miércoles

ÚLTIMA VENTISCA



Entonces poca gente caminaba por el monte al atardecer con el viento del norte haciendo crujir las hojas secas de los robles mientras la helada cubría de escarcha las jaras. Pero en esas horas, él y yo nos apostábamos en los pasos, junto a los madroños más duros, en las bañas de limo oscuro donde había huellas recientes de algún buen jabalí. Ahora sé que nuestra admiración era recíproca. No había para mí olores más deliciosos que los de su carpintería, el aroma de los troncos curándose al sol, las tablas recién cortadas de abeto de Canadá, pino Soria, castaño gallego y roble de Kentucky. Admiraba la precisión con la que ajustaba una puerta o torneaba gruesas vigas de nogal, lijaba el detalle de un arcón o barnizaba a muñequilla una silla de encargo. Envidiaba la realidad tangible de su trabajo, las horas de esfuerzo convertidas en objetos bellos y perdurables. Ahora sé que él pasaba las noches junto a la chimenea fascinado, leyendo una y otra vez los cuentos de Horacio Quiroga, los relatos de Chaves Nogales o las historias de Kipling y que envidiaba en silencio cómo surgían las palabras de mis dedos para construir frases que definían con precisión un hecho, evocaban con nostalgia un recuerdo, traducían por arte de magia imágenes y tiempo en las palabras negras sobre el papel blanco del periódico. Un día le regalé aquel libro con todos los cuentos de Quiroga encuadernado en piel de tafilete y él me fabricó en su taller una soberbia culata de raíz de nogal al stutzen con el que todavía cazo.

Ahora sé que no distaba mucho su trabajo del mío, que es muy parecido trabajar la madera o el lenguaje, la sierra o las teclas de la máquina de escribir y que nuestro deseo secreto era haber podido intercambiar nuestras profesiones. Yo me pasé muchas tardes en la serrería, sentado sobre una pila de tablones, observando su trabajo y él muchas sobremesas explorando mi biblioteca mientras yo acababa de escribir el artículo para el Heraldo de Madrid o la revista Ahora. Para la gente él era el carpintero de Jara y yo el periodista de la capital; él salió pocas veces de la Vera y para mí viajar lejos era sólo una rutina laboral. Pero no era muy diferente nuestra visión del mundo, nuestra fe en la razón y en la ciencia, en la cultura y en la educación para todos, la solidaridad como única ley entre todos los hombres, una visión cruda pero optimista y armónica de la naturaleza, la crítica moral y política al poder y sobre todo la convicción de que las libertades del ciudadano y su propia responsabilidad debía regir su destino, pero todas estas ideas fueron antes y después despreciadas por unos, y por otros tachadas de anarquistas o de revolucionarias en el peor de los casos. Pero nosotros nunca hablamos en serio de otra cosa que no fuera la caza, la pasión instintiva por acechar a los animales, la decisión de tener nuestras propias leyes y no utilizar otros medios que nuestras piernas, un rifle ligero y la experiencia que dan los amaneceres de aguardo en los robledales, las muchas tardes de espera en el riachuelo, los días de caminar por la sierra, las incontables noches al resguardo de un chozo con el fuego calentando nuestro cuerpo y nuestra imaginación. Para nosotros la caza no era un deporte, no se trataba de una competencia entre hombres en pos de trofeos o cantidades de piezas, sino una forma de entender el mundo. La naturaleza, la vida, no escondía para nosotros su violencia, su tragedia o su crueldad, pero tampoco su belleza y su hechizo.

Entonces el campo era la forma de vida de mucha gente y no el idílico espacio para el ocio y la contemplación que es ahora para miles de habitantes de las ciudades que ven en cada animal un rasgo humano y se creen que el campo, el bosque y la montaña son un idílico paraíso confortable. En aquellos años no era difícil ver un lince o escuchar el aullido de los lobos muy cerca del chozo y seguir el rastro de un gran jabalí desde la cuerda de Jaranda hasta Tormantos. Entrar en la sierra cubierta de nieve era entrar en un mundo salvaje en el que una ventisca podía traerte la muerte dulce del frío o un mal paso hacerte caer al abismo de un barranco. Después él me ha contado que nuestra sierra fue refugio de fugitivos y maquis, de guardias a la caza del hombre. Más tarde desaparecieron los lobos, los linces, los pastores con los que muchas veces compartimos las chozas y el fuego; llegaron los furtivos empujados por el hambre terrible de aquellos años y después los furtivos por diversión o negocio, los excursionistas de fogata y basura, los carriles y caminos por todas partes y los cazadores sin otro objetivo que acumular piezas, competir por el trofeo o la estupidez de matar más que el otro. 

No creo que el mundo fuera mejor entonces que ahora, pero en aquellos días, con apenas treinta años, recuerdo nuestra última cacería como si fuera ayer. Era también noviembre y caminamos por toda la cuerda nevada de Tormantos, en dirección norte, detrás de un gran jabalí herido al que veíamos aparecer y desaparecer a lo lejos. La bala del "nuevetres" apenas le había rozado el lomo y su rastro de sangre se agotó en pocas horas. Caminamos a prisa durante mucho tiempo creyendo que el jabalí estaba cada vez más cerca, que en la siguiente loma, en la próxima vaguada, tras esa retama estaría por fin visible y al alcance de nuestras balas. Entonces éramos jóvenes, orgullosos, fuertes, arrogantes, estúpidos y ningún jabalí herido iba a jugárnosla en una sierra que creíamos conocer como la palma de la mano. Al atardecer del segundo día, agotados y hambrientos, comenzó una ventisca terrible, nos hundíamos en la nieve hasta la cintura a cada paso y nos perdimos al poco tiempo. Con la ropa de entretiempo, sin refugio ni más comida que cuatro higos secos rellenos de almendras y sin posibilidad de encender fuego, era seguro que no amaneceríamos con vida. Nos arrastramos por la nieve hasta un gran tocón de roble y nos acurrucamos juntos a esperar la muerte.

No creo en la magia, ni en nada trascendente por encima del sol, pero lo cierto es que el jabalí apareció de pronto a diez metros de nosotros, era un impotente animal de pelo canoso que parecía aún más grande y más irreal con las crines cubiertas de nieve, las orejas tiesas y las navajas amarillentas, enormes. Comenzó a caminar despacio, mirando de cuando en cuando hacia atrás como para asegurarse que le seguíamos. Nos arrastramos tras él hasta que una hora después, casi sin luz, adivinamos a unos metros los chozos de los pastores. La bestia siguió lentamente caminando por la vaguada del arroyo hasta perderse en la penumbra para siempre. Nunca hemos hablado de aquel día, no nos preguntamos qué nos hizo no levantar las armas y disparar al jabalí cuando apareció tan cerca en medio de la ventisca o por qué se convirtió en nuestro extraño guía.
Al día siguiente volví a Madrid, se acababa de proclamar la República. Después, un después de muchos años, guerra, exilios, olvido... él estuvo en el Ebro y luego con "la Nueve". Yo me exilié en Londres y luego en México. supervivientes de todo un siglo que se acaba, volvimos a encontrarnos en el pueblo.

A veces el tiempo parece una montaña inmensa llena de infinitos rincones donde se esconden los recuerdos; otras veces, sin embargo, el tiempo es sólo una brizna seca escondida bajo la nieve en la que no cabe casi nada de memoria, pero ahora mis palabras son de las montañas y no de las briznas, de los recuerdos hermosos y no de la memoria débil que tenemos los viejos. Hoy, por fin, intercambiamos profesiones. Yo hago juguetes de madera para mis nietos y él escribe cuentos para los suyos sobre lobos audaces, jabalíes sabios, auroras boreales, selvas impenetrables y tormentas terribles. En estos últimos años, de vez en cuando, a pesar del frío y la vejez subimos a Tormantos, hacemos aguardos al atardecer en los robledales llenos de bellotas y esperamos con impaciencia la próxima ventisca para desaparecer, como aquel gran jabalí, de un mundo en el que las sierras y las montañas sólo son postales que recorrer en todoterreno y no ese lugar mágico, violento y hermoso en el que una vez nos descubrimos libres y vulnerables.


martes

COCHE


El coche es una máquina muy peligrosa. Es mucho más seguro estar en una trinchera del Somme con sólo una browning 1911 o bailar con un Schmeisser MP-28 sin seguro con el que se pegó un tiro Durruti. Conducimos de acá para allá todos los días metidos dentro de una puta chatarra y pensamos que nos proteje el pellejo como si fuera una caja fuerte. En aquel viaje conducía su amigo Michel Gallimard. Él iba de copiloto. Reventó una rueda de atrás y el precioso Facel Vega FV3B comenzó a pegar bandazos por la recta hasta chocar a gran velocidad contra el único arbol. El automovil quedó partido en tres pedazos. Albert murió en el acto. Michel, su mujer y su hija que iban detrás tuvieron mejor suerte.

Baja al Tiétar en medio del invierno. Conduce con cuidado. La arena y la hierba seca cruje escarchada. Va bien abrigado pero el viento se va colando por alguna esquina de la ropa y le va helando. Camina mucho tiempo. No se para. Desde muy joven descubrió que conducir o caminar nunca le cansa, al contrario, le llena de una extraña energía, una euforia infantil que siempre le sorprende, en cambio, si se para, siente el agotamiento, la pereza, la vida brilla menos.

Llega hasta una poza grande y redonda con una ruina extraña que sobresale en medio y nunca ha sabido que pudo haber sido en otro tiempo, tal vez un pilar de puente o los cimientos de un viejo molino cuando el cauce era otro muy distinto. Al segundo lance clava. Una pelea bonita, con carreras intensas y hasta un salto. Hace una foto al pez y  al volver al agua pega otro salto. Piensa que debe haber barbos con alma de salmón. Sigue caminando, ya siente el frío en todas las esquinas pero no le importa. Con leña de arrastre, en medio de una playa solitaria, hace una hoguera. Durante un rato, sentado sobre un tocón lavado por mil riadas, deja que el fuego le temple un poco. Recuerda “el verano” de Albert Camus, escrito en el oscuro invierno bélico de 1940, un librito de pocas páginas que suena y calienta como una hoguera grande: “En medio del invierno, descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; dentro de mí hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta”. Veinte años después es ya un escritor conocido en todo el mundo, querido, admirado, leído, releído. Pero un coche es una máquina muy peligrosa y la vida es esa cosa frágil que se deshace por cualquier torpeza, enfermedad o azar. Entonces, antes de lanza otra vez el señuelo, se dice: Bebe, respira, acaricia mientras puedas ese verano invencible…



domingo

MODERNO DE PUEBLO


El campo, el agro, el monte no es sólo un paisaje o un espacio natural agradable, sano y “rústico” que usan los urbanitas para olvidar las angustias, las prisas y el mundo inerte de cemento y asfalto que son las ciudades. Fuera de las urbes, en los pueblos, en el campo, en la España vacía o “vaciada” viven y trabajan personas, ese paisaje pintoresco es su hogar, ese campo cultivado es su casa, en ese entorno tan natural y bucólico viven cada día. Desde hace un siglo, pero sobre todo en las últimas décadas, la España rural se ha despoblado de forma acelerada ante la falta de trabajo, futuro, servicios sanitarios y educativos, buenas redes de comunicación y la dureza de vivir allí frente al confort y la modernidad con la que se ha vendido siempre, ahora más, lo urbano.
Sin embargo millones de personas no han querido migrar a ninguna ciudad, han preferido el agro, desean seguir viviendo y ver crecer a sus hijos en el pueblo, puesto que pagan los mismos impuestos que un urbanita quieren tener la misma calidad y similar facilidad de acceso a los servicios públicos, a la sanidad, la cultura, las telecomunicaciones e infraestructuras que se ofrecen en las áreas densamente pobladas. Sus exigencias y reivindicaciones son justas, solo reclaman sus legítimos derechos. La UE tiene muy en cuenta la necesidad en la Europa del futuro de “un equilibrio en la garantía de la igualdad de oportunidades, de desarrollo vital para todos los ciudadanos, con independencia de donde vivan”, pero esa frase bonita no se sustancia en ningún cambio relevante. Tienen en su contra que son menos, que hasta hace pocos años estaban divididos y desconectados en esta lucha, que están lejos de los lugares en los que los medios de comunicación dan altavoz e imagen para poder multiplicar la intensidad de sus denuncias y reivindicaciones, además el poder, los poderes, los parlamentos, consejerías o ministerios nunca tiene sus grandes edificios en un pueblo y aunque esos poderes ya estén en Internet al alcance de cualquier terminal, muchas veces ni siquiera Internet allí, en el pueblo, es fácil o posible. La situación es especialmente grave en esos casi cinco mil municipios, el 61% de los pueblos, de menos de mil habitantes, que representan sólo el 3% de la población del país. La situación es de verdad difícil para ese millón y medio de personas que viven en esos pueblos, que quieren seguir viviendo allí, pero que están siendo empujadas a abandonar sus hogares porque vivir en un lugar sin servicios siquiera comarcales se está convirtiendo en un acto de dura y ya insostenible resistencia.

Pero también tienen en contra la total desconexión, comprensión e interés que tienen los habitantes de las ciudades por la gente del campo. Los habitantes de las urbes quieren un campo “bonito” y que además les produzca “ricos y saludables” alimentos, pero no quieren saber nada del cómo, del quienes o el por qué. Además la propia imagen del campo y de quienes allí viven o de cómo se producen los alimentos hace ya mucho tiempo que es un estereotipo, un cliché, un tópico, una fábula. Nada tiene que ver el amor al agro, al campo al monte con señorito con rifle y loden, la marquesa posando ante el tapiz de perdices de ojeo, el galgo ahorcado, el elefante muerto o el energúmeno de extrema derecha que pide su voto al nuevo señor Cayo prometiendo defender su afición como cazador de pueblo… No quieren ser urbanícolas de campo, ni neorurales a tiempo parcial, ni modernos de pueblo, ni paletos, cazurros o Azarías y señoritos Iván si no lo que son ahora, gente corriente y diversa a la que le gusta su forma de vida, su ritmo más tranquilo, su hogar y su pequeño pueblo sin idealizaciones ni añoranzas románticas ni poses a lo Thoreau. Gente que mantiene la conexión con el origen de las cosas que comemos, que saben que detrás de un filete hay un ternero, un cabrito o un cerdo y detrás de un tomate o un pimiento, por desgracia cada vez más barato en el mercado, hay mucho trabajo e inteligencia. Soy de pueblo, tal vez "soy moderno de pueblo". Nos vemos hoy en Madrid. (en la foto, de hoy: frutos de un almendro y de un olivo acebuche de un huerto abandonado de Extremadura)

lunes

GREDOS


A la derecha la solana, al izquierda la umbría. Acariciamos alguna trucha y sobre todo este tiempo hoy por fin soberano, libre y bien compartido con mi hijo el pescador y otros amigos. Picos de más de dos mil metros separan estos dos peces. Un gran macizo de granito que para las nubes atlánticas y convierte la vertiente sur en un pequeño y discreto paraíso en el que se dan muy bien los cerezos, los naranjos y otros árboles casi tropicales. Pero hace ya algún tiempo, dicen que más de trescientos cincuenta millones de años, todo esto era plano y estaba cubierto por el agua del mar de Thetys. Luego la tierra se plegó como una servilleta empujada por dos manos y magmas fundidos, cristalizados a gran profundidad, formaron durísimas rocas de granito que se elevaron hasta inventar estas imponentes montañas. Dicen que los Vettones las denominaron “Gredos” o puede que su bautizo fuera romano, de “cretum”, crecidos o encumbrados, porque sus picos suben con gran inclinación hasta el cielo. Hacia el norte chorrea de las nieves el río Tormes que llegará hasta el Duero, hacia el sur vierte el pequeño torrente Arenal que desaparecerá en el Tiétar. Entre medias un gigantesco paredón de roca maciza, algo de nieve y hielo y dos climas distintos. En el Arenal la primavera ya ha explotado, en el Tormes el invierno aún toca las plantas. Hemos subido a los picos de Gredos muchas veces pero sobre todo nos gusta caminar por las orillas salvajes de todos sus torrentes, mojarnos con sus agua, sentir que todo esto siempre fue mi casa aunque nuestra fragilidad no pueda compararse con todos estos cantos rodados de granito pulido que miles de días de lluvias y crecidas embellecieron para nadie. Vuelven las truchas al agua y los pescadores vuelven a su baile precario saltando entre las piedras. Los pitagóricos asociaban la belleza a las matemáticas, la simetría, cierta armonía invisible o visible que fabrican los números cuando se mezclan con las cosas del mundo. Pero también hay belleza en el caos, en todo este paisaje en el que nada se repite y cada roca es única y rara. En contraste, las truchas sí saben hacer ecuaciones y gráciles geometrías, construyen en su librea manchada los nombres de todo el infinito de su estirpe, luego nadan muy deprisa, se esconden otra vez en la sombra. La belleza del agua es otra cosa distinta. Hay algoritmos que fabrican su mágico fluido para que en una película parezca de verdad un paisaje con mar, una tormenta furiosa o un río desbordado, pero el agua de verdad no son ceros y unos, y puede tocarte, está helada, tiene aún memoria de nieve. El agua de verdad puede beberse y gracias a ella los pescadores y las truchas seguimos en la vida, el otro agua es solo ficción, artificio, juego, nada.


miércoles

CONFÍN


Pescar en los confines del norte es inquietante, intuyes cosas, no hay cercas o si las hay puedes pasar, acampar, hacer fuego y asarte un pez allí mismo. La gente no es simpática (no sé si tímida o arisca) pero comparte la información sobre la mosca que funciona, el recodo donde hay grandes truchas o la botella de aquavit hasta que se acaba. O te pide unas truchas de las que has pescado porque ha encontrado la tienda cerrada y no tienen nada para cenar. El dueño del Loft de pesca no deseaba tener o alquilar más cabañas porque no quería ganar más ni que viniera por allí más gente (que le hubiera hecho ganar mucho más dinero). Los grandes bosques son comunales y se explota la madera de forma sostenible. Los impuestos son altos pero los servicios públicos son envidiables.

La tierra es dura en Islandia y Finlandia. Meses de hielo, agricultura extrema, ganadería precaria o de animales semisalvajes, caza y pesca como recurso vital, recolección de frutillas en verano… En el siglo XIX los pueblos que habitaban estas regiones no eran las naciones desarrolladas y ricas que son hoy, eran muy pobres pero ya entonces tenían la voluntad y la costumbre de ser igualitarias.

Es una sorpresa descubrir que fueron las duras tierras siberianas, escandinavas y sobre todo finlandesas en el verano de 1871, las que le descubrieron al científico,  geógrafo y viajero que entonces era Kropotkin que “el mal” no era tanto la pobreza como la desigualdad. Finlandia no había sufrido el feudalismo. A pesar de la gran pobreza, los fineses practicaban una vida simple basada en la ausencia de los malsanos hábitos lujosos individuales que sin embargo propiciaban el “lujo comunal” de compartir en la escasez, ayudarse en los trabajos cuyo fin beneficiaba a todos y no acumular o acaparar de forma individual con el fin de propiciar el mercadeo sino almacenar, si era posible, para el común. Y fue en un lugar similar y por las mismas fechas cuando Willian Morris, mientras atravesaba Islandia en burro, escribió que “aprendí la lección, espero que indeleble, de que la pobreza más absoluta es un mal insignificante en comparación con la desigualdad de clases”

Curiosos compañeros de viaje: volví a “el apoyo mutuo” de Kropotkin gracias al biólogo Stephen Jay Gould, que a su vez matizó muchos temas del primitivo evolucionismo darwinista, como que muchas, muchas  veces no hay una “despiadada lucha del más fuerte” sino diversas formas de “cooperación entre especies”, además del puro azar que hace que una mutación sea una oportunidad en un momento determinado lo que provoca que ha veces se aceleren los cambios y otras veces se ralenticen, pero esa es otra historia. Los “instintos cooperativos” en la naturaleza ya los había estudiado y presentado en 1975 el zoólogo Karl Fiódorovich Kessler dudando del hobbesiano “bellum ómnium contra omnes”. Hoy, claro, también Islandia y Finlandia son sociedades capitalistas, pero es posible que sean las primeras que se salgan de este carro que va hacia el precipicio. Tienen aún en su memoria el cómo.
Practicamos en Laponia ese lujo comunal y alguna trucha asada. La abundancia de peces, la pureza del agua eran lo normal, como normal era la maravilla.

 

viernes

TOPOS


"Topos", del griego τόπος, "lugar", escrito en los caracteres de origen fenicio que trajo, según el mito, Cadmo, hermano de Europa, junto con el arado, la fundición del bronce y la agricultura… Cadmo, el que mató un dragón, que entró y volvió del infierno como Dionisio o Heracles y amó a Harmonía. Los fenicios eran así, rumbosos, culos de mal asiento, viajeros impenitentes, dibujantes de mapas, ladrones y comerciantes. Hoy se dice que es posible que llegasen a América antes que los vikingos y que Colón. Tras caminar mucho tiempo vuelvo con E. a unas ruinas antiguas y buscamos en viejos y nuevos mapas su certeza. El lugar ¿poblado?, ¿villa?, ¿templo? ¿tumba? no está en ninguno. ¿Quizá en algún mapa perdido que estuvo escrito con la grafía que nos regaló Cadmo sobre un delicado papiro?

El pescador vuelve otra vez a los escritos de Walter Benjamin: “El hombre que se limita a hacer inventario de sus hallazgos, sin lograr establecer la ubicación exacta en que han sido almacenados esos antiguos tesoros en la tierra de hoy, se escamotea a sí mismo la más rica recompensa. En este sentido, para los auténticos recuerdos, es mucho menos importante que el investigador los reporte a que señale con precisión el sitio donde se hizo con ellos.” Por eso el pescador señala aquí, con precisión, el sitio donde se hizo con todos sus tesoros, el lugar de la tierra, "τόπος". Aunque no desvela su nombre ni escribe las coordenadas sino el lugar en el mapa de su vida caminadora. Benjamin indagó en la vida como un mapa. La vida dentro de una geografía. La vida dentro de los territorios que pisamos, los caminos que transitamos y cuánto, porqué, cómo, cuándo fue. Caminos que al final se convirtieron en sendas de tanto recorrerlos durante años, otros perdidos en la maleza, algunos de los que nos salimos para ir por otros lugares, otros pendientes de tocar, soñados. La vida como esos lugares, los viajes hacia ellos, nuestro atlas. Esa "topo-grafía" se mantiene en la memoria. Incluso cuando nos perdemos dibujamos un plano de ese nuevo territorio que quizá no cruce ningún puente de Königsberg. En su mapa hay muchos ríos con y sin puentes. Está lleno de agua y muchas veces va caminando por dentro, pero hasta esos caminos trazados por el fondo se graban en el cerebro y los recuerda con la nitidez de una senda abierta en una pradera. Este domingo vuelve a algunos de ellos. Regresa al mapa para seguir dibujando detalles y líneas, colores y texturas, nombre de lugares. Y siente lo mismo que cuando abría de niño un gran atlas y pasaba el dedo deseando estar ahí. 

Hoy pasa de memoria el dedo por ese mapa y cuenta los días para estar allí de nuevo. 


lunes

PUENTES



Los billetes de euro están llenos de puentes porque simbolizan la unión y las posibilidades de fácil comunicación entre los pueblos de Europa. El Gran Tajo sirvió de confín muchas veces. En el 400 a.C. se comenzaba a construir la gran muralla China, Alejandro Magno conquistaba el Imperio Persa, la Atenas de Pericles florecía y el río no lo había cruzado aún ningún puente sólido. Mucho, mucho más tarde Estrabón, Plinio el Viejo, Tito Livio, Justino… se atrevieron a describir de oídas como eran los pueblos que bebían del Tajo y lo cruzaban en barca, a caballo o a nado. Roma fue quien construyó por fin docenas de puentes pequeños y grandes, funcionales, sólidos, imponentes, intrépidos, bellísimos. Facilitaron el paso, el comercio, los viajes y duraron muchos siglos hasta que los franceses durante la ocupación los volaron. Algunos luego fueron reparados y más tarde acabaron olvidados, sumergidos bajo el agua turbia de los embalses, apenas rescatados en dibujos o en fotografías. El hormigón y las carreteras de asfalto borraron su memoria, pero me han dicho que la vida del hormigón armado no supera los cien años en el mejor de los casos.  A veces, cuando hay grandes sequías, aún afloran estos puentes, sus arcos, sus pilares. Pero ya no pasa nadie. Se borraron los caminos que llevaban al agua. Las orillas del Tajo están llenas de ruinas de molinos, refugios derrumbados, puestos de barquero, pesqueras medio deshechas. Todo eso ya está bajo el agua salvo en el alto Tajo. Muchas gente vivía junto al agua y del agua. Muchas veces me encuentro esos puentes que aún aguantan en los más pequeños de sus afluentes y cuando los utilizo para cruzar un río imagino a quienes los diseñaron e hicieron, cómo era aquel tiempo y el valor de poder cruzar seco y con facilidad cuando el río venía alto y frío, cuando los caminos se hacía a pie y no había más luz que la lumbre.
Hay barbos grandes merodeando bajo los pilares del puente, cientos de coccinélidos aguardando a calentarse para volar, almendros abandonados llenos de flores y por fin nubes. 


viernes

PRIVILEGIO



Me gustan los animales esquivos como el lince, la cigüeña negra o la nutria. Cuando los he tenido como compañeros de río sabía que el paraje era de verdad salvaje y pocos humanos andaban cerca. El pescador sigiloso se encuentra con mucha fauna en sus nomadeos por las aguas. Durante muchos años tuve de vecino de río a un “gran duque” enorme que salía de su agujero en la roca y me pasaba volando a menos de un metro del sombrero, a un águila real que año tras año tuvo su pollada con orgullo sin importarle el pescador que lanzaba en su poza el señuelo, una cigüeña negra que sacaba con éxito cuatro cigüeñinos todas las temporadas en un nido a dos metros del agua y a una diminuta comadreja a la que sorprendí algunas tardes espiándome curiosa sobre el paredón de un molino derruido. Es también muy frecuente sorprender a jabalíes y corzos, zorros y tejones, azores cazando, garzas, ánades y todo tipo de fauma menuda amante del agua como el mirlo de agua o el martín pescador.

No humanizo los bichos, aborrezco al señor Disney y a toda su parentela de “animales-persona”. Si acaso me quedo con Samaniego o con Kipling que, otorgando carácter humano a las bestias, entendían su ética y su estética. Tampoco me parecen más simpáticos o humanizables los mamíferos que los insectos, me merece igual cuidado una golondrina que una garrapata, admiro por igual la belleza de un corzo que la de una anodina polilla o un abejorro negro. Puedo matar de un manotazo un mosquito que me está picando o devoro con gusto un conejo salvaje al ajilllo, pero me interesan ambos igual que el elegante león del documental o el bellísimo orangután de Borneo. Es cierto que hay animales numerosísimos cuya extinción nos parece dificil y otros, en cambio, ya están condenados a desaparecer aunque queden un puñado de ellos aún libres, Pero unos y otros son igual de admirables y maravillosos a los ojos de una biólogo aficionado o de un niño curioso. Claro que a veces ocurre lo contrario. La paloma migratoria americana nublaba el cielo en bandos compuestos por millones de individuos y el bisonte, en cambio, parecía que se extinguiría sin remedio. Hoy la paloma migratoria no existe y las poblaciones de bisontes gozan de buena salud. De la extinción de la paloma migratoria y de la recuperación del bisonte americano los únicos responsables somos nosotros. A los ojos de cualquier biólogo la única amenaza planetaria, la única plaga isidiosa es la de los sapiens, somos de lo peor para el resto de especies.


Pero no quiero irme lejos... Estaba con el lince, la cigüeña negra y la nutria. Sobre todo la nutria que me ha acompañado siempre en los ríos que más he querido durante toda mi vida. Las he visto desde niño retozar, jugar, pescar peces, comer con delectación cangrejos, nadar, chillar, pelearse y observar a aquel tipo intruso metido en sus aguas. Muchas veces se asustaron y desaparecieron de mi vista en un segundo bajo el agua. Otras en cambio se acercaron más o menos curiosas, más o menos prudentes. Vivir estos instantes es un privilegio. Hemos conseguido entonces ser "el hombre invisible". Sabemos que estamos pescando aguas limpias, paisajes salvajes, lugares poco transitados que los sapiens han respetado por olvido o ignorancia o desidia, muy pocas veces por conciencia conservacionista. También estos instantes nos dicen que tal vez no seamos buenos pescadores pero al menos somos sigilosos, alborotamos poco, tenemos cuidado en confundirnos con el entorno y ser un bicho más.

El sábado no estaba con mi hijo el pescador, se quedó en Madrid porque tenía obligaciones, exámenes, cosas que estudiar, inquietudes juveniles. Eran las nueve de la mañana y supongo que con la visera, las gafas polarizadas y metido en el agua y la hierba hasta la cintura yo era para la nutria “poco humano”, un animalejo bien raro. Ella siguió su camino, chillando su monólogo matutino y yo seguí el mío tras los peces. El paraje era bellísimo, cantaban las perdices, me ladraron dos corzos, pasaba arriba y abajo mi querido martín, tuve reunión de galápagos y me pelee con unos cuantos barbos.

Gracias doña nutria, gracias don barbo -  que diría Samaniego.




jueves

PEGOTE


Dejo la caña junto a cerámica rota. Sopeso en la mano un pegote de hierro fundido con el que tal vez pensaban fabricar ¿espadas o anzuelos? ¿Tartessos era entonces un mundo feliz? ¿los extraños pueblos neolíticos que ya construían elegantes barcos para cruzar el Mediterráneo soñaban otro futuro? ¿el gran Imperio Romano que duró quinientos años imaginó quedar convertido en cuatro piedras rotas y desgastadas al pie de un embalse verdoso? ¿qué hace aquí, en medio de Extremadura un escarabajo egipcio? ¿no es el pequeño escarabeo un ejemplo perfecto de globalización? ¿Cómo se sintieron los iberos cuando llegó esa multinacional económico-cultural-bélica llamada Roma S.A. a cambiarles, mejorarles, destruirles la vida? Dice mi amigo Jordi Faba que siempre ando mirando hacia atrás, que siempre pongo un pie lejísimos para comentar este desolador presente.

Un grupo de barbos se mueve con pereza entre los árboles sumergidos. Me subo a una gran piedra que forma parte de un muro, tal vez de un templo, para lanzar mejor y alcanzarlos con mi bicho. Uno cambia de dirección y toma el escarabajo con pereza. Al otro lado del agua, en la orilla de en frente, se ve con claridad una urbanización de lujo, ridícula y presuntuosa, que ha ocupado una pequeña península artificial fabricada por las aguas del embalse ¿Quedará menos y en menos tiempo que de este gran muro de granito rajado? Los más avisados ya están huyendo de “la isla”. Nadie pagará por la destrucción perpetrada. Nadie paga por ninguna destrucción salvo esa palabra ya extraña y lejana que se escribe: “nosotros”. Dice mi amigo Jordi que siempre soy pesimista, funebrista, derrotista. Es lo que tiene pescar tantas veces junto a ruinas que hace miles de años eran una propuesta humana de paraíso.

Hoy "el cadáver" de nuestra civilización ya está muerto, aunque todavía ande por ahí quemándolo, gastando, degradando todo, agotando lo que queda igual que el zombi. Hasta el menos imaginativo y obtuso de los ciudadanos puede ver este presente corriendo hacia la destrucción de la naturaleza salvaje, este futuro ya tan cercano en el que el calentamiento global nos vuelva aún más egoístas, miedosos y caníbales. Pero el fin del capitalismo no lo vemos. Esta fábula maravillosa denominada: el “realismo capitalista de hoy”, nos sugiere un sistema indestructible en el que la ciencia y la tecnología siempre lo podrá reconstruir todo y todo lo promete arreglar para que sigamos dándole a la máquina de derrochar vidas, incluida la nuestra. “No hay alternativa” decía Thatcher y ahora Trump y aquí cualquiera de sus actuales compinches neoliberales del nuevo imperio derechil. No hay alternativa, los ríos deben seguir así, atascados, sucios y secos para que esta modernidad y esta forma de progreso siga rulando...

Ayer revisábamos las viejas fotos del "vuelo americano del 56". Contemplar este río bronco, rápido y entonces libre desde el cielo nos parecía algo tan increíble y remoto como descubrir un nuevo planeta en el confín de las estrellas. Entonces el país estaba subdesarrollado pero los mejores cerebros de la dictadura ya planificaban destruir para ganar, malvender para enriquecerse, expulsar para apropiarse. Igual ahora, sin la excusa de Franco. ¿Dónde se esconde nuestra imaginación y nuestra capacidad colectiva para cambiar esta realista, retorcida y sucia destrucción? Me viene a los dedos Fredric Jameson... Trabajo precario y vida precaria, cultura de consumo y consumo de cultura, precisas burocracias salidas del cuento de Kafka, ese mercadillo callejero llamado educación, ese Gran Hermano en cada chisme portátil, esa forma de hacer política sádica de CEO de empresa especulativa, esas millones de personas grilladas que se curan tomando pastillitas y viendo teleseries... o, como yo, escapándose a pescar por unas horas, huyendo durante algún tiempo del espanto.

Nos sentamos a descansar junto a desmoronadas habitaciones que hace miles de años protegían tal vez el cuidado, la ternura y la esperanza de una familia cualquiera. Dentro de pocas semanas todo estará cubierto de nuevo por el agua. Veo otro gran barbo acercarse. Ya sólo contemplar su merodeo curioso me llena de dicha. De tristeza. Dentro de miles de años, en lugar de un pegote de hierro, alguien encontrará por aquí un pegote de plástico y ningún pez.

miércoles

EL LINCE SALVADOR


A Angel Edelman ya le sacaba de sus casillas esa intromisión de los niñatos ecologistas en las cosas del Ayuntamiento, pero ahora iban directamente a por él amenazando sus propiedades como el pretexto ese del lince. Acaba de recibir una carta de la Consejería de Medio Ambiente informándole de la visita inminente de un equipo de biólogos para rastrear la existencia del bicho.

—Ya sabes Helio tienes dos días para cargarte esa alimaña y a la madre que lo parió y no dejar rastro. Busca cagaderos, meaderos si los hay. Pon cepos, lazos o lo que te venga en gana, pero caza ese animal.

Pero lo que más le jode y le enrabia a Edelman es que el asunto del lince lo sacara un guardia civil.

—El hijo de la gran puta, si Franco viviera ese iba directamente al paredón, como hizo su amigo Gómez Cantos con aquel guardia en Mesas de Ibor. Y que su nieta sea una de las zorras ecologistas que andan pinchando al Ayuntamiento con sus manifestaciones y sus escritos en la prensa.

Heliodoro se ha recorrido la finca durante toda la semana con precisión milimétrica. Ha puesto una veintena de lazos y cepos en los que han caído varios conejos, tres zorros, dos jabatos y un tejón. Pero el último día, mientras recogía los aperos de furtivo para que los de la Junta no descubrieran la limpia vio el meadero con su estalactita de sal. Ese atardecer hizo un aguardo con la carabina del nueve. No llevaba ni media hora puesto cuando apareció el gato. Era un lince grande, macho, hermoso se sentó cerca del pequeño promontorio y oteó el horizonte despacio, como si repasara sus dominios, pensó Helio. El viejo levantó muy despacio el arma seguro de tener el aire a favor y le apuntó a la cabeza.

—¡Pum! —susurró.

Pero ni siquiera acercó el dedo al gatillo.

—Me cago en dios, ¡no puede ser! —gritó entonces.

El lince se levantó en un segundo moviendo la cabeza y las orejas localizando al instante la figura de Heliodoro y desapareció.

El guarda jubilado se acercó a la casa y volvió al lugar con un perrillo mil leches que tenía especial animadversión a los siameses de la mujer de Edelman, rompió la piedra donde el orín del animal había cristalizado y puso al perro en el rastro, encontró varios cagaderos y dos camas donde el lince había llevado a sus últimas víctimas, una becada y un gazapo. Allí donde encontraba un rastro del animal, él se sacaba el pene y orinaba un poco. Sabía que así el lince cambiaría de territorio por algún tiempo.

—¿Le has matado? —preguntó Edelman cuando le vio llegar con el perro.

—Señor alcalde, aquí no tiene usted linces ni hostias, el Civil ese habrá visto algún gato montés o alguna zorra desmochada y la habrá confundido.

Edelman respiró aliviado, mañana llegaban los de la Junta y si el furtivo de Helio decía que no había lince, es que no lo había.

—Como te lo digo, un lince grande con dos cojones —exclama, golpeando la mesa con el vaso vacío.

—¿Y le has apiolado? —pregunta su viejo amigo Evaristo.

—No pude, te lo juro que estuve en un tris, más fácil imposible. Ya ves, unos cuantos he cepeado en mi vida, a veinte duros las primeras pieles y a mil las de los últimos que cacé en el sesenta y dos. Pero siempre me gustaron esos bichos, tan listos como nosotros sisándoles conejos y perdices a los amos.

Heliodoro ya no mata. Tiene su jubilación, su huertecilla al pie del río, las buenas propinas que le dan los cazadores que vienen a las monterías y los recechos por conocer al famoso guarda, hasta siente cierta repugnancia cuando ve al tipo gordo de ciudad descerrajándole un tiro a un venado, con esos rifles y esas miras de canuto, que hay que se ciego para fallar el tiro y muchos fallan.

—No se los merecen. Qué culpa tiene el bicho del veneno que tiene esa gente dentro, que nada más vienen a por los cuernos y los colmillos, por ellos dejarían la carne para las alimañas.

—¿Y qué vas a hacer si esa gente del gobierno le descubre?

—Esos de la Junta van a descubrir lo que yo quiera y lo que no, no. Son muchos años paseando la finca.

—¿Y qué vas a hacer?

—Cuidarme de que no le falten gazapos tiernos, me voy a hacer ecologista porque me sale de los cojones, porque me gusta el bicho ese, me recuerda los buenos tiempos. Es como nosotros, un superviviente.

Los biólogos de la Consejería estuvieron una semana en la finca y los alrededores pero no descubrieron ni rastro del gato aunque censaron tres nidos de cigüeñas negras y, por lo tanto, Edelman lo iba a tener difícil para quitárselos de encima de ahora en adelante. A los biólogos les brillaban los ojos con los nidos, a Heliodoro también, por otras causas.

—¿Y esos nidos?, ¿qué hostias hacían esos pájaros en la finca? —bramaba el ex alcalde franquista por la noche.

—Son cigüeñas negras, han vivido ahí desde siempre, están protegidas y no hacen daño a la caza, digo yo —se excusa Heliodoro.

—¡Y tú que sabes lo que hace o no hace daño a la caza gilipollas! —volvió a gritar desquiciado—. Mañana mismo les pegas un trabucazo a los nidos.

—No se puede —dice el viejo guarda— les han puesto unos transmisores a los pollos.

—¿Qué no se puede?, tu dime mañana donde están y yo se los pego, ¡nos ha salido ahora ecologeta y vago el pedazo de furtivo muerto de hambre! Que si no llega a ser por mí tu padre había acabado en el paredón, rojo, desagradecido.

A Helio ya no le afectaba el run run de las injurias de su antiguo señorito. Además había sospechado desde siempre que si había salvado el pellejo de su padre no fue precisamente por el favor de Edelman que ejercía de abogado defensor en el paripé de juicios que se hicieron aunque le pagaron bien con una joya de gran valor.

—¿Y de qué se le acusa? —le había preguntado entonces.

—De rojo y de furtivo, te parece poco. Yo le fusilaba mañana mismo, gracias a que soy su abogado que si no.

—Pues espero que le defienda bien. Y el falso indiano le puso encima de la mesa una piedra verde. En el último momento el juez cambió a su padre la pena de muerte por diez años de trabajos forzados.

Heliodoro recuerda el último lince que había visto en los breñales de los Ibores hace muchos años, idéntico en los dibujos de la piel a ese otro de ayer. No ha contado nunca a nadie que un bicho como ese le salvó la vida.

—Es lo justo. Sería un mal nacido si hubiera matado al gato sólo porque al amo le molesta.

Helio no se conformaba aún con la cómoda identidad que su hermano mellizo le había proporcionado y que le protegía de las razias falangistas, había logrado tomar contacto con una partida guerrillera y tenía la intención de unirse a ella. No soportaba vivir encerrado en el pueblo viendo como asesinaban a su gente, sin hacer nada, fingiendo ser otro.

Lleva esperando varias horas tumbado, bien escondido en la espesura, con la carabina Tigre amartillada, dominando desde bien lejos las dos trochas que suben al monte. Helio no sufre como otros la dureza del campo, se siente cómodo en cualquier parte y duerme como un niño hasta las noches más frías en aquel saco de plumón que le regaló un camarada checo de las Brigadas antes de irse y que fue el único equipaje que trajo de Madrid. Pero ya no hace frío, a finales de abril el monte es un paraíso, zumban las abejas, planean entre las jaras los caballitos del diablo rojos, chilla el mirlo y pasan de cuando en cuando la cigüeñas camino del río Tajo a por ranas para los pollos. Estaba apostado bajo un brezal espeso, esperando al enlace que tenía que venir desde Navalmoral. No sabía que la sierra estaba siendo peinada por más de cien guardias civiles y el enlace estaba ya en el cuartelillo con la boca llena de sangre.

Heliodoro recuerda. Me entretenía viendo como un enorme lagarto ocelado acechaba a los insectos sobre un cancho. En otro tiempo le habría cazado para comérmelo por la noche rebozado en harina, frito y con mucha sal, pero descubrí que no estaba solo, relamiéndose, a pocos metros de la piedra, bajo otra sombra de brezo vi a un lince agachado, tenso, preparado para saltar sobre el lagarto, movía sobre el suelo sus garras para afianzar el ataque inminente, pero de pronto irguió los pinceles de sus orejas y se puso en pie, algo le amenazaba sobre la loma que estaba mi espaldas, lanzó un gruñido y desapareció en un segundo. Me arrastré unos metros dentro de la trocha jabalinera en la que estaba apostado, coloqué el oído sobre el suelo y aguanté la respiración, debían de ser muchos porque aunque intentaban andar con sigilo se escuchaba el roce de las jaras en varios lugares diferentes, seis u ocho personas por lo menos.

—¡Ahí está la casilla mi sargento! —escuché muy cerca.

Había quedado con el enlace tras el medio muro derruido de una choza de pastores casi oculta ya por la maleza.

—¡Alto a la Guardia Civil! —gritó la voz de antes— ¡entrégate, estás rodeado!

Oía la voz a pocos metros sobre mi cabeza, debía de estar subido en una piedra que se elevaba sobre el espeso monte a mis espaldas. Me di la vuelta despacio y vi por un pequeño hueco en el brezo la cabeza del guardia.

Me vais a cazar pero a ti te voy a volar el capirote, pensé apuntando el arma con cuidado. Entonces, poco antes de apretar el gatillo alguien gritó a su derecha.

—¡Ahí va, es un lince! Ha salido justo de la casucha.

Y sonó fuerte un tiro de mosquetón.

—¡Ese cacho cabrón nos la ha jugado bien!, cuando vuelva al cuartel además de sin dientes le voy a dejar sin cojones —berreó el sargento al que apuntaba.

—Vámonos, aquí no hay nada que hacer, si había un lince ahí no hay un maquis en varios kilómetros a la redonda. ¿Le habrás dado por lo menos?

—No mi sargento, he fallado.

A saber porqué se agazapó el lince justo ahí detrás de las piedras del muro o por qué salió hacia la trocha en lugar de escurrirse entre los jarales. Heliodoro hizo una larga pausa antes de continuar. El hecho seguro es que me salvó el pellejo. No he contado a nadie esta historia. 
 
Pero unos años después el viejo guarda, guerrillero, furtivo, jubilado nonagenario se la contó a un jovenzuelo que le miraba en silencio con un chisme de esos de grabar entre las manos. El chico sabía escuchar y le brillaban los ojos cuando el viejo rumiaba su pasado. El chaval que era yo le prometió que escribiría esa historia. Eso hago hoy, en memoria de Heliodoro y su lince.