viernes

EL PESCADOR DE LENGUAS (en memoria del gran Hugo Pratt)


Alguien le contó que la posición de Gracián había sido aniquilada. Ellos en cambio habían tenido suerte: tan solo tres heridos. Los diez hombres que defendían aquellas ruinas que había sido meses atrás la facultad más moderna de la universidad parecían no tener miedo a los obuses. Desde los primeros días del asedio, Hugo Corto se había dado cuenta de que esos chicos no tenían experiencia militar. Sin embargo, aprendían rápido y entre ellos mantenían una extraña relación de íntima fraternidad compartiendo el alimento, las mantas, el miedo. Hugo enseguida se sintió uno de ellos. Nunca he visto el mar, ¿cómo es el mar? Le preguntó uno de aquellos hombres. Todos eran anarquistas extremeños de un pueblo llamado Pasarón de la Vera. Habían huido de sus casas ante el avance de los rebeldes hasta Madrid. Llevaban viejos mosquetones Mauser que disparaban sin apuntar. Hugo se había traído del barco su rifle Enfield y una mochila con peines de munición. A todos les asombró su puntería. Un disparo, un hombre muerto. Les enseñó a tomar las miras, a apuntar, a respirar despacio, a apretar el gatillo lentamente, a matar hombres. ¿Cómo es el mar? Hugo no sabe que aquel joven dos años después mirará largos días el mar encerrado entre las alambradas de un campo de concentración en el sur de Francia y recordará tus palabras y las recordará después en la barcaza que le acercará a las playas de Normandía y la nombrará de nuevo sesenta años más tarde a un niño de tres años que le pregunta con las mismas palabras la misma cosa indefinible. Abuelo, ¿cómo es el mar? Hugo no sabe que los seis hombres que le acompañan ahora tras el parapeto volverán a reunirse muchos años después en el mismo pueblo del que huyeron, ya viejos, tomados por forasteros o turistas jubilados porque en su voz suenan acentos extraños, porque tienen pasaporte argentino, inglés, francés, brasileño. Entrarán en el bar nuevo de la plaza de Pasarón y brindarán con cerveza fría por ti, gritando tu nombre ante la mirada indiferente de los otros escasos parroquianos. ¡A la memoria de Hugo Corto! 

Vadclav estaba ahora en un remotísimo pueblo de Siberia conviviendo con los koryaks. Guarda la foto con Hugo posando con su caña y los peces pescados. Se llamaba a sí mismo tesorero de lenguas, como le había bautizado un jefe de la tribu de los naskapis en la Columbia Británica. Su trabajo, financiado por un filántropo americano llamado Rockefeller, consistía en recoger las lenguas de muchas culturas y pueblos que se estaban extinguiendo en el mundo, conservar ese saber y transcribirlo de forma sistemática, aun cuando la gente o la misma tierra que los acogía desaparecieran ya sin remedio. Y así lo escribió el muchacho en uno de sus primeros viajes a una pequeña y remota isla del Pacífico: el vapor se alejaba de la isla, sus habitantes nos despedían con cantos y gritos y en ese instante sobrevino un maremoto, el barco se elevó y cayó al abismo, crujieron sus cuadernas y remaches, pero no zozobramos, vimos la inmensa ola continuar su marcha hacia los islotes, crecer, hacerse gigantesca, ganar velocidad. Sus habitantes no tuvieron tiempo de nada, la tierra desapareció de nuestra vista. Cuando pasó la ola monstruosa y se alejó en el horizonte, la isla y todos sus habitantes habían desaparecido. Miro el baúl ahora con mis notas y cuadernos y me estremezco. Llevo allí sus vidas, su mundo entero, su saber y su lengua, aunque me parece que no llevo nada. Ya solo son voces que nadie entiende, palabras que nombran un mundo inexistente.

Hugo entró en el depósito donde yacía el cadáver de su amigo Gracián. Vámonos de aquí, ese ya no es él. Le dijo a Ariadna. Salieron juntos a la calle, el aire era muy frío pero no lo sintieron. Ella se dejó llevar. Vagaron despacio por las calles de Madrid hasta la taberna del Rojo. Hugo Corto pidió una botella de jerez, dos pequeños vasos, un plato de aceitunas machadas y mojama. Cuando le dije a tu hermano Vadclav que venía a España me hizo jurar que te protegería, pero ahora sé que no lo necesitas. Ella le tomó la mano herida por una esquirla de metralla. Conocí a tu hermano en la isla de Fanata. Ya sabes, yo pilotaba un pequeño vapor en esos archipiélagos del Pacífico y me contrataron para recoger a un chiflado sabio que andaba aprendiendo las lenguas de los salvajes. Me sorprendió que fuera un jovenzuelo cuyo único equipaje era un baúl lleno de cuadernos escritos. Estábamos en cubierta mirando cómo se alejaba la isla y él me contaba que allí vivía un pueblo maravilloso que tenía la lengua más rica y diversa del mundo. En ese momento vimos cómo un maremoto se tragaba la isla entera para siempre y desaparecía todo. Ahora siento lo mismo. Vendrá un maremoto y arrasará tu país.


La esquirla le había hecho una fea herida en medio de la palma. Mira, esta cicatriz es mi línea de la fortuna. Me la hice de niño con la navaja de mi padre cuando la gitana Amalia me quiso leer la mano y dio un grito al descubrir que no tenía. Pero el trozo de granada ha cortado mi cicatriz. Ariadna mira a los ojos negros de ese miliciano de acento indefinible que le sirve el vino y le relata con otras palabras aquel hecho terrible que años atrás le contó también su hermano Vadclav entre sollozos. Su cuerpo delgado y largo, sus manos huesudas, el aro de su oreja, la gorra de marinero que a veces se pone cuando echa de menos el mar hacen de Hugo un tipo extraño. Muchos años después recordará Ariadna al marinero, la taberna del Rojo que ya no existe, el sabor del vino frío, el olor a salazón, su voz contando historias fabulosas, aliviando su corazón del dolor insufrible. Muchas noches durante muchas semanas pasearán juntos por Madrid y él le hablará de sus recuerdos, de las callejuelas de Córdoba en las que anduvo de niño, de las llanuras de China y de la Patagonia, del sol demoniaco de Etiopía o de la dulce brisa en una playa de La Antigua, de Samarkanda, Venecia, Estambul, Dublín, Hong-Kong… Nombrará para ella su vida entera, sus amigos Teilhard de Chardin, Pandora, el bueno de Jack London, el inquieto Butch Cassidy, su amigo Raspa, Soledad Lokaarth, el silencioso Herman Hesse o el mismísimo Stalin, a quien conoció cuando no era nadie, en 1907. Hugo Corto sueña muchas noches con la isla del Pacífico arrasada por el maremoto. Si hubiéramos permanecido media hora más junto al arrecife, el vapor habría desaparecido también. Sin embargo, está aquí, ahora, hablando de su vida como si ya no fuera suya, como si estuviera contando la historia de otro a una chiquilla desconocida, también extranjera como él. Hugo siente que de alguna forma esa esquirla de granada que le han sacado esta mañana de la mano ha cambiado la línea de su fortuna. Esta guerra es diferente a todas las guerras en las que ha participado. Llegó a España desde Odessa con un cargamento de contrabando de armas para un grupo anarquista y se quedó en Valencia, se unió a los cenetistas y llegó a Madrid en los primeros días de la batalla. Conoció a Gracián por azar unos pocos días antes de su muerte, cuando las Vickers se encasquillaban y solo él, el marinero misterioso, el traficante de armas, sabía ajustar el cerrojo. Compartieron el frío y el coñac por las noches, el miedo y los recuerdos de Praga, y él le mostró a la luz del amanecer, antes de la siguiente ofensiva, la fotografía de esa chiquilla que ahora, muchos años después, os recuerda a todos y le cuenta esta historia a su nieta antes de dormir, igual que si le estuviera leyendo un cuento de aventuras.

Hugo Corto sabe que se acaba su tiempo, tal vez su vida. La guerra de España es el comienzo de un mundo nuevo de atrocidades meticulosas, de nuevas formas de muerte en las que la mano asesina ya no empuña un fusil sino una idea, maremotos de odio que arrasarán una por una todas las islas, todas las ciudades, todos los cuerpos del mundo donde se podía esconder aún una forma de paraíso que sus compañeros llaman progreso. Hugo y Ariadna durmieron juntos muchas noches, protegiéndose del dolor, haciendo con el calor de sus cuerpos un pedazo de mundo habitable, con el aliento de sus palabras un camino posible al futuro.

Fue la primera noche, cuando ella por fin se derrumbó en el sueño agotada de dolor. Él se levantó de la cama sin hacer ruido y descubrió las cartas. Al principio pensó que eran cartas de Gracián hacia ella, pero venció el pudor de escuchar la voz íntima del amigo muerto y leyó las primeras letras a la luz de un cabo de vela en aquella pequeña habitación del Florida. Sin embargo, Hugo Corto no leyó esas cartas una tras otra, sino que las fue leyendo a saltos, solo unas pocas líneas de cada hoja. Sintió que sus ojos eran guiados por la misma fuerza mágica que descubrió en Mû algunos años antes. Cuando no pudo resistir la certeza o el secreto que había descubierto en esas frases, volvió a doblar las cartas y a colocar sobre ellas la pistola de Gracián. Durante toda su vida había logrado salvarse, había huido cuando las cosas se ponían feas. Tenía un instinto de supervivencia que le había salvado de todos los peligros. Sin embargo, ahora, era esa misma fuerza interior la que le obligaba a no huir, a seguir en Madrid arriesgando su vida cada día en las trincheras de la Ciudad Universitaria y después, mucho después, con la guerra ya casi perdida, a aguantar los meses de la batalla del Ebro, sobre los montes de Cabals, defendiendo día tras día esos peñascos desnudos, aguantando una tras otra las ofensivas fascistas, las miles de toneladas de bombas que aniquilaron a todos sus amigos. Me voy al Ebro. No te dejes matar, así viviremos todos en tu memoria. Es otra forma de estar dentro de ti, de amarte. Dijo Hugo a Ariadna haciéndole un guiño cómplice antes de irse. Y esas mismas palabras le susurrará Ariadna a su nieta muchos años después, antes de leerle a la chiquilla, ya una adolescente, las páginas de una novela que acaba de comprar. Se titula "Los últimos hijos del lince" y cuenta cómo murió su amigo Hugo Corto en la retirada del Ebro, cubriendo las espaldas con su prodigiosa puntería a un puñado de soldados republicanos, casi unos niños, que le recordarán siempre igual que le recuerda ella ahora. Igual que esa frase de Ariadna Solom o Ana Solá que no olvidaste.
(De: "Cartas de amor que nunca escribiste" Inédita.)


lunes

EL MANUSCRITO DE ASTORGA



El río lamía despacio las riberas llenas de hierbajos ralos y brezales enanos. En las suaves montañas del fondo aún se agarraba la nieve. Nadie contemplaba uno de los paisajes más hermosos de las islas. Las diminutas flores del brezo eran de un rosa muy intenso que contrastaban desde muy lejos con los verdes oscuros, la nieve, el cielo, tan raro sin nubes en esa latitud.
Nadie, solo él, metido en el agua helada por encima de la rodilla. Un pescador casi centenario que lanzaba con delicadeza una mosca pequeña con una caña de bambú aún más antigua que él. Había dejado el Land Rover en la curva. Su amigo Willy McCoy se había gastado muchos miles de libras en recubrir el carril con una exótica grava rosada para no romper el paisaje con una fea carretera parda. Casi medio millón para no manchar la belleza del inhóspito paisaje escocés. Así era el Sir.
El pescador clavó una buena trucha. Parecía que el pez en cualquier momento iba a tirar al anciano al agua. Pero logró afianzar bien los pies en el fondo y la dejó correr por la tabla. Luego fue recogiendo la seda hasta tener la trucha en la red. Le quitó el anzuelo y la tomó entre sus manos resecas y temblonas. Vete. La trucha se quedó un segundo flotando entre dos aguas y al segundo siguiente desapareció en lo profundo. El pescador caminó muy despacio hasta la orilla y se sentó en una roca. Encendió con mimo el habano y aspiró una calada lenta. Volvió a pensar entonces en la llamada anónima que había recibido esa madrugada.

Bueno Ángel, amigo, por fin tienes tu libro. Dijo a nadie.

Dejó con mucho cuidado la caña sobre la hierba y buscó en la memoria del su teléfono cierto número de Ginebra. Buenos días. ¿Tú tampoco duermes? ¿Tan mal está el negocio de los libros viejos? Tras un par de segundos de silencio el pescador escuchó la voz que esperaba. Hola Royuela, siempre jodiendo a los amigos. ¿Y a ti qué te importa lo que vendo? Raimond fue al grano sin rodeos. Esta mañana una voz de mujer me ha ofrecido el manuscrito. Dos millones de euros. Alguna que conoces tú aunque ya no se te ponga tiesa judío cabrón. Escuchó algo parecido a la risa de una hiena. Vosotros los bolcheviques siempre tan poéticos. Tengo precisamente un paquete de treinta cartas de Vladímir Maiakovski que escribe a cierta camarada guapa esposa de cierto amigo de papá Stalin. Una está fechada dos días antes de que se pegara un tiro. ¿Te interesan éstas? El pescador no le siguió el juego. No era mal tipo el traficante, habían estado juntos casi toda la guerra hasta llegar a Berlín y antes entraron juntos en aquel pequeño campo auxiliar que no tenía nombre cerca de Dachau. Tantos años y seguían teniendo pesadillas recordando lo que vieron allí. No cabrón, no me interesa la bragueta de Maiakovski ni del puto Stalin, sabes que desde hace mucho tiempo me interesa el Manuscrito de Astorga, ¿tienes algo o no?. Nunca hablaron de lo que vieron en ese pequeño campo sin nombre que no existe en ningún libro de historia, en ninguna fotografía. Nunca encontraron las palabras precisas para explicar lo que descubrieron allí. Pillaron a los nazis con las manos en la masa quemando un montón de pequeños cuerpos. Eran cincuenta alemanes contra cinco apátridas con uniforme yanki. Después de que se les terminaran los cargadores fueron a por ellos gritando enloquecidos con el cuchillo de combate en la mano. Cuando acabó todo sólo quedaban Raimond y Bruno cubiertos de sangre y cien niños judíos supervivientes que contemplaron la lucha y la carnicería sin poder levantarse del suelo, solo sonreían y susurraban palabras en polaco y en ruso. El espanto no se quedó ahí. De esos cien solo sobrevivieron cuatro tras la liberación del campo.

Te pensaba llamar esta mañana. Ayer me enteré de que había aparecido en el mercado tu jodido manuscrito de pesca. La vendedora se llama Alexandra Dover, es colega, hablé con ella, por lo visto sólo es intermediaria de una fundación con sede en Madrid que se llama Dragón General. El viejo pescador se quedó en silencio. Le sonaba el nombre pero no sabía por qué. Gracias Bruno, te debo una. Quiero ir a Ginebra el martes. Compra el manuscrito. No importa el precio. Apunta una dirección que te voy a dar y cuando lo tengas mandas allí el libro. Y organiza una cena con los chicos. La voz del traficante suizo se hizo más grave y lenta. Claro viejo. Cualquier día palmamos. Hace por lo menos cinco años que no nos reunimos. Haremos una fiesta de despedida. El pescador chupó el habano muy despacio, saboreando los aromas dulces y picantes del tabaco. Amigo, ¿cuántas reuniones de despedida hemos hecho ya los seis?, cuando cumplimos sesenta, luego setenta, ochenta, en la última teníais casi todos noventa. ¿Te das cuenta de que no hemos muerto ninguno?, ¿de que ninguno sufre achaques ni enfermedades relevantes? Simón, Klaus, Kurt, tú, yo, Tristán es más joven, pero debe tener ochenta y tantos. Hemos envejecido pero tenemos una extraña salud de hierro. A veces he pensado que todos morimos, los chicos y nosotros, en aquel campo y que la vida de después ha sido otra cosa. Se escuchó una risotada forzosa al otro lado. ¿Qué has bebido tan temprano viejo?. Adiós Raimond. Salud.

El anciano volvió a meterse en el río. Caminaba con tiento pero no con menos torpeza que cualquier otro pescador a mosca. Podía recordar, como si todo hubiera ocurrido ayer, las discusiones con Ángel el leonés, metidos en la tienda de campaña, los tediosos días de antes del desembarco. Su defensa de cierto manuscrito maravilloso y muy antiguo que describía con palabras mágicas la fórmula secreta de unas moscas infalibles. Nos lo trajo a la escuela el maestro del pueblo, don Atenodoro se llamaba. A veces nos hacía dictados con aquellos legajos de un amigo suyo. Fijándome en mi cuaderno de dictado hice yo luego algunos moscos, canela fina amigo, nada que ver con esas mosquitas inglesas que hacéis aquí y que son una mierda. Aquellos halftrack llenos de españoles republicanos y franceses de Leclerc comenzaron a atravesar Europa reventando las defensas alemanas. Por la noche, las pocas horas de descanso, aquel joven leonés le describía esas extrañas moscas, …plumas de negrisco acerado claro, pardo de obra muy menuda que no sea dorada, bermejo de gallo de muladar encendido y luego encima una vuelta de pardo granadina… o le hablaba de los ríos de su tierra …llenos de truchas gordas como carcañal de moza. Mira esta caña, me la regaló una pelirroja que trabaja en Hardy y cuando acabemos con Hitler y con Franco me voy a casar con ella, voy a hacerme una casa junto mi río y voy a pescar en el Órbigo y el Torío todos los días de mi vida.  Pero si casco te la regalo. Sería una pena que nadie la llevase nunca más de pesca o que se la quede algún boche cabrón. Recuerdas, como si fuera ayer, aquel diecisiete de agosto en el que alcanzaron a tu Sherman y todo hervía. El leonés, menudo, muy delgado, se metió en aquella olla monstruosa a punto de reventar y te sacó inconsciente y malherido, pero vivo. Te arrastraba por la hierba cuando los obuses del tanque explotaron Te debo una Ángel.  

Raymond lazó la seda en la cabecera y clavó una trucha aún mayor que la anterior. Se estaba levantado un viento helado del norte. Salió del agua renqueando, apoyado en su bastón de vadeo. El Sir le tendría preparado en la casa un buen almuerzo. Recuerdas también, como si apenas hubieran pasado unas horas desde entonces, el día en que entraste en París y luego, tras cruzar el Mosela, el olor a cordita y a pólvora, a carne quemada, a aceite ardiendo. El camión oruga de tu amigo convertido en chatarra retorcida. Los cinco españoles muertos, destrozados y sin embargo su frágil caña de bambú intacta, atada junto a los soportes de los fusiles. Esta caña que ahora se cimbrea en su mano. Te debo una amigo. Nunca te olvidaré.

 ¿Cuántos años han pasado?. Dices en voz alta. No has olvidado nunca a aquel soldado español de La Nueve. La pasión de sus palabras describiendo sus fantásticas moscas antiguas. Cuando hace pocos años, apareció en Fly Fisherman la pequeña noticia de la desaparición del manuscrito regalado al Dictador Franco en el sesenta y cuatro comenzaste las pesquisas, pusiste cebos, echaste las redes. Tu camarada Bruno, que se hizo librero de viejo tras la guerra, descubrió que intentaron subastarlo en Londres en el setenta y ocho con mucho sigilo pero aquella venta no llegó a buen puerto. Después nada. Muchos años sin pistas. Y ahora por fin aparecía de nuevo.  Eres un acomodado jubilado, pionero de la distribución de vinos selectos franceses en la Gran Bretaña. dos millones de euros es casi todo tu fondo de pensiones. Y qué. Sonríes mientras conduces despacio por un carril del color de los brezos. Tu amigo el Sir también sabe derrochar bien su dinero. Imaginas la cara de sorpresa de la funcionaria de la Biblioteca Nacional de España cuando reciba el lunes el pequeño paquete con el precioso Manuscrito de Astorga y el remite que le has dicho a tu amigo que escriba. De parte de Ángel Sánchez "el leonés". Salud y Libertad.



martes

FUTURO II


Me sorprende el primer sol a pie de agua, tocando truchas, envuelto en soledad, tomillo en flor, agua muy limpia. Mis ríos mantienen frescos los recuerdos de los que se fueron. En ellos siento mejor que en ningún sitio que estoy vivo. De ellos obtengo dicha, placer, felicidad, que son cosas distintas.

La idea no es dejar los ríos como están para las generaciones futuras sino dejarlos mejor, con agua limpia, con caudal, con peces sanos, salvajes, autóctonos… Y sobre todo que puedan ser conocidos, valorados y hasta usados, sin que su uso implique destrucción o degradación, por todos los ciudadanos. No se trata de proteger determinados santuarios prístinos de visita prohibida y que el resto de los ríos o del río sea una mierda, sino de recuperar todo su cauce, desde el nacimiento a la desembocadura. Dentro de cien años nadie va a entender porqué no nos importaron nuestros ríos, porqué los contaminamos, secamos o embalsamos para el peculiar beneficio de unos pocos. Hoy ya no lo entienden muchos.


La libélula vivió parte de su vida bajo el agua y ahora vuela.



jueves

RESPIRAR


Le gusta la lluvia torrencial, casi furiosa, con ganas de mojar hasta el alma caliente de la tierra. Ver el agua tras el ventanal grande, escucharla abrigado con un libro de historia de la Tuchman o de Fermor. También estar fuera, en la intemperie, respirando como enfría el paisaje, en la orilla del río sintiendo la crecida antes de que se enturbie la corriente, y después, cuando llega a rugir como una risa loca y ronca. O dentro de un viaje largo, conduciendo a la velocidad que le dejan las gotas. O de noche, a eso de las tres, alborotando la oscuridad cerrada, intentando despertar la luz sin conseguirlo, pero a ti sí y abres los ojos con asombro, igual que siempre, da igual que tengas cinco o cincuenta años.

También hoy, bajo un cielo oscuro y tormentoso en medio de la mañana, en medio de la garganta o en medio de la vida. No tan en medio. Nunca hay equidistancia. Siempre estamos pisando la otra media, siempre cerca del borde, a un paso de nada aunque no le importe o lo olvide o lo ignore o se encoja de hombros. Ha puesto una seda negra y pesada que se hunde rápido y un pequeño zonker también negro con cabeza de plata y brillos verdosos. Recoge a pequeños tirones. Sólo toca las pozas hondas y los tablazos estrechos en los que el tiempo ha cortado el granito hasta pulirlo como piel, desnudo hasta de liquen. Luego el tirón brusco, esa dureza furiosa, una resistencia bruta. La suavidad del sedal que se escapa entre los dedos mojados. La lluvia que arrecia de pronto como aplauso. Haces equilibrios sobre las rocas, orilla arriba, en paralelo a la carrera de la trucha. No sabrías decir si hay más agua en la corriente o en el aire. Respiras agua. O casi.  No querías tenerla ahí en la sacadera, hubieras estirado todos esos pocos segundos por unos cuantos miles. No querías verla. Te gustaba tenerla bajo el agua, sentir que sólo era un concepto, un misterio abstracto, algo que pelea contra ti. Sin identidad ni colores, sin saber de su tacto y su derrota. O la tuya.

Ahora en la ciudad la lluvia sólo ensucia, hace barro fino con la contaminación y el tiempo derrochado, sin sabor, de tantos miles de incautos que siguen creyendo que están en medio aún o en el centro de todo. También tú. La mañana que viviste ayer se ha convertido ahora en un puñado de palabras escritas, en un rastro de colores desvaídos que ya se pierde y no tiene fuerza, ni calor, ni brillo. Aún así te empeñas en intentar guardar algo de ese día. Te sirve conservar sólo el olor de la lluvia en tus pulmones esas horas, el bosque de ribera y el monte saturados de agua o esa voluntad tuya de antes de que la trucha mordiera, esas ganas de dar con ella, de burlar el frío y el cansancio con arrogancia. De saber que en una hora más de lluvia torrencial el río enseñaría su rabia y su belleza.





martes

MATESANZ


Ni recuerdo cuando me la hice ¿Más de 25 años? Siempre va conmigo en la cartera. Así no hay que preguntar nada a nadie y los órganos, si valen, irán a quienes los necesiten, todos. Nunca se sabe cuando se acaba esto, una hostia con el coche la tiene cualquiera, así que hay que estar preparado. Soy poco chovinista. La Marca España es una mierda en casi todo, pero no en Sanidad Pública y no en trasplantes. En eso somos los mejores. España es líder mundial en donaciones de órganos de personas fallecidas, con cuarenta donantes y más de cien procedimientos de trasplante por cada millón de habitantes en 2015, según informa un estudio científico desarrollado por la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) y publicado hoy en American Journal of Transplantation. Y los datos del 2016 son mucho mejores. Mira, por ejemplo, tengo dos amigos y una amiga de la infancia trasplatados, por fin sanos y felices. A Rafael Matesanz, creador de la ONT, habría que ir poniendo calles con su nombre en todos los pueblos y quitar de una vez el nombre de tantos matarifes.
Lo que no sirva de lo que ya no soy se convertirá en ceniza y en abono de un alcornoque enorme al que nunca han sacado el corcho, con vistas a la poza del águila y al torrente donde he sido feliz miles de días. Es la parte de postureo que tiene uno, que quiere sentirse pescador hasta fiambre.

http://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/las-claves-del-liderazgo-espanol-donacion-trasplante-organos_11016


MESETA


Arroyos de meseta, perdidos entre cañizos, olvidados por los vampiros del agua, escondidos entre las estepas de secano y las manchas de pinos, todavía con cangrejos y truchas, casi al margen del mundo que corre y cree progresar sobre el asfalto de una autovía cercana. A tiro de piedra hay una pequeña ermita románica ruinosa y expoliada. No hace tanto pasó por aquí Alejandro de Humboldt a lomos de un caballo y con dos mulas llenas de aparatos para medir la presión atmosférica, la temperatura, la inclinación del mundo. Erudito, científico, curioso, visionario, naturalista, admirable, inventor de isotermas, escalador de volcanes, dibujante de un mundo natural que ya no podríamos ver jamás fragmentado,  descubridor de la gran cadena de causas y efectos que une la red de la vida, la naturaleza tal como hoy la entendemos.  Un prusiano rico que gastó su dinero y su salud en investigar, explorar, viajar, pensar, realizar mediciones científicas, escribir, divulgar. Otros gastaron riquezas en castillos de cartón piedra o guerras estériles. Otros sólo veían en la naturaleza una cueva de Alí babá que expoliar, El Dorado, territorios donde el hombre podía destruir a su antojo en el nombre de Dios. El 14 de Septiembre de 1869 se cumplían cien años de su nacimiento y en muchas de las grandes ciudades del mundo se paralizó todo y hubo festejos, desfiles, fuegos artificiales, grandes discursos alabando sus viajes, sus descubrimientos, sus escritos. Ningún gobernante o guerrero o futbolista o cantante de rock ha suscitado nunca mayor reverencia que Humboldt aquel día. Hoy es un hombre olvidado fuera de la academia. Como tantos a los que debemos mucho.

Comienza así el artículo que publicó en la revista alemana Hertha en 1825 y titulado “Sobre la configuración y el clima de la meseta de la Península Ibérica” (Über die Gestalt und das Klima des Hochlandes in der iberischen Halbinsel): “En el extremo más occidental de Europa, bañado por el mar por tres lados, se eleva el altiplano de España, una verdadera meseta (Tafel-Land) , de 2.200 pies parisienses de altitud casi ininterrumpida y que abarca 4.200 leguas cuadradas geográficas. Tal fenómeno geognóstico es extremadamente raro en nuestro continente (…)”  Es verdad, la península tiene una rara orografía, con microclimas variadísimos, paisajes diversos, montañas y ríos que rasgan por todas partes cualquier monotonía. Hasta aquí mismo, en la misma meseta que él descubrió, describió, dibujó.

El pescador está metido en el agua por encima de la cintura y apenas ve nada a parte del pequeño arroyo rodeado de cañizos verdes o secos, chopos recién brotados, juncos, insectos y silencio. Alguna trucha se ceba a pocos metros. La agricultura intensiva, la usura o el desprecio hacia los ríos, los criterios anticuados y destructivos de ICONA, la fiebre de las presas o el expolio de la burbuja inmobiliaria de estas últimas décadas han degradado el país, su clima, su paisaje y su sostenible riqueza. El pescador lanza la mosca seca y recuerda sin querer a Humboldt cuando ve pasar como flotando en el aire a una Nemoptera bipennis. 
Gracias Alexander, gracias a tí y los que te siguieron aprendimos a a mirar y ver también lo invisible.