miércoles

VIOLETA

Ilustración de Isidro Ferrer
Le preocupa que el hijo pescador estudie, progrese, se forme, no fracase, trabaje, se emancipe, sea una persona feliz a ratos, buena persona siempre…  No dice, o se ahorra, eso de “un hombre de provecho”, no tanto porque le suene viejuno como porque conoce a muchos tipos que se convirtieron en hombres de provecho y son unos gángsteres, legales y con prestigio, unos verdaderos cabrones que ganan pasta, tienen coche caro y son admirados por saber pisar cuellos, explotar a la gente, chupar del bote, manipular y hacer bien las trampas que permiten nuestras reglas del juego.
Le preocupa, sí, pero no tanto como para enfadarse, reprochar o castigar cuando el hijo vaguea, duda, tropieza o se equivoca. Y no tanto como para disgustarle, obsesionarle o hacerle infeliz. Porque hay otras cuestiones que de verdad son importantes, las importantes de verdad, las decisivas, las fundamentales, aquellas que casi todos los padres dan por supuesto y nunca lo son, aquellas que obviamos porque consideramos naturales, fáciles, propias de ser niño, adolescente o joven. Y no lo son. No lo son nunca aunque las tengamos olvidadas o edulcoradas en la pura retórica sin valor y la nombremos en vano tantas veces: La salud.

Los seres humanos somos animales vulnerables aunque en este siglo XXI el progreso y los sistemas sanitarios públicos parecen haber borrado de nuestro presente esta enorme y permanente fragilidad. Pero a veces descubres esta certeza, en ocasiones chocas con esta real fragilidad de estar vivos un día más. Entonces todo cambia. Tu percepción completa del mundo, de lo que de verdad importa y lo que no, de lo que tiene valor y lo que sólo es humo. 
Fue un azar que el otro hijo, el no pescador, estuviera a punto de morir este verano por una enfermedad que yo creía hasta ese momento leve y superable, más molesta que grave. Días después, también por azar, leí hipnotizado, sobrecogido, parando tantas veces la lectura para no llorar, “La hora violeta” de Sergio del Molino. Tuve la inmensa fortuna de que mi hijo superase con bien la enfermedad tras algunos días de angustiosa incertidumbre. No tuvo esa suerte el hijo de Sergio y además sé que desde mi más absoluta voluntad de empatía es imposible ponerme en su lugar o acercarme siquiera un poco a lo que él sitió y cuenta en ese libro: “Mi hijo Pablo tenía diez meses cuando ingresó en el hospital, y estaba a punto de cumplir dos años cuando arrojamos sus cenizas. Ése es el tiempo que cabe en nuestra hora violeta. Ése es el tiempo que cabe en este libro, que contiene todas las palabras que hacen falta para nombrar mi condición” (pág. 11).

Por eso lo que de verdad me importa es que mis hijos crezcan sanos. Lo demás importa poco, algo, casi nada, nada. La vida les irá empujando “como un aullido interminable” hacia sus fracasos, tristezas y desencantos… y ahí estaré yo para decirles que no se preocupen, que  “La vida es bella, ya verás / como a pesar de los pesares / tendrás amigos, tendrás amor”. Y para sacarlos a pescar o que ellos me saquen a mí de vez en cuando. 
Que sigan sanos. Yo no necesito más.










lunes

GANAR


Tan complicados aprendizajes son los de ganar como los de perder. Ganar suele ser poco frecuente, perder suele ser la norma de vivir, pero es muy difícil armar con palabras todo esto para que lo entienda el hijo pescador. Lo aprenderá con el tiempo, él solo, con sus pequeños triunfos y sus repetidos fracasos en aventuras, suertes, trabajos, amores y ríos. Aún así, al pescador le duelen más los fracasos del hijo que los suyos y se alegra mucho más de los éxitos de él que los propios. En la vida, en el agua. Aprende el pescador de todo lo que al hijo le apasiona, el surf, la nieve, cocinar, pescar, un libro nuevo, viajar, escribir…  y mira con sus ojos todo esto de ganar o de perder, del éxito fútil, de los fracasos seguros por venir. Sin ser masoquista, le dice, le cuenta, le explica, que él ha aprendido a saborear con placer también esos fracasos y derrotas. Quizá porque en el río, buscando o peleando con las truchas todo eso de fracasar o triunfar es siempre relativo.

Siempre comienzan allí, en esa tabla ancha y de buena profundidad que hace más de un siglo suministraba agua a un molino de aceite. Luego se va estrechando entre un paredón de granito en cuyo borde se agarra un gran sauce y la orilla opuesta abrupta y llena de maleza desde la que es muy difícil lanzar. La cabecera es un chorro rápido, grueso y profundo que hace un rizo y luego un remolino antes de meter el agua en la cueva de la roca. Allí tocó el pescador la trucha más grande de su vida y ese sitio le atrae siempre, como un potente imán, muchos días de abril aunque pocas veces toque pez en el lugar.

La caminata hasta la tabla es larga y pesada. Luego está el vadeo no siempre posible y siempre complicado para cambiar de orilla. Después un nuevo cruce para dejarse descolgar por la rasera sin hacer mucho alboroto y sin que el agua le llene el vadeador porque aquel sitio tan transparente sigue siendo profundo. Una vez allí, el pescador dice en silencio: "ya está". Saboreará una hora larga en la que lanzará aquí y allá disfrutando de cada segundo de agua, de la belleza del paraje, de las siguientes cuatro tablas y pozas que le esperan más arriba y que, a esa hora de la mañana, sabe que nadie ha tocado aún.

Hacia abajo, el río se descuelga en una sucesión de largas y anchas chorreras con la única orilla accesible llena de canchos de granito rosado y pulido, diminutas playas de arena en las que las nutrias dejan la firma de sus huella y trozos de roca afilados desprendidos  de la abrupta loma que empuja el agua hasta el balcón de La Lobera. Esa zona le gusta a su hijo el pescador, pero no a él, tal vez porque le duele recordar los días felices junto a Ángel, su maestro pescador, que ya no vive. A Ángel le gustaba mucho aquel trozo de río de aguas rápidas, así que él, entonces, se adelantaba un buen trecho para que pudiera pescarlo a gusto y a su ritmo.

La felicidad es siempre escurridiza, poco definible, muchas veces inexplicable, pero aquella tabla nunca falla. En cuanto se sumerge en el borde de la rasera con el estruendo del agua tras de sí, la siente y la toca. Da igual que clave o no clave alguna trucha. Le parece un lugar mágico por eso, porque siempre se siente bien pescando allí.

Hoy el pescador no sabe que pinta en la ciudad. Le fastidia pensar que aún le faltan muchos días para volver al río. El nunca ha tenido paciencia. Hasta piensa que en realidad pocos pescadores tienen eso, “paciencia”. Esa virtud ha sido siempre supuesta por todos esos tipos que precisamente no son pescadores. Él no conoce a algún pescador mosquero que tenga mucha paciencia.

La felicidad es siempre complicada, por eso hay que buscarla, perseguirla, pescarla y no esperarse quieto, con “paciencia”, a que pase a nuestro lado para agarrarla. El agua es igual que la felicidad, a veces escurridiza y bronca, en ocasiones profunda y muchas veces rápida. Nunca se para. Pero en este lugar es muy nítida y cercana.

PD: Ayer corrimos juntos en la Carrera de Madrid por Siria 2017. Cruzamos juntos la meta. Felices.


jueves

DIORITA



¿De verdad todo lo desgasta el tiempo? ¿O somos nosotros los que permitimos que la dejadez vaya borrando lo que un día nos pareció intenso como una explosión termonuclear en medio del sol? ¿De verdad la intimidad y los días erosionan aquella belleza que nos excitaba siempre? ¿O somos nosotros los que aceptamos que el deseo se desmorone sin remedio aunque una vez lo imaginamos duro como una diorita arrogante en la intemperie? Pero hoy, esta madrugada, todas esas preguntas son ceniza de cigarrillo arrinconado en una acera de la ciudad, retórica de postureo recitando a Keats, elucubración de pajillero cuarentón, ripio de poeta aficionado a las pintadas con spray. Acaricias las estrías de su culo, la cicatrices de su vientre, los músculos fuertes de sus piernas, las aréolas grandes, la leve curva de su sonrisa. Besas sus párpados para que no te queme el brillo de sus ojos y bajas luego hasta el ombligo y le das la vuelta porque la evolución y Darwin fabricaron el culo para algo.

De camino al río te preguntas que haces ahí, atravesando la noche hacia la nada, por qué no te has quedado a celebrar el domingo, a buscar entre los gestos de su despertar aquello que nombrasteis en susurros o a reconocer con asombro que hay partes en vuestra memoria de diorita. Tienes que esperar en el coche a que amanezca y por la radio describen los espantos que se perpetran no muy lejos, el babeo del político mamón que se cree alguien, la enumeración minuciosa de todos los vencidos. Apagas el cacharro. Abres la ventanilla. Entra el frío. Con la penumbra disolviéndose en la niebla ya sales al camino con la caña montada y la mirada aún perdida en el asombro de las horas de antes. No sabrías delimitar que fino arroyo de cristal separa la alegría de la felicidad, tal vez su duración, tal vez sus mitos, quizá la hondura de una u otra poza. 
Ya se ve bien. Bajas deprisa. No te espera en la orilla ninguna ondina, nereida o ninfa, la de verdad está aún dormida lejos de allí. Pero quieres presenciar de nuevo, un año más, los dedos de la aurora junto al agua ese primer día de la temporada, como hiciste tantas veces, con la emoción intacta igual que esa diorita que has imaginado para aludir a esa mezcla de amor y de deseo que has tocado antes. Atas dos ninfas del doce, verde y azul, grandes, pesadas y peludas. Lanzas arriba en la curva donde desaparece la espuma y luego acompañas la deriva caminando por la arena gruesa de la orilla. Profundizan muy rápido. Cuando notas que alguna toca el fondo tiras un poco del sedal. Has sentido el temblor, la rigidez, luego el tirón, el corazón a mil. Nunca es igual.

No dudas que el tiempo desgasta las suaves piedras de granito que pisas bajo el agua y la vida que tienes y tus dedos que antes temblaban metidos en su cuerpo y ahora sujetan la trucha y mañana quien sabe. La belleza está ahí, estuvo siempre, en el perfil de su culo, en la curva del río, en la trucha prendida, el camino de vuelta, la mañana suave, la sonrisa que tiene, la certeza de meses por delante junto al agua y junto a ella. La belleza está ahí, estuvo siempre, tan invisible a muchos, porque es necesaria la voluntad, el esfuerzo y el empeño de no perder de vista todo eso, de perseguirlo siempre y no dejar que nada desgaste esa diorita áspera y distinta que todos tenemos dentro.


DON ESCAMAS DORADAS

Ernesto con Don Escamas Doradas

El barbo a mosca está de moda, quién lo iba a decir hace unos años, cuando el pionero Pepe Romero nos redescubría un pez que siempre estuvo allí, en nuestros ríos, pescado entonces a cebo pero no a mosca. Las truchas escasean o, mejor dicho, escasean las aguas limpias y poco degradadas o, simplemente, escasea el agua misma y el barbo lo resiste todo, las aguas sucias, la escasez de agua, la invasión de peces alóctonos que devoran sus puestas como los alburnos y percasoles o a ellos mismos como los bass, lucios, luciopercas o siluros. Ahora nuevos pescadores como el inquieto Carlos de Rey nos propone estrategias y materiales innovadores para tentar a los grandes. Hay empresas y guías que traen pescadores de toda Europa para pescarlos en Extremadura y se ha convertido en el preciado y precioso "bonefish" de agua dulce. Es un pez duro y luchador, astuto y desconfiado, que siempre da pelea al pescador y pone a prueba los nervios y los equipos.  Tenemos cientos de kilómetros de orilla "pantanera" para buscarlos pero a mi me gusta acercarme a ellos en los pequeños arroyos y ríos del país, pescarlos con equipos ligeros en paisajes más propios de las truchas: aguas limpias, paisajes quebrados y vegetación de ribera. Ya no son un sustituto de las truchas sino un pez estrella que brilla con luz dorada propia. Además no es difícil clavar buenos ejemplares, a veces algún gigante cabezudo comizo con picada de tiburón.

En muchos lugares de mi tierra y de otras tierras, en tiempos por fortuna ya pasados, el barbo era alimento. Se pescaban, mataban, vendían y comían, sobre todo fritos y luego escabechados para ablandar así el montón de pequeñas espinas que esconde su carne. Ahora todos o casi todos vuelven al agua, no tanto por conciencia o militancia de “captura y suelta” como porque ya no hay hambrunas de posguerra y los lugares donde se pescan no son aguas puras sino más bien lo contrario y nadie quiere envenenarse.


A mi hijo el pescador le gusta mucho pescar barbos. También a mi hermanita. Como no es mosquera utiliza de aparejo un buldó pequeño con un moscorro-trico por encima y una ninfa por debajo de la burbuja. En primavera, si el sábado toca trucha, el domingo barbo o viceversa. Pero luego, cuando la temporada truchera se va cerrando, el barbo sigue dando guerra y siendo el pretexto perfecto para salir al río o al embalse. “Escamas doradas”, como los llama Jorge, nunca defrauda.

Mi hermana y Don Escamas Dorado-Viejo

miércoles

Los 10

"Diario de Pesca" de Muriel Foster

Trucos, consejos, mandamientos, lecciones para pescar truchas, nunca me han gustado pero... Me dice mi hijo el pescador que le escriba muy resumidos cuales serían los míos. Eso hago.


1. PÁRATE. Mira, lee el agua. El río tiene un lenguaje preciso, un idioma secreto. Aprende sus sonidos, atiende a como te habla y te cuenta cual es hoy la mejor forma de pescarlas.

2. CAMINA con cuidado. No hay prisa. Descubre cuál es tu ritmo como pescador, aquel en el que te sientes más cómodo y seguro.

3. APUNTA bien, lanza donde deseas. No importa que no llegues muy lejos pero debes aprender a dejar caer el señuelo con suavidad y exactamente donde quieres.

4. SEDAL adecuado.  Equipo adecuado. Ni un palo de escoba para pescar truchitas de garganta, ni un mimbre delgado para ir tras los bigotudos.

5. NUDOS perfectos. Domina unos cuantos nudos, asegura bien su ejecución. Un nudo mal hecho es un pez perdido.

6. MUÉVETE despacio y con seguridad. Andar por el río es un arte. Una forma de baile. Si no lo haces bien te romperás las narices y te mojarás los calzones. El agua está siempre más fría de lo que imaginas.

7. TOCA todas las posturas que imagines y también las que te parecen imposibles. Cada tramo de río tiene sus lugares buenos, regulares y malos, pero tócalos todos. Imagina como es el río por debajo si el agua no lo ocultase.

8. FÚNDETE con el entorno. Mimetízate, no hagas ruido, no chapotees, no rompas la gracia y la armonía de ese lugar. Intenta no espantar a los corzos ni a las libélulas. Piensa como suena cuando tu no lo pisas.

9.  ACUDE al río cuando están activas. Y como eso no es fácil saberlo es mejor que estés a pie de agua cuando ocurra. El día es muy largo, alégrate por ello.

10. DISFRUTA del tiempo. Pescar es un placer, no sufras si no pican, no te entusiasmes en exceso si no paras de tocar truchas. Eres pescador porque estar en el río te hace feliz, no te enfades nunca.


"Diario de Pesca" de Muriel Foster

lunes

TRUENOS



(Pintura de Diane Michelin)

Nunca saltar sobre una piedra mojada, vadear siempre con cuidado y pisando entre los huecos de las piedras, dejar de pescar cuando hay tormenta. Al hijo pescador le vas dando consejos para que no se rompa la cabeza, ni se ahogue, ni le deje frito un rayo. La prudencia es la mejor de las virtudes en la pesca de la trucha en las gargantas de Gredos.

Pero no le cuentas al hijo lo mucho que te gustaba bajar al río a pescar truchas en pleno aguacero y que no tenías miedo de ningún rayo ni centella que viniera del cielo. A veces los rayos caían tan cerca que no sonaba el trueno sino una gran explosión a la vez que la chispa. Llevabas las botas altas, un viejo impermeable azul oscuro heredado del abuelo Fernando y un sombrero de fieltro engrasado. Llovía con rabia pero te sentías abrigado y protegido, invulnerable, inmortal. Por azar, por suerte o porque tal vez el río te protegía, nunca te cayó ningún rayo aunque viste muchos, columnas de luz cegadora, gruesos como árboles que caían por todas partes con un ruido de furia.

Ya no cometes esas locuras de ir con la caña al campo en medio de una tormenta. Una caña es el mejor de los pararrayos. Pero te siguen gustando mucho las tormentas y la lluvia fuerte, pescar en esos momentos en el que el mundo entero parece de agua y el sonido de la lluvia en tu cuerpo y el de las corrientes se mezcla y se convierte en un sonido embriagante. Además, es un detalle sin importancia, la primera media hora de lluvia era un momento mágico porque las truchas se volvían locas.

Luego, al pasar la tormenta, el mundo entero brilla como recién hecho. El agua está en todas partes. Es una piel transparente, limpia y dulce. Ningún pintor a reflejado esos verdes mojados, esa luz alegre y acogedora de después de una tormenta. O tal vez si, pero tu prefieres el río al museo.

martes

NUEVA YORK


Lago situado en Central Park, Nueva York


Hace muchos años, antes de que desaparecieran las Torres Gemelas, hice un viaje de trabajo a NY que acabaría siendo, de alguna forma, también, un viaje de pesca.

El primero que entrevisté era un tipo casi centenario. La camisa de cuadros remangada, lanzaba al agua un señuelo de plumas de colores con una vieja caña de bambú en medio de Manhattan en un lago que hay en Central Park en el que se puede pescar. Le costaba trabajo hablarme en español, lo hacía despacio, saboreando las palabras.

—Sí, Nueva York nos trató bien, llegamos asustados, sin nada, vencidos, casi sin esperanza. En las últimas semanas, antes de la caída de Madrid, yo y otros profesores de la Universidad Central nos habíamos convertido en milicianos vestidos con mono de trabajo y empuñando un fusil que apenas sabíamos usar. Estábamos a las órdenes de Mera y habíamos recibido cartas de un colega nuestro que se había marchado a Nueva York meses antes de la rebelión. Estaba muy bien colocado en la Universidad y nos ofrecía trabajo. Imagínese, nos atrevimos a irle con el cuento a Cipriano Mera. “¡Me cago en el dios que os batanó! ¡Sólo me faltaba que me vinieran los soldados a pedirme permiso para desertar!” Ante nuestra sorpresa nos dio un abrazo, se encargó personalmente de arreglarnos los papeles y nos largamos para Valencia dos días después. "¡Ya os podríais llevar también a ese colega vuestro que es profesor de griego. Como no se aleje de aquí pronto si no le pegan un tiro los comunistas se lo pegarán en cualquier momento los fascistas o yo mismo como me cabree!" Mera nos contó la increíble historia de un profesor de griego que había colaborado con Arturo Barea de la emisora Transradio. Era uno de los hombres de confianza de Miaja y se rumoreaba que había participado en la compra de armas para los anarquistas en algún país de centroeuropa. Preguntamos su nombre. "¡No me acuerdo del maldito nombre ahora, siempre va con dos milicianos, un tal Elorza, pregunta a Ruiz por ellos y llevadle con vosotros! ¡Es una orden!". Pero las cosas no estaban para ir preguntando por la calle. Salimos de Madrid sin haberle encontrado. Nunca supimos su nombre, ni su suerte. Imagino que acabaría asesinado por unos o por otros. El viejo enganchó algo en ese momento, pego un tirón seco y a unos veinte metros de donde estábamos saltó un pez de buen tamaño. Salió del agua por completo y por un segundo quedó como flotando en el aire sobre el lago. Los flacos brazos del anciano comenzaron a recoger sedal como si le fuera en ello la vida. Tras unos minutos de lucha en los que parecía que iba a darle un infarto al fin tuvo el pez entre las manos. Después lo soltó con mucho cuidado. —Ya es la tercera vez que pillo a este viejo pez— Me dice. —Sí, esta ciudad me ha tratado bien, puedo echar pestes de todos los crímenes que los gobiernos de los Estados Unidos de América han perpetrado por el mundo desde la guerra de Cuba hasta la fecha de hoy pero a nosotros, un puñado de españolitos que llegamos a esta ciudad con una mano detrás y otra delante, nos trataron como jamás hubiéramos soñado. Nos ofrecieron trabajo, casa, amistad, amor. Pudimos pensar, investigar, decir y encima podía ir a pescar en metro. A Nueva York llegó apenas un puñado de españoles. Pocos. Quizás los más famosos que me vienen ahora a la cabeza son Joaquín Maurín que creó una agencia de prensa, el pintor Eugenio Fernández Granell que fue profesor de la Universidad de Nueva York, Victoria Kent que se inventó una revista llamada Ibérica o Jesús de Galíndez. Pero hay y hubo otros, menos famosos, más anónimos, que se hicieron como yo neoyorquinos para siempreLe digo —Esos son los que me interesan, a esos son a los que sigo el rastro.

Días después fui con él a pescar truchas. Montados en una viaje furgoneta de los sesenta no nos alejaríamos ni ochenta kilómetros de la ciudad. Me dejó una de sus cañas y me sacó los permisos necesarios. Pescamos un torrente precioso, solitario, metido en un bosque espeso y salvaje. Me parecía imposible que a tan pocos kilómetros de allí estuviera la capital del mundo. ¿Y cómo siguen los ríos trucheros de mi España?—. Me preguntó el anciano. Me costó que volviera a contarme cosas del exilio republicano en Nueva York. Sólo quería hablar de ríos y de truchas, de sedas y plumas leonesas para hacer moscas. Me regaló una pequeña caja con señuelos hechos por él. —Los montajes los he aprendido aquí, pero los hilos son muy antiguos. Fue casi lo único que me llevé de Madrid. Un montón de carretes de seda de colores que compré por un duro en una mercería que había cerca de la Puerta del Sol. Ligero de equipaje, que diría Machado


Club Obrero Español de NY, 1945. Spanish Workers' Club, 1945 Courtesy, Joe Mora.


Le digo al hijo pescador que la novela que escribí con todo aquello está metida en un cajón, junto con aquella caja de moscas y el recuerdo de un día de pesca inolvidable.


RIOS LIBRES


Le digo a mi hijo el pescador que lo veremos. Ya no falta mucho, apenas unas décadas. Como ocurrió con los bancos, que la gente ha ido destapando, primero entre susurros y unos pocos, luego a gritos y a millones, su infamia, su arrogancia, su voluntad cleptomaniaca y destructiva. Ocurrirá, ya está ocurriendo también, con la mafia poderosa de las eléctricas que adquirieron su fuerza, sus prebendas, en la cloaca franquista y su blindaje después con quien todos sabemos. Llegará un día en el que se cambiarán las leyes y se pedirán cuentas y porqué y para qué y hasta cuando su oligopolio de concesiones hidráulicas, bombas atómicas en diferido, aguas apresadas, facturas infladas y asesores giratorios con máscara de ex ministro o ex presidente.

Cada vez es más frecuente leer en la prensa este titular de hace unos días: Los embalses siguen perdiendo agua y se sitúan en el 50,8% de su capacidad esta semana de lluvias "casi nulas". Las previsiones climáticas más optimistas a 50 años prevén algo peor, la mitad de España semidesértica y a la vez, a veces, lluvias torrenciales destructivas. El cambio climático va año a año vaciando los enormes embalses y pronto ya no serán rentables como máquinas para “fabricar la luz” o sí lo serán porque nada costó el destrozo o ahora los absurdos recrecimientos… o habrá leyes estrictas en lo que se refiere a los caudales ecológicos o se considerarán las sueltas de agua turbinada como un “vertido” por el estado contaminado de las aguas y los cienos acumulados y se obligará a las presas a su depuración...
...Y sobre todo los muros de las presas, los enormes muros de hormigón requerirán enormes inversiones para mantener su función porque la fecha de caducidad comienza a estar muy cerca. 3 de cada 8 presas en España están envejecidas. Tenemos 213 presas con más de 50 años y una edad media de 75. A partir de ahora las obras de mantenimiento comenzarán a ser necesarias y caras, igual que la estimación de las Crecida Máxima Probable y la Máxima Precipitación Probable deberá ser distinta para evitar desastres previsibles de los que nadie habla. Entonces las grandes concesionarias de estos “saltos” dirán que se retiran, que se las regalan o se las venden al Estado por un módico precio y a todos nos caerá de nuevo otro marrón, otro rescate como el de los bancos o las autopistas o tantos otros elegantes negocios bien diseñados y con contratos de letra diminuta, tinta invisible y complicidad política de algunos.

¿Pesimismo?... No. No me puedo creer que sigamos siendo tan egoístas, tan tontos, tan cerriles dentro de treinta como ahora lo somos. Le digo a mi hijo el pescador que él verá los ríos españoles de nuevo limpios y corriendo desde su nacimiento hasta el mar, estoy seguro. Volverán entonces los esturiones, los salmones, las anguilas, los sábalos… los hombres y las mujeres a nadar en sus ríos por fin limpios y libres.
  
Merece la pena releer este viejo artículo de AEMS.

O ver este gran documental en el que sale hasta Edward Abbey:



Famosas fotos de Katie Lee en el Cañón de Glen (Rio Colorado) antes de ser anegado por la presa.