lunes

ODA

 

 

    Un bosque enorme, oscuro. Nuestros pozos de tirador son mucho más hondos que los que hacen los yankis. Nosotros tenemos lo sacos de plumón, los termos llenos de caldo y de café. Me reúno con el capitán Dronne y con Putz para estudiar el mapa y unas fotografías aéreas de ayer. Muchos soldados alemanes, varias baterías, puede que veinte carros, o cincuenta. Vuelvo de mal humor a mi pozo. No es lo mismo veinte que cincuenta. Es lo que hay. La nieve brilla mucho aunque sea de noche y haya luna menguante. Me meto en el saco. Bajo el verdugo de lana hasta el cuello. Abro el termo de caldo. Alta cocina de Negro. En su otra vida fue camarero y cocinero en un hotel de lujo de Barcelona. El caldo está exquisito. Me saco el diario de la guerrera. Escribo a oscuras. Me siento bien. Caliente, abrigado, cómodo. Nada que ver con aquellos putos días de Teruel. Qué lejos aquel tiempo. Todos nos hemos dejado barba, también los yanquis. Irán de vanguardia el grupo de Walter, los tanques de Mister y nosotros con tres half-track. Antes tiene  que confirmar si veinte o cincuenta. Eso me gusta de los americanos, son meticulosos y prudentes, sus soldados han firmado seguros de vida, les mandan paquetes desde casa con queso, fotografías, cartas de la familia. En eso se nota que ganarán la guerra. Son previsores, cuidan de sus soldados. El viento sisea en las copas. Vuelve a nevar. Pero los yanquis lo están pasando mal porque a pesar de todo a alguien se le olvido enviarles la ropa interior de lana. Para previsores nosotros. Hace una semana no había nieve y todos andábamos en mangas de camisa. Lolo advirtió. Se acabó el otoño, id sacando los visones y las estolas de zorro plateado. Hacía bastante calor ese día. Tres días después, diez bajo cero. Lolo se ha marchado con los americanos para marcar el camino más ancho entre los árboles gruesos. Previsores.

 

    Escribo pocos minutos y me vuelvo a poner el guante fino y la manopla de piel. Somos expertos en el frío. Debajo de las chaquetas y los pantalones del uniforme llevamos la ropa de plumón rusa. Durante algún tiempo me he adormecido. Llevamos tres días en el bosque, casi unas vacaciones. Diez bajo cero, quince de noche. Los yanquis calientan sus judías y huele a carne rancia. A las seis de la mañana haremos el avance. Seguimos siete vivos. Conejo, Carlos, Negro, Liberto, Jaime, Lolo, yo. En alguna página debería escribir el quien es quien de todos estos nombres. Su verdad. Cuando llegamos a este alto boscoso salieron de detrás de unos abetos jóvenes un grupo grande de ciervas con sus crías ya grandes. Recordé entonces unos versos de Keats: permitid que vigile, soñoliento,/ bajo el tejado de verdes ramas, /donde los ciervos pasan como ráfagas,/ agitando a las abejas en sus campanas./ Pero,    aunque con placer imagino/ estas dulces escenas contigo. Sé por mil razones que estará muerta. Asja. Pero escribo su nombre aquí. A veces. Muchas. He dormido un rato. Falta una hora pero ya estamos todos preparados, la bolsa bandolera con las piñas, las Colt nuevas  y la Emeuno con diez cargadores llenos. Jaime engrasa y revisa las orugas de los Half y se asegura de las cajas de munición de las cincuenta. Los Sherman de Mister van a ser lentos en este bosque. Le he dicho a Conejo y a Lolo que si hay atasco nosotros a correr siempre hacia delante. Por la foto aérea he visto que a dos kilómetros hay una zona muy extensa de huertas pequeñas con linderos anchos. Un arroyo las separa del campo grande que parece un patatal abandonado lleno de maleza alta. Tengo al lado del pozo un trozo de madera blanca de los troncos desguazados por los obuses de ayer. Me lo acerco a la nariz y huelo la resina, me parece el perfume de una buena colonia. Como sin hambre un trozo de tasajo. Si seguimos vivos en esta guerra es por la comida de Lolo. Tiene su orégano y su pimentón, su punto de sal y de azúcar. Es importante comer antes de todo el jaleo.

 

    He sentido como entraba y como salía. El pinchazo, el escozor al salir de la carne, la sangre caliente escurriendo sin parar camisa abajo. Él no ha sentido nada. Una y otra vez Liberto me explica lo estúpido de apuntar a la cabeza. Lo fácil que es fallar un blanco tan pequeño. Saña. Sádico. Sucio. Me describe, no insulta. Se nota que aprovechó bien las tardes en el liceo de su padre leyendo enciclopedias y artículos de Eliseo Reclús y Anselmo Lorenzo en viejos periódicos. La pistola americana pesa mucho más pero nunca se encasquilla. Entramos por el corral. El pueblo parecía desierto. Hay un limonero viejo lleno de grandes limones maduros. Nos imagino sentados bajo su sombra, con las camisas blancas, impolutas, abiertas, bebiendo limonada con buenos mendrugos de hielo en los vasos. Domingo por la tarde. Desocupados. Risas. En otro tiempo. Tal vez en el futuro. Dos boches armados de guardia con los ojos entrecerrados. La ráfaga de Liberto les toca de lleno a la altura del pecho. Era una casona grande. Bien hecha. Parecía casi abandonada. Difícil. Puede haber cincuenta bien armados. Ellos tiran granadas. Arrasan las ramas del limonero. Sacan dos ametralladoras de las rejillas de una carbonera. Suerte que se les acaban los peines a la vez. Tengo tres o cuatro segundos. Cuento en voz alta. Entran conmigo Jaime, Lolo, Elmer. Huele a polvo húmedo, aceite de camión, sudor, cordita. Los gritos se oyen siempre aunque estés sordo por las explosiones y los tiros. Los nuestros. Los de ellos. Apunto a los ojos porque es instintivo buscar un punto, el cuerpo sólo es un bulto. Sé que fallo más si apunto al cuerpo. En cambio en la cara se derrumban. Un tiro en el pecho hace luego una buena fotografía de vencido. Un impacto en la cara es siempre muy feo. Muchos soldados yankis vomitan al ver esos agujeros. Tanto destrozo. No convenzo a Liberto con mis teorías. No puedo decirle que esta vez fallé y por eso el hombre pudo disparar su Mauser. Pero él también falló por apuntar a bulto y sólo me atravesó la carne del hombro por encima del hueso. Se me cae la pistola como si ese brazo fuera el de una marioneta. Me queda la Browning de la izquierda. Soy zurdo. Sigo escalera arriba disparando a las miradas. Uno asoma el cañón y dispara a menos de tres metros de mi cara. Me llegan pedazos hirvientes de pólvora que se me clavan en el cuello, pero no la bala. Me duele más la quemadura que la herida. Grito. El hombre se asombra de haber fallado. No le sale acerrojar. Le entra el tiro por encima de la frente. Hay muchos en un salón parapetados tras librerías derrumbadas y una enorme mesa de despacho de madera maciza con caras angulosas talladas. Liberto les mete tres cartuchos de dinamita con mecha corta. Se derrumba todo. El tabique que nos separa de ellos también ha reventado. El techo, la pared maestra que daba al huerto del limonero. Muchos cuerpos rotos. Ráfagas del naranjero de Elmer que no escucho. Sólo veo el rojo de la bocacha. Todos sordos durante una semana. Casa por casa matando. Así ha sido esa batalla. Conejo me cura la quemadura les cuello con pomada amarilla. Luego, por la tarde, Leclerc habla y habla mirando el mapa. Tiene que gritar. Se están reagrupando en el pueblo más grande. Debemos ir esa misma noche. Le escucho muy lejos. Leo los labios. Llevo un limón en la chaqueta. Le corto con la navaja y me meto una rodaja en la boca. Escuecen los labios secos. Siento la hinchazón del hombro, como de corcho, el latido constante del dolor.

 

    Quedan varias horas. La cama esta fresca. Las sábanas limpias. Los chicos están en las otras habitaciones. Hay uno que ronca fuerte. Se escuchan a lo lejos las explosiones, el zumbido de los aviones muy altos. La alcoba tiene una pequeña estantería. Libros antiguos bien encuadernados. Me recuerda la habitación de Ariadna. Si me concentro casi recuerdo el olor de sus axilas. Ella me aficionó a escribir un diario. No soporto la comodidad. No quiero engañarme. La habitación tiene también un pequeño escritorio desde el que escribo ahora. Un gran espejo roto. Un balcón grande que da a un huerto abandonado. Aún crece salvaje una tomatera. Desmonto la Browning. La Astra me la limpia Elmer. Cojo un libro al azar. Los hermanos Karamázov en alemán. Vuelvo a pensar en Gracián Jaraíz. Ni siquiera lo abro. Temo leer. Volver a cuando podía leer horas y horas en la penumbra de las tardes de verano. Abro un cajón del escritorio. Está lleno de plumas. Me llevo tres que escriben y un pequeño tintero de viaje aún lleno de tinta azul. Relleno los cargadores de la pistola y los del naranjero. Vuelvo a la cama. Me vence el dolor del hombro. Volvemos luego al cuartel de Leclerc. Repite el plan, la necesidad. Explica sobre un plano por dónde es mejor entrar y salir. Están todos los hombres, también los nuevos. Hay luna y haremos mucha sombra. Negro y Liberto dudan. Leclerc vuelve a explicar. Quiere convencer. Nunca se cansa. Jaime vuelve a dormirse mientras están liados sobre el mapa. Han traído dos cajas de las nuevas granadas que funcionan. Cada cual llena bien su bolsa de bandolera. A Ariadna no le gustaba Dostoyevski. A Gracián sí. Elmer me da la pistola Astra limpia y bien engrasada. Debemos caminar cinco kilómetros. El santo y seña es “cotidiano” pero a los últimos soldados franceses no les ha llegado ni el orden de batalla de mañana, ni la seña. Grita Lolo: quien coño os va a dar por culo a estas horas. Luego se queda unos minutos y les explica todo. Tantas veces hemos abierto fuego ante la duda. Negro y Liberto van delante. Nosotros esperamos. Avanzan cien metros y si no hay bulla hacemos igual nosotros. Hemos entrado a ciegas, en diagonal, cada uno en su área para no matarnos entre nosotros como otras veces. Me quedaba al final sólo una granada y un cargador de la Astra. El último hombre que maté tiró el fusil y pudo sacar la bayoneta. No vemos nada. Es mucho más fuerte que yo y aunque le tengo agarradas las muñecas mueve los brazos a su antojo. hundo la cara en su cuello, abro mucho la boca y logro morder su nuez de adán. Está dura, cruje, luego siento la sangre caliente que entra también por mi nariz y casi me ahoga. Afloja las manos y suelta la bayoneta para intentar agarrar mi cabeza. Lolo y Conejo parece que están muy mal heridos. De los veinte nuevos han muerto trece. Nos largamos de allí espantados, como si hubiéramos cometido un crimen, sin decir ni una palabra. Casi al amanecer viene Raymond Dronne a vernos a la casa. Jaime no se despierta, sigue roncando. Nos felicita. Pregunta cuantos. Sólo han vuelto tres. No se me va el sabor a sangre de la garganta. Al día siguiente logran avanzar los refuerzos yankis y tomamos por fin la ciudad.

 

    Al día siguiente, Conejo, por joder, saca el gramófono de la casa reventada del alcalde y elige uno de los pocos discos sanos que han dejado los obuses. Comienza a sonar la sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125 de Beethoven mientras los soldados rendidos, sentados en el suelo, con las manos tras la cabeza, esperan a que lleguen los camiones que les lleven al campo de prisioneros. A uno de ellos, que está junto a Conejo, que apenas tendrá veinte, le sangra un oído y tiene la mano destrozada, mal vendada con una bufanda sucia, baja los brazos, sonríe, le pide un cigarrillo. Yo tocaba el oboe en la orquesta de mi ciudad. Dice el boche. Conejo es blando, rebusca, le da un paquete entero que el alemán tiene que abrir con los dientes. Luego el paquete pasa de prisionero en prisionero hasta que se termina. Gracias señor. Dice el soldado en español. Estudiaba su idioma antes de todo esto. Conejo no dice nada. Hace un gesto como de espantarse una mosca. El chaval comienza a recitar los versos de Schiller “An die Freude    Freude, schöner / Götterfunken / Tochter aus Elysium, Uno de los americanos que pasa le da una patada pero él sigue recitando.  Estoy sordo de este oído pero el otro me funciona. ¿sabe que Beethoven no podía oír cuando se estrenó la novena? Siguió la música con una copia de la partitura. Wir betreten feuertrunken, / Himmlische, dein Heiligtum. Conejo se saca otro paquete de la bolsa. Se enciende uno y tira el resto del paquete a los prisioneros que, en lugar de pelearse, se reparten los cigarrillos con orden y luego, ya encendidos, tras dar dos o tres caladas, comparten con los suyos el pitillo A Ludwig Le llamaban el español, porque era bajito, muy moreno, con el pelo liado como el suyo y el cuello gordo. Deine Zauber binden wieder, / Was die Mode streng geteilt; Alle Menschen werden Brüder, Wo dein sanfter Flügel weilt. Entonces Conejo traduce las palabras. Todos los hombres vuelven a ser hermanos / allí donde tu suave ala se posa. Su abuela era española. Seguro que no lo sabes. Y prisionero se golpea con la mano sana la rodilla. ¡Claro que lo sé!, se llamaba María Josefa Poll, su abuela por parte de madre. Y el amigo más íntimo de Beethoven, con el que se iba de parranda por las cervecerías de Viena, era un violinista negro, George Bridgetower, al que dedicó la Sonata Kreutzer, aunque luego se enfadó con él. ¡Señor español, que yo no soy nazi, sólo soy un soldado alemán! El chaval rebusca en su chaquetón y se saca una fotografía chamuscada en la que un adolescente da la mano a Jesse Owens. Mi padre corrió en ese agosto del treinta y seis contra él y se hicieron amigos. Conejo lee la dedicatoria. Para Stefan, con la esperanza de que sea tan gran deportista como su padre. Un abrazo. Jesse. La espera se hace larga. Los soldados están agotados. Por fin llegan los camones. La Novena hace rato que se ha terminado. Español ¿puede ponerla otra vez? Conejo carga el resorte con la manivela y vuelve a mover la aguja en el comienzo del disco. Los prisioneros se levantan y se colocan en fila. El joven soldado comienza a cantar en voz alta los versos de Schiller y se siguen otros muchos boches. Freude trinken alle Wesen /  An den Brüsten der Natur; / Alle Guten, alle Bösen / Folgen ihrer Rosenspur. / Küße gab sie uns und Reben, / Einen Freund, geprüft im Tod.

 

    Han pasado algunos años. Conejo está conmigo en el Teatro da Trindade de Lisboa. La Joven Orquesta de Viento de la Unión Europea toca la Oda a la Alegría y en ella toca su nieta el Oboe. A la salida un anciano alemán se acerca saludarnos.

 
 



jueves

UTZ Y UNA TRUCHA DE PORCELANA


Llegaste a la ciudad un mes después de la caída del muro. Lo primero era pisar la Berlin Alexanderplatz que te contó Alfred Döblin y ver en un museo el careto a Nefertiti. Después tomar una jarra de un litro de cerveza por cincuenta pesetas en la cantina de la Universidad y vaguear por una ciudad gris llena de Trabant y fruterías donde vendían grosellas. Habías leído a boleo a algunos escritores alemanes sin haber comprendido aquel enorme agujero. Hermann Hesse, Heinrich Böll, Ernst Jünger, Günter Grass, Berthold Brecht, Stefan Zweig, Walter Benjamin... Pero el pozo estaba siempre ahí, entre sus palabras, agazapado, muchas veces invisible. En ocasiones parece una cicatriz o un silencio o una elipsis más o menos afortunada. Siempre enorme. La demolición científica de Europa. El fascismo triunfante, tan aplaudido por los dueños del dinero, arrasando las vidas, los sueños, las ficciones de tantos. Luego vencido y superado y enterrado. O no tanto. 

Junto a la tienda en la que compraste por fin las grosellas; también unos huevos, unas patatas y una cebolla con las que luego harías una triunfante tortilla de patata a tus anfitrionas alemanas -ellas hicieron un suntuoso guiso de carpa asada mechada con tocino ahumado-, había un diminuto escaparate con todo tipo de anticuados achiperres para pescadores. Pinchadas sobre un tapón de corcho había unas cuantas moscas ahogadas montadas con unos hilos más grises que la ciudad y unas plumas de becada cazada en un bosque austrohúngaro. Te llevaste todas por otras cincuenta pesetas junto a una medallita de cobre de la “Conquista de Berlín”, ¡ya chatarra bélica para turistas!, dijo el vendedor en perfecto español con acento cubano. A tu regreso te faltó tiempo para volver a leer a Herman, Stefan, Walter, Günter y al resto de brillantes derrotados. Luego, cuatro meses después, te escaparte de nuevo hacia el Ibor para probar esas moscas del triste y agotado realismo comunista.


Hoy vuelves muchas veces a Benjamin y a Jünger, ¡tan opuestos!, y mucho menos a todos los demás. El día de abril que probaste las feas moscas alemanas, triunfaste. No paraste de luchar con grandes peces que a veces te rompían el sedal y a veces acababan en tus manos. Ese año cumplías veinticinco. Ayer perdiste la última de aquellas moscas ahogadas, se la llevó de piercing una carpa que se podía haber puesto a hablar contigo como el pez de Grass o ser hermana de la que te comiste en Berlin aquel diciembre de asombros. Por la noche te has acordado de una fotografía en la que posas con el puño el alto junto a otros tres amigos en la Karl-Marx-Platz y de aquellos días de primavera, lluvia torrencial y peces gigantes en la parte baja del Ibor. Nada ha cambiado allí. Cada dos o tres años, según el azar especulativo que llena el embalse, aparece un viejo molino y una ciudad muerta. Por la noche has releído a Walter otra vez “Quien sólo haga inventario de sus hallazgos sin poder señalar en qué lugar del suelo actual conserva sus recuerdos se perderá lo mejor. Por eso los auténticos recuerdos no deberán exponerse en forma de relato, sino señalando con exactitud el lugar en el que el investigador logró atraparlos"... La trucha de porcelana es danesa, de los años 30, comprada a una anticuaria de Praga por culpa de Chatwin, pero esa es otra historia.


viernes

LA TRUCHA Y LA COMUNA


1871, Wilhelm, el padre de Isak Dinesen estuvo en esos días por París. Fue tratado con cortesía y pudo ver cómo la “república universal” podía ser un hecho. Luego Karen convertirá en heroina huida a una cocinera del “Café Anglais” en su cuento “el festín de Babette”. ¿20.000, 50.000 muertos por los bombardeos y represión posterior? La Comuna de París, y sobre todo los hechos sociales únicos que allí se inauguraron, asombraron a Marx, hicieron temblar a la burguesía republicana y sobre todo a los tipos que estaban inventando y construyendo todos esos nacionalismos incipientes que hoy nos encierran y apestan. 

La Comuna sería luego mal historiografiada, vilipendiada, fabulada y utilizada a su interés por los apologetas del socialismo real o por los más rancios conservadores. Pero de toda aquella palabrería podemos rescatar tres hechos cristalinos y hermosos: la quema de la guillotina en la plaza de Voltaire para simbolizar que no debía de haber jamás conexión entre revolución y cadalso. La destrucción de la columna de Vendône construida para glorificar el imperialismo napoleónico y que fue derribada para condenar la guerra entre los pueblos y para demostrar la fraternidad internacional. Y la creación de la “Unión de Mujeres para la Defensa de París” que comenzó a reorganizar el trabajo femenino y a luchar por el fin de la desigualdad económica basada en el género.

Gustave Coubert participó en la Comuna de París “soy partidario del socialismo y de todas sus sectas” (Recuerdo haber leído que antes, en pleno Segundo Imperio, Napoleón III el puritano, se había liado a bastonazos con su obra “Las bañistas” porque en ella se ve el grandioso culo de una campesina desnuda poco “charmant”, pero es un culo real, verdadero, precioso alejado de toda idealización femenina)

Courbet es delegado por el sexto distrito de Paris al Consejo de la Comuna y artífice de la Federación de Artistas. ¿Su grito de guerra? “¡Hay que encanallar al arte!” Tras el asalto del ejército es detenido en junio de 1871. Va a la cárcel, es torturado, se libra por los pelos de ser fusilado. ¿Y tras salir de la cárcel de qué se acuerda? ¿Qué pinta? Vuelve la mirada a su pueblo Ornans y al río de su infancia, el Loue. Y pinta “La trucha”. Luego se va al exilio, a la miseria. Muere el 31 de diciembre de 1877 en la Tour-de-Peilz. Pocos días después los cuadros de su taller y sus herramientas de pintor se venden en subasta pública.

Todos los pescadores de cierta edad tenemos guardadas algunas “naturalezas muertas”, bodegones fotográficos que entonces nos parecieron bellos y al poco mostraban su estampa sosa, opaca y triste. Me gusta mucho Courbet, tanto el realismo exuberante de sus desnudos (imposible olvidar “el origen del mundo”) como esta simple trucha, aunque esté muerta, recién pescada. Ha pintado aquí hasta el hilo para que no confundamos su trucha con otros peces cogidos con red u otras artes. El cuadro está en París en un lugar importante del museo D´Orsay.

sábado

AUTORRETRATO


Me conmueve este paisaje. No me canso de mirarlo. Me recuerda al viejo Humboldt. Menudas vistas. Cuentan casi todo lo que valoramos de la tierra. Además es un cuadro grande, de casi metro y medio por dos, que permite a su autor precisar los detalles con espacio suficiente. Nada que ver con esos micropaisajes del XVII y XVIII, que seguro que los pintores se quedaban ciegos dando pinceladillas. Thomas Cole nació inglés pero se convirtió en artista en los Estados Unidos gracias al comerciante y mecenas Luman Reed, que le pagó un largo viaje por Europa. Allí se bebió las obras de Constable y a Turner. Luego se pasó casi un año vagueando por Italia con el caballete y la caja de colores a cuestas pintando ruinas y paisajes. Con mecesas así, da gusto.

El cuadro está en el Metropolitan Museum de Nueva York y creo que hice la visita para ver sólo esta pintura. Se titula: "Vista del Monte Holyoke, Northampton, Massachusetts, tras una tempestad" o también “The Oxbow”. Pero en realidad es un autorretrato de propio Thomas. Se le ve feliz, optimista, tranquilo. Saborea el placer de mirar el perezoso meandro del Río Connecticut. A Cole le gusta disfrutar del sol, la lluvia, hasta de la subida a caballo que ha hecho al monte Holyoke cargado con la sombrilla, comida, abrigo y todos los achiperres de pintar. A un lado se puede contemplar la sierra salvaje y sin civilizar, una selva fría en la que además está cayendo ahora la tormenta. Al fondo, ocupando todo el horizonte, campos de cultivo fértiles, la gran América agrícola, la tierra de promisión, la Arcadia fértil y libre con la que soñarán los europeos durante generaciones. Naturaleza y civilización conviven en armonía. El río baja brillante y limpio. 

En Europa la revolución industrial quemará la vida de tres generaciones. Las chimeneas de las fábricas y los desechos líquidos comenzarán a envenenar el aire y el agua. Pero aquí no se ve nada de eso. Me quedo con Thomas, medio escondido entre los arbustos, con su sombrero puesto, “mirando a cámara”, trabajando en lo suyo con absoluta libertad. Cuando salí del museo hacía mucho frío. Aún humeaba el gigantesco boquete donde estaban las Torres Gemelas como un apocalíptico Dust Bowl. En las reservas indias había casinos y el sueño de América se había reducido a aquel "El hombre del salto” del que luego escribió Don Delillo.

domingo

RÍO DE MESETA

Entre el Valle de los Aviones y el Risco Amarillo había un pozo. Agua en todo lo alto, encima de un risco de granito desgastado ¿Quién haría el agujero allí? es un lugar muy raro. Más arriba hay un poblado paleolítico bien escondido entre el monte a salvo de los expoliadores.
Desde el Pozo Airón se veía el gran río en toda su belleza. Más abajo estaba el Salto del Macho y el Cerro la Lobera. Imagino que desde allí se oía el runrún o el rugido de los rápidos según las estaciones. En el agujero había agua limpia y fresca, aunque se necesitaba cordel y cubilete para llegar al fondo. Todo se civilizó por aquí pero todo era aún salvaje. Se abandonó, se fueron o les echaron. El matorral, las carrascas. el tejón, el elanio, el torvisco, la garduña, la digital, las nemópteras sustituyeron al pastor y al barquero, al molinero y al hortelano. Prefirieron los pueblos recogidos y seguros. 

Ese día llevé veinte metros de cordel y un vaso. Subí agua de la penumbra y bebí. Era dos de mayo y hacía bastante calor ¿Cuantos años habían pasado desde que antes otro saboreó ese agua tan fresca? De bajada cogí bastantes espárragos y luego tenté a un gran barbo que subía por la desembocadura, encelado ya. Grande, comizo, nervioso, que en dos segundos nadó hacia el escarabajo e hizo sonar el sedal roto como un tiro, a medias silenciado por el agua. Luego han hecho un carril casi cerca. Hay vacas y van sus cuidadores. A veces otros pescadores de cebo se ponen en el estrechamiento. Pero nadie sube hasta lo alto para descubrir el pozo y otear como antes las zonas planas del Este por donde estaban los largos arenales y el paso somero y fácil cuando el río iba bajo en verano.

Me he acordado hoy de esas exploraciones veinteañeras. Bajaba en paralelo por el pequeño río hasta llegar al grande, adivinando y perdiendo a veces el paso entre los riscos. No había senda. Me asombraba la cantidad de grandes lagartos ocelados que se calentaban sobre los canchales, los corcetes molestos por mis ruidos, las perdices cruzando de ladera a ladera y los miles de escarabajos negros y rojos comiendo polen encima de las flores que luego te subían por la camisa. Tambien he recordado esa primera certeza de estar de paso, ser un bicho más, frágil como todo. O más. Esa certeza desconcierta al principio, no es fácil, borra genealogías de dioses y de héroes, desmonta artilugios filosóficos, puñados de arrogancia y trascendencia. Pero también nos limpia los ojos para ver lejos y entender de dónde es la belleza.
Fui por allí muchas veces con la engañosa seguridad de creer que podía volver a pisar ese lugar a mi antojo, de que al año siguiente volvería beber y a vencer al barbo o a intentarlo.
Tengo que volver, me digo ahora, dudando ya de casi todo. Tengo que volver, vuelvo a escribir, porque si no quieres volver es que has dejado de ser pescador.


martes

PARA TODO LO DEMÁS

Los que a veces la vimos de cerca, lo sabíamos. Ese valor, el privilegio, lo extraordinario. La joya, el perfume, la caricia de una hora de libertad, un día de vida entero y tuyo, o compartido, regalado, lento, no obligado. El simple placer de estar ahí, de leer una página perfecta, de tocar el cantueso, de caminar al aire.

A los que la miraron yo los detecto pronto, ese punto de arrogancia, casi de chulería, de me-importa-una-mierda-lo-que-me-digas o digan de mí, o de cualquier cosa. Esa sonrisa grande de placer sin reservas, la forma de afirmar y de negar, de perder el tiempo o de ganarlo, de apartarse de carreras, largosplazos y aplazamientos, su forma de escribir, de llenarse de río, de estar en silencio. Son los que fueron y volvieron, o los que vieron no volver al hijo, al padre joven, a la amiga, al amor. Nunca están amargados, sonríen casi siempre y tienen, ahí en el fondo, esa chispa tan rara. Por aquí también hay. Los admiro, quiero y respeto. Me da igual lo mucho que saquen los pies del tiesto o por eso. Casi todo lo que escriben vale e importa, y hasta cuando no vale, me importa.

Ahora “la peste” nos ha mostrado a todos lo que tiene valor. Nos ha enseñado lo que era precioso y nuestro, y lo que era apenas decorado, paja, nada. Eso que era tan evidente para algunos, ya antes.

A veces he vivido por otros, he pescado por otros muchas horas, teniéndolos presente, no olvidando, brindando por ellos con mi vino y mi tiempo. Diciéndome: no gastes lo escaso, derróchalo en esto que te gusta y que a él tanto le gustaba. Ya sabes, te dijo (y fue lo último), disfruta. En esa palabra lo concentraba todo: leer, mirar lejos, pasear por la intemperie, comer lo rico, cocinar para quien quieres, besar con deseo, reír con ganas, pescar mucho, saborear la cerveza, hablar con el hijo de cualquier cosa.

Estos días “la peste” me han recordado de nuevo todo eso, tan fácil de olvidar en cuanto la vida cotidiana, más o menos normal, arranca otra vez hacia su aullido interminable, su prisa, obligaciones y apariencias.
El primer día que vuelva al río lo haré con ellos, por ellos, para decirles que no les olvidé y que este placer del agua, la dicha del torrente, del derroche de vivir con arrogancia, lo aprendí en su compañía y que también he querido enseñárselo a mi hijo el pescador. Para todo lo demás ya está la escuela.

20 - 20


Tocamos la Vía Láctea con la lengua y es rugosa. Bebemos la última de las diez Woll Damm con humo de colores compartido y no sé dónde te doy cincuenta y siete besos. Tienes mañana un viaje. Te vas. Me veo de pronto sólo en una calle estrecha y cuesta arriba escuchando con nitidez los clic del sónar del murciélago, un perro ronco incansable, una moto sin escape que al poco chocó contra algún muro de las lamentaciones y un trozo de silencio con sabor a chicle de fresa ácida me llenaba la boca. Llego a la casona de mis abuelos, abro con la llave mágica de platino iridiado, bebo un litro de agua helada, me como dos rosquillas, cojo la caña, el sombrero y me duermo caminando con el piloto automático puesto, sin tropezar ni una vez, sin perder ni un paso, sin entender aún hoy como se pueden recorrer cuatro kilómetros caminando a oscuras, utilizando la deslumbrante luz de las estrellas de una noche muy nublada de abril y recitando en bucle ese poema de Octavio Paz que antes me has clavado en medio del oído con la boca muy abierta y tu voz entera dentro del ombligo. Cuando abro los párpados estoy en la poza Ancha, sentado en medio del pedrusco pulido en el que un día de riada había bailado una canción de Lou Reed y entendido el miedo humano al Diluvio Universal y otros apocalipsis. Quiero pasar el sedal por las anillas y hacer un nudo doble pero no veo nada, , sigo deslumbrado por el recuerdo del brillo fluorescente de tu cuerpo delgado, o esa certeza de que nunca estaré tan cerca de la piel de nadie, ni de tu voz caliente susurrando la palabra secreta para volver allí, y que ahora no recuerdo, ni ya nunca. Tarda en amanecer un siglo pero me siento muy seguro con el culo pegado al borde de aquel cancho gigante lleno de líquenes y pellejos de larvas de caballito del diablo. Creo que nunca he vuelto desde entonces a beber tanta cerveza o tanta espuma salada del origen del mundo o con tanta sed un verso de cualquiera. Aún sigo muy borracho cuando lanzo detrás de la última corriente, a quince metros, el chorro cae vertical sobre lo más hondo de la poza. Dejo hundir mucho rato el señuelo y al tensar el sedal y abrir de nuevo los ojos un monstruo de esos de Lovecraft muerde desde el detrás del abismo y me tira de la roca, o tal vez me he caído yo sin ayuda de la bestia. Soy buen nadador por entonces. Ni siquiera el agua helada y el miedo me borran del todo el estado de gracia o de pedo. Llego a la orilla en el que las raíces rojas y negras de un árbol gigante, a medias medusa y a medias garra, beben directamente del río. Allí, medio sentado, voy recogiendo hilo con el agua por el cuello, hasta que mil años después o mil uno tirando de la soga, siento el gran pez ya rendido, boqueando a un palmo de mi cara, precioso, furioso, vencido. Te juro que escuché el verso que recitabas tú, apenas una hora antes, saliendo ahora de su garganta de trucha derrotada:

“Encerrada en un anillo de luz
la bestia de yerba duerme con los ojos abiertos,
la luna desentierra navajas,
el agua de la sombra se ha vuelto un fuego verde.
El espejo es de piedra y la piedra ya es sombra,
hay dos ojos del color de la cólera,
un anillo de frío, un cinturón de sangre,
hay el viento que esparce los reflejos
de Alicia desmembrada en el estanque.”

Y aún lo sigue recitando cuando la libero, mientras vuelve a lo oscuro, lenta, perezosa, segura en su olvido de pez. Salgo a la orilla, hago fuego, sale el sol, la tierra arranca en su giro diario y apenas chirría. La bruma del alcohol compartido se va disolviendo. Era 20 de abril y tenía 20 años. A veces intento recordar la palabra secreta para volver allí y sólo recuerdo el puto poema de Paz.

miércoles

GINTONIC CONTRA COVID 19


He escuchado esta mañana que los médicos tratan a los enfermos de COVID 19 con cloroquina y la hidroxicloroquina y me he acordado de mi amiga Francisca Enríquez de Rivera, una señorita pija que se casó con Virrey Luis Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, IV conde de Chinchón, y que en el verano de 1630 se estaba muriendo sin remedio. Al principio era algo de fiebre, luego vómitos, más fiebre alta, tiritonas, debilitamiento general e imposibilidad para comer. Los mejores médicos españoles del virreinato probaron todos sus potingues, drogas y tratamientos, pero nada la curaba. La condesa va a morir sin remedio como tantos españoles, debilitada por una terrible y extraña fiebre convulsa. Entonces, una criada india que la cuidaba, le dio a probar un potingue amargo que muchos pueblos andinos tomaban para curar esas fiebres mortales. El remedio, ante el asombro de todos los matasanos, curó a nuestra Francisca.
Otras fuentes sugieren que fue Diego Torres de Vázquez, jesuita y confesor del virrey, quien le indicó que probase con esos polvos hechos de corteza de un árbol, que había visto tomar a los indígenas. Se dice que los médicos del Virrey no se atrevieron al principio a dar la la condesa el bebedizo indio y probaron antes con otros muchos enfermos de fiebres que había en el Hospital de Lima y estos se curaron. Entonces lo tomó la condesa y voilá!.
Los Condes de Chinchón, cuando regresan a España, no se cansarán de recomendar ese fármaco mágico: la quina, los "polvos de la condesa" que salvarán la vida a partir de entonces a miles de europeos. La sustancia se extrae de diferentes especies del género Cinchona, que se llama así porque el naturalista sueco Carlos Linneo le puso el nombre en honor a nuestra amiga la condesa de Chinchón. Las principales especies son la Cinchona calisaya o quina amarilla, la Cinchona ledgeriana, la Cinchona succirubra o quina roja y Cinchona officinalis. Todos son árboles que se dan en territorio andino: Ecuador, Colombia, Bolivia, Perú y Brasil. Luego Carlos III enviará a Perú y a Chile una expedición organizada por los botánicos Hipólito Ruiz y José Pavón, a la que se sumó el médico y botánico francés Joseph Dombey. Nuestro experto en los ingredientes del gintonic Hipólito Ruiz escribió la “Quinología o tratado del árbol de la quina” y luego nuestro gran botánico Celestino Mutis escribió otro tratado sobre la quina: “El Arcano de la Quina” (1828), obra póstuma publicada en Madrid en 1828.
El inglés William Cunnington, a fines del siglo XIX, inventó un refresco carbónico con extractos de quina, el “Tonic Cunnington”. El potingue es amargo así que para mejorar el pelotazo antipalúdico los ingleses le añadieron el alcohol que tenían entonces más a mano: la marinera ginebra. Y voilá el gintonic! 

Ahora, moléculas más modernas que fabricamos a partir de aquella viejísima quina peruana, se utilizan como un tratamiento experimental para luchar contra el COVID 19. No debemos olvidar que de las selvas que estamos arrasando salieron y salen miles de fármacos eficaces. Gracias a los bosques y selvas, los árboles y, sobre todo, gracias al conocimiento ancestral de los indígenas, contamos con un montón de moléculas con principios activos curativos como la popular aspirina o esta famosa quina “de la condesa”. En estos tiempos en los que estamos haciendo desaparecer para siempre muchos ecosistemas salvajes del planeta deberíamos considerar, de forma egoista, que dentro de ellos tal vez esté el remedio de enfermedades futuras.

Extremadura era una zona palúdica. Gracias a los nuevos tratamientos con derivados de la quina, la desecación de humedales, la introducción de la gambusia y las campañas de profilaxis se erradicó en 1964. Don Jaime, mi estupendo profesor de Ciencias Naturales de primero de BUP, nos hablaba de aquello. Él tuvo malaria. Hoy hay vacunas, mejores profilaxis, mosquiteras buenas… pero cada dos minutos muere un niño por la malaria, 600.000 personas al año. 200 millones de casos clínicos anuales. La enfermedad que más mata... La enfermedad que más ha influido en la historia de la humanidad.

Durante este confinamiento cuarentenero echamos de menos los gintonic de nuestra amiga Pituka. Los hace con ginebra Nordés, tónica sin azúcar, hielo roca y todo tipo de yerbas de la madre celestina. El primero hay que saborearlo despacio y con buena conversación, el segundo hay que compartirlo, con el tercero ves a dios o, en su defecto, y con ganas de fiesta, a quién vivía en aquel perdido paraíso boscoso mesopotámico que salía en el Génesis.
(Dedicado a Ignacio Rojo Herguedas, que me recordó ayer esta historia)


sábado

GUADALPERAL


Pescamos con frecuencia esta orillas anegadas del viejo Tajo. E. Lleva un pequeño broche de bronce prendido de su gorra de pescador. Bronce, “edad del bronce”, una simple aleación de cobre y estaño. Ambos metales son blandos, sin embargo unidos se convierten en algo bien distinto, duro, resistente, afilable y muy cortante. Mucho cobre, un poco de estaño. Pero había que conseguir ambos metales no siempre abundantes, fundirlos a más de mil grados, hacer recipientes que aguantasen el calor, moldes apropiados, saber martillearlo luego para aumentar así su dureza. Luego un largo adiós al frágil sílex o a la blanda madera. Los pueblos del bronce hicieron de esta asombrosa aleación hachas, jabalinas, cuchillos, anzuelos, adornos refinados o el primer espejo de verdad en el que mirarse… Se dice que fueron los egipcios los inventores del milagro. Esas nueve partes de cobre y una de estaño revolucionaron el mundo. Con bronce crecieron las grandes civilizaciones mesopotámicas, se inventaron los ejércitos, la especialización laboral, las tiranías y el comercio o la rapiña entre Siria, Anatolia o el Egeo y las raras tribus que poblaban Europa: estaño de Bohemia, cobre de Iberia. Los objetos de bronce rescatados de los yacimientos de El Argar y las Motillas parecen recién fabricados… Pero sabemos poco de los tiempos del Bronce, tan remoto, confuso e inquietante. Luego llegó el hierro y el bronce quedó para las estatuas, las campanas de iglesia y los cañones… Pero entonces, cuando se construyó este dolmen hace cuatro mil años, el dorado bronce era un bien escaso con el que fabricar preciosos objetos. Precioso: bello, apreciado, escaso, de gran valor simbólico, de uso y de cambio. Precioso: su color es dorado oscuro, bronceado, si está pulido brilla como el oro, o casi.

El primer eminente arqueólogo que estudió el yacimiento de Guadalperal fue Hugo Obermaier, no era un vulgar curilla, como se dice en algún periódico. La edad de hielo en Europa será su especialidad e investigará en las cuevas de toda Europa y sobre todo España, el Musteriense antiguo, el Auriñaciense, Gravetiense, Solutrense, Magdaleniense y el Aziliense. La primera guerra mundial le impedirá seguir sus investigaciones en París así que estudiará el arte rupestre en las cuevas de Cantabria y Asturias.  En 1916 publicará en Madrid “El hombre fósil”. En 1922 se crea para él la cátedra de «Historia primitiva del hombre» en la Universidad Central de Madrid y se le otorga una plaza en la Academia de la Historia y en 1924 recibe la nacionalidad española. Además le integran como gran experto internacional en la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. En 1936, estando en Oslo como representante de España en el Congreso Internacional de Arqueología Histórica y Protohistoria, comienza la maldita Guerra Civil y decide no regresar a Madrid. Aunque le ofrecen de nuevo su cátedra la rechazará  al enterarse que la misma estaba siendo reclamada por uno de sus estudiantes, el arqueólogo, falangista y malbicho Julio Martínez Santa-Olalla. De este tipejo tendrá malas noticias tras la guerra Julián Marías. Su hijo Javier fabulará esa infamia y la traición del amigo en “tu rostro mañana”. Hoy no se sabe quién es este tipo, pero Martínez Santa-Olalla defenderá durante todo el franquismo la España de identidad pura y con una sola raíz desde el paleolítico superior, la raíz celta por encima de cualquier otra mezcla, todo eso de “la unidad de destino en lo universal” argumentado desde la arqueología filonazi que defendió e impuso en todas las enciclopedias escolares, y que aún colea en el inconsciente colectivo de muchos discursos políticos de hoy. Pero esa es otra historia.

Fue Hugo quién hizo excavaciones en este yacimiento de Guadalperal entre 1925 y 1927. Luego los Leisner, Georg y Vera, también eminentes arqueólogos alemanes y grandes estudiosos del megalitismo de la península ibérica, recuperaron los dibujos de Obermaier que fueron publicados en 1960. Gracias a esos dibujos podemos deducir el mapa del Tajo y otras señales grabadas que todos estos años de agua y sol han degradado hasta casi borrarlos. Y otro alemán andarín, Otto Wunderlich,  llegará a España en 1913 y trabajará para una compañía minera. Luego se reconvertirá en fotógrafo cotizado trabajando por encargo para instituciones públicas y empresas. Comercializará estupendas colecciones de fotografías con el título de “Paisajes y Monumentos de España”. Su trabajo se publica en el Blanco y Negro, La Esfera, la Enciclopedia Espasa o el Patronato nacional de turismo. Fotografiará los monumentos y templos romanos que estaban en Talavera la vieja antes de Valdecañas y cuanta ruina, dolmen prehistórico, castillo medieval o monumento románico que se encuentre en sus vagabundeos ciclistas por aquella España de verdad vaciada.

El camino hasta el yacimiento esta lleno tocones y raíces centenarias de brezo. Cortaron a ras la joven encina para leña, tal vez para hacer picón que se vendió por unos céntimos y luego calentó en algún brasero de un hogar autárquico y helado. El embalse anegaría las dehesas, bosques de robles, carrascas y alcornoques, perdidos y huertas, olivares y frutales, secanos y barbechos de ese horizonte antiguo, así que se dio desveda para arrasarlo todo aunque apenas dio tiempo a cortar unos pocos árboles de las más de siete mil hectáreas que cubriría el agua a partir de ese año. El NO-DO número 1.173 el 28 del IV del 1965, con el embalse ya lleno hasta los topes, da cuenta de la inauguración del “salto de Valdecañas” por parte de Franco, su señora de madrina del sarao y el pájaro de Fraga sonriendo, con discursito de José María de Oriol, el dueño de la cosa y de lo que la cosa iba a generar con el agua de todos a partir de entonces y hasta el fin de los tiempos.   La quimera tramposa del franquismo sigue muy viva en todos estos pagos. Quimera, Χίμαιρα, hija de Tifón y de Equidna, que vagaba por las regiones del Este aterrorizando gentes y engullendo animales y todo lo vivo. Hoy las tierras de alrededor del erial que es el embalse son secarrales y montes para caza, secanos miserables que viven de la PAC y miles de tocones de encinas centenarias fosilizados por el agua y el sol de las sucesivas subidas y bajas del nivel al albur del negociete hidroeléctrico. Hay poco regadío y el agua se escatima hasta a los pueblos de alrededor que sufrieron el expolio. Las cuernas calcinadas encontradas representan muy bien el valor para algunos de este paisaje por el que caminamos. El agua empantanada ha convertido en pedregal y arena muerta el suelo que pisamos, la cubierta fértil de la tierra hace ya muchas décadas que yace en el fondo del embalse junto con las miasmas de Madrid, Toledo, Talavera y cuantos pueblos vertieron al río sus deshechos durante estos cincuenta y siete años. Frente a nosotros brilla algún coche de lujo aparcado en una calle de la llamada “Isla de Valdecañas”. El estropicio es perfecto. Del río no queda nada. Tampoco del progreso que prometía aquel NO-DO, salvo la momia disecada del general golpista, el chorro de millones que engorda algún bolsillo y la rara belleza que a veces propicia el cielo, las escamas de un pez o estar en compañía del hijo pescador y de mi hermana. Me quedo con la quimera de Cernuda, con su desolación y su memoria.

Guadalperal, un nombre que evoca frescor y vergel, fruta y sombra. Hoy sólo piedras, pedazos de granito abandonado, olvidada su intención y su símbolo, su voluntad de memoria, de señalar caminos y asombros, descubrimientos y mitos. Arrumbadas, desgastadas, rotas, perdidas, despreciadas, sumergidas por décadas en agua pestilente. Pero a algunos el tiempo contado en miles nos desarma, acostumbrados a pensar que somos los mejores, que el progreso nos salvará, que la flecha hacia el futuro vuela recta, al ver estos indicios, estas ruinas, al imaginar quienes eran, que hacían, cómo vivían y lo mucho que tenían de nosotros, nos damos cuenta que algo parecido, no mucho, quedará de esta era antropocena de maravilla y derroche; pedazos de hormigón, chatarra y plástico, que es lo que se ve hoy en las orillas del embalse. Pero aquí hubo un río rápido, abundante, peligroso, lleno de aguas salvajes, barrancos y cascadas, de peces que volvían al mar y hombres que cruzaban por vados precarios y secretos. Hubo un río bellísimo e intrépido, de crecidas de miedo y agua cristalina. Y al pie de él nacieron civilizaciones y bebieron sus cabras y sus niños, inventaron barcas y sedales de pesca, lugares sagrados con vistas a las estrellas y fuegos mágicos en los que fundir el cobre y contar historias, ver pasar los siglos y bañarse sin miedo en lo profundo... como hizo mucho más tarde el loco de Boyton o mi bisabuelo. Nada queda del río ni de esa gente. Sólo piedras, la cicatriz en el granito que dibujó hace cinco mil años un artista mostrando el antiguo río y sus secretos vados, la bruma de la historia indagando las huellas o la de algún amigo curioso que viene y se pregunta para qué, quién, cuando. Nada.
La codicia de algunos, que no la sequía, ha desvelado de nuevo este lugar inhóspito que una vez era bosque y matorral, horizonte de río grande, hogar acogedor. Hoy lo pisamos con asombro, acariciamos las piedras y nos despedimos de ellas. Sabemos que nada se hará para rescatar el lugar, igual que nada se hace para que el agua, hoy verdosa y sucia, vuelta a estar limpia, corriente y libre hasta el Atlántico. Las lluvias del otoño y la avaricia de quien manda en el embalse ocultarán de nuevo este paisaje, túmulo, templo solar, menhires, crómlech, arqueología subacuática dejada a la desidia y la destrucción, como otros cientos de yacimientos en esta tierra a la que nunca enriqueció ningún pantano.
Solo piedras. Pero hay una rara belleza que aún pervive. El rastro de esas vidas en las muescas y dibujos aún parece caliente a pesar del desgaste y de los siglos. Nos alejamos luego, sin mirar atrás, caminamos en silencio largo rato, como quién deja una casa a la que no volverá nunca, como quién cree escuchar el rumor fuerte de un torrente bravo a lo lejos, ese río Tajo que ya no existe".

martes

ALEJANDRO

Escucho “Suzanne”. Estoy leyendo “los hermosos vencidos” en una edición barata comprada en el mercadillo de los jueves. En uno de los puestos venden cintas de cassette y libros. Es otro siglo. Otro tiempo. Cartas de papel. Teléfono en el pasillo. Comienza abril y la garganta va muy crecida. Tengo las botas altas rotas. Las dejé en casa llenas de pegamento para bicicletas. Cruzo sin miedo con el agua helada por encima de la cintura. En medio de la corriente lanzo el señuelo. Pesco muchas sin moverme de allí. Levanto los brazos para no mojarme los codos de la camisa. Tengo dieciséis, bicicleta, amor y un cesto viejo lleno de truchas. Las hojas de los robles son de un color verde suave y tienen el tacto de la piel de Maite. A media mañana me siento al sol para secarme. Comienzan a crecer los helechos. Sonrío muchas veces sin darme cuenta. El profesor de matemáticas es un cafre. Piensa que en clase que me río de él y me odia. Llevo el libro de Cohen en una bolsa de plástico para que no se moje. Leo con el sol en la espalda. Llega Alejandro y se sienta al lado sin decir nada. Se lía un porro. Entrecierra los ojos. Me lo pasa. Mira mi cesto y dice “joder”. Sigue pescando garganta arriba y dice “adiós Soria, luego nos vemos”. Hubiera sido uno de esos amigos con los que uno sigue pescando la vida entera. De esos que tus hijos y sus hijos se hacen amigos. Pocos meses después, poco más abajo de este lugar precioso se matará en un coche. No tenía aún dieciocho. Ese dolor raro se queda ahí. En otro cesto que estaba lleno también entonces. Luego soltamos las truchas y el dolor, pero pasarán muchos años aún. Alejandro también sonreía siempre. A veces pescaba más. A veces menos. Lo que aprendí con él no cabría en un cesto. Ni en mil. Hoy llegó en un sueño todo esto. Cristalino.


domingo

DELEITE


Releyendo mapas, notas, diarios, en días de frío y espera, toca recordar los días de deleite. La RAE es morosa en la descripción de esa palabra y dice solo: “placer del ánimo”. El deleite es para ti una forma de disfrute que mezcla el sabor del presente, intenso y luminoso; la memoria atesorada y a salvo, y una alegría lenta, íntima, discreta. También costó llegar, no fue fácil estar allí, el camino era largo pero también sobre él hubo placer. Como lo hay ahora, cuando juegas con la memoria a volver allí y con el deseo que sabe aguardar aún unas semanas para estar de nuevo en esas intemperies. Tus amigos saben de qué hablas. Tú los llevaste y ellos también te llevaron a esos lugares. Intercambiasteis los pequeños paraísos, compartisteis ese tiempo en el río, mantenéis a salvo aquellos días de todas las posibles destrucciones.

Echo de menos abril. “Locus amoenus”, lugar idílico, casi un Edén. El topos literario ya lo exprimió bien Homero, Teócrito, Virgilio, Horacio, Píndaro, Ovidio, Gonzalito de Berceo, don Antonio Machado, por supuesto.… hoy todo dios, sobre todo la publicidad de agencias de viaje, turismos varios, hoteles con encanto, filetes ecológicos, leches desnatadas, coches todo terreno... Pero mis paraísos son gratis y están cerca. Intento no caer en el “locus amoenus”, pero caigo en cuanto escribo. Dice mi hijo que es culpa de mi infancia montaraz. Haber vivido al lado de veinte gargantas trucheras tiene eso, aunque te pongas cada día el disfraz de urbanícola educado rascas un poco y me sale el agua de un río salvaje por los ojos.
En la lápida de John Keats, en el cementerio no católico de Roma, está escrito lo que él quiso: “Here lies One Whose Name was writ in Water", “Aquí descansa alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”. John era de los nuestros.

HERÁCLITO


Heráclito de Éfeso era un pijo griego que vivió por el 500 a. C. Odiaba a los atenienses, a sus vecinos efesios y en general a todo el mundo, y murió al tratarse una enfermedad con un linimento de estiércol de vaca, un remedio que entonces estaba muy de moda entre los influencers. Le gustaba hacer juegos de palabras y dicen que inventó la dialéctica y la metafísica mientras se cortaba las uñas. Platón, mucho después, por joderle, resumía y simplificaba sus palabras. De “ποταμοῖς τοῖς αὐτοῖς ἐμβαίνομεν τε καὶ οὐκ ἐμβαίνομεν, εἶμεν τε καὶ οὐκ εἶμεν τε”, “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”, una frase llena de matices e interpretaciones, Platón la dejó en “no se puede entrar dos veces en el mismo río” que es un dicho bastante chorra y obvio. Pero es lo que ha quedado para la postérité.
Yo voy a pescar con frecuencia a los mismos ríos, año tras año, incluso repito río el mismo mes y hasta la misma semana. “¡Siempre vas a los mismos sitios!, ¡no sé cómo no te aburres!” Me dice alguien. En eso me doy cuenta que no se han leído ni Heráclito ni a Platón ni son pescadores. Porque cada año, cada mes y cada día un mismo tramo de río es siempre muy distinto, como diferente es el cielo, la brisa, el lugar donde se esconden los peces o su humor, y también es diferente el pescador porque “somos y no somos los mismos”. Jamás viví un día de pesca siquiera parecido a otro.
También me gusta repetir viajes, ciudades, bocadillos, polvos, películas… Recuerdo ahora la peli “Smoke” (1995). En una esquina anodina de Brooklyn, Auggie (Harvey Keitel) tiene un estanco. Todos los días a la misma hora saca su cámara, la enrosca al trípode, apunta a la misma esquina y hace una foto. Una imagen del mismo lugar que cada día es muy distinta. Así toda la peli, y sin embargo es muy entretenida.Heráclito era un influencer sabio, y pescador a mosca, sin duda.


NEMATODOS




Los nematodos son unos animales increíbles, al contrario que todos los demás, hay más variedad cuanto mayor es la latitud. Forman parte de la biodiversidad edáfica y sólo ahora comenzamos a entender su inmenso valor para los ecosistemas y la biodiversidad, aunque estos bichitos siguen estando al margen. Por ejemplo, la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas de Naciones Unidas, en su informe global sobre “las amenazas y tendencia de la biodiversidad”, los nematodos no aparecen ni una sola vez. Pero los valiosos gusanitos, como los hongos, son unos seres vivos claves para esa biodiversidad tanto vegetal como animal. Pero claro, es un bichito feo, muchos son parásitos, sonríen poco y no son peluchables. Para estudiar los koalas siempre hay dinero, para investigar a los nematodos casi nada. Sin koalas el mundo sería menos variado y más triste, sin nematodos una parte fundamental de la vida en la tierra se extinguiría, “un 25% de la diversidad del planeta se encuentra bajo tierra, la conservación de la fauna del suelo resulta fundamental en la preservación de los ecosistemas y agroecosistemas terrestres” dicen los investigadores en Nature.

Muchos piensan que soy un comedor de margaritas, un andarríos místico, un naturalista plasta al que sólo le apasiona hablar de halcones y quercus, un thoreausiano fanático, un homosapiens renegado de los suyos. Pero la verdad es que me repelen los redivinizadores la naturaleza que abrazan a los árboles y rezan a Gaia buscando curaciones o los que se apuntan al tópico “fuga mundi” oponiendo pureza campestre a contaminación urbanícola o los que sufren de solastalgia, el lamento por la perdida de un pasado natural idílico y vacío de humanidad que solo existió en su magín calenturiento o los igno-ecologistas que gradúan su amor y defensa de la naturaleza en función de la cercanía antropocéntica hacia el bicho, defendiendo el lince e ignorando al nematodo, adorando al peluchable cervatillo y desconociendo el valor de la lombriz o el coleóptero que despachurra su bota, esos que ven en un cultivo de pinos o chopos a un bosque, o el dominguero con derecho a enmierdar por que el campo es de todos o el turista elitista que busca experiencias exclusivas en lugares prístinos pero libres de mosquitos, de pobres y con spa cercano.

Pero disculpo a todos estos sus defectos, costumbres e integrismos. Mis enemigos son otros, son los que destruyen y arrasan por dinero y sin mala conciencia, los que consideran que el progreso pasa por aniquilar por entero la vida que hay allí si con eso sacan un beneficio personal, lo que sólo ven en el campo, el paisaje, el río, el bosque o la montaña… un estorbo, un montón de materia prima, una propiedad expoliable y cercable. Y también lo que no saben que tal vez dentro de su barriga vive feliz un nematodo parásito, en su entrepierna un ácaro, en sus uñas un hongo...
(Nature 572 pag. 187-88)