lunes

NAJERILLA



Tan complicados aprendizajes son los de ganar como los de perder. Ganar suele ser poco frecuente, perder suele ser la norma de vivir, pero es muy difícil armar con palabras todo esto para que lo entienda el hijo pescador. Lo aprenderá con el tiempo, él solo, con sus pequeños triunfos y sus repetidos fracasos en aventuras, suertes, trabajos, amores y ríos.

Aún así, al pescador le duelen más los fracasos del hijo que los suyos y se alegra mucho más de los éxitos de él que de lo propios. En la vida, en el agua.

Ayer, de vuelta a la ciudad, estaba contento con su caña nueva montada por Najerilla, por el viaje juntos y por haber estado un rato tocando el mar Cantábrico y la arena de la playa de los Locos, de una de las mejores playas para el surf del norte.

Aprende el pescador de todo lo que al hijo le apasiona, el surf, la nieve, cocinar, pescar, un libro nuevo, viajar…  y mira con sus ojos todo esto de ganar o de perder, del éxito fútil, de los fracasos por venir. Sin ser masoquista, le dice, le cuenta, le explica, que él ha aprendido a saborear con placer también esos fracasos y derrotas. Quizá porque en el río, buscando o peleando con las truchas, todo eso de fracasar o triunfar es siempre relativo.

Luego, ya muy tarde, en la soledad de la noche, lejos de él y de sus sueños, el pescador ha montado la caña de Najerilla, le ha puesto carrete y línea y ha sopesado su equilibrio. En unos meses la empuñará el hijo pescador y con ella fracasará y triunfará, vivirá días de bolo y días de tocar algunos o muchos peces.
Los objetos no tienen alma pero a veces si la tienen. Le metemos la nuestra y otros la sienten cuando los tocan. Yo, que no creo en nada, dejo parte de mi alma de pescador en todas estas cañas con las que pescará él. Deseo que con ellas triunfe y fracase muchas veces y que todas esas veces sea feliz el hijo pescador.



martes

ÁRRAGO


Foto de Pavel Zuber

En octubre y noviembre le gusta viajar con la barca hasta Valdeobispo. Ir a todo gas río abajo, llegar a la primera curva del río, acercarse a la orilla, parar el motor, montar la caña e ir remando en silencio muy lejos, muy despacio.

En aquel paraje es imposible pescar desde la orilla. Hay cortados, pequeñas ensenadas, entradas de arroyos, grandes encinas sumergidas que aún muestran orgullosas sus muñones muertos fuera del agua. Y sobre todo silencio. No pesca nadie allí o casi nadie. Busca eso. No tanto la abundancia de peces como la soledad del agua. En aquellos parajes ha visto cosas prodigiosas.

Tras unas horas de pesca, remo, lances, pocos peces, abre la nevera y saca el bocadillo, el vino y el descanso. Se sienta en la punta de la Zodiac, ata el nuevo señuelo verdoso de pelo de conejo y tiras de plástico brillante, lanza entre las sombras de ese bosque hundido para siempre y aguarda a que la línea llegue al fondo. Hay por allí un gran lucio que a veces ha tocado.

Los grandes peces tiene eso, que viven por igual en el agua y en la memoria del pescador. En ambas crecen.

En octubre y noviembre le gusta caminar mucho tiempo por los bosques para coger boletus y amanitas, parasoles y níscalos en lugares remotos y difíciles de la sierra de Gredos, no tanto por evitar competencias como para sentir que no hay más crujidos que el de sus botas sobre las hojas secas de los robles. Hoy ha saboreado un generoso bocadillo de boletus y foie que mojó con un vino manchego de uva Sirah. ¿Dónde estará ahora el monstruo? Le gusta su moteado verde fluorescente, su boca de perro, su cuerpo medio de serpiente. También hay allí grande barbos comizos, blackbases obesos, carpas sabias y esquivas.

En el pasado, en octubres remotos y olvidados, no se llamaba Alagón sino Árrago, que significaba río en un idioma muy antiguo. Hay lingüistas que remontan la voz “a los tiempos de la última glaciación, hace ocho o nueve mil años, cuando en Europa se hablaba una lengua anterior a la aparición de las lenguas indoeuropeas occidentales: germánico, céltico, itálico(1)Por él remontaban las truchas, los barbos, las anguilas y por sus riberas campaban los lobos, los osos y los linces. Le gusta al pescador imaginar como era el río antes de terminar siendo pantano y agua mansa, casa de peces forasteros, tumba de encinas y voces muy antiguas.

El lucio muerde, el pescador clava, la barca se mueve muy despacio remolcada por el pez y por la brisa.

(1) En “Los hidrónimos prerromanos Alagón y Á́rrago” de Francisco J. Casillas Antúnez. 


viernes

VIEJOS



La generación española de baby boom, los nacidos en la década de los años sesenta han aprendido en cabeza ajena muchas cosas. Aborrecen de aquellos inventos llamados “residencias de ancianos”, un grosero apartheid social para que los ancianos aguarden la muerte con cierto confort lejos de nosotros. Saben también que ningún Estado de bienestar velará por ellos y que tampoco van a cargar a sus hijos con su propio cuidado.

Comienzan a pensar por tanto en compartir casa con los afines, aquellos que les conocen de muchos años y respetan sus manías, toleran sus extremismos, saben de sus sueños y perdonan sus debilidades, los amigos, las amigas. Empiezan a idear y planificar la mejor forma de afrontar esa parte de sus vidas al margen de lo que hasta ahora se hace con los viejos o con lo que los viejos hacen consigo mismos.

La idea es el cuidado mutuo, vivir y convivir con los afines compartiendo también gastos, necesidades, territorio vital.  Venderlo todo, quemar todas las naves y compartir juntos una casona grande con servicios comunes, pagando a escote la limpieza, el cocinero, la atención médica… Una casa no muy lejos de un pueblo con servicios y cierta vidilla, y aún menos lejos de un buen río truchero.

¿Con quién mejor que con los amigos, las amigas de toda una vida?, los afines, los cercanos, los cómplices. Ellos, ellas, nosotros, comenzamos a pensar en estas alternativas, en lo que haremos con nuestras vidas cuando pasemos los sesenta o setenta. De eso hablamos hoy tras compartir unas cuantas cervezas.

Tal vez lleguemos a viejos, tal vez no. Pero desde luego, mientras tengamos lucidez y las piernas nos funcionen regular, no renunciaremos a pescar, ni a meternos en un río, nunca seremos viejos sedentarios, está en nuestra naturaleza de mosqueros andantes vivir los años del futuro de otra forma. 

Admiro a este tipo de la fotografía, sea quién sea, como a Guy Roques operado de sus dos caderas y que sigue pescando o a Norman Maclean que seguía bajando a los torrentes con más de ochenta.  

ABAJO


Foto de Mauro Vaccari

Y se mete en el agua. Siente la corriente helada, piensa que este torrente, tan cercano a las montañas, aún poco acariciado por el sol, lleva en su alma las nubes, la lluvia, la nieve y el hielo que fue un día. Él tiene el cuerpo protegido por la ropa y el vadeador, así que mete la mano desnuda en el agua. Primero siente el frío intenso, casi agradable y de inmediato el dolor, su mordisco, la rapidez con la que el líquido le roba el calor y todo su cuerpo se alarma y hace que duela. Pero él no la saca, aún aguanta unos segundos y sonríe. Es su forma de saludar al río, de estrecharle la mano, de reconocerle un año más, lleno, bronco, ancho, rápido, vivo.

No hay otra vida que la que da el agua. Sin agua la tierra sería como Marte, un lugar reseco y muerto. El agua, que llegó a través del espacio durante millones de años en meteoritos de hielo cósmico, ha pintado su planeta de azul y llenado de vida casi todos sus rincones. Sólo el agua. El agua es dios y lo demás son mandangas, mitologías, supersticiones. Eso piensa el pescador mientras saca con rapidez sus dedos helados y se los frota con la otra mano para recuperar el calor perdido.

Anuda ahora la ninfa cabezona, grande, blanquecina, arropada con una fina bufanda de un naranja escandaloso y unas pocas briznas de plumón gris y la lanza en el embudo que hace la corriente junto a la pared de piedra de la poza.

Nunca podrá entender o explicar porqué estar allí, metido en el agua helada, un domingo de finales de marzo, le hace tan feliz. Porqué el rugido constante del río le suena como una risa o como un murmullo de palabras nombradas en un  idioma que nadie ha comprendido y que él imagina o inventa en momentos como este, cuando escucha a través del finísimo sedal lo que está pasando allí abajo, en lo profundo.

Tal vez cuando alguien muere queden sólo las cenizas, pero él sabe que no. Cuando alguien muere la mayoría de lo que somos es agua y ese agua, todos los billones de moléculas que nos formaban, vuelven a la nube, al mar, a este río. ¿A qué viene entonces todo ese lío de las cenizas cuando nuestra alma es de agua? El pescador siente el tirón y clava con suavidad, con la mano izquierda, aún fría. El sedal tarda unos segundos en dejar el remolino antes de salir disparado corriente abajo haciendo sonar el freno del carrete y el de su corazón.