domingo

12 OCTUBRE


Los peces se engolosinan comiendo en superficie y a él le gusta pescar con hormiga de ala en el río. Así se aparta por unas horas del ajetreo de la calle, el regateo con los compradores de la mañana, asentar las mercancías que traen los arrieros de muy lejos, escribir en los libros los costes y luego las cartas a los proveedores lejanos que se han convertido en íntimos amigos sin haberlos visto nunca. Luego, pocos días después, ese maldito año de 1492, aquellos reyes sucios propiciaron la infamia y miles de españoles se vieron obligados a cambiar de nombre, de costumbres alimenticias y de superstición. Al final su familia decide irse y no seguir fingiendo o sufriendo castigos. Primero a Portugal y luego más lejos. Llegan sin nada a Salónica. La ciudad turca es su hogar desde entonces. Todavía guardan las llaves de las casas que su familia tenía en Plasencia, Talavera la Vieja y Hervás. La lengua franca de la ciudad ha sido desde entonces el español sefardí. Luego llegó el incendio de 1917. Miles de personas se quedan sin casa. Los suyos son expulsados a las zonas peores de Salónica. Ese mismo año comienzan las primeras medidas racistas del nuevo gobierno griego.

Le gusta pescar con hormiga de ala al principio del Otoño, antes de que lleguen los fríos repentinos desde la estepa rusa. Las nuevas reinas salen de los hormigueros y se dejan llevar por el viento para fundar otras colonias aunque la mayoría se convierten en un festín para pájaros y peces. Cuando vuelve su hijo se acercan a pescar barbos y truchas al río Vardar en su Ford T recién comprado. A pesar las nuevas complicaciones legales, el tren a Estambul ha convertido su trabajo en un negocio prospero y pueden permitirse tener tiempo libre. Su hijo le ha comprado en Londres una caña de fino bambú y unas raras hormigas hechas con plumas e hilos de brillante seda negra. Luego llega aquello que no tiene nombre. Primero Cracovia, Varsovia, Praga... Pero en Salónica, ese 1941, de 56.000 personas censadas, 54.050 son convertidas en ceniza y humo en Auschwitz, Bikernau y Bergen-Belsen. Miles hablaban español. Tú te hubieras sentido allí como en casa. Tú te hubieras entendido en la ciudad con cualquiera aunque tu acento sonase allí algo raro. Pero de todo aquello en España sólo hay olvido y silencio. Años más tarde, por los cincuenta, Josep Pla viaja a la ciudad y cuenta en un libro aquel horror. Pocos lo leerán. La vida de esos españoles y del resto de los judíos de la ciudad ha sido borrada para siempre del mapa.


Le gusta pescar con hormiga de ala y aprovechando la firma de un contrato con una mina cacereña de wolfran han tenido que volver a final del verano a España. El y su hijo mayor escapan de la aniquilación de Salonica por ese azar. Luego les anulan los pasaportes y las cartas de crédito. De nuevo sin nada, antes de salir de allí, se acercan a Talavera la Vieja con sus cañas. El Tajo baja manso a pesar de la primeras lluvias. Estoy seguro de que a tí te hubiera gustado conocer el río así. La que fuera su casa sigue en pie. El agua esta llena de hormigas y peces glotones. Años después, ya lejos de su antigua patria, se enteran que aquella pequeña y prospera ciudad también ha sido destruída. Comienzan una nueva vida ya muy lejos de Europa. En 1961 pueden hacerse con un pequeño refugio en la Columbia británica. El pueblo más cercano se llama Terrace y está cerca del río Skeena. Allí vuelven todos los años a pescar y hablar a los peces en español antiguo. El hijo pone un disco de Dylan que ha comprado en una tienda de Vancouver en la que trabaja una chica que se llama Elena de la que luego, tres años después, se va a enamorar:

I've stumbled on the side of
Twelve misty mountains
I've walked and I've crawled on
Six crooked highways
I've stepped in the middle of seven sad forests
I've been out in front
Of a dozen dead oceans
I've been ten thousand miles in
The mouth of a graveyard
And it's a hard, and it's a hard
And it's a hard, and it's a hard
And it's a hard rain's a-going to fall (...)



miércoles

MARX I


Berrean los ciervos. Por fin llueve. El tuc-tuc del agua lo arropa todo. Los ocres se suavizan. La tierra se bebe todo. Dos buitres pasan remolones a media altura hacia la vaca muerta cuya peste has dejado lejos. Algo asusta a los patos. Un peregrino arrogante que corta el aire como se corta un queso fresco con navaja de afeitar. Sube rápido. Baja en un segundo. Apenas toca al pato rezagado y cae dejando una nubecita de plumas. Luego baja. Coge. Desaparece.
Caminas muy despacio por la orilla. Los pasos suenan como quien pisa azúcar con los pies descalzos. Luego las nubes se separan. Vuelve el sol. El cielo entero se limpia y suben del fondo las algas verdes. Hay una cerca antigua que corta esta tierra de nadie. Rastros de huertos olvidados. Vida abandonada. Pisadas de ovejas que ahí nada tienen para comer. Salta un pez rabioso. Confirma que el tiempo es sólo tuyo. Percival Bratt, amigo de Bruce Chatwin, llamaba a los asalariados “desperdiciadores de tiempo profesionales”. Seguro que el cabrón había leído a Karl Marx, El capital, tomo 1. cap. VIII “El capitalista se cuida de velar celosamente por que el trabajador no disipe su tiempo. Ha comprado la fuerza de trabajo por un tiempo determinado. Quiere, naturalmente, que se le entregue lo que es suyo y no tolera que se le robe. (…) El capital es trabajo muerto que no sabe alimentarse, como los vampiros, más que chupando trabajo vivo, y que vive más cuanto más trabajo vivo chupa. El tiempo durante el cual trabaja el obrero es el tiempo durante el que el capitalista consume la fuerza de trabajo que compró".

Desperdiciar el tiempo, la vida, ese latido caliente y veloz que hace volar al halcón, planear al buitre, berrear al ciervo, lanzar al pescador. El tiempo que vendemos jamás tendrán un valor justo. ¿Y si este fuera tu último día?, ¿tu último año de vida? ¿Cuánto dinero valdrían estos segundos o esos días? La propia palabra "valor" es para Marx un falso abracadabra. Mientras tanto, sin hacerte preguntas, lo vendes siempre barato, lo desperdicias “profesionalmente”. Salvo ahora, que salta el tiempo desnudo como el pez, que se desliza con suavidad igual que los últimos retazos de las nubes, regalado a ti mismo.




HABIRÛ


Otoño y agua. Por fin Octubre. El tacto de la lana al amanecer. El viento frío de la libertad. El suave eco de los pasos sobre la grava fina de la orilla. El placer de caminar ¿hay otro más humano? Cuando se inventaron las ciudades en Mesopotamia: Nippur, Marad, Babilonia, Der, Shurruppak… sobre todo en el periodo Uruk o antes, y se comenzó a escribir en tablillas de terracota, a veces, de forma indirecta, sesgada e imprecisa, casi con odio y miedo, se da cuenta de los pueblos nómadas que se negaban a vivir en esas ciudades. Las cartas acadias de Tall Al-Amarna, de la época de Amenofis III los citan con recelo. Se sabe poco de ellos salvo que tenían fama como pastores, asaltadores de caravanas o caminantes incansables. Los sometidos que recibían su ración de cebada y aceite no entendían a aquellos que se negaban a construir una casa de adobes en cualquier espléndida ciudad y asumir las leyes y normas de Asur o Hammurapi. Los llamaron "habitantes de tiendas", "amorreos", "arameos", "habirû" (los huidos). Ahora todo aquel Oriente es inhóspito, tierras estériles llenas de sal por miles de años de cultivo, guerras por petróleo o por dios o por fronteras. Nada quedó de los caminantes sospechosos, de aquellos nómadas que se negaban a entrar en el Edén urbano y deseaban seguir viviendo en los pedregales y las estepas resecas. Algo tienes de “huido”, como ellos. “el huido no nace, se hace”, eso pone en acadio, en una de esas tablillas llenas de símbolos cuneiformes. El bisabuelo era un arriero inquieto y caminador, el abuelo se entusiasmaba con acadio, el arameo y el griego antiguo, el padre, como toda la estirpe, también era pescador. Tal vez esa sea su única herencia.
Por eso vuelves al bambú refundido o al glass. Fibra muy fina, mínimo peso, cañas blandísimas pero irrompibles con las que hasta el pez más bronco cede mucho antes que con palos de escoba de carbono y sin romper el sedal. Y en lugar de diez pies, seis o siete. En lugar de hilacos del veintidós para arriba, un dieciocho bien atado. En lugar de orillas de embalses famosos, ciénagas en las que desembocan pequeños arroyos escondidos. Las voces ortodoxas se resienten. O rebufan. O reniegan. O pontifican. Como si en alguna Biblia o en algún catecismo piscatorio estuvieran bien descritos los pecados que él se empeña en disfrutar. La mayoría de los pescadores buscan la eficiencia, pescar más, mucho, rápido, emular al campeón, copiar su equipo, seguir las ortodoxias o hasta la heterodoxias cuando ya han salido en las web y han demostrado que ganan campeonatos. Qué pereza. La del huido que no quiere saber nada de Asur o de una casa en el Eden de Babilonia. La de quien se siente cómodo caminando por los pedregales lanzando también, con el pesado bambú y vieja seda inglesa, un escarabajo de floam de la era espacial o una mosca montada con antiguas plumas de alchata o un bicho jipi lleno de patas. Pero da igual qué armas o qué artes. Importa más estar, volver todos los otoños, caminar otra vez y más lejos, buscar la aleta, el chuperreteo goloso del barbo hacia una hormiga de ala que ha caído, contemplar el sol (Sâmâs en acadio, Utu en sumerio) saliendo por los jarales y calentando despacio el agua, sentir que llega el frío. Sentir, con el cuerpo entero, respirar la deliciosa soledad, la rara o pueril emoción de ver acercarse un pez bajo el agua. La oscura certeza de que ya somos huidos (habirû) o no quisimos ser nunca otra cosa.



viernes

ÚLTIMOS


Hoy apenas consumimos peces de río o de agua dulce, además nuestros ríos están embalsados, contaminados, secos, casi muertos, apenas hay peces. Si nos empeñamos podemos comprar trucha de piscifactoría, esturión también de criadero o anguilas si vivimos por en Valencia. Pero sin darnos cuenta compraremos panga, tilapia, perca del Nilo o cualquier otro pez comistrajo, que nos venderán como si fueran un lenguado o un mero… Aunque hubo un tiempo remoto o no tanto en el que los peces del río era casi el único pescado que podían comprar y comer muchos españoles pobres de la España interior.

Llevaba tiempo investigando esta historia a través de los legajos de abastos de algunos ayuntamientos, pero hace unos días pude conocer y entrevistar a los últimos pescadores profesionales de río con licencia del Tajo. Mantuvimos la entrevista grupal en una de esas residencias de ancianos anodinas y feas en las que hay televisiones con las que distraer a los viejos y cuadritos con cascadas y frases horribles de tagores, jesucristos o poetastros como el de la fotografía del final. Pero los miré a los ojos mucho tiempo y dejé de ver todo aquel decorado descubriendo a tipos jóvenes, valientes, incansables, astutos, apasionados, igual a mí en muchas cosas. Contemplé detrás de sus miradas unos ríos transparentes, tumultuosos, limpios y llenos de peces. Respiré el perfume del aire de la libertad y también el olor pestilente de aquella España de Franco, el estraperlo, los abusos de la Guardia Civil, la sangre de los maquis derramada en aquel puente de palo que cruzaba una garganta, la imposibilidad de futuro en esos lugares y la enorme tristeza de emigrar muy lejos y tal vez para siempre.


Les presento a Mauricio, Miguel, Ángel, Florencio, Liborio y Vicente. Les veo con claridad así, metidos en el agua al amanecer. Es octubre, hace frío, son muy jóvenes. Primero sacan a flote sus barcas -las mantienen escondidas y hundidas en la orilla- y luego reman sobre ellas río arriba, echan las redes, cierra el cerco, llevan su arte hasta la orilla para desenredar los peces, llenar las cestas y volver a echarlas una y otra vez durante todo el día. Es un trabajo difícil, muy duro, incierto. A eso de diez o las once suben los cestos de peces al pueblo, las mujeres son las encargadas de repartirse por los demás pueblos cercanos tomando destartalados coches de línea, luego el pregonero toca su tropetilla y vocea: ¡Se hace saber que ha llegado a la plaza la mujer de los peeeeces a 2 pesetas el kilo! -toque de trompeta prolongado- ¡peceeeeees, peeeeeces en la plaza a buen preciooooo! En unas pocas horas estará todo el pescado vendido. Se vende bien, es muy barato. Las pesetas de tanto trabajo apenas dan para mantener a las familias de los quince pescadores. Todos sueñan con una vida mejor, menos incierta y penosa, también menos peligrosa. 

Mírenlos bien ahora, son muy viejos, algunos están sordos o ven mal, parecen derrotados, el mayor de ellos, el que casi alcanza los cien años, necesita un andador para caminar, pero en cuanto han comenzado a hablar descubro que tienen todos poco más de veinte años. Mírenlos, son casi unos chiquillos que nadan como nutrias, bucean hasta diez metros a pulmón para desenredar la red que se enganchó en el fondo, pescan con una precisión de relojeros cada poza del río con frágiles barquitas, no temen a las riadas de diciembre, ni a la oscuridad de las tormentas de agosto, el azar incierto de la fortuna pesquera en octubre, las pulmonías sin antibióticos de enero, el gris espeso de aquella España de los cuarenta y cincuenta, las amenazas e intentos de chantaje de los caciques. Tienen cuerpos nervudos, fuertes, incansables, saben mirar bajo el agua, adivinar los bancos de bogas y barbos en lo más profundo, caminar durante horas río arriba arrastrando las barcas y las redes, aguantar esa vida tan dura que les ha tocado vivir en un pequeño pueblo perdido entre Ávila y Cáceres. No tienen miedo a nada y eso ya era mucho en ese tiempo difícil que hoy no podemos imaginar. Y eso es mucho más ahora, cuando les ha pasado la vida por delante y siguen sin temer al futuro. Hablan todos a la vez, discuten con pasión, se interrumpen, se burlan, bromean, se echan broncas, recuerdan, tienen una memoria detallista prodigiosa. En alguno de ellos descubro un fabulador nato, sabe contar, relatar, explicar las aventuras con una pasión, una inteligencia y un filo que envidiaría García Márquez o Hemingway. Ninguno de los dos escritores pudo pescar lo que han pescado estos hombres, ninguno vivió unas aventuras tan reales y a la vez tan fantásticas como las que vivían ellos cada día de aquel tiempo hoy tan remoto. Siento que el mundo ha perdido a un gran escritor.


Eran quince en el grupo. Hoy ya sólo quedan seis. Se van muriendo. Casi nadie quiere escuchar cómo era aquella vida y porqué. Los años cuarenta y cincuenta los he investigado en los libros, los censos o los anuarios… pero tener el privilegio de contar con sus voces, sentir el latido de la vida de entonces en todas sus historias es un precioso privilegio para el sociólogo. La memoria histórica es sobre todo esto, escuchar, admirar, entender, no perder estos testimonios de primera mano de cómo era la España real de entonces, descubrir que detrás de todos estos cuerpos derrotados y rotos siguen estando aquellos chiquillos de apenas veinte años que salían a los ríos a ganarse la vida, que tenían saberes y técnicas de pesca ya perdidos, un conocimiento sofisticado del agua y sus seres que hoy que tan sólo tienen los mejores biólogos expertos en ictiofauna. Un temple, una energía interna y un brillo en los ojos que me conmueve. Cada anécdota es una gran historia, cada recuerdo podría ser una buena novela. La del maquis solitario que los guardias civiles esperaron en el único puente de palo que cruzaba la garganta una madrugada de enero, su sangre sobre el puente, ya seca pero brillante, muchos días. La del acecho a una trucha gigante que nunca se dejó atrapar y tal vez hasta hablase como aquel rodaballo de Gunter Grass. Los setecientos kilos de peces que capturaron un día en un río que hoy apenas tiene vida y que les hizo "ricos" por un día. La oscuridad tenebrosa del tubo gigante del embalse en el que se metían con la barca a pescar y en el que si hubieran abierto la compuerta habían salido volando como un tapón de champán. La hostia que le dio a uno su padre cuando, tras pescar a caña una hermosa trucha de dos kilos y venderla en secreto para tener unas pesetas que gastar en el baile, el señor padre se enteró del negocio. La de aquel fotógrafo ambulante y curioso que una vez les tiró una foto y ellos luego le pidieron una copia, -la única fotografía que tienen de todos aquellos años- a cambio de dos kilos de peces. La de aquel ingeniero cabrón que quería cobrarles una "mordida" por pescar en las aguas del embalse del Rosario y la valentía de todos para decirle que no y de qué, cabronazo. El respeto y temor de los propios guardias civiles hacia aquellos jovenzuelos que no temían nadar desnudos en diciembre cuando los mismos guardias no sabían nadar ni en un charco. La de la iglesia del pueblo reconstruida con el dinero de las pesquerías de estos hombres que apenas se sacaban con su trabajo arriesgado unas pocas pesetas, ¿recuerda aquella contribución generosa y obligada alguna placa conmemorativa? La del frío y la oscuridad que se siente cuando hay que bucear en invierno diez metros para desenganchar la red sin romperla. La del mordisco que pegan las anguilas grandes y lo ricas que están fritas y guisadas con tomate. La de la precisa logística de sus mujeres para poder repartir todo el pescado en sólo unas horas en unos tiempos en los que los transportes eran precarios y no había neveras. La del aprecio y el gusto que se tenía por aquellos magros peces de río en una España de posguerra y hambre, esos peces fritos que te podían de tapa en todas las tabernas. La de una heroica emigración por el año 59 hacia Bilbao, Suiza, Francia, Alemania y lo que significó dejar los ríos para siempre por un trabajo fijo y seguro en una acería, un taller o una fábrica, en tierra extraña con una cultura desconocida y unas lenguas raras que tuvieron que aprender… Sin embargo, me confiesan, para nosotros la emigración no fue tan dura como para los otros, ¡descubrimos que allí en el norte, en Francia, en Suiza o en Bilbao había unos ríos fabulosos! ¡llenos de truchas! ¡Así que los fines de semana cogíamos la caña y al campo! ¡cambié un río por otro y era casi lo mismo! Pasaron los años y volvieron al pueblo a veces pasar las vacaciones y luego, ya jubilados, recuperaron por fin su tierra. Mírenlos, si se fijan bien no verán a unos cuantos jubilados decrépitos sino a unos chicarrones jóvenes y guapos que nunca tuvieron miedo de meterse en los ríos o vivir del agua o luego irse lejos. De ellos nacimos, ellos somos, siquiera un poco, los pescadores deportivos de hoy. Porque los pescadores nunca se hacen viejos, se quedan en una edad incierta entre los veinte y los treinta. Aunque el cuerpo sí cambie nunca se cambia por dentro, basta mirar a sus ojos y atender lo que cuentan.


Pasan las horas y no se cansan de hablar, tampoco yo de escucharles. Les enseño con el móvil las fotos de mis peces, de los ríos de ahora que ya no son los de entonces. Los hemos destruido, arrasado, ensuciado, secado y siento la rabia en sus voces. ¿el río? ¡nuestro río? ¡ya no queda nada!, ¡lleno de mierda! ¡como muerto! ¡qué pena! Mauricio, Miguel, Ángel, Florencio, Liborio, Vicente vivieron hace mucho tiempo de los ríos y ellos no los arrasaron, eso lo hicimos nosotros y una extraña idea de progreso. En otros países su testimonio sería valioso, los niños de los colegios deberían escuchar sus aventuras porque sus voces son mucho mejores que cualquier libro de historia. Pero aquí nadie quiere escuchar como era la España de entonces y cómo y porqué…

Yo viví de niño en un pueblo cercano al de estos pescadores y conocí el último brillo de este mundo perdido. Mi madre compraba grandes anguilas que me parecían monstruos de otro tiempo, seres del abismo de los sueños. Limpias y troceadas nos las servía frita para cenar. Pienso en su sabor y se me hace la boca agua. Será que la anguila es mi magdalena de Proust. Cuando comencé a estudiar en Madrid sociología conocí por azar a un pescador de río como estos que hoy he entrevistado. “Anguilas grandes bien sazonadas con pimienta, pimentón, sal y mucho ajo machacado, puestas a secar unas horas al sol y asadas luego sobre la parrilla de unas brasas de encina. Una delicia”. Me contó que cuando hicieron los embalses del Tajo las anguilas y el resto de peces migratorios ya no podían subir desde el mar de los Sargazos. Tampoco podrían volver a hacer este asado precario y gustoso los habitantes de Talavera la Vieja, uno de tantos pueblos fantasma que acabaron bajo las aguas de los embalses de Franco. El pescador de anguilas, entonces apenas un adolescente, hoy era un viejo recién jubilado que se tomaba su café de las once en un bar cutre de Aluche. Una vez, en uno de mis viajes a Valencia, le compré en el mercado un kilo de anguilas porque en Madrid me había sido imposible encontrarlas. Las hizo en una sartén en la pequeña cocina de su minúscula casa y me invitó al festín. Luego se atrevió a enseñarme las sobadas fotografías de aquel mundo perdido que estaba bajo las aguas infectas del pantano. Aquel año fui a Riaño a luchar yo mismo contra otro embalse que iban a hacer, a defender que otro río siguiera corriendo. No tuvimos éxito y ese río también se paró. Las anguilas tienen un sabor graso y sabroso, la carne es firme y hay que masticar pero no tienen espinas. El pimentón y la pimienta les da un punto acre. La sal en su piel churruscante recuerda mucho al mar. Es imprescindible asarlas al fuego de leña y que tomen también ese suave sabor ahumado. El guiso queda perfecto si acompañamos este pescado con un alioli. Aquel embalse tiene hoy miles de metros cúbicos de cieno contaminado en sus fondos y el gran río que fue está medio muerto. Nunca más pudieron remontar las anguilas el gran Tajo desde Lisboa. La torre de la iglesia de Talavera la vieja, que a veces se veía cuando bajaba el nivel del pantano, se derrumbó hace bastantes años. “Ponías unas cuerdas con unos peces secos y al día siguiente tenías unas anguilas gordas para comer. No costaba nada. Era comida gratis y buena en esos tiempos del hambre. En el pueblo las hacían también en guiso tomatero pero a mi me gustaban así, asadas en una lumbre con ese aliño que ya te he contado”. El jubilado aquel achinaba los ojos goloso, como si detrás de los cristales sucios del pequeño bar del suburbio pudiera aún ver su gran río precioso correr. Mírenlos en la foto de abajo, tan firmes, son como libros de historia pero mucho mejores, hombres sabios, grandes pescadores, memoria viva de todo lo bueno que fuimos. 



jueves

PROTISTAS



Bosques de encinas de más de quinientos años que ahogó “el progreso” -el embalse no sirve para beber, ni riega nada- sus troncos calcinados por duros veranos e inmersiones sucesivas -según baja o sube el nivel del agua al antojo de la hidroeléctrica- parecen esqueletos de alien, fósiles de un mundo remoto o quizá joyas de cíclope o signos de advertencia "Hic sunt dracones". Muchas se cortaron para aprovechar su leña antes de la inundación del 63. Otras quedaron intactas y aún sobresalen sus ramas del agua como pidiendo auxilio a nadie. También el pueblo que una vez tuvo vida en la orilla del Tajo se entrevé a lo lejos y ya no pide nada. Escucho la berrea. Me sale un macho de venado a curiosear quien soy. A lo lejos pastan un buen bando de ánsares enormes, preciosos y algún pato cotilla. Sale el sol. Esta es la vida grande, tan importante, tan fácil de admirar, pero también lo es la vida pequeña e invisible de la que dependemos la encina, el venado, los ánsares, el pato y uno mismo. La microbiota, esos seres diminutos de los de depende nuestra salud, esos “bichitos” que nos colonizan cuando nacemos y vivirán con nosotros en simbiosis: bacterias, arqueas, hongos, virus y protistas nos ayudan a hacer la digestión, nos ceden vitaminas, nos protegen de otros microbios nocivos y participan en miles de procesos dentro y fuera de nuestro cuerpo. Ellos son nosotros. También están en el agua, en el humus de esta tierra, en el pez. Es fácil alabar la belleza del ciervo pero nadie hace versos sobre una protista o un virus cuyo valor para el ecosistema puede ser mayor que la ese animal de cuerna espléndida. Digo “valor”, esa palabra infame y economicista que sale de este “realismo capitalista” que aguantamos, una palabra arbitraria con la comparamos, ponemos precio a las vidas, sopesamos, hacemos ranking. El microbiólogo Ignacio López Goñi habla siempre de todo esto, para él, desde la ciencia, una bacteria o una arquea puede ser más preciosa que el vuelo de los ánsares grises que acabo de asustar. El agua se va volviendo verde, también los vegetales son seres sensitivos. Al agacharme veo que las algas unicelulares están llenas de copépodos y dafnias. Hace calor aunque ya es otoño. Adiós encina, protista, pez, os debo una sextilla manriqueña.




miércoles

WALSER


Al filo de octubre, cuando por fin le saludan las tormentas y los chaparrones furiosos le limpian de los ojos esa tristeza dura del final del verano, recuerda a Robert Walser. Sólo caminar le salva. El cuerpo recuerda. Han sido miles de años. El tiempo de hoy, de trabajos sentado, inmovilidad de horas y horas, mirada sin horizonte y vida en receptáculos es un lento martirio. Llena la pipa. Sigue bajando por el cauce seco, siguiendo las sendas de los ciervos, disfrutando sin más. El placer está ahí, cuando agarras el tiempo, cuando es tuyo sin otra condición que beberlo o derrocharlo como quien abre la mano llena de arena, despacio y el mar nos pertenece.
Parte de los poderosos ponen hoy la fe en el transhumanismo, ese cuento de los que suspendieron la asignatura de ciencias naturales y no leyeron nada del “Nuevo Prometeo”. Y  la otra parte sigue a lo suyo, como si de verdad no hubiera mañana, destruyendo la tierra y apilando sus tacos de juguete de madera o de dominio o de dioses o de misiles muy inteligentes o de burocracias absurdas en enormes montañas de basura. Los demás nos dejamos llevar y olvidamos que el tiempo, el que cada cual guarda en el azar de sus pasos y su genética, es una ganga escasa pero llena de oro que vendemos luego a precio de papel desgastado o palabras metidas en contratos o chismes que llenan unas casas cada vez más pequeñas.

Sigue bajando. Nadie podría creer que este cauce que parece un camino pedregoso en medio de un desierto estuvo en abril lleno de vida verde y de peces, libélulas y millones de flores. Asusta sin querer un desayuno de buitres, veinte o treinta animales, ante una vaca muerta. Se levantan pesados, perezosos, casi torpes, pero luego remontan y su vuelo se llena de la soberbia belleza de quien domina el viento y lo invisible. Ya ve agua a lo lejos. Casi desde el instinto planifica el serpenteante camino de bajada que aún queda para evitar una rocas pero enseguida se da cuenta que la senda que toma está encima de una pequeña calzada romana. Al llegar a la orilla ve las aletas, la ronda de los peces más grandes a tiro de látigo, el barro de la orilla lleno de huellas de zorro, jabalí, corzo, venado, garza. “No es en el camino recto, sino en los rodeos donde se encuentra la vida”. Por eso sólo caminar le salva. No tanto como un amuleto o fármaco o puente que cruza el abismo sino como un “hacer invisible” que le descubre el valor incalculable del cuerpo, la salud, las fuerzas que sigue teniendo, el saber que allí están los resortes de muchos otros placeres y también el lugar en el que sus palabras nacen. Lanza lejos, un barbo de buen porte se acerca, abre la boca, toma el escarabajo y luego se sumerge. Caminará después muchas horas y tocará también otros peces como quien acaricia los tesoros del mundo y se siente, sin tener nada, el hombre más rico de la tierra.