viernes

EL CARVER PESCADOR


¿Literatura y pesca? Desconozco si existe algo de esto en España salvo Miguel Delibes, que tampoco se prodigó mucho ni fue más allá de un bonito diario de pesca titulado “mis amigas las truchas” que hoy tiene un agridulce valor histórico. ¿Será que los pescadores españoles son poco lectores?... más allá de rebuscar en Internet lecturas técnicas de lanzado, montaje de moscas, nuevas cañas y chismes o como ir a ríos secretos aún sin esquilmar… Porque las revistas también son escasas y dentro de ellas brilla por su ausencia cualquier texto que no sea un pie de foto o un articulito de esos técnicos y de no más de quinientas palabras. Tal vez la respuesta a la pregunta se debería dividir en tres: en España hay pocos lectores. En España hay pocos pescadores. De las dos cosas menos.

Y aún menos poetas pescadores (o pocos pescadores poetas). Algo muy distinto a lo que ocurre en otros países con una tradición de pesca deportiva (y de lectura) más antigua como Gran Bretaña o los Estados Unidos donde no hay poeta que no tenga un poema sobre pesca, ríos y truchas. Hace años, cuando comencé a leer los cuentos de Raymond Carver y luego sus poemas, descubrí con asombro que en muchos de sus versos se hablaba de pesca. En este enlace hay algunos de los poemas de pesca más conocidos (desconozco si están traducidos al español)
Mi tocayo Raymond tuvo una vida parecida a una pocilga. Dura como tantas personas de la clase baja americana, sin recursos, con padre alcohólico, luego él mismo padre casi adolescente con su novia del instituto y el mismo alcohólico casi terminal, endeudado, sin dinero para comprar comida o calentar la casa hasta que a los cuarenta salió del agujero por su forma de contar y ver la vida. Me gusta muchos de sus versos, pero de entre todos ellos me gusta un fragmento de este titulado: “Where Water Comes Together with Other Water” No habla explícitamente de pesca como en otros, pero cualquier lector/pescador puede entender que quién habla es el Carver por fin feliz, enamorado de los ríos trucheros, liberado ya de su alcoholismo. Comenzaba a publicar, tener lectores, vivir de sus libros. Volvía a estar enamorado y salía muchas veces a pescar en los arroyos y ríos de la Península Olímpica cerca de Port Ángeles.

I love creeks and the music they make.
And rills, in glades and meadows, before
they have a chance to become creeks.
I may even love them best of all
for their secrecy. I almost forgot
to say something about the source!
Can anything be more wonderful than a spring?
But the big streams have my heart too.
And the places streams flow into rivers.
The open mouths of rivers where they join the sea.
The places where water comes together
with other water. Those places stand out
in my mind like holy places.
But these coastal rivers!
I love them the way some men love horses
or glamorous women. I have a thing
for this cold swift water.
Just looking at it makes my blood run
and my skin tingle. I could sit
and watch these rivers for hours.
Not one of them like any other.
I’m 45 years old today.
Would anyone believe it if I said
I was once 35?
My heart empty and sere at 35!
Five more years had to pass
before it began to flow again.
I’ll take all the time I please this afternoon
before leaving my place alongside this river.
It pleases me, loving rivers.
Loving them all the way back
to their source.
Loving everything that increases me.

Me fascinan los arroyos y la música que crean.
Y las corrientes, entre prados y cañas, antes
de tener oportunidad de convertirse en arroyos.
Me fascinan sobre todo
por su sigilo.¡Casi olvidaba
decir algo de las fuentes!
¿Hay algo más hermoso que un manantial?
Pero también me encantan las grandes corrientes.
Las bocas abiertas de los ríos cuando se unen al mar.
Los lugares donde el agua se une
a otras aguas. ¡Conservo esos lugares
en mi mente como si fueran sagrados!
Me gustan como a otros les gustan los caballos
o las mujeres atractivas. Me pasa una cosa
con esa agua fría y veloz.
Sólo con mirarla se me acelera la sangre
y se me eriza la piel. Podría sentarme
a mirar estos ríos durante horas.
Ninguno es igual.
Hoy tengo 45 años.
¿Me creería alguien si le dijera
que una vez tuve 35?
¡Mi corazón seco y vacío a los 35 años!
Tuvieron que pasar cinco años
antes de que empezara a latir de nuevo.
Me tomaré todo el tiempo que quiera esta tarde
antes de dejar mi sitio en la orilla del río.
Me gustan, me encantan los ríos.
Me encantan desde su nacimiento.
Me encanta todo lo que me hace crecer.


Desde siempre mi hijo el pescador me ha visto leer a los poetas y en mi casa hay una buena sección de poesía que se ha ido acumulando a lo largo de muchos años pero no recuerdo que haya, de entre todos los libros de poetas españoles, un solo poema en el que haya ríos y truchas. Le paso entonces los poemas de Carver en inglés y se sorprende por son muy sencillos y limpios y le gustan.


miércoles

ANZUELO DE NÁCAR


Es la fotografía de la punta de un anzuelo de hace 23.000 años, fabricado en nácar de caracol de mar y descubierto en una excavación en la Cueva de Sakitari en Nanjo, Okinawa. Puede ser el anzuelo más antiguo del mundo. El anzuelo nos habla de pescadores, de las técnicas de pesca en el remoto paleolítico, del arte de fabricar un anzuelo pequeño para pescar al que tendrían que atar un sedal y detrás del sedal la mano ¿o quizás una caña? Sabemos bien poco de cómo éramos entonces. Fabricar un anzuelo de nácar no debe ser un trabajo fácil ¿quiénes de nosotros sabríamos fabricar uno efectivo?.

Tramo bajo de la garganta de J. a unos cientos de metros de la desembocadura en el T.  Llevo bajando a estas orillas desde los diez años. Hasta hace quince años era un lugar con los fondos limpios, con mucha vida larvaria bajo las piedras y una enorme abundancia de peces: bogas, barbos, cachos, truchas… Ahora no. Apenas veo un pez y los fondos esta llenos de un fino limo oscuro. También el nivel del agua ha bajado mucho porque la mitad de este agua sirve para reforzar un canal de riego pero no parece que sea esta la causa de la repentina esterilización de la garganta. Además se supone que todos los pueblos que están por encima depuran sus aguas residuales y apenas hay industrias contaminantes. Supongo entonces que son los fitotóxicos que se utilizan en la agricultura del tabaco y los frutales. El río ahora está prácticamente muerto pero no importa a nadie.
En la poza del Buho (“Bujo”, si queremos pronunciar bien en extremeño) toco un par de buenos barbos que pelean bien duro ¿Serán los últimos supervivientes del desastre? Cuando los libero y se van les deseo buena suerte. Les hemos jodido su mundo de agua, su universo entero. Luego, de vuelta a casa lo pienso mejor. También el nuestro. Vuelvo a recordar las palabras del escritor e ingeniero Juan Benet: “Al río hay que dominarlo y si no se deja, hay que darle para que entienda quién es el amo”. Así nos va.
Ya no fabricamos anzuelos, sólo matamos ríos.


jueves

BARBO DE ORO


Entre los objetos del tesoro del Oxus que están en el Museo Británico de Londres, (de época aqueménida 550 a.C. - 330 a.C.) me llamó la atención este pez. Fue hallado en 1880 en la ribera norte del río Amu Daria en Tayikistán.
Un pez de oro, ¿tal vez un barbo?, de las diversas especies que poblaban entonces esos ríos remotos. En España los griegos ya estaban en Ampurias y Rosas, los cartagineses llegaban a Cartagena y Alicante. En el interior unos pocos pueblos Iberos y Celtas vivían dentro de un gran espacio de tierras y ríos salvajes.

Un pez de oro que guardaba aceite perfumado. Fue vendido en bazares de Pakistán y luego “pescado” por el anticuario inglés Augustus Wollaston Franks que lo legó al Museo Británico en 1897. El tiempo es bien extraño. Los objetos duran siglos, las personas mucho menos, sólo lo que duran sus vidas y luego lo que duran sus nombres, lo que hicieron, su legado en la memoria de otros. ¿Sería Augustus Wollaston pescador a mosca? Es posible, debería investigarlo. Sin duda sentiría una rara emoción al sostener a este barbo por primera vez entre sus manos. Hoy nos acordamos de Augustus por el pez de oro, por su afición coleccionista y su generosidad en vida al donar el tesoro a un museo público.

Algunas veces, cuando he pescado un gran barbo he sentido sus escamas de oro. Luego, cuando ya se ha marchado a lo oscuro, he sentido la rara emoción de haber tenido el privilegio de tocar un tesoro. No tanto el pez como el momento y lo que me hacía sentir ese pez fuerte y hermoso.
Los aqueménidas gobernaron el Imperio persa y extendieron su dominio por Irán y Mesopotamia. Darío I el Grande reorganizó el imperio en satrapías hasta que la conquista de Alejandro Magno el 331 a.C. puso fin a ese imperio. Poco queda de toda esa historia. Un barbo de oro y unos cuantos libros que casi nadie lee. Otras guerras resecan ahora esas tierras.
Dentro de 300 o 500 años ¿cómo serán estos ríos donde pesco?, ¿quedarán aún barbos de oro? ¿pescadores? ¿aguas limpias? ¿será todo desierto? Siempre es más fácil el viaje imaginario al pasado que un viaje al futuro. ¿Le gustaría a Darío o a Alejandro pescar en el Amu Daria, el Tigris, el Eufrates, el Nilo? 

viernes

PADRE TAJO

Querido hijo pescador, esta es una historia antigua, imprecisa y extraña. La de un bisabuelo para mí, tatarabuelo para tí, cuyo trabajo hoy nos puede parecer bien extraño, recorrer las tierras cercanas a su pueblo, o no tan cercanas, comprando y vendiendo mantas y otras telas de abrigo con una recua de buenas mulas murcianas. Su casa estaba en Valdeverdeja, un pequeño pueblo entre Toledo y Cáceres cuya linde era el rio Tajo, por entonces bronco, encañonado en cortes graníticos y pizarrosos que era muy difícil vadear, un río caudaloso y serio con rápidos broncos, remolinos y quebradas salvajes que en nada se parece al triste y manso río de hoy, encerrado en presas, enterrado y envenenado por miles de toneladas de cieno y pestilencia.
Pero estamos a finales del siglo XIX y a nuestro joven amigo le tocó, por pobre, ir de quinto a Filipinas. Un servicio forzoso ordenado por la parásita monarquía y sus fantoches militares. Conoció entonces el mar, la selva, otras lenguas y que el mundo, considerado por él muy ancho y largo cuando lo recorría para vender mantas con su recua de mulas, era inmenso y distinto hasta casi el infinito. Pero también conoció el horror sin cuento, la guerra más estúpida, enfermedades que consumían a los hombres entre fiebres negras y vómitos de sangre, la pura maldad disfrazada de grandes palabras como patria, imperio, destino, España… que utilizaba a los jóvenes humildes para hacer sus guerras y defender sus industrias y sus turbios negocios emboscados. De allí salió en el último barco en 1898 y apunto estuvo de ser uno de los pardillos del sitio de Baler, pero el azar le libró al menos de ese último desastre.
Tras un largo viaje en barco en condiciones de mala mar, hacinados, enfermos muchos, mal alimentados siempre, llegaron a un puerto y del puerto en un tren lentísimo con los dejó en Madrid abandonados, despreciados, delgadísimos, harapientos, destrozados por dentro y por fuera. Nunca recibirían pensión alguna tantos y tantos que llegaron muy enfermos, heridos y locos. Pero nuestro antepasado tenia suerte y recursos, los años de nomadeo desde casi los doce recorriendo los caminos de España con las mulas le habían entrenado en la dura vida de la intemperie. En el barco había leído viejos y sobados periódicos para entretener el tedio y en uno de ellos le había llamado la atención la proeza de un extraño capitán americano que había bajado el Tajo pocos años antes desde Aranjuez hasta Lisboa metido en un extraño traje flotante de caucho. Así que a nuestro intrépido muchacho no se le ocurrió otra cosa que hacer lo mismo en una pequeña y vieja barca redonda que compró a unos trasmalleros por un valioso duro de plata de Amadeo, toda su fortuna entonces. Llevó con él su sombrero de paja, la manta de campaña, una navaja grande, un plato de peltre con su cuchara, dos kilos de tasajo, medio saco de nueces, otro medio de arroz y unos aparejos de pesca y dos cañas de bambú que compró en una ferretería de la calle Toledo.
Supongo que necesitaba respirar. Necesitaba olvidar. Se montó en la barca en la misma orilla que da a la margen derecha del puente de Segovia mientras cientos de sábanas tendidas al sol le saludaban. Se dejó llevar por la mansa corriente medio dormido, medio despierto, hasta que llegó donde el Manzanares se fundía con el Jarama. Comenzaba a anochecer cuando vio que el Jarama se metía en el Tajo por debajo de la ciudad de Aranjuez. Un día después pasó Toledo. Dos días después Talavera. Al día siguiente llegó cerca de Valdeverdeja. No sé nada más de aquel intrépido antepasado nuestro. Nada sé de los detalles de su extraño viaje. Sólo que contó esta bajada a su hijo y su hijo al suyo y el suyo, mi padre, a mi. Mi padre me contó que su padre Teodoro aún guardaba en Madrid una de aquellas cañas de tres tramos con las que pescó en el viaje mi bisabuelo. Hoy sé que el Tajo de entonces era un río limpio, fuerte, caudaloso, difícil y he imaginado ahora ese viaje gracias a las olvidadas crónicas periodísticas del famoso capitán Boyton y a un deslumbrante capítulo del libro del gran Edward Abbey en el que describe su bajada por el grandioso cañón de Glen en una pequeña barca de goma pocas semanas antes de que fuera anegado también por una presa en el río Colorado. Yo siempre renegué de los planteamientos ciegos de Juan Benet cuando sentenciaba que: “Al río hay que dominarlo y si no se deja, hay que darle para que entienda quién es el amo”. Esa idea que luego se ha demostrado, si no totalmente falsa, si muy equivocada, la de hacer canales, pantanos y muros para domar los ríos, evitar inundaciones y convertir nuestros secanos yertos en vergeles. La lógica de exprimir y encerrar el río sin ningún miramiento propició que durante el siglo veinte hirieran de muerte a casi todos. Hoy nos quedan las presas, las cloacas, el agua contaminada, la peste. De la riqueza prometida poca y la que se genera, de pocos. Ahora piensan que todo se arregla con depuradoras, sistemas carísimos que dicen dejar el agua impoluta cuando las aguas salen de la depuradora cinco veces más sucias que la que tendría un río limpio. 

Pero no quiero darte la murga con mis militancias. Lee la maravilla de Abbey o las alucinantes crónicas del loco de Boyton, mira los dibujos infantiles que hizo Carduchi en 1641. El Tajo era entonces, aún a comienzos de siglo XX, un río bellísimo, utilizado por cientos de molineros, barqueros y pescadores. Mi bisabuelo bajó por él dejándose llevar por la corriente y hoy yo ya no podría hacerlo. Tu tatarabuelo bajo por el Tajo y el río le curó todas las heridas que le hicieron en un lugar remoto casi los mismos tipos que luego hirieron de muerte a su río. 

Tal vez un día imagine y escriba con detalle aquella aventura de mi bisabuelo. Tal vez algún día el Tajo vuelva a ser un río limpio. Y libre.

Enlaces interesantes:

Sobre los mapas de Carduchi:
http://www.ayto-toledo.org/archivo/imagenes/pym/planoriotajo/riotajo.asp

Sobre el capitan Boyton y su aventura: 
http://chajurdo.blogspot.com.es/2010/04/el-intrepido-capitan-boyton-el-ultimo.html


jueves

VAINICA


Parece el día crujiente, como recién hecho para morder una esquina y saborear lo dulce y lo salado. Los colores intensos se ablandan bajo el bosque de hojas nacidas hace un mes o quizá menos. El agua suena al lado y les enfría el aliento. Los días son ya muy largos y no hay nada delate o detrás que pese demasiado en sus historias.

Ha pescado desde el amanecer metido en el río sin cuidado y ha llegado al lugar de la cita un poco antes. No le importan las hormigas que le cruzan por encima, ni las abejas curiosas, ni el sol que le roza con fuerza ahora en el cuello. Ella baja por la senda Enredada en un vestido de flores como una campesina francesa de película y lleva la mochila gris con las viandas, la manta vieja y el cassette.

Recuerda bien el día a pesar de los años. El terciopelo del musgo como almohada, su voz cantando a coro con Vainica, la timidez precisa, más tarde tan pequeña, las palabras proponiendo viajes que luego nunca harían, el latido de su corazón midiendo después una larga siesta. Recuerda el sabor del vino y de sus labios, el cansancio que le hace abandonarse como jamás lo hará luego en su vida, sus manos haciendo los bocadillos y él contando la aventura, la trucha que se fue, el color del agua justo en el borde en el que se hace más oscura, el brillo de la lucha y la complicidad malvada de unos helechos donde se enredó el sedal.

Luego se fueron juntos, anocheciendo ya, ella con su disfraz de campesina de peli de Chabrol y él con el de pescador casi adolescente. Subieron por el bosque de alcornoques, cruzaron por unos cerezos con las flores ya en el suelo. Mañana era domingo. Quedaron después tarde para beber cerveza en el pub Luna. Volvió a sonar allí una canción de Vainica y se sintieron cómplices de tanto azar propicio y tanto porvenir.

Tanto años después, pescando esas orillas, él siempre los ve en ese momento, compartiendo la vida y la manzana, el vaso y el abrazo, el ronroneo del agua en el futuro. Ya no sabe quién es o dónde estará ella pero le sale tararear aquella cancioncilla y mirar en la sombra donde se fue la trucha y probar suerte.



DESCRIBIR



Luchar con una buena trucha, en una tabla grande, honda y con corriente, metido en el agua, con una caña ligera y muchas ganas de disfrutar cada instante.

Sentir el sol a veces en la espalda y a veces la sombra verde de los sauces, descubrir que los pies saben dónde de pisar y cómo, sentir que el río es casi el mismo y tu, más viejo, también allí eres el mismo sin el casi.

Suena el freno y el sedal corta el agua. No se rinde el pez, conoce bien el agua, quiere llevarte al hueco que hay debajo de la espuma y luego a las raíces sumergidas y luego descolgarse tras la cadena de raseras, corriente abajo.

Te sientas a mirar su piel, el brillo del agua, el musgo de las piedras. Ya libre la trucha te tomas tu tiempo para volver a pescar. Saboreas lo que nadie ha visto y casi ninguna palabra podrá describir.


PIEDRA PINTADA


Humeaba la hoguera. Echó más leña seca y más hongos parásitos que desprendían antes de arder un humo acre y espeso que ahuyentaba a los zancudos y a los azaras. El pescador recoge el sedal y se deja caer desde el entablado. El agua está fría y turbia por las lluvias pero el hombre se deja llevar por la suave corriente unos metros hasta llegar al talud que da al antiguo camino que sube a la facenda. Su cuerpo no teme los dientes de las pirañas, ni los aguijones de las rayas o las descargas de las anguilas eléctricas. Sólo teme salir del agua y tener que repetir las palabras que ha escuchado. Hacer una maleta con sus trajes de falso indiano. Volver.
No quisiste ir a México o Buenos Aires donde tus amigos te hubieran ofrecido un exilio cómodo, ni los consejos de Casals o la oferta de Cernuda y de Ramón Sender para trabajar de profesor a los Estados Unidos. Tuviste que elegir este lugar perdido en medio de la selva junto a un pequeño río que no viene en los mapas.  Comenzaban los años cuarenta. Acababas de recibir dos ofertas de trabajo de lujo para un exiliado no adscrito a ningún partido. La posibilidad de ser profesor de griego en la Universidad de Buenos Aires y otra oferta de tu amigo Sender para ir a Nueva York, pero entró Valentín en la habitación del hotelucho con aquel papel lleno de sellos y unos planos amarillentos, los ojos brillantes de ilusión y vino, la fiebre de haber encontrado un lugar en el mundo.
—He comprado tres mil acres de tierra y una concesión para extraer oro, ¿por qué no te vienes conmigo?.
No lo pensaste, dejaste la oferta de la universidad y la carta de Ramón en la mesilla de aquel hotel. Tampoco tenías allí nada ni nadie que te atase más que un montón de exiliados todavía metidos en peleas ideológicas o por el reparto del patrimonio del Estado sacado de España. Ordenaste tus cinco camisas, tres pantalones y un impermeable caro que te había regalado Chaves, dos o tres libros, varios cuadernos de notas. En Boca do Acre os encontrásteis con el desconocido socio de Valentín, un tal Gonçalvez que ya tenía cargadas las canoas con todo lo necesario para instalaros y mientras ellos hacían las compras de última hora bajaste a la orilla del río Acre. Debían ser las nueve de la mañana pero el sol ya quemaba la piel. Varios botos rosados salían a respirar a pocos metros del muelle donde estaban las embarcaciones. La corriente del río arrastraba árboles enteros y almadías de maleza sobre las aguas terrosas, casi podías tocar los delfines con la mano y no pudiste resistir la tentación de meter los pies en esa agua que parecía espesa como sopa de tapioca. Los delfines se acercaron y tocaron tus pies con sus morros. Entonces, tuviste la certeza de que aquellos ríos turbios, la floresta impenetrable, el sol violento que te quemaba la cara, las lluvias torrenciales que llegaban cada tarde, serían tu hogar. No importaba que tu cuerpo hubiera estado hasta entonces acostumbrado a las sombras confortables de las bibliotecas, ni que la piel de tus manos fuera suave y tus saberes inútiles en el Amazonas porque ya no eras tú, ya no eras el oscuro profesor de griego, el exiliado con privilegios, el traidor a un hijo que has abandonado, el hombre perseguido por el recuerdo imborrable de una miliciana que vino del frío para amarte. Ya no eres el tipo agotado por el viaje y el calor que mira con asombro a los botos rosados sino el niño aquel que leía a Buffon y soñaba con las aventuras que contaba el tío Leandro, el  chico que espera ansioso los libros que le trae su padre debajo de las mantas, libros de animales y ciudades remotas que lees por la noche cuando todos duermen a la luz amarilla de una lámpara de petróleo y que luego cuentas a tu amigo Valentín como si fueras tú quien caminas por las Montañas de la Luna, la polvorienta ruta a Tombuncú, el secreto camino hacia Eldorado.
—Nos vamos ya —grita Valentín desde arriba—.
Aquel treinteañero que aparenta tener casi cincuenta es el mismo muchacho que escuchaba en silencio tus historias y te enseñaba a pescar grandes barbos en el Tietar, a cazar torcaces, a acechar al monstruo que os espera con hambre bajo el agua cenagosa de la Alameda de las Pozas.
Cuando Gonçalvez arranca el ensordecedor motor y el larguísimo eje de la hélice se sumerge en el agua empujando a la barca río arriba descubres que el dolor ya no es insoportable, que los inmensos árboles que cubren las orillas y esa maleza asfixiante que borra los caminos volviendo locos a los hombres te hace sentir la seguridad de los paisajes familiares, de haber estado antes allí, de haber sido antes, en algún lugar de tus recuerdos de niño, tu casa.
Cuatro años después, olvidada la falsa mina de oro, desbrozadas las sendas que van a las castañeiras y las heveas de cuyos frutos y savia vivís, acabada por fin la casa que os protege del jaguar que ronda el ganado, te levantas de la hamaca y pisas los periódicos atrasados en los que has leído que ha muerto Manuel Chaves y te sientas frente a la Olivetti que te ha traído Gonçalvez. Le debes a tu amigo muerto esa historia, deseas volver después de estos cuatro años trabajando de seringueiro al territorio limpio de las palabras escritas. Pero ahora ya todo es distinto. Son las mismas palabras las no te dejan tejer esa historia con la lógica lineal del tiempo y tu memoria, hasta entonces cartesiana, se niega a seguir la trama que le impones. Esa historia de espías y traiciones, de armas, ciudades peligrosas y soldados a la fuerza se rebelan contra tu voluntad y son las voces de otros quienes la explican a pedazos. Te sorprende que sin embargo a Valentín esa fragmentación caótica de sucesos y voces, de tiempos e historias, le parezca perfecta.
—Así fue, así era esa maldita guerra —repetía después de leer lo que llevabas escrito—.
A ti, sin embargo, te desesperaba que Olga fuera cada vez más un personaje huidizo y borroso, a cada página más extraña y ajena a tu memoria o que el oscuro anarquista llamado Iker, el ingenuo miliciano Evaristo, el brigadista Hans, el cascarrabias de Miaja, el taciturno General Rojo o aquel descomunal cocodrilo que visteis de niños en una charca a las afueras del pueblo, fueran las voces de la trama.
Rompes los folios a pesar de las protestas de Valentín y de Gonçalvez y una tarde, para olvidarte de aquella repentina obligación, coges la escopeta del veinte y la bolsa de caucho con un puñado de cartuchos y te vas por la trocha alta siguiendo el arroyo, atraviesas los cañaverales espinosos, los primeros grupos de heveas y te sumerges en el bosque siguiendo los gritos de los monos.
Tus amigos te estuvieron buscando hasta bien entrada la noche pero el jaguar les rugía cerca y perdieron tu rastro de machetazos cerca de las cascadas.
A los dos días te dieron por perdido, a los cuatro por muerto. No sabías orientarte en el bosque, ni qué comer o cómo protegerte de los animales. Volviste a la casa seis días después, afiebrado, hambriento y herido, pero tranquilo. Dormiste dos días enteros y te despertaste con el mismo apetito que la onza que rondaba la casa. Después de acabar con el guiso de pecarí que había hecho Valentín, con una gran ensalada de papaya y casi media botella de cachaza te fuiste a bañar al arroyo y después volviste a escribir aquella historia. Ahora las voces eran como las lianas de la selva y no te importaba el caos en el que la memoria y la imaginación convertían a tus recuerdos.
Aquellas escapadas se acabaron convirtiendo en costumbre. A veces acompañado de Gonçalvez o de Valentín, la mayoría de las veces solo. La floresta, que era para casi todos los hombres el peor de los infiernos, el lugar de la locura y la aniquilación. Para ti eran un lugar de paz, el único territorio si palabras. Salir a cazar o a pescar era el pretexto, muchas veces no disparaste sobre el anta desprevenida a la que habías seguido el rastro durante días o sobre la gran anaconda cuya grasa y cuero vendíais a buen precio. Te da igual tu piel herida y picada por los insectos, porque eres el niño que lee a Buffon, Lamarck, Alejandro de Humboldt o Darwin, el chiquillo que se deja hipnotizar por el aleteo de las inmensas mariposas azules, el vuelo inmóvil de los colibríes o los ojos fluorescentes de los yacarés y cuando vuelves a la casa a seguir escribiendo sobre aquella guerra que arrasó tu país y tu vida ya no te importa que tu voz enmudezca mientras hablan otras voces o que Olga Havel se convierta en una mujer que ya no conoces.
Tardaste un año en escribir aquella historia que debías a Manuel Chaves y fue justamente en tu última escapada al bosque, antes de terminar de escribirla, cuando te encontraste con Yanim recogiendo las grandes nueces de las castañeiras con un niño que no llegaba a tener cinco años. Estaban desnudos y el anciano empuñaba una escopeta de chispa de un solo cañón aún más destartalada que la tuya. Esa noche compartisteis el fuego y la carne salada que llevabas. Cuando el niño se durmió, el anciano indio comenzó a hablarte en una mezcla de portugués y español que le costaba trabajo pronunciar.
—He visto muchas veces tu rastro en el monte. Haces mucho ruido y caminas muy rápido y eso es malo para la caza, la mayoría de las antas y los puercos de monte ya te conocen y se apartan de tu camino antes que los veas. Pero ahora no vamos a hablar de caza sino del mundo. Me han dicho que sabes dibujar en papeles las historias que otros cuentan, así que te voy a contar la mía para que no se pudra como la hojarasca que pisamos, para que un día pueda vivir en ella mi hijo y no las escolopendras y los gusanos. Voy a morir pronto y quiero que guardes en tu cabeza a mi pueblo.
Yanin y su hijo se quedaron en la hacienda. El jaguar dejó de rondar al ganado durante unos meses y yo seguí escribiendo nuestra historia. Al atardecer, antes de encender las lámparas de petróleo y que el aire se llenara de mil insectos extraños, leía a Valentín, a Gonçalvez y a Yanin las páginas escritas y luego ellos discutían durante horas sobre aquellas palabras ante mi silencio y mi asombro. ¿Cómo podía un campesino extremeño, un indio y un seringueiro  loco discutir sobre la guerra de España?, ¿sobre la decisión de Olga Havel de traicionar a sus camaradas y sus ideales a cambio del dudoso intento de salvar la vida de un viejo guitarrista gitano prisionero en Praga?, ¿sobre la conducta de aquel joven profesor que abandona a su mujer y a su pequeño hijo por una extranjera desconocida?, ¿sobre aquella demencial decisión de esconder miles de armas en la retaguardia franquista para seguir la guerra?, ¿sobre la existencia o inexistencia de un gigantesco saurio acechando a dos niños bajo el agua de una pequeña charca extremeña?.
Yanín comenzó a contarme la historia de su pueblo desde el principio: ...antes, un antes tan lejano que la memoria ha olvidado los nombres de la gente, nosotros los hombres nos vestíamos con las pieles de animales extraños de pelo espeso y vivíamos en una tierra cubierta siempre de agua sólida como la roca...
Compré un magnetófono AEG de rollos de cinta en la tienda de Afonso.
—Lo último de lo último, tecnología alemana, se lo he cambiado a un garimpeiro nazi por unos sacos de víveres –decía el comerciante—.
Y grabé en más de veinte rollos de cinta toda la historia y el saber de un pueblo del que sólo quedaba un anciano y un niño. A veces en portugués, en castellano y en su propia lengua su voz pasó por generaciones y generaciones hasta el último día, el momento en el que los dos últimos supervivientes de las enfermedades y las balas que les trajeron los buscadores de oro, los traficantes de madera y los caucheros, se encontraron contigo, con las huellas de un cazador incauto al que acechaba cada vez más cerca un jaguar hambriento.
Esa noche Yanín bebió zumo de liana y habló con la fiera para que no me devorara. El animal aceptó no comerse al cazador, se alimentaría a cambio de la vieja carne del indio cuando este terminase de contarle la historia de su pueblo al extranjero.
Hacía tres años que había terminado la Guerra Mundial y los precios del caucho comenzaron a caer. Yo terminé de escribir nuestra historia y Yanín desapareció en la selva dejándonos a su hijo.
—Tienes que publicar tu libro –dice una y otra vez Valentín—. Nadie va ha recuperar nuestra memoria y los franquistas contarán al mundo que ellos eran los buenos y nosotros una panda de anarquistas locos y estalinistas sanguinarios.
Estábamos pescando en el embarcadero como todas las tardes para coger unos surubíes para cenar.
—No te muevas —susurra de pronto Valentín mientras saca el Tigre de su funda de caucho y apunta a mis pies.
Entonces miro debajo y veo la enorme cabeza de un monstruo de ojos de macho cabrío y dientes amarillos. El Yacaré dio un rabotazo tras el tiro y se hundió dejando tras si una nube de sangre.
—La lagarta nos persigue —grita Valentín—.
Aquella noche le volvieron las fiebres de la malaria.
—Ha vuelto el Jaguar —dice Gonçalvez mientras destripa los peces.
A la mañana siguiente hice dos paquetes que llevé río abajo hasta el despacho de correos de la tienda de Afonso. En uno iban las veinte cintas magnetofónicas y una breve nota:
“Querido Heliodoro esta es la historia del pueblo Nauaú, últimos mohicanos del río Purus cuídala tú del olvido”. 
En el otro paquete metí la piedra pintada que encontré en la cueva y el rimero de folios mecanografiados protegidos en una bolsa de caucho ahumado que Yaním había fabricado antes de marcharse y escribí un nombre y una dirección como quien nombra un lugar inverosímil, fantástico, inexistente: Ramón Sánchez, Jara, Cáceres, España. (de: "los últimos hijos del lince". 1999)