muy parecido a los que envuelven los igarapés del Amazonas con el único alivio de que aquí hay pocos bichos que piquen y en lugar de calor humedísimo nos envuelve el frescor de la mañana. Tampoco aquí hay rayas venenosas ni pirañitas, sólo truchas salvajes. Pero tenemos lianas de zarzas secas y verdes, cicutas de dos metros, ortigas por todas partes, ramajos y áboles caídos sobre el agua aquí y allá y huecos ocultos por la maleza donde meter el pie y besar el suelo. Sin embargo no encanta el lugar. Aprendimos a pescar truchas aquí, a besar el suelo y probar que se siente cuando se te mete en las botas su agua helada. Vinimos muchas veces de niños y de adolescentes en un tiempo que hoy nos parece, con asombro, muy remoto.

Tocamos muchas truchas, yo acaricié alguna ortiga y V. se cayó un par de veces sin llegar otra cosa al agua que la risa. La mañana era fresca y no nos tocó el sol porque el bosque se hace aquí una  bóveda impenetrable sobre el agua. Los peces son oscuros, preciosos, rabiosos, están fuertes y son glotones,  entran en el fondo a unas ninfas grandes que no atarías en ningún otro sitio. Pescar aquí a seca es solo para artistas virtuosos o masoquistas recalcitrantes.

Luego hicimos a media mañana el sagrado descanso de las cervezas, los callos, el cochinillo frito con patatas y un puñado de riquísimas cerezas de descarte por estar demasiado en sazón que nos regaló la mesonera. Nos acordamos mucho, claro, de los que ya no pescan con nosotros. Ellos nos enseñaron a disfrutar este lugar difícil y secreto. Creo que es lo más dificil de casi todo, aprender a disfrutar los pequeños placeres de la vida que al final se convierten en grandes.

Sólo puse la seca en una tablita. Tal vez fue amor a primera vista o sólo el azar que se posase aquí el amigo. Hizo en mi caña su parada de descanso esta mañana fresca cuando aún el sol no había calentado su cuerpo. Luego salió volando, moviendo las alas con una lentitud inverosímil, parecía que se paraba flotando, así me sentí yo, también. 


miércoles

"F" de .........



Los sociólogos nos hemos pasado muchos años palabreando los límites y distinciones entre naturaleza y cultura, sociedad y biología, historia y memoria, libertad y ley, ciencia y religión, ideología y técnica, cuerpo y alma, ahora mente, cerebro, redes neuronales… Nos gusta la numerería y la palabrería para defender esto y lo otro, no podemos estarnos quietos o callados. Tal vez por eso el pescador vuelve una y otra vez al río para comprobar que los límites son muchas veces fábula, retórica o ruido.

El pescador no quiere caer aquí en la sosa placidez de Thoreau, ni en la diarreica simplicidad de Paulo Coelho, ni en la brillante bilis de Cioran, ni en la aburrida sensatez de Chomsky. Quisiera dejar a un lado las palabras, o lo que las palabras tienen de artificio y volver, gracias a ellas, a ese instante en el que el barbo se acerca a la mosquita negra, la absorbe, se da la vuelta y se pone a correr corriente arriba y él detrás, también corriendo, en plan cien metros lisos, pero con pedruscos, malezas, cicutas florecidas y zarzas amenizando los saltos. Luego sonríe, no hay nadie, sólo él y el pez. Saca la compacta, programa el disparo automático. En la foto no se ve nada, claro. Pero el pescador descubre muchas cosas cuando hoy la mira. La luz que nació en el sol a ciento cincuenta millones de kilómetros entre miles de explosiones termonucleares le acarica la nuca, el agua que llegó hasta allí en meteoritos de hielo ahora la respira el barbo y refresca sus pies. Pero aquí no ve eso. Sólo ve una palabra escrita de otra forma, en forma de silueta que funde hombre y pez. Pero no quiere escribirla. 

viernes

LÍRICA



Cuántas veces escuchaste este diálogo de mala película doblada. En cuántos lugares. De cuántos labios.

- ¿Te vas?
- Si, me voy a pescar.
- ¿A estas horas? No sé qué misterio tiene para tí eso de la pesca.
- Yo tampoco. Nos vemos.
- ...(mohín de disgusto)


No hay nada peor que cotillear en el face las fotos de los amigos remotos, de los amores lejanos y llevarte el bofetón de la natural decadencia, las calvas, las canas, las ojeras permanentes, las gorduras, la belleza perdida que ya no encuentras y casi no recuerdas, tampoco en tí mismo. Resacoso, me bajo de la cama, caigo por el suelo y me voy arrastrando a cuatro patas hasta el baño. Lleno la bañera con el agua a punto de ebullición, echo una bomba de fresa, un chorrón de aceite de menta y me meto dentro a ver si se me disuelve el engrudo mental, las telarañas que me han crecido bajo los ojos y la tristeza inmensa de la mañana. Suena en el Spoti la voz de Germán: el azul del mar inunda mis ojos,/ el aroma de las flores me envuelve,/ contra las rocas se estrellan mis enojos/ y así toda esperanza me devuelve. / Malos tiempos para la lírica. Casi todos los amigos adolescentes que pescaban entonces, que compartían conmigo madrugones y ríos, ya no pescan.

Mientras todo se va deshaciendo menos esta resacosa tristeza, recuerdo como si fuera ayer esta música sonando por primera vez y tu desperezándote a las once de la mañana y alargando la mano para buscar un cigarrillo que te quite el sabor amargo de una noche de excesos. Entonces todos fumabais menos yo, pero me gustaba, que cosas, el sabor a tabaco en tu boca de fresa.  Trasteaba en tu cocina con la cafetera vieja, exprimía el zumo de dos kilos de mandarinas e intentaba resucitar las sobras de bacalao al pil pil que te había guisado antes de ayer, el día que nos habíamos conocido en el sentido bíblico, por primera vez, tras haber compartido algunas noches de licores y achuchones en el Elígeme. Desayunamos el pilpil reconstruido, el café bien cargado y los dos grandes vasos de zumo de mandarina y descubrimos que aquel era el mejor desayuno contra cualquier resaca. Te estaba explicando despacio los pasos tan sencillos que tiene hacer emulsionar la gelatina del bacalao con el aceite templado cuando comenzaste a tararear “malos tiempos” y a reírte y a besarme los labios brillantes de aceite y ajos fritos.

No entendías que renegase del pueblo y que, sin embargo, muchos sábados y no pocos domingos volviera a sus ríos tras las truchas. Había huido del pueblo, mi hogar era Madrid, el Elígeme, la Vía Láctea, el Barbieri, el Avión, el Comercial, la Princesita, el Casapueblo, la calle, pero volvía a la montaña, a sus torrentes con los ojos brillantes a pesar de las resacas y las sirenas urbanas... En aquel tiempo la noche se adobaba con cubatas de todos los colores, sobre todo de güisqui y de ron, acompañados con la pastosa cocacola y otras melazas infames. La movida y postmovida imponía además otros excesos venenosos, polvitos blancos, elixires cáusticos, gotitas para soñar y santamarías de todos los orígenes.  Eran tiempos de excesos, de perseguir sin interrupción lo sublime, de creer que en la noche boca arriba todo era posible. Los cubatas, los polvos, las pastillas, el humo radioactivo… llevaban a descubrir extrañas compañeras de cama cuando el sol del domingo rozada el medio día. Supongo que yo era entonces “el raro”, aunque no llevas el pelo teñido de azul,  por ser capaz de hacerme doscientos o trescientos kilómetros de ruta para acabar en un río con una caña en la mano. Nunca explicaba gran cosa. Tan sólo decía: “me voy a pescar, nos vemos”. Y Madrid quedaba muy lejos, en un limbo irreal y remoto.

Luego pasó el tiempo, los años, el derrumbe de todo, el éxito hoy de las ginebras celestes y las vodkas patateras, la desaparición tal vez de los mejores. Los que se intoxicaron tantos años con zumo de neón y de garrafa, con los cubatas metílicos y los polvos siniestros ya no bebían otra cosa que buenos Riberas bendecidos en guías escritas por estrellas de cine, dipsómanos ilustres, sibaritas pijos o glotones castizos. Ayer te ví llegar. El bar de entonces ya no se llamaba como aquella película de Alan Rudolph. Nos saludamos de nuevo ante la barra, pedimos vino tinto como en los viejos tiempos, nos contamos la vida en cuatro frases con la certeza de que sobraban casi tres y luego nos fuimos cada cual a su historia y a su vida. Hace poco murió Germán. Qué casualidad. Hoy también desayuno zumo de mandarina y pil pil recalentado antes de bajar al río. Tu te casaste, hace ya muchos años, con alguien de buen parecer, con trabajo de bancario bien retribuido, no pescador, por supuesto.  Yo sigo en Madrid y sigo tras los peces, en dos mundos bien distintos que no he dejado de amar. Hoy preparo los bártulos y los mapas para cabalgar como entonces durante doscientos kilómetros y tocar el agua. Tal vez no he crecido, no he salido de esos versos de Coppini, de mis ríos, de mi gusto por desayunar café solo y cenas recalentadas contra los malos tiempos para la lírica.


martes

OCIO


Acuarela de Jason Bordash

Es una aspiración de millones: tener tiempo de ocio para gastar, para consumir, para simular por unas horas o unos pocos días que somos unos rentistas desocupados, unos deportistas guapos y a la moda, unos intrépidos exploradores de documental televisivo, unos viajeros en busca de lo más prístino y auténtico de lugares remotos y bien acondicionados para el turista.

El negocio del ocio es enorme. En el caso de España es un sector productivo que nos sacó de la autarquía franquista y nos permitió acercarnos a la Europa más desarrollada. Sol, fiesta y precios baratos. Animados por el éxito alicatamos sin ton ni son las playas y los paisajes más bellos, llegó la burbuja ladrillil, las paellas de plástico, los menús turísticos con derecho a litro de sangría y el enorme etcétera de desastres que sobra comentar aquí. Hoy el ocio sigue siendo importante para la economía española y dentro de ese ocio se sigue entendiendo como necesaria la urbanización de lo salvaje.

Los pescadores a mosca no somos millones y desconozco si gastamos más o menos que el golfista sesentón, la adicta al sol y playa o el devorador de paellas radioactivas y pinchos de cocina tecnoemocional. Derrochamos nuestro tiempo de ocio persiguiendo peces en lugares limpios y salvajes, huimos de muchedumbres y hordas turistícolas, aunque nosotros mismos seamos también, de una forma peculiar, raros turistas, viajeros y exploradores.

Hoy, además de las ruinas ilustres, las ciudades antiguas, los museos de renombre, las playas chiringuitadas y los melindres autóctonos, tira del turista la naturaleza, sus paisajes, parajes, rutas, montañas, bosques, ríos, fauna... Llega al río el dominguero de siempre, pero también el urbanícola, el ciclista, el fotógrafo, el excursionista o el curioso disfrazado en Decathlon que quiere asomarse a lo salvaje que ha visto tantas veces en la televisión. Ya no estamos solos.

No es por elitismo ni por exclusivismo, pero el pescador sigue buscando rios sin nadie. Gusta de saborear una forma de ocio que no requiere comodidad alguna, ni interacción con nadie, ni asfalto facilitador o sendas señalizadas. Le basta la “soledad sonora”, una caña de pescar y un gran bocadillo de tiempo. No por huir de la gente o aborrecer a los semejantes sino porque el pescador quisiera desaparecer en el paisaje, ser parte del río, salir de esa burbuja indigesta del ocio masivo, olvidarse que es “demasiado humano”.

Siente por tanto que no pesca “por ocio”, ni para gastar su “tiempo libre” o “entretenerse” de los muchos días de tedio laboral. Tal vez suene presuntuoso escribir que baja a los ríos porque estos son su “camino de conocimiento”, el lugar donde entiende “los secretos de vivir” y descubre las respuestas de las “preguntas míticas”. Pero como escribir esto le suena en verdad grandilocuente y vacuo, prefiere decir que pesca sólo porque le gusta y porque es libre para malgastar su vida en lo que quiera. Somos soberanos de una parte de nuestro tiempo, un tiempo de libertad para gastar al lado del agua sin otro fin que tocar un pez, sin otro sentido que pisar el fondo del río, sin otro fundamento que jugar con una seda y posar un diminuto señuelo a flor de agua. 

"selfie" con la cámara apoyada en la hierba...

PERDIDO




Llega agotado a esa última poza. Ha sido una tarde de trepar peñas arriba hasta no muy lejos de los primeros neveros. Ha pasado por paredones de arena compactada y rocas redondeadas que se depositaron allí en las últimas grandes glaciaciones, cuando los deshielos de las inmensas lenguas de los glaciares llenaban ese valle de agua hasta un nivel que apenas puede imaginar el pescador. Junto a esa prueba de un tiempo que se mide en milenios salían esa tarde miles de efémeras y tricópteros que danzaban en el aire o se posaban en la parte seca de las piedras. Tal vez por eso no entraban las truchas. Estarían ahítas de comer ese maná repentino, abundantísimo, que les regalaba la lluvia y la primavera un día más.

Estaba exhausto. Tuvo que sentarse junto a un gran roble que había crecido justo en el borde de la ribera, asomando parte de sus raíces al abismo e hincado la otra parte en la tierra más firme. Sintió entonces ese raro placer, esa extraña plenitud del cansancio, ese privilegio de poder hacer eso, caminar, trepar, pescar, mantener el equilibrio a cada paso, estar allí, vivo.

Al día iguiente bajó a otra garganta más suave. El agua había cortado las laderas de pizarra casi cuchillo pero caminar junto al agua era fácil. Pisaba junquillos, cicutas, pequeñas lascas que hacían un ruido metálico a su paso. Lanzaba una lombricilla de cheline anaranjado y el barbo entraba franco, peleaba luego con furia, revolviéndose, corriendo río arriba, saltando a veces fuera del agua al estar en una zona somera. Bajó hasta la desembocadura y sorprendió a cuatro nutrias glotoneando los fáciles alburnos. Le ladró luego un corzo de buen porte que subió ladera arriba sin prisa.  Hacía calor y el sol espejeaban con fuerza en el agua cuando salía entre las nubes.

Sintió el cansancio de ayer y se sentó un momento en un escalón de pizarra muy roja. Las jaras estaban llenas de flores y de abejas. Tomó un puñado de cantueso para olerlo. No había para él otro perfume. Sintió entonces ese aprensible placer, esa cierta felicidad de tener en las manos un tiempo sólo suyo, ese privilegio de poder hacer eso, caminar, trepar, pescar, oler, ver, estar allí, vivo.

Sabía que todo aquello era escaso. Que el agua y él mismo eran frágiles. Pensó entonces que le hubiera gustado saber todo eso mucho antes. Tal vez hace muchos años ya lo pensaba pero no lo había traducido a palabras. Quizá desde niño, atraído por los ríos y los peces sin saber porqué, ya intuía que allí había certezas muy valiosas. A veces le preguntaban porque prefería los peces a la gente, porque bajaba a esos ríos solitarios en lugar de pasar el domingo envuelto en la euforia de los bares y las conversaciones. Qué encontraba allí perdido que no encontraba en la ciudad.

Un barbo muy grande subió corriente arriba por la orilla contraria, no hizo caso al señuelo. Sentía el agua fría en los pies. Se agachó, se quitó la gorra y se mojó con ganas la cabeza. Aún faltaban algunas horas para que el sol tocara el filo del monte. Sacó el bocadillo y dobló el envoltorio de papel encerado. Masticó el cabrales con rúcola y pasas. Se dejó llevar por el sabor picante del queso que se confundía con la dulzura de las uvas y el fresco crujir de la verdura. Sólo estar allí, en lugar perdido o en el centro del mundo.