jueves

HUESO


Se revuelve la trucha en la sacadera, notamos su energía, la facilidad que le permite la forma ahusada de su cuerpo para ganar velocidad, en sólo unos segundos, en un medio tan denso. Nosotros nadamos con torpeza, ya no somos de allí.
Los huesos nos sujetan. Gracias a ellos no nos parecemos a los escarabajos, las babosas o las medusas. Son agua, fosfato y carbonato de calcio, también colágeno. Los huesos nos sustentan, nos dan forma y cumplen un montón de funciones metabólicas y de generación de células de la sangre. Somos animales vertebrados como las tortugas, las truchas, los murciélagos, los elefantes o los desmanes, hermanados todos por un mismo diseño óseo lleno de variaciones maravillosas.

Con los años los huesos nos avisan, duelen a veces, se resienten, son nuestra parte pétrea pero hasta las piedras se van rompiendo o las va puliendo el agua.
Nos da temor ver un esqueleto de un humano. Culturalmente lo asociamos a la muerte, la ausencia de carne, la falta de vida. Nos parece increíble que “eso” seamos por dentro. Pero a mí me parecen preciosos los huesos. La belleza de fuera está en ellos, también en los músculos y en la piel, claro, pero en los huesos está la base de todo lo visible y admirable. Esa cabeza dura de las truchas, su mandíbula rotunda, sus dientes como alfileres que tiene hasta en la lengua, la invisible columna vertebral que la permite colear y remontar las corrientes, hasta las más fuertes y espumosas.

Neil Shubin descubrió al Tiktaalik, un pez fósil con extremidades de 375 millones de años de edad, el eslabón perdido entre las antiguas criaturas del mar y las primeras criaturas en empezar a caminar en tierra. Olvidamos que una vez fuimos también peces y que en un momento preciso y precioso de la historia del mundo, hace más de trescientos millones de años, siendo peces, comenzamos a ser otra cosa, a tener cuello, brazos, pulmones... Pero las espinas de mi trucha no son muy diferentes a mis propias costillas flotantes. Tampoco es muy diferente mi instinto de remontar las corrientes, de nadar en contra, de ser feliz tocando el agua.


lunes

LUGAR


Importa el lugar preciso, el punto del mapa, el río con nombre que nos regaló ese instante y también el tiempo largo, solapado, repetido, sedimentado año tras año en la memoria porque a él volvimos muchas veces hasta sentirlo nuestro, no como propiedad, sino como parte íntima de nuestra identidad. 

El pescador vuelve otra vez a los escritos de Benjamin: “El hombre que se limita a hacer inventario de sus hallazgos, sin lograr establecer la ubicación exacta en que han sido almacenados esos antiguos tesoros en la tierra de hoy, se escamotea a sí mismo la más rica recompensa. En este sentido, para los auténticos recuerdos, es mucho menos importante que el investigador los reporte a que señale con precisión el sitio donde se hizo con ellos.”
Por eso el pescador señala aquí, con precisión, el sitio donde se hizo con todos sus tesoros, el lugar de la tierra, su río. Aunque no desvela su nombre ni escribe las coordenadas sino el lugar en el mapa de su vida, una vida inclinada y caminadora.


La inclinación del eje de giro de la Tierra respecto al plano de su órbita alrededor del Sol propicia las estaciones. La inclinación  y el movimiento propicia todo. Acostumbrados a la verticalidad de nuestro bipedismo cuando estamos quietos, no nos damos cuenta que al caminar, sobre todo por terreno irregular, tendemos a tener una ligera inclinación para mejorar nuestra estabilidad dinámica. Cuando nos movemos por el mundo nuestro eje es distinto, inclinado. También aquí, cuando la fuerza del pez nos obliga a cambiar nuestra forma de mirar el mundo mientras una caña de glass intenta imitar el arco iris y detrás, fuera de plano, una cortina de granizo nos sigue los pasos y más arriba, miles de cerezos ofrecen sus flores a la glotonería de los insectos. Es decir: estamos en Primavera, disfrutemos del agua en todos sus estados. Ese es el lugar preciso que hoy desvelo.


miércoles

FREEDOM´S



Baja acompañado de Janis y de la primavera. Silba feliz, sin prisas, sin haber madrugando, dejando que la indolencia del medio día se escurra por sus pasos monte abajo hasta llegar al agua. Tiene la certeza de que no va a encontrarse con nadie y de que nada le va a distraer de su trabajo. Un trabajo que consiste en caminar por las horas de la tarde, mantener el equilibro encima de las piedras, adivinar en cual de los miles de rincones posibles acecha el alimento la gran trucha, sentarse de hora en hora en un lugar con sombra y respirar el perfume de millones de flores de retama blancas y amarillas que la evolución ha construido para engatusar a las abejas y embriagar a unos pocos humanos escogidos. Janis Joplin sigue cantando un y otra vez desde un lugar a salvo ya de su dolor: “Freedom’s just another word for nothing left to lose, / Nothing don’t mean nothing honey if it ain’t free, now now”. Pero él se ha quedado enganchado sólo a la melodía y al color dorado y rojo de las truchas.

La libertad es de color verde, también es brillante y transparente, huele bien, puede tocarse y sólo exige poseer de verdad el tiempo e ir ligero, no cansarse, no parar, no tener, no desear tener. Duras exigencias para los días que nos venden y compramos con inconsciente inercia o con lúcida amargura. La libertad es dorada y roja, también tiene espacios de fresca penumbra, huele a tierra mojada, puede acariciarse y sólo exige que la busques muy atento, nunca con desgana. Duras exigencias para estos tiempos de penuria y distracciones virtuales.

La melodía que silba se mezcla con la voz del torrente que ronronea al comienzo de cada una de las pozas. Se siente soberano de un reino tan bello, frágil y posible que aún hoy no hay palabras suficientes para limitarlo. Hay quien sigue poniendo cercas y alambras a esta naturaleza, imbéciles súbditos de la palabra "propiedad" que siempre estuvo vacía y nada protege.


domingo

RESURRECCIÓN


De entre los helechos secos van saliendo las yemas esmeralda de los nuevos, tiernos y raros como seres que han viajado desde otra era remota y mantienen costumbres o formas de vivir ya extinguidas o absurdas para las otras criaturas que se sienten modernas e inteligentes. Y el pescador los roza con cuidado.

Pervive en la cultura el mito del reencuentro, de la posibilidad de volver, en otra parte, a la cercanía de lo que perdimos para siempre. Puede tener nombre de reencarnación, de cielo o paraíso, incluso de aproximación de unos a otros cuando ya sólo seamos moléculas confundidas en el humus de la tierra con otras moléculas perdidas. Como si nos resistiéramos a la certeza de que la vida acaba y nunca más habrá otra que encarne nuestra identidad de hoy. Sin embargo, mientras late el corazón, a veces hay reencuentros y en ellos la posibilidad del reconocimiento, una forma de alegría inesperada que en realidad no buscábamos aunque si propiciamos la posibilidad. Y eso ocurre cada primavera con su río, con cada una de sus pozas y con algunas de sus truchas que, un año más, han sobrevivido a las riadas y a las nutrias, los cesteros y los estíos, la fragilidad y el tiempo.

Toca el agua que este marzo está bien fría. Va saludando a todos los arboles y también a la propia sorpresa dichosa de poder volver, un año más, y sentir lo mismo como si fuera nuevo y muy distinto a lo que recordaba. No cree en reencarnaciones, ni en cielos, ni en eternos retornos moleculares, sólo tiene esos pequeños momentos de reencuentro en el agua, de fiesta ante la constatación que sigue aquí y que disfruta del mismo privilegio irrepetible, de una rara emoción cuando toca la trucha o cuando no la toca y la ve huir de sus señuelos, de caminar otra vez torrente arriba burlando al cansancio y a las fábulas que nos hicieron cobardes.


miércoles

SUKKWAN ISLAND


Le gusta sentir este tiempo de marzo, cerrar los ojos, tocar el tacto suave del corcho de la caña. A veces teme que todo eso desaparezca para siempre. Ahora sabe que eso es posible. Se siente vulnerable. Muy pocas veces se siente así. Antes nunca. Entonces ve a su hijo pescador salir a lo lejos, en la curva del recodo. Camina entre las piedras como si danzara los compases de una música ancestral. No mira otra cosa que el agua, sus pies, los oscuros remansos junto a los remolinos donde acechan las truchas. Sube despacio, sin dejar ningún lugar sin registrar. Todo le parece frágil en el atardecer menos él y el agua. El joven pescador camina con gracia por la difíciles piedras de la orilla esquivando las zonas muy pulidas, los canchos mojados y peligrosos, las ramas bajas de los sauces. Desde tan lejos puede sentir que es incansable, que su sangre fluye como fluye el río, de forma potente y descuidada, con toda la fuerza de la primavera y la vida.

David Vann escribió una novela bellísima, desoladora  y dura sobre un padre y un hijo pescador. (ignoro a cuento de qué el editor puso en la portada el dibujo de un Black Bass cuando en la novela pescan salmones) Esta novela tiene su estupenda versión gráfica dibujada por Ugo Bienvenu.
Pero el Edipo de Freud quedó atrás. Tal vez nunca bajó al sur, se quedó en esas frías ciudades burguesas y austrohúngaras, propiciado por unos padres secos y serios, fríos y castradores que juzgaban de forma sumarísima a los hijos para decidir si eran merecedores de herencias, dioses y tragedias. El de Vann es un pobre mequetrefe, nunca héroe, atenazado por las etiquetas de fracaso con las que nos obligan a firmar los contratos y el sueño obsesivo de una huida feliz en formato de anuncio.

Los hijos se equivocan y sufren, los padres sufren y se equivocan. Las lecciones teóricas que uno da por haber vivido antes no sirven para otro tiempo y otra vida. Cada uno inaugura un tiempo nuevo aunque arrastre del otro cierta carga genética. Ni siquiera educar es posible cuando el tiempo de roce es mínimo en comparación al tiempo de inmersión que supone la escuela, el universo tecnológico paralelo y las experiencias que propicia el azar. Aún así, a pesar de esta brevedad, puede nacer cierta complicidad, amistad y hasta lealtad entre extraños, no desde el rol paternal y filial sino desde la voluntad mutua de querer estar juntos, de saber que esta relación es elegida, dichosa e intensa, también breve y precaria desde la certeza de que alguien se irá haciendo débil hasta quedar atrás y alguien será más fuerte dejando en el trastero del pasado todo eso, sin quererlo o queriendo, empujado por el mundo. También hay un afecto instintivo, ancestral, desconcertante que nace de cuidar porque sí. Sólo cuidar porque sí, sin escatimar o medir o recuperar ese tiempo, energía, vida, nos hace padres.

Nada de esto le cuento a mi hijo el pescador. Lanza delante, a su ritmo, contemplo su gracia, todo lo que ha aprendido, el equilibro que ya domina, su furia incansable, su inagotable acecho, su independencia precaria pero también segura y orgullosa, su arrogancia de joven y su forma de desalentarse con una nimiedad que ahora le parece tan inmensa. Nada le digo. Nunca hubo lecciones, sólo cuidado y alegría. Nada le dí, creo que nada le enseñé, sólo eso le queda.

10 años ya de este marzo