miércoles

GINTONIC CONTRA COVID 19


He escuchado esta mañana que los médicos tratan a los enfermos de COVID 19 con cloroquina y la hidroxicloroquina y me he acordado de mi amiga Francisca Enríquez de Rivera, una señorita pija que se casó con Virrey Luis Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, IV conde de Chinchón, y que en el verano de 1630 se estaba muriendo sin remedio. Al principio era algo de fiebre, luego vómitos, más fiebre alta, tiritonas, debilitamiento general e imposibilidad para comer. Los mejores médicos españoles del virreinato probaron todos sus potingues, drogas y tratamientos, pero nada la curaba. La condesa va a morir sin remedio como tantos españoles, debilitada por una terrible y extraña fiebre convulsa. Entonces, una criada india que la cuidaba, le dio a probar un potingue amargo que muchos pueblos andinos tomaban para curar esas fiebres mortales. El remedio, ante el asombro de todos los matasanos, curó a nuestra Francisca.
Otras fuentes sugieren que fue Diego Torres de Vázquez, jesuita y confesor del virrey, quien le indicó que probase con esos polvos hechos de corteza de un árbol, que había visto tomar a los indígenas. Se dice que los médicos del Virrey no se atrevieron al principio a dar la la condesa el bebedizo indio y probaron antes con otros muchos enfermos de fiebres que había en el Hospital de Lima y estos se curaron. Entonces lo tomó la condesa y voilá!.
Los Condes de Chinchón, cuando regresan a España, no se cansarán de recomendar ese fármaco mágico: la quina, los "polvos de la condesa" que salvarán la vida a partir de entonces a miles de europeos. La sustancia se extrae de diferentes especies del género Cinchona, que se llama así porque el naturalista sueco Carlos Linneo le puso el nombre en honor a nuestra amiga la condesa de Chinchón. Las principales especies son la Cinchona calisaya o quina amarilla, la Cinchona ledgeriana, la Cinchona succirubra o quina roja y Cinchona officinalis. Todos son árboles que se dan en territorio andino: Ecuador, Colombia, Bolivia, Perú y Brasil. Luego Carlos III enviará a Perú y a Chile una expedición organizada por los botánicos Hipólito Ruiz y José Pavón, a la que se sumó el médico y botánico francés Joseph Dombey. Nuestro experto en los ingredientes del gintonic Hipólito Ruiz escribió la “Quinología o tratado del árbol de la quina” y luego nuestro gran botánico Celestino Mutis escribió otro tratado sobre la quina: “El Arcano de la Quina” (1828), obra póstuma publicada en Madrid en 1828.
El inglés William Cunnington, a fines del siglo XIX, inventó un refresco carbónico con extractos de quina, el “Tonic Cunnington”. El potingue es amargo así que para mejorar el pelotazo antipalúdico los ingleses le añadieron el alcohol que tenían entonces más a mano: la marinera ginebra. Y voilá el gintonic! 

Ahora, moléculas más modernas que fabricamos a partir de aquella viejísima quina peruana, se utilizan como un tratamiento experimental para luchar contra el COVID 19. No debemos olvidar que de las selvas que estamos arrasando salieron y salen miles de fármacos eficaces. Gracias a los bosques y selvas, los árboles y, sobre todo, gracias al conocimiento ancestral de los indígenas, contamos con un montón de moléculas con principios activos curativos como la popular aspirina o esta famosa quina “de la condesa”. En estos tiempos en los que estamos haciendo desaparecer para siempre muchos ecosistemas salvajes del planeta deberíamos considerar, de forma egoista, que dentro de ellos tal vez esté el remedio de enfermedades futuras.

Extremadura era una zona palúdica. Gracias a los nuevos tratamientos con derivados de la quina, la desecación de humedales, la introducción de la gambusia y las campañas de profilaxis se erradicó en 1964. Don Jaime, mi estupendo profesor de Ciencias Naturales de primero de BUP, nos hablaba de aquello. Él tuvo malaria. Hoy hay vacunas, mejores profilaxis, mosquiteras buenas… pero cada dos minutos muere un niño por la malaria, 600.000 personas al año. 200 millones de casos clínicos anuales. La enfermedad que más mata... La enfermedad que más ha influido en la historia de la humanidad.

Durante este confinamiento cuarentenero echamos de menos los gintonic de nuestra amiga Pituka. Los hace con ginebra Nordés, tónica sin azúcar, hielo roca y todo tipo de yerbas de la madre celestina. El primero hay que saborearlo despacio y con buena conversación, el segundo hay que compartirlo, con el tercero ves a dios o, en su defecto, y con ganas de fiesta, a quién vivía en aquel perdido paraíso boscoso mesopotámico que salía en el Génesis.
(Dedicado a Ignacio Rojo Herguedas, que me recordó ayer esta historia)


sábado

GUADALPERAL


Pescamos con frecuencia esta orillas anegadas del viejo Tajo. E. Lleva un pequeño broche de bronce prendido de su gorra de pescador. Bronce, “edad del bronce”, una simple aleación de cobre y estaño. Ambos metales son blandos, sin embargo unidos se convierten en algo bien distinto, duro, resistente, afilable y muy cortante. Mucho cobre, un poco de estaño. Pero había que conseguir ambos metales no siempre abundantes, fundirlos a más de mil grados, hacer recipientes que aguantasen el calor, moldes apropiados, saber martillearlo luego para aumentar así su dureza. Luego un largo adiós al frágil sílex o a la blanda madera. Los pueblos del bronce hicieron de esta asombrosa aleación hachas, jabalinas, cuchillos, anzuelos, adornos refinados o el primer espejo de verdad en el que mirarse… Se dice que fueron los egipcios los inventores del milagro. Esas nueve partes de cobre y una de estaño revolucionaron el mundo. Con bronce crecieron las grandes civilizaciones mesopotámicas, se inventaron los ejércitos, la especialización laboral, las tiranías y el comercio o la rapiña entre Siria, Anatolia o el Egeo y las raras tribus que poblaban Europa: estaño de Bohemia, cobre de Iberia. Los objetos de bronce rescatados de los yacimientos de El Argar y las Motillas parecen recién fabricados… Pero sabemos poco de los tiempos del Bronce, tan remoto, confuso e inquietante. Luego llegó el hierro y el bronce quedó para las estatuas, las campanas de iglesia y los cañones… Pero entonces, cuando se construyó este dolmen hace cuatro mil años, el dorado bronce era un bien escaso con el que fabricar preciosos objetos. Precioso: bello, apreciado, escaso, de gran valor simbólico, de uso y de cambio. Precioso: su color es dorado oscuro, bronceado, si está pulido brilla como el oro, o casi.

El primer eminente arqueólogo que estudió el yacimiento de Guadalperal fue Hugo Obermaier, no era un vulgar curilla, como se dice en algún periódico. La edad de hielo en Europa será su especialidad e investigará en las cuevas de toda Europa y sobre todo España, el Musteriense antiguo, el Auriñaciense, Gravetiense, Solutrense, Magdaleniense y el Aziliense. La primera guerra mundial le impedirá seguir sus investigaciones en París así que estudiará el arte rupestre en las cuevas de Cantabria y Asturias.  En 1916 publicará en Madrid “El hombre fósil”. En 1922 se crea para él la cátedra de «Historia primitiva del hombre» en la Universidad Central de Madrid y se le otorga una plaza en la Academia de la Historia y en 1924 recibe la nacionalidad española. Además le integran como gran experto internacional en la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. En 1936, estando en Oslo como representante de España en el Congreso Internacional de Arqueología Histórica y Protohistoria, comienza la maldita Guerra Civil y decide no regresar a Madrid. Aunque le ofrecen de nuevo su cátedra la rechazará  al enterarse que la misma estaba siendo reclamada por uno de sus estudiantes, el arqueólogo, falangista y malbicho Julio Martínez Santa-Olalla. De este tipejo tendrá malas noticias tras la guerra Julián Marías. Su hijo Javier fabulará esa infamia y la traición del amigo en “tu rostro mañana”. Hoy no se sabe quién es este tipo, pero Martínez Santa-Olalla defenderá durante todo el franquismo la España de identidad pura y con una sola raíz desde el paleolítico superior, la raíz celta por encima de cualquier otra mezcla, todo eso de “la unidad de destino en lo universal” argumentado desde la arqueología filonazi que defendió e impuso en todas las enciclopedias escolares, y que aún colea en el inconsciente colectivo de muchos discursos políticos de hoy. Pero esa es otra historia.

Fue Hugo quién hizo excavaciones en este yacimiento de Guadalperal entre 1925 y 1927. Luego los Leisner, Georg y Vera, también eminentes arqueólogos alemanes y grandes estudiosos del megalitismo de la península ibérica, recuperaron los dibujos de Obermaier que fueron publicados en 1960. Gracias a esos dibujos podemos deducir el mapa del Tajo y otras señales grabadas que todos estos años de agua y sol han degradado hasta casi borrarlos. Y otro alemán andarín, Otto Wunderlich,  llegará a España en 1913 y trabajará para una compañía minera. Luego se reconvertirá en fotógrafo cotizado trabajando por encargo para instituciones públicas y empresas. Comercializará estupendas colecciones de fotografías con el título de “Paisajes y Monumentos de España”. Su trabajo se publica en el Blanco y Negro, La Esfera, la Enciclopedia Espasa o el Patronato nacional de turismo. Fotografiará los monumentos y templos romanos que estaban en Talavera la vieja antes de Valdecañas y cuanta ruina, dolmen prehistórico, castillo medieval o monumento románico que se encuentre en sus vagabundeos ciclistas por aquella España de verdad vaciada.

El camino hasta el yacimiento esta lleno tocones y raíces centenarias de brezo. Cortaron a ras la joven encina para leña, tal vez para hacer picón que se vendió por unos céntimos y luego calentó en algún brasero de un hogar autárquico y helado. El embalse anegaría las dehesas, bosques de robles, carrascas y alcornoques, perdidos y huertas, olivares y frutales, secanos y barbechos de ese horizonte antiguo, así que se dio desveda para arrasarlo todo aunque apenas dio tiempo a cortar unos pocos árboles de las más de siete mil hectáreas que cubriría el agua a partir de ese año. El NO-DO número 1.173 el 28 del IV del 1965, con el embalse ya lleno hasta los topes, da cuenta de la inauguración del “salto de Valdecañas” por parte de Franco, su señora de madrina del sarao y el pájaro de Fraga sonriendo, con discursito de José María de Oriol, el dueño de la cosa y de lo que la cosa iba a generar con el agua de todos a partir de entonces y hasta el fin de los tiempos.   La quimera tramposa del franquismo sigue muy viva en todos estos pagos. Quimera, Χίμαιρα, hija de Tifón y de Equidna, que vagaba por las regiones del Este aterrorizando gentes y engullendo animales y todo lo vivo. Hoy las tierras de alrededor del erial que es el embalse son secarrales y montes para caza, secanos miserables que viven de la PAC y miles de tocones de encinas centenarias fosilizados por el agua y el sol de las sucesivas subidas y bajas del nivel al albur del negociete hidroeléctrico. Hay poco regadío y el agua se escatima hasta a los pueblos de alrededor que sufrieron el expolio. Las cuernas calcinadas encontradas representan muy bien el valor para algunos de este paisaje por el que caminamos. El agua empantanada ha convertido en pedregal y arena muerta el suelo que pisamos, la cubierta fértil de la tierra hace ya muchas décadas que yace en el fondo del embalse junto con las miasmas de Madrid, Toledo, Talavera y cuantos pueblos vertieron al río sus deshechos durante estos cincuenta y siete años. Frente a nosotros brilla algún coche de lujo aparcado en una calle de la llamada “Isla de Valdecañas”. El estropicio es perfecto. Del río no queda nada. Tampoco del progreso que prometía aquel NO-DO, salvo la momia disecada del general golpista, el chorro de millones que engorda algún bolsillo y la rara belleza que a veces propicia el cielo, las escamas de un pez o estar en compañía del hijo pescador y de mi hermana. Me quedo con la quimera de Cernuda, con su desolación y su memoria.

Guadalperal, un nombre que evoca frescor y vergel, fruta y sombra. Hoy sólo piedras, pedazos de granito abandonado, olvidada su intención y su símbolo, su voluntad de memoria, de señalar caminos y asombros, descubrimientos y mitos. Arrumbadas, desgastadas, rotas, perdidas, despreciadas, sumergidas por décadas en agua pestilente. Pero a algunos el tiempo contado en miles nos desarma, acostumbrados a pensar que somos los mejores, que el progreso nos salvará, que la flecha hacia el futuro vuela recta, al ver estos indicios, estas ruinas, al imaginar quienes eran, que hacían, cómo vivían y lo mucho que tenían de nosotros, nos damos cuenta que algo parecido, no mucho, quedará de esta era antropocena de maravilla y derroche; pedazos de hormigón, chatarra y plástico, que es lo que se ve hoy en las orillas del embalse. Pero aquí hubo un río rápido, abundante, peligroso, lleno de aguas salvajes, barrancos y cascadas, de peces que volvían al mar y hombres que cruzaban por vados precarios y secretos. Hubo un río bellísimo e intrépido, de crecidas de miedo y agua cristalina. Y al pie de él nacieron civilizaciones y bebieron sus cabras y sus niños, inventaron barcas y sedales de pesca, lugares sagrados con vistas a las estrellas y fuegos mágicos en los que fundir el cobre y contar historias, ver pasar los siglos y bañarse sin miedo en lo profundo... como hizo mucho más tarde el loco de Boyton o mi bisabuelo. Nada queda del río ni de esa gente. Sólo piedras, la cicatriz en el granito que dibujó hace cinco mil años un artista mostrando el antiguo río y sus secretos vados, la bruma de la historia indagando las huellas o la de algún amigo curioso que viene y se pregunta para qué, quién, cuando. Nada.
La codicia de algunos, que no la sequía, ha desvelado de nuevo este lugar inhóspito que una vez era bosque y matorral, horizonte de río grande, hogar acogedor. Hoy lo pisamos con asombro, acariciamos las piedras y nos despedimos de ellas. Sabemos que nada se hará para rescatar el lugar, igual que nada se hace para que el agua, hoy verdosa y sucia, vuelta a estar limpia, corriente y libre hasta el Atlántico. Las lluvias del otoño y la avaricia de quien manda en el embalse ocultarán de nuevo este paisaje, túmulo, templo solar, menhires, crómlech, arqueología subacuática dejada a la desidia y la destrucción, como otros cientos de yacimientos en esta tierra a la que nunca enriqueció ningún pantano.
Solo piedras. Pero hay una rara belleza que aún pervive. El rastro de esas vidas en las muescas y dibujos aún parece caliente a pesar del desgaste y de los siglos. Nos alejamos luego, sin mirar atrás, caminamos en silencio largo rato, como quién deja una casa a la que no volverá nunca, como quién cree escuchar el rumor fuerte de un torrente bravo a lo lejos, ese río Tajo que ya no existe".

martes

ALEJANDRO

Escucho “Suzanne”. Estoy leyendo “los hermosos vencidos” en una edición barata comprada en el mercadillo de los jueves. En uno de los puestos venden cintas de cassette y libros. Es otro siglo. Otro tiempo. Cartas de papel. Teléfono en el pasillo. Comienza abril y la garganta va muy crecida. Tengo las botas altas rotas. Las dejé en casa llenas de pegamento para bicicletas. Cruzo sin miedo con el agua helada por encima de la cintura. En medio de la corriente lanzo el señuelo. Pesco muchas sin moverme de allí. Levanto los brazos para no mojarme los codos de la camisa. Tengo dieciséis, bicicleta, amor y un cesto viejo lleno de truchas. Las hojas de los robles son de un color verde suave y tienen el tacto de la piel de Maite. A media mañana me siento al sol para secarme. Comienzan a crecer los helechos. Sonrío muchas veces sin darme cuenta. El profesor de matemáticas es un cafre. Piensa que en clase que me río de él y me odia. Llevo el libro de Cohen en una bolsa de plástico para que no se moje. Leo con el sol en la espalda. Llega Alejandro y se sienta al lado sin decir nada. Se lía un porro. Entrecierra los ojos. Me lo pasa. Mira mi cesto y dice “joder”. Sigue pescando garganta arriba y dice “adiós Soria, luego nos vemos”. Hubiera sido uno de esos amigos con los que uno sigue pescando la vida entera. De esos que tus hijos y sus hijos se hacen amigos. Pocos meses después, poco más abajo de este lugar precioso se matará en un coche. No tenía aún dieciocho. Ese dolor raro se queda ahí. En otro cesto que estaba lleno también entonces. Luego soltamos las truchas y el dolor, pero pasarán muchos años aún. Alejandro también sonreía siempre. A veces pescaba más. A veces menos. Lo que aprendí con él no cabría en un cesto. Ni en mil. Hoy llegó en un sueño todo esto. Cristalino.


domingo

DELEITE


Releyendo mapas, notas, diarios, en días de frío y espera, toca recordar los días de deleite. La RAE es morosa en la descripción de esa palabra y dice solo: “placer del ánimo”. El deleite es para ti una forma de disfrute que mezcla el sabor del presente, intenso y luminoso; la memoria atesorada y a salvo, y una alegría lenta, íntima, discreta. También costó llegar, no fue fácil estar allí, el camino era largo pero también sobre él hubo placer. Como lo hay ahora, cuando juegas con la memoria a volver allí y con el deseo que sabe aguardar aún unas semanas para estar de nuevo en esas intemperies. Tus amigos saben de qué hablas. Tú los llevaste y ellos también te llevaron a esos lugares. Intercambiasteis los pequeños paraísos, compartisteis ese tiempo en el río, mantenéis a salvo aquellos días de todas las posibles destrucciones.

Echo de menos abril. “Locus amoenus”, lugar idílico, casi un Edén. El topos literario ya lo exprimió bien Homero, Teócrito, Virgilio, Horacio, Píndaro, Ovidio, Gonzalito de Berceo, don Antonio Machado, por supuesto.… hoy todo dios, sobre todo la publicidad de agencias de viaje, turismos varios, hoteles con encanto, filetes ecológicos, leches desnatadas, coches todo terreno... Pero mis paraísos son gratis y están cerca. Intento no caer en el “locus amoenus”, pero caigo en cuanto escribo. Dice mi hijo que es culpa de mi infancia montaraz. Haber vivido al lado de veinte gargantas trucheras tiene eso, aunque te pongas cada día el disfraz de urbanícola educado rascas un poco y me sale el agua de un río salvaje por los ojos.
En la lápida de John Keats, en el cementerio no católico de Roma, está escrito lo que él quiso: “Here lies One Whose Name was writ in Water", “Aquí descansa alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”. John era de los nuestros.

HERÁCLITO


Heráclito de Éfeso era un pijo griego que vivió por el 500 a. C. Odiaba a los atenienses, a sus vecinos efesios y en general a todo el mundo, y murió al tratarse una enfermedad con un linimento de estiércol de vaca, un remedio que entonces estaba muy de moda entre los influencers. Le gustaba hacer juegos de palabras y dicen que inventó la dialéctica y la metafísica mientras se cortaba las uñas. Platón, mucho después, por joderle, resumía y simplificaba sus palabras. De “ποταμοῖς τοῖς αὐτοῖς ἐμβαίνομεν τε καὶ οὐκ ἐμβαίνομεν, εἶμεν τε καὶ οὐκ εἶμεν τε”, “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”, una frase llena de matices e interpretaciones, Platón la dejó en “no se puede entrar dos veces en el mismo río” que es un dicho bastante chorra y obvio. Pero es lo que ha quedado para la postérité.
Yo voy a pescar con frecuencia a los mismos ríos, año tras año, incluso repito río el mismo mes y hasta la misma semana. “¡Siempre vas a los mismos sitios!, ¡no sé cómo no te aburres!” Me dice alguien. En eso me doy cuenta que no se han leído ni Heráclito ni a Platón ni son pescadores. Porque cada año, cada mes y cada día un mismo tramo de río es siempre muy distinto, como diferente es el cielo, la brisa, el lugar donde se esconden los peces o su humor, y también es diferente el pescador porque “somos y no somos los mismos”. Jamás viví un día de pesca siquiera parecido a otro.
También me gusta repetir viajes, ciudades, bocadillos, polvos, películas… Recuerdo ahora la peli “Smoke” (1995). En una esquina anodina de Brooklyn, Auggie (Harvey Keitel) tiene un estanco. Todos los días a la misma hora saca su cámara, la enrosca al trípode, apunta a la misma esquina y hace una foto. Una imagen del mismo lugar que cada día es muy distinta. Así toda la peli, y sin embargo es muy entretenida.Heráclito era un influencer sabio, y pescador a mosca, sin duda.


NEMATODOS




Los nematodos son unos animales increíbles, al contrario que todos los demás, hay más variedad cuanto mayor es la latitud. Forman parte de la biodiversidad edáfica y sólo ahora comenzamos a entender su inmenso valor para los ecosistemas y la biodiversidad, aunque estos bichitos siguen estando al margen. Por ejemplo, la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas de Naciones Unidas, en su informe global sobre “las amenazas y tendencia de la biodiversidad”, los nematodos no aparecen ni una sola vez. Pero los valiosos gusanitos, como los hongos, son unos seres vivos claves para esa biodiversidad tanto vegetal como animal. Pero claro, es un bichito feo, muchos son parásitos, sonríen poco y no son peluchables. Para estudiar los koalas siempre hay dinero, para investigar a los nematodos casi nada. Sin koalas el mundo sería menos variado y más triste, sin nematodos una parte fundamental de la vida en la tierra se extinguiría, “un 25% de la diversidad del planeta se encuentra bajo tierra, la conservación de la fauna del suelo resulta fundamental en la preservación de los ecosistemas y agroecosistemas terrestres” dicen los investigadores en Nature.

Muchos piensan que soy un comedor de margaritas, un andarríos místico, un naturalista plasta al que sólo le apasiona hablar de halcones y quercus, un thoreausiano fanático, un homosapiens renegado de los suyos. Pero la verdad es que me repelen los redivinizadores la naturaleza que abrazan a los árboles y rezan a Gaia buscando curaciones o los que se apuntan al tópico “fuga mundi” oponiendo pureza campestre a contaminación urbanícola o los que sufren de solastalgia, el lamento por la perdida de un pasado natural idílico y vacío de humanidad que solo existió en su magín calenturiento o los igno-ecologistas que gradúan su amor y defensa de la naturaleza en función de la cercanía antropocéntica hacia el bicho, defendiendo el lince e ignorando al nematodo, adorando al peluchable cervatillo y desconociendo el valor de la lombriz o el coleóptero que despachurra su bota, esos que ven en un cultivo de pinos o chopos a un bosque, o el dominguero con derecho a enmierdar por que el campo es de todos o el turista elitista que busca experiencias exclusivas en lugares prístinos pero libres de mosquitos, de pobres y con spa cercano.

Pero disculpo a todos estos sus defectos, costumbres e integrismos. Mis enemigos son otros, son los que destruyen y arrasan por dinero y sin mala conciencia, los que consideran que el progreso pasa por aniquilar por entero la vida que hay allí si con eso sacan un beneficio personal, lo que sólo ven en el campo, el paisaje, el río, el bosque o la montaña… un estorbo, un montón de materia prima, una propiedad expoliable y cercable. Y también lo que no saben que tal vez dentro de su barriga vive feliz un nematodo parásito, en su entrepierna un ácaro, en sus uñas un hongo...
(Nature 572 pag. 187-88)  



MIERDANET

Cuando comenzábamos a hacer estudios sobre la “Sociedad de la Información” y la “Brecha Digital”, allá por antes del dos mil y hasta un poco después, se cumplía en Internet aquello de que “cuando más das más recibes” o “por mucho que des siempre recibirás más”. Era una pequeña revolución, millones de personas ofrecían su conocimiento, tiempo, colaboración, información, saberes, experiencia… de forma altruista y generosa. Había foros, listas de distribución, web inclusivas y participativas de cualquier cosa. Era el Internet que defendía Tim Berners-Lee. Los gurús de la cosa nos prometían un mundo feliz de más productividad y menos tiempo laboral, conciliación, ocio creativo, mejores salarios y sobre todo una democracia más soberana, auténtica, rápida, activa y directa ¿verdad ministro? Pero el ministro se equivocó de cabo a rabo entonces, y yo también. Todo eso ya es hoy papel mojado, agua de borrajas, casi pesadilla. Del dicho “cuanto más das más recibes” estamos en el “por poco que des, y aunque no des nada porque a lo mejor otros ya lo dan por tí sin tu enterarte, te sacarán todo y no para tu bien”, La democracia hoy es una pasta gris llena de fakes, ruido, furia, censura y manipulación a una escala y con una minuciosidad monstruosa. Nada se escapa a Internet, el bueno de Tim está horrorizado. Todo es negocio. La economía colaborativa es una forma de refinada explotación que no ha sustituido a la explotación grosera de siempre multiplicada por mil gracias a esa “Sociedad de la Información y la Comunicación” a esa cicatriz digital que cerró la jodida brecha, pero llena de ponzoña.
Aún quedan grietas, siempre las hay, tenía razón nuestro profe Jesús Ibáñez, los sistemas perfectos nunca son tan perfectos, en Internet y en las redes sigue habiendo pequeños espacios para lo de antes, el intercambio altruista, la colaboración marcel-maussiana, el amor sin previo pago, el encuentro online con “los hermanos de lejos”…Pero sobre todo, la desvirtualización del nosotros. Quedar y vernos de verdad al margen de la red para ir a pescar juntos o tomar unas cerves o hacer política o comenzar una revolución, aunque sea con las caretas puestas y sin el móvil en el bolsillo, para evitar el ojo del Gran Hermano.
https://www.nytimes.com/…/clearview-privacy-facial-recognit…



miércoles

MARINA



1927. Los dos niños se sientan sobre el tronco deforme de un chopo que se inclina hacia el agua y permite pescar a varios metros de la orilla. El agua es tan transparente que pueden verse como en un acuario a los peces apostados en diferentes niveles, nadando despacio río arriba y río abajo en busca de comida. Valentín mete con cuidado la mano en la lata y saca un saltamontes pardo y otro verde. 
—Elige  —me dice.
Cojo el oscuro por detrás de la cabeza porque no soporto que me muerdan los insectos. Valentín me acepta esas pequeñas cobardías que en otros amigos merecerían el más profundo de sus desprecios. Él se deja morder por las hormigas agitando un palo dentro del hormiguero y poniendo después su mano encima, por las lagartijas que cogemos en las tapias de los huertos y hasta por los lagartos de cabeza azul que atrapa- mos en la garganta con un trozo de caña y un lazo corredizo. Los animales cuando muerden se ciegan en su venganza y Valentín los deja libres, pero ellos siguen aferrados con sus dientecillos de sierra al dedo menudo y calloso de mi amigo, aunque este haga remolinos en el aire con el brazo no se le sueltan.
Ensarto el saltamontes con cuidado en el caparazón que une la cabeza con el cuerpo, así el cebo no se muere y puede durar mucho tiempo agitándose sobre la superficie del agua, intenta volar en busca de una repentina libertad que no tendrá nunca. Los peces suben sin miedo a por el estúpido bicho que se les ofrece sin sospechar la trampa, cuando alguno atrapa el saltamontes hay que dejar unos segundos que se lo coma bien  antes de pegar el tirón y engancharlo.
A pesar de la mueca de dolor que le produce la malaria, quieres recordar la expresión feliz de Valentín en aquel tiempo, la superficie del río es ahora un espejo perfecto donde se repiten los árboles, las garzas, los milanos planeando, las estribaciones de Gredos aún nevadas, la vida que te asombra, la huida de un pato cuando nos ve, la libélula roja que se posa en la punta de tu caña por un instante y parece hecha de metal y fuego, el salto de los peces rompiendo la quietud, los galápagos soñolientos que toman el sol en la orilla. Recuerdo ese preciso lugar, el olor del río, el sol que comienza a calentarme la espalda, una palabra que se me escapa en voz alta que me identifica como un ser extraño, distinto, humano y único entre el murmullo de ruidos del campo. Me asombra mi cuerpo tan sabio, más sabio que yo, mis manos morenas sostenen el peso de la caña y hacen el ángulo preciso entre el hilo y el puntero, el sabor acuoso y verde de los barbos que matamos de un mordisco en la cabeza antes de lanzarlos a la orilla. Aquel día subió del fondo un barbo enorme, pudisteis ver con claridad cómo subía y se iba haciendo cada vez más grande hasta nadar justo detrás del saltamontes verde de Valentín con el lomo casi fuera del agua, pero no mordió el engaño, ladeó su cuerpo antes de hundirse y vimos cómo su ojo amarillo nos miraba, yo imaginé que con desprecio.
Ahora tus manos son nervudas y están manchadas. Muchas veces, cuando bajáis a pescar, deseas imaginar que el pez que tira de la caña y sigue sacando hilo del carrete es el mismo animal de entonces y que Valentín Quintas achina los ojos para intentar ver el remolino a lo lejos antes que el pez saque su cuerpo de oro viejo del agua en un salto formidable y rompa el hilo que le une a su voluntad.
—¡La frontera, ya está ahí la frontera!
*  *  *
Se ha desgastado su sonrisa en el papel fotográfico, pero no en su memoria. Ella tal vez no sabrá nunca que gracias a su gesto y su leve sonrisa Valentín desea sobrevivir, vencer la fiebre y volver a la vida.
—Hans, haznos una foto que quiero enviársela a un amigo de Praga  —dice Olga.
Ahí está la foto, encima del escritorio de jacarandá que te fabricó Gonçavez. Ella y tú sonriendo felices junto a una de las esfinges de piedra de la entrada del Capricho. Ambos con boina, abrazados. Olga con un chaleco largo y sin mangas de piel y tú con una cazadora de paño pardo. Olga nunca tuvo esa foto entre sus dedos pero tú, treinta años después, recibiste un sobre con remitente mexicano de un tal Juan Guzmán. Dentro del sobre está esa foto y detrás unas pocas palabras del viejo barbudo Hans: 
“Me ha costado mucho encontrarte, tú no lo sabes, pero ella me pidió que hiciera esta foto para ti, un abrazo. Juan Guzmán”. 
Hans Gutmann, aquel jovenzuelo que llegó como brigadista desde Berlín donde trabaja de iluminador, se casó con una española y se exilió en México. Había sido uno de los mejores fotoperiodistas de la Guerra Civil y luego lo fue de toda la vida cultural mexicana. Teodoro sabe que Valentín Quintas también guarda una foto de Juan. Es la fotografía de una mujer de la que Valentín se enamoró hace más de veinte años aunque nunca la vio en persona.
—Eso es amor y lo demás historias —se burla Gonçal- vez.
La fotografía está recortada de una revista de las Juventudes Comunistas y aunque la ha cuidado y protegido durante todos estos años el papel ha aguantado mal la humedad de la selva, y apenas se ve ya el rostro de la mujer.
—¿Por qué te gusta esa hembra si puede saberse? —le pincha Gonçalvez— ¿no prefieres estas mozas?
Y le enseña las mujeres desnudas de una revista pornográfica. Valentín se enfada y sale a dar una vuelta con la escopeta ahora que se ha ido la fiebre.
—A ver si cae algún pajarraco  —murmura.
En Brunete, en Guadalajara, en Pandols, en la carretera que bombardean los fascistas camino de Port Bou, en el campo de concentración de Argelès o aquella noche que se le volcó la canoa en medio del río crecido lleno de pirañas, caimanes, remolinos y troncos a la deriva es el mismo Valentín, el niño sabio que engaña a las torcaces y a los barbos, que sólo cree en lo que puede ver y tocar con sus dedos pequeños y callosos y que se atreve decir a Don Emilio el cura:
—Yo a usted le respeto porque da a mi madre un duro del cepillo pero todo lo que cuenta de Dios es mentira. Dios no existe, es un invento de los curas para vivir del cuento.
El joven cura se queda mudo frente a los veinte niños de la escuela y no dice nada.
El Valentín valiente y seguro de la ponzoña en la que está embebida la piedra que le ha regalado el tío Leandro para que pueda acabar con La Lagarta, el joven miliciano siempre armado hasta los dientes que es capaz de pegar un balazo a un fascista a trescientos metros y lanza las granadas con una honda de cabrero y que nunca, ni siquiera cuando se pudría de fiebre en Argelès creyó que la guerra estaba perdida, es el mismo muchacho enamorado de una imagen, de una sonrisa, de una mujer desconocida que recortó de una revista al principio de la guerra.
—Debe ser comunista, pero no me importa  —afirma.
Valentín no sabe que la mujer se llama Marina Jinesta y que hace calor en Barcelona esa tarde de Julio del treinta y seis sobre la terraza del Hotel Colón en la que Hans hace la foto apenas unos días después del levantamiento. A Hans también le gustó Marina. Su melena corta revuelta por la brisa del mar, su camisa de hombre remangada, sus pantalones de peto, el mosquetón prestado al hombro y sobre todo su gesto de orgullo seguro sobre los tejados de la ciudad, de miliciana armada y dispuesta a luchar junto a los camaradas contra el fascismo y contra la opresión que sobre las mujeres imponen los estados, las iglesias y la historia.
 Escribiste a Hans al día siguiente de recibir tu fotografía: 
“Querido amigo, ¿podría enviarme la copia de una foto que usted hizo a una miliciana en la terraza del Hotel Colón?”. 
Le cuentas la historia de Valentín. Su extraño amor platónico que le ha salvado la vida cuando estaba ya todo perdido y sólo la mirada de esa mujer le ha salvado de pegarse un tiro muchas veces. Un mes después Valentín Quintas recibirá un sobre con franqueo mejicano y dentro una fotografía grande y brillante en buen papel Kodak de Marina Jinesta con una dedicatoria que ha escrito la mujer de Hans: “Para mi desconocido amigo Valentín. Un beso de Marina Jinesta”. 
Valentín nunca te preguntará nada del envío. No necesita porqués. No quiere saber cómo ha llegado esa imagen desde tan lejos hasta una casa perdida en medio de la selva amazónica, no lo necesita. A veces sueña, fantasea con volver a Barcelona y buscarla sólo para saber que existe, que es verdad su piel y su mirada orgullosa.
—Es comunista, seguro, pero no me importa.

http://www.rtve.es/alacarta/audios/mujeres-malditas/mujeres-malditas-marina-ginesta-04-12-19/5459228/ 

1956




1956. (…) Tu padre murió de repente de un infarto pocas semanas después de que tu abandonases Corea. Te demoraste en Berlín. No querías llegar a tiempo del entierro ni ver su cuerpo inerte metido en una caja. En el cuarenta y cuatro, cuando te hirieron la segunda vez y tuvieron que operarte en América, tu padre nunca te preguntó por la guerra, sólo por los ríos que veías allí abajo, cuando cruzabas los cielos de todos los países. Te sacaron la pequeña esquirla de la espalda que se había clavado en una costilla y te recuperaste pronto. El cirujano del hospital de campaña donde te hicieron la primera cura pensaba que tenías afectado el pulmón, pero apenas pasaste una semana en el hospital y luego dos semanas en casa. Seguías teniendo mucha suerte. Tu abuelo Eliot pidió el trozo de metralla. Era muy anciano, debía de andar por los noventa años. Ya no oía nada y apenas hablaba, pero seguía teniendo una vista perfecta y unos dedos mágicos para tallar la madera y domar el metal. Hizo con la esquirla un alambre fino y fabricó diez anzuelos con ese acero templado que había salido de un fleje del trim donde dio el proyectil del cañón del 20. del Focke-Wulf que te cazó desde las tres y en picado.
Dos semanas después de haber pescado en el río Henares estáis en León. Está fallando algo del motor derecho del Beechcraft y mientras los mecánicos buscan el problema os habéis escapado con su camión al río Órbigo que era uno de los ríos marcados por Papá Hemingway en la hoja del mapa que te regaló en París. Ayer, ya de vuelta, volasteis muy bajo, apenas a dos mil pies, y aquel pequeño río te pareció tallado en cristal de Bohemia. Brillaba como si el maestro vidriero hubiera dibujado miles de estrellas juntas en la panza finísima de una copa de vino. Caminas ahora por su orilla al acecho, con lentitud y silencio. Comienza julio. Pica el sol, veintidós grados, cero viento, soledad absoluta. Bill y Dan han decidido pescar por debajo del puente Paulón. Usas como señuelo un tricóptero grande que había montado tu padre con uno de esos anzuelos especiales “de tu avión”. Las truchas suben, toman sin recelo la mosca, pelean con furia. Una, dos, tres, doce. Luego te sientas en un trozo de hierba rala a mirar un frente tormentoso que se acerca por el oeste a buen ritmo. 

El avión alemán cayó sobre ti desde la izquierda. Mirabas hacia Clécy y el río Ome que pasa junto al pequeño pueblo. Había sabido cubrirse con el sol. Viste sólo algo grisáceo cruzar por encima, el estrépito del impacto, las chispas, el aire helado entrando por el boquete del fuselaje, el aguijonazo por debajo del omoplato, la vibración bestial de la palanca y la caída del morro al perder el trim. Helmer y Willy fueron a por él pero no lo alcanzaron. El piloto del Focke-Wulf había ido de caza libre y sabía muy bien cómo cazar pilotos distraidos. Hoy aquel instante de furia se ha convertido en el alma de acero una pequeña mosca que flota sobre este río del norte de España. A veces, por un segundo, sientes una punzada de dolor en la costilla y sonríes. Estás vivo, sigues volando, has descubierto un país de agua donde pensabas que sólo había tierra seca, ¿qué más quieres? Llegáis a Aeródromo de León casi al anochecer. Los mecánicos os dicen que era cosa de un filtro de la bomba de combustible. La han limpiado y ya está listo. Escuchas a uno de los mecánicos afirmar que el taller donde estáis sirvió para el mantenimiento de la Legión Cóndor. Decidís volar a Madrid aunque ya sea casi de noche. No hay luna. Desde arriba se ven las mortecinas luces de los pueblos. Casi toda la tierra está a oscuras.
Siempre habías pensado que España sería igual que Oklahoma. Un secarral invivible sin ondinas, nereidas o náyades. Lleváis casi un mes en este país y aún no se te ha pasado el asombro por tanta maravilla y belleza. A ras de tierra, en los pueblos casi medievales, las carretas mal asfaltadas y peor trazadas o en las ventas donde a veces paráis a comer algo y beber vino malo o cerveza caliente, ¡ay perdone! ¡no ha venido hoy el del hielo, señor!, es fácil tocar la miseria, el desastre, los rastros de la guerra ganada o perdida. Pero por encima de todo, a diecisiete mil pies de altura, el país es distinto. Estabas muy equivocado. Demasiadas lecturas al pie de la letra de aquel Don Quijote que también atesoraba tu abuelo. El secarral manchego, la España esteparia, el horizonte duro con sangre, sudor y polvo de los viejos poetas para ti ya no existe. Ya te lo había dicho Ernest en París mientras tomaba caviar con una cucharada sopera de una lata de un kilo y bebía Clicquot a morro en medio de habitación. ¡Chaval!, ¡si te gusta pescar no hay país más fabuloso que ese! Sabía de tu hazaña en el cielo y te avergonzaba bastante que se lo contase a todos los que celebraban la liberación de la ciudad inventándose el lance. Describiendo las maniobras de tu avión con dos cucharillas vacías mientras una mujer que se parecía a la Dietrich te sonreía con un rictus burlón. ¡Marlene este chico es un héroe! ¡encima pescador!, ¡los ríos más llenos de truchas que hay en el mundo están en España!, ¡en ese país hay miles de torrentes de agua bravas y limpias!, ¡nada que ver con estos ríos mansos de Francia! ¡si España es el país más montañoso de Europa después de Suiza! Aunque te habías leído The Sun Also Rises, no recordabas los momentos de pesca de los protagonistas en el río Irati o en el Bidasoa. Hemingway sacó de su macuto una guía, arrancó la hoja de un mapa y te fue marcando lugares y ríos de Navarra y la Rioja donde había pescado ¡cientos y cientos de truchas! Aún conservas ese papel. Todo era verdad. En cada vuelo contemplabas cientos de ríos con buena corriente llenos de afluentes, infinitos arroyos, pequeñas lagunas, manantiales y fuentes de agua cada uno con su exótico nombre de raíz árabe o celta escrito en los mapas que os ha pasado el ejercito español. No entiendes el porqué de este sangrante contraste entre el cielo feliz y la tierra baldía. La pobreza ancestral de este país con la belleza salvaje del agua que corre desde la nieve y el hielo de las sierras. Al día siguiente voláis sobre la Meseta norte y parte del Cantábrico porque esa zona está despejada de nubes. Toca fotografiar una parte de Burgos y de Santander. Durante el vuelo de vuelta has tomado nota de esa parte del Ebro que aún sta emboscado y fluye furioso. No has dejado de acordarte de los ojos de la mujer que se cruzó contigo ayer en la pista. (…)
De “España no es país para ríos” (Ensayo inédito)

CORBETT

Había ahorrado lo suficiente así que se despidió de la mina. España estaba revuelta pero más peligro veía en Alemania. Cuando había subido a Berlin en marzo, su jefe de departamento en la empresa de exportación de wolframio lucía una llamativa insignia y se había dejado crecer un extraño bigote. Sentía que todo volvía a repetirse. Pronto el mundo volvería a oler igual que aquella trinchera del Somme. Había perdido a todos sus amigos en aquel barrizal de Le Transloy y entre sus cuerpos pudriéndose había perdido también todas esas palabras: patriotismo, gloria, valor, honor, destino, raza, orgullo. Sólo los ríos turbulentos y limpios le daban paz, sólo tocar el cuerpo escurridizo de los grandes peces le hacía sentirse un hombre de verdad libre. Sobre todo los grandes barbos comizos que engañada con moscas de salmón a la salida de las corrientes violentas del Tajo.
Un compañero que había estado en los pozos de Irak le había hablado de los grandes barbos que habitaban el Tigris y Jim Corbett, a quién había conocido en la guerra, le describió aquellos elegantes peces de escamas doradas que se atrevían a nadar en los turbulentos ríos que bebían del Himalaya. Y ahí estaba con sus cañas y su bicicleta. Pescó primero el Mangar en un afluente del Tigris tras aquel viaje larguísimo desde Estambul en el destartalado Baghdad Railway. Ahora, dos meses después, después de esta última semana encima de un mulo, siempre nervioso por el olor de las fieras, andaba tras su primer Golden Masheer en el río Sarjú como le había apuntado en un viejo mapa del ejército Corbett,
Lanzaba el sedal en oblícuo como si estuviera en el Dee y luego recogía a pequeños tirones una gran mosca montada en faisán dorado y pelo de ternero blanco. Cuando clavó el primer Masheer parecía que hubieran atado al final de la línea un tren. Media hora después consigió aorillar el gran barbo de oro en un arenal propicio. Entonces vio al tigre.


PD: Sigue pendiente un viaje al hoy Corbett National Park y toda esa zona frontera con Nepal, aún salvaje y practicamente deshabitada, de los ríos Sarju, Kosi, Kali... para intentar ver a los últimos tigres y pescar a mosca el precioso Golden Masheer. Pocos hicieron tanto por proteger la vida salvaje de la India como Jim. Pocos conocían con tanta profundidad a los grandes felinos. Corbett además nacio allí, en Naini Tal, a los pies del Himalaya. Todos sus libros los escribió y publicó ya muy viejo y destilan una sencillez, una precisión y una belleza que ya no se encuentra. Pocos conocen que Jim Corbett era además un excelente pescador a mosca.

viernes

EPICURO

λάθε βιώσας, Láthe biósas, traducido por García Gual como “pasa desapercibido mientras vivas” o “vive en lo oculto”, lejos de las ciudades, agazapado y atento al mundo, pero invisible. Eso dice Epicuro de Samos en el 250 a.C., alumno aventajado de Aristóteles, opuesto al concepto de “destino” o “fatalidad”, defensor del placer y la prudencia. Láthe biósas, hoy, en medio de la intemperie, a medias emboscado y a medias caminante, a medias indomable y a medias derrotado. El viento es frío y placentero, el agua está por fin transparente y los barbos suben a las hormigas sin timidez. Al resguardo de un chaparro, sobre un suelo tapizado de pequeñas bellotas, me siento y estoy cómodo, abro el termo de café con coñac y saboreo no ser nadie aquí ni para el halcón ni para el pez ni para la garza ni para ese escarabajo.
No es fácil pasar desapercibido. Los humanos damos miedo casi siempre. No es fácil hacer caso a Epicuro de Samos y aprender a tocar el placer, saborearlo, conocer su tacto. Por suerte luego llegó muchos siglos después don Claudio Rodríguez con ese verso de “la más honda verdad es la alegría” que es estar hoy a pie de agua, tocando monte, rodeado de noviembre, nubes veloces y buena ropa de abrigo, varios kilómetros río abajo hasta donde debió de estar el Tajo. En medio del agua se mantiene una chopera muerta, sumergida, que lleva cincuenta años con las ramas verticales hacia el cielo. No podemos hacernos invisibles, pero si camino muy despacio y con el sol de frente por la orilla los barbos no se asustan ni se espantan los gansos de la hondonada. Me llevo unas cuantas bellotas para plantar en casa en semillero. Si metes cada una en su hueco, cubres de arena la semilla y mantienes la humedad, germinan muy pronto. λάθε βιώσας, “pasa desapercibido mientras vivas”, pero deja algunos arboles luego tras de ti, no por que nadie te premie el trabajo o luego honre tu memoria sino porque sí, o por Epicuro o por don Claudio o por los que vendrán después, coño.


jueves

GEOGRAFÍAS

Dice Alberto Manguel entrevistado por Jorge que “todas nuestras geografías son imaginarias”. Las geografías del mundo que inauguraron Heródoto, Eratóstenes, Estrabón, Ptolomeo o Al-Idrisi también son imaginarias, y por eso son tan reales aunque hace muchos siglos que las transformamos, civilizamos, explotamos, degradamos, destruimos.
Antes de tocar la tierra de un nuevo lugar, una ciudad aún desconocida, una selva, bosque o río lo hemos imaginado muchas veces, se coló en lecturas y relatos, en palabras escritas en libros o en voces amigas que nos contaron. Ríos imaginados, vividos o pescados por otros en otros tiempos. El Yukón de London, el Nilo de Burton, el alto Tajo de Sampedro, el Mississippi de Twain, el Congo de Conrad, el Órbigo de Delibes, el Tigris de Egeria, el Danubio de Fermor, el Two-Hearted de Heminway, el Colorado de Habbey, el Tormes de Unamuno, el Blackfoot de Maclean, el Tiétar de mi abuelo, el Wainganga de Kipling… todos me hablaron antes de este río que toco hoy, este agua eran aquellas aguas a la vez imaginarias y reales. Sin embargo no llevo ningún diario de mis andanzas, soy poco riguroso y sistemático con mi topografía, soy vago y olvidadizo para los mapas y las intemperies, apenas tomo algún apunte a vuela pluma o alguna mala foto porque si voy a pescar no estoy a ninguna otra cosa. Nadie va a seguir el rastro de mis torrentes por estos escritos borrosos salvo los amigos que a veces me acompañaron a pescar y supieron imaginar.


miércoles

DICCIONARIO




No hay nadie en el río. Es un día de diario, laboral, de obediencias y rutinas. Aquí en el agua sólo los animales siguen en la fiesta de la vida, aunque sea arriesgado, haya peligro, frío, poca comida, un depredador, un azar. Sacas la seda con cuidado, atas una “irresistible”, intuyes al pez. El cielo no se tomaba por asalto porque no hay ningún cielo, salvo para los creyentes en los monoteísmos milenaristas, y el infierno siempre fueron los otros y también aquel fracaso de futuro que nadie de los de abajo había inventado. Aquel desastre, este, el realismo capitalista.

Hay días que te abandona el entusiasmo. Lo mejor entonces es caminar a favor o en contra de la brisa, al amanecer, buscando la orilla, un hueco entre la maleza para llegar al agua, meterte en ella, dejar en tierra la derrota, el desastre y sus tristezas. En mi vida vi tanto “entusiasmo e inteligencia”, tan clara la mezcla de placer, celebración, lucidez, rabia y deber ciudadano. Un deber ácrata, horizontal, espontáneo y autogestionado. Por un tiempo soñabas que estábamos viviendo los comienzos de “la Comuna de Madrid”. Podemos surgió de aquello porque a los menores de 30 se les estaba negando el futuro y a los mayores de 30 se les amenazaba en silencio con la ruina y la incertidumbre. Nada ha cambiado de aquello, salvo alguna nueva forma de costumbre. Tras el sangriento y el exilio de tantos en el 1871, Willian Morris se negó a calificar la Comuna de París como un fracaso, para él era un lugar donde partieron los “peregrinos de la esperanza”. Y por ahí siguen los peregrinos de la esperanza de aquellos días del 2011.

Sales del río y vas más lejos. Necesitas caminar con horizonte así que has elegido aquel embalse en el que se va hundiendo de nuevo nuestro dolmen. Caminas rápido, como con prisa, aunque no tengas ninguna. Siempre fue para ti un placer caminar a este ritmo hacia ninguna parte. Luego, ya lejos, caminas al acecho, muy despacio, con lentitud de garza. Wittgenstein, antes de enfangarse en su maravilloso “Tractatus”, proyectó un “diccionario para las escuelas primarias” decía eso de: “nómbrame las tres mil palabras que usas en tu vida corriente y te diré quién eres”. Imaginaba que si dejamos de usar determinadas palabras que nos venden y que usamos como si fueran nuestras y nos atrevemos a utilizar otras el mundo cambia, no sólo el de las voces, también el que tenemos por delante y nos rodea, limita y enmudece. Junto al agua mis palabras son otras. Siempre lo fueron. También otro el entusiasmo, que no depende del logro o su salario, ni del reconocimiento o lo que puedo comprar o vender con mi trabajo. Un entusiasmo pueril que depende tan sólo de un pez frágil que luego se va, que solo he tocado unos segundos para entender la maravilla y su sentido. De vuelta a la ciudad quisieras mantener en ella esas tres mil palabras que viven junto al río y nombrar de nuevo las tres mil que se decían entonces por las calles, hace ya ocho años, ajenas al posibilismo, el trampantojo y el vacío de hoy. Esa es la lucha de mañana.


ELECCIONES


Vivía dentro de una despreocupación inteligente e informada, protegido por la campana de un sistema sanitario público excelente y de unos genes aceptables. Primero se fue L. por un estúpido accidente en el que no conducía él, en un tramo recto y de día, tal vez por un despiste, el cambio de un CD o una avispa. Luego F. de un cáncer de hígado tras una vida esnifando todo y pudiendo volver no demasiado grillado para contarlo. La tercera fue M. suicidada cuando tenía todo eso que la publicidad pega con un adhesivo extrafuerte a los objetos, los trabajos, y las familias ideales. Todo es precario, frágil y breve aunque no lo pensamos, si acaso atiborramos este vacío con románticas retóricas o algún resoplido transigente, pero no lo sabía.

Caminó largo rato monte abajo hasta el final del pequeño río, un torrente más frágil que todos ellos, pero mucho más fuerte, también. El sol y la brisa de septiembre le tocaban con mimo, olía a lluvia y a cantueso seco. Muy lejos, en aquella ciudad, se habían quedado las viejas palabras del cascarrabias de Benjamin “lo que impulsa a los hombres y a las mujeres a rebelarse contra la injusticia no es el sueño de liberar a sus nietos sino el recuerdo de la esclavitud de sus ancestros”. Les había costado mucho llegar hasta aquí, fueron esclavos, siervos, proletarios y la flecha de la historia es más bien un boomerang perverso en estos tiempos. Nada les decía que no pudieran volver a ser de nuevo prisioneros sin tiempo, nada les dice que no lo sean ya, o pronto, casi pasado mañana. La posibilidad de rebelión nacía de esta libertad de poder gastar, incluso derrochar, tiempo en pescar y en pensar. Por ejemplo redefiniendo los significados de la palabra "progreso" antes de que el río estuviera seco y los insectos dejasen de ser la música de la vida, antes de que se extinguieran los ríos salvajes, los hombres y las mujeres, los amigos y amigas, que amaban lo salvaje. Eso hubiera dicho L. hubiera hecho reír a F. hubiera dejado en silencio a M. Y eso le ha hecho a él caminar por allí, hacer unos falsos lances suaves y perfectos hasta que cae el escarabajo a la distancia justa de los morros del barbo. La farsa electoral a repetir queda muy lejos. También diría L. que no es nihilismo, ni despreocupación, ni ignorancia sino la lucidez de saber que la lucha por ganar o perder es otra muy distinta y distinto es el juego, los protagonistas o el peso que tiene cada cual en el desastre futuro o la posibilidad de no seguir con esta destrucción. F. diría soisunosrojosdemierda. M. serviría más vino en los vasos y seguiría preocupada por la nota de Física y química.

Queda lejos el ruido, la crisis sucesiva, las retóricas absurdas y los relatos hegemónicos que hay que vender. Junto a él sólo caminan hoy L. F. y M. a los que les encantaba el olor de la lluvia y el cantueso seco, reírse de todo, cantar y discutir de todo, beber del río y nadar desnudos.
O eso quisiera hoy, esa compañía.