viernes

DIORITA



¿De verdad todo lo desgasta el tiempo? ¿O somos nosotros los que permitimos que la dejadez vaya borrando lo que un día nos pareció intenso como una explosión termonuclear en medio del sol? ¿De verdad la intimidad y los días erosionan aquella belleza que nos excitaba siempre? ¿O somos nosotros los que aceptamos que el deseo se desmorone sin remedio aunque una vez lo imaginamos duro como una diorita arrogante en la intemperie? Pero hoy, esta madrugada, todas esas preguntas son ceniza de cigarrillo arrinconado en una acera de la ciudad, retórica de postureo recitando a Keats, elucubración de pajillero cuarentón, ripio de poeta aficionado a las pintadas con spray. Acaricias las estrías de su culo, la cicatrices de su vientre, los músculos fuertes de sus piernas, las aréolas grandes, la leve curva de su sonrisa. Besas sus párpados para que no te queme el brillo de sus ojos y bajas luego hasta el ombligo y le das la vuelta porque la evolución y Darwin fabricaron el culo para algo.

De camino al río te preguntas que haces ahí, atravesando la noche hacia la nada, por qué no te has quedado a celebrar el domingo, a buscar entre los gestos de su despertar aquello que nombrasteis en susurros o a reconocer con asombro que hay partes en vuestra memoria de diorita. Tienes que esperar en el coche a que amanezca y por la radio describen los espantos que se perpetran no muy lejos, el babeo del político mamón que se cree alguien, la enumeración minuciosa de todos los vencidos. Apagas el cacharro. Abres la ventanilla. Entra el frío. Con la penumbra disolviéndose en la niebla ya sales al camino con la caña montada y la mirada aún perdida en el asombro de las horas de antes. No sabrías delimitar que fino arroyo de cristal separa la alegría de la felicidad, tal vez su duración, tal vez sus mitos, quizá la hondura de una u otra poza. 
Ya se ve bien. Bajas deprisa. No te espera en la orilla ninguna ondina ni nereida, la de verdad estará aún dormida lejos de allí. Pero quieres presenciar de nuevo, un año más, los dedos de la aurora junto al agua ese primer día de la temporada, como hiciste tantas veces, con la emoción intacta igual que esa diorita que has imaginado para aludir a esa mezcla de amor y de deseo que has tocado antes. Atas dos ninfas del doce, verde y azul, grandes, pesadas y peludas. Lanzas arriba, en la curva donde desaparece la espuma y luego acompañas la deriva caminando por la arena gruesa de la orilla. Profundizan muy rápido. Cuando notas que alguna toca el fondo tiras un poco del sedal. Has sentido el temblor, la rigidez, luego el tirón, el corazón a mil. Nunca es igual.

No dudas que el tiempo desgasta las suaves piedras de granito que pisas bajo el agua y la vida que tienes y tus dedos que antes temblaban metidos en su cuerpo y ahora sujetan la trucha y mañana quien sabe. La belleza está ahí, estuvo siempre, en el perfil de su culo, en la curva del río, en la trucha prendida, el camino de vuelta, la mañana suave, la sonrisa que tiene, la certeza de meses por delante junto al agua y junto a ella. La belleza está ahí, estuvo siempre, tan invisible a muchos, porque es necesaria la voluntad, el esfuerzo y el empeño de no perder de vista todo eso, de perseguirlo siempre y no dejar que nada desgaste esa diorita áspera y distinta que todos tenemos dentro.


miércoles

INVIERNO & CAMUS




Baja al Tiétar en medio del invierno. La arena y la hierba seca cruje escarchada. Va bien abrigado pero el viento se va colando por alguna esquina de la ropa y le va helando. Camina mucho tiempo. No se para. Desde muy joven descubrió que el caminar nunca le cansa, al contrario, le llena de una extraña energía, una euforia infantil que siempre le sorprende, en cambio, si se para, siente el agotamiento, la pereza, la vida brilla menos.

Llega hasta una poza grande y redonda con una ruina extraña que sobresale en medio y nunca ha sabido que pudo haber sido en otro tiempo, tal vez un pilar de puente o los cimientos de un viejo molino cuando el cauce era otro distinto. Al segundo lance clava. Una pelea bonita, con carreras intensas y hasta un salto. Hace una foto al pez y  al volver al agua pega otro salto. Piensa que debe haber barbos con alma de salmón. Sigue caminando, ya siente el frío en todas las esquinas pero no le importa. Con leña de arrastre, en medio de una playa, hace una hoguera. Durante un rato, sentado sobre un tocón lavado por mil riadas, deja que el fuego le temple un poco. Recuerda a veces “el verano” de Albert Camus, escrito en el oscuro invierno bélico de 1940, un librito de pocas páginas que suena y calienta como una hoguera grande: “En medio del invierno, descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; dentro de mí hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta”.


martes

COZ (Dedicado a Fran Gil, que no ha podido leerlo y sé que le hubiera gustado...)


Se llama “El Triana” y era uno de esos bares que había sobrevivido a varias posguerras sin cambiar su desnudez desolada, sus cuatro parroquianos disecados con boina y negro de liar, los chatos de vino sobre la barra, tres bombillas de cuarenta vatios que hoy estarán en un museo arqueológico y una extraña pintura rojiza con miles de puntitos pardos que mucho más tarde descubrí que eran cagadas de moscas, durante generaciones de intensivo trabajo habían logrado esa preciosa pátina. Teníamos dieciséis o diecisiete cuando invadimos el Triana. Bebíamos cerveza y solysombra a granel para demostrar nuestra inmortalidad y rabiábamos por largarnos del pueblo para siempre, pero mientras tanto, muchas veces, nos dejábamos hipnotizar por una fotografía que la generación de nuestros hermanos mayores había grapado en uno de los muros del bareto: un cartel de Coz del LP “las chicas son guerreras”. Desde él, una mujer vestida con un mínimo bikini dorado medio bajado, una diadema de reina y una espada brillante con toda la pinta de habérsela robado al primo toledano de Conan el bárbaro nos miraba desafiante  con la barbilla alta y semi arrodillada sobre la chepa de algún rijoso dragón asesinado. Y a veces, desde el tocata chispeante y ronco del Triana, sonaba la canción y a todos nos brillaban los ojos porque sólo queríamos enamorarnos de las chicas más guerreras.
Luego me recogía a eso de las dos o las tres, tras haber cerrado el Triana y el Luna y haber escuchado de nuevo el disco de Coz en “el caseto” de Rufo, un garaje con chimenea y sillones de eskay viejo en el que nos refugiábamos a beber, bailar, fumar, cantar y deprimirnos porque no nos hacían ni puto caso las que de verdad eran guerreras.
Me levantaba a eso de las seis para bajar a la garganta pescar, caminando cinco kilómetros de ida y cinco de vuelta, más los cinco de orilla salvaje. Muchas veces, caminando en la noche más oscura, tarareaba aquella canción macarra de Coz.

Jugar con ellas es como manejar la nitroglicerina
tienen mas vatios que una nuclear, y no son tan dañinas
y la mas cardo puede tener, sabor a mandarina
rubias, morenas, castañas, que mas da, todas están divinas
uhh!!,ahhhhh!!
las chicas son guerreras

Pasaron algunos años y huí a Madrid. Quiso el azar que mi casa estuviera por Ventas, muy cerca de la Canciller, la catedral heavy de Madrid y quisieron los hados que en la facultad conociera a M., una chica guerrera de chupa de cuero, cardado revuelto de pelo azabache, vaqueros negros ajustados, converses blancas y sucias, con un genio y un cuerpo parecido a aquel poster hipnótico de Coz. Yo no era heavy pero con ella y otros amigos afines a su secta nos recorrimos muchas noches el Osiris, Kaos, Excalibur, Rainbow para acabar casi siempre en la Canciller ante las miradas, al principio aviesas, de los heavys que morreaban litronas y porritos en las aceras de la puerta y luego ya más de colegeo cuando vieron que era asiduo y que iba agarrado a cintura de M. Es posible que parte de mi actual dureza de oído sea debida a aquellos años de decibelios y sobes junto a uno de los bafles, pero nunca me lo pasé tan bien, jamás bailé tanto y de forma tan libre y salvaje como entonces. Salvo los domingos, que con tozuda insistencia me chupaba doscientos kilómetros de ida y doscientos de vuelta para seguir pescando en mis gargantas, escuchando los murmullos de los torrentes y tocando el cuerpo, también guerrero, de algunas truchas. De ida y también de vuelta sonaba en la casette Rainbow, Iron, Obus, Leño, Scorpions… y Coz, por supuesto.

Las chicas tienen algo especial,
las chicas son guerreras
desde el perfume a las medias de cristal
las chicas con guerreras
tras una barra con pinta colegial
las chicas son guerreras
en las revistas o todo al natural
las chicas son guerreras
uhh!!,ahhhhh!!
las chicas son guerreras

Perdí la inmortalidad y mi afición al heavy. Comenzaron los trabajos esterilizadores, las rendiciones sin lucha, la muerte de los que amamos, las torpezas con consecuencias, los viajes sin placer, las soledades nunca sonoras y el descubrimiento desolador del aburrimiento y sus drogas. Mucho antes M. se había ido a su vida. De tanta ruina sólo me salvaban mis huidas a los ríos, el frío del agua, las caminatas largas y en silencio, la voluntad empecinada de no dejar nunca de pescar en ríos heavy, en ríos salvajes. 
Muchos años después coincidí con M. en una comida de antiguos compañeros de facultad organizada en un adosado con micro jardín de las afueras. No quedaba nada de la heavy, vestía como una anodina pija oficinista y encima había adelgazado. Su pareja actual parecía del PP y se había vuelto medio rubia. Pero muchas veces, durante esas horas, al mirarle a los ojos, vi que yo también era un estúpido tipo gris que encima había engordado. De vuelta a Madrid, ella conducía porque su pareja había bebido demasiado y roncaba detrás, le conté la historia de aquel cartel de Coz al fondo de El Triana, también lo feliz que fui en La Canciller besándola junto al bafle y lo gilipollas que me había vuelto desde entonces. Pasábamos por la M-30, cerca de Ventas. Ella no decía nada. Manipuló entonces algo en el volante y comenzó a sonar a todo volumen la canción de Coz.

Ellas suelen llevar el timón 
y hacen astillas tu pobre corazon 
y si ves el mundo girar 
es porque las muñecas han puesto la cadera a funcionar 
las chicas tienen algo especial 
las chicas son guerreras 
de la mas cursi a la tia mas legal 
las chicas son guerreras 
uhh!!,ahh!! las chicas son guerreras!!


LUGARES



“Quien sólo haga inventario de sus hallazgos sin poder señalar en qué lugar del suelo actual conserva sus recuerdos se perderá lo mejor. Por eso los auténticos recuerdos no deberán exponerse en forma de relato, sino señalando con exactitud el lugar en el que el investigador logró atraparlos” (Walter Benjamin)

MANGAR


Nadie sabe que me escapo al Éufrates, a pescar con el enemigo, con uno de los cocineros de campo que mal habla el inglés casi tan bien como yo árabe. Se supone que estoy de vacaciones por la herida y eso hago, me tizno la cara, me pongo unas ropas de Amed, un sombrero de paja y salgo a territorio hostil sin armas, tengo suerte de mis genes bereberes andaluces cruzados de mexicano, sin uniforme soy casi moro, como el ochenta por ciento de mi pelotón, como cualquiera de estos irakíes que huyen asustados cuando salimos con los blindados a enredar, cumplir misiones, matar gente como hace tres días. Vamos a pescar junto a unas ruinas antiguas, de cuando comenzó la civilización y las armas aún eran de bronce. Ya ha llovido.

El escarabajo camina muy despacio. Duda. El sol comienza a calentar fuerte. Tengo mi cara sobre el suelo, siento su calor, la vibración constante, como si la tierra fuera una enorme piel flexible que alguien golpea sin ritmo. A veces cierro los ojos. Me imagino nadando en una poza fría. El objetivo está cerca. Hemos dejado las mochilas con las cargas en una tejonera. El escarabajo se ha quedado quieto tras una piedra pequeña. Yo también. Esperamos a que vuelva Conejo de su rastreo. Elmer Conejo Ramírez, escribo el nombre completo para que quien lea todo esto no piense que Conejo es un mote. Una granada de mortero cae muy cerca. Algo me da en la pierna. Huele muy bien a romero. Descubro una mata seca y llena de polvo a un metro de me cabeza ¿será romero?. Muevo muy despacio el brazo para intentar arrancar un puñado de flores. Las desgrano con los dedos delante de mi nariz y respiro. Escucho las voces de los otros. Pueden ser tres o cien. Carlos, Negro, Liberto, Jaime, Lolo saben que no podemos quedarnos aquí a que el sol nos achicharre. El resto de hombres tal vez piensa que no es mal lugar esta hondonada llena de aulagas amarillas protegida por los tres peñascos. Yo sólo distingo tres voces. Puede que los otros noventa y siete estén callados. Hago el gesto. Carlos se escurre bajo el borde de una lengua de tierra seca que alguna vez fue una linde de un campo de trigo. En cuanto escuchamos la primera ráfaga nos levantamos todos y echamos a correr rectos hasta el paredón de piedra. Veinte metros. Evito pisar el escarabajo.  Son quince hombres. No disparan bien. Desde tan cerca, con el AK, hay que ser muy templado. Doy por encima del ojo al primer tirador. Se me encasquilla el arma. Saco la otra. Las ráfagas de Liberto barren a mi derecha. Carlos le ha metido el puñal a un capitán en el hueco de la clavícula y ahí sigue hurgando hasta que se desploma. Cuatro chavales de mi pelotón se retuercen y gritan detrás. Conejo sabe de eso y va a atenderlos. Los tiros de barriga son los peores. Dolorosos. Mando a uno que no conozco a por los enfermeros que están como a un kilómetro de la posición. Corre como una liebre entre los matojos hasta en una granada de mortero le cae casi encima. Dos de los heridos tardarán muchas horas en callarse. Los otros dos los hemos vendado y pueden moverse. Durante tres horas la batalla parece que se aleja. En este puesto de vanguardia hay agua y latas de sardinas, dátiles frescos, una bonita cesta de tomates maduros. Hay que esperar hasta que se haga de noche para largarse. Comer si ganas. Tiempo para escribir aquí. Tenían una ametralladora nueva, alemana, desmontada, la estaban limpiando. Suerte. Carlos no quiere lavarse las manos llenas de sangre negra. Utiliza la tierra seca. No podemos desperdiciar el agua. Cierro los ojos durante un rato. Al abrirlos veo un escarabajo como el de antes intentando trepar con torpeza por el terraplén. Pero de pronto abre los élitros y sale volando con un zumbido de bala, como un pequeño dron. Echo de menos unas alas de escarabajo. Al volver hemos pasado por la zona donde estalló la granada de mortero. Todos temíamos pisar los pedazos del mensajero.
He sentido como entraba y como salía. El pinchazo, el escozor al salir de la carne, la sangre caliente escurriendo sin parar camisa abajo. Él no ha sentido nada. Una y otra vez Liberto me explica lo estúpido de apuntar a la cabeza. Lo fácil que es fallar un blanco tan pequeño. Saña. Sádico. Sucio. Me describe, no insulta. Se nota que aprovechó bien las tardes en la academia. La pistola pesa mucho más pero nunca se encasquilla. Entramos por el corral. El pueblo parecía desierto. Hay un limonero viejo lleno de grandes limones maduros. Nos imagino sentados bajo su sombra, con las camisas blancas, impolutas, abiertas, bebiendo limonada con buenos mendrugos de hielo en los vasos. Domingo por la tarde. Desocupados. Risas. En otro tiempo. Dos hombres armados de guardia con los ojos entrecerrados. La ráfaga de Liberto les toca de lleno a la altura del pecho. Era una casona grande. Parecía casi abandonada. Difícil. Puede haber cincuenta bien armados. Ellos tiran granadas. Arrasan las ramas del limonero. Sacan dos ametralladoras de las rejillas de una carbonera. Suerte que se les acaban las cintas a la vez. Tengo tres o cuatro segundos. Cuento en voz alta. Entran conmigo Jaime, Lolo, Elmer. Huele a polvo húmedo, aceite de camión, sudor, explosivo. Los gritos se oyen siempre aunque estés sordo por las explosiones y los tiros. Los nuestros. Los de ellos. Apunto a los ojos porque es instintivo buscar un punto, el cuerpo sólo es un bulto. Sé que fallo más si apunto al cuerpo. En cambio en la cara se derrumban. Un tiro en el pecho hace luego una buena fotografía de vencido. Un impacto en la cara es siempre muy feo. Muchos soldados de reemplazo vomitan al ver esos agujeros. Tanto destrozo. No convenzo a Liberto con mis teorías. No puedo decirle que esta vez fallé y por eso el hombre pudo disparar su Kalas. Pero él también falló por apuntar a bulto y sólo me atravesó la carne del hombro. Se me cae la pistola como si ese brazo fuera el de una marioneta. Me queda la vieja Browning de mi padre. Soy zurdo. Sigo escalera arriba disparando a las miradas. Uno asoma el cañón y dispara a menos de tres metros de mi cara. Me llegan pedazos hirvientes de pólvora que se me clavan en el cuello, pero no la bala. Me duele más la quemadura que la herida. Grito. El hombre se asombra de haber fallado. Se le encasquilla. Le entra el tiro por encima de la frente. Hay muchos en un salón parapetados tras librerías derrumbadas y una enorme mesa de despacho de madera maciza. Liberto les mete una granada. Se derrumba todo. La pared que nos separa de ellos también ha reventado. El techo, la pared maestra que daba al huerto del limonero. Muchos cuerpos rotos. Ráfagas de Elmer que no escucho. Sólo veo el rojo de la bocacha. Todos sordos durante una semana. Casa por casa matando. Así ha sido esta batalla. Conejo me cura la quemadura les cuello con pomada amarilla. Luego, por la tarde, el comandante habla y habla mirando el mapa. Se están reagrupando en el pueblo más grande. Debemos ir esa misma noche. Yo me libro. Le escucho muy lejos. Le leo los labios. Llevó un limón en la chaqueta. Le corto con la navaja y me meto una rodaja en la boca. Escuecen los labios secos. Siento la hinchazón del hombro, como de corcho, el latido constante del dolor. 

Vacaciones durante una semana. De vuelta al río con el cocinero. Se me pillan que despellejarán, me atarán a un Toyota y me arrastrarán por las calles con han hecho con otros, ojo por ojo, como en la edad de bronce. Sólo me da paz el río, estos barbos monstruosos que nadan en el Éufrates. Amed es también pescador. Sólo eso me protege. Le digo a Amed que si aquí nació la civilización esta debería ser también mi patria. El río es la patria, me dice.



AMUR

Hordas de turistas pasaban de cuando en cuando a su lado. Z. se sentó en el banco señalado frente al lago Serpentine en Hyde Park. Pocos minutos después llegó el vendedor que, sin decir nada, le metió en su pequeño macuto entreabierto un ejemplar usado de una novela de Salter sobre pilotos en la guerra de Corea. A los pocos segundos se levantó y se fue. Z. abrió la novela y pudo contemplar el grueso mechón de pelo anaranjado y vaporoso. Luego cerró las páginas del libro y se levantó también. Comenzó a caminar por la orilla del lago hasta que el vendedor chino se unió a su paseo. Le entregó el pequeño enrollado de libras sin parar, sin mirarle a la cara, como si distraídamente sus manos se hubieran rozado. Mil libras en billetes de cincuenta por un pequeño mechón de pelo de tigre de Amur de unos pocos gramos de peso. Una ganga.

Entre los montadores de élite corrían siempre rumores, leyendas peligrosas, mitos que a todos interesaba no difundir. Una cosa eran las moscas montadas para exhibiciones públicas o la venta legal y otra el tráfico secreto de otras moscas muy apreciadas por algunos pescadores de abultada chequera, superstición ciega o coleccionismo enfermizo. Señuelos montados con las llamadas plumas “de sangre”, plumas de aves o pelo de seres casi extintos. De animales y pájaros protegidos y cuyo tráfico era ilegal pero también invisible. A quién le preocupa un manojo de plumas de colores.

Cuando llegó al hotel, Z. pudo contemplar a placer el mechón de pelo, de un color naranja dorado. Por la tarde tomó un taxi hasta el aeropuerto. Esa misma noche estaba ya en su casa de Durness montando ya algunos tricópteros con el pelo del tigre más grande y más raro del mundo. Un animal a punto de extinguirse y que vive en las más remotos bosques helados de Siberia. Allí algunos cazadores sin escrúpulos desafían a los guardabosques y les ponen lazos. Luego limpian sus huesos, los dejan secar y los venden por muchos miles de dólares a oscuros traficantes chinos que se acercan de cuando en cuando a la frontera Manchú. También venden las pieles que suelen acabar en palacios con vistas al desierto de Arabia. Cuando el animal es pequeño tampoco es mal negocio su venta, un hueso es un hueso y todos se convierten en polvo para la medicina tradicional china, pero la piel de esos otros tigres no decorará el salón de ningún jeque, el pellejo se partirá en varias tiras y luego se venderán trozos de piel como de medio palmo que los traficantes convierten en mechones de pelo que parecen pequeñas brochas.

Z. era un montador mi apreciado entre los pescadores ingleses y americanos ricos que pescaban moscas en ese mercado gris, no tanto por la perfección de sus montajes como por las exquisitas plumas que sabía conseguir. Cierta pluma brillante e insumergible del Mérgulo Jaspeado o de la Cerceta Malgache o del Pato de Meller o la Malvasía Cabeciblanca o de una cría del Pingüino del Cabo o de la espalda de un Pingüino de Sclater. El moñicle blanco de la cresta de un Ibis Nipón, las puntas de la Chocha Moluqueña o el Autillo de Flores, las aterciopeladas plumas carbón de la Cerceta de Campbell, el suave amarillo de la Mascarita Transvolcánica o el amarillo intensísimo del Tucán Ariel, el dulce bermellón del Turpial de vientre rojo o de la Rosella Elegante  o las preciosas plumas de pecho del Guabairo o las plumas de las colas de la Cacatúa Bankasian. El verde mágico del Quetzal, las plumas blancas barradas del Faisán Plateado, el verde metálico de la Paloma de Nicobar, el plumaje multicolor entero de un Monal Colirrojo o un Pavo Ocelado, los pequeños ojos blancos de un Tragopan de Blyth, las plumas ojo verde del Espolonero de Borneo, la riñonada azul acero del Faisán Vietnamita o del cuello del Faisán macho de Edwards o de la Irena o de la Pitta de alas azules o del Cotinga Cayana. Los bigotes blancos de una avutarda India o de una avutarda de Cori… Aves raras, amenazadas por la extinción que sin embargo se seguían cazando por sus plumas y que él utilizaba para montar sus moscas salmón. De eso vivía.

Los tricópteros de pelo de Tigre de Amur se los había encargado un maniático cliente de Texas, aunque ahora, las veinte moscas ordenadas en formación dentro de bonita caja de madera de cebrano podían haber estado hechas con el pelo de una ardilla o de un perro chouchou y nadie hubiera notado la diferencia. O tal vez sí. Eso a Z. ya no le importaba, apenas recordaba sus tiempos de ornitólogo de campo marcando pollos de avutarda en la estepa manchega o sus andanzas por el bajo amazonas fotografiando tucanes.  Sólo es un negocio, pensó para sí, no matan los tigres para hacer moscas con su pelo sino por sus malditos huesos. Abrió una botella de Garioch Glen del 58 mientras contemplaba el cuadro  de William H. Riddel, un grupo de gangas mimetizadas entre las hierba seca que le recordaba siempre aquellos tiempos en los que aún no era un delincuente, un gánster, un maldito traficante de plumas.



lunes

VOZ DE AGUA

Cascada del Diablo

Decimos que ríe el agua. Algunas veces sólo ronronea. En algún lugar canta o grita con voz fuerte y profunda. La voz del agua, como la del fuego crepitando en una chimenea, como la del viento entre los árboles... la tenemos prendida en nuestra memoria ancestral de humanos nómadas. Y junto a las voces del agua, las de las aves que viven en los bosques de ribera, el murmullo de la brisa entre los sauces y las malezas de la orilla. Nunca hay silencio en un río porque el silencio es la muerte de todo y junto al agua la vida explota y suena por todas partes.

Sentimos la voz del agua cuando vadeamos y la corriente nos golpea, estamos entonces dentro mismo del instrumento musical que vibra, dentro de su garganta. Hay voz también en el silbido de nuestro vareo con la caña, en el pez que salta fuera del agua y vuelve a desaparecer en menos de un segundo, en los abejorros, las libélulas, las ranas, el cuco, la perdiz, el ruiseñor, el mirlo... ¿Es la “soledad sonora” de la que hablaba tan bien Luis de León?  No es una música porque no hay nada humano en esas voces, pero al pescador le suena armonioso, acogedor, conocido, nuestro.

Hasta hay CD de todo eso. Una moda musical “neojipi-hispter” ha grabado todos esos sonidos de la naturaleza, todas esas voces del bosque, los ríos, el otoño, las aves salvajes para un público ávido de cerrar los ojos y sentir que no está en la urbe sino en una naturaleza ideal. Pero para el pescador no es lo mismo, eso sólo un pobre sucedáneo. Para el futuro viaje a Marte, dentro de algunas décadas, preparan también grabaciones de las voces de los bosques y los ríos para que los astronautas, en los largos meses por el espacio vacío, no se vuelvan locos.

Uno necesita también pescar por eso, para escuchar la voz y la risa de los ríos. Su susurro o su grito profundo. Es una canción antigua y salvaje que está grabada a fuego en nuestros genes de homo sapiens pescador y que necesitamos escuchar con frecuencia para no ser también astronautas tristes de viaje por el vacío y el ruido urbano, ya sea camino a Marte o a la oficina.

Tabla del Saja

jueves

CAMPOS


Comienza a llover de nuevo sobre Londres, Iker y su compañero odian la lluvia, demasiadas días con la ropa mojada en los frentes, en la carretera a Port Bou, en las playas de los campos de concentración franceses, en el paso del pico de Dorria o de Puigmal y luego la lluvia fría, casi siempre helada de todos esos campos en donde se quedaron sus amigos: Mauthausen, Dachau, Bergen Belsen, Buchenwald, Dora Mittelbau, Ravensbrück, Flossenburg, Neuengamme, Oranienburg, Strutthop, Natzweiler, Treblinka, Rawa Ruska, Schirmer... Caminan aprisa hasta un café en la esquina con Phillimore Gardens, se quitan las chaquetas y piden un café con leche, la joven camarera sonríe mientras regresa a la barra al ver a los dos hombretones con las manos atenazando las tazas de café hirviendo como si estuvieran ateridos de frío. 

Tomo la voz de Iker Elorza, una voz que imagino grave y seca.

Recibí una llamada de Evaristo el día veinticuatro por la noche y me encontré con él de nuevo en el Red Wild Boar. Pedimos unas pintas de cerveza y nos sentamos en la misma mesa en la que semanas atrás nos habíamos reunido con Dimitri.
—He comprado dos billetes para París. Vamos a despedirnos de Mera —fue lo primero que dije a mi compañero—.
Estuvimos después mucho tiempo en silencio, como si necesitáramos algún punto sólido desde el que comenzar a desgranar los recuerdos. Cipriano había muerto esa tarde y con él una parte de aquella vida palpitante que compartimos y que ahora ya sólo era frágil memoria, historia por contar, palabras desgastadas.
—Cada vez quedamos menos, viejo, no va a quedar nadie para contarlo.
—¿Y a quién le va a interesar el cuento? —le respondo— ¿a quién le importará el pasado de todos nosotros?, Ese tiempo remoto, ese lugar cada vez más borroso que ha sido nuestra vida. Ya nos han convertido en personajes como han hecho con Cipriano, en tipos de ficción que llenarán algunos libros de historia o unos cuantos programas de televisión. No te pienses que cuando palme Franco cambiarán mucho las cosas. Ya viste lo que pasó después de nuestra guerra, antes de Hitler o después de Hitler, los héroes se convierten en criminales y los criminales en héroes según convenga. Así que tú y yo estamos mejor aquí, escondidos en el confortable olvido de cualquier ciudad. Muchos de los nuestros han vuelto o están deseando volver en cuanto muera Franquito, pero nosotros a donde vamos a volver, ¿a Madrid?, ¿a Jara?, no nos espera nadie y seremos un estorbo para todos, un par de viejos babosos que se dedican a contar las gloriosas batallitas que perdieron.

—Yo sí quiero volver —me dice Evaristo— Heliodoro hace años que me ofreció su casa si alguna vez quería regresar y pienso hacerlo cuando se aclaren las cosas. No quiero morirme como Mera, ni como Arturo, ni como Chaves, ni como tantos, quiero morirme al sol, contando batallitas y comiendo morcilla de calabaza asada junto a Dimitri en ese pueblo donde murió un emperador o en el mío, en Jara.
—Yo no —le digo— Yo sólo quiero cazar a Jan, lo demás no me importa demasiado. Voy a cumplir setenta años  y mi futuro no existe.
Pedimos otra pinta y brindamos por Mera, por su memoria, su vida generosa, su cara de palo, el dios que lo batanó. Brindamos por el eficiente albañil de Tetuán de las Victorias, el actor que conocí en los Ateneos Libertarios representando el alcalde de Zalamea, el miliciano valiente, el teniente coronel del VI Cuerpo del Ejército que luchó como nadie, el hombre sincero e ingenuo que con la guerra perdida creía que era posible una rendición con condiciones, el vencido orgulloso que resiste tres años en el campo de concentración de Morand, el acusado en el consejo de guerra del cuarenta y tres, el condenado a muerte, el albañil exiliado y jubilado que me recibe en su casa de la avenida Juan Jaurés de París con casi ochenta años a su espalda, ya enfermo, me abraza fuerte durante largo rato y saca un buen Burdeos y unas aceitunas rellenas de anchoa.
—Que sé que eras de buen diente. Estoy escribiendo mis memorias —me dice—. Se han dicho tantas mentiras, ha sido tanta la infamia y el olvido que hay que hacer algo, aunque un libro no sea casi nada. Ya sabes que yo nunca he sido mucho de libros. Eso tú que eras un niño pera, un tipo leído. Habrías llegado a ministro seguro con los fascistas. Pero te he llamado por algo más importante, Me queda poco para palmarla. Tantas veces habría tenido que morir que ahora que es de verdad me hace un poco de gracia si no fuera por el dolor que me está jodiendo.
El anciano se levanta de la mesa y saca de un cajón unas fotos recortadas de libros, de periódicos o revistas. Reconozco a casi todos.
—Es una vieja cuenta que me ha ido royendo las entrañas poco a poco. Puede que incluso solo sea una obsesión de viejo choco, no sé. He leído casi todo lo que se ha escrito sobre aquellos días finales de Madrid, sabíamos que no tenía sentido una resistencia numantina, la guerra estaba siendo demasiado brutal para acabarla también de una forma tan inútil y tan estéril. Sospechábamos que Negrín quería entregar todo el poder a los comunistas y encima estaban los rumores de que los comunistas tenían setecientas toneladas de dinamita para volar la capital cuando entrara Franco, algo demencial si era cierto. Yo había mantenido una reunión con Negrín pocos días antes en Alcohete estando presente también Casado. Les expuse mis sospechas sobre las intenciones de los comunistas de hacerse con el poder y dar la sensación de que el PC resistía hasta el último momento mientras todos los demás sólo queríamos rendirnos. Pero no quiero aburrirte, para mí en ese momento solo había tres alternativas. La primera la que ya había expuesto meses antes Casado, crear una línea en el río Segura y concentrar allí una selección de los más preparados, no más de ochenta mil hombres poniendo a su disposición todo el material disponible, la otra era la de romper todos los frentes y crear grandes guerrillas escondiendo armas y pertrechos en puntos estratégicos. Creo que tú esa la conocías muy bien. Y la tercera era que el Gobierno parlamentara directamente con el enemigo. Conseguir una rendición respetable para salvar el mayor número posible de vidas.  Ya sabes lo que hizo Negrín.
Cipriano volvió a llenar los vasos de vino.
—No te quiero contar los detalles del golpe de Segismundo Casado que tú también viviste. A su manera a mí también me la jugó aunque siempre he pensado que de buena fe. Lo que quiero contarte es que años después, hablando con unos y con otros de esos días, primero en el campo de Morand, después en la cárcel o ya en el exilio, leyendo los libros que iban publicándose sobre la guerra tanto por gente de los nuestros como  por comunistas y por fascistas comencé a tener una sospecha terrible, una duda que fue haciéndose con los años más y más grande y que muchos datos en apariencia nimios, algunos testimonios indirectos y varios hechos inexplicables en los que al parecer nadie había reparado, me fueron convenciendo de que Franco conocía punto por punto lo que se decidía en el Estado Mayor, en el Gobierno incluso dentro de la propia CNT.
Bebemos otro vaso en silencio.
—La sospecha me ha envenenado la sangre durante muchos años. Siempre dudé de los comunistas, del cabrón de Negrín, de mi propia gente, incluso de ti y de los tuyos que siempre estuvisteis en todos los fregados, pero te confieso que no sé quién pudo ser el traidor. La gente del SIM destapó a muchos quintacolumnistas pero te aseguro que el espía no era de aquellos. Tuvo que ser alguien del más alto rango, una persona que inspirara confianza en todos y que debía tener precisos conocimientos militares. Durante un tiempo llegué a la conclusión de que era Jan, aquel amigo vuestro, pero después supe que había muerto pasando pilotos aliados por los Pirineos.


Los ojos de Mera me miran desde un cansancio infinito, las tres arrugas profundas de cada mejilla, que ya tenía entonces con sus treinta y tantos años, se marcan aún más profundas, esa mirada por la que los milicianos acerrojaban el Mauser y salían detrás de él de la trinchera gritando como salvajes, esa mirada del hombre sencillo y sincero cuya palabra creyeron siempre incluso los militares fascistas cuando el consejo de guerra ahora tiene el brillo blando de los ancianos.
—Yo ya he cumplido con los míos. Mi gente sigue ahí, en todos los rincones del mundo luchando por la justicia y la libertad, pero me queda esta sombra incrustada en el corazón. Es posible que aun viva un miserable por el que murieron muchos hombres, muertes evitables, hombres y mujeres valientes aniquilados inútilmente.
Mera rebusca en el bolsillo de su chaqueta y saca por fin un pañuelo primorosamente planchado para limpiarse los labios.
—Siempre supe que no había muertes útiles. Siempre dije que teníamos que haber evitado la masacre. La guerra tenía que haber sido evitada a toda costa, pero había tantos que deseaban la aniquilación.
Me suenan sus palabras, me recuerdan otras voces de otros hombres que ahora ya no existen, tipos que nunca creyeron en la guerra aunque organizaran con cuidado las posiciones sobre un mapa de campaña o encendieran la mecha de las granadas caseras o apuntaran con cuidado la pistola a la cabeza del camarada que huye en la penumbra del pasillo de la radio.
—Es su última misión, me dice en un susurro áspero. Llévese mis papeles, busque al traidor y asesínelo. No le pido que haga justicia, dudo que matar al anciano que encuentre tenga algo que vez con esa palabra que tantos desprestigiamos.

Un día muy frío de finales de octubre del setenta y cinco mucha gente se agolpa en los alrededores del cementerio de Boulogne-Billancour. Llevo gafas negras para que nadie me reconozca. Ha venido gente de toda Francia, de Bélgica, de Inglaterra, de España, gente del gobierno de la República en el exilio, cámaras de televisión. No quiero encontrarme ni hablar con nadie. Llevan a hombros el ataúd de Mera varios camaradas tan viejos como yo, sobre la caja, la bandera roja y negra. Hay voces que gritan sobre el silencio, vítores a la CNT, al movimiento libertario, a los héroes antifascitas. Estoy apoyado sobre el tronco de un gran árbol rodeado de gente y siento de pronto alguien que me toma del brazo.
—Uno de los pocos tipos que respetará la historia —reconozco la voz de Dimitri, pero no me vuelvo. Entonces grita— ¡Viva la España invicta, independiente y libre!
Y el aliento de mi amigo apátrida va rebotando en los corazones y en las voces de la gente, en un eco que parece no agotarse. 
—Mañana me voy por fin para España —me dice al oído antes de desaparecer—. Me he comprado una casona solariega y un poco de tierra en Jara y la voy a llenar de libros, de geranios y de frambuesas. Ahora me llamo Gunter Böll y soy un apacible jubilado alemán. ¿No te parece un buen chiste?.
Cuando me vuelvo ya no está Dimitri. Veo su silueta alejarse entre los árboles. Intuyo que cuando él muera o cuando yo muera no habrá canciones, ni vítores, ni gente emocionada hablando de nosotros, de lo que hicimos o dejamos de hacer, de nuestras pequeñas heroicidades o nuestras grandes traiciones, nada, un cuerpo con identidad falsa donado a la ciencia para que los estudiantes de medicina rebusquen en las tripas el bazo o disequen con cuidado la arteria femoral. Se preguntarán el porqué de tantas cicatrices, la bala del hombro, los trozos de metralla desperdigados por la pierna derecha, los cortes de los brazos cuando quisimos por las bravas saltar los alambres de espino de Argelés y los Senegaleses nos lo impidieron ensartándonos con las bayonetas como a jabalíes acosados.
Pero a quién le importa, será un alivio no parasitar la memoria de nadie, no llenar de tristeza ningún sueño, que nadie pueda recordar nuestra voz a través de cualquier fotografía.


De vuelta a Londres, Evaristo me ha ofrecido su casa para quedarme cuanto quiera. Él quiere volver a España, a Jara con Dimitri y Heliodoro. Volver a hablar su idioma, a dormir la siesta en un canchal bajo la sombra de los robles y los castaños mientras chillan los mirlos, los arrendajos, los abejarucos, los rabilargos. Prepara el equipaje mínimo, unas camisas, unos pantalones, el viejo impermeable de algodón encerado que le compró Barea en Farlows y poco más. Dejará aquí sus libros, su colección de carteles, sus insignias, los papeles franceses, ingleses, holandeses y norteamericanos que dicen que fue un héroe en algún tiempo remoto, cuando apenas sabía leerlos. Duda si llevarse o no las pistolas, la Malincher austríaca que le regaló Jan y la Astra automática con su funda de madera que puede convertirse en culatín, ambas limpias, cargadas, dispuestas. Estos trozos de hierro que le salvaron tantas veces el pellejo, que nunca le traicionaron.
—Deberían estar en un museo —me dice— Creo que ya no voy a necesitarlas en España, quédatelas tú.
Me deja la casa, todos los objetos de su vida de exiliado triste. Evaristo Losar tiene ya sus documentos falsos, el pasaje de avión, un puñado de billetes verdosos y grandes en los que pone que el banco de España pagará mil pesetas a su portador, los ahorros de toda una vida de dependiente en una tienda de artículos de caza y pesca en Pall Mall. Solo le queda recibir la carta de Heliodoro o de Dimitri, pero ya no está aquí, ya no es un tranquilo jubilado inglés que da de comer a las ardillas cerca de Serpentine los días que no llueve sino un anciano español asustado que volverá a un país desconocido.

Un día lluvioso de principios de diciembre descubro que ya no está. Hace días que murió el enemigo, torturado por los médicos, después de una agonía que supongo terrible. Los fascistas todavía se niegan a creer que Franco ha muerto mucho antes de que dejara de respirar. Ellos también perdieron aunque los más listos, los más ricos tienen la certeza de que seguirán mandando durante muchos años bajo la sombra brillante y honrosa del dinero.  Me alegra que Eva no se haya despedido. Sólo una nota breve debajo de unas llaves: “te encargo que disfrutes despacio de mi bodega”. Durante toda su vida fue atesorando vinos de los lugares en los que estuvo luchando: Somontano, Cariñena, Requena, Almansa, Toro, Orusco, Ribera de Duero, Rioja, Valdepeñas. Leo las etiquetas en voz alta, mastico las palabras y siento en la lengua el sabor rico de unas sílabas que casi había olvidado. Me parece estar cantando, recitando palabras preciosas de un idioma remoto y perdido. Durante estos años compró todo lo que se publicó sobre la guerra en Ruedo Ibérico, Losada, Aguilar, Ariel, San Martín, Plaza y Janés, Ayuso, Grijalbo, Planeta, Espasa, Progreso y otras editoriales inglesas, estadounidenses, francesas, checas, alemanas. Una excelente biblioteca y una espléndida bodega que ocupan dos habitaciones enteras de su casa, perfectamente aislada y climatizada por él mismo que hubiera sido la delicia de cualquier anciano que quisiera ser feliz los últimos años de su vida. Pero no para él, no para el joven cazador, alimañero, anarquista, miliciano, espía, prisionero, héroe, guerrillero, dependiente de tienda, jubilado que ha soñado cada noche de su vida con el olor de las castañas asadas, los buñuelos de viento rellenos de crema, los churros calientes, los bulevares de Madrid, el sudor de las dependientas de vuelta del trabajo, cansadas pero llenas de risa de regreso en tranvía a los Cuatro Caminos. Tiene la imaginación llena de los campos de jaras, el ruido de los torrentes, el sabor de las cerezas y las truchas fritas, el perfume caliente del verano que viene de las encinas y el tomillo, el poleo y la lavanda casi seca, el ruido de las ranas y los grillos, el aroma fuerte del pimentón recién molido y el cuchicheo suave de las mujeres haciendo ganchillo en los patios frescos a la hora de la siesta. Todo lo que dejó en el pueblo y sin embargo siente tan íntimo, tan suyo, tan necesario.


Durante días he regado sus petunias y los geranios del invernadero y he bajado a pasear por el Physic Garden como el burgués apacible que pude ser. Algunos de los vecinos de Glebe Place me saludan como si me conocieran de toda la vida, todo es tranquilo y limpio en esta zona de Chelsea y solo la botella de vino que abro cada atardecer, los libros de Eva, los informes de Dimitri y las fotografías de Mera me abren el túnel de la pesadilla por el que voy caminando despacio, reacio, como si temiera caerme y no recordar el camino de regreso. A veces solo el sabor del vino, su calor en mi estómago es la mano amiga que me saca de los abismos a los que regreso. Persigo a Jan por las páginas de los libros y me encuentro siempre con muchos otros camaradas a los que ya había olvidado, converso con amigos y enemigos cuando ya la botella del día se acaba y estoy a punto de encontrar la clave de la traición. Durante las mañanas paseo por Londres, leo los diarios, disuelvo la resaca con café italiano y madalenas con moras. Siento que no sería difícil olvidar. Sólo un pequeño clic en mi cerebro, un interruptor diminuto con el que podría apagarse con facilidad la furia de la venganza ahora que todos somos viejos y estamos muriendo de enfermedades propias de los viejos, amnesia, reconciliación nacional, olvido y paz, reescritura aséptica de la historia. No sé por qué no dejo que el tiempo acabe de esconder la pestilencia de los muertos, de nuestro fracaso, de vencedores cansados y vencidos descoloridos, patéticos transeúntes de ciudades reconstruidas o pueblos extraños. Los hijos de los vencedores los echarán a patadas de sus poltronas, rechazarán su estúpida verborrea, yugos y flechas y a nosotros nos olvidarán los nuestros, hartos de tanta hiel y tanta tristeza acumulada.
Aquí estoy, acercándome cada día más a un fantasma que va tomando cuerpo. Recuerdo su voz, veo sus ojos en esa fotografía junto a Teodoro y Olga Havel, vestido de uniforme. Su cuerpo fuerte en esa otra junto a Gustavo Durán y Miaja, en la estática sonrisa que tiene su pasaporte francés cuando ya se llama Antonín Ziska y está a punto de asesinar a un grupo entero de fugitivos en el Pirineo, ese mismo grupo cuyos cadáveres momificados han descubierto su infamia después de tantos años y que me siguen mirando aunque cierre la carpeta de Dimitri y ponga sobre ella el grueso libro de Bollotten. Me resisto a creer que sea él quién estrecha con las dos manos la mano blanca de Heydrich. Es una fotografía demasiado borrosa o demasiado infame para ser cierta.

Ayer abrí la única botella de jerez que tenía mi amigo, un Palo Cortado cuya finura y aroma me recordó el olor del sueño de una mujer de la que he olvidado el nombre. Su sabor aterciopelado y su cuerpo alcohólico me lleva de pronto a una pequeña taberna de la calle Echegaray, en Madrid, en la que tomé él ultimo jerez acompañado de aceitunas y mojama arropado por el abrigo de cuero negro de “Casa Elorza” la antigua tienda de mi padre. Entonces el sabor del vino y las salazones en la boca me limpiaron la fatiga de tantas noches sin dormir escuchando el crujido de la helada, me aliviaron la desolación y la certeza de que Madrid era ya otra ciudad diferente y que el futuro ya nunca sería nuestro. Cuando tomé el tren en la estación del Norte, todavía con el regusto del vino en la boca, recordé el nombre de aquella mujer como ahora mismo lo recuerdo, Rosa Laviña. He leído su nombre en uno de los libros. La enfermera dulce y siempre risueña que conocí por primera vez en Argelés y que años después nos acogió en su casa de Montauban. Hubiera vivido con ella el resto de mi vida en cualquier parte. Su padre Martí Laviña había sido librero en Palafrugell y le había hablado algunas veces a su hija de mi padre el viejo Sebastián Elorza Breña en cuyos talleres de peletería siempre encontraron refugio perseguidos anarquistas. Su casa era el principal centro de distribución de publicaciones libertarias. Estuvimos en casa de Rosa y de su compañero Pedro alrededor de una semana. La madrugada antes de partir me despertó el gemido de su hija Diana que estaba enferma con gripe. Entré en su habitación, di a la niña un poco de agua  y se durmió al instante. Entonces entró Rosa en la habitación, tocó la frente de su hija que estaba ya por fin fresca, se acercó a mí y me besó con levedad en los labios agradecida por mi gesto y yo la besé de nuevo a ella con todo el deseo acumulado, se separó de mi despacio, —¡no seas tonto!—, perdonando mi instinto, sin más reproche que su sonrisa. Meses después murió su compañero pero yo no lo supe. Si lo hubiera sabido, habría regresado a Montauban para cortejarla y vivir con ella el resto de mi vida. Bebo despacio el Jerez y a cada trago imagino esa vida posible junto a Rosa Laviña. Ya no soy un fantasma sino un hombre corriente que lucha por un mundo mejor, ya no soy un verdugo solitario sino un amante paciente, un librero bondadoso que cree que las palabras impresas pueden conseguir la justicia y la libertad.
Estoy borracho, demasiado borracho de pasados futuros probables cuando veo entre los papeles revueltos sobre la mesa del escritorio un sobre sin abrir con sello yanqui, lo abro con el abrecartas descomunal de Evaristo, la bayoneta de un Mexicanski, desdoblo el papel y leo en ruso:

“para los amigos con memoria de La Hermandad”.

Aparto el folio y descubro la página de una revista americana de caza, bebo la última copa de vino que mi cuerpo acepta y me sobreviene una arcada. Vomito en la papelera y el olor ácido me limpia el cerebro de estúpidas ilusiones amorosas. Leo la página impresa, el estúpido relato de una cacería de ciervos en Argentina escrito con el estilo vanidoso y descriptivo del típico norteamericano con una indigestión cerebral de Hemingway con fotos abundantes para ilustrar la masacre y poder presumir ante los vecinos de las cuernas del venado, la peligrosidad del pobre puma abatido o la furia del anciano jabalí reventado con una bala Weatherby. En la última foto, la más pequeña del reportaje, los cinco cazadores posan junto al anfitrión y dueño de la Estancia Alianza, el señor Pavel Màjek. Vomito de nuevo por el pasillo camino del retrete. Me lavo la cara con agua helada y me miro al espejo. Veo a un hombre con el rostro mucho más viejo que el de Jan en la revista. Un tipo en quién no me reconozco y que me mira con desprecio desde detrás el cristal. (...) (de: "Los últimos Hijos del Lince")