martes

PERDIDO




Llega agotado a esa última poza. Ha sido una tarde de trepar peñas arriba hasta no muy lejos de los primeros neveros. Ha pasado por paredones de arena compactada y rocas redondeadas que se depositaron allí en las últimas grandes glaciaciones, cuando los deshielos de las inmensas lenguas de los glaciares llenaban ese valle de agua hasta un nivel que apenas puede imaginar el pescador. Junto a esa prueba de un tiempo que se mide en milenios salían esa tarde miles de efémeras y tricópteros que danzaban en el aire o se posaban en la parte seca de las piedras. Tal vez por eso no entraban las truchas. Estarían ahítas de comer ese maná repentino, abundantísimo, que les regalaba la lluvia y la primavera un día más.

Estaba exhausto. Tuvo que sentarse junto a un gran roble que había crecido justo en el borde de la ribera, asomando parte de sus raíces al abismo e hincado la otra parte en la tierra más firme. Sintió entonces ese raro placer, esa extraña plenitud del cansancio, ese privilegio de poder hacer eso, caminar, trepar, pescar, mantener el equilibrio a cada paso, estar allí, vivo.

Al día iguiente bajó a otra garganta más suave. El agua había cortado las laderas de pizarra casi cuchillo pero caminar junto al agua era fácil. Pisaba junquillos, cicutas, pequeñas lascas que hacían un ruido metálico a su paso. Lanzaba una lombricilla de cheline anaranjado y el barbo entraba franco, peleaba luego con furia, revolviéndose, corriendo río arriba, saltando a veces fuera del agua al estar en una zona somera. Bajó hasta la desembocadura y sorprendió a cuatro nutrias glotoneando los fáciles alburnos. Le ladró luego un corzo de buen porte que subió ladera arriba sin prisa.  Hacía calor y el sol espejeaban con fuerza en el agua cuando salía entre las nubes.

Sintió el cansancio de ayer y se sentó un momento en un escalón de pizarra muy roja. Las jaras estaban llenas de flores y de abejas. Tomó un puñado de cantueso para olerlo. No había para él otro perfume. Sintió entonces ese aprensible placer, esa cierta felicidad de tener en las manos un tiempo sólo suyo, ese privilegio de poder hacer eso, caminar, trepar, pescar, oler, ver, estar allí, vivo.

Sabía que todo aquello era escaso. Que el agua y él mismo eran frágiles. Pensó entonces que le hubiera gustado saber todo eso mucho antes. Tal vez hace muchos años ya lo pensaba pero no lo había traducido a palabras. Quizá desde niño, atraído por los ríos y los peces sin saber porqué, ya intuía que allí había certezas muy valiosas. A veces le preguntaban porque prefería los peces a la gente, porque bajaba a esos ríos solitarios en lugar de pasar el domingo envuelto en la euforia de los bares y las conversaciones. Qué encontraba allí perdido que no encontraba en la ciudad.

Un barbo muy grande subió corriente arriba por la orilla contraria, no hizo caso al señuelo. Sentía el agua fría en los pies. Se agachó, se quitó la gorra y se mojó con ganas la cabeza. Aún faltaban algunas horas para que el sol tocara el filo del monte. Sacó el bocadillo y dobló el envoltorio de papel encerado. Masticó el cabrales con rúcola y pasas. Se dejó llevar por el sabor picante del queso que se confundía con la dulzura de las uvas y el fresco crujir de la verdura. Sólo estar allí, en lugar perdido o en el centro del mundo.


viernes

OJOS


Andrew Thompson


Los peces llevan en la tierra más de 400 millones de años. Los salmónidos casi 100 millones. Nosotros, los sapiens, algunos menos. Tal vez por eso me maravillan las formas, los colores y los ojos de los peces, porque contemplo a un ser ancestral y antiquísimo que sigue nadando, que no ha cambiado mucho. Un animal que es además un remoto pariente nuestro dentro de la azarosa genealogía de los seres vivos.

Para otros peces la visión se ha convertido en un sentido secundario, pero para las truchas los ojos siguen siendo, al igual que para nosotros, la ventana principal para entender el mundo. Compartimos con ellas eso, la mirada "comprensiva". Por eso los pescadores de truchas estamos locos de atar, podemos estar horas, días, años buscando el color preciso para fabricar el cuerpo de una mosca o la iridisación exótica de una ninfa entre los millones de colores que detectan nuestros ojos. Que se lo digan si no al señor Gütermann y todos los acólitos de su secta.

Tal vez por eso me gusta tanto desde niño bucear en el mar o en los ríos de aguas transparentes, para jugar y sentirme de alguna forma pez, para mirar el agua desde el universo que ellos habitan. O porque una vez nosotros también flotamos ingrávidos en el agua templada. O porque nuestro cuerpo es casi todo de agua. O porque nuestros remotísimos antepasados eran también peces. No lo sé.

Cuando fabrico una mosca nueva la coloco en la película de agua de un recipiente lleno que tiene el fondo bien pulido. Intento mirar, ver como es ese señuelo desde abajo, desde el fondo del río y siempre parece muy distinto. Ya sé que no es lo mismo, ni las truchas ven o miran como lo hacen nuestros ojos, pero al mirar así la mosca tocando ese cielo de plata atisbo a entender que a veces no sirve mirar con ojos humanos las cosas, los ríos, el sentido de todo.

Andrew Thompson

miércoles

BIGOTUDO y 3


Ha hecho novillos un día laborable. Ha madrugado mucho así que el amanecer le sorprende a pie de río.  Saca el termo de café de la mochila y los emparedados de jamón con tomate y queso de cabra con miel. Sentado sobre una piedra de la orilla desayuna con hambre y sin prisas. El río fluye por allí ya muy lento, cansado de tanto estrépito y tanta cascada superada. Le sabe rico el café con leche condensada, el mordisco espeso de los bocados de queso, el paladar salado y graso del ibérico. Saca luego la botella de agua helada y da un trago largo hasta que casi le duele la garganta. Contempla los olivos salvajes aún con olivas, los almendros montaraces con las almendras verdes ya engordando, las primeras efémeras plateadas volando muy despacio a un metro por encima del agua. Duda de si existirá otro mundo a parte de este fuera del estrecho cañón por el que fluye el último kilómetro de río, si fuera de allí será posible entender que las horas se han deshecho convertidas en una transparencia fluída que se escurre sobre el lecho de pizarras azuladas y rojizas. Los grandes barbos ya se pasean buscando qué desayunar y él se demora haciendo un nudo Orvis al ojal del anzuelo en el que montó un saltamontes de floan, plumas blancas de pato y pelos de ciervo americano. Convierte un nudo simple en un ocho, pasa luego el sedal por la primera panza del ocho y luego dos veces por la segunda, ensaliva el nudo y tira con cuidado del cabo hasta cerrarle bien. Es un maniático de los nudos, tira con fuerza del hilo, con más fuerza de lo que debería aguantar el sedal y cuando a veces se rompe siente que lo hizo mal, fallar en el nudo desencadena una tragedia y una amargura que luego tarda muchas horas en desaparecer de la boca. Saca unos metros de línea y deja caer el saltamontes de patitas de goma cerca del hueco oscuro que hace una gran pizarra sumergida casi en la otra orilla. Siente que no puede traducir a palabras ni a onomatopeyas el plof, el chof, el ploc, el bobk que hace el señuelo al chocar con el agua y que es tan irresistible para los grandes bigotudos que suben directos a aspirar ese insecto algo raro que acaba de saltar desde las hierbas y ha caído como un estúpido al agua de la pequeña garganta de D.

El primero que sube a comer es un barbo enorme. El pulso apenas ha durado tres segundos. No le parece que haya clavado demasiado, no siente que el freno estuviera muy duro pero el saltamontes se ha soltado con una facilidad extraña de los labios del pez. Lo comprende todo cuando ve la curva del anzuelo abierta: fallo de principiante por haber montado algunos saltamontes en aceros demasiado finos y flexibles. Insulta al aire. Corta el hilo con rabia y ata uno nuevo montado en un anzuelo grueso y de buena forja. Se consuela descubriendo, comprobando por enésima vez, que sólo aprendemos de verdad de los fracasos, de esos fracasos rotundos e insolubles que tiene el pescador en los que lo perdemos casi todo, el orgullo, la paciencia, la furia, la poca experiencia y sabiduría que nos hacíamos la ilusión de poseer.

Presencia la claridad con la que ha desaparecido el tiempo humano y la facilidad con la que ha llenado todo el tiempo astral, el que marca un sol filtrado entre los nubarrones grises, la brisa que ha veces se levanta y riza el agua a menos de tres metros de donde se encuentra él. Pero no allí en el recodo, como si un invisible muro protegiera sus deseos.

Debe ser por la tarde cuando siente el cansancio, la punzada del hambre, la sed. Hace una mala autofoto con el disparo retardado. Se sienta en un pizarrón horizontal que parece el escalón fabricado por un gigante antiguo para salir del agua con sólo un paso. Saca el bocadillo de tortilla de espárragos con un punto de alioli manchando el pan y la lata de cerveza helada que metió en el pequeño termo de gomaespuma. Un saltamontes de verdad se posa en su pierna, limpia sus antenas y salta luego al agua con idéntico plof, chof, ploc o bobk al que hace el falso. No tarda un buen barbo curioso en acercarse, sorber el aperitivo y volver con parsimonia a la penumbra. El pescador piensa que además del tamaño, la flotabilidad, los brillos, el color, la movilidad de los señuelos que fabrica, y el temple del anzuelo, debe de tener de ahora en adelante muy en cuenta el "factor sonoro", el ruido que hace el bicho al caer al agua, una música precisa que, por más que lo intente aquí, no puede traducir hoy con palabras.


lunes

BIGOTUDO 2



En esta mañana de abril y soledad el río se desdobla en meandros, islotes, pequeñas lagunas comunicadas con la corriente principal por estrechos caminos de agua. El fondo es arenoso y el pescador se hunde a cada paso. Pescar allí tiene mucho de rececho, de acercamiento lentísimo y sigiloso porque los bigotudos recelan a muchos metros del abaniqueo de la caña o de las pisadas que deben de hacer mucho estrépito a pesar de ese colchón de arena, o quizá por eso.

Poco a poco los ojos aprenden a mirar y donde no hay nada comienza a ver los contornos de un pez o el reborde más claro de una boca aspirando algo del fondo o la sorpresa de una aleta que sale un segundo del agua para volver al desaparecer al instante. El pescador fabricó ayer varios sanjuanes y algunos saltamontes de floan bien peludos y hoy le toca mojarlos, caminar a paso garza y mirar bajo el brillo del agua con ojos de cazador. En medio de la corriente, con los pies muy hundidos en la arena, respirando el silencio y el sol sobre las jaras, va aprendiendo a lanzar de nuevo la gruesa línea del siete con suavidad suficiente. Allí no piensa en casi nada ageno al agua, sólo en la prudencia, astucia y reticencia de los bigotudos que algunas veces huyen del señuelo, otras se acercan a él con exasperante recelo y las menos toman la lombriz de cheline o el saltamontes de espuma como si fueran la mejor golosina.

Recuerda entonces las palabras de Conrad Lorenz sobre los tópicos y las creencias equivocadas de los hombres sobre los otros animales. Es un párrafo que ha vuelto a leer con sorpresa en un libro de poemas de Luisa Castro: “La zorra no es más astuta que otras fieras y es mucho más estúpida que el lobo o el perro. La paloma no es tan pacífica como se pregona. Y, respecto a los peces, la sabiduría popular sólo divulga mentiras. No son de «sangre tan fría» como se dice, ni viven tan felices y despreocupados como haría suponer la expresión «como pez en el agua». (…) Y, contrariamente a la creencia popular respecto a la falta de ardor de los peces, ningún otro animal prodiga tanto los besos como algunas de sus especies. Conozco bien a muchas castas de animales y su comportamiento en las situaciones más íntimas de su vida me es familiar, en los éxtasis salvajes de la lucha y del amor; pero no conozco animal alguno –exceptuando los canarios silvestres– que superen en ardor y temperamento a un macho encelado de espinoso, a un combatiente siamés o a uno de los cíclidos que cuidan de su prole. Ningún otro animal queda más transfigurado por el amor, ninguno queda tan encendido por la pasión como un espinoso o un combatiente”.

Es dificil comprender el comportamiento de los barbos, imposible meterse en sus diminutos cerebros regidos por los instintos, las hormonas, los ciclos milenarios del clima y las estaciones. El pescador se ha pasado veinte largos minutos paseando por delante de los morros de un gran pez que ociqueaba con fruición el fondo todo su repertorio de señuelos sin que hiciera el menor caso a ninguno. En cambio luego ha lanzado el sanjuan más de dos metros delante de otro y el bigotudo se ha lanzado como un rayo a por él sin dudarlo.

Es verdad que los poetas se acuerdan bien poco de los peces. Por eso le ha gustado y sorprendido que Luisa Castro haya recuperado ese texto de Lorenz que defiende la pasión amorosa de los peces.  

El pescador no ha recorrido más de cien metros de orilla en tres horas y ha logrado tocar a cuatro hermosos bigotudos que utilizaron la corriente para entablar buena lucha. La belleza del río, del pez, de la mañana, de todos esos instantes no es más que una construcción cultural imaginaria, un juego químico y eléctrico en el cerebro grande de un homo sapiens cualquiera. También las galaxias más remotas y las palabras de aquí más cercanas. Ahí está la maravilla, que el río fluya fuera de tí, y también dentro.



sábado

BIGOTUDO



Estás ahí, junto al agua, arriba hay un sol espléndido enredado en algunas nubes, barnizando de luz los mil verdes que te arropan. Hay algunos barbos comiendo los yerbajos que ha cubierto la crecida. Atas una emergente gorda que en lugar de flotar se va hundiendo de forma perezosa hasta llegar cerca de sus morros. Ese momento en que el ocico aspira tu mosca y decides clavar equivale a mil voltios en vena. Los primeros diez metros los corre en tercera, los siguientes diez en cuarta y luego mete la quinta, aprieta el acelerador a fondo y el freno de tu carrete chilla como una mona a la que un elefante ha pisado el rabo. Jodido comizo. El comizo no absorbe, muerde, se tira a por el moscón nada más caer en el agua, le cabrea la idiotez torpe de esa mosca de colorines que se atreve a posarse ante su señoría, luego se da media vuelta y se pone de cero a cien en un segundo, tiene cambio automático, usa keroseno de avión, motor a reacción, directo al fondo. Sientes como se va rozando por las piedras para partir el hilo. Se las saben todas.

No se acostumbra uno a pescar barbos. Lo peor es cuando la posada ha sido de libro y el torpedo pasa muy muy despacio a su lado y tu moscón es invisible, no ha cambiado ni un milímetro su trayectoria de barbo obeso, aburrido, de paseo por su parque acuático. Pero a veces, una de mil, se da media vuelta, se toma su tiempo, vuelve por donde ha venido, desperezándose, directo hacia la mosca, y dos cuartas antes de que llegue ya sabes que va a tomarla. Te lo grita al oído el señor Sextosentido. Te dice el cabrón Sextosentido: te vas a cagar, ajusta el freno, atento, que viene, preparado, listo, ya. Y todo eso te lo dice a voces, por megafonía, con el volumen a tope. Es muy bruto el tío Sextosentido. Joder. Debes tener un corazón de hierro porque ese momento es de puro infarto. Luego, el submarino nuclear clase Typhoon acelera motores y te sientes igual que un niño al que se le ha enredado la cuerdita de la cometa en los cuernos de un bisonte cabreado.

Eso es pescar bigotudos. Mientras, el día camina al paso de todos los días, lentísimo o velocísimo según los ojos de quienes lo contemplan.


viernes

LUCIÉRNAGAS


Dibujo de Blue Dun Art

Me maravillaban las luciérnagas. Al principio las atrapaba las noches de agosto bajo una adelfa del jardín para intentar llevarme su luz a mi habitación, Allí me encontraba con un escarabajillo gris y feo. Pronto comprendí que su magia sólo funcionaba en libertad.

Me impresionaban las ranitas de San Antonio. Si color verde no era de este mundo. Su grácil fragilidad y su belleza hizo que, inexplicablemente, jamás me llevase ninguna a casa para observarla dentro de un  tarro de cristal.

Me deslumbraban los martines. Una chispa celeste cruzando el río a ras de agua. Una vez encontré uno muerto en la arena de la orilla y pude ver de cerca su intenso azul metálico y su diseño de pescador perfecto.

Me intrigaban las truchas. Vivas eran unos animales astutos y hermosos, con una piel llena de colores distintos y una fuerza en sus músculos que me parecía imposible que saliera de un cuerpo tan frágil. Sin embargo muertas lo perdían todo, sólo eran pescado reseco, flácido y opaco. Decidir devolverlas al agua me pareció una decisión muy fácil.

Entonces, cuando las luciérnagas, las ranitas de San Antón, los martines y las cestas de truchas muertas, yo me vestía con unos vaqueros rotos, una camiseta vieja, un sombrero de paja medio roto, unas zapatillas de lona y una larga caña de bambú cortada y secada a conciencia por mi abuelo Fernando. Consideraba de lo más natural que en las ilustraciones del libro de Mark Twain, tanto Tom como Huckleberry se vistieran así, como yo en el verano, todo el día junto al río.

Hoy me resulta extraño pensar que hace muchos años estuve viviendo en un libro de Mark Twain. No he vuelto a ver luciérnagas, y hasta dicen que los insecticidas están acabando con las abejas. No he vuelvo a ver ranitas de San Antón, los mismos pesticidas o el cambio climático está afectando a su sensibilísima piel. Aún contemplo cruzar, de cuando en cuando, la chispa azul del martín, no sé por cuanto tiempo. Al menos me queda la felicidad de ver salir a la trucha de mis dedos como una centella de colores. 

jueves

APOCALIPSIS


Demasiadas películas sobre el Apocalipsis, los fines del mundo, el enésimo diluvio, terremoto o centella meteórica gigante reventando nuestra tierra. Para el tranquilo y agudo filósofo Dan Dennett el caos es mucho más fácil: “Internet se vendrá abajo y cuando lo haga viviremos oleadas de pánico mundial. Nuestra única posibilidad es sobrevivir a las primeras 48 horas”. Y claro nada funcionará, ni los teléfonos, ni la electricidad, ni las gasolineras, ni los cajeros de los supermercados, nada. Caos y furia.

Sólo espero que ese momento me pille a pie de río, en ese momento mágico en el que acabas de llegar al agua y comienzas a elegir que mosca atar esa mañana. En ese instante aún eres consciente del sonido de cristal de las chorreras y de la grácil armonía del bosque de ribera que te envuelve. En poco tiempo ya no escucharás ni a la belleza ni al agua, estarás dentro. En ese primer minuto se puede acabar el mundo y comenzar el Apocalipsis pero tú estarás indeciso entre atar un desgreñado tricóptero de pelo de corzo o un pardón grande de alas brillantes en pluma de León. Tal vez el mundo sea hoy lo que se esconde en las tripas de millones de cacharros conectados con fibra óptica y satélites zombis, pero el mundo es también ese pequeño río al que has ido a pescar con tu hijo. Tal vez el mundo sea ahora una frágil telaraña de cables telefónicos, ordenadores y móviles a punto de colgarse, colapsar el progreso e inaugurar un estupendo caos, pero el universo es también esa zona de agua baja en la que un gran barbo espera el desayuno. El trico cae dos palmos por delante de su morro y el pez lo atrapa en un segundo, suena la chirrido del freno, la seda corta el agua río abajo, la caña se dobla en una parábola imposible. Entonces sí que de verdad comienza el Apocalipsis.



lunes

PIEDRA DE SOL



Me desperté mucho antes de amanecer. Ya tenía el equipo preparado, así que leí algunos versos de “Piedra de Sol”. Ese que dice: defender nuestra ración de tiempo y paraíso.

En esa ración de "tiempo y paraíso” que es o debería ser nuestro derecho como humanos, estaría el refugio, el alimento, la cultura, el cuidado. Y también el amor y estas horas de río y soledad.

Ayer fuimos mi hermano y yo a la garganta de M., cada cual por su orilla, mientras el cielo se entreabría a ratos mostrando la nieve cercana y un cielo muy azul. Alguna trucha tocamos aunque íbamos detrás de otro pescador, Eso te obliga a rebañar el agua, a pescar más despacio, a no tener ninguna esperanza en que la tarde y el río sean generosos en peces. Pero son generosos de otra forma, en eso: en tiempo y paraíso.

Luego nos cruzamos con otro joven pescador, ya de recogida, que iba a seca con ese optimismo y esa alegría que sólo puede tener un mosquero andante solitario por esos parajes complicados y prístinos. Como a veces se pasea por aquí, por estas palabras, me contó el dónde y el cuando de un gran río que ambos queremos y que aún conserva en su parte alta unas pocas truchas resistentes a las infamias, abandonos y abusos de estos tiempos “riocidas”. No competiré con él por tocar esas truchas que él ha protegido con su confidencia.

De vuelta a casa al anochecer, arreciaba la lluvia en el tejado, así que volví a Piedra de Sol y a descansar. Que difícil es a veces tener nuestra ración de tiempo y paraíso. O qué fácil.


viernes

NINFA GASOLINA & ENSALADA FLUORESCENTE



Andamos los pescadores soliviantados. Los unos constatando la herejía, la definitiva ruptura entre los de la iglesia de la seca y los de la secta de la ninfa. Los otros enterrando los secretos tiseles iridescentes en las catacumbas misteriosas de la alquimia de donde nacen los nuevos señuelos infalibles. La contraseña es esta: gasolina. Sólo entonces se abre la cueva de Alí Babá y contemplamos bajo la fantasmal lámpara ultravioleta los seductores brillos del invento.

Tanto los de la iglesia de la seca y sus falsos profetas, conversos o apologetas, como los que no están en el ajo iridiscente, echan pestes de la poca inteligencia de las truchas por su empeño en devorar perdigones tornasolados, fluorescentes, iridiscentes que en nada se parecen a su comida de verdad. Tantos años montando miniaturas hiperrealistas para que ahora las truchas nos traicionen, nos la peguen, prefieran esas ninfas marcianas, esas fast food en lugar del solomillo de pardón.

No entendemos que los humanos somos parecidos aunque nuestro cerebro pese más y tengamos el don de la palabra. Si no, ¿a cuento de qué preferimos ahora la cocina tecnoemocional a la tradicional?, ¿porqué nos pirramos por un guiso de Adriá e intentamos imitar sus químicos guisotes en lugar de seguir degustando el pollo en pepitoria de la abuela?, ¿se parecen en algo las maravillosas deconstrucciones de Ferrán a la comida realista?, ¿cuál fue el plato estrella del último Madrid Fusión 2014?: ¡una ensalada de plancton fluorescente! Más o menos lo mismo que vuelve locas a las truchas esta temporada en su versión ninfa gasolina. Así que menos puritanismo y menos escándalo porque algo debemos tener en el cerebro parecido las truchas y nosotros...

Foto de Ángel León y su ensalada de plancton fluorescente. Madrid Fusión 2014.

...El creador de este plato tan fantástico es uno de los mejores cocineros del mundo y a la vez uno de los más tradicionales, Angel León es un chef del mar que ha sabido crear guisos riquísimos recolectando lo que la mar oceana nos regalaba y hasta ahora los adictos al pescado despreciábamos: algas, plancton, pescados de segunda, mariscos marginales, bichos varios… con todo eso hace unos guisos alucinantes, riquísimos, originales, sin hacer desaparecer los sabores ancestrales que tenemos en nuestra propia memoria gustativa.

Algo parecido les debe ocurrir entonces a las truchas cuando contemplan en sus posturas como pasa una ninfa iridescente, de cabezón plateado y cerco eréctil... ¡ñam!

Nunca he sido de iglesias ni de sectas, ni puritano, ni amigo de ningún fanatismo. Más bien ateo, libertino, picaflor, curioso… Claro que tengo mis gustos y mis filias gastronómicas y piscatorias, pero no hago de ellas ninguna bandera, salvo la de la pesca sin muerte, pero eso es una forma de ética y estética no una superstición, ni una creencia. Hoy pondré una gasolina, luego tal vez un pardón, mañana una buena ración de callos y antes o después esa ensalada fluorescente de Angel León.

martes

AUSTER



Como dice mi hermano V. han sido dos días de “pesca extrema”, de llegar agotado a casa, meterme en la bañera de agua caliente y quedarme adormecido leyendo algún librito de Paul Auster que suele morir ahogado bajo la espuma.

Ya no llegaré a ser un buen pescador. Me pueden mis vicios, mi manía de ir degustando el río aquí y allá, de no ser meticuloso, ni minucioso. Voy picoteando sólo las mejores posturas y dejando las facilonas o las más feas sin pescar. No dejo de explorar, innovar, aprender, estar atento a las nuevas formas de montar las moscas o los nuevos tiseles infalibles para adobar las ninfas, sin embargo me niego a adoptar estrategias y artes que son más productivas pero menos placenteras para mis anticuadas ideas de pescador cuarentañero. 

Aunque soy muy andarín y pesco rápido, nunca llegaré al ritmo y a la disciplina de otros pescadores, me puede la indolencia, saborear de pronto una poza con lentitud, sentarme a contemplar la tarde, entretenerme en volver atar el aparejo, reintentarlo con la seca aunque sé que en ese momento hay pocas posibilidades de interesar a las truchas con mi feo tricóptero blancuzco.

Me gusta cansar al cuerpo, sentir y comprobar que sigo el ritmo de mis hermanos más jóvenes. No puedo renunciar a un tarde de pesca con V. aunque haya estado ya en el río desde las siete de la mañana tras las truchas con A. y ayer todo el día en la garganta con F.


Metido en la bañera me doy cuenta de que no llegaré a ser un buen pescador aunque lleve más de treinta y cinco años tocando peces. Descubrí demasiado pronto que más que tocar a los peces me gustaba estar allí, sentir que el fin de todo no era pescar más sino saborear mejor la felicidad asequible de estar metido en el río lanzando el señuelo a ese rincón precioso en el que es imposible que no se esconda una gran trucha.

Por fortuna el estupendo “El libro de las ilusiones” de Auter se ha sumergido en el agua cuando ya lo he terminado. Cierro los ojos. Rememoro los instantes que he vivido estos días, la trucha que picó en media cuarta de agua, a dos metros de mis botas, mientras yo andaba distraído, avaricioso, apuntando a ese estupendo hueco oscuro y profundo a diez metros de la orilla. No soy un buen pescador. Debo aprender a pescar también lo fácil, a registrar esas posturas feas donde también hay truchas y felicidad. Un poco como Auster.


domingo

LLUVIA II




Bajo la lluvia la superficie del agua se vuelve espesa y opaca, pero siempre me ha gustado mucho pescar así. Nada te funde más con la tierra que esos momentos en los que arrecia el chaparrón y uno está metido hasta la cintura en el río y te ensordecen los goterones golpeando el impermeable y el sombrero.

Hoy sólo. A solas. Abrigado por esta lluvia fría y marceña que ha cambiado tan deprisa el paisaje. Creo que sólo Gene Kelly y los pescadores “cantamos bajo la lluvia”, al resto del mundo le fastidia.

He echado un buen pulso con un pez invisible con la cañita de ocho pies línea tres. Sólo veía el hilo cortando la superficie, haciendo eses, paradas, quiebros. Imagino que por ahí debajo una trucha regular se estaba cabreando. Luego se ha soltado. Ha entrado a una ninfa gorda, blanquecina, brincada con hilito plateado, con el saquito de las alas tornasolado, el cabezón también de plata y las patillas verdosas hechas de pelos de pata de liebre ártica. Parece una ninfa resultona y bien alimentada. Por encima llevaba el velero de pelo de ciervo que sólo flotaba a ratos pero me ayudaba a saber por donde andaba mi trampa. 

Bajo la lluvia la vida se ve diferente, siempre más optimista.  En la  chorrera siguiente toco otra trucha bonita. Luego sale el sol y voy pisando la senda y el aire limpio, espléndido, recién lavado. 


miércoles

BIEN (dedicado a los padres pescadores este 19 de marzo)


Se desliza la seda del tres por sus dedos. Ha caído el moscorro bajo la sombra de los junquillos, en el hueco remansado que está a la derecha de la chorrera que entra en un pequeña poza con el agua absolutamente transparente. ¿Estás bien? Eso me pregunta a veces mi hijo el pescador. Siento que cuida de mi. Sé que cuida de mi. Descubro que es uno de los grandes placeres de ser padre, ese momento en el que sientes que es el hijo quien quiere protegerte de todas las intemperies y problemas cuando hasta ahora, todos estos años, desde que nació, ha sido uno el cuidador. Claro, aquí en el río siempre estoy a gusto. Vemos los dos salir la trucha de no sé dónde y tomar la mosca con glotonería. Es uno de los placeres de pescar allí, en esa garganta estrecha y pequeña en la nos sobra con cinco metros de seda. Somos espectadores de ese instante precioso, compartimos la imagen de la trucha apareciendo de la nada, luego su revoloteo furioso bajo el agua al sentirse prendida.

Pescamos despacio. Nos turnamos con una sola caña para mirar los dos como flota el señuelo y las truchas van subiendo en todas las posturas, convocadas por la fortuna de esa hora de gracia. Hemos atado un trico más o menos obeso, que me parece demasiado grande para el tamaño de truchas de aquí, medio pigmeas. Sin embargo lo atacan con rabia. Luego probamos con un híbrido entre pequeño escarabajo negro y arañuco que también muerden con hambre. La garganta está muy limpia, bulliciosa de vida, solitaria, perfecta. Entran también los cachos a la mosca y les hacemos similar reverencia. Todos los peces son un regalo y todos son igual de importantes. No entiendo al pescador que desprecia un pez pequeño.



¿Estás bien?. En estos tiempos de tanta psicoterapia, tanta prevención y tanto pastillerío contra la tristeza, agradece uno tener tan fácil y asequible la paz y hasta la felicidad ocasional en tardes como esta. Como el moscorrón es voluminoso su vuelo es lento, puedo contemplar toda su trayectoria  y hasta escuchar el plof de su caída si me meto en el cerebro de la trucha que lleva aguardando mucho tiempo a que le llegue la cena del cielo. Eso lo hacemos mucho los pescadores, nos metemos en la cabeza del pez, intercambiamos nuestro cerebro de kilo y medio por uno que pesa un gramo o menos, todo un arte. Allí metidos en el telencéfalo de un animal que no tiene brazos, ni piernas, ni tristeza nos lo pasamos muy bien. La trucha mira hacia arriba y en el espejo de su cielo acuático descubre un insecto que sufre de obesidad mórbida e idiotez supina así que no puede resistirse a comérselo crudo según cae, en plan sashimi de bicho.

Me gustan estos momentos en los que tiene la caña mi hijo el pescador, cuando sube la trucha, clava antes de tiempo y se le escapa. No piensas aún como un pez, te pesa demasiado tu cabeza de hombre.

¿Cómo no voy a estar bien en esos instantes?.


martes

BICHOS II


Pintura de Josh Udesen

Pocas veces una imagen vale más que mil palabras, pero las veces que lo vale puede no que lleguen todas las del mundo para explicar lo que entienden los ojos.

Los peces y los ríos que los habitan importan a poca gente, mucho menos les importan los bichos que viven allí abajo, en el envés de las piedras y que tienen forma de diminutos marcianos. No vale para cambiar esta ignorancia ni miles de palabras, ni puñados de imágenes de ríos aniquilados, masas de peces muertos, agua convertida en veneno. Nunca salen en esas imágenes los bichitos, los insectos que habitan en las sombras, la diversidad que se arrastra, se entierra o nada agarrada a las rocas. Sólo los pescadores. Cuando intentamos imitar sus formas y colores nos rendimos deslumbrados ante tal maravilla, ante tantos pequeños detalles complicados, ante el barroco diseño que la naturaleza dibujó en seres tan extraños y tan bellos. Hay pescadores que se vuelven locos intentando acercarse con realismo a esas larvas, los más apenas nos acercamos, nos conformamos con el impresionismo de un grosero montaje o nos rendimos y acabamos fabricando unos cuantos fáciles perdigones.

La vida de verdad es sobre todo esta, la de esos bichos tan pequeños que llevan millones de años habitando el mundo, sin ellos no habría peces ni pescadores, ni tampoco belleza, flores, palabras. Mi hijo pescador levanta una piedra sumergida en la corriente y descubre el bullicio, la prisa por esconderse y volver al agua y a las sombras. Toma un puñado en la mano y los mira de cerca. Nadie los admira ni escribe poemas con sus raros nombres, nadie se acuerda de ellos cuando agoniza un río, pero lo son todo. Son como las palabras, parecen casi nada, pero las miras de cerca, encima de la mano y te deslumbran.

Le digo a mi hijo el pescador que yo siempre los siento, los imagino allí escondidos cuando piso las piedras. ¿será que tienes rayos X en los ojos? porque yo no me acuerdo casi nunca de ellos. Me dice. También veo las raíces de los árboles que forman este bosque de ribera. Hay que saber mirar, imaginar no sólo las posturas de los peces, no sólo leer el agua sino el resto de libros de la biblioteca que guarda el río. Vuelan caenis y dánicas madrugadoras, libres por fin de su infancia de agua. El sol nos calienta y vuelve el silencio. Una trucha se ceba más arriba.

Sopa de letras fabricada con las palabras más frecuentes de mi hijo el pescador.

lunes

COMIENZA



Han sido unos cuantos miles de años caminando, así que lo extraño es que nos hayamos acostumbrado tan pronto a estar sentados todo el día mirando de cerca una pantalla luminosa. Más de dos millones de años si nos remontamos al género homo, más de doscientos mil años si sólo tenemos en cuenta a sapiens, son muchos años caminando sin parar y mirando lejos. La locura y la tristeza, la obesidad y el colesterol, la cobardía y la miopía son el resultado de no hacer caso a nuestros genes y no salir todos los días al camino a mirar el horizonte.

Muchos de nuestros congéneres están encantados con esta nueva vida de comodidad y sedentarismo, sólo hacen ejercicio o deporte por prescripción médica o porque está de moda o para conseguir y lucir esbeltez. Unos pocos, en cambio, no soportamos estarnos quietos, nos tira el instinto al campo y sólo allí nos sentimos en paz, reconfortados, tranquilos. Sin duda hace miles de años ya éramos pescadores, nómadas, culos de mal asiento y aún seguimos siéndolo. Es llegar al río o al mar y sentir en el cuerpo que se está en casa. Es comenzar a caminar y descubrir como la memoria ancestral recuerda aquello y los sentidos están atentos a la tierra irregular, la maleza, las piedras, el complicado suelo de debajo del agua, este mundo real lleno de dimensiones que nada tiene que ver con el colorín plano de la pantalla.

El joven pescador también lo nota. Le cuesta mucho la humillación de estar sentado tantas horas y tantos días aprendiendo obediencia y ciencias abstrusas en libros obsoletos y en obligatorios ejercicios de amanuense en lugar de aprender ciencia y conocimiento metido en el mundo, con maestros sabios que muestran y descubren, que no amaestran y exigen silencio. También él sale corriendo en cuanto puede y se ve libre, sale corriendo lejos a hacer cosas, a tocar la tierra y descubrir de primera mano sus misterios.



El joven pescador pregunta por qué tienen color las cosas, o por qué delicado equilibro orbital la tierra está a la distancia justa del sol para no achicharrarse o helarse y que exista el agua líquida, o se queda pasmado ante la trucha que ha salido de la nada y en el último instante ha rechazado su engaño. El caso es estar allí y nunca quieto, subir río arriba durante horas, tal vez cansado pero nunca hastiado o aburrido, mirar muy lejos pero también cerca, con los ojos de la cara y con los de los pies para no tropezar, caer y hacerse daño.

El joven pescador mira al viejo. Le asombra aún su precisión para meter el diminuto señuelo en los rincones, su resistencia para no agotarse aunque lleven en danza todo el día, su permanente sonrisa y su optimismo cuando está allí en el torrente distraido de todo, concentrado en el agua.

El joven pescador piensa que unos olvidaron pronto todo esos miles de años de camino, son felices sentados y no añoran los tiempos de los largos viajes e intemperies, se sienten bien conduciendo máquinas, presionando botones y teclas, siendo espectadores de los sucesos imprevisibles del presente. Y otros, los pescadores andantes, no pueden olvidar aquella historia, no se ha borrado de sus genes el nomadismo, el placer de la brisa lejos de la ciudad, la dulzura del cansancio que da el andar durante todo el día, el placer de lograr tocar un pez y sentir que siguen dominando el arte de sobrevivir con pocos artefactos, aunque sea por una horas y como un juego.

De todo esto elucubra, opina y discute de vuelta de la garganta el hijo pescador. Ha comenzado una nueva temporada truchera. El tiempo, la primavera, el brillo del sol, los peces les ofrecen de nuevo el mejor espectáculo del mundo: la vida en el camino a pie de río y ellos dentro.