jueves

ESCARABAJOS II


Foto de: A Sánchez Nieto
Me gustan los insectos, en particular los coleópteros, se los conoce vulgarmente como “escarabajos”. Si en Europa viven unas quince mil especies en España hay unas diez mil de todas estas. Su importancia polinizadora es superior a las abejas. Sin ellos y sin ellas la vida humana en la tierra sería muy difícil, posiblemente ya nos habríamos extinguido. Respeto, admiro e intento cuidar a los coleópteros que descubro, aún así, involuntariamente, mato unos cuantos miles todos los años. Conducir por la carretera tiene estas dramáticas consecuencias.

Salvo para los biólogos expertos en insectos, los coleópteros no son muy populares, a la gente le cae simpático un cervatillo o un rebeco pero no un escarabajo pelotero. Ayer vi una nutria muerta en la carretera, veo alguna con frecuencia en la N-V poco antes de llegar a Navalmoral. Hay zonas húmedas a ambos lados de la autovía e imagino que no hay ningún paso de fauna que permita a los animales salvar ese riesgo. Me entristecen estas muertes, tengo especial cariño hacia las nutrias, muchas veces compañeras de río, pero sé que esa simpatía es arbitraria, subjetiva y personal. Igual les pasa a muchos ciudadanos, tienen en su cabeza una jerarquía empática hacia determinados animales y no hacia otros. Se pueden indignar y manifestar si alguien maltrata a un animal pero vive con total indiferencia e ignorancia la muerte o el maltrato de otros animales, por ejemplo el de un escarabajo. Aún recuerdo la enorme “pelotera” mediática que se montó cuando se desvió la carretera de Aranjuez porque el trazado inicial planificado destruía una zona llamada “El Regajal”, uno de los hábitat de mariposas más importantes del mundo. ¡Desviar una autovía por una oruga!,  ¡Si hubiera sido por un águila real… pero por una mariposa anodina!  Sin embargo todos los animales del mundo deberían tener nuestra consideración y nuestro respeto, incluso matando a algunos, deberíamos pensar que su existencia en la tierra no tiene menor importancia que la nuestra, aunque luego acabemos con muchos todos los días, eso hacemos por ejemplo con los mosquitos o las moscas o con todos los coleópteros que aplastamos con nuestros parabrisas o con los millones de animales que mandamos criar delegando su muerte a otros para tener nuestro filete y nuestro muslo de pollo sobre el plato. Hay una secta budista, los monjes jainistas, que están obligados a pisar el suelo con mucha suavidad y a barrer el terreno con plumas de pavo real para dejarlo libre de seres diminutos. El resto de humanos matamos animales o los mandamos matar para alimentarnos. Incluso algunos los seguimos cazando pero conservando los hábitat y las poblaciones de estos abundantes animales cazables para no extinguirlos. Otros, la mayoría de la población humana, sigue “cazando” peces o delegando esa caza en otros, pero sin tener muy en cuenta ni sus hábitat ni sus poblaciones, ejerciendo un sistema de pesca paleolítico, extractivo, pero con tecnología del siglo XXI. Según el informe de este año de WWF 'Living Blue Planet': El atún, la caballa y el bonito han visto reducida su población en un 74%. Los informes científicos de la Unión Europea sobre otras especies sobre las que se ejerce cierto control en las capturas tampoco son muy optimistas.

Pero claro, un gazapo o un ciervo nos caen simpáticos, los humanizamos por diferentes razones educativas y culturales, un precioso atún rojo o un chinche de agua es más difícil, tal vez porque no nos han explicado su valor biológico o su maravillosa vida.  No plateo con todo esto ninguna tesis en defensa de la caza conservacionista. Mi arbitrariedad como humano carnívoro y civilizado cazador llega a no comer atún rojo y a matar algunas perdices salvajes con mi escopeta, a considerar e intentar proteger a los coleópteros y seguir odiando a los mosquitos, a defender los hábitat de las rapaces ibéricas y guisar con mucha frecuencia pollo en pepitoria, tengo un cariño especial hacia mi teckel y siento una especial animadversión hacia las palomas urbanas. Pero vuelvo a mis bichos, a los coleópteros, a los escarabajos. Si, es cierto, uno de ellos, la carcoma, destroza nuestras casas de madera y otro aniquila las plantaciones de patatas, en cambio alguno como la mariquita nos libra de los pulgones y las luciérnagas se comen las malditas babosas de nuestro jardín. Muchos son comestibles y pueden que sean en el futuro la solución sostenible contra el hambre, quién sabe si dentro de la bioquímica secreta de alguno está la cura contra el cáncer. Llevan viviendo en la tierra más de 280 millones de años y no dudo que cuando nosotros nos extingamos del planeta tierra ellos seguirán por aquí.  Si se cruzan con un escarabajo pelotero o un rinoceronte no le pisen, aunque no sean budistas jainistas, les aseguro que es un buen tipo.

Escarabajos montados de Paco Redondo

CAMPOS


Comienza a llover de nuevo sobre Londres, Iker y su compañero odian la lluvia, demasiadas días con la ropa mojada en los frentes, en la carretera a Port Bou, en las playas de los campos de concentración franceses, en el paso del pico de Dorria o de Puigmal y luego la lluvia fría, casi siempre helada de todos esos campos en donde se quedaron sus amigos: Mauthausen, Dachau, Bergen Belsen, Buchenwald, Dora Mittelbau, Ravensbrück, Flossenburg, Neuengamme, Oranienburg, Strutthop, Natzweiler, Treblinka, Rawa Ruska, Schirmer... Caminan aprisa hasta un café en la esquina con Phillimore Gardens, se quitan las chaquetas y piden un café con leche, la joven camarera sonríe mientras regresa a la barra al ver a los dos hombretones con las manos atenazando las tazas de café hirviendo como si estuvieran ateridos de frío. 

Tomo la voz de Iker Elorza, una voz que imagino grave y seca.

Recibí una llamada de Evaristo el día veinticuatro por la noche y me encontré con él de nuevo en el Red Wild Boar. Pedimos unas pintas de cerveza y nos sentamos en la misma mesa en la que semanas atrás nos habíamos reunido con Dimitri.
—He comprado dos billetes para París. Vamos a despedirnos de Mera —fue lo primero que dije a mi compañero—.
Estuvimos después mucho tiempo en silencio, como si necesitáramos algún punto sólido desde el que comenzar a desgranar los recuerdos. Cipriano había muerto esa tarde y con él una parte de aquella vida palpitante que compartimos y que ahora ya sólo era frágil memoria, historia por contar, palabras desgastadas.
—Cada vez quedamos menos, viejo, no va a quedar nadie para contarlo.
—¿Y a quién le va a interesar el cuento? —le respondo— ¿a quién le importará el pasado de todos nosotros?, Ese tiempo remoto, ese lugar cada vez más borroso que ha sido nuestra vida. Ya nos han convertido en personajes como han hecho con Cipriano, en tipos de ficción que llenarán algunos libros de historia o unos cuantos programas de televisión. No te pienses que cuando palme Franco cambiarán mucho las cosas. Ya viste lo que pasó después de nuestra guerra, antes de Hitler o después de Hitler, los héroes se convierten en criminales y los criminales en héroes según convenga. Así que tú y yo estamos mejor aquí, escondidos en el confortable olvido de cualquier ciudad. Muchos de los nuestros han vuelto o están deseando volver en cuanto muera Franquito, pero nosotros a donde vamos a volver, ¿a Madrid?, ¿a Jara?, no nos espera nadie y seremos un estorbo para todos, un par de viejos babosos que se dedican a contar las gloriosas batallitas que perdieron.

—Yo sí quiero volver —me dice Evaristo— Heliodoro hace años que me ofreció su casa si alguna vez quería regresar y pienso hacerlo cuando se aclaren las cosas. No quiero morirme como Mera, ni como Arturo, ni como Chaves, ni como tantos, quiero morirme al sol, contando batallitas y comiendo morcilla de calabaza asada junto a Dimitri en ese pueblo donde murió un emperador o en el mío, en Jara.
—Yo no —le digo— Yo sólo quiero cazar a Jan, lo demás no me importa demasiado. Voy a cumplir setenta años  y mi futuro no existe.
Pedimos otra pinta y brindamos por Mera, por su memoria, su vida generosa, su cara de palo, el dios que lo batanó. Brindamos por el eficiente albañil de Tetuán de las Victorias, el actor que conocí en los Ateneos Libertarios representando el alcalde de Zalamea, el miliciano valiente, el teniente coronel del VI Cuerpo del Ejército que luchó como nadie, el hombre sincero e ingenuo que con la guerra perdida creía que era posible una rendición con condiciones, el vencido orgulloso que resiste tres años en el campo de concentración de Morand, el acusado en el consejo de guerra del cuarenta y tres, el condenado a muerte, el albañil exiliado y jubilado que me recibe en su casa de la avenida Juan Jaurés de París con casi ochenta años a su espalda, ya enfermo, me abraza fuerte durante largo rato y saca un buen Burdeos y unas aceitunas rellenas de anchoa.
—Que sé que eras de buen diente. Estoy escribiendo mis memorias —me dice—. Se han dicho tantas mentiras, ha sido tanta la infamia y el olvido que hay que hacer algo, aunque un libro no sea casi nada. Ya sabes que yo nunca he sido mucho de libros. Eso tú que eras un niño pera, un tipo leído. Habrías llegado a ministro seguro con los fascistas. Pero te he llamado por algo más importante, Me queda poco para palmarla. Tantas veces habría tenido que morir que ahora que es de verdad me hace un poco de gracia si no fuera por el dolor que me está jodiendo.
El anciano se levanta de la mesa y saca de un cajón unas fotos recortadas de libros, de periódicos o revistas. Reconozco a casi todos.
—Es una vieja cuenta que me ha ido royendo las entrañas poco a poco. Puede que incluso solo sea una obsesión de viejo choco, no sé. He leído casi todo lo que se ha escrito sobre aquellos días finales de Madrid, sabíamos que no tenía sentido una resistencia numantina, la guerra estaba siendo demasiado brutal para acabarla también de una forma tan inútil y tan estéril. Sospechábamos que Negrín quería entregar todo el poder a los comunistas y encima estaban los rumores de que los comunistas tenían setecientas toneladas de dinamita para volar la capital cuando entrara Franco, algo demencial si era cierto. Yo había mantenido una reunión con Negrín pocos días antes en Alcohete estando presente también Casado. Les expuse mis sospechas sobre las intenciones de los comunistas de hacerse con el poder y dar la sensación de que el PC resistía hasta el último momento mientras todos los demás sólo queríamos rendirnos. Pero no quiero aburrirte, para mí en ese momento solo había tres alternativas. La primera la que ya había expuesto meses antes Casado, crear una línea en el río Segura y concentrar allí una selección de los más preparados, no más de ochenta mil hombres poniendo a su disposición todo el material disponible, la otra era la de romper todos los frentes y crear grandes guerrillas escondiendo armas y pertrechos en puntos estratégicos. Creo que tú esa la conocías muy bien. Y la tercera era que el Gobierno parlamentara directamente con el enemigo. Conseguir una rendición respetable para salvar el mayor número posible de vidas.  Ya sabes lo que hizo Negrín.
Cipriano volvió a llenar los vasos de vino.
—No te quiero contar los detalles del golpe de Segismundo Casado que tú también viviste. A su manera a mí también me la jugó aunque siempre he pensado que de buena fe. Lo que quiero contarte es que años después, hablando con unos y con otros de esos días, primero en el campo de Morand, después en la cárcel o ya en el exilio, leyendo los libros que iban publicándose sobre la guerra tanto por gente de los nuestros como  por comunistas y por fascistas comencé a tener una sospecha terrible, una duda que fue haciéndose con los años más y más grande y que muchos datos en apariencia nimios, algunos testimonios indirectos y varios hechos inexplicables en los que al parecer nadie había reparado, me fueron convenciendo de que Franco conocía punto por punto lo que se decidía en el Estado Mayor, en el Gobierno incluso dentro de la propia CNT.
Bebemos otro vaso en silencio.
—La sospecha me ha envenenado la sangre durante muchos años. Siempre dudé de los comunistas, del cabrón de Negrín, de mi propia gente, incluso de ti y de los tuyos que siempre estuvisteis en todos los fregados, pero te confieso que no sé quién pudo ser el traidor. La gente del SIM destapó a muchos quintacolumnistas pero te aseguro que el espía no era de aquellos. Tuvo que ser alguien del más alto rango, una persona que inspirara confianza en todos y que debía tener precisos conocimientos militares. Durante un tiempo llegué a la conclusión de que era Jan, aquel amigo vuestro, pero después supe que había muerto pasando pilotos aliados por los Pirineos.


Los ojos de Mera me miran desde un cansancio infinito, las tres arrugas profundas de cada mejilla, que ya tenía entonces con sus treinta y tantos años, se marcan aún más profundas, esa mirada por la que los milicianos acerrojaban el Mauser y salían detrás de él de la trinchera gritando como salvajes, esa mirada del hombre sencillo y sincero cuya palabra creyeron siempre incluso los militares fascistas cuando el consejo de guerra ahora tiene el brillo blando de los ancianos.
—Yo ya he cumplido con los míos. Mi gente sigue ahí, en todos los rincones del mundo luchando por la justicia y la libertad, pero me queda esta sombra incrustada en el corazón. Es posible que aun viva un miserable por el que murieron muchos hombres, muertes evitables, hombres y mujeres valientes aniquilados inútilmente.
Mera rebusca en el bolsillo de su chaqueta y saca por fin un pañuelo primorosamente planchado para limpiarse los labios.
—Siempre supe que no había muertes útiles. Siempre dije que teníamos que haber evitado la masacre. La guerra tenía que haber sido evitada a toda costa, pero había tantos que deseaban la aniquilación.
Me suenan sus palabras, me recuerdan otras voces de otros hombres que ahora ya no existen, tipos que nunca creyeron en la guerra aunque organizaran con cuidado las posiciones sobre un mapa de campaña o encendieran la mecha de las granadas caseras o apuntaran con cuidado la pistola a la cabeza del camarada que huye en la penumbra del pasillo de la radio.
—Es su última misión, me dice en un susurro áspero. Llévese mis papeles, busque al traidor y asesínelo. No le pido que haga justicia, dudo que matar al anciano que encuentre tenga algo que vez con esa palabra que tantos desprestigiamos.

Un día muy frío de finales de octubre del setenta y cinco mucha gente se agolpa en los alrededores del cementerio de Boulogne-Billancour. Llevo gafas negras para que nadie me reconozca. Ha venido gente de toda Francia, de Bélgica, de Inglaterra, de España, gente del gobierno de la República en el exilio, cámaras de televisión. No quiero encontrarme ni hablar con nadie. Llevan a hombros el ataúd de Mera varios camaradas tan viejos como yo, sobre la caja, la bandera roja y negra. Hay voces que gritan sobre el silencio, vítores a la CNT, al movimiento libertario, a los héroes antifascitas. Estoy apoyado sobre el tronco de un gran árbol rodeado de gente y siento de pronto alguien que me toma del brazo.
—Uno de los pocos tipos que respetará la historia —reconozco la voz de Dimitri, pero no me vuelvo. Entonces grita— ¡Viva la España invicta, independiente y libre!
Y el aliento de mi amigo apátrida va rebotando en los corazones y en las voces de la gente, en un eco que parece no agotarse. 
—Mañana me voy por fin para España —me dice al oído antes de desaparecer—. Me he comprado una casona solariega y un poco de tierra en Jara y la voy a llenar de libros, de geranios y de frambuesas. Ahora me llamo Gunter Böll y soy un apacible jubilado alemán. ¿No te parece un buen chiste?.
Cuando me vuelvo ya no está Dimitri. Veo su silueta alejarse entre los árboles. Intuyo que cuando él muera o cuando yo muera no habrá canciones, ni vítores, ni gente emocionada hablando de nosotros, de lo que hicimos o dejamos de hacer, de nuestras pequeñas heroicidades o nuestras grandes traiciones, nada, un cuerpo con identidad falsa donado a la ciencia para que los estudiantes de medicina rebusquen en las tripas el bazo o disequen con cuidado la arteria femoral. Se preguntarán el porqué de tantas cicatrices, la bala del hombro, los trozos de metralla desperdigados por la pierna derecha, los cortes de los brazos cuando quisimos por las bravas saltar los alambres de espino de Argelés y los Senegaleses nos lo impidieron ensartándonos con las bayonetas como a jabalíes acosados.
Pero a quién le importa, será un alivio no parasitar la memoria de nadie, no llenar de tristeza ningún sueño, que nadie pueda recordar nuestra voz a través de cualquier fotografía.


De vuelta a Londres, Evaristo me ha ofrecido su casa para quedarme cuanto quiera. Él quiere volver a España, a Jara con Dimitri y Heliodoro. Volver a hablar su idioma, a dormir la siesta en un canchal bajo la sombra de los robles y los castaños mientras chillan los mirlos, los arrendajos, los abejarucos, los rabilargos. Prepara el equipaje mínimo, unas camisas, unos pantalones, el viejo impermeable de algodón encerado que le compró Barea en Farlows y poco más. Dejará aquí sus libros, su colección de carteles, sus insignias, los papeles franceses, ingleses, holandeses y norteamericanos que dicen que fue un héroe en algún tiempo remoto, cuando apenas sabía leerlos. Duda si llevarse o no las pistolas, la Malincher austríaca que le regaló Jan y la Astra automática con su funda de madera que puede convertirse en culatín, ambas limpias, cargadas, dispuestas. Estos trozos de hierro que le salvaron tantas veces el pellejo, que nunca le traicionaron.
—Deberían estar en un museo —me dice— Creo que ya no voy a necesitarlas en España, quédatelas tú.
Me deja la casa, todos los objetos de su vida de exiliado triste. Evaristo Losar tiene ya sus documentos falsos, el pasaje de avión, un puñado de billetes verdosos y grandes en los que pone que el banco de España pagará mil pesetas a su portador, los ahorros de toda una vida de dependiente en una tienda de artículos de caza y pesca en Pall Mall. Solo le queda recibir la carta de Heliodoro o de Dimitri, pero ya no está aquí, ya no es un tranquilo jubilado inglés que da de comer a las ardillas cerca de Serpentine los días que no llueve sino un anciano español asustado que volverá a un país desconocido.

Un día lluvioso de principios de diciembre descubro que ya no está. Hace días que murió el enemigo, torturado por los médicos, después de una agonía que supongo terrible. Los fascistas todavía se niegan a creer que Franco ha muerto mucho antes de que dejara de respirar. Ellos también perdieron aunque los más listos, los más ricos tienen la certeza de que seguirán mandando durante muchos años bajo la sombra brillante y honrosa del dinero.  Me alegra que Eva no se haya despedido. Sólo una nota breve debajo de unas llaves: “te encargo que disfrutes despacio de mi bodega”. Durante toda su vida fue atesorando vinos de los lugares en los que estuvo luchando: Somontano, Cariñena, Requena, Almansa, Toro, Orusco, Ribera de Duero, Rioja, Valdepeñas. Leo las etiquetas en voz alta, mastico las palabras y siento en la lengua el sabor rico de unas sílabas que casi había olvidado. Me parece estar cantando, recitando palabras preciosas de un idioma remoto y perdido. Durante estos años compró todo lo que se publicó sobre la guerra en Ruedo Ibérico, Losada, Aguilar, Ariel, San Martín, Plaza y Janés, Ayuso, Grijalbo, Planeta, Espasa, Progreso y otras editoriales inglesas, estadounidenses, francesas, checas, alemanas. Una excelente biblioteca y una espléndida bodega que ocupan dos habitaciones enteras de su casa, perfectamente aislada y climatizada por él mismo que hubiera sido la delicia de cualquier anciano que quisiera ser feliz los últimos años de su vida. Pero no para él, no para el joven cazador, alimañero, anarquista, miliciano, espía, prisionero, héroe, guerrillero, dependiente de tienda, jubilado que ha soñado cada noche de su vida con el olor de las castañas asadas, los buñuelos de viento rellenos de crema, los churros calientes, los bulevares de Madrid, el sudor de las dependientas de vuelta del trabajo, cansadas pero llenas de risa de regreso en tranvía a los Cuatro Caminos. Tiene la imaginación llena de los campos de jaras, el ruido de los torrentes, el sabor de las cerezas y las truchas fritas, el perfume caliente del verano que viene de las encinas y el tomillo, el poleo y la lavanda casi seca, el ruido de las ranas y los grillos, el aroma fuerte del pimentón recién molido y el cuchicheo suave de las mujeres haciendo ganchillo en los patios frescos a la hora de la siesta. Todo lo que dejó en el pueblo y sin embargo siente tan íntimo, tan suyo, tan necesario.


Durante días he regado sus petunias y los geranios del invernadero y he bajado a pasear por el Physic Garden como el burgués apacible que pude ser. Algunos de los vecinos de Glebe Place me saludan como si me conocieran de toda la vida, todo es tranquilo y limpio en esta zona de Chelsea y solo la botella de vino que abro cada atardecer, los libros de Eva, los informes de Dimitri y las fotografías de Mera me abren el túnel de la pesadilla por el que voy caminando despacio, reacio, como si temiera caerme y no recordar el camino de regreso. A veces solo el sabor del vino, su calor en mi estómago es la mano amiga que me saca de los abismos a los que regreso. Persigo a Jan por las páginas de los libros y me encuentro siempre con muchos otros camaradas a los que ya había olvidado, converso con amigos y enemigos cuando ya la botella del día se acaba y estoy a punto de encontrar la clave de la traición. Durante las mañanas paseo por Londres, leo los diarios, disuelvo la resaca con café italiano y madalenas con moras. Siento que no sería difícil olvidar. Sólo un pequeño clic en mi cerebro, un interruptor diminuto con el que podría apagarse con facilidad la furia de la venganza ahora que todos somos viejos y estamos muriendo de enfermedades propias de los viejos, amnesia, reconciliación nacional, olvido y paz, reescritura aséptica de la historia. No sé por qué no dejo que el tiempo acabe de esconder la pestilencia de los muertos, de nuestro fracaso, de vencedores cansados y vencidos descoloridos, patéticos transeúntes de ciudades reconstruidas o pueblos extraños. Los hijos de los vencedores los echarán a patadas de sus poltronas, rechazarán su estúpida verborrea, yugos y flechas y a nosotros nos olvidarán los nuestros, hartos de tanta hiel y tanta tristeza acumulada.
Aquí estoy, acercándome cada día más a un fantasma que va tomando cuerpo. Recuerdo su voz, veo sus ojos en esa fotografía junto a Teodoro y Olga Havel, vestido de uniforme. Su cuerpo fuerte en esa otra junto a Gustavo Durán y Miaja, en la estática sonrisa que tiene su pasaporte francés cuando ya se llama Antonín Ziska y está a punto de asesinar a un grupo entero de fugitivos en el Pirineo, ese mismo grupo cuyos cadáveres momificados han descubierto su infamia después de tantos años y que me siguen mirando aunque cierre la carpeta de Dimitri y ponga sobre ella el grueso libro de Bollotten. Me resisto a creer que sea él quién estrecha con las dos manos la mano blanca de Heydrich. Es una fotografía demasiado borrosa o demasiado infame para ser cierta.

Ayer abrí la única botella de jerez que tenía mi amigo, un Palo Cortado cuya finura y aroma me recordó el olor del sueño de una mujer de la que he olvidado el nombre. Su sabor aterciopelado y su cuerpo alcohólico me lleva de pronto a una pequeña taberna de la calle Echegaray, en Madrid, en la que tomé él ultimo jerez acompañado de aceitunas y mojama arropado por el abrigo de cuero negro de “Casa Elorza” la antigua tienda de mi padre. Entonces el sabor del vino y las salazones en la boca me limpiaron la fatiga de tantas noches sin dormir escuchando el crujido de la helada, me aliviaron la desolación y la certeza de que Madrid era ya otra ciudad diferente y que el futuro ya nunca sería nuestro. Cuando tomé el tren en la estación del Norte, todavía con el regusto del vino en la boca, recordé el nombre de aquella mujer como ahora mismo lo recuerdo, Rosa Laviña. He leído su nombre en uno de los libros. La enfermera dulce y siempre risueña que conocí por primera vez en Argelés y que años después nos acogió en su casa de Montauban. Hubiera vivido con ella el resto de mi vida en cualquier parte. Su padre Martí Laviña había sido librero en Palafrugell y le había hablado algunas veces a su hija de mi padre el viejo Sebastián Elorza Breña en cuyos talleres de peletería siempre encontraron refugio perseguidos anarquistas. Su casa era el principal centro de distribución de publicaciones libertarias. Estuvimos en casa de Rosa y de su compañero Pedro alrededor de una semana. La madrugada antes de partir me despertó el gemido de su hija Diana que estaba enferma con gripe. Entré en su habitación, di a la niña un poco de agua  y se durmió al instante. Entonces entró Rosa en la habitación, tocó la frente de su hija que estaba ya por fin fresca, se acercó a mí y me besó con levedad en los labios agradecida por mi gesto y yo la besé de nuevo a ella con todo el deseo acumulado, se separó de mi despacio, —¡no seas tonto!—, perdonando mi instinto, sin más reproche que su sonrisa. Meses después murió su compañero pero yo no lo supe. Si lo hubiera sabido, habría regresado a Montauban para cortejarla y vivir con ella el resto de mi vida. Bebo despacio el Jerez y a cada trago imagino esa vida posible junto a Rosa Laviña. Ya no soy un fantasma sino un hombre corriente que lucha por un mundo mejor, ya no soy un verdugo solitario sino un amante paciente, un librero bondadoso que cree que las palabras impresas pueden conseguir la justicia y la libertad.
Estoy borracho, demasiado borracho de pasados futuros probables cuando veo entre los papeles revueltos sobre la mesa del escritorio un sobre sin abrir con sello yanqui, lo abro con el abrecartas descomunal de Evaristo, la bayoneta de un Mexicanski, desdoblo el papel y leo en ruso:

“para los amigos con memoria de La Hermandad”.

Aparto el folio y descubro la página de una revista americana de caza, bebo la última copa de vino que mi cuerpo acepta y me sobreviene una arcada. Vomito en la papelera y el olor ácido me limpia el cerebro de estúpidas ilusiones amorosas. Leo la página impresa, el estúpido relato de una cacería de ciervos en Argentina escrito con el estilo vanidoso y descriptivo del típico norteamericano con una indigestión cerebral de Hemingway con fotos abundantes para ilustrar la masacre y poder presumir ante los vecinos de las cuernas del venado, la peligrosidad del pobre puma abatido o la furia del anciano jabalí reventado con una bala Weatherby. En la última foto, la más pequeña del reportaje, los cinco cazadores posan junto al anfitrión y dueño de la Estancia Alianza, el señor Pavel Màjek. Vomito de nuevo por el pasillo camino del retrete. Me lavo la cara con agua helada y me miro al espejo. Veo a un hombre con el rostro mucho más viejo que el de Jan en la revista. Un tipo en quién no me reconozco y que me mira con desprecio desde detrás el cristal. (...) (de: "Los últimos Hijos del Lince")








martes

RECETA PARA UN FELIZ 2019

Pisa por última vez la orilla del embalse. Cree que este ha sido un año estupendo por que siguió vivo y vivos están todos los que quiere. Además sigue teniendo fuerzas y ganas para tocar el agua, caminar sin prisa, curiosear orillas. Y sigue asombrándole el vuelo de esa libélula valiente que se le posa en la caña, el salto del pez en la quietud de hoy, el brillo de la helada y su crujido de turrón al tocar el pie, la voluntad de usura con la que saborea la soledad absoluta junto al río, y también la compañía que nunca pesa de un amigo o un hermano pescador, en esos lugares íntimos y salvajes que se mantienen limpios y libres por ahora. Todo lo demás apenas le importó casi nada en el pasado. Hoy nada.
Mientras lanza el escarabajo a un barbo hambriento piensa en un guiso para la fiesta, que debe ser a la vez diferente y gótico, sencillo y fastuoso, sabroso y ligero. Cocinar para una tribu exigente y glotona tiene siempre su riesgo, su desafío y su gracia. Ha pensado en un "ravioli de bogavante relleno de rabo de cerdo confitado estilo hong shao rou con su salsa sichuan y su arroz crocante de mandarinas". Es un guiso barato y fácil aunque suene a capricho desorbitado de nuevo rico con paladar de cartón o a plato de restaurante chino con cocinero maoista estupefaciente o a pesadilla de concursante de master chef. Pero no lo es.

Descongela dos bogavantes, les saca las colas de músculo y el coral de las cabezas. Con un cuchillo afilado y fino corta traslúcidas lonchas en crudo que luego rellenará con la carne del rabo y una suave mahonesa hecha con el coral.
Cuece a parte los rabos de cerdo con un puñado generoso de pimienta de Sichuan, medio vaso de Oporto dulce, medio de salsa de soja, un poco de anis estrellado, unos cominos, dos hojas de laurel, media cebolla entera y una zanahoria. Cuando la piel de los rabos y su carne se desprenden con facilidad de los huesecillos y el caldo se ha vuelto espeso, los aparta del fuego, los deja templar y luego extrae esa melosa carne con su piel. desmenuza y coloca una pequeña porción de rabo encima de una loncha de bogavante que tapa con otra loncha y encima pone un poco de la mahonesa de coral.
Con las cáscaras de los bichos, doradas en un poco de mantequilla, más un sofrito de cebolla, puerro, apio y un tomate, triturando todo en la batidora de vaso, añadiendo el zumo de cinco mandarinas, la ralladura de una naranja y colando luego el pure anaranjado por el chino ya tiene el caldo milagroso. Con ese mejunje, en proporción de dos por uno, hará luego el arroz en paella que socarrará en el último momento, ración a ración, encima de una plancha al rojo.
Salpica al final con cebollino los raviolis y con un poco de ralladura de lima la oblea de arroz crujiente.

Deja de cocinar con la imaginación y vuelve a la orilla. El pez toma el señuelo y corre hasta el fondo. Le saca la seda entera y medio backing antes de parar su trote y tu zozobra. Cuando le suelta mira la línea del horizonte durante mucho rato, luego la niebla que va borrando esa lejanía. Al volver, ya metido en la nube y sin ver nada, escucha las grullas volando justo encima y sonríe. En Año Nuevo se bañarán de nuevo en la helada garganta de Minchones. No se siente frío, sólo miles de agujas transparentes pinchando la piel a modo de acupuntura líquida. El cuerpo se asusta y la memoria debe susurrar que no pasa nada. Vuelven los gritos y las risas de todos como cuando niños, cuando niñas, cuando esas pequeñas valentías, esas mínimas proezas, eran la única gloria que importaba.

miércoles

MIG 15


(...) Por unos días has vuelto a Europa, a tocar tierra amiga y dejar la monotonía nerviosa de los turnos, las rayas de colores en el mapa, las fotos aéreas, los debates interminables sobre las maniobras más eficaces, el chirrido de la turbina del Sabre cuando aceleras por la pista de Kimpo y parece que dejas todo atrás, hasta que vuelas en la frontera y comienzas con el movimiento incesante de la cabeza buscando el Fagot que va a matarte. Ayer veías pasar los proyectiles del 37 por delante de tu morro y tenían el tamaño de vasos de cubalibre. Hiciste una scissors por instinto y tuviste al Mig medio segundo en el punto varias veces. Las ráfagas de tus 12,7 te parecieron chispitas de confetti contra el viento. Al menos el enemigo picó y desapareció bajo un grupo de nubes. De vuelta viste el corte de plata del río Yalu y pensaste en los peces que nadaría allí abajo y en quién los pescaría en el futuro. En tierra, tras escribir con un mínimo de palabras el informe de vuelo te dijeron que tenías por fin el permiso de diez días. Había unos B-29 a punto de volver a la base de Italia. Tenías la mochila con tu ropa de abrigo y el maletín de las cañas preparado.

No te ha costado nada salir de la suavidad caliente de la cama, la chimenea aún encendida, el refugio de la manta, quizá de otra piel, de la casa segura. Fuera, el invierno que comienza, la intemperie siempre incierta, el frío que acaba mordiendo, esa lija helada del viento de diciembre cuando aún es de noche, la rebelión del cuerpo cuando te dice en su idioma ¡no salgas! ¿dónde de vas? Pero sales, vas a tocar el río y a intentar mirar debajo del agua y ver algún pez al acecho. Dejas la comodidad, abandonas lo seguro, te escapas del abrigo caliente para caminar y caminar, escondiendo tu cuerpo bajo capas de esa ropa ya vieja que te pones siempre como una armadura invencible o la camisa aquella del hombre feliz del cuento de Tolstoi. Tierra escarchada, niebla de cristal, ese silencio algodonoso que tiene el aire muy húmedo y casi opaco. Sonríes, va amaneciendo. No hay otra libertad que esa, estar por voluntad en ese espacio abierto, haber dejado lejos la hoguera, el café caliente, los libros que comenzaste ayer, el tic tac previsible del hambre por venir, el aire civilizado por calefacciones, electrodomésticos y cristales.  Caminas mucho tiempo buscando indicios, lanzando a veces el señuelo a alguna sombra. El zorro ha madrugado más que tú, rebusca por la orilla carpas muertas, alguna carroña apetecible, hasta un grillo entumecido le vale para desayunar a don raposo. También las barnaclas ya están desde temprano pastando en la llanura de la orilla, te miran y guardan la distancia. Tres avefrías se posan no muy lejos. De pronto la niebla se levanta y el sol lo llena todo. En la base alguien te cuenta el proyecto de cartografiar desde el aire toda la Península Ibérica. Un trabajo largo y minucioso. Aburrido, tranquilo. Conseguir la acreditación de piloto para un Beechcraft RC-45 sería pan comido. Recoges del suelo una concha enorme de náyade, por el tamaño seguro que vivió muchos más años que tú. Por el color oscuro que aún mantiene por fuera y el brillo nacarado de dentro intuyes que murió hace bien poco. Tal vez un año o menos. Unos metros delante, como colocada con mimo para una exposición, yace el ala abierta, azul intenso, de un martin pescador. Tal vez un gavilán o el frío o la vejez rompieron el corazón de ese chisporreteo de vida y velocidad. Eso es volar y no tu jet. Recojes el ala seca. Dias después la llevarás atada a la palanquita del nivel de los flaps a pesar de las protestas del mecánico. Quieres imaginar que al menos el zorrillo rebañó la poca carne que tuviera el resto de su cuerpo. Descubres a un pez ociqueando entre unas piedras. Lanzas con cuidado. Toma la vieja mosca "Bunyan Bug" hecha con madera de balsa y pelos de ternero. Clavas. Sonríes. Tal vez hubieras agujereado a aquel Fagot con una de las ráfagas, pero siguió volando como si nada. Si te hubiera tocado a tí uno solo de los enormes proyectiles de su cañón no estarías aquí, temblando de frío, vivo, pescando barbos en España. Semanas después Emerson te pintará en el Sabré un ala de martín pescador junto a tu nombre. Un mes después dejarás la guerra. No por miedo (...)





jueves

COCHE


El coche es una máquina muy peligrosa. Es mucho más seguro estar en una trinchera del Somme con sólo una browning 1911 o bailar con un Schmeisser MP-28 sin seguro con el que se pegó un tiro Durruti. Conducimos de acá para allá todos los días metidos dentro de una puta chatarra y pensamos que nos proteje el pellejo como si fuera una caja fuerte. En aquel viaje conducía su amigo Michel Gallimard. Él iba de copiloto. Reventó una rueda de atrás y el precioso Facel Vega FV3B comenzó a pegar bandazos por la recta hasta chocar a gran velocidad contra el único arbol. El automovil quedó partido en tres pedazos. Albert murió en el acto. Michel, su mujer y su hija que iban detrás tuvieron mejor suerte.

Baja al Tiétar en medio del invierno. Conduce con cuidado. La arena y la hierba seca cruje escarchada. Va bien abrigado pero el viento se va colando por alguna esquina de la ropa y le va helando. Camina mucho tiempo. No se para. Desde muy joven descubrió que conducir o caminar nunca le cansa, al contrario, le llena de una extraña energía, una euforia infantil que siempre le sorprende, en cambio, si se para, siente el agotamiento, la pereza, la vida brilla menos.

Llega hasta una poza grande y redonda con una ruina extraña que sobresale en medio y nunca ha sabido que pudo haber sido en otro tiempo, tal vez un pilar de puente o los cimientos de un viejo molino cuando el cauce era otro muy distinto. Al segundo lance clava. Una pelea bonita, con carreras intensas y hasta un salto. Hace una foto al pez y  al volver al agua pega otro salto. Piensa que debe haber barbos con alma de salmón. Sigue caminando, ya siente el frío en todas las esquinas pero no le importa. Con leña de arrastre, en medio de una playa solitaria, hace una hoguera. Durante un rato, sentado sobre un tocón lavado por mil riadas, deja que el fuego le temple un poco. Recuerda “el verano” de Albert Camus, escrito en el oscuro invierno bélico de 1940, un librito de pocas páginas que suena y calienta como una hoguera grande: “En medio del invierno, descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; dentro de mí hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta”. Veinte años después es ya un escritor conocido en todo el mundo, querido, admirado, leído, releído. Pero un coche es una máquina muy peligrosa y la vida es esa cosa frágil que se deshace por cualquier torpeza, enfermedad o azar. Entonces, antes de lanza otra vez el señuelo, se dice: Bebe, respira, acaricia mientras puedas ese verano invencible…