domingo

PIES



Tal vez de alguna forma nuestras manos y nuestros pies sean también sabios. Seguro que mucho más sabios que nosotros mismos. Cruzamos la corriente y nos fiamos de ellos, de su experiencia y su memoria en pisar el fondo del río. Tenemos la caña entre las manos y sólo ellas saben lo que pasa al otro lado del sedal, en lo oscuro y lo profundo.

Crecen las manos y los pies de mi hijo el pescador. Se cae y se levanta, camina cada vez más lejos y seguro. Toca la vida con los dedos y descubre que a veces es áspera y dura, otras suave y tibia.

Nos preparamos para la gran excursión. Muchos kilómetros río arriba, el día entero, con la certeza de que habrá mucha agua y pocas truchas. En esta garganta nuestra se forja la voluntad del pescador, desde la seguridad de que tocaremos muy pocas truchas y vadearemos muchos kilómetros de agua.


Estoy bajo de forma. Ha sido un invierno duro. Nos olvidamos muchas veces de nuestras manos hacedoras, de nuestros pies caminantes. El cerebro está en estos tiempos sobrevalorado. Tal vez sea el ordenador de nuestro cuerpo o quizá el ordenador sea el cuerpo entero y nuestros pies y manos también recuerden, sientan, sepan, expliquen, nos digan.

Vivir es caminar y tocar. Para nosotros pescar es tocar y caminar. Imposible sentirnos sedentarios. Imposible mirar las cosas desde la prudencia o la distancia.

El río me devuelve las fuerzas, vuelvo a estar en forma. Está siendo una primavera dura. Quién me descubrió que son muy importantes las manos y los pies, quién me mostró la inmensa belleza de este río ya no puede bajar a tocar sus rápidos y sus truchas. La tristeza es grande y lleva tanta agua este marzo...

...Le dejo al hijo pescador mi mejor caña. Pesca él primero las mejores pozas. Yo camino detrás, tocando el fondo, las piedras pulidas, el agua fría. Le digo: Cuando todo sea incierto fíate de tus manos y tus pies. Pero está lejos y con el ruido de la corriente no me oye. Además intuyo que él ya sabe todo eso.



martes

DESVEDA



Madrugar como siempre. Despertarse antes del amanecer y en cinco minutos estar ya camino del río. A veces habías dejado a la novia de pechos de amazapán y, apenas con dos horas de sueño, salías caminando con la resaca y la botas altas puestas, la noche muy cerrada, hora y media de camino por carreteras y senderos llenos de fantasmas y mastines ladradores para llegar al torrente el primero y subir pescando sin nadie por delante. Más tarde, ya con coche, aquel Seína que volaba, no puedes olvidar la música de Knopfler en el cassette, ni el olor helado del bosque ese primer día. Ni la extrañeza de haber dejado la cama caliente y la caricia suave de una hada que te besaba en sueños por estar caminando sólo, en la penumbra con una trocha apenas adivinada, para llegar el primero ese día de la desveda a la tabla larga y profunda donde te esperaban las truchas más grandes. Dejabas a un hada de carne y hueso por las etéreas ondinas del agua y no sabías porqué. Y luego, ya en la ciudad, durante tantos años, tocaba hacerse muchos kilómetros en medio de la noche más cerrada, por carreteras vacías, no sabías si huyendo o regresando, siguiendo un instinto persistente que nunca habías perdido, igual que los salmones o las anguilas vuelven a los ríos que una vez fueron su casa, siguiendo un olor, o un recuerdo, o un sueño.

Madrugar como siempre. Ahora acompañado por el hijo pescador que tal vez no entiende tu pasión y tu empeño por salir tan temprano y llegar el primero para estar allí ese primer amanecer de la temporada. Llueve mucho, no hay nadie, pescáis en completa soledad. Te sientes muy feliz. La garganta está bellísima, muy llena y transparente, igual que siempre fluye en tu memoria de niño, de adolescente, de joven, de padre.

Ha pasado mucho tiempo. A veces te gustaría escribir a aquella novia lejana de pechos de mazapán que ahora tiene hijos como tú o al hada que te sonreía entre sueños... o a todas las que amaste y que te amaron, por las que sólo sientes gratitud y ternura. Te gustaría contarle que, aunque te ibas siempre con las ondinas del río, allí, solo, rodeado de la furia de la corriente y la paz de los robles dormidos, caminando a tientas por el agua, concentrado en no caer, en adivinar las posturas de las truchas y las palabras del agua, pensabas siempre en ella. Te gustaría explicarle que no podías sacarte de la cabeza su sabor y su risa, el brillo de sus ojos y su voz en un susurro en medio de la noche nombrando la felicidad y sus misterios. A veces te gustaría escribirle, saber contarle todo esto. Porqué late tu corazón mucho más fuerte cuando bajas ese primer día entre las jaras y los alcornoques gigantes camino de tu poza preferida, porqué sonríes cuando escuchas ya a lo lejos el agua muy crecida y bronca, porqué te sientes tan vivo arriesgándote a cruzar la corriente para llegar a ese recodo oscuro donde las ondinas cantan esa canción antigua que te hechizó para siempre siendo un adolescente.

Ha pasado mucho tiempo y mucha historia. Madrugas como siempre. Aún falta muchos minutos para que amanezca. Caminas por la trocha que baja hasta el molino de las Siete Piedras. Ya estoy de vuelta Ondinitas.



jueves

BICHOS


(Foto de : Reza Hilmy)

Sobre todo pescamos. Pero también contemplamos con asombro, en silencio, fascinados y sorprendidos tantas veces, instantes irrepetibles y bellísimos.

No hay día que no baje al río del que no vuelva con puñados de momentos asombrosos que nadie más que yo pudo ver. Es verdad, lo sé, suena a la famosa frase de Blade Runner de: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhauser... todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”. Pero, para un pescador, todos nuestros momentos no se pierden. Los guarda en los mil bolsillos que tiene el chaleco de su memoria.

Me gustan los sonidos y los olores que hay en el río. De los animales que suelo sorprender tengo especial simpatía por las nutrias y los martines pescadores aunque sean "competidores". Pero llevo pescando en la garganta J. más de treinta años y siempre hubo nutrias y martines y truchas. También me gustan mucho los insectos. Sus infinitos diseños me parecen siempre perfectos. No los miro con ojo de entomólogo sino de pescador y de niño.

Le digo a mi hijo pescador algo muy obvio, que… si no hubiera insectos no viviríamos nosotros. Necesitamos los “bichos”. Sin ellos se extinguirían la mayoría de las plantas de las que nos alimentamos al no ser polinizadas y con ellas los animales herbívoros que comemos. Así que ya sabes, cuando lances la imitación de un bicho al final de tu seda para pescar a una trucha no olvides que gracias a los insectos disfrutamos de este mundo tal como es.

Pasa entonces juntos a nosotros una libélula grande y atigrada. Hace más de trescientos millones de años ya volaban las libélulas por el mundo. Nosotros sólo llevamos aquí un instante.

Sobre el hijo pescador, cuando era pequeño, se posaban caballitos azules. Eran sus amigos.



sábado

NUBES




Camino del río tarareo una vieja (o nueva canción) de Pablo, que suena por la radio. Merece la pena, en estos tiempos, volver a escucharla.

“Tu y yo muchacha, estamos hechos de nubes”. 
De tiempo amasado con la sangre limpia de la lluvia, 
con polvo de estrellas, árboles grandes, peces veloces, 
con palabras que una vez utilizaron otros para amarse.

Tu y yo muchacha, estamos hechos de nubes. 
Y no somos más viejos que una efémera, 
ni menos frágiles que este río limpio, 
ni más sabios que aquella libélula azul.

Nada poseemos, pero me parecen joyas 
las gotas del chaparrón en tu cara, 
tapices preciosos estas viejas piedras
donde estamos ahora sentados y te miro, 
Y hogar es esta arboleda que nos cubre,
música la cascada, el mirlo, tu latido.

Mi casa es este río hecho de nubes como nosotros. 
Mi hogar es también este silencio y las palabras 
que no te digo porque ya las escribí antes 
en el agua con la seda y la risa de mi caña
en el idioma de los peces y de los pescadores. 

(La canción de Pablo, claro,  sigue por otro sitio…)

lunes

ESPEJO



Hace ya muchos años, pasabas la frontera del agua con aletas y arpón detrás de los sargos y las lubinas, los meros y los palometones, los congrios y los pulpos. Desde abajo, con los pies tocando el fondo, te gustaba mirar hacia arriba y ver el espejo deslumbrante que separaba el mar de tu mundo. Ese cielo liquido se volvía entonces misterioso y lejano mientras acechabas las corrientes y las cuevas, sumergido en tu instinto cazador, aguantando la respiración siempre un segundo más. La frontera de agua que contemplabas, tres o cuatro metros más arriba, separaba dos mundos ajenos y soñabas a veces que ese cielo de aire no era el tuyo.

Ahora ya no buceas como entonces, pero te sigue encantando esa frontera que a veces es un espejo oscuro y otras un cristal transparente casi invisible. Los insectos se posan en esa delicada película y vuelven a volar como si nada pudiera mojarlos o hundirlos. Otras veces en cambio, misteriosamente, rompen el espejo y pasan al otro lado. Muchas veces tocas con cuidado el agua sintiendo esa leve resistencia que separa ambos mundos, en esa leve frontera de cristal líquido es en la que más te gusta pescar, dejas el señuelo ahí, sobre el agua y debe ser el pez quién se acerque a ti siquiera un segundo.

La superficie del agua es tu espejo de Alicia y al otro lado aguardan siempre las maravillas. Tú, que en otro tiempo lo cruzaste, lo sabes. Debajo del agua las leyes, los colores, las sensaciones, la vida es otra muy distinta. Por eso te gustan los espejos muy limpios, los ríos muy transparentes.  Pescando atraviesas ese espejo de Alicia de agua muchas veces con la imaginación y la experiencia. No rompes el cristal, intentas posar el señuelo con delicadeza para no rasgar el encanto. Y cuando lo consigues y ves el pez acercarse sientes que has abierto la puerta y que ambos mundos se hablan. Otras veces dejas que el señuelo se hunda y recuerdas como era eso de bucear y mirar la superficie del agua desde abajo como un pez.

Le digo a mi hijo que a todos los pescadores que conozco les gusta mucho nadar y bucear. En primavera, aunque el agua esta muy fría, pocas veces se resisten a entrar dentro del agua con el vadeador incluso cuando no es muy necesario. Les gusta estar ahí muy cerca de ese mágico espejo, tocar con los pies el otro lado, vivir en ambos mundos.

Tal vez en el laberinto más remoto de nuestro cerebro primitivo sentimos que una vez fuimos también peces. Y el hijo pescador camina despacio dentro del espejo del río. O del país de las maravillas.
(Pintura de Eric Zener)