jueves

LOS RÍOS SALVAJES - VARASEK EDITORES


…Volvía de la Laponia sueca con un niño de once años que crecía rápido. Compartíamos lecturas, ríos, conversaciones y silencio pero me parecía que todas esas palabras se deshacían en el agua, que la memoria, por experiencia propia, era poco fiable, que en algún lugar debía escribir de esos días pasados y futuros de libertad y dicha, juntos.
Los ríos salvajes son difíciles y agotadores para un niño pequeño, muchas veces son arriesgados, hasta peligrosos, pero la vida nunca lo es menos. Crecidas, frío, rápidos, piedras resbaladizas o afiladas, lluvias torrenciales, abismos, maleza con espinas, ortigas… En el río el peligro se ve, no está escondido ni se agazapa en las trampas de la vida urbana. Él aprendió muy pronto a sortearlos ante mi sorpresa (los de la civilización, aún le cuestan). Y ante mi asombro, en lugar de yo enseñarle los misterios de vivir y de pescar, era él quien me enseñaba lo nuevo, lo sorprendente, lo misterioso de lugares y ríos que yo creía conocer.
Los ríos salvajes, desnudos, sin metáforas poéticas, son el agua dulce y limpia, la vida en sus millones de formas, también la vida humana que se volvió sabia en las riberas de los grandes ríos del mundo. Sin embargo veía como los estábamos destruyendo con una rapidez terrible, una saña inexplicable y una ignorancia ciega. Estábamos dejando a nuestros hijos la herencia de unos ríos secos, contaminados, anegados, destruidos ¿cómo era posible? Necesitaba escribir de todo esto. Comencé. Descubrí entonces que había otras madres y padres pescadores como yo, también no pescadores, que estaban sintiendo, escribiendo y luchando por lo mismo. Educando en lo mismo. Porque educar era eso, acompañar, reír, pescar, cansarse juntos, aprender de los hijos.
Han pasado los años y pronto mi hijo el pescador cumplirá dieciocho, ya no me necesita, tan vez nunca me necesitó. Yo a él sí. Luego tuve la inmensa fortuna de conocer a los editores de Varasek y ahora las palabras están dentro de un libro. Uno de los objetos más funcionales que ha inventado la humanidad: dura cientos de años, no necesita baterías, es barato, se puede tocar, doblar, subrayar, tirar desde sitios muy altos, golpear con fuerza y no se rompe, y si se rompe puede pegarse con un poco de cola. Acompañan mis palabras unas preciosas ilustraciones de Manuel Cuartero: de la nutria que me sigue muchos días en una pequeña garganta no lejos de Monfragüe, del mirlo acuático que pesca a mi lado en todos los ríos salvajes y limpios que visito, de una mariposa que muchas veces se posa sin miedo sobre mi caña. La espléndida foto de la portada es de David Luque (¡y yo estaba allí ese día!). 

También agradezco a Emilio Roy su paciencia y sabiduría en las correcciones y sugerencias que me hizo, a Ernesto Cardoso las conversaciones y horas compartidas hablando de cómo ser mejores padres pescadores, a todos los "mosqueros andantes" de APCR y conmosca  y lo mucho que he aprendido con ellos sobre como defender los ríos, ¡que son un bien público!, de la depredación de algunos. Tengo la suerte además de tener tres hermanos y una hermana, todos fanáticos pescadores con los que he aprendido a ser generoso junto al agua. Pero este libro no existiría si no hubiera leído y conocido a Guy Roques. El comenzó a escribir y hablar sobre los ríos españoles de una forma que nadie había hecho.

En el libro también hay un mapa de mi río más secreto. No quiero guardar el lugar para mí porque hoy sé que la única manera de proteger estos lugares es que otros como yo los conozcan y visiten y aprecien. Si no es así, si sigue desconocido y anónimo acabará pronto destruido, seco, contaminado o sumergido y muerto bajo otro embalse más. Cuidadlo, protegedlo, disfrutadlo, Para algunas cosas hay que ser conservadores y egoístas, para otras revolucionarios y generosos. 
Además “los Ríos Salvajes”, los últimos ríos salvajes de España, ya no son míos, son vuestros. 



TURBOCAPITALISMO

Foto de Dead Weight Fly

...Turbocapitalismo, productividad, eficiencia, rapidez, competitividad, multifunción… así en el trabajo como en el ocio, tanto en el sexo como en la comida. Cualquier cosa con tal de no “perder el tiempo”, rentabilizar cada minuto, aprovechar las horas. También en el río parece que a veces se va imponiendo esta actitud o práctica o filosofía. Mejor coger veinte peces que diez, mejor treinta que veinte, tocar todas las posturas, pinchar a todas las truchas, lograr unas buenas fotos, tener éxito, competir, entrenar para competir, usar el último perdigón secreto, el más efectivo, el más productivo, aunque sea pescar al hilo o usar una lombricilla de silicona… A todos nos gusta pescar mucho, tocar muchos peces, hacernos una bonita foto con una gran trucha, a ser posible la más grande. Tener un día de éxito, ser el mejor, ir a más.

Pero también, a la vez que esta marea que sigue creciendo imparable, existe otra corriente, quizá pequeña, lenta e invisible, la pesca slow, el placer de pescar de otra forma, desde otro lugar, con otra actitud y también otros equipos que no tienen porqué ser retro ni steampunk, no hacen falta sedas Robinson o bambús refundidos, ni moscas de manuscrito o Gutermann de mercería extinta. Basta con cambiar el ritmo de nuestro corazón mosquero, bajar al río a por otra cosa, sentir placer sin necesitar pinchar cien truchas. No voy a renegar del perdigoneo, ni de mis cañas de supergrafito de diez pies, pero cada día me gustan más los ríos pequeños, medio selváticos, con bosque de ribera muy abovedado. Cada día disfruto más pescando de nuevo con la vista olvidando el tacto y sus circunstancias, con cañas cortas y blandas de seis pies, líneas del dos o del tres y moscas secas o como mucho en tandem con una ahogada leonesa o una ninfa sin plomo. Pescar slow, suave, lento, no tiene por qué ser “poco” pero tampoco buscaré por todos los medios el “mucho”. Tal vez sea mi afán de ir contracorriente o de negarme a aceptar que el turbocapitalismo, la productividad o la competitividad lo llenen todo y también mis días de pesca. No rechazo un polvo rápido, un día de fast food con mucho ketchup, una best-seller o un aplauso, pero lo que me me gusta de verdad es el sexo lento, la comida despacio, los libros gordos y los éxitos silenciosos, invisibles e íntimos. 


PD: Agradezco a mi hermano Víctor su insistencia con la seca, su elogio de la lentitud, su empeño en bajar siempre al río a disfrutar, da igual cuantas toquemos, simplemente a estar y ser, sin necesitar de parecer o de contar.

Decals de Glass Manifesto

lunes

OCURRE



A veces ocurre. No hace falta bucear muy profundo en la memoria. Era un día de finales de abril con las orillas convertidas ya en selva. Nos colamos en la bóveda del bosque de ribera y de pronto estábamos metidos en una luz muy distinta, una penumbra verde rota por el sol y el ruido del agua tapando nuestra voz. Armamos las cañas con prisas, como siempre, acuciados por el deseo de tener ya la mosca y la ninfa metida en el agua. Digo armar porque pescar allí es cazar al acecho o al salto, lanzando con precisión y temple, caminando con ritmo de equilibrista imprudente y explorador antiguo. Pescar con V. es como pescar sólo pero mejor, sin competencia, cediendo el turno, respetando los gustos y manías de cada uno, tenemos además el mismo ritmo y similar pasión por las truchas complicadas y los sitios solitarios y difíciles.

Atamos la novedad, una ninfa gorda de cabeza de tunsgeno negra y cuerpo azul oscuro holográfico y una trico flotón, despeluchado, bien visible. A cada postura movíamos o salía una trucha sin fallar, o dos o tres. Truchas rabiosas y glotonas que atacaban sin miramientos los señuelos con una alegría poco acostumbrada. A veces ocurre, hay días así, perfectos, no tanto por los peces como por la temperatura suave del aire, la pureza del agua, los mil verdes de la bóveda del bosque, el tiempo compartido con mi hermano, la belleza de los rayos de luz llegando hasta los fondos oscuros y los canchos de granito dorado, la emoción de cada lance con fortuna, el mágico color de los peces, su incansable energía, la sensación de estar viviendo unas horas que siempre serían memorables. Fuera de allí la vida para ambos era en esos momentos complicada. Fuera de allí el mundo requería de estrategias y palabras gastadas, puñados de tiempo desperdiciado, rutinas absurdas, excusas estúpidas, diminutas batallas perdidas casi siempre. Pero en ese pequeño río de montaña la vida era perfecta.

Ahora miro las fotos y no me reconozco. Esa alegría con la que miro a V. exhibiendo la joya de esa pequeña trucha no es la que tengo ahora ni la que suelo tener un día cualquiera cuando me asomo al espejo a eso de las siete. Pero a veces ocurre y no pienso en ese día o en otros parecidos con añoranza sino con el optimismo, quizá poco sensato y siempre irreductible, de que ahí delante nos esperan más días así, respirando la luz verde del bosque, compartiendo el río, sintiéndonos soberanos de un tiempo enteramente nuestro, saludando a las truchas y a los mirlos, atando el señuelo con prisa a la caza de esa rara plenitud.


Estamos en noviembre y queda mucho para marzo. La luz de la ciudad es áspera y lechosa, el día previsible y la semana larga, pero quería escaparme hoy, durante los pocos minutos que dura escribir esto, hacia ese día. Enseñar al hijo pescador que días así son también un privilegio, como también lo es saber usar la memoria, haber derrochado el tiempo dentro de un río, tener hermanos con los que contrastar que ese día no fue ficción sino verdad y que habrá otros. Siempre.





miércoles

TIC-TAC



Dicen que los viajes dejan en suspenso el tiempo, que viajar es atarse a la cinta invisible de un reloj extraño cuyo ritmo y carrera es otro muy diferente a ese tiempo prevenido y seguro de la vida en el lugar que habitamos, encerrado en metrónomos, cronómetros y horarios. Él no lo sabe, pero siente con mucha nitidez que los viajes para pescar, sean a ríos muy lejanos o a otros cercanos, le llevan a una forma de medir las horas o los días que nada tienen que ver con los relojes o los calendarios.

En todo eso piensa el pescador ahora, sentado en una piedra de pizarra pulida y fría, deslumbrado por el calor inusual de primeros de mayo, mientras ata la hormiga rechoncha que más bien parece escarabajo y luego una ahogada Grant montada por Azorero. Nunca atesora las preciosas moscas que a veces le regalan los grandes montadores, las usa siempre, se siente obligado a hacerlas vivir, a mojarlas, tal vez a desgastarlas o perderlas, porque para eso fueron inventadas, para volar y coger peces, no para esconderse en una triste caja del tesoro lejos del río. 

Hace unos pocos miles de años nos hicimos sedentarios, tal vez engañados por una seguridad que no existe en ningún sitio, quizá convencidos de que el tiempo en la aldea, tan ordenado, nos permitiría una vida más larga, saludable y tranquila. Pero perdimos ese otro tiempo, hoy secreto, que a veces vuela más rápido que la luz por las horas y otras se estira largo y largo aunque los astros indiquen que han pasado tan sólo unos pocos instantes. Al hacernos sedentarios olvidamos ese otro tiempo impreciso, cambiante, nunca igual, jamás uniforme, que mueve al resto de seres y cosas. Un tiempo que sólo recuperamos cuando tocamos el agua como ahora, mientras el pescador se da prisa en atar el señuelo y lanza cerca de ese barbo que come hormigas como quién toma de postre unas uvas, sin parar de arrancar del racimo del agua cada fruto negro, jugoso y crujiente.

Después, con el pez entre los dedos, mientras desanzuela la hormiga que se ha enganchado demasiado dentro, cuando vuelve a dejar el barbo bajo el agua y tensa sus músculos antes de dar un rabotazo elegante, al volver a sentarse en la piedra y contemplar el río, entiende todo lo que ha perdido. Ese tiempo enorme que nos va desgastando o que derrochamos o que olvidamos sin más. Por un momento cierra los ojos, ahora el sol calienta bien, la radiación que escupió una inmensa explosión termonuclear hace tan sólo ocho minutos es ahora una suave caricia de luz que mueve el aire, roza los juncos, toca su piel. Es un rayo sutil que se reflejó antes en las escamas doradas del pez al alejarse.

Dicen que los viajes dejan en suspenso el tiempo. Dicen que nos hicimos sedentarios para no tener miedo a tanta incertidumbre. Dicen que las hormigas voladoras tienen un misterioso reloj en el corazón que les susurra cuando salir y alejarse de su casa subterránea hacia lugares desconocidos, inciertos y peligrosos para seguir así el ciclo de la vida, generación tras generación, hasta que el sol se apague. Él no lo sabe. Pero siente con mucha seguridad que sus genes nómadas le empujan al camino, a los ríos, a no quedarse quieto, a no creer en ninguna seguridad o abrigo que implique no salir de la aldea a la intemperie, no investigar lo nuevo, no tocar otra vez un pez que nadaba en el misterio un poco antes. Tal vez no seamos muy distintos de estas hormigas voladoras que se arriesgan a caer al agua con unas alas recién estrenadas. Quizá también tengamos en el corazón un reloj que nos susurra siempre que hay que volar sin importarnos si llegaremos a un tiempo de fortuna o si caeremos al río sin más vida. Ese reloj no suena pero existe, tic-tac, tal vez sea el propio corazón.



jueves

CUENTOS


Agotado. El sol calienta los últimos minutos del atardecer. El pescador se sienta sobre una piedra pulida con vistas a un largo tramo de río. El musgo seco está caliente. El sonido del agua es bronco y duro, se desliza por el aire igual que el martín que vuela rapidísimo hasta el recodo del fondo.

Le gusta sentir el tiempo, cerrar los ojos, tocar el tacto suave del corcho de la caña. A veces teme que todo eso desaparezca para siempre. Ahora sabe que es posible. O teme que él no pueda bajar y ya sólo exista la música del agua en su memoria. Se siente vulnerable. Antes nunca.

Entonces ve a su hijo pescador salir a lo lejos en la curva del recodo. Camina entre las piedras como si danzara los compases de una música ancestral. No mira otra cosa que el agua, sus pies, los oscuros remansos junto a los remolinos donde acechan las truchas. Sube despacio, sin dejar ningún lugar sin registrar. Todo le parece frágil en el atardecer menos él y el agua. El joven pescador camina con gracia por las piedras complicadas de la orilla, esquivando las zonas muy pulidas, los canchos mojados y peligrosos, las ramas bajas de los sauces. Desde tan lejos puede sentir que el chico es incansable, que su sangre fluye como fluye el río, de forma potente y descuidada, con toda la fuerza de la primavera y la adolescencia. Tarda media hora en subir pero la tarde se hace larga, la luz se estira dentro del tiempo. 

Cada noche, todas las noches, durante muchos años, hasta que él comenzó a ver o leer libros por su cuenta, le contaba un cuento. Se esforzaba siempre en inventar una historia perfecta, de personajes verosímiles aunque fueran monstruos, animales, guerreros o peces... Tenían las historias sus momentos de acción, de sorpresa, de intriga, su final feliz y su magia. Cada noche, durante muchos años, inventó docenas, cientos de cuentos, siempre distintos. No importaba lo cansado, triste o aburrido que estuviera. El baño, la cena, el pijama, el cuento. El hijo nunca quería que le leyera los cuentos impresos que le regalaban. Siempre quería cuentos inventados y él se esforzaba, ponía en ello toda su imaginación, sus ganas, su voluntad, su alma. Ponía mucho más que la vida gastada en el trabajo o en su pareja o en escribir. Y esa tarea, ahora se da cuenta, siempre fue un placer intenso e intimo. Hoy no recuerda ninguno. Tampoco el hijo recuerda todas esas noches de meterse en el sueño con todas aquellas historias que inventaron para él.

De igual forma, desde muy pequeño, el hijo ya pisaba los ríos de su mano detrás del amanecer y de los peces. Una vez el padre pensó que todos esos momentos los borraría el tiempo como antes olvidaron ambos todos aquellos cuentos. Por eso comenzó a escribir, en este pozo oscuro de agua limpia, de esos días en los que pescan juntos, para que los años no les dejen desnudos y vacíos. 
Hay una forma de olvidar necesaria, otra triste, otra, peor aún, motivada por la enfermedad y la vejez y otra causada por no considerar la memoria como un valioso tesoro. Desde entonces, cada día de pesca, lo engarza con palabras escritas como si fuera un diamante. Pasa el tiempo y entonces, a veces, saca la piedra y la ve brillar al sol como aquel día.

lunes

ABAJO


Foto de Mauro Vaccari

Y se mete en el agua. Siente la corriente helada, piensa que este torrente tan cercano a las montañas, aún poco acariciado por el sol. Lleva en su alma las nubes, la lluvia, la nieve y el hielo que fue un día. Él tiene el cuerpo protegido por la ropa y el vadeador, así que cuando mete la mano desnuda en el agua primero siente el frío intenso, casi agradable, y de inmediato el dolor, su mordisco, la rapidez con la que el líquido le roba el calor y todo su cuerpo se alarma y hace que duela. Pero él no la saca, aún aguanta unos segundos y sonríe. Es su forma de saludar al río, de estrecharle la mano, de reconocerle un año más, lleno, bronco, ancho, rápido, limpio, vivo.

No hay otra vida que la que da el agua. Sin agua la tierra sería como Marte, un lugar reseco y muerto. El agua, que llegó a través del espacio durante millones de años en meteoritos de hielo cósmico ha pintado su planeta de azul y llenado de vida sus rincones. Sólo el agua. El agua es dios y lo demás son mandangas, mitologías, supersticiones. Eso piensa el pescador mientras saca con rapidez sus dedos helados y se los frota con la otra mano para recuperar el calor perdido.

Anuda ahora la ninfa cabezona, grande, blanquecina, arropada con una fina bufanda de un naranja escandaloso y unas pocas briznas de plumón gris. La lanza en el embudo que hace la corriente junto a la pared de piedra de la poza.

Nunca podrá entender o explicar porqué estar allí, metido en el agua helada, un domingo de finales de marzo, le hace tan feliz. Por qué el rugido constante del río le suena como una risa o como un murmullo de palabras nombradas en un idioma que nadie ha comprendido y que él imagina o inventa en momentos como este, cuando escucha a través del finísimo sedal lo que está pasando allí abajo, en lo profundo.

Tal vez cuando alguien muere queden sólo las cenizas, pero él sabe que no. Cuando alguien muere la mayoría de lo que somos es agua y ese agua, todos los billones de moléculas que nos formaban, vuelven a la nube, al mar, a este río. ¿A qué viene entonces todo ese lío de las cenizas cuando nuestra alma es de agua? El pescador siente el tirón y clava con suavidad, con la mano izquierda, aún fría. El sedal tarda unos segundos en dejar el remolino antes de salir disparado corriente abajo haciendo sonar el freno del carrete y el de su corazón. 

viernes

Los 10

"Diario de Pesca" de Muriel Foster

Cuando Moises subió por aquel monte seco y se encontró con Dios este quemó una zarza más cabreado que una mona y le dijo, ¿qué coño haces aquí?, ¿no sabes que la vida está junto al agua? Luego le escribió con la uña en una piedra los diez mandamientos, estos, los otros son un bulo, como tantos, de quienes nos querían obedientes, temerosos y a salvo del placer:

Los diez mandamientos verdaderos fueron estos:


1. PÁRATE. Mira, lee el agua. El río tiene un lenguaje preciso, un idioma secreto. Aprende sus sonidos, atiende a cómo te habla y te cuenta cuál es hoy la mejor forma de pescarlas.

2. CAMINA con cuidado. No hay prisa. Descubre cuál es tu ritmo como pescador, aquel en el que te sientes más cómodo y seguro.

3. APUNTA bien, lanza donde deseas. No importa que no llegues muy lejos pero debes aprender a dejar caer el señuelo con suavidad y exactamente donde quieres.

4. SEDAL adecuado.  Equipo adecuado. Ni un palo de escoba para pescar truchitas de garganta, ni un mimbre delgado para ir tras los bigotudos.

5. NUDOS perfectos. Domina unos cuantos nudos, asegura bien su ejecución. Un nudo mal hecho es un pez perdido.

6. MUÉVETE despacio y con seguridad. Andar por el río es un arte. Una forma de baile. Si no lo haces bien te romperás las narices y te mojarás los calzones. El agua está siempre más fría de lo que imaginas.

7. TOCA todas las posturas que imagines y también las que te parecen imposibles. Cada tramo de río tiene sus lugares buenos, regulares y malos, pero tócalos todos. Imagina cómo es el río por debajo si el agua no lo ocultase.

8. FÚNDETE con el entorno. Mimetízate, no hagas ruido, no chapotees, no rompas la gracia y la armonía de ese lugar. Intenta no espantar a los corzos ni a las libélulas. Piensa cómo suena cuando tu no lo pisas.

9.  ACUDE al río cuando están activas. Y como eso no es fácil saberlo es mejor que estés a pie de agua cuando ocurra. El día es muy largo, alégrate por ello.

10. DISFRUTA del tiempo. Pescar es un placer, no sufras si no pican, no te entusiasmes en exceso si no paras de tocar truchas. Eres pescador porque estar en el río te hace feliz, no te enfades nunca.


"Diario de Pesca" de Muriel Foster

miércoles

VAINICA


Parece el día crujiente, como recién hecho para morder una esquina y saborear lo dulce y lo salado. Los colores intensos se ablandan bajo el bosque de hojas nacidas hace un mes o quizá menos. El agua suena al lado y les enfría el aliento. Los días son ya muy largos y no hay nada delate o detrás que pese demasiado en sus historias.

Ha pescado desde el amanecer metido en el río sin cuidado y ha llegado al lugar de la cita un poco antes. No le importan las hormigas que le cruzan por encima, ni las abejas curiosas, ni el sol que le roza con fuerza ahora en el cuello. Ella baja por la senda enredada en un vestido de flores como una campesina francesa de película y lleva la mochila gris con las viandas, la manta vieja y el cassette.

Recuerda bien el día a pesar de los años. El terciopelo del musgo que hacía de almohada, su voz cantando a coro con Vainica, la timidez precisa, más tarde tan pequeña, las palabras proponiendo viajes que luego nunca harían, el latido de su corazón midiendo después la larga siesta. Recuerda el sabor del vino y de sus labios, el cansancio que le hace abandonarse como jamás lo hará luego, sus manos haciendo bocadillos y él contando la aventura, la trucha que se fue, el color del agua justo en el borde en el que se hace más oscura, el brillo de la lucha y la complicidad malvada de unos helechos secos y gigantes donde se enredó el sedal.

Luego se fueron juntos, anocheciendo ya, ella con su disfraz de campesina de peli de Chabrol y él con el de pescador casi adolescente. Subieron por el bosque de alcornoques, cruzaron por unos cerezos con las flores ya en el suelo. Mañana era domingo. Quedaron después, al filo de la noche, para beber cerveza en el pub Luna. Volvió a sonar allí una canción de Vainica y se sintieron cómplices de tanto azar propicio y tanto porvenir.

Tanto años después, pescando esas orillas, él siempre los ve en ese momento, compartiendo la vida y la manzana, el vaso de vino y el abrazo, el ronroneo del agua en el futuro. Ya no sabe quién es o dónde estará ella pero le sale tararear aquella cancioncilla y mirar en la sombra donde se fue la trucha y probar suerte.



lunes

FUEGO


Pronto el fuego, pero ahora le parece un milagro este frescor de amanecer que corre por la orilla. El agua, aún opaca, no deja ver los barbos que ociquean tan cerca y salen de huida en cuando detectan sus pasos. Se sienta junto a una encima grande y prepara la caña, enhebra la línea, ata un bicho de floam parecido a una chicharra.

Pronto el fuego, pero aún le quedan unas horas de caminar a placer, despacio, olvidando todo, descubriendo el pez y lanzando con mimo el señuelo cerca de sus morros. Contempla varios kilómetros de orilla. Descubre un zorrillo que viene a su encuentro, olisqueando alguna carpa muerta no se ha percatado de su presencia.

Un gran barbo toma la chicharra nada más caer. La sorpresa se reparte por igual entre el hombre, el pez, el zorro. No sabe su tamaño. Le saca la seda entera y la reserva, luego corre en paralelo a la tierra por el fondo, golpeando su cabeza con las piedras y se desengancha. El zorro trota monte arriba. El pescador suelta una voz que suena en la inmensa soledad como las palabras de furia de un dios griego.

Pronto el fuego. El disco anaranjado ya se ha vuelto amarillo. Casi son las nueve. Comienza a hacer calor. La inclinación de los rayos unos poquísimos grados convierte el aire en helador o hirviente. Todo depende de él, una enorme burbuja de hidrógeno encendida, un dios venerado durante miles de años por los hombres. Ya quema. Bebe con avidez de la cantimplora. Antes de dar la vuelta se mete en el agua verdosa, nada un poco, sumerge la cabeza. Luego regresa como un náufrago tranquilo que no espera salvarse o como un peregrino al que no le importa llegar a Finis Terrae.

Un último lance de despedida cerca del coche, clava, lucha, sonríe, como un dios griego embriagado de dicha vuelve a gritar fuerte. El eco llega lejos, quién sabe si hasta el sol que ahora ya quema, a pesar de ser Octubre, como fuego de verano.


Octubre y 32 grados a la sombra. A un presidente del gobierno le dijo su primo (un primo bien "primo") que el cambio climático era una cosa de perroflautas e iluminados poco científicos...

De vuelta a casa pone la radio. Arde Galicia. Aluden al calor y la sequía. La que tienen los cerebros secos y recalentados de quienes quemaron bosques autóctonos de robles y castaños para plantar pinos y eucaliptos. De quienes permitieron ese tipo de cultivo de árboles que ya no es un bosque. De quienes recalifican terrenos y especulan con el suelo, la madera quemada, el futuro del mundo…

La gente piensa que los bosques salvajes tardan muchos años en recuperarse y al final vuelven a brotar, crecer y estar como antes. Pero un bosque primitivo, si se quema, ya no vuelve a salir, da igual que pasen cincuenta, cien o doscientos años. La tierra es ocupada por plantas arbustivas oportunistas como jaras, retamas, brezos, tomillos, ahulagas, cantuesos… que aprovechan con rapidez ese vacío, las cenizas y la luz. Los arbolitos que comiencen a salir ese año serán devorados por la fauna y la sequía no permitirá que se desarrollen lo suficiente el verano siguiente como para que sus raíces encuentren tierra húmeda. Las primeras lluvias arrastrarán gran parte de la tierra fértil y las cenizas volverán de pronto el agua de arroyos y gargantas muy alcalina matando toda la microfauna y los peces. El desastre perfecto.