lunes

SCHRÖDINGER


La vida en esos años le llevó por otros ríos. Dejó de volver a ese en el que había aprendido con esfuerzo su oficio de pescador. Lo recordaba a veces y ya lo daba por perdido porque era un río abandonado, al cuidado de nadie, con escasas truchas y muchos enemigos. Él estaba ya en otra vida, otra ciudad, otros países y lugares en los que lanzar el señuelo, el tiempo y parte de su alma en aguas nuevas. Nunca pensó volver. Pasaron algunos años y varias derrotas que ahora no quiere recordar. Pasaron algunos años y fue perdiendo todo lo que era sólido. Pasaron algunos años y volvió sin nada salvo sus cañas, sus hilos de colores  y su dura voluntad de pescador andante.

La noche de la apertura de la veda no pudo dormir. Al bajar, en la penumbra del amanecer, por la estrecha senda que le llevaba al torrente, imaginaba destrozos y tristezas, aguas sucias y vacías. Comenzó a pescar donde lo hizo siempre y al segundo lance una truchilla rabiosa le saludó con su picada y sus colores de joya. Cuando la dejó marchar y metió su mano en el agua helada se dio cuenta de todo. El río bajaba ancho, transparente, bullanguero. El monte estaba salvaje y en todas las ramas del bosque de ribera había yemas verdes a punto de reventar. Luego se fue reencontrando con los patos, las nutrias, una cigüeña negra, un martín, tres mirlos, la garza real, varios milanos jóvenes a los que saludó como a amigos antiguos. Salió el sol y sintió cómo el suave calorcillo le tocaba la espalda y más adentro.

La gente cita muchas veces a Heráclito o a Platón y su "todo fluye" o eso de que "no se puede bañar uno dos veces en el mismo río"  porque ni el agua es la misma ni nosotros lo somos. Mentira, pajas mentales de filósofos desocupados o de traductores  aburridos que no han pisado un río truchero en su vida. Los pescadores saben que eso no es cierto. Muchas veces, al bajar al río, sus aguas y nosotros somos los mismos aunque hayan pasado diez, veinte o treinta años. Los rios trucheros y los pescadores que persiguen a las truchas con cerril o infantil insistencia saben muy bien, porque lo han vivido muchas veces o porque tienen pruebas empíricas de esta excepción espacio temporal, que muchas veces el río y quién está metido en sus aguas hasta la cintura lanzando una bonita mosca, son los mismos de hace un año o de hace treinta. A la mierda Heráclito. El tiempo junto al agua siempre es relativo como ya lo explicó Einstein que, como todo el mundo sabe, construyó su teoría mientras estaba pescando truchas a mosca seca. El ejemplo del pez cuántico(1), la paradoja de Einstein-Podolsky-Rosen y hasta la famosa paradoja del gato de Schrödinger sólo pueden salir de la calenturienta imaginación de un pescador, un tipo que tiene la certeza de que en esa poza tan honda hay a la vez muchas truchas hermosas y ninguna. ¿Quién lo duda?
Algunos días lo recuerda y se sorprende. El río era el mismo y también él aquel diecinueve de marzo del reencuentro. Esas primeras horas, con el sol calentando aún con timidez, tocó tres truchas más y luego nada, pero no se sintió defraudado sino optimista, asombrado, saltando de piedra en piedra con una sonrisa de bobo pintada en la cara.  Al llegar a la poza la Vena saboreó de verdad ese reencuentro y luchó con una trucha grande que se soltó un segundo antes de llegar a sus manos. Primero, gritando, se cagó en dios, en la mar y en otros lugares propicios como hacía con quince años y luego comenzó a reírse a carcajadas de sí mismo, como nunca lo había hecho, porque en nada había perdido la felicidad recuperada que sentía porque la trucha se hubiera largado a su paradoja de Schrödinger.
(1) El experimento del gato de Schrödinger o paradoja de Schrödinger es muy conocido. Pero los pescadores lo experimentamos muchas veces al llegar a una poza prometedora en la que hay una hermosa trucha y a la vez no la hay. Frente al enfoque clásico, según el cual es la realidad la que suministra la base cierta del conocimiento sobre ella, el enfoque cuántico postula que el conocimiento sobre la realidad modifica la propia realidad. Ortolí lo explica de forma divertida: "En una charca borrosa y opaca se mueve un gran pez que se desplaza en todas las direcciones pero que permanece constantemente invisible. Desde la orilla de la charca, un pescador sólo percibe en la superficie unas olitas cuya altura y dirección le informa en todo momento sobre el trayecto probable del pez. Sin embargo, mientras éste no haya sido pescado el hombre se ve obligado a considerar que el pez se encuentra en todas partes a la vez, con probabilidades mayores o menores según el momento y el lugar: En cambio, desde el momento en el que el pez muerde la camada todas las posibilidades quedan reducidas a una sola... antes de morder el anzuelo, semejante pez "cuántico" (que sólo se hace concreto cuando es pescado) ocupará toda la charca y habrá lugares de ella en que el pez estará más concentrado y otros en que estará más diluído". 

Pero claro, los peces no son partículas elementales.

ORTOLÍ,S. y PHARABOD,J.P. El cántico de la cuántica. ¿Existe el mundo?. Gedisa, Barcelona 1985 p.46. Desconozco si el señor Ortolí era también pescador. También desconozco si vuestra caótica caja de hilos podría estar en ARCO y cotizar un buen puñado de euros.


miércoles

VIOLETA

Ilustración de Isidro Ferrer
Le preocupa que el hijo pescador estudie, progrese, se forme, no fracase, trabaje, se emancipe, sea una persona feliz a ratos, buena persona siempre…  No dice, o se ahorra, eso de “un hombre de provecho”, no tanto porque le suene viejuno como porque conoce a muchos tipos que se convirtieron en hombres de provecho y son unos gángsteres, legales y con prestigio, unos verdaderos cabrones que ganan pasta, tienen coche caro y son admirados por saber pisar cuellos, explotar a la gente, chupar del bote, manipular y hacer bien las trampas que permiten nuestras reglas del juego.
Le preocupa, sí, pero no tanto como para enfadarse, reprochar o castigar cuando el hijo vaguea, duda, tropieza o se equivoca. Y no tanto como para disgustarle, obsesionarle o hacerle infeliz. Porque hay otras cuestiones que de verdad son importantes, las importantes de verdad, las decisivas, las fundamentales, aquellas que casi todos los padres dan por supuesto y nunca lo son, aquellas que obviamos porque consideramos naturales, fáciles, propias de ser niño, adolescente o joven. Y no lo son. No lo son nunca aunque las tengamos olvidadas o edulcoradas en la pura retórica sin valor y la nombremos en vano tantas veces: La salud.

Los seres humanos somos animales vulnerables aunque en este siglo XXI el progreso y los sistemas sanitarios públicos parecen haber borrado de nuestro presente esta enorme y permanente fragilidad. Pero a veces descubres esta certeza, en ocasiones chocas con esta real fragilidad de estar vivos un día más. Entonces todo cambia. Tu percepción completa del mundo, de lo que de verdad importa y lo que no, de lo que tiene valor y lo que sólo es humo. 
Fue un azar que el otro hijo, el no pescador, estuviera a punto de morir este verano por una enfermedad que yo creía hasta ese momento leve y superable, más molesta que grave. Días después, también por azar, leí hipnotizado, sobrecogido, parando tantas veces la lectura para no llorar, “La hora violeta” de Sergio del Molino. Tuve la inmensa fortuna de que mi hijo superase con bien la enfermedad tras algunos días de angustiosa incertidumbre. No tuvo esa suerte el hijo de Sergio y además sé que desde mi más absoluta voluntad de empatía es imposible ponerme en su lugar o acercarme siquiera un poco a lo que él sitió y cuenta en ese libro: “Mi hijo Pablo tenía diez meses cuando ingresó en el hospital, y estaba a punto de cumplir dos años cuando arrojamos sus cenizas. Ése es el tiempo que cabe en nuestra hora violeta. Ése es el tiempo que cabe en este libro, que contiene todas las palabras que hacen falta para nombrar mi condición” (pág. 11).

Por eso lo que de verdad me importa es que mis hijos crezcan sanos. Lo demás importa poco, algo, casi nada, nada. La vida les irá empujando “como un aullido interminable” hacia sus fracasos, tristezas y desencantos… y ahí estaré yo para decirles que no se preocupen, que  “La vida es bella, ya verás / como a pesar de los pesares / tendrás amigos, tendrás amor”. Y para sacarlos a pescar o que ellos me saquen a mí de vez en cuando. 
Que sigan sanos. Yo no necesito más.










lunes

GANAR


Tan complicados aprendizajes son los de ganar como los de perder. Ganar suele ser poco frecuente, perder suele ser la norma de vivir, pero es muy difícil armar con palabras todo esto para que lo entienda el hijo pescador. Lo aprenderá con el tiempo, él solo, con sus pequeños triunfos y sus repetidos fracasos en aventuras, suertes, trabajos, amores y ríos. Aún así, al pescador le duelen más los fracasos del hijo que los suyos y se alegra mucho más de los éxitos de él que los propios. En la vida, en el agua. Aprende el pescador de todo lo que al hijo le apasiona, el surf, la nieve, cocinar, pescar, un libro nuevo, viajar, escribir…  y mira con sus ojos todo esto de ganar o de perder, del éxito fútil, de los fracasos seguros por venir. Sin ser masoquista, le dice, le cuenta, le explica, que él ha aprendido a saborear con placer también esos fracasos y derrotas. Quizá porque en el río, buscando o peleando con las truchas todo eso de fracasar o triunfar es siempre relativo.

Siempre comienzan allí, en esa tabla ancha y de buena profundidad que hace más de un siglo suministraba agua a un molino de aceite. Luego se va estrechando entre un paredón de granito en cuyo borde se agarra un gran sauce y la orilla opuesta abrupta y llena de maleza desde la que es muy difícil lanzar. La cabecera es un chorro rápido, grueso y profundo que hace un rizo y luego un remolino antes de meter el agua en la cueva de la roca. Allí tocó el pescador la trucha más grande de su vida y ese sitio le atrae siempre, como un potente imán, muchos días de abril aunque pocas veces toque pez en el lugar.

La caminata hasta la tabla es larga y pesada. Luego está el vadeo no siempre posible y siempre complicado para cambiar de orilla. Después un nuevo cruce para dejarse descolgar por la rasera sin hacer mucho alboroto y sin que el agua le llene el vadeador porque aquel sitio tan transparente sigue siendo profundo. Una vez allí, el pescador dice en silencio: "ya está". Saboreará una hora larga en la que lanzará aquí y allá disfrutando de cada segundo de agua, de la belleza del paraje, de las siguientes cuatro tablas y pozas que le esperan más arriba y que, a esa hora de la mañana, sabe que nadie ha tocado aún.

Hacia abajo, el río se descuelga en una sucesión de largas y anchas chorreras con la única orilla accesible llena de canchos de granito rosado y pulido, diminutas playas de arena en las que las nutrias dejan la firma de sus huella y trozos de roca afilados desprendidos  de la abrupta loma que empuja el agua hasta el balcón de La Lobera. Esa zona le gusta a su hijo el pescador, pero no a él, tal vez porque le duele recordar los días felices junto a Ángel, su maestro pescador, que ya no vive. A Ángel le gustaba mucho aquel trozo de río de aguas rápidas, así que él, entonces, se adelantaba un buen trecho para que pudiera pescarlo a gusto y a su ritmo.

La felicidad es siempre escurridiza, poco definible, muchas veces inexplicable, pero aquella tabla nunca falla. En cuanto se sumerge en el borde de la rasera con el estruendo del agua tras de sí, la siente y la toca. Da igual que clave o no clave alguna trucha. Le parece un lugar mágico por eso, porque siempre se siente bien pescando allí.

Hoy el pescador no sabe que pinta en la ciudad. Le fastidia pensar que aún le faltan muchos días para volver al río. El nunca ha tenido paciencia. Hasta piensa que en realidad pocos pescadores tienen eso, “paciencia”. Esa virtud ha sido siempre supuesta por todos esos tipos que precisamente no son pescadores. Él no conoce a algún pescador mosquero que tenga mucha paciencia.

La felicidad es siempre complicada, por eso hay que buscarla, perseguirla, pescarla y no esperarse quieto, con “paciencia”, a que pase a nuestro lado para agarrarla. El agua es igual que la felicidad, a veces escurridiza y bronca, en ocasiones profunda y muchas veces rápida. Nunca se para. Pero en este lugar es muy nítida y cercana.

PD: Ayer corrimos juntos en la Carrera de Madrid por Siria 2017. Cruzamos juntos la meta. Felices.


jueves

DIORITA



¿De verdad todo lo desgasta el tiempo? ¿O somos nosotros los que permitimos que la dejadez vaya borrando lo que un día nos pareció intenso como una explosión termonuclear en medio del sol? ¿De verdad la intimidad y los días erosionan aquella belleza que nos excitaba siempre? ¿O somos nosotros los que aceptamos que el deseo se desmorone sin remedio aunque una vez lo imaginamos duro como una diorita arrogante en la intemperie? Pero hoy, esta madrugada, todas esas preguntas son ceniza de cigarrillo arrinconado en una acera de la ciudad, retórica de postureo recitando a Keats, elucubración de pajillero cuarentón, ripio de poeta aficionado a las pintadas con spray. Acaricias las estrías de su culo, la cicatrices de su vientre, los músculos fuertes de sus piernas, las aréolas grandes, la leve curva de su sonrisa. Besas sus párpados para que no te queme el brillo de sus ojos y bajas luego hasta el ombligo y le das la vuelta porque la evolución y Darwin fabricaron el culo para algo.

De camino al río te preguntas que haces ahí, atravesando la noche hacia la nada, por qué no te has quedado a celebrar el domingo, a buscar entre los gestos de su despertar aquello que nombrasteis en susurros o a reconocer con asombro que hay partes en vuestra memoria de diorita. Tienes que esperar en el coche a que amanezca y por la radio describen los espantos que se perpetran no muy lejos, el babeo del político mamón que se cree alguien, la enumeración minuciosa de todos los vencidos. Apagas el cacharro. Abres la ventanilla. Entra el frío. Con la penumbra disolviéndose en la niebla ya sales al camino con la caña montada y la mirada aún perdida en el asombro de las horas de antes. No sabrías delimitar que fino arroyo de cristal separa la alegría de la felicidad, tal vez su duración, tal vez sus mitos, quizá la hondura de una u otra poza. 
Ya se ve bien. Bajas deprisa. No te espera en la orilla ninguna ondina, nereida o ninfa, la de verdad está aún dormida lejos de allí. Pero quieres presenciar de nuevo, un año más, los dedos de la aurora junto al agua ese primer día de la temporada, como hiciste tantas veces, con la emoción intacta igual que esa diorita que has imaginado para aludir a esa mezcla de amor y de deseo que has tocado antes. Atas dos ninfas del doce, verde y azul, grandes, pesadas y peludas. Lanzas arriba en la curva donde desaparece la espuma y luego acompañas la deriva caminando por la arena gruesa de la orilla. Profundizan muy rápido. Cuando notas que alguna toca el fondo tiras un poco del sedal. Has sentido el temblor, la rigidez, luego el tirón, el corazón a mil. Nunca es igual.

No dudas que el tiempo desgasta las suaves piedras de granito que pisas bajo el agua y la vida que tienes y tus dedos que antes temblaban metidos en su cuerpo y ahora sujetan la trucha y mañana quien sabe. La belleza está ahí, estuvo siempre, en el perfil de su culo, en la curva del río, en la trucha prendida, el camino de vuelta, la mañana suave, la sonrisa que tiene, la certeza de meses por delante junto al agua y junto a ella. La belleza está ahí, estuvo siempre, tan invisible a muchos, porque es necesaria la voluntad, el esfuerzo y el empeño de no perder de vista todo eso, de perseguirlo siempre y no dejar que nada desgaste esa diorita áspera y distinta que todos tenemos dentro.


DON ESCAMAS DORADAS

Ernesto con Don Escamas Doradas

El barbo a mosca está de moda, quién lo iba a decir hace unos años, cuando el pionero Pepe Romero nos redescubría un pez que siempre estuvo allí, en nuestros ríos, pescado entonces a cebo pero no a mosca. Las truchas escasean o, mejor dicho, escasean las aguas limpias y poco degradadas o, simplemente, escasea el agua misma y el barbo lo resiste todo, las aguas sucias, la escasez de agua, la invasión de peces alóctonos que devoran sus puestas como los alburnos y percasoles o a ellos mismos como los bass, lucios, luciopercas o siluros. Ahora nuevos pescadores como el inquieto Carlos de Rey nos propone estrategias y materiales innovadores para tentar a los grandes. Hay empresas y guías que traen pescadores de toda Europa para pescarlos en Extremadura y se ha convertido en el preciado y precioso "bonefish" de agua dulce. Es un pez duro y luchador, astuto y desconfiado, que siempre da pelea al pescador y pone a prueba los nervios y los equipos.  Tenemos cientos de kilómetros de orilla "pantanera" para buscarlos pero a mi me gusta acercarme a ellos en los pequeños arroyos y ríos del país, pescarlos con equipos ligeros en paisajes más propios de las truchas: aguas limpias, paisajes quebrados y vegetación de ribera. Ya no son un sustituto de las truchas sino un pez estrella que brilla con luz dorada propia. Además no es difícil clavar buenos ejemplares, a veces algún gigante cabezudo comizo con picada de tiburón.

En muchos lugares de mi tierra y de otras tierras, en tiempos por fortuna ya pasados, el barbo era alimento. Se pescaban, mataban, vendían y comían, sobre todo fritos y luego escabechados para ablandar así el montón de pequeñas espinas que esconde su carne. Ahora todos o casi todos vuelven al agua, no tanto por conciencia o militancia de “captura y suelta” como porque ya no hay hambrunas de posguerra y los lugares donde se pescan no son aguas puras sino más bien lo contrario y nadie quiere envenenarse.


A mi hijo el pescador le gusta mucho pescar barbos. También a mi hermanita. Como no es mosquera utiliza de aparejo un buldó pequeño con un moscorro-trico por encima y una ninfa por debajo de la burbuja. En primavera, si el sábado toca trucha, el domingo barbo o viceversa. Pero luego, cuando la temporada truchera se va cerrando, el barbo sigue dando guerra y siendo el pretexto perfecto para salir al río o al embalse. “Escamas doradas”, como los llama Jorge, nunca defrauda.

Mi hermana y Don Escamas Dorado-Viejo