jueves

PIEDRA PINTADA


Humeaba la hoguera. Echó más leña seca y más hongos parásitos que desprendían antes de arder un humo acre y espeso que ahuyentaba a los zancudos y a los azaras. El pescador recoge el sedal y se deja caer desde el entablado. El agua está fría y turbia por las lluvias pero el hombre se deja llevar por la suave corriente unos metros hasta llegar al talud que da al antiguo camino que sube a la facenda. Su cuerpo no teme los dientes de las pirañas, ni los aguijones de las rayas o las descargas de las anguilas eléctricas. Sólo teme salir del agua y tener que repetir las palabras que ha escuchado. Hacer una maleta con sus trajes de falso indiano. Volver.
No quisiste ir a México o Buenos Aires donde tus amigos te hubieran ofrecido un exilio cómodo, ni los consejos de Casals o la oferta de Cernuda y de Ramón Sender para trabajar de profesor a los Estados Unidos. Tuviste que elegir este lugar perdido en medio de la selva junto a un pequeño río que no viene en los mapas.  Comenzaban los años cuarenta. Acababas de recibir dos ofertas de trabajo de lujo para un exiliado no adscrito a ningún partido. La posibilidad de ser profesor de griego en la Universidad de Buenos Aires y otra oferta de tu amigo Sender para ir a Nueva York, pero entró Valentín en la habitación del hotelucho con aquel papel lleno de sellos y unos planos amarillentos, los ojos brillantes de ilusión y vino, la fiebre de haber encontrado un lugar en el mundo.
—He comprado tres mil acres de tierra y una concesión para extraer oro, ¿por qué no te vienes conmigo?.
No lo pensaste, dejaste la oferta de la universidad y la carta de Ramón en la mesilla de aquel hotel. Tampoco tenías allí nada ni nadie que te atase más que un montón de exiliados todavía metidos en peleas ideológicas o por el reparto del patrimonio del Estado sacado de España. Ordenaste tus cinco camisas, tres pantalones y un impermeable caro que te había regalado Chaves, dos o tres libros, varios cuadernos de notas. En Boca do Acre os encontrásteis con el desconocido socio de Valentín, un tal Gonçalvez que ya tenía cargadas las canoas con todo lo necesario para instalaros y mientras ellos hacían las compras de última hora bajaste a la orilla del río Acre. Debían ser las nueve de la mañana pero el sol ya quemaba la piel. Varios botos rosados salían a respirar a pocos metros del muelle donde estaban las embarcaciones. La corriente del río arrastraba árboles enteros y almadías de maleza sobre las aguas terrosas, casi podías tocar los delfines con la mano y no pudiste resistir la tentación de meter los pies en esa agua que parecía espesa como sopa de tapioca. Los delfines se acercaron y tocaron tus pies con sus morros. Entonces, tuviste la certeza de que aquellos ríos turbios, la floresta impenetrable, el sol violento que te quemaba la cara, las lluvias torrenciales que llegaban cada tarde, serían tu hogar. No importaba que tu cuerpo hubiera estado hasta entonces acostumbrado a las sombras confortables de las bibliotecas, ni que la piel de tus manos fuera suave y tus saberes inútiles en el Amazonas porque ya no eras tú, ya no eras el oscuro profesor de griego, el exiliado con privilegios, el traidor a un hijo que has abandonado, el hombre perseguido por el recuerdo imborrable de una miliciana que vino del frío para amarte. Ya no eres el tipo agotado por el viaje y el calor que mira con asombro a los botos rosados sino el niño aquel que leía a Buffon y soñaba con las aventuras que contaba el tío Leandro, el  chico que espera ansioso los libros que le trae su padre debajo de las mantas, libros de animales y ciudades remotas que lees por la noche cuando todos duermen a la luz amarilla de una lámpara de petróleo y que luego cuentas a tu amigo Valentín como si fueras tú quien caminas por las Montañas de la Luna, la polvorienta ruta a Tombuncú, el secreto camino hacia Eldorado.
—Nos vamos ya —grita Valentín desde arriba—.
Aquel treinteañero que aparenta tener casi cincuenta es el mismo muchacho que escuchaba en silencio tus historias y te enseñaba a pescar grandes barbos en el Tietar, a cazar torcaces, a acechar al monstruo que os espera con hambre bajo el agua cenagosa de la Alameda de las Pozas.
Cuando Gonçalvez arranca el ensordecedor motor y el larguísimo eje de la hélice se sumerge en el agua empujando a la barca río arriba descubres que el dolor ya no es insoportable, que los inmensos árboles que cubren las orillas y esa maleza asfixiante que borra los caminos volviendo locos a los hombres te hace sentir la seguridad de los paisajes familiares, de haber estado antes allí, de haber sido antes, en algún lugar de tus recuerdos de niño, tu casa.
Cuatro años después, olvidada la falsa mina de oro, desbrozadas las sendas que van a las castañeiras y las heveas de cuyos frutos y savia vivís, acabada por fin la casa que os protege del jaguar que ronda el ganado, te levantas de la hamaca y pisas los periódicos atrasados en los que has leído que ha muerto Manuel Chaves y te sientas frente a la Olivetti que te ha traído Gonçalvez. Le debes a tu amigo muerto esa historia, deseas volver después de estos cuatro años trabajando de seringueiro al territorio limpio de las palabras escritas. Pero ahora ya todo es distinto. Son las mismas palabras las no te dejan tejer esa historia con la lógica lineal del tiempo y tu memoria, hasta entonces cartesiana, se niega a seguir la trama que le impones. Esa historia de espías y traiciones, de armas, ciudades peligrosas y soldados a la fuerza se rebelan contra tu voluntad y son las voces de otros quienes la explican a pedazos. Te sorprende que sin embargo a Valentín esa fragmentación caótica de sucesos y voces, de tiempos e historias, le parezca perfecta.
—Así fue, así era esa maldita guerra —repetía después de leer lo que llevabas escrito—.
A ti, sin embargo, te desesperaba que Olga fuera cada vez más un personaje huidizo y borroso, a cada página más extraña y ajena a tu memoria o que el oscuro anarquista llamado Iker, el ingenuo miliciano Evaristo, el brigadista Hans, el cascarrabias de Miaja, el taciturno General Rojo o aquel descomunal cocodrilo que visteis de niños en una charca a las afueras del pueblo, fueran las voces de la trama.
Rompes los folios a pesar de las protestas de Valentín y de Gonçalvez y una tarde, para olvidarte de aquella repentina obligación, coges la escopeta del veinte y la bolsa de caucho con un puñado de cartuchos y te vas por la trocha alta siguiendo el arroyo, atraviesas los cañaverales espinosos, los primeros grupos de heveas y te sumerges en el bosque siguiendo los gritos de los monos.
Tus amigos te estuvieron buscando hasta bien entrada la noche pero el jaguar les rugía cerca y perdieron tu rastro de machetazos cerca de las cascadas.
A los dos días te dieron por perdido, a los cuatro por muerto. No sabías orientarte en el bosque, ni qué comer o cómo protegerte de los animales. Volviste a la casa seis días después, afiebrado, hambriento y herido, pero tranquilo. Dormiste dos días enteros y te despertaste con el mismo apetito que la onza que rondaba la casa. Después de acabar con el guiso de pecarí que había hecho Valentín, con una gran ensalada de papaya y casi media botella de cachaza te fuiste a bañar al arroyo y después volviste a escribir aquella historia. Ahora las voces eran como las lianas de la selva y no te importaba el caos en el que la memoria y la imaginación convertían a tus recuerdos.
Aquellas escapadas se acabaron convirtiendo en costumbre. A veces acompañado de Gonçalvez o de Valentín, la mayoría de las veces solo. La floresta, que era para casi todos los hombres el peor de los infiernos, el lugar de la locura y la aniquilación. Para ti eran un lugar de paz, el único territorio si palabras. Salir a cazar o a pescar era el pretexto, muchas veces no disparaste sobre el anta desprevenida a la que habías seguido el rastro durante días o sobre la gran anaconda cuya grasa y cuero vendíais a buen precio. Te da igual tu piel herida y picada por los insectos, porque eres el niño que lee a Buffon, Lamarck, Alejandro de Humboldt o Darwin, el chiquillo que se deja hipnotizar por el aleteo de las inmensas mariposas azules, el vuelo inmóvil de los colibríes o los ojos fluorescentes de los yacarés y cuando vuelves a la casa a seguir escribiendo sobre aquella guerra que arrasó tu país y tu vida ya no te importa que tu voz enmudezca mientras hablan otras voces o que Olga Havel se convierta en una mujer que ya no conoces.
Tardaste un año en escribir aquella historia que debías a Manuel Chaves y fue justamente en tu última escapada al bosque, antes de terminar de escribirla, cuando te encontraste con Yanim recogiendo las grandes nueces de las castañeiras con un niño que no llegaba a tener cinco años. Estaban desnudos y el anciano empuñaba una escopeta de chispa de un solo cañón aún más destartalada que la tuya. Esa noche compartisteis el fuego y la carne salada que llevabas. Cuando el niño se durmió, el anciano indio comenzó a hablarte en una mezcla de portugués y español que le costaba trabajo pronunciar.
—He visto muchas veces tu rastro en el monte. Haces mucho ruido y caminas muy rápido y eso es malo para la caza, la mayoría de las antas y los puercos de monte ya te conocen y se apartan de tu camino antes que los veas. Pero ahora no vamos a hablar de caza sino del mundo. Me han dicho que sabes dibujar en papeles las historias que otros cuentan, así que te voy a contar la mía para que no se pudra como la hojarasca que pisamos, para que un día pueda vivir en ella mi hijo y no las escolopendras y los gusanos. Voy a morir pronto y quiero que guardes en tu cabeza a mi pueblo.
Yanin y su hijo se quedaron en la hacienda. El jaguar dejó de rondar al ganado durante unos meses y yo seguí escribiendo nuestra historia. Al atardecer, antes de encender las lámparas de petróleo y que el aire se llenara de mil insectos extraños, leía a Valentín, a Gonçalvez y a Yanin las páginas escritas y luego ellos discutían durante horas sobre aquellas palabras ante mi silencio y mi asombro. ¿Cómo podía un campesino extremeño, un indio y un seringueiro  loco discutir sobre la guerra de España?, ¿sobre la decisión de Olga Havel de traicionar a sus camaradas y sus ideales a cambio del dudoso intento de salvar la vida de un viejo guitarrista gitano prisionero en Praga?, ¿sobre la conducta de aquel joven profesor que abandona a su mujer y a su pequeño hijo por una extranjera desconocida?, ¿sobre aquella demencial decisión de esconder miles de armas en la retaguardia franquista para seguir la guerra?, ¿sobre la existencia o inexistencia de un gigantesco saurio acechando a dos niños bajo el agua de una pequeña charca extremeña?.
Yanín comenzó a contarme la historia de su pueblo desde el principio: ...antes, un antes tan lejano que la memoria ha olvidado los nombres de la gente, nosotros los hombres nos vestíamos con las pieles de animales extraños de pelo espeso y vivíamos en una tierra cubierta siempre de agua sólida como la roca...
Compré un magnetófono AEG de rollos de cinta en la tienda de Afonso.
—Lo último de lo último, tecnología alemana, se lo he cambiado a un garimpeiro nazi por unos sacos de víveres –decía el comerciante—.
Y grabé en más de veinte rollos de cinta toda la historia y el saber de un pueblo del que sólo quedaba un anciano y un niño. A veces en portugués, en castellano y en su propia lengua su voz pasó por generaciones y generaciones hasta el último día, el momento en el que los dos últimos supervivientes de las enfermedades y las balas que les trajeron los buscadores de oro, los traficantes de madera y los caucheros, se encontraron contigo, con las huellas de un cazador incauto al que acechaba cada vez más cerca un jaguar hambriento.
Esa noche Yanín bebió zumo de liana y habló con la fiera para que no me devorara. El animal aceptó no comerse al cazador, se alimentaría a cambio de la vieja carne del indio cuando este terminase de contarle la historia de su pueblo al extranjero.
Hacía tres años que había terminado la Guerra Mundial y los precios del caucho comenzaron a caer. Yo terminé de escribir nuestra historia y Yanín desapareció en la selva dejándonos a su hijo.
—Tienes que publicar tu libro –dice una y otra vez Valentín—. Nadie va ha recuperar nuestra memoria y los franquistas contarán al mundo que ellos eran los buenos y nosotros una panda de anarquistas locos y estalinistas sanguinarios.
Estábamos pescando en el embarcadero como todas las tardes para coger unos surubíes para cenar.
—No te muevas —susurra de pronto Valentín mientras saca el Tigre de su funda de caucho y apunta a mis pies.
Entonces miro debajo y veo la enorme cabeza de un monstruo de ojos de macho cabrío y dientes amarillos. El Yacaré dio un rabotazo tras el tiro y se hundió dejando tras si una nube de sangre.
—La lagarta nos persigue —grita Valentín—.
Aquella noche le volvieron las fiebres de la malaria.
—Ha vuelto el Jaguar —dice Gonçalvez mientras destripa los peces.
A la mañana siguiente hice dos paquetes que llevé río abajo hasta el despacho de correos de la tienda de Afonso. En uno iban las veinte cintas magnetofónicas y una breve nota:
“Querido Heliodoro esta es la historia del pueblo Nauaú, últimos mohicanos del río Purus cuídala tú del olvido”. 
En el otro paquete metí la piedra pintada que encontré en la cueva y el rimero de folios mecanografiados protegidos en una bolsa de caucho ahumado que Yaním había fabricado antes de marcharse y escribí un nombre y una dirección como quien nombra un lugar inverosímil, fantástico, inexistente: Ramón Sánchez, Jara, Cáceres, España. (de: "los últimos hijos del lince". 1999) 


viernes

BOMBER AZUL

Miles de salmones remontaban ese arroyo alto del Kenai. A Louis Mart le bastaba salir al pequeño porche de la cabaña con la taza grande de café y contemplar el agua. Sonrió. Tenía un secreto. Los mosquitos revoloteaban cerca sin picar. Los días ya eran largos. La osa se acercaba a veces a la linde sur de bosque de pequeños abedules a carroñear las huevas y las pieles que él le dejaban. Nunca rondaba la casa. El animal le tenía miedo. Como los mosquitos. Como los lobos. Ayer se acercó Will y le dio el artículo mensual del Boston Globe para que lo echase al correo. Le regaló dos kilos de ahumado por la molestia. The New Yorker le había publicado algunos de sus cuentos más largos. Dinero esporádico para comprar café, sedales, cartuchos, zanahorias. Son muy caras las zanahorias y las peras en almíbar en Alaska. La casucha de ahumar seguía activa. Su forma de ahumar era ya famosa en el valle. Gustaba mucho. Sus piezas tenían un sabor jugoso y casi dulce. Otros ahumadores artesanos que vendían cientos de kilos todos los años y llevaban ahumando tres generaciones se acercaban hasta su cabaña a comprarle unos lomos para su propio consumo. Mantenía el secreto. El de la felicidad. El de ahumar. El jaulón de la orilla ya estaría bien lleno. Le bastaban dos semanas de trabajo limpiando y ahumando para vender y tener pescado para todo el año. Cazar un alce bien gordo al final de verano y los cincuenta tarros de vidrio donde guardaba sus vinagretas y mermeladas. Sólo Will, que tenía un cuarto de sangre nootka, sabía que se llamaba Luis Martín Sánchez y que el viejo rifle tigre del 44-40 que utilizaba para cazar el moose de todos los años ya disparaba bien desde aquel terraplén reseco sobre el Jarama que compartieron los dos.

Tras el café decidió dejar el trabajo que esperaba en la trampa para el día siguiente. Cogió la caña y bajó al río. Barruntó la osa con los dos cachorros tras un bush espinoso que estaba aún lleno de moras verdes. Se lavó la cara despacio y bebió haciendo cuenco con las dos manos. Ató una de las moscas azules que le montaba Will. Fea, peluda, irregular. Nada que ver con las preciosas moscas de salmón que le mandaba Albert desde Farlows veinte años antes, cuando no sabía nada de osos ni de glaciares, cuando se aburría escribiendo sus informes de ingeniero en la oficina de patentes. Recordó a Barea, sus ojeras oscuras el último día que hablaron en los sótanos de la Telefónica. El sedal hizo un arco amplio. La mosca azul, con ese grueso cuerpo en forma de tonel alargado montada con pelo de alce recortado dragaba con suavidad la superficie. El enorme pez rabioso subió del fondo, atrapó el señuelo y se dio la vuelta. Louis esperó tres segundos, los contó en voz alta antes de alzar con fuerza la caña y clavar. Con el sol a media altura regresó a la casa. No llevaba ningún salmón entre las manos pero fue al jaulón de la orilla, metió el pincho y clavó una hembra grande. Al pasar por las zarzas lo lanzó a lo más espeso y escuchó el gruñido.

Me dijeron que en el ochenta y nueve regresó a Madrid. Era Mayo. Se paseó por la ciudad como un turista más, con su anticuada Leica, su camisa de cuadros y su vaquero de peto. Le entrevistó mi amiga Marisa en la misma taberna de Tirso de Molina que cita en uno de sus cuentos del New Yorker, pero no consiguió colocar la historia. Sólo un periódico de Aragón publicó la entrevista casi un año después. Hablaba de Arturo Barea, de sus amigos de la Lincoln, del ruido de los halftrack camino de Kehlsteinhaus, de su hogar junto al río y aquella grizzly tímida. Contaba también, al final de la entrevista, que había estado pescando salmones en Asturias y defendía la necesidad de soltar todos los peces, cuidar los ya maltrechos ríos del norte e impedir que se fueran extinguiendo los últimos grandes salmones de España. Lo decía él, el mejor ahumador del Kenai, que había clavado doscientos salmones aquella temporada en su pequeño arroyo adoptivo. Un periódico de Aragón, un año después, toda una contraportada, dieciséis mil pesetas pagaron a Marisa. Me mandó el recorte  y una de las viejas fotografías originales recién instalado en el afluente, aún joven, con un salmón en cada mano. También su dirección. En Julio del noventa y seis el todoterreno del hijo de Will enfilaba la última parte del carril. Tras un año de intercambio epistolar había accedido a que le hiciera una entrevista larga, una “historia de vida” que sería mi trabajo de tesina. Acababa de leer “el precio del paraíso”, la historia de Antonio García que había escrito Manu Leguineche. Quería imitarle.  Llevaba la caña, claro, y casi un litro de repelente para los mosquitos. A Luis nunca le picaban, nunca se acercaban los osos, Tenían miedo al soldado que guardaba dos grandes secretos, no al pescador.


miércoles

FLEQUILLERA

Tic tac, tic tac, el reloj de la vida, las estaciones, los años, las décadas, hasta que un día nos sentimos supervivientes. Otros amigos no tuvieron ese azar, esa suerte, esa extraña ruleta genética. No hay otra fortuna. Ni ligarse a Claudia Schiffer, ni una Primitiva. Sólo vivir. Dos mil años de filosofía para llegar a esto. No ha sido mucho. Una vez que Friedrich Nietzsche constató que los reyes magos o dios eran los padres y que descubrimos que la mecánica cuántica se da de hostias con la teoría de la relatividad y su universo ordenado y predecible, vivir es otra cosa. Un presente que camina siempre hacia un futuro dudoso. Caminar es un decir muy machadiano, ya que vamos a todo trapo, 850 kilómetros hora rotando, 30 kilómetros por segundo alrededor del sol. Y nosotros aquí, quietos, en la paradoja de estar metidos en el agua helada mientras fuera hace 40 grados, contemplando como miles y miles de efémeras pasan de largo. Tempus fugit a lo bestia, nada de metáforas. El principio de incertidumbre era esto, la trucha está y no está al otro lado de la mosca flequillera de Pakito, la caña se dobla, sientes su fuerza, pero a la vez no la sientes, puede que ya no esté, que nunca hubiera estado. Schrödinger tenía que haber utilizado a una trucha y un río en lugar de una caja y un gato.

Pero la fortuna es estar con él, la trucha es lo de menos. La fortuna es sentir el calor meridiano, el frío ártico, los mosquitos, el reflejo del sol quebrado por la seda al caer y esas miles serratellas ignitas posadas en el agua pasando de largo y entre todas una es la nuestra y esta hecha de acero, hilo, plumas. Pescar es hacer filosofía, volver al viejo Schopenhauer, la voluntad de vivir y todo eso, la voluntad de posar una y otra vez y cien veces la flequillera en esa cebada. Tic tac, tic tac, pero el sol nunca suena, su tiempo es suave siempre, mañana quien sabe. El hijo pescador ya me supera en diez centímetros. Hace garita a la sombra mientras a mi me pega el sol, piensa en sus incertidumbres y sus relatividades, que no son las mías. Los ríos le han visto crecer y madurar. Y yo en ellos, con él. No hay más fortuna.



jueves

PARAISO V (dedicado a Jesús G. Azorero)

Diane Michelin
Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor los saludó con la cabeza y les dijo: «Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?».
Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho, por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: «¿Qué demonios es el agua?».

A veces no nos damos cuenta de lo que somos, lo que nos rodea, lo que respiramos o bebemos, el agua, la fragilidad de la vida, un poco de tiempo. El 60% de nuestro peso corporal. Yo peso unos 70 kilos así que soy 42 litros de agua ¿será el peso de mi alma? ¿Y qué demonios es el agua?, eso que sale de nuestros grifos y que viene de un embalse que ha encerrado un río. Sacia la sed, limpia y relaja si tenemos el privilegio de pegarnos un baño en un sitio bonito y con el agua limpia.

Estuve bañándome en el alto Tormes, hacía calor, dejé de pescar y nadé unos minutos. Hice lo mismo otro día en la garganta de Alardos. El agua estaba limpísima y fresca, la paisaje que me rodeaba era de paraíso. Mucha gente se va lejos y hasta muy lejos buscando eso mismo y no se da cuenta que tenemos paraísos muy cerca, a poco más de dos horas de una ciudad recocida por el calor y la contaminación. No hay cerca chiringuito, ni arena dorada, ni hoteles de pulsera, pero nadar en todos esos ríos de la España vacía que aún están limpios es un placer que no cambio por ningún otro lugar famoso y turistizado. Siempre he intentando huir de todo eso. No me gustan los hoteles de vacaciones, ni las playas famosas, ni los lugares con más de dos persona en el agua.

Se equivocaron todos los economistas teóricos del ocio. El ocio, el tiempo del ocio se ha estancado. Hace veinte años se auguraba un futuro con menos horas laborales y más horas libres para "gastar y consumir" o para no hacer nada. Luego la revolución de las nuevas tecnologías prometía algo parecido, los ordenadores, las máquinas y los robot mantendrían la productividad y tendríamos más horas libres. Pero no es así. China y el resto de países emergentes han propuesto el ejemplo contrario que tarde o temprano vamos a seguir todos. Mi hijo el pescador no ha leído a Paul Lafargue pero piensa como él. ¿Porqué no hay un equilibrio entre tiempo laboral y tiempo personal?. Trabajamos más, producimos más, pero seguimos trabajando muchas horas y no ganamos más, al contrario, el trabajo es más precario, la jubilación incierta. Este modelo de vida no nos hace feliz y además no es muy sostenible. ¿Porqué no cambiarlo?, la vida es demasiado corta para dejarse engañar. Acabo de contarle a mi hijo el pescador porque se llama efémera la efémera. Vive un día como adulto. A veces ni eso porque una trucha se la come antes de poder aparearse. ¿y si sólo viviéramos un día? me pregunta¿Qué demonios es el agua? Dijo el pez más joven.


Nota: El párrafo de arriba es el comienzo del único discurso que dio en público el gran escritor americano David Foster Wallace.

martes

HUESO


El primer pescador que dejó el arpón para probar atrapar peces con una caña y un anzuelo ya fue muy innovador. Entonces, en ese momento, la caza se convirtió en pesca. Desde ese momento no hemos parado de investigar e innovar, aunque una y otra vez algunos vuelven, o volvemos, a utilizar materiales antiguos como líneas de seda natural, cañas de bambú, plumas y pelos en lugar de las líneas de plástico, las cañas de grafito o el floam y las fibras sintéticas de colores. La innovación no para aunque la ciencia y el instinto que hay en un perdigón con cabeza de tunsgeno sea el mismo que el que hay detrás de este anzuelo de hueso de la foto.

Yo no tengo ningún prejuicio hacia la innovación de los materiales que utilizamos para pescar. El día que hagan una caña de grafeno, unos anzuelos de cristal transparente o una seda invisible en el agua la probaré sin ningún problema. Hoy utilizo por igual una caña de bambú o de glass o de grafito, una seda natural o una sintética, un saltamontes de floam o una preciosa seca montada por Azorero.

Lo que ha cambiado es el río y con él, la necesidad y la ética de no matar a los peces. Los ríos sí son muy distintos, la mayoría arrasados, tóxicos, embalsados y empobrecidos en su biodiversidad y su belleza. La innovación en los materiales que usamos está clara, la innovación en nuestra forma de ser pescadores también: no matar, no ensuciar, no romper, respetar la biodiversidad de los ríos y hacer invisible nuestra presencia antes y después de haber pescado. 
Le digo a mi hijo el pescador que tal vez el cambio climático o cualquier otro Apocalipsis nos obligue a volver al pasado, a vivir en las cuevas y pescar con anzuelos de hueso para sobrevivir... has visto demasiadas películas de zombies papá. Me dice.