jueves

EDÁFICA

Siempre que viajo visito los mercados y también los ríos que tocan las ciudades y los pueblos. Hay pueblos construidos junto a grandes ríos, otros al lado de ríos pequeños, algunos junto a simples arroyos. Pero siempre me produjeron una tristeza profunda e inquietante aquellas ciudades que crecieron lejos de cualquier vena de agua. También las que habían dejado secar el arroyo que en un tiempo más o menos lejano les daba agua y peces, baños en verano, riego para las lechugas, paseos con frescor. O las que habían ensuciado y matado su río hasta convertirlo en una cloaca infecta.
Hace años que los embalses y las canalizaciones han alejado totalmente la conexión vital, mítica y memorialística entre los cauces de agua y los pueblos, la lluvia es para sus habitantes muchas veces una molestia, un estorbo. Ya nadie habla de ondinas o nereidas. La sequía es una abstracción que pocas veces afecta a necesidades vitales del ciudadano. Sólo los agricultores mantienen más o menos cierta conexión de cariño hacia el agua, aunque tampoco demasiada, más allá de considerarla un ingrediente más de sus rentabilidades y beneficios.
Pero el Calentamiento Global está tocando ahora otros ríos invisibles, el de las aguas fósiles que se esconden en lo oscuro, el de la humedad de la tierra. Ya se habla, por fin, de sequía edáfica. Comienza a ser crónico el déficit de humedad de los suelos tantos agrícolas como forestales. Esa humedad que se mantiene en la tierra y evita que nuestro horizonte sea un desierto, esos ríos subterráneos que cruzan España por debajo y hoy son robados por bombas y pozos legales e ilegales.
La sequía edáfica es invisible pero es mucho más terrible que el vaivén temporal de los ríos superficiales. La humedad de la tierra depende de la lluvia pero también de la cubierta vegetal que la cubre, el tipo de agricultura que practicamos y el uso que damos a las infinitas pequeñas arterias que al final confluyen en un río.
Cuando la mitad del país sea un secarral invivible, un desierto sin cuento, un espacio definitivamente muerto, se clamará buscando a los responsables del desastre. Fuimos todos por olvidar las ondinas, las nereidas, los duendes y las náyades. Por olvidar que nosotros, nosotras también somos de agua.


He ido a por mi ración de “carne de oso”. Las rocas se reflejan en el agua. No ha hecho calor aunque ya todo está seco. Lanzo en las sombras, sale algún pez, camino largo rato entre las piedras buscando quién sabe, un comizo gigante, la brisa fresca de las ocho de la mañana, su olor a camomila y hierbabuena, algún corzo abrevando. Esta vez mi “carne de oso” ha sido un puñado de poleo salvaje recolectado en la orilla del río que luego, ya en casa, he utilizado para aromatizar un gazpacho espeso, fresco y fino al que no añado pan ni agua, lo hago sólo tomates, pepino, pimiento rojo, ajo, sal, gotas de vinagre y aceite de oliva. Todo muy triturado en la batidora de vaso y luego pasado por el chino.
Primo Levi, sefardí, químico, escritor, antes de que intentaran destruirlo en Auschwitz como nos contará en “si esto es un hombre”, era un chico deportista y un aventurero algo inconsciente y atolondrado. Un día sube con un amigo a la montaña, se queda aislado y tiene que pasar la noche en la intemperie helada con una hoja de lechuga como único y ridículo alimento. Muchos años después escribirá: “Eso es la carne de oso, y ahora que han pasado tantos años, lamento haber comido tan poca, ya que, de todo lo que la vida me ha dado de bueno, nada ha tenido ni de lejos, el sabor de esa carne, ese sabor que uno experimenta al sentirse fuerte y libre, libre hasta equivocarse, y amo del propio destino”. Desde que leí estas palabras en “el sistema periódico” es como denomino a estos momentos de placer y libertad que son preciosos y escasos. Los que gustan de la “carne de oso”, envueltos en la intemperie deseada, saben de qué hablo.



Hace tres mil años fabricaron el muro, equilibraron las piedras para hacer un hogar, sujetar la tierra fértil en los bancales, construir un molino de agua para moler trigo y hacer el pan, machacar las aceitunas y hacer aceite, quizá eso sería unos cientos de años después. De todo eso queda la higuera y el almendro, las ruinas, los indicios, nada más. Los barbos siguen subiendo por ahora, su empeño de millones de años se mantiene. Nosotros apenas llevamos aquí esos pocos miles y ya abandonamos este arroyo. Tal vez solo sea una pausa urbanícola, un vacío temporal mínimo entre los puñados de siglos de campeo, una huida equivocada aprovechando la inercia de la flecha del progreso. Tal vez no. Al menos no hemos aniquilado este pequeño río, salvado de milagro, por olvido. Otros, tan cerca, no han tenido esta suerte.
Este barbo tiene parientes en los norte de África. La Península Ibérica estaba totalmente aislada del resto de Europa desde el Oligoceno-Mioceno. Luciobarbus bocagei y comizo se diferenciaron del resto de especies ibéricas hace unos 3,7-6,9 millones de años, este margen de error, este intervalo es enorme, ya lo sé, nosotros por entonces sólo éramos ardipithecus, no más grandes ni más listos que un chimpancé. Los comizos tiene mucho más genio, son más depredadores, más tragones y más arrogantes pero el represamiento de los grandes ríos que ha hecho el chulo homo sapiens les ha ido fatal. Hay cada vez menos. El Antropoceno que bautizó Crutzen ha transformado el mundo pero su registro geológico sólo lo podrán constatar los marcianos del futuro. Encontrarán preciosos fósiles de comizo y botellas de agua mineral de plástico chafadas. O tal vez el sedimento radioactivo de un escape aquí al lado y otras chatarras que hoy usamos.
En la orilla la temperatura es fresca, por encima del murete del molino ya hace mucho calor. Así entiende uno lo que son los microclimas y como el agua y la vegetación transforman por completo nuestro bienestar en tan solo unos metros de distancia. Los coleópteros se ponen ciegos de polen y néctar, para ellos son tiempos de abundancia y tienen que aprovechar. También los nemópteros andan de orgía. Los grandes comizos te pueden sacar la línea entera si tienen agua abierta, pero aquí no es el caso, corren río arriba rabiosos por mi molesto juego. Yo sólo he visitado este río treinta y cinco años. Algunos años no vine ningún día y sentí que era una pequeña traición, una forma invisible de abandono que a mi me dolía, temía que al año siguiente ya nada existiera. Hoy comparto con los amigos este rincón del mundo. Ya está en ellos.


Los visito y los disfruto con inquietud. Son ríos frágiles, con estíos acusados, a veces corre un hilito de agua, pero si corre y es agua limpia, no importa. La vida se conforma muchas veces con poco, con casi nada, pero si falla el poco todo muere. Basta un “pequeño” vertido puntual, una derivación ilegal, una motobomba para chupar gratis. Basta una agresión con esa arrogancia o esa ignorancia que solemos tener hoy los humanos para que el río se extinga. Correrá agua de nuevo en invierno o cuando haya una tormenta pero ya no será un río. Y no habrá denuncia, ni escándalo, ni tristeza pública, ni exclamaciones y condenas en las redes sociales. Nadie sabrá que ha muerto. Conozco algunos, ya demasiados, medio secos o sucios, o secos del todo y llenos del todo de mierda por todo el país. El calentamiento global hace lo suyo, pero hay quien se empeña en acelerar el desastre. Pero defenderlos es luchar contra el olvido que seremos...

lunes

DUENDE



Pescamos en un lugar apartado, vaciado, olvidado, y sin embargo, a su manera, aún intacto. El agua fluye limpia y transparente, el jolgorio de la vida hoy está en su apogeo. Nos sentamos a descansar rodeadores de flores y del zumbido de los insectos liados en lo suyo. Tal vez sea porque estamos en un día de optimo climático o porque somos amigos y estamos juntos haciendo lo que nos gusta, o quizá porque el paraje mantiene una extraña belleza agreste, rota, fuera del tiempo humano y nuestro tiempo íntimo se acompasa al ritmo de lo salvaje, pero nos invade un extraño bienestar.
Y más allá del agua, cientos de duendes volando, nemoptera bipennis, flotando sobre el suave calor de mayo. Un insecto endémico de España, un bicho amenazado, frágil, raro, elegante, con cuatro pares de alas, con las primera vuelan, con la segundas engañan a sus depredadores si les fallan sus colores disruptivos que las adornan, un camuflaje maravilloso que los hace desaparecer en cuanto se posan en una avena seca o una retama de flores amarilla. Cada vez tienen menos lugares donde vivir, no les vale cualquier suelo o vegetación y su ciclo reproductivo es muy extraño. Las hembras ponen los huevos sueltos, duros, pocos, a penas diez o doce, una sola generación al año, parecidos a pequeñas pelota de golf. Los huevos se asemejan a una semilla cualquiera, las hormigas se los llevan al hormiguero y cuando nace la pequeña larva monstruita, cabezona y caníbal, con unas mandíbulas carnívoras adaptadas para comer larvas de hormiga, se pone a la tarea. Como al final huele igual que ese hormiguero, se mueve muy poco y está llena de polvito, las hormigas confiadas no le atacan y vive dentro del hormiguero durante uno o dos años hasta convertirse en otra cosa, un duende volador. De adultas las nemópteras comen polen y de paso polinizan las flores que luego generan semillas abundantes de las que se alimentarán las hormigas así que la evolución ha tramado este ciclo de interdependencia sutil, un triángulo maravilloso que cuando lo descubrimos nos llena de asombro.
Pescamos sin usura, sin prisa, disfrutando del brillo de la luz sobre el río, de la aspereza de las piedras o su suavidad pulida por el agua. Los peces van y vienen. Nos sentamos a ratos en la orilla a contemplar la vida, a ver fluir este tiempo tan ajeno a los ritos destructivos del progreso. Las casi invisibles nemópteras llevan aquí millones de años y tienen mi respeto y mi cariño. Depende de nosotros que este suelo, este pequeño río y este rincón del mundo siga así, intacto y vivo. La vida salvaje es muchas veces sutil y poco visible, desconocida y fragilísima. Quién viene a pescar a este pequeño curso de agua se acuerda luego siempre. Quien ha visto volar a docenas de nemóptera pennis no lo olvida nunca. Los duendes existen, no lo dudes.




PD: Mi agradecimiento al entomólogo Víctor J Montserrat Montoya que se pasó 9 años de investigación detectivesca para descubrir y conocer la vida intima y larvaria de este pequeño duende.

miércoles

ÚLTIMA VENTISCA



Entonces poca gente caminaba por el monte al atardecer con el viento del norte haciendo crujir las hojas secas de los robles mientras la helada cubría de escarcha las jaras. Pero en esas horas, él y yo nos apostábamos en los pasos, junto a los madroños más duros, en las bañas de limo oscuro donde había huellas recientes de algún buen jabalí. Ahora sé que nuestra admiración era recíproca. No había para mí olores más deliciosos que los de su carpintería, el aroma de los troncos curándose al sol, las tablas recién cortadas de abeto de Canadá, pino Soria, castaño gallego y roble de Kentucky. Admiraba la precisión con la que ajustaba una puerta o torneaba gruesas vigas de nogal, lijaba el detalle de un arcón o barnizaba a muñequilla una silla de encargo. Envidiaba la realidad tangible de su trabajo, las horas de esfuerzo convertidas en objetos bellos y perdurables. Ahora sé que él pasaba las noches junto a la chimenea fascinado, leyendo una y otra vez los cuentos de Horacio Quiroga, los relatos de Chaves Nogales o las historias de Kipling y que envidiaba en silencio cómo surgían las palabras de mis dedos para construir frases que definían con precisión un hecho, evocaban con nostalgia un recuerdo, traducían por arte de magia imágenes y tiempo en las palabras negras sobre el papel blanco del periódico. Un día le regalé aquel libro con todos los cuentos de Quiroga encuadernado en piel de tafilete y él me fabricó en su taller una soberbia culata de raíz de nogal al stutzen con el que todavía cazo.

Ahora sé que no distaba mucho su trabajo del mío, que es muy parecido trabajar la madera o el lenguaje, la sierra o las teclas de la máquina de escribir y que nuestro deseo secreto era haber podido intercambiar nuestras profesiones. Yo me pasé muchas tardes en la serrería, sentado sobre una pila de tablones, observando su trabajo y él muchas sobremesas explorando mi biblioteca mientras yo acababa de escribir el artículo para el Heraldo de Madrid o la revista Ahora. Para la gente él era el carpintero de Jara y yo el periodista de la capital; él salió pocas veces de la Vera y para mí viajar lejos era sólo una rutina laboral. Pero no era muy diferente nuestra visión del mundo, nuestra fe en la razón y en la ciencia, en la cultura y en la educación para todos, la solidaridad como única ley entre todos los hombres, una visión cruda pero optimista y armónica de la naturaleza, la crítica moral y política al poder y sobre todo la convicción de que las libertades del ciudadano y su propia responsabilidad debía regir su destino, pero todas estas ideas fueron antes y después despreciadas por unos, y por otros tachadas de anarquistas o de revolucionarias en el peor de los casos. Pero nosotros nunca hablamos en serio de otra cosa que no fuera la caza, la pasión instintiva por acechar a los animales, la decisión de tener nuestras propias leyes y no utilizar otros medios que nuestras piernas, un rifle ligero y la experiencia que dan los amaneceres de aguardo en los robledales, las muchas tardes de espera en el riachuelo, los días de caminar por la sierra, las incontables noches al resguardo de un chozo con el fuego calentando nuestro cuerpo y nuestra imaginación. Para nosotros la caza no era un deporte, no se trataba de una competencia entre hombres en pos de trofeos o cantidades de piezas, sino una forma de entender el mundo. La naturaleza, la vida, no escondía para nosotros su violencia, su tragedia o su crueldad, pero tampoco su belleza y su hechizo.

Entonces el campo era la forma de vida de mucha gente y no el idílico espacio para el ocio y la contemplación que es ahora para miles de habitantes de las ciudades que ven en cada animal un rasgo humano y se creen que el campo, el bosque y la montaña son un idílico paraíso confortable. En aquellos años no era difícil ver un lince o escuchar el aullido de los lobos muy cerca del chozo y seguir el rastro de un gran jabalí desde la cuerda de Jaranda hasta Tormantos. Entrar en la sierra cubierta de nieve era entrar en un mundo salvaje en el que una ventisca podía traerte la muerte dulce del frío o un mal paso hacerte caer al abismo de un barranco. Después él me ha contado que nuestra sierra fue refugio de fugitivos y maquis, de guardias a la caza del hombre. Más tarde desaparecieron los lobos, los linces, los pastores con los que muchas veces compartimos las chozas y el fuego; llegaron los furtivos empujados por el hambre terrible de aquellos años y después los furtivos por diversión o negocio, los excursionistas de fogata y basura, los carriles y caminos por todas partes y los cazadores sin otro objetivo que acumular piezas, competir por el trofeo o la estupidez de matar más que el otro. 

No creo que el mundo fuera mejor entonces que ahora, pero en aquellos días, con apenas treinta años, recuerdo nuestra última cacería como si fuera ayer. Era también noviembre y caminamos por toda la cuerda nevada de Tormantos, en dirección norte, detrás de un gran jabalí herido al que veíamos aparecer y desaparecer a lo lejos. La bala del "nuevetres" apenas le había rozado el lomo y su rastro de sangre se agotó en pocas horas. Caminamos a prisa durante mucho tiempo creyendo que el jabalí estaba cada vez más cerca, que en la siguiente loma, en la próxima vaguada, tras esa retama estaría por fin visible y al alcance de nuestras balas. Entonces éramos jóvenes, orgullosos, fuertes, arrogantes, estúpidos y ningún jabalí herido iba a jugárnosla en una sierra que creíamos conocer como la palma de la mano. Al atardecer del segundo día, agotados y hambrientos, comenzó una ventisca terrible, nos hundíamos en la nieve hasta la cintura a cada paso y nos perdimos al poco tiempo. Con la ropa de entretiempo, sin refugio ni más comida que cuatro higos secos rellenos de almendras y sin posibilidad de encender fuego, era seguro que no amaneceríamos con vida. Nos arrastramos por la nieve hasta un gran tocón de roble y nos acurrucamos juntos a esperar la muerte.

No creo en la magia, ni en nada trascendente por encima del sol, pero lo cierto es que el jabalí apareció de pronto a diez metros de nosotros, era un impotente animal de pelo canoso que parecía aún más grande y más irreal con las crines cubiertas de nieve, las orejas tiesas y las navajas amarillentas, enormes. Comenzó a caminar despacio, mirando de cuando en cuando hacia atrás como para asegurarse que le seguíamos. Nos arrastramos tras él hasta que una hora después, casi sin luz, adivinamos a unos metros los chozos de los pastores. La bestia siguió lentamente caminando por la vaguada del arroyo hasta perderse en la penumbra para siempre. Nunca hemos hablado de aquel día, no nos preguntamos qué nos hizo no levantar las armas y disparar al jabalí cuando apareció tan cerca en medio de la ventisca o por qué se convirtió en nuestro extraño guía.
Al día siguiente volví a Madrid, se acababa de proclamar la República. Después, un después de muchos años, guerra, exilios, olvido... él estuvo en el Ebro y luego con "la Nueve". Yo me exilié en Londres y luego en México. supervivientes de todo un siglo que se acaba, volvimos a encontrarnos en el pueblo.

A veces el tiempo parece una montaña inmensa llena de infinitos rincones donde se esconden los recuerdos; otras veces, sin embargo, el tiempo es sólo una brizna seca escondida bajo la nieve en la que no cabe casi nada de memoria, pero ahora mis palabras son de las montañas y no de las briznas, de los recuerdos hermosos y no de la memoria débil que tenemos los viejos. Hoy, por fin, intercambiamos profesiones. Yo hago juguetes de madera para mis nietos y él escribe cuentos para los suyos sobre lobos audaces, jabalíes sabios, auroras boreales, selvas impenetrables y tormentas terribles. En estos últimos años, de vez en cuando, a pesar del frío y la vejez subimos a Tormantos, hacemos aguardos al atardecer en los robledales llenos de bellotas y esperamos con impaciencia la próxima ventisca para desaparecer, como aquel gran jabalí, de un mundo en el que las sierras y las montañas sólo son postales que recorrer en todoterreno y no ese lugar mágico, violento y hermoso en el que una vez nos descubrimos libres y vulnerables.


martes

COCHE


El coche es una máquina muy peligrosa. Es mucho más seguro estar en una trinchera del Somme con sólo una browning 1911 o bailar con un Schmeisser MP-28 sin seguro con el que se pegó un tiro Durruti. Conducimos de acá para allá todos los días metidos dentro de una puta chatarra y pensamos que nos proteje el pellejo como si fuera una caja fuerte. En aquel viaje conducía su amigo Michel Gallimard. Él iba de copiloto. Reventó una rueda de atrás y el precioso Facel Vega FV3B comenzó a pegar bandazos por la recta hasta chocar a gran velocidad contra el único arbol. El automovil quedó partido en tres pedazos. Albert murió en el acto. Michel, su mujer y su hija que iban detrás tuvieron mejor suerte.

Baja al Tiétar en medio del invierno. Conduce con cuidado. La arena y la hierba seca cruje escarchada. Va bien abrigado pero el viento se va colando por alguna esquina de la ropa y le va helando. Camina mucho tiempo. No se para. Desde muy joven descubrió que conducir o caminar nunca le cansa, al contrario, le llena de una extraña energía, una euforia infantil que siempre le sorprende, en cambio, si se para, siente el agotamiento, la pereza, la vida brilla menos.

Llega hasta una poza grande y redonda con una ruina extraña que sobresale en medio y nunca ha sabido que pudo haber sido en otro tiempo, tal vez un pilar de puente o los cimientos de un viejo molino cuando el cauce era otro muy distinto. Al segundo lance clava. Una pelea bonita, con carreras intensas y hasta un salto. Hace una foto al pez y  al volver al agua pega otro salto. Piensa que debe haber barbos con alma de salmón. Sigue caminando, ya siente el frío en todas las esquinas pero no le importa. Con leña de arrastre, en medio de una playa solitaria, hace una hoguera. Durante un rato, sentado sobre un tocón lavado por mil riadas, deja que el fuego le temple un poco. Recuerda “el verano” de Albert Camus, escrito en el oscuro invierno bélico de 1940, un librito de pocas páginas que suena y calienta como una hoguera grande: “En medio del invierno, descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; dentro de mí hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta”. Veinte años después es ya un escritor conocido en todo el mundo, querido, admirado, leído, releído. Pero un coche es una máquina muy peligrosa y la vida es esa cosa frágil que se deshace por cualquier torpeza, enfermedad o azar. Entonces, antes de lanza otra vez el señuelo, se dice: Bebe, respira, acaricia mientras puedas ese verano invencible…



domingo

MODERNO DE PUEBLO


El campo, el agro, el monte no es sólo un paisaje o un espacio natural agradable, sano y “rústico” que usan los urbanitas para olvidar las angustias, las prisas y el mundo inerte de cemento y asfalto que son las ciudades. Fuera de las urbes, en los pueblos, en el campo, en la España vacía o “vaciada” viven y trabajan personas, ese paisaje pintoresco es su hogar, ese campo cultivado es su casa, en ese entorno tan natural y bucólico viven cada día. Desde hace un siglo, pero sobre todo en las últimas décadas, la España rural se ha despoblado de forma acelerada ante la falta de trabajo, futuro, servicios sanitarios y educativos, buenas redes de comunicación y la dureza de vivir allí frente al confort y la modernidad con la que se ha vendido siempre, ahora más, lo urbano.
Sin embargo millones de personas no han querido migrar a ninguna ciudad, han preferido el agro, desean seguir viviendo y ver crecer a sus hijos en el pueblo, puesto que pagan los mismos impuestos que un urbanita quieren tener la misma calidad y similar facilidad de acceso a los servicios públicos, a la sanidad, la cultura, las telecomunicaciones e infraestructuras que se ofrecen en las áreas densamente pobladas. Sus exigencias y reivindicaciones son justas, solo reclaman sus legítimos derechos. La UE tiene muy en cuenta la necesidad en la Europa del futuro de “un equilibrio en la garantía de la igualdad de oportunidades, de desarrollo vital para todos los ciudadanos, con independencia de donde vivan”, pero esa frase bonita no se sustancia en ningún cambio relevante. Tienen en su contra que son menos, que hasta hace pocos años estaban divididos y desconectados en esta lucha, que están lejos de los lugares en los que los medios de comunicación dan altavoz e imagen para poder multiplicar la intensidad de sus denuncias y reivindicaciones, además el poder, los poderes, los parlamentos, consejerías o ministerios nunca tiene sus grandes edificios en un pueblo y aunque esos poderes ya estén en Internet al alcance de cualquier terminal, muchas veces ni siquiera Internet allí, en el pueblo, es fácil o posible. La situación es especialmente grave en esos casi cinco mil municipios, el 61% de los pueblos, de menos de mil habitantes, que representan sólo el 3% de la población del país. La situación es de verdad difícil para ese millón y medio de personas que viven en esos pueblos, que quieren seguir viviendo allí, pero que están siendo empujadas a abandonar sus hogares porque vivir en un lugar sin servicios siquiera comarcales se está convirtiendo en un acto de dura y ya insostenible resistencia.

Pero también tienen en contra la total desconexión, comprensión e interés que tienen los habitantes de las ciudades por la gente del campo. Los habitantes de las urbes quieren un campo “bonito” y que además les produzca “ricos y saludables” alimentos, pero no quieren saber nada del cómo, del quienes o el por qué. Además la propia imagen del campo y de quienes allí viven o de cómo se producen los alimentos hace ya mucho tiempo que es un estereotipo, un cliché, un tópico, una fábula. Nada tiene que ver el amor al agro, al campo al monte con señorito con rifle y loden, la marquesa posando ante el tapiz de perdices de ojeo, el galgo ahorcado, el elefante muerto o el energúmeno de extrema derecha que pide su voto al nuevo señor Cayo prometiendo defender su afición como cazador de pueblo… No quieren ser urbanícolas de campo, ni neorurales a tiempo parcial, ni modernos de pueblo, ni paletos, cazurros o Azarías y señoritos Iván si no lo que son ahora, gente corriente y diversa a la que le gusta su forma de vida, su ritmo más tranquilo, su hogar y su pequeño pueblo sin idealizaciones ni añoranzas románticas ni poses a lo Thoreau. Gente que mantiene la conexión con el origen de las cosas que comemos, que saben que detrás de un filete hay un ternero, un cabrito o un cerdo y detrás de un tomate o un pimiento, por desgracia cada vez más barato en el mercado, hay mucho trabajo e inteligencia. Soy de pueblo, tal vez "soy moderno de pueblo". Nos vemos hoy en Madrid. (en la foto, de hoy: frutos de un almendro y de un olivo acebuche de un huerto abandonado de Extremadura)

lunes

GREDOS


A la derecha la solana, al izquierda la umbría. Acariciamos alguna trucha y sobre todo este tiempo hoy por fin soberano, libre y bien compartido con mi hijo el pescador y otros amigos. Picos de más de dos mil metros separan estos dos peces. Un gran macizo de granito que para las nubes atlánticas y convierte la vertiente sur en un pequeño y discreto paraíso en el que se dan muy bien los cerezos, los naranjos y otros árboles casi tropicales. Pero hace ya algún tiempo, dicen que más de trescientos cincuenta millones de años, todo esto era plano y estaba cubierto por el agua del mar de Thetys. Luego la tierra se plegó como una servilleta empujada por dos manos y magmas fundidos, cristalizados a gran profundidad, formaron durísimas rocas de granito que se elevaron hasta inventar estas imponentes montañas. Dicen que los Vettones las denominaron “Gredos” o puede que su bautizo fuera romano, de “cretum”, crecidos o encumbrados, porque sus picos suben con gran inclinación hasta el cielo. Hacia el norte chorrea de las nieves el río Tormes que llegará hasta el Duero, hacia el sur vierte el pequeño torrente Arenal que desaparecerá en el Tiétar. Entre medias un gigantesco paredón de roca maciza, algo de nieve y hielo y dos climas distintos. En el Arenal la primavera ya ha explotado, en el Tormes el invierno aún toca las plantas. Hemos subido a los picos de Gredos muchas veces pero sobre todo nos gusta caminar por las orillas salvajes de todos sus torrentes, mojarnos con sus agua, sentir que todo esto siempre fue mi casa aunque nuestra fragilidad no pueda compararse con todos estos cantos rodados de granito pulido que miles de días de lluvias y crecidas embellecieron para nadie. Vuelven las truchas al agua y los pescadores vuelven a su baile precario saltando entre las piedras. Los pitagóricos asociaban la belleza a las matemáticas, la simetría, cierta armonía invisible o visible que fabrican los números cuando se mezclan con las cosas del mundo. Pero también hay belleza en el caos, en todo este paisaje en el que nada se repite y cada roca es única y rara. En contraste, las truchas sí saben hacer ecuaciones y gráciles geometrías, construyen en su librea manchada los nombres de todo el infinito de su estirpe, luego nadan muy deprisa, se esconden otra vez en la sombra. La belleza del agua es otra cosa distinta. Hay algoritmos que fabrican su mágico fluido para que en una película parezca de verdad un paisaje con mar, una tormenta furiosa o un río desbordado, pero el agua de verdad no son ceros y unos, y puede tocarte, está helada, tiene aún memoria de nieve. El agua de verdad puede beberse y gracias a ella los pescadores y las truchas seguimos en la vida, el otro agua es solo ficción, artificio, juego, nada.


miércoles

CONFÍN


Pescar en los confines del norte es inquietante, intuyes cosas, no hay cercas o si las hay puedes pasar, acampar, hacer fuego y asarte un pez allí mismo. La gente no es simpática (no sé si tímida o arisca) pero comparte la información sobre la mosca que funciona, el recodo donde hay grandes truchas o la botella de aquavit hasta que se acaba. O te pide unas truchas de las que has pescado porque ha encontrado la tienda cerrada y no tienen nada para cenar. El dueño del Loft de pesca no deseaba tener o alquilar más cabañas porque no quería ganar más ni que viniera por allí más gente (que le hubiera hecho ganar mucho más dinero). Los grandes bosques son comunales y se explota la madera de forma sostenible. Los impuestos son altos pero los servicios públicos son envidiables.

La tierra es dura en Islandia y Finlandia. Meses de hielo, agricultura extrema, ganadería precaria o de animales semisalvajes, caza y pesca como recurso vital, recolección de frutillas en verano… En el siglo XIX los pueblos que habitaban estas regiones no eran las naciones desarrolladas y ricas que son hoy, eran muy pobres pero ya entonces tenían la voluntad y la costumbre de ser igualitarias.

Es una sorpresa descubrir que fueron las duras tierras siberianas, escandinavas y sobre todo finlandesas en el verano de 1871, las que le descubrieron al científico,  geógrafo y viajero que entonces era Kropotkin que “el mal” no era tanto la pobreza como la desigualdad. Finlandia no había sufrido el feudalismo. A pesar de la gran pobreza, los fineses practicaban una vida simple basada en la ausencia de los malsanos hábitos lujosos individuales que sin embargo propiciaban el “lujo comunal” de compartir en la escasez, ayudarse en los trabajos cuyo fin beneficiaba a todos y no acumular o acaparar de forma individual con el fin de propiciar el mercadeo sino almacenar, si era posible, para el común. Y fue en un lugar similar y por las mismas fechas cuando Willian Morris, mientras atravesaba Islandia en burro, escribió que “aprendí la lección, espero que indeleble, de que la pobreza más absoluta es un mal insignificante en comparación con la desigualdad de clases”

Curiosos compañeros de viaje: volví a “el apoyo mutuo” de Kropotkin gracias al biólogo Stephen Jay Gould, que a su vez matizó muchos temas del primitivo evolucionismo darwinista, como que muchas, muchas  veces no hay una “despiadada lucha del más fuerte” sino diversas formas de “cooperación entre especies”, además del puro azar que hace que una mutación sea una oportunidad en un momento determinado lo que provoca que ha veces se aceleren los cambios y otras veces se ralenticen, pero esa es otra historia. Los “instintos cooperativos” en la naturaleza ya los había estudiado y presentado en 1975 el zoólogo Karl Fiódorovich Kessler dudando del hobbesiano “bellum ómnium contra omnes”. Hoy, claro, también Islandia y Finlandia son sociedades capitalistas, pero es posible que sean las primeras que se salgan de este carro que va hacia el precipicio. Tienen aún en su memoria el cómo.
Practicamos en Laponia ese lujo comunal y alguna trucha asada. La abundancia de peces, la pureza del agua eran lo normal, como normal era la maravilla.

 

viernes

TOPOS


"Topos", del griego τόπος, "lugar", escrito en los caracteres de origen fenicio que trajo, según el mito, Cadmo, hermano de Europa, junto con el arado, la fundición del bronce y la agricultura… Cadmo, el que mató un dragón, que entró y volvió del infierno como Dionisio o Heracles y amó a Harmonía. Los fenicios eran así, rumbosos, culos de mal asiento, viajeros impenitentes, dibujantes de mapas, ladrones y comerciantes. Hoy se dice que es posible que llegasen a América antes que los vikingos y que Colón. Tras caminar mucho tiempo vuelvo con E. a unas ruinas antiguas y buscamos en viejos y nuevos mapas su certeza. El lugar ¿poblado?, ¿villa?, ¿templo? ¿tumba? no está en ninguno. ¿Quizá en algún mapa perdido que estuvo escrito con la grafía que nos regaló Cadmo sobre un delicado papiro?

El pescador vuelve otra vez a los escritos de Walter Benjamin: “El hombre que se limita a hacer inventario de sus hallazgos, sin lograr establecer la ubicación exacta en que han sido almacenados esos antiguos tesoros en la tierra de hoy, se escamotea a sí mismo la más rica recompensa. En este sentido, para los auténticos recuerdos, es mucho menos importante que el investigador los reporte a que señale con precisión el sitio donde se hizo con ellos.” Por eso el pescador señala aquí, con precisión, el sitio donde se hizo con todos sus tesoros, el lugar de la tierra, "τόπος". Aunque no desvela su nombre ni escribe las coordenadas sino el lugar en el mapa de su vida caminadora. Benjamin indagó en la vida como un mapa. La vida dentro de una geografía. La vida dentro de los territorios que pisamos, los caminos que transitamos y cuánto, porqué, cómo, cuándo fue. Caminos que al final se convirtieron en sendas de tanto recorrerlos durante años, otros perdidos en la maleza, algunos de los que nos salimos para ir por otros lugares, otros pendientes de tocar, soñados. La vida como esos lugares, los viajes hacia ellos, nuestro atlas. Esa "topo-grafía" se mantiene en la memoria. Incluso cuando nos perdemos dibujamos un plano de ese nuevo territorio que quizá no cruce ningún puente de Königsberg. En su mapa hay muchos ríos con y sin puentes. Está lleno de agua y muchas veces va caminando por dentro, pero hasta esos caminos trazados por el fondo se graban en el cerebro y los recuerda con la nitidez de una senda abierta en una pradera. Este domingo vuelve a algunos de ellos. Regresa al mapa para seguir dibujando detalles y líneas, colores y texturas, nombre de lugares. Y siente lo mismo que cuando abría de niño un gran atlas y pasaba el dedo deseando estar ahí. 

Hoy pasa de memoria el dedo por ese mapa y cuenta los días para estar allí de nuevo. 


lunes

PUENTES



Los billetes de euro están llenos de puentes porque simbolizan la unión y las posibilidades de fácil comunicación entre los pueblos de Europa. El Gran Tajo sirvió de confín muchas veces. En el 400 a.C. se comenzaba a construir la gran muralla China, Alejandro Magno conquistaba el Imperio Persa, la Atenas de Pericles florecía y el río no lo había cruzado aún ningún puente sólido. Mucho, mucho más tarde Estrabón, Plinio el Viejo, Tito Livio, Justino… se atrevieron a describir de oídas como eran los pueblos que bebían del Tajo y lo cruzaban en barca, a caballo o a nado. Roma fue quien construyó por fin docenas de puentes pequeños y grandes, funcionales, sólidos, imponentes, intrépidos, bellísimos. Facilitaron el paso, el comercio, los viajes y duraron muchos siglos hasta que los franceses durante la ocupación los volaron. Algunos luego fueron reparados y más tarde acabaron olvidados, sumergidos bajo el agua turbia de los embalses, apenas rescatados en dibujos o en fotografías. El hormigón y las carreteras de asfalto borraron su memoria, pero me han dicho que la vida del hormigón armado no supera los cien años en el mejor de los casos.  A veces, cuando hay grandes sequías, aún afloran estos puentes, sus arcos, sus pilares. Pero ya no pasa nadie. Se borraron los caminos que llevaban al agua. Las orillas del Tajo están llenas de ruinas de molinos, refugios derrumbados, puestos de barquero, pesqueras medio deshechas. Todo eso ya está bajo el agua salvo en el alto Tajo. Muchas gente vivía junto al agua y del agua. Muchas veces me encuentro esos puentes que aún aguantan en los más pequeños de sus afluentes y cuando los utilizo para cruzar un río imagino a quienes los diseñaron e hicieron, cómo era aquel tiempo y el valor de poder cruzar seco y con facilidad cuando el río venía alto y frío, cuando los caminos se hacía a pie y no había más luz que la lumbre.
Hay barbos grandes merodeando bajo los pilares del puente, cientos de coccinélidos aguardando a calentarse para volar, almendros abandonados llenos de flores y por fin nubes. 


viernes

PRIVILEGIO



Me gustan los animales esquivos como el lince, la cigüeña negra o la nutria. Cuando los he tenido como compañeros de río sabía que el paraje era de verdad salvaje y pocos humanos andaban cerca. El pescador sigiloso se encuentra con mucha fauna en sus nomadeos por las aguas. Durante muchos años tuve de vecino de río a un “gran duque” enorme que salía de su agujero en la roca y me pasaba volando a menos de un metro del sombrero, a un águila real que año tras año tuvo su pollada con orgullo sin importarle el pescador que lanzaba en su poza el señuelo, una cigüeña negra que sacaba con éxito cuatro cigüeñinos todas las temporadas en un nido a dos metros del agua y a una diminuta comadreja a la que sorprendí algunas tardes espiándome curiosa sobre el paredón de un molino derruido. Es también muy frecuente sorprender a jabalíes y corzos, zorros y tejones, azores cazando, garzas, ánades y todo tipo de fauma menuda amante del agua como el mirlo de agua o el martín pescador.

No humanizo los bichos, aborrezco al señor Disney y a toda su parentela de “animales-persona”. Si acaso me quedo con Samaniego o con Kipling que, otorgando carácter humano a las bestias, entendían su ética y su estética. Tampoco me parecen más simpáticos o humanizables los mamíferos que los insectos, me merece igual cuidado una golondrina que una garrapata, admiro por igual la belleza de un corzo que la de una anodina polilla o un abejorro negro. Puedo matar de un manotazo un mosquito que me está picando o devoro con gusto un conejo salvaje al ajilllo, pero me interesan ambos igual que el elegante león del documental o el bellísimo orangután de Borneo. Es cierto que hay animales numerosísimos cuya extinción nos parece dificil y otros, en cambio, ya están condenados a desaparecer aunque queden un puñado de ellos aún libres, Pero unos y otros son igual de admirables y maravillosos a los ojos de una biólogo aficionado o de un niño curioso. Claro que a veces ocurre lo contrario. La paloma migratoria americana nublaba el cielo en bandos compuestos por millones de individuos y el bisonte, en cambio, parecía que se extinguiría sin remedio. Hoy la paloma migratoria no existe y las poblaciones de bisontes gozan de buena salud. De la extinción de la paloma migratoria y de la recuperación del bisonte americano los únicos responsables somos nosotros. A los ojos de cualquier biólogo la única amenaza planetaria, la única plaga isidiosa es la de los sapiens, somos de lo peor para el resto de especies.


Pero no quiero irme lejos... Estaba con el lince, la cigüeña negra y la nutria. Sobre todo la nutria que me ha acompañado siempre en los ríos que más he querido durante toda mi vida. Las he visto desde niño retozar, jugar, pescar peces, comer con delectación cangrejos, nadar, chillar, pelearse y observar a aquel tipo intruso metido en sus aguas. Muchas veces se asustaron y desaparecieron de mi vista en un segundo bajo el agua. Otras en cambio se acercaron más o menos curiosas, más o menos prudentes. Vivir estos instantes es un privilegio. Hemos conseguido entonces ser "el hombre invisible". Sabemos que estamos pescando aguas limpias, paisajes salvajes, lugares poco transitados que los sapiens han respetado por olvido o ignorancia o desidia, muy pocas veces por conciencia conservacionista. También estos instantes nos dicen que tal vez no seamos buenos pescadores pero al menos somos sigilosos, alborotamos poco, tenemos cuidado en confundirnos con el entorno y ser un bicho más.

El sábado no estaba con mi hijo el pescador, se quedó en Madrid porque tenía obligaciones, exámenes, cosas que estudiar, inquietudes juveniles. Eran las nueve de la mañana y supongo que con la visera, las gafas polarizadas y metido en el agua y la hierba hasta la cintura yo era para la nutria “poco humano”, un animalejo bien raro. Ella siguió su camino, chillando su monólogo matutino y yo seguí el mío tras los peces. El paraje era bellísimo, cantaban las perdices, me ladraron dos corzos, pasaba arriba y abajo mi querido martín, tuve reunión de galápagos y me pelee con unos cuantos barbos.

Gracias doña nutria, gracias don barbo -  que diría Samaniego.




jueves

PEGOTE


Dejo la caña junto a cerámica rota. Sopeso en la mano un pegote de hierro fundido con el que tal vez pensaban fabricar ¿espadas o anzuelos? ¿Tartessos era entonces un mundo feliz? ¿los extraños pueblos neolíticos que ya construían elegantes barcos para cruzar el Mediterráneo soñaban otro futuro? ¿el gran Imperio Romano que duró quinientos años imaginó quedar convertido en cuatro piedras rotas y desgastadas al pie de un embalse verdoso? ¿qué hace aquí, en medio de Extremadura un escarabajo egipcio? ¿no es el pequeño escarabeo un ejemplo perfecto de globalización? ¿Cómo se sintieron los iberos cuando llegó esa multinacional económico-cultural-bélica llamada Roma S.A. a cambiarles, mejorarles, destruirles la vida? Dice mi amigo Jordi Faba que siempre ando mirando hacia atrás, que siempre pongo un pie lejísimos para comentar este desolador presente.

Un grupo de barbos se mueve con pereza entre los árboles sumergidos. Me subo a una gran piedra que forma parte de un muro, tal vez de un templo, para lanzar mejor y alcanzarlos con mi bicho. Uno cambia de dirección y toma el escarabajo con pereza. Al otro lado del agua, en la orilla de en frente, se ve con claridad una urbanización de lujo, ridícula y presuntuosa, que ha ocupado una pequeña península artificial fabricada por las aguas del embalse ¿Quedará menos y en menos tiempo que de este gran muro de granito rajado? Los más avisados ya están huyendo de “la isla”. Nadie pagará por la destrucción perpetrada. Nadie paga por ninguna destrucción salvo esa palabra ya extraña y lejana que se escribe: “nosotros”. Dice mi amigo Jordi que siempre soy pesimista, funebrista, derrotista. Es lo que tiene pescar tantas veces junto a ruinas que hace miles de años eran una propuesta humana de paraíso.

Hoy "el cadáver" de nuestra civilización ya está muerto, aunque todavía ande por ahí quemándolo, gastando, degradando todo, agotando lo que queda igual que el zombi. Hasta el menos imaginativo y obtuso de los ciudadanos puede ver este presente corriendo hacia la destrucción de la naturaleza salvaje, este futuro ya tan cercano en el que el calentamiento global nos vuelva aún más egoístas, miedosos y caníbales. Pero el fin del capitalismo no lo vemos. Esta fábula maravillosa denominada: el “realismo capitalista de hoy”, nos sugiere un sistema indestructible en el que la ciencia y la tecnología siempre lo podrá reconstruir todo y todo lo promete arreglar para que sigamos dándole a la máquina de derrochar vidas, incluida la nuestra. “No hay alternativa” decía Thatcher y ahora Trump y aquí cualquiera de sus actuales compinches neoliberales del nuevo imperio derechil. No hay alternativa, los ríos deben seguir así, atascados, sucios y secos para que esta modernidad y esta forma de progreso siga rulando...

Ayer revisábamos las viejas fotos del "vuelo americano del 56". Contemplar este río bronco, rápido y entonces libre desde el cielo nos parecía algo tan increíble y remoto como descubrir un nuevo planeta en el confín de las estrellas. Entonces el país estaba subdesarrollado pero los mejores cerebros de la dictadura ya planificaban destruir para ganar, malvender para enriquecerse, expulsar para apropiarse. Igual ahora, sin la excusa de Franco. ¿Dónde se esconde nuestra imaginación y nuestra capacidad colectiva para cambiar esta realista, retorcida y sucia destrucción? Me viene a los dedos Fredric Jameson... Trabajo precario y vida precaria, cultura de consumo y consumo de cultura, precisas burocracias salidas del cuento de Kafka, ese mercadillo callejero llamado educación, ese Gran Hermano en cada chisme portátil, esa forma de hacer política sádica de CEO de empresa especulativa, esas millones de personas grilladas que se curan tomando pastillitas y viendo teleseries... o, como yo, escapándose a pescar por unas horas, huyendo durante algún tiempo del espanto.

Nos sentamos a descansar junto a desmoronadas habitaciones que hace miles de años protegían tal vez el cuidado, la ternura y la esperanza de una familia cualquiera. Dentro de pocas semanas todo estará cubierto de nuevo por el agua. Veo otro gran barbo acercarse. Ya sólo contemplar su merodeo curioso me llena de dicha. De tristeza. Dentro de miles de años, en lugar de un pegote de hierro, alguien encontrará por aquí un pegote de plástico y ningún pez.