martes

RIOS LIBRES


Le digo a mi hijo el pescador que lo veremos. Ya no falta mucho, apenas unas décadas. Como ocurrió con los bancos, que la gente ha ido destapando, primero entre susurros y unos pocos, luego a gritos y a millones, su infamia, su arrogancia, su voluntad cleptomaniaca y destructiva. Ocurrirá, ya está ocurriendo también, con la mafia poderosa de las eléctricas que adquirieron su fuerza, sus prebendas, en la cloaca franquista y su blindaje después con quien todos sabemos. Llegará un día en el que se cambiarán las leyes y se pedirán cuentas y porqué y para qué y hasta cuando su oligopolio de concesiones hidráulicas, bombas atómicas en diferido, aguas apresadas, facturas infladas y asesores giratorios con máscara de ex ministro o ex presidente.

Cada vez es más frecuente leer en la prensa este titular de hace unos días: Los embalses siguen perdiendo agua y se sitúan en el 50,8% de su capacidad esta semana de lluvias "casi nulas". Las previsiones climáticas más optimistas a 50 años prevén algo peor, la mitad de España semidesértica y a la vez, a veces, lluvias torrenciales destructivas. El cambio climático va año a año vaciando los enormes embalses y pronto ya no serán rentables como máquinas para “fabricar la luz” o sí lo serán porque nada costó el destrozo o ahora los absurdos recrecimientos… o habrá leyes estrictas en lo que se refiere a los caudales ecológicos o se considerarán las sueltas de agua turbinada como un “vertido” por el estado contaminado de las aguas y los cienos acumulados y se obligará a las presas a su depuración...
...Y sobre todo los muros de las presas, los enormes muros de hormigón requerirán enormes inversiones para mantener su función porque la fecha de caducidad comienza a estar muy cerca. 3 de cada 8 presas en España están envejecidas. Tenemos 213 presas con más de 50 años y una edad media de 75. A partir de ahora las obras de mantenimiento comenzarán a ser necesarias y caras, igual que la estimación de las Crecida Máxima Probable y la Máxima Precipitación Probable deberá ser distinta para evitar desastres previsibles de los que nadie habla. Entonces las grandes concesionarias de estos “saltos” dirán que se retiran, que se las regalan o se las venden al Estado por un módico precio y a todos nos caerá de nuevo otro marrón, otro rescate como el de los bancos o las autopistas o tantos otros elegantes negocios bien diseñados y con contratos de letra diminuta, tinta invisible y complicidad política de algunos.

¿Pesimismo?... No. No me puedo creer que sigamos siendo tan egoístas, tan tontos, tan cerriles dentro de treinta como ahora lo somos. Le digo a mi hijo el pescador que él verá los ríos españoles de nuevo limpios y corriendo desde su nacimiento hasta el mar, estoy seguro. Volverán entonces los esturiones, los salmones, las anguilas, los sábalos… los hombres y las mujeres a nadar en sus ríos por fin limpios y libres.
  
Merece la pena releer este viejo artículo de AEMS.

O ver este gran documental en el que sale hasta Edward Abbey:



Famosas fotos de Katie Lee en el Cañón de Glen (Rio Colorado) antes de ser anegado por la presa.


domingo

RIADA CON LOU



Aquel día de abril diluviaba y sin embargo, aún sin luz, el pescador metió el equipo en el seina y bajó a su río escuchando a Lou a todo volumen en el cassette. La garganta comenzaba a estar crecida y bronca pero, ayudado con un palo, con el agua por las rodillas, cruzó por el murete de la represa desbordada.

Con dieciocho no le daba miedo el agua, así cayera el mar entero del cielo. Llevaba el viejo impermeable largo del abuelo, las botas altas remendadas y un viejo sombrero engrasado de fieltro fino. Al contrario, la lluvia fuerte y hasta torrencial a veces, le llenaba de euforia en la seguridad de que nadie más bajaría a pescar con ese tiempo endemoniado. Sabía que los pescadores del pueblo eran unos tipos cómodos y sensatos que esperaban siempre a que acampase, pero él estaba hecho de otra pasta. Le gustaba el golpeteo de los goterones sobre le tejido y sentirse protegido bajo el impermeable, el desgastado jersey de lana cruda, el sombrero y su pasión enfermiza por las truchas. Con tormenta tocaba pescar entonces sólo las orillas, lanzar allí donde el torrente daba un poco de descanso, en las zonas anegadas donde la corriente o la espuma no eran aún excesivas.

La lluvia fuerte, desordenada, enredada en el viento, sonando sobre todas las hojas del bosque era también unas buena canción. A pesar de la crecida el agua aún no estaba turbia y las truchas iban saliendo. Estaba desanzuelando una, encima de un gran cancho, sobre Poza Redonda, cuando escuchó el ronquido. Era un sonido raro, sordo, enorme, como el que imaginaba que haría un terremoto y que se podía escuchar con claridad por encima del rugido de la cascada furiosa que golpeaba el fondo de la poza.

Cuando la vio llegar saliendo de la curva del río se quedó paralizado por el asombro, no por el miedo. La enorme almadía de palos, árboles y espuma aparentaba avanzar muy despacio pero en menos de un segundo llegó aquel tapón de maleza y barro a sus pies. El agua era ahora marrón. El nivel subió de golpe más de un metro y los troncos crujían y chirriaban como animales vivos al rozar con las piedras y caer a través de la cascada. El pescador estaba ahora aislado en lo alto de su cancho, rodeado de espuma sucia, ensordecido por la crecida y por el extraño sonido de las enormes piedras del fondo que movía la riada. Se sentó sin temor. Arreciaban con más fuerza el aguacero. El pescador silbaba una canción que no podía oír por encima del estruendo. Sonrió. Sacó del bolsillo los higos secos con nueces que se había preparado por la noche y comenzó a comerlos, apenas eran las diez de la mañana.

Allí estuvo varias horas rodeado de muerte. El agua aún creció medio metro más. Luego el nivel bajó lo suficiente para poder saltar hasta las piedras de la orilla. Más tarde supo que la riada se llevó dos puentes e inundó, como nadie recordaba, las vegas y las casas del llano llevándose por delante todo lo que encontró a su paso. Caminando de vuelta al coche, aún sentía como vibraba la piedra donde había estado sentado como si aquella vibración de guitarra furiosa se le hubiera metido dentro de la piel. Ahora sí podía escuchar la canción que silbaba encima de aquel cancho.

She said, "Hey babe, take a walk on the wild side"
I said, "Hey honey, take a walk on the wild side"
And the colored girls say
Doo do doo, doo do doo, doo do doo…

Han pasado muchos años. Lou Reed ya está muerto y el pescador recuerda con asombro y una sonrisa aquel día peligroso. Era verdad, ahora lo sabe, la vida fluye a veces bronca y turbia como una crecida rabiosa. Otras sin embargo, la corriente es suave y casi dulce. Y el miedo o el peligro es otra cosa. Doo, doo do doo, doo do doo…




miércoles

UTILIDAD MARGINAL



Un día de invierno y llovizna es un buen momento para repasar el concepto de “realización personal”, esta vez de la mano de Cesar Rendueles y don Carlitos Marx. Se refiere Marx a aquellas actividades que producen y tienen una utilidad marginal creciente. Por el contrario, en la sociedad de consumo, la mayoría de nuestras actividades tienen una utilidad marginal decreciente como comer hamburguesas o ir de compras a un centro comercial para consumir como forma de ocio. Cada hamburguesa adicional que ingiero o cada objeto que compro para entretenerme me da un poco menos de satisfacción que el anterior. En la cultura de la ostentación en la que vivimos esto suele ser casi una norma y de esta insatisfacción se alimenta el consumo para seguir vendiéndonos humo.

Por el contrario hay otras actividades que cuanto más se realizan más satisfacción reportan. Son un fin en si mismas sin necesidad de presumir u ostentar, sin consumir otra cosa que nuestro propio tiempo. Aristóteles los llamaba “actos perfectos”. Un ejemplo es la música. Aprender a tocar la guitarra o el piano es bastante complicado, pero cuando se supera cierto nivel cada vez resulta más placentero tocar y hacer música. Cada libro interesante que leemos nos cambia de una forma que una nueva camisa e incluso un nuevo coche, tras los tres primeros meses de novedad, nunca podrá hacer. Esto ocurre también cuando practicamos un deporte que nos gusta, cuando realizamos una actividad artística o política participativa o cuando cuidamos de un hijo. También cuando nos vamos al río a pescar. Pescar cumple con todas las características aristotélicas de los “actos perfectos”, somos un poco mejores pescadores cada vez que pescamos, su práctica tiene para nosotros una “utilidad marginal creciente” y el tipo de felicidad que nos aporta tiene que ver con una forma de realización personal que no está cautiva ni depende de ningún salario, ningún reconocimiento social, ninguna ostentación.

Se ríe mi hijo el pescador de como lío a Marx y a Aristóteles con el sedal de la pesca. De cómo le explico el concepto de la “utilidad marginal creciente” que tiene para nosotros estar en el río, como si pescar fuera también alguna forma de arte, un “acto perfecto” que nos enriquece y nunca nos cansa. Le digo que hasta la famosa abadesa de Sopwell, Dame Juliana Berners, en 1496 explicaba a su modo este asunto del acto perfecto. Tal vez a ella le gustaba también ir de pesca con Aristóteles.

Nota:
Le agradezco a Cesar que me refresque ese antiguo y sustancioso concepto de la utilidad marginal creciente y decreciente. Su excelente ensayo sobre la falaz utopía de la ciberdemocracia merece ser leído y releído. Cesar Rendueles. “Sociofobia. El cambio político en la era de la utopia digital”. Editorial Capitán Swing 2013

viernes

PARAR

Inquietud. Nunca parar. No acomodarse a una silla durante las horas de tiempo libre. No descansar como un adulto. No apreciar la inmovilidad o el sedentarismo. Siempre buscar, investigar, explorar, ir, pescar. 
Él debía de tener por entonces treinta y tantos y nosotros no llegábamos a quince pero ya desde mucho antes no nos dejaba quietos. Siempre había un lugar cercano o lejano, conocido o nuevo para ir a pescar.
Ahora, cuando me toca a mi ser guía o profesor o acompañante de algún crío que quiere comenzar a pescar me doy cuenta de su proeza. Llevar a uno, dos o tres niños al río, el embalse o la garganta es complicado. Pero para él siempre era fácil.
No recuerdo cómo nos enseñó pero de inmediato nos inoculó el veneno del agua y pronto nos dejó libres para que nos pinchásemos, enganchásemos el señuelo en la rama más alta, liásemos el sedal, probásemos el agua fría o el tropiezo contra las piedras y nos las apañásemos solos. Han pasado muchos años y no recuerdo que tuviera con nosotros ninguna intención de tutor protector, era más un compañero cómplice. Una vez llegados al agua y tras alguna instrucción breve nos dejaba a nuestro albedrío, cada cual a lo suyo, con su caña, por su trozo de orilla o de ribera. Primero no muy lejos unos de otros, luego sí. Luismi, Fernando y yo nos convertimos pronto, si no en avezados pescadores, si en expertos andarríos que teníamos buen cuidado en no caernos, mojarnos, enganchar  o liar y que, si no cogíamos casi nunca más peces que él, alguna vez tuvimos esa suerte.

Han pasado muchos años pero no hay día que no me vengan a la memoria alguno de esos momentos de río y tiempo por delante con Ángel. Fueron muchas horas, temporadas, lugares. Nunca quietos, siempre practicando una pesca andante y descubriendo que el tiempo libre que tiene mejor sabor es aquel usado en no estar sentados, ni quietos, ni pasivos. No me explico cómo lo hizo, porqué nos llevaba siempre con él no siendo sus hijos, cómo le resultaba tan fácil embarcarnos en sus aventuras sin que le impidiésemos pescar, sin convertirnos en estorbos, pasando con tanta rapidez de niños torpes a avezados saltimbanquis y luego a pescadores incansables.

Inquietud. Nunca parar. No estarse quieto en casa, sentir que eso que se llama el tiempo de ocio, el tiempo libre, sólo puede servir para hacer, buscar, investigar, explorar, ir, pescar. ¿Ocio pasivo?, ¿ocio sedentario?, ¿cansancio?... Me pongo estúpido o trascendente y le dijo al hijo pescador que sólo la muerte me parará. Mientras tanto tenemos ahí delante muchos kilómetros de ríos cercanos o lejanos, conocidos o nuevos para ir a pescar.  No hay día que no  recuerde a Ángel, que no le agradezca este descubrimiento.


martes

EL NUEVO LUJO



Frío. Menos cinco grados. Pero el frío está al otro lado del vadeador, los calcetines gordos, la ropa interior térmica, el forro polar, la cazadora de plumón, el gorro de lana, la braga de cuello, los guantes. El frío es una sensación agradable en la cara, la certeza de que estamos vivos y allí, en medio del agua y la intemperie. No hay insectos, tan solo bandos de avefrías y zorzales camino de sus comederos. El pescador siente el silencio, el siseo de la línea al volar, su voz ahí dentro, en algún lugar, recordando otros días, explicándose como hacer un buen nudo con los dedos helados, asombrándose de que ya son muchas décadas acercándote a ese sitio secreto.

Yves Michaud en “El Nuevo Lujo” (Editorial Taurus) analiza cómo las marcas han ido articulando argumentos nuevos, más sutiles, para vender sus baratijas, sus gadgets o sus servicios. El lujo hoy, a comienzos del siglo XXI, se disfraza con “experiencias, arrogancia y autenticidad”. Cuando compras un viaje o una prenda de ropa, o un automóvil o te tomas una copa de cierto licor en cierto lugar, buscas vivir una “experiencia”, sentir la “arrogancia” y la ostentación de ser un privilegiado, creer que eso que estás consumiendo  es “auténtico”. Por supuesto, como en la industria del lujo del siglo XX, se creó y se crea una industria del sucedáneo, el simulacro y la imitación para las clases medias que quieren emular así un "luxury" al que sólo pueden acceder los ricos de verdad.

Pero el lujo de verdad no tiene precio, ni intermediarios, ni anuncios en la televisión, ni estrategia de marketing. El lujo de verdad lo construye cada cual con su inteligencia y su tiempo en libertad, su cultura y su forma de entender el sentido de la vida. Y hoy el lujo es este frío, las horas por delante, los malvices cruzando por el cielo, el hijo pescador aquí a mi lado.


lunes

PREMIO

Quisieras adelantarle las lecciones, ahorrarle los esfuerzos, los fracasos o las frustraciones. Orientarle hacia algunas de las pocas certezas que conoces, que te sirven, que funcionan. A veces ¿Para vivir?, ¿para pescar?
Pero sólo lo vivido nos enseña. No se puede amar de oídas.  Tampoco se puede aprender a pescar de oídas. La teoría está muy bien para los días de lluvia y frio como los de ahora, pero en los días de furia y río, de agua y paz sólo aprendemos con nuestro propio cuerpo, utilizando nuestro extraño cerebro y luego: prueba error, casualidad, inspiración, secreto, ciencia, experiencia, astucia, intuición, persistencia, memoria, curiosidad…

…Al principio querías que tocara el premio, el éxito, el pez. Ahora ya no. El premio, el éxito y hasta el pez son el pretexto de los días quemados en belleza, de compartir el torrente y la orilla, la caja de moscas y el silencio, los sueños y también parte del tiempo por venir.


Laponia 2011

domingo

2017


Paseo por la orilla despacio. Sopla por fin un viento helado. Grandes bandos de grullas bajan a descansar en la llanura que aún no ha cubierto el agua del embalse. Recojo del suelo un trozo de roca oscura que se ha desprendido de un risco de pizarra. Se trata de un fósil de trilobites del Ordovítico. En otro tiempo esto era un mar y aún no existían los peces que hoy he venido a pescar.
La llamaron explosión Cámbrica porque en una decena de millones de años el mundo se pobló de vida de una forma tan rápida y exuberante como nunca ha ocurrido. Pero hace unos 450 millones todos los extraños seres vivos que habitaban el mar y más de cien familias biológicas se extinguieron. El ochenta por ciento de toda la fauna de la tierra se hizo nada. Esa vez no fue un enorme meteorito o volcanes gigantescos opacando los cielos. Quizá fue por la radiación gamma de una enorme supernova que reventó en la galaxia o una repentina glaciación que congeló el agua, aún no se sabe con certeza. Pero desaparecieron del mar los grandes depredadores como los escorpiones marinos gigantes que podían pesar más de cien kilos y muchos otros animales que hoy nos parecen fantásticos, como de otro planeta, dejando nuevos huecos biológicos que ocuparon los primeros peces y luego los anfibios y luego los reptiles y luego los mamíferos y luego...
Mis pasos suenan demasiado en los guijarros de la orilla y los barbos huyen mucho antes de poder acercarme a lanzar el escarabajo de plumas que tengo atado al final de la seda. Muchos biólogos pesimistas estiman que estamos a las puertas de una nueva extinción masiva del Holoceno, esta vez por causas humanas. No es ningún secreto ni ninguna hipótesis descabellada que al actual ritmo de destrucción humana de la tierra en cien años se habrán extinguido la mitad de las formas de vida que hoy conocemos. Eso sin contar los efectos imprevisibles del cambio climático ¿Acabaremos convertidos en un trozo de piedra gris como este trilobites? ¿quiénes ocuparán el hueco que dejamos?
Pero imaginar el tiempo en millones de años es sólo un juego de paleontólogos aficionados o de pescadores distraídos. La vida de cada cual se desenvuelve en una diminuta ventana de tiempo de menos de ochenta años. El antes o el después no existe salvo que también juguemos un poco con la imaginación o la memoria. La vida en el presente es lo que importa y el precioso tiempo es esta chispa cambiante en la que cabalgamos a veces muy deprisa y otras con lentitud de astros o de grullas o de peces de nadan alejándose. Así que hoy quiero pensar que porque sí, o por orgullo, inteligencia, sensatez, prudencia o porque sería una traición dejar la tierra tan arrasada para los que vendrán luego y no conoceremos, quiero pensar y desear que cambiaremos nuestra forma de vivir y derrochar, de aniquilar el mundo con tanta conciencia e inconsciencia y propiciar una nueva extinción como esa tan antigua que he leído en el fósil. Los pescadores siempre somos optimistas. Siempre hay un pez que no se aleja, la orilla nunca se acaba, el día es largo y el tiempo el único tesoro que nos cabe en los pequeños bolsillos del chaleco.
Te deseo Suerte y Salud para el 2017 por venir. Buen tiempo. Buena pesca.
(…el pez volvió al agua…el fósil se quedó en la orilla…)



jueves

GRANGER


No podía más. Necesitaba volver. Lo vendí casi todo, volé a París y me acerqué al taller de litografía que tenía el Limosna en el Passage Dauphine. Sabía de buena tinta que hacía una parte importante de la documentación falsa para los de El Partido cuando Domingo Malagón no tenía tiempo. Tanto Domingo como el Limosna había militado antes en la Hermandad y luego se habían pasado al Comunismo.
Conocí a Angelo Ruiz Limosna porque nos tocó como dinamitero en mi grupo cuando se nos desgració Viti en una escaramuza inútil en Guadalajara. Venía recomendado por la gente de Tetuán, del grupo de Mera. Luego estuvimos muchas veces juntos tras las líneas fascistas reventando traviesas, puentes y carreteras. Hasta aquella vez en la que le tuve que pegar una hostia, desde entonces tiene esos dos dientes de oro.

La primera vez no me di cuenta de lo que iba a hacer. Aún estábamos en tierra leal. Esperábamos a que anocheciera para pasar las líneas y reventar un par de puentes en Talavera. El estampido de la granada nos pilló a todos descansando en el arenal y parte del chorro de agua nos calló encima. Los peces muertos comenzaron a aparecer en la rasera del charco y el desgraciado pudo escoger una docena de truchas muy grandes y dejar que el resto se fueran río abajo como pasto de ratas.
La segunda vez teníamos que salir para Ávila a cortar otro puente. No recuerdo en que río nos escondimos a descansar y guarecernos de las primeras calorinas de junio pero en cuando le vi con la bolsa de red y la granada supe que el hijo de la gran puta iba de pesca. Me levanté de un salto y sin decirle una palabra le reventé la boca. Luego si, entonces le escupí las palabras. ¿No se daba cuenta de las dos barcas?, ¿de las nasas puesta para las anguilas por toda la orilla?. Allí había gente que vivía del río y su gracia les iba a dejar sin pan unas cuantas semanas, ¿acaso era eso el anarquismo?, ¿matar todos los bichos del agua, todos los peces por coger cuatro truchas para cenar?. Pero tuvo suerte. Por casualidad descubrí escondida en la maleza una caña muy fina de bambú del país como de cuatro metros, con su bramante, su hilo de crin y su buen anzuelo. Revolví unas piedras, cogí un puñado de gusarapas y en un rato pesqué en la chorrera un montón de bogas grandes. Luego lo discutimos entre todos mientras nos apañábamos con las bogas asadas, la cecina y el pan. Salió que no, que no era de buenos anarquistas destruir por destruir, quitar el sustento a los pescadores que vivían de aquel brazo de agua tirando una granada al charco. Desde entonces me llamaron de apodo el Bogas. El apodo se extendió pronto por todos los que quedaban del Batallón Ferrer y hasta ahora. La novia que me eché en Madrid también acabó llamándome el Bogas.

Pero ya nada me ataba a Londres. Necesitaba volver al sur. En cuanto entré en el taller el Limosna me reconoció. Llevábamos sin vernos casi veinticinco años. Tras perder nuestra guerra nos pasamos a Francia. En el Campo de Barcarés descubrimos que el cabrón del Limosna además de dinamitero era un pintor fino. Nunca supe como consiguió el papel y las tintas, pero en una semana falsificó el papeleo que nos sacó del puto campo a los cuatro que quedábamos. Luego gente de la Hermandad nos llevó a Inglaterra en un pequeño barco sardinero. Allí nos separamos y no nos volvimos a ver hasta lo de Narvik.

Le digo. Salud Limosnas. Quiero que me hagas los papeles que tengo que entrar en España. Y él. Joder Bogas, cuanto tiempo. Ya te creía fiambre o mojama. ¿y para qué quieres entrar?, ¿y para qué me pides a mi esa documentación?, ¿es que no tienen la CNT sus pintores? Y yo, por darle coba. Los tiene. Pero tu eres el mejor y además eres mi amigo aunque te hayas pasado al bando de esos cabrones estalinistas. Me rebuzna entonces. No me piques Bogas, que padrecito Stalin ya está muerto. ¿Y para qué quieres volver?. ¿No querrás continuar lo de tu amigo el Facerías?. La cosa sigue complicada y la dictadura es fuerte aunque Franco esté viejo. Yo le digo, por hacerme el misterioso. Eso a ti no te importa. Digamos que me voy a España de pesca. Y el guasón. ¿Ahora los anarquistas lo llamáis así?, ¿ir de pesca? A ti te pega, que para eso eres el Bogas.

Durante los largos meses en Inglaterra hasta el desembarco de Narvik tuve la suerte de entrar a trabajar en una de las factorías que tenía Hardy, aunque entonces se había paralizado la fabricación de artículos de pesca y nos dedicábamos a hacer munición. Pero un pequeño grupo seguía haciendo cañas buenas para los señoritos. Como hablaba el idioma porque mi madre era jerezana de abuelo inglés, y había sido nurse de los hijos de un bodeguero, en Inglaterra me sentí como en casa, hice amigos en la factoría y los días libres nos íbamos a pescar truchas unos cuantos, más un par de soldados americanos que también se daban al vicio piscatorio durante la larga espera. Me gustaban mucho las cañitas de tres tramos con las que pescaban ellos, mucho más ligeras que las nuestras. Los de allí eran ríos mansos, muy cómodos, llenos de truchas de buen porte.

Luego, a finales de mayo del cuarenta, tras el fregado de Narvik, mientras esperábamos el si o el no, me escapé algunas veces a los campos cercanos de nuestra posición con otros dos soldados pescadores. Si nos llegan a pillar nos fusilan los nuestros o los boches. Aquellos ríos y lagos eran el paraíso, había truchas enormes y salmones preciosos, lástima que nos retiráramos el ocho de junio, me hubiera quedado allí el verano entero. Mucho después, tras Normandía, a Clark, tu abuelo, que era uno de los americanos pescadores, le hirieron gravemente en el brazo. Como le enviaban para casa y nos habíamos hecho muy amigos me regaló su Granger Stream, con el carrete, dos buenas cajas de moscas yankis y todos sus archiperres de pesca. Y así hice la puta guerra entera hasta Berlín con una mano el Garand y en la otra la Granger. Hubo muchos día de esperas interminables, a veces junto a un río y si no había eseeses por la costa sacaba la cañita y cogía unas cuantas truchas para alegrar el rancho.

Tras acabar aquel desastre volví a Londres, seguí trabajando en Hardy, me casé, no tuvimos hijos pero fuimos felices. A Anne nunca le importó que me fuera de pesca los domingos siempre que los sábados la sacara a bailar. Pero en el sesenta y nueve murió de repente y sentí que quería volver a mi tierra, aunque seguía mandando allí el cabrón de Franco. El Limosnas hizo un trabajo serio, a conciencia, de artista. Deneí, pasaporte, penales… y me falsificó hasta la licencia de pesca. Como vas de pesca, según dices, te será útil. Sin embargo en el puerto de Bilbao, antes de bajar del barco y cruzar el control de pasaportes, rompí y tiré todos los papeles que me había hecho el Limosnas, no porque no me fiara de ellos, sino porque sabía que con mi pasaporte inglés no tendría tampoco problemas y porque al romper esos documentos, salvo la licencia de pesca, de alguna forma borraba también todo mi pasado. Ya no quería ser otra cosa que un jubilado inglés que dedica sus días a pescar y fumar unas cuantas cachimbas de Latakia.

No había perdido el contacto con mi gente y supe que mi novia de entonces, de los años de antes de la guerra, regentaba una pensión en Gijón. Allí me presenté. Estaba igual de guapa que en el treinta y dos. Eso le dije. Nos contamos la vida. No había sido la suya mucho menos difícil que la mía. Me alquiló una habitación a buen precio. En una ciudad extraña, rodeado de españoles que también me parecían muy extraños, me sentía sin embargo como en casa, gracias a ella y gracias a los ríos asturianos, cántabros, vascos y leoneses a los que me escapaba a tocar el agua y mojar mis moscas.
En temporada me iba casi todos los días a pescar. Me casé con ella aunque no nos amábamos, pero no hubo engaño porque entre nosotros había amistad, complicidad en todo y su poco de sexo, ¿en que se diferencia esto del amor?. Allí en Gijón ya no fui el Bogas sino Guill el inglés. A veces venían viejos amigos de Londres y los llevaba a pescar a mis ríos. La vida me pareció de nuevo un lugar habitable.



Un día, en la carretera que nos llevaba a un coto salmonero del Narcea, nos paró un control de la policía. Franco estaba pescando y se cerraba el río para él. Asqueados y murmurando palabras gruesas entre dientes nos fuimos para el bar de Nancio a tomar unos chatos y pensar hacia donde tirar y pasear nuestras cañas. A la media hora comenzaron a entrar secretas en el bar y a pedir la documentación a los seis o siete parroquianos que estábamos allí. Pensé que venían a por mi, después de tantos años, pero no. Luego entró mucha Guardia Civil. Después entró él con su ganchero. Según le vi aparecer con sus bombachos y su sombrerito medio tirolés eché de menos no llevar en el bolsillo una de las granadas aquellas del Limosnas. El Dictador se fijó en nuestro atuendo de pescadores finos y se arrimó a nuestro lado de la barra. Alguien le había dicho que éramos pescadores ingleses y quiso pegar la hebra. Tenía la voz fina, como de adolescente acatarrado y se le notaba torpe, algo grueso, como abotargado. Hablamos de moscas y cañas, de salmones grandes y grandes pescatas. Mi compañero inglés le siguió la conversación, precisamente él que en sus años mozos estuvo en las Brigadas y había perdido a casi todos sus amigos en mi guerra. Eso si que era saber estar, flema inglesa, si señor. A mi me daban ganas de sacar mi cuchillo sueco de destripar salmones y pegarle una navajada en el cuello allí mismo. Nadie me lo hubiera impedido. Pero no lo hice.

Después cogimos el coche y nos bajamos a León. Abraham no daba crédito al encuentro, ni yo tampoco. Nos reímos, coincidimos en las ganas de haber rajado al viejo y también en las mismas ganas de no hacerlo. El río estaba bonito y cogimos buenas truchas, ya por entonces las soltábamos todas. Yo pescaba con mi querida Granger. Nunca le conté a mi mujer aquel encuentro. Para qué.

Luego Franco murió malamente, con una agonía larga y fea. Unos pocos de entonces pudimos ver como España se convertía en otra cosa muy distinta a la que él y su gente impuso con dolor y mantuvo con saña tantos años.  
Ahora tengo noventa y ocho y escribo todo esto al nieto de Clark, el americano que me regaló la Granger, para que sepa las aventuras que ha vivido este trozo bello y frágil de bambú que me acaban de restaurar. Como yo ya no puedo pescar, a él le devuelvo mi querida caña, la caña de su abuelo, la caña de mi vida.  Que la uses con salud, muchacho y te de la felicidad que a mi me ha dado.