jueves

INVISIBLE


En el río uno aspira a hacerse invisible, no ser visto, no hacer ruido, no dejar rastro. El silencio es importante, también el sigilo. Sólo entonces el campo pasa de ser un paisaje “bonito” pero más o menos soso y vacío a un lugar habitado en el que libélulas, abejorros, rabilargos, nutrias, ginetas, jabalíes, zorros, águilas, martines, mirlos, musarañas, mariposas, culebras, galápagos, escolopendras, sapos, lagartos o comadrejas se dejarán ver haciendo su vida.

La invisibilidad es la mejor virtud. No molestar. No hacerse notar. Llega un momento en que lo logramos y es como si desapareciera un velo que nos impedía ver de verdad lo salvaje en libertad. Intuyo que los animales (incluyo garrapatas, orugas y gusarapas, no todo va a ser admirar al corzo o al azor) se dan cuenta que ya no somos unos pisarrabos, unos ignorantes, unos turistas, unos fotoneros, unos charlatanes… sino un bicho más. Entonces se dejan ver si pudor. Te adoptan como mascota, ya no les importa que estés allí metido en el agua persiguiendo a los peces o caminando por la senda que ellos han hecho o saltando de piedra en piedra como una rara bailarina en vadeador.

También le costó muchos años a mi hijo el pescador ser invisible. Acostumbrado a los documentales de la televisión, los primeros planos, el montaje de la acción, no entendía que los bichos salieran corriendo al menor movimiento, a la mínima voz o que sólo se atisbaran de lejos y con dificultad, de forma muy fugaz. Tampoco es que se pongan a tres metros de ti a actuar. Los encuentros con ellos son instantes muy breves, chispas de acción. Si fuera de cultura protestante o me hubiera educado en Oxford diría “epifanías” del griego: επιφάνεια que significa “manifestación”, revelación o aparición en la que los profetas, mediadores, chamanes, oráculos, magos o brujos daban una interpretación de lo contemplado o imaginado más allá de lo visto. Mi interpretación tiene siempre las gafas de la biología, pero a veces saco los pies del tiesto de la ciencia y “veo cosas que no creeríais”… han sido muchos milenios de superstición, como el escorpión, no puedo evitarlo.

Pero soy un ateo hijo de los viejos ilustrados, un empirista rechazador de cualquier chorrada trascendente. Cuando palme ya será un logro no dejar casi rastro. Sólo haber enseñado a mi hijo el pescador el mágico don de la invisibilidad.

PD: El jabalí macho de la foto, hecha con el móvil, nos miró dos segundos y luego siguió hozando por la orilla. Comía cangrejos, su crack, crack al masticar sonaba en todo el vallecillo. Hasta cruzó la orilla y siguió con su festín marisquero por la nuestra.


martes

PRIVILEGIO



Me gustan los animales esquivos como el lince, la cigüeña negra o la nutria. Cuando los he tenido como compañeros de río sabía que el paraje era de verdad salvaje y pocos humanos andaban cerca. El pescador sigiloso se encuentra con mucha fauna en sus nomadeos por las aguas. Durante muchos años tuve de vecino de río a un “gran duque” enorme que salía de su agujero en la roca y me pasaba volando a menos de un metro del sombrero, a un águila real que año tras año tuvo su pollada con orgullo sin importarle el pescador que lanzaba en su poza el señuelo, una cigüeña negra que sacaba con éxito cuatro cigüeñinos todas las temporadas en un nido a dos metros del agua y a una diminuta comadreja a la que sorprendí algunas tardes espiándome curiosa sobre el paredón de un molino derruido. Es también muy frecuente sorprender a jabalíes y corzos, zorros y tejones, azores cazando, garzas, ánades y todo tipo de fauma menuda amante del agua como el mirlo de agua o el martín pescador.

No humanizo los bichos, aborrezco al señor Disney y a toda su parentela de “animales-persona”, si acaso me quedo con Samaniego o con Kipling que, otorgando carácter humano a las bestias, entendían su ética y su estética. Tampoco me parecen más simpáticos o humanizables los mamíferos que los insectos, me merece igual cuidado una golondrina que una garrapata, admiro por igual la belleza de un corzo que la de una anodina polilla o un abejorro negro. Puedo matar de un manotazo un mosquito que me está picando o devoro con gusto un conejo salvaje al ajilllo, pero me interesan ambos igual que el elegante león del documental o el bellísimo orangután de Borneo. Es cierto que hay animales numerosísimos cuya extinción nos parece dificil y otros, en cambio, ya están condenados a desaparecer aunque queden un puñado de ellos aún libres, Pero unos y otros son igual de admirables y maravillosos a los ojos de una biólogo aficionado o de un niño curioso. Claro que a veces ocurre lo contrario. La paloma migratoria americana nublaba el cielo en bandos compuestos por millones de individuos y el bisonte, en cambio, parecía que se extinguiría sin remedio. Hoy la paloma migratoria no existe y las poblaciones de bisontes gozan de buena salud. De la extinción de la paloma migratoria y de la recuperación del bisonte americano los únicos responsables somos nosotros. A los ojos de cualquier biólogo la única amenaza planetaria, la única plaga isidiosa es la de los sapiens, somos de lo peor para el resto de especies.



Pero no quiero irme lejos... Estaba con el lince, la cigüeña negra y la nutria. Sobre todo la nutria que me ha acompañado siempre en los ríos que más he querido durante toda mi vida. Las he visto desde niño retozar, jugar, pescar peces, comer con delectación cangrejos, nadar, chillar, pelearse y observar a aquel tipo que metido en sus aguas. Muchas veces se asustaron y desaparecieron de mi vista en un segundo bajo el agua. Otras en cambio se acercaron más o menos curiosas, más o menos prudentes. Vivir estos instantes es un privilegio. Hemos conseguido entonces ser "el hombre invisible". No indica que estamos pescando aguas limpias, paisajes salvajes, lugares poco transitados que los sapiens han respetado por olvido o ignorancia o desidia, muy pocas veces por conciencia conservacionista. También estos instantes nos dicen que tal vez no seamos buenos pescadores pero al menos somos sigilosos, alborotamos poco, tenemos cuidado en confundirnos con el entorno y ser un bicho más que estorba poco.

El sábado no estaba con mi hijo el pescador, se quedó en Madrid porque tenía obligaciones, exámenes, cosas que estudiar, inquietudes adolescentes. Eran las nueve de la mañana y supongo que con la visera, las gafas polarizadas y metido en el agua y la hierba hasta la cintura yo era para la nutria “poco humano”, un animalejo bien raro. Ella siguió su camino, chillando su monólogo matutino y yo seguí el mío tras los peces. El paraje era bellísimo, cantaban las perdices, me ladraron dos corzos, pasaba arriba y abajo mi querido martín, tuve reunión de galápagos y me pelee con unos cuantos barbos.
 Gracias doña nutria, gracias don barbo -  que diría Samaniego.




lunes

ÚLTIMO DE FILIPINAS

Querido hijo pescador, esta es una historia antigua, imprecisa y extraña. La de un bisabuelo para mí, tatarabuelo para tí, cuyo trabajo hoy nos puede parecer bien raro: recorrer las tierras cercanas a su pueblo, o no tan cercanas, comprando y vendiendo mantas y otras telas de abrigo con una recua de buenas mulas murcianas. Su casa estaba en Valdeverdeja, un pequeño pueblo entre Toledo y Cáceres cuya linde era el río Tajo, por entonces bronco, encañonado en cortes graníticos y pizarrosos que era muy difícil vadear, un río caudaloso y serio con rápidos peligrosos, remolinos y quebradas salvajes que en nada se parece al triste y manso río de hoy, encerrado en presas, enterrado y envenenado por miles de toneladas de cieno y pestilencia.
Pero estamos a finales del siglo XIX y a nuestro joven amigo le tocó, por pobre, ir de quinto a Filipinas. Un servicio forzoso ordenado por la parásita monarquía y sus fantoches militares. Conoció entonces el mar, la selva, otras lenguas y que el mundo, considerado por él muy ancho y largo cuando lo recorría para vender mantas con su recua de mulas, era en realidad inmenso y distinto hasta casi el infinito. Pero también conoció el horror sin cuento, la guerra más estúpida, enfermedades que consumían a los hombres entre fiebres negras y vómitos de sangre, la pura maldad disfrazada de grandes palabras como patria, imperio, destino, España… que utilizaban a los jóvenes humildes para hacer sus guerras y defender sus industrias y sus turbios negocios emboscados. De allí salió nuestro pariente en el último barco de 1898 y apunto estuvo de ser uno de los pardillos del sitio de Baler, pero el azar le libró al menos de ese último desastre.

Tras un largo viaje en barco en condiciones de mala mar, hacinados, enfermos muchos, mal alimentados siempre, llegaron a un puerto y del puerto a un tren lentísimo que los dejó en Madrid abandonados, despreciados, delgadísimos, harapientos, destrozados por dentro y por fuera. Nunca recibirían pensión alguna tantos y tantos que llegaron muy enfermos, heridos y locos. Pero nuestro antepasado tenía suerte y recursos. Los años de nomadeo desde casi los doce recorriendo los caminos de España con las mulas le habían entrenado en la dura vida de la intemperie. En el barco había leído viejos y sobados periódicos para entretener el tedio y en uno de ellos le había llamado la atención la proeza de un excéntrico capitán americano que había bajado el Tajo pocos años antes desde Aranjuez hasta Lisboa metido en un extraño traje flotante de caucho. Así que a nuestro intrépido muchacho no se le ocurrió otra cosa que hacer lo mismo en una pequeña y vieja barca redonda que compró a unos trasmalleros por un valioso duro de plata de Amadeo, toda su fortuna entonces. Llevó con él su sombrero de paja, la manta de campaña, una navaja grande, un plato de peltre con su cuchara, dos kilos de tasajo, medio saquito de nueces, otro medio de arroz, unos aparejos de pesca y dos cañas de bambú que compró en una ferretería de la calle Toledo.

Supongo que necesitaba respirar y olvidar. Se montó en la barca en la misma orilla que da a la margen derecha del puente de Segovia mientras cientos de sábanas tendidas al sol le saludaban. Se dejó llevar por la mansa corriente medio dormido, medio despierto, hasta que llegó donde el Manzanares se fundía con el Jarama. Comenzaba a anochecer cuando vio que el Jarama se metía en el Tajo por debajo de la ciudad de Aranjuez. Un día después pasó Toledo. Dos días después Talavera. Al día siguiente llegó cerca de Valdeverdeja. No sé nada más de aquel intrépido antepasado nuestro. Nada sé de los detalles de su extraño viaje. Sólo que contó esta bajada a su hijo. Mi padre me contó que su padre Teodoro aún guardaba en Madrid una de aquellas cañas de tres tramos con las que pescó en el viaje mi bisabuelo.
Hoy sé que el Tajo de entonces era un río limpio, fuerte, caudaloso, difícil y he imaginado ahora ese viaje gracias a las olvidadas crónicas periodísticas del famoso capitán Boyton y a un deslumbrante capítulo del libro del gran Edward Abbey en el que describe su bajada por el grandioso cañón de Glen en una pequeña barca de goma pocas semanas antes de que fuera anegado también por una presa en el río Colorado en los años sesenta. Yo siempre renegué de los planteamientos ciegos de Juan Benet cuando sentenciaba que: “Al río hay que dominarlo y si no se deja, hay que darle para que entienda quién es el amo”. Esa idea que luego se ha demostrado, si no totalmente falsa, si muy equivocada, la de hacer canales, pantanos y muros para domar los ríos, evitar inundaciones y convertir nuestros secanos yertos en vergeles. La lógica de exprimir y encerrar el río sin ningún miramiento propició que durante el siglo veinte hirieran de muerte a casi todos. Hoy nos quedan las presas, las cloacas, el agua contaminada, la peste. De la riqueza prometida poca y la que se genera, de pocos. Ahora piensan que todo se arregla con depuradoras, sistemas carísimos que dicen dejar el agua impoluta cuando las aguas salen en realidad de la depuradora cinco veces más sucias que la que tendría un río limpio. 

Pero no quiero darte la murga con mis militancias. Lee la maravilla de Abbey o las alucinantes crónicas del loco de Boyton, mira los dibujos infantiles que hizo Carduchi en 1641. El Tajo era entonces, aún a comienzos de siglo XX, un río bellísimo, utilizado por cientos de molineros, barqueros y pescadores. Mi bisabuelo bajó por él dejándose llevar por la corriente. Hoy yo ya no podría hacerlo. Tu tatarabuelo bajó por el Tajo y el río le curó todas las heridas que le hicieron en un lugar remoto casi los mismos tipos que luego hirieron de muerte a su río. 

Tal vez un día imagine y escriba con detalle aquella aventura de mi bisabuelo. Tal vez algún día el Tajo vuelva a ser un río limpio. Y libre.

Enlaces interesantes:

Sobre los mapas de Carduchi:
http://www.ayto-toledo.org/archivo/imagenes/pym/planoriotajo/riotajo.asp

Sobre el capitan Boyton y su aventura: 
http://chajurdo.blogspot.com.es/2010/04/el-intrepido-capitan-boyton-el-ultimo.html


miércoles

SUBMARINO


Mis hijos ya son mayores, uno tiene 21, otro 17. Hace tiempo que no recordaba que cuando eran pequeños y tenía que dormirles por la noche les contaba siempre un cuento y, al contrario que otros niños, siempre querían que les contase un cuento diferente, así que cada noche, como un avezado Sherezado, me inventaba un nuevo cuento. Eran escuchantes exigentes así que cada historia debía tener, además de su dosis de novedad, sus gotas de intriga, misterio, truculencia, maravilla, y aventura. No era un trabajo fácil.
Además de los cuentos estaban los juguetes. A los niños de este siglo les regalamos y regalan muchos juguetes a lo largo de toda su infancia. Sin embargo los que más les gustaban a mis hijos eran los que yo fabricaba con todo tipo de desechos, trozos de otros juguetes, masa de papel, basurillas... Cualquier chisme servía para construir un avión, un camión, un animal, un monstruo, un juego de mesa raro, una grúa funcional o una joya mágica que te hacía invisible. Luego los niños crecen, se hacen adultos, se van y ya no nos necesitan. Tampoco nuestros cuentos ni todos esos juguetes que acaban en un trastero o un contenedor.

El otro día estuve en casa de mi hijo y pude ver que tenía en su habitación una heterodoxa, diversa y creciente biblioteca en la que se mezclaban en extraña armonía Alan Moore con Piketty, Stanislaw Lem con Rendueles, Weber con Grousset… y todo así. Pero lo que me sorprendió fue que en una balda de la biblioteca, a modo de adorno, recuerdo o bibelot tenía mi vieja, querida, olvidada y sufrida caña granate Grauvell telescópica que dejé de utilizar cuando tenía unos veinte años y con la que había vivido no pocas aventuras piscatorias. También había junto a sus libros dos de esos juguetes que yo le había hecho cuando mi hijo mayor era un niño de tres o cuatro años.
El uno era una marioneta con cabeza de papel y engrudo, el cuerpo fabricado con el retazo de la manga vieja de un jersey, pintada con cualquier cosa, con ojos de papel recortado, barba y pelo hecho de un peluche roto y un cigarro en la boca. Se llamaba “Manolete Cigarrete” y el personaje me sirvió para contar todo tipo de loquísimas aventuras seguramente no muy aptas para niños y todas políticamente poco correctas. El otro juguete era un submarino, que funcionaba y navegaba sumergido lo justo para enseñar el periscopio a la hora del baño. Un submarino que fabriqué en un rato con una lata de refresco (el cuerpo central), la tapa de un desodorante (la proa), un tubo de aspirinas vacío donde iba la pila y el motor eléctrico (la popa) un cartucho vacío (la torreta de observación), una pajita de refresco (el periscopio), dos cucharillas de helado (los estabilizadores de inclinación), dos vainas de cobre vacías (los tubos lanzatorpedos) y dos plomos romboidales de pescar (el lastre) pegados al fondo que me sirvieron para buscar el peso justo para que su navegación fuera en semi-inmersión y en horizontal. Luego le dí una buena mano de pintura impermeable gris y escribimos su tipo y modelo en color rojo apagado. El submarino amenizó innumerables juegos de bañera y todo tipo de batallas junto con otros barcos hechos de forma más simple con una corteza de pino tallada o cáscaras de nuez, unos palitos y una vela de trapo. Todos esos barcos supongo que acabaron en naufragio hace ya muchos años.

No pregunté a mi hijo porqué tenía allí, en un lugar tan preeminente de su biblioteca, esas reliquias de su infancia que se habían salvado de todas las mudanzas, cambios decorativos de habitación, limpiezas, ritos de paso y olvidos naturales. Pero ahí estaban. Luego les hice una foto en un momento que él salió.
Entonces no lo sabía, pero ahora pienso, tras recuperar a Manolete Cigarrete y el submarino 33-AX, que lo mejor que he dado a mis hijos fueron todos esos cuentos loquísimos y esos juguetes hechos con desechos. En ellos tampoco había nada especial ni extraordinario, ninguna gran sabiduría, ninguna gran lección, ningún tesoro. Sólo mi tiempo.



lunes

PIEDRA DE SOL


No queda nada. Un gran zarzal tapa los cimientos. A la derecha estaba el puente moderno que se llevó una año la crecida, también está oculta su barandilla por la maleza. A la Izquierda una gran encina que ya ha resistido dos incendios. La “cantina del cojo”. Una pequeña y pobre edificación cuadrada de adobe que no tenía ni luz ni agua. Las cervezas y refrescos se enfriaban con enormes barras de hielo que se compraban cada día en la fábrica del pueblo. De pincho, para acompañar una cerveza, tantas veces “del tiempo”, peces fritos, tasajo, taranga, cortezas en adobo, aceitunas amargas. Eran tiempos de penuria y de magia. Subían enormes anguilas que venían del mar de los Sargazos. Paco las pescaba con pez seco y paciencia. La gente gustaba de las ranas con tomate y los lagartos fritos. Había galápagos gigantes, nutrias parlanchinas, una lobera a menos de un kilómetro, miles de luciérnagas en los perdidos, ranas de San Antonio de un verde que no ha visto jamás en ningún cuadro. No se llamaba Comala ni Macondo pero aquel territorio estaba en su misma provincia de memoria. Sobra decir que el agua era abundante y cristalina hasta en agosto. Hoy apenas corre y esta sucia. Pero aún puede volver allí y eso hace ahora aquí sentado, pegado a la pantalla, sentado, civilizado, con hambre de su ración de “tiempo y paraíso”:


Dejó atrás la primitiva cantina hecha de adobes y se asomó a la parte umbría del pilar del puente. El agua fabricaba un suave remolino y paraba parte de la dura corriente. Allí aguardaban los peces más grandes y fuertes a que llegase la comida por la invisible cinta transportadora del agua, al estar obligada a pasar por los embudos de los dos arcos. Levantó uno de los rollos de la corriente y recolectó un buen puñado de gusarapas que luego conservaba en uno de los bolsillos delanteros de la camisa previamente empapada. La caña de bambú de cuatro metros era muy ligera y flexible tras pasar cinco años secándose en el desván de la casa grande. El cañaveral que crecía junto al pozo y los mandarinos era uno de los orgullos de su abuelo. El sedal atado a la empuñadura pasaba luego por la única anilla de la punta. El aparejo era mínimo, apenas dos pequeños plomos y dos anzuelos de dieciocho que había aprendido a empatar con habilidad y rapidez tras unas cuantas tardes de dócil entrenamiento ante los ojos del viejo. Le gustaba escaquearse de esas horas de siesta, libre ya de los tedios y rutinas de la escuela. Le gustaba también madrugar, desayunar un gran plato de buñuelos recién hechos por su abuela y bajar hasta el puente para pasar la mañana pescando hasta la hora de comer. Pronto cumpliría doce años. Sostenía la caña bajo la axila con la mano derecha mientras los dedos de la izquierda sentían la leve tensión del sedal, el picapica del pez, el breve tirón final antes de ver salir del agua oscura a dos pececillos llenos de plata, oro y vida. La sombra de la maraña de sauces le ayudaba a ocultar su silueta. Sus ojos acechaban el punto misterioso en el que bajaba el sedal. Recordaba aún, como un hecho lejano y ya remoto, la primera vez que bajó hasta ese lugar de la orilla con su abuelo, con ocho o nueve años. No olvida las primeras instrucciones, las primeras larvas acuáticas rebullendo en su mano, y sobre todo la fascinación, el deslumbramiento de sentir por primera vez el tirón y ver luego los pececillos salir de lo profundo y llegar hasta sus dedos mientras intenta sujetarlos y desclavar el pequeño anzuelo de sus bocas.
Sumergió el sombrero de paja en la corriente y luego se lo puso. Sintió de inmediato el escalofrío, el frescor helado escurriendo por su cara y el cuello. Luego acuencó la mano para beber un trago. Vio cómo varias larvas habían logrado llegar hasta el borde del bolsillo y se tiraban al agua. Lanzó de nuevo por encima del remolino. Esa vez sintió un tirón distinto, más violento, más seco. La caña se dobló y el sedal cortó el agua corriente arriba y superó el pilar y los primeros rápidos. El pescador nunca había sentido nada semejante. Otras veces había logrado atrapar un barbo bueno, alguna boga grande, pero esta vez debía de ser otro pez de una raza distinta. Recordaba los consejos del viejo: la caña siempre alta, seguir con la punta la carrera del pez, no forzar el hilo, cansar al pez si es grande, seguirlo... Pero el pez no se cansaba y la punta de la caña comenzó a bajar, a dejar de apuntar al cielo, a tensar demasiado el fino sedal traslúcido. El chico corrió con habilidad saltando de piedra en piedra corriente arriba hasta que logró orillar una hermosa trucha oscura. La sujetaba a duras penas con las dos manos, vencida al fin. Quiso alejar al pez del agua antes de desanzuelar, pero, sin saber cómo, el animal se soltó, cayó en lo somero y se alejó despacio, perezosa, sin que el chapoteo del pescador y sus dedos atenazando el agua o el vacío lograsen sujetar aquel cuerpo grande y resbaladizo que desapareció en un segundo río abajo, de nuevo hacia el remolino. Su color, su forma, sus dientes, su silueta en el agua alejándose se le quedarán grabados al chico como un tatuaje hecho de tinta negra en los más hondo de sus ojos. Subió desolado la cuesta, casi llorando, con la caña en una mano y el junco lleno de bogas ensartadas en la otra. Le parecieron entonces pececillos ridículos, botín de niños, de pescadores torpes que iban a lo fácil. Desde entonces sería ya otro pescador, aunque no lo sabía.



Han pasado casi cuarenta años. Nada queda de aquel puente o la cantina del cojo. Apenas quedan bogas y grandes barbos remontando su río, casi ninguna trucha. Recuerdas que entonces te vestías con unos vaqueros gastados, una camiseta vieja, un sombrero de paja medio roto, zapatillas de lona y considerabas de lo más natural que en las ilustraciones del libro de Mark Twain, tanto Tom como Huckleberry se vistieran así, como tú en el verano, Y que su ocio fuera ese, el de pasar todo el día en el monte y en el río. Luego visitaste Comala, Macondo, Región y leíste también deslumbrado “Piedra de Sol”. De toda su pirotecnia embriagadora te quedó dentro ese verso extraño que dice: “defender nuestra ración de tiempo y paraíso”.

Han sido unos cuantos miles de años caminando, así que lo extraño es que nos hayamos acostumbrado tan pronto a estar sentados todo el día mirando de cerca una pantalla luminosa. Más de dos millones de años si nos remontamos al género homo, más de doscientos mil años si sólo tenemos en cuenta a sapiens, son muchos años caminando sin parar y mirando lejos, acechando animales, pescando peces. La locura y la tristeza, la obesidad y el colesterol, la cobardía y la miopía son el resultado de no hacer caso a nuestros genes y no salir todos los días al camino a mirar el horizonte. Muchos de nuestros congéneres están encantados con esta nueva vida de comodidad y sedentarismo, sólo hacen ejercicio o deporte por prescripción médica o porque está de moda o para conseguir y lucir cierta esbeltez. Unos pocos, en cambio, no soportamos estarnos quietos, nos tira el instinto al campo y sólo allí nos sentimos en paz, reconfortados, tranquilos. Es llegar al río o  al monte y sentir en el cuerpo que se está en casa. Allí tenemos nuestra ración de "tiempo y paraíso” que es o debería ser uno de nuestros derechos como humanos. Estaría el derecho al refugio, el alimento, la cultura, el cuidado. Y también el derecho a la memoria y al amor. Tú añades como derecho estas horas de río y soledad. “defender nuestra ración de tiempo y paraíso”.



domingo

FUEGO


Pronto el fuego, pero ahora le parece un milagro este frescor de amanecer que corre por la orilla. El agua, aún opaca, no deja ver los barbos que ociquean tan cerca y salen de huida en cuando detectan sus pasos. Se sienta junto a una encima grande y prepara la caña, enhebra la línea, ata un bicho de floam parecido a una chicharra.

Pronto el fuego, pero aún le quedan unas horas de caminar a placer, despacio, olvidando todo, descubriendo el pez y lanzando con mimo el señuelo cerca de sus morros. Contempla varios kilómetros de orilla. Descubre un zorrillo que viene a su encuentro, olisqueando alguna carpa muerta no se ha percatado de su presencia.

Un gran barbo toma la chicharra nada más caer. La sorpresa se reparte por igual entre el hombre, el pez, el zorro. No sabe su tamaño. Le saca la seda entera y la reserva, luego corre en paralelo a la tierra por el fondo, golpeando su cabeza con las piedras y se desengancha. El zorro trota monte arriba. El pescador suelta una voz que suena en la inmensa soledad como las palabras de furia de un dios griego.

Pronto el fuego. El disco anaranjado ya se ha vuelto amarillo. Casi son las nueve. Comienza a hacer calor. La inclinación de los rayos unos poquísimos grados convierte el aire en helador o hirviente. Todo depende de él, una burbuja de hidrógeno encendida, un dios venerado durante miles de años por los hombres. Ya quema. Bebe con avidez de la cantimplora. Antes de dar la vuelta se mete en el agua verdosa, nada un poco, sumerge la cabeza. Luego regresa como un náufrago tranquilo que no espera salvarse o como un peregrino al que no le importa llegar a Finis Terrae.

Un último lance de despedida cerca del coche, clava, lucha, sonríe, como un dios griego embriagado de dicha vuelve a gritar fuerte. El eco llega lejos, quién sabe si hasta el sol que ahora ya quema como fuego de verano.