viernes

PARAR

Inquietud. Nunca parar. No acomodarse a una silla durante las horas de tiempo libre. No descansar como un adulto. No apreciar la inmovilidad o el sedentarismo. Siempre buscar, investigar, explorar, ir, pescar. 
Él debía de tener por entonces treinta y tantos y nosotros no llegábamos a quince pero ya desde mucho antes no nos dejaba quietos. Siempre había un lugar cercano o lejano, conocido o nuevo para ir a pescar.
Ahora, cuando me toca a mi ser guía o profesor o acompañante de algún crío que quiere comenzar a pescar me doy cuenta de su proeza. Llevar a uno, dos o tres niños al río, el embalse o la garganta es complicado. Pero para él siempre era fácil.
No recuerdo cómo nos enseñó pero de inmediato nos inoculó el veneno del agua y pronto nos dejó libres para que nos pinchásemos, enganchásemos el señuelo en la rama más alta, liásemos el sedal, probásemos el agua fría o el tropiezo contra las piedras y nos las apañásemos solos. Han pasado muchos años y no recuerdo que tuviera con nosotros ninguna intención de tutor protector, era más un compañero cómplice. Una vez llegados al agua y tras alguna instrucción breve nos dejaba a nuestro albedrío, cada cual a lo suyo, con su caña, por su trozo de orilla o de ribera. Primero no muy lejos unos de otros, luego sí. Luismi, Fernando y yo nos convertimos pronto, si no en avezados pescadores, si en expertos andarríos que teníamos buen cuidado en no caernos, mojarnos, enganchar  o liar y que, si no cogíamos casi nunca más peces que él, alguna vez tuvimos esa suerte.

Han pasado muchos años pero no hay día que no me vengan a la memoria alguno de esos momentos de río y tiempo por delante con Ángel. Fueron muchas horas, temporadas, lugares. Nunca quietos, siempre practicando una pesca andante y descubriendo que el tiempo libre que tiene mejor sabor es aquel usado en no estar sentados, ni quietos, ni pasivos. No me explico cómo lo hizo, porqué nos llevaba siempre con él no siendo sus hijos, cómo le resultaba tan fácil embarcarnos en sus aventuras sin que le impidiésemos pescar, sin convertirnos en estorbos, pasando con tanta rapidez de niños torpes a avezados saltimbanquis y luego a pescadores incansables.

Inquietud. Nunca parar. No estarse quieto en casa, sentir que eso que se llama el tiempo de ocio, el tiempo libre, sólo puede servir para hacer, buscar, investigar, explorar, ir, pescar. ¿Ocio pasivo?, ¿ocio sedentario?, ¿cansancio?... Me pongo estúpido o trascendente y le dijo al hijo pescador que sólo la muerte me parará. Mientras tanto tenemos ahí delante muchos kilómetros de ríos cercanos o lejanos, conocidos o nuevos para ir a pescar.  No hay día que no  recuerde a Ángel, que no le agradezca este descubrimiento.


martes

EL NUEVO LUJO



Frío. Menos cinco grados. Pero el frío está al otro lado del vadeador, los calcetines gordos, la ropa interior térmica, el forro polar, la cazadora de plumón, el gorro de lana, la braga de cuello, los guantes. El frío es una sensación agradable en la cara, la certeza de que estamos vivos y allí, en medio del agua y la intemperie. No hay insectos, tan solo bandos de avefrías y zorzales camino de sus comederos. El pescador siente el silencio, el siseo de la línea al volar, su voz ahí dentro, en algún lugar, recordando otros días, explicándose como hacer un buen nudo con los dedos helados, asombrándose de que ya son muchas décadas acercándote a ese sitio secreto.

Yves Michaud en “El Nuevo Lujo” (Editorial Taurus) analiza cómo las marcas han ido articulando argumentos nuevos, más sutiles, para vender sus baratijas, sus gadgets o sus servicios. El lujo hoy, a comienzos del siglo XXI, se disfraza con “experiencias, arrogancia y autenticidad”. Cuando compras un viaje o una prenda de ropa, o un automóvil o te tomas una copa de cierto licor en cierto lugar, buscas vivir una “experiencia”, sentir la “arrogancia” y la ostentación de ser un privilegiado, creer que eso que estás consumiendo  es “auténtico”. Por supuesto, como en la industria del lujo del siglo XX, se creó y se crea una industria del sucedáneo, el simulacro y la imitación para las clases medias que quieren emular así un "luxury" al que sólo pueden acceder los ricos de verdad.

Pero el lujo de verdad no tiene precio, ni intermediarios, ni anuncios en la televisión, ni estrategia de marketing. El lujo de verdad lo construye cada cual con su inteligencia y su tiempo en libertad, su cultura y su forma de entender el sentido de la vida. Y hoy el lujo es este frío, las horas por delante, los malvices cruzando por el cielo, el hijo pescador aquí a mi lado.


lunes

PREMIO

Quisieras adelantarle las lecciones, ahorrarle los esfuerzos, los fracasos o las frustraciones. Orientarle hacia algunas de las pocas certezas que conoces, que te sirven, que funcionan. A veces ¿Para vivir?, ¿para pescar?
Pero sólo lo vivido nos enseña. No se puede amar de oídas.  Tampoco se puede aprender a pescar de oídas. La teoría está muy bien para los días de lluvia y frio como los de ahora, pero en los días de furia y río, de agua y paz sólo aprendemos con nuestro propio cuerpo, utilizando nuestro extraño cerebro y luego: prueba error, casualidad, inspiración, secreto, ciencia, experiencia, astucia, intuición, persistencia, memoria, curiosidad…

…Al principio querías que tocara el premio, el éxito, el pez. Ahora ya no. El premio, el éxito y hasta el pez son el pretexto de los días quemados en belleza, de compartir el torrente y la orilla, la caja de moscas y el silencio, los sueños y también parte del tiempo por venir.


Laponia 2011

domingo

2017


Paseo por la orilla despacio. Sopla por fin un viento helado. Grandes bandos de grullas bajan a descansar en la llanura que aún no ha cubierto el agua del embalse. Recojo del suelo un trozo de roca oscura que se ha desprendido de un risco de pizarra. Se trata de un fósil de trilobites del Ordovítico. En otro tiempo esto era un mar y aún no existían los peces que hoy he venido a pescar.
La llamaron explosión Cámbrica porque en una decena de millones de años el mundo se pobló de vida de una forma tan rápida y exuberante como nunca ha ocurrido. Pero hace unos 450 millones todos los extraños seres vivos que habitaban el mar y más de cien familias biológicas se extinguieron. El ochenta por ciento de toda la fauna de la tierra se hizo nada. Esa vez no fue un enorme meteorito o volcanes gigantescos opacando los cielos. Quizá fue por la radiación gamma de una enorme supernova que reventó en la galaxia o una repentina glaciación que congeló el agua, aún no se sabe con certeza. Pero desaparecieron del mar los grandes depredadores como los escorpiones marinos gigantes que podían pesar más de cien kilos y muchos otros animales que hoy nos parecen fantásticos, como de otro planeta, dejando nuevos huecos biológicos que ocuparon los primeros peces y luego los anfibios y luego los reptiles y luego los mamíferos y luego...
Mis pasos suenan demasiado en los guijarros de la orilla y los barbos huyen mucho antes de poder acercarme a lanzar el escarabajo de plumas que tengo atado al final de la seda. Muchos biólogos pesimistas estiman que estamos a las puertas de una nueva extinción masiva del Holoceno, esta vez por causas humanas. No es ningún secreto ni ninguna hipótesis descabellada que al actual ritmo de destrucción humana de la tierra en cien años se habrán extinguido la mitad de las formas de vida que hoy conocemos. Eso sin contar los efectos imprevisibles del cambio climático ¿Acabaremos convertidos en un trozo de piedra gris como este trilobites? ¿quiénes ocuparán el hueco que dejamos?
Pero imaginar el tiempo en millones de años es sólo un juego de paleontólogos aficionados o de pescadores distraídos. La vida de cada cual se desenvuelve en una diminuta ventana de tiempo de menos de ochenta años. El antes o el después no existe salvo que también juguemos un poco con la imaginación o la memoria. La vida en el presente es lo que importa y el precioso tiempo es esta chispa cambiante en la que cabalgamos a veces muy deprisa y otras con lentitud de astros o de grullas o de peces de nadan alejándose. Así que hoy quiero pensar que porque sí, o por orgullo, inteligencia, sensatez, prudencia o porque sería una traición dejar la tierra tan arrasada para los que vendrán luego y no conoceremos, quiero pensar y desear que cambiaremos nuestra forma de vivir y derrochar, de aniquilar el mundo con tanta conciencia e inconsciencia y propiciar una nueva extinción como esa tan antigua que he leído en el fósil. Los pescadores siempre somos optimistas. Siempre hay un pez que no se aleja, la orilla nunca se acaba, el día es largo y el tiempo el único tesoro que nos cabe en los pequeños bolsillos del chaleco.
Te deseo Suerte y Salud para el 2017 por venir. Buen tiempo. Buena pesca.
(…el pez volvió al agua…el fósil se quedó en la orilla…)



jueves

GRANGER


No podía más. Necesitaba volver. Lo vendí casi todo, volé a París y me acerqué al taller de litografía que tenía el Limosna en el Passage Dauphine. Sabía de buena tinta que hacía una parte importante de la documentación falsa para los de El Partido cuando Domingo Malagón no tenía tiempo. Tanto Domingo como el Limosna había militado antes en la Hermandad y luego se habían pasado al Comunismo.
Conocí a Angelo Ruiz Limosna porque nos tocó como dinamitero en mi grupo cuando se nos desgració Viti en una escaramuza inútil en Guadalajara. Venía recomendado por la gente de Tetuán, del grupo de Mera. Luego estuvimos muchas veces juntos tras las líneas fascistas reventando traviesas, puentes y carreteras. Hasta aquella vez en la que le tuve que pegar una hostia, desde entonces tiene esos dos dientes de oro.

La primera vez no me di cuenta de lo que iba a hacer. Aún estábamos en tierra leal. Esperábamos a que anocheciera para pasar las líneas y reventar un par de puentes en Talavera. El estampido de la granada nos pilló a todos descansando en el arenal y parte del chorro de agua nos calló encima. Los peces muertos comenzaron a aparecer en la rasera del charco y el desgraciado pudo escoger una docena de truchas muy grandes y dejar que el resto se fueran río abajo como pasto de ratas.
La segunda vez teníamos que salir para Ávila a cortar otro puente. No recuerdo en que río nos escondimos a descansar y guarecernos de las primeras calorinas de junio pero en cuando le vi con la bolsa de red y la granada supe que el hijo de la gran puta iba de pesca. Me levanté de un salto y sin decirle una palabra le reventé la boca. Luego si, entonces le escupí las palabras. ¿No se daba cuenta de las dos barcas?, ¿de las nasas puesta para las anguilas por toda la orilla?. Allí había gente que vivía del río y su gracia les iba a dejar sin pan unas cuantas semanas, ¿acaso era eso el anarquismo?, ¿matar todos los bichos del agua, todos los peces por coger cuatro truchas para cenar?. Pero tuvo suerte. Por casualidad descubrí escondida en la maleza una caña muy fina de bambú del país como de cuatro metros, con su bramante, su hilo de crin y su buen anzuelo. Revolví unas piedras, cogí un puñado de gusarapas y en un rato pesqué en la chorrera un montón de bogas grandes. Luego lo discutimos entre todos mientras nos apañábamos con las bogas asadas, la cecina y el pan. Salió que no, que no era de buenos anarquistas destruir por destruir, quitar el sustento a los pescadores que vivían de aquel brazo de agua tirando una granada al charco. Desde entonces me llamaron de apodo el Bogas. El apodo se extendió pronto por todos los que quedaban del Batallón Ferrer y hasta ahora. La novia que me eché en Madrid también acabó llamándome el Bogas.

Pero ya nada me ataba a Londres. Necesitaba volver al sur. En cuanto entré en el taller el Limosna me reconoció. Llevábamos sin vernos casi veinticinco años. Tras perder nuestra guerra nos pasamos a Francia. En el Campo de Barcarés descubrimos que el cabrón del Limosna además de dinamitero era un pintor fino. Nunca supe como consiguió el papel y las tintas, pero en una semana falsificó el papeleo que nos sacó del puto campo a los cuatro que quedábamos. Luego gente de la Hermandad nos llevó a Inglaterra en un pequeño barco sardinero. Allí nos separamos y no nos volvimos a ver hasta lo de Narvik.

Le digo. Salud Limosnas. Quiero que me hagas los papeles que tengo que entrar en España. Y él. Joder Bogas, cuanto tiempo. Ya te creía fiambre o mojama. ¿y para qué quieres entrar?, ¿y para qué me pides a mi esa documentación?, ¿es que no tienen la CNT sus pintores? Y yo, por darle coba. Los tiene. Pero tu eres el mejor y además eres mi amigo aunque te hayas pasado al bando de esos cabrones estalinistas. Me rebuzna entonces. No me piques Bogas, que padrecito Stalin ya está muerto. ¿Y para qué quieres volver?. ¿No querrás continuar lo de tu amigo el Facerías?. La cosa sigue complicada y la dictadura es fuerte aunque Franco esté viejo. Yo le digo, por hacerme el misterioso. Eso a ti no te importa. Digamos que me voy a España de pesca. Y el guasón. ¿Ahora los anarquistas lo llamáis así?, ¿ir de pesca? A ti te pega, que para eso eres el Bogas.

Durante los largos meses en Inglaterra hasta el desembarco de Narvik tuve la suerte de entrar a trabajar en una de las factorías que tenía Hardy, aunque entonces se había paralizado la fabricación de artículos de pesca y nos dedicábamos a hacer munición. Pero un pequeño grupo seguía haciendo cañas buenas para los señoritos. Como hablaba el idioma porque mi madre era jerezana de abuelo inglés, y había sido nurse de los hijos de un bodeguero, en Inglaterra me sentí como en casa, hice amigos en la factoría y los días libres nos íbamos a pescar truchas unos cuantos, más un par de soldados americanos que también se daban al vicio piscatorio durante la larga espera. Me gustaban mucho las cañitas de tres tramos con las que pescaban ellos, mucho más ligeras que las nuestras. Los de allí eran ríos mansos, muy cómodos, llenos de truchas de buen porte.

Luego, a finales de mayo del cuarenta, tras el fregado de Narvik, mientras esperábamos el si o el no, me escapé algunas veces a los campos cercanos de nuestra posición con otros dos soldados pescadores. Si nos llegan a pillar nos fusilan los nuestros o los boches. Aquellos ríos y lagos eran el paraíso, había truchas enormes y salmones preciosos, lástima que nos retiráramos el ocho de junio, me hubiera quedado allí el verano entero. Mucho después, tras Normandía, a Clark, tu abuelo, que era uno de los americanos pescadores, le hirieron gravemente en el brazo. Como le enviaban para casa y nos habíamos hecho muy amigos me regaló su Granger Stream, con el carrete, dos buenas cajas de moscas yankis y todos sus archiperres de pesca. Y así hice la puta guerra entera hasta Berlín con una mano el Garand y en la otra la Granger. Hubo muchos día de esperas interminables, a veces junto a un río y si no había eseeses por la costa sacaba la cañita y cogía unas cuantas truchas para alegrar el rancho.

Tras acabar aquel desastre volví a Londres, seguí trabajando en Hardy, me casé, no tuvimos hijos pero fuimos felices. A Anne nunca le importó que me fuera de pesca los domingos siempre que los sábados la sacara a bailar. Pero en el sesenta y nueve murió de repente y sentí que quería volver a mi tierra, aunque seguía mandando allí el cabrón de Franco. El Limosnas hizo un trabajo serio, a conciencia, de artista. Deneí, pasaporte, penales… y me falsificó hasta la licencia de pesca. Como vas de pesca, según dices, te será útil. Sin embargo en el puerto de Bilbao, antes de bajar del barco y cruzar el control de pasaportes, rompí y tiré todos los papeles que me había hecho el Limosnas, no porque no me fiara de ellos, sino porque sabía que con mi pasaporte inglés no tendría tampoco problemas y porque al romper esos documentos, salvo la licencia de pesca, de alguna forma borraba también todo mi pasado. Ya no quería ser otra cosa que un jubilado inglés que dedica sus días a pescar y fumar unas cuantas cachimbas de Latakia.

No había perdido el contacto con mi gente y supe que mi novia de entonces, de los años de antes de la guerra, regentaba una pensión en Gijón. Allí me presenté. Estaba igual de guapa que en el treinta y dos. Eso le dije. Nos contamos la vida. No había sido la suya mucho menos difícil que la mía. Me alquiló una habitación a buen precio. En una ciudad extraña, rodeado de españoles que también me parecían muy extraños, me sentía sin embargo como en casa, gracias a ella y gracias a los ríos asturianos, cántabros, vascos y leoneses a los que me escapaba a tocar el agua y mojar mis moscas.
En temporada me iba casi todos los días a pescar. Me casé con ella aunque no nos amábamos, pero no hubo engaño porque entre nosotros había amistad, complicidad en todo y su poco de sexo, ¿en que se diferencia esto del amor?. Allí en Gijón ya no fui el Bogas sino Guill el inglés. A veces venían viejos amigos de Londres y los llevaba a pescar a mis ríos. La vida me pareció de nuevo un lugar habitable.



Un día, en la carretera que nos llevaba a un coto salmonero del Narcea, nos paró un control de la policía. Franco estaba pescando y se cerraba el río para él. Asqueados y murmurando palabras gruesas entre dientes nos fuimos para el bar de Nancio a tomar unos chatos y pensar hacia donde tirar y pasear nuestras cañas. A la media hora comenzaron a entrar secretas en el bar y a pedir la documentación a los seis o siete parroquianos que estábamos allí. Pensé que venían a por mi, después de tantos años, pero no. Luego entró mucha Guardia Civil. Después entró él con su ganchero. Según le vi aparecer con sus bombachos y su sombrerito medio tirolés eché de menos no llevar en el bolsillo una de las granadas aquellas del Limosnas. El Dictador se fijó en nuestro atuendo de pescadores finos y se arrimó a nuestro lado de la barra. Alguien le había dicho que éramos pescadores ingleses y quiso pegar la hebra. Tenía la voz fina, como de adolescente acatarrado y se le notaba torpe, algo grueso, como abotargado. Hablamos de moscas y cañas, de salmones grandes y grandes pescatas. Mi compañero inglés le siguió la conversación, precisamente él que en sus años mozos estuvo en las Brigadas y había perdido a casi todos sus amigos en mi guerra. Eso si que era saber estar, flema inglesa, si señor. A mi me daban ganas de sacar mi cuchillo sueco de destripar salmones y pegarle una navajada en el cuello allí mismo. Nadie me lo hubiera impedido. Pero no lo hice.

Después cogimos el coche y nos bajamos a León. Abraham no daba crédito al encuentro, ni yo tampoco. Nos reímos, coincidimos en las ganas de haber rajado al viejo y también en las mismas ganas de no hacerlo. El río estaba bonito y cogimos buenas truchas, ya por entonces las soltábamos todas. Yo pescaba con mi querida Granger. Nunca le conté a mi mujer aquel encuentro. Para qué.

Luego Franco murió malamente, con una agonía larga y fea. Unos pocos de entonces pudimos ver como España se convertía en otra cosa muy distinta a la que él y su gente impuso con dolor y mantuvo con saña tantos años.  
Ahora tengo noventa y ocho y escribo todo esto al nieto de Clark, el americano que me regaló la Granger, para que sepa las aventuras que ha vivido este trozo bello y frágil de bambú que me acaban de restaurar. Como yo ya no puedo pescar, a él le devuelvo mi querida caña, la caña de su abuelo, la caña de mi vida.  Que la uses con salud, muchacho y te de la felicidad que a mi me ha dado.




VADEAR



Nada hay de contemplación bucólica en pescar. El pescador es un tipo de acción, un andarín, despierto, atento, al acecho. Sin embargo todo eso lo vive desde la tranquilidad y la ligereza. No hay que demostrar nada a nadie, nadie nos mira, no hay disimulo social sino sinceridad desnuda con el río. Si rozamos la perfección en un lance o si erramos en un paso sólo lo sabemos nosotros, disfrutando de lo uno, aprendiendo de lo otro, a veces con dolor.

El hijo pescador lo sabe, si te embobas en el río te pegas la hostia, si te distraes no cogerán una trucha, si te relajas vas a probar lo fría que está el agua, si no andas atento romperás la caña, engancharás el sedal, perderás la mosca. No, no hay mucho bucolismo campestre en la pesca de la trucha, más bien es una mezcla de atletismo de fondo, meditación activa y baile hecho en el equilibrio incierto y resbaladizo de las piedras de un torrente.

No hay mucho espacio para el espectador aquí. Algún amigo o amiga no pescador me acompañaron alguna vez para ver "qué era eso de la pesca”. No volvieron. Acabaron pinchados por las zarzas o las ortigas, mojados, caídos, agotados de tener que ir caminando de piedra en piedra como una cabra o agachados entre la maleza y rodeado de bichos y agua. Una dijo: como en una selva de Vietnam. Otro dijo: está lloviendo, ¿habrá que irse ¿no?. Y otro: ¿Joer macho tu no pescas tu juegas a ser Indiana Jones incluido el “lático”! Y otra: Tu te quieres quedar conmigo, pescar no puede ser esto que haces, no sé dónde encuentras el gusto, lo haces para que no vuelva.

Le digo a mi hijo: Lo más prudente es no llevar nunca a pescar truchas a alguien que no sea pescador o pescadora.  Él sonríe y vadea el río con soltura. Cuesta mucho aprender a andar así entre las piedras, es como bailar un agarrado, hay que tener cuidado de no pisar los pies de quien abrazas, sobre todo porque aquí el agua debe estar a cinco grados. Seguro que cuando crezca el hijo pescador se las llevará de calle, será un gran bailarín.



martes

MINORÍA



Ava y Gregory pescando

El sociólogo que hay dentro del pescador se pregunta por el “cuantos”, el “tipo”, el “porqué”. No hay estudios globales ni datos transversales. En el año 1950 en España se expidieron en torno a 27.000 licencias, en el año 2000 la cifra era de 800.000. ¿Hoy cuántos somos? ¿Cuántos son pescadores deportivos de costa? ¿Y cuántos somos mosqueros andantes?. ¿100.000?,  ¿200.000?.

En todo caso una pequeña minoría, de ahí la doble o triple rareza de  ser “pescador”, “mosquero” y “sin muerte”.

Al sociólogo le gustaría tener buenos datos por tipología, edad, frecuencia de salidas de pesca, opinión sobre esto y aquello… Hay algún estudio de mercado que hice en su tiempo, pero de muestra muy limitada y de limitadas conclusiones. Está el dato de tirada y difusión de las revistas pero es difícil sacar de allí hipótesis ya que muchos pescadores no leen demasiado e Internet compite cada vez más con el papel en este mundo.

Por lo tanto es sólo el oficio, la intuición y no los datos el que me indica que poco a poco somos más los “mosqueros andantes conservacionistas”. Somos más pero seguimos siendo los “raros”, los pocos.

Frente a las confederaciones hidrográficas, las eléctricas, los regantes, las grandes o medianas industrias que utilizando el agua luego no la depuran o lo hacen de forma muy deficiente, los políticos con responsabilidad en las aguas continentales… apenas somos nadie: sólo 100.000 ciudadanos más o menos.

Pero también pienso y le cuento a mi hijo el pescador eso que los sociólogos llamamos las “minorías activas”. Son las minorías activas las que empujan, las que van delante, las que hacen que cambien las cosas y, sobre todo, que cambie la forma de pensar del resto de ciudadanos. Los grandes logros sociales que han traído el progreso al mundo fueron empujados, al principio, por poca gente. Pienso en las luchas obreras del siglo XIX, la abolición de la esclavitud, del trabajo infantil, el derecho al voto de la mujer, el uso del DDT, la caza de ballenas, la basura radioactiva… Le hablo de Clara Campoamor, de Rachel Carson, de Fernando Pereira…

… Le sigo contando otros ejemplos distintos  y se sorprende de que lo que a él le parecía tan natural hubiese costado tanto…

…Ojalá un día alguien cuente que los ríos se salvaron por cuatro mosqueros andantes…


viernes

"EL TRAMPERO" de Vardis FISHER


No hay mejor colchón que una pequeña playa de río, de un pequeño río de montaña, de un pequeño rincón del mundo, aún salvaje ¿por cuanto tiempo? en el que has montado un abrigo precario para dos días. En alguna parte, hoy te parece que muy lejos, seguirá corriendo la ruleta rusa de la crisis con todas las balas metidas en sus recámaras y un mono loco escondido en un despacho va apuntando con el arma hacia la gente. 

Antes de bajar a este rincón anduviste trasteando en la cocina del pueblo con carnes y un cuchillo de silex encima de la gruesa tabla de nogal. Picaste medio solomillo de cerdo, un hígado, un corazón y un seso de cordero lechal, sus dos riñones, su rico recubrimiento de grasa y un buen trozo de tuétano. A esta farsa añadiste un machado de ajo y una fritada bien desgrasada de pimiento verde, rojo y cebolla, abundante pimienta, generosa ración de sal, hojas de salvia y tomillo en flor. Luego has metido todo este picadillo en la maravillosa tripa limpia y fresca que te ha regalado tu amigo carnicero y has fabricado cuatro gruesas salchichas que ahora, para cenar, estás asando muy despacio. La receta de estas salchichas es de los indios Apsálooke aunque ellos las hacían con huapiti y bisonte.

Has estado pescando hasta que la penumbra no te dejaba ver el señuelo. Te sabes el camino de vuelta hasta la playa aunque la maleza y la noche han convertido el paisaje en otra cosa. El chisporreteo del asado se extiende por el río. El sonido del agua se te mete muy dentro hasta formar parte de ti. La salchicha india está exquisita sobre una rebanada de pan a modo de plato. Vas cortando con la navaja pequeños pedazos y mojando el bocado con un trago de vino fresco de la bota.

El año en el que naciste, Vardis Fisher escribió “el Trampero”, una bella novela de la que has sacado la receta de estas salchichas Crow. Ha pasado mucho tiempo y sin embargo no ha cambiado la sensación de paz y gratitud por una noche en el campo, a la sombra de la luna, aguardando el sueño sobre una cama de arena que han fabricado el agua y los siglos.

El mundo se sigue dividido en dos grupos distintos y extraños. El de los indios, el de los colonos. El de los nómadas, el de los sedentarios. El de los que buscan la seguridad de los muros, el de los que los saltan y se van lejos.




lunes

CONTAR


Si evoco sin pensar algún momento de verdad memorable de mi vida pasada, lleno de una felicidad nítida, total y saboreada con sorpresa y consciencia en el momento mismo de vivirlo y luego días después, también años más tarde o ahora mismo, recuerdo sobre todos los demás, dos días de un fin de semana de marzo de hace algún tiempo.

Aunque era fiesta en la ciudad los augures de la meteorología habían pronosticado fuertes ventiscas y mal tiempo así que cuando llegamos a la nieve apenas había gente en la montaña. El día se abría emboscado de nieblas y fríos pero en menos de una hora salió un sol espléndido y así se mantuvo la mañana entera. Bajábamos por pistas inmaculadas, llenas de nieve polvo. Volábamos por las laderas sin temer las caídas, saltando y haciendo el bestia porque todo el suelo era un colchón blando y maravilloso. Mi hijo el pescador, cumplidos los doce, tenía similar nivel, habilidad y destreza que yo en el arte de estar encima de una tabla de snow, así que nos sentíamos y éramos de verdad iguales. No recuerdo un día de tanta paz, de tanta alegría infantil, de tanta plenitud y complicidad.

Al día siguiente se abría la temporada de truchas y pensábamos pescar la parte baja de la garganta J. Un tramo largo y salvaje, con truchas escasas y grandes que aún conservaba la enorme belleza de un lugar olvidado. No recuerdo cuantas truchas tocamos, seguramente pocas, pero no se me olvida la sensación de libertad compartida y la certeza de que el tiempo era largo y nuestro. No paramos de caminar y pescar río arriba durante muchas horas. Sólo al mediodía, sobre un enorme cancho lleno de musgo, nos tumbamos a comer el bocadillo y descansar unos minutos. Sentí entonces, siento aún ahora, que ese día de nieve y el día siguiente de río se estiró hasta tener el tamaño de media vida.

Miro a mi alrededor, al mundo, a los demás. He sido, soy afortunado. He tenido otros muchos momentos de plenitud y dicha, pero en momentos difíciles, en días de dolor o derrota recuerdo esas horas con su preciosa brillantez y se me olvida todo lo que hace daño. Sólo esos dos días tienen el valor de años, todas aquellas horas no las cambiaría por ninguna otra riqueza. Hay un dicho hippie y sesentero que me gusta mucho y que ya se ha olvidado sobre valorar los momentos y no las cosas. “No todo lo que se puede contar cuenta y no todo lo que cuenta se puede contar”



domingo

APOCALIPSIS SILURO



Corrían rumores, lugares precisos más o menos secretos, monstruos, peces extraños. Ríos contaminados, mutaciones, el destilado de nuestra civilización extendiendo por el agua su mucosa invisible y pestilente. Uno de los ríos más grandes del país iba dejando su carga tóxica pantano tras pantano, convirtiendo los cienos de sus fondos en una bomba venenosa que estallaría en el futuro.

Corrían rumores, el aliviadero de una presa que refrescaba con su agua una central nuclear, nubes de vapor caliente y radioactivo en el amanecer helado, pescadores convocados por el hechizo miserable de la abundancia, pescadores mudos, docenas cada día, rastrillando su metro de orilla con señuelos extraños de colores fluorescentes fabricados con polisiloxano.

No había un momento de belleza o de dicha, ni siquiera la lucha convulsa con el pez borraba la certeza de estar participando de toda esa destrucción. Algunos pescadores del Este, añorando otros tiempos y otros paisajes, se llevaban los monstruos para comer sin importarles las ponzoñas que ocultaban sus carnes. La ley hablaba de matar las criaturas pero nadie lo hacía y todos aquellos animales extraños volvían al agua inundando el corazón de los convocados con toda la complicidad de un crimen impune.

El lugar era infecto, las orillas del gran río, más allá del estruendo de la cascada, estaban llenas de espuma amarillenta y basura, salpicadas de restos de plásticos. La vaharada de vapor nuclear a veces les envolvía por completo. Los pescadores adictos no podían esperar a que volvieran los días templados de marzo y los arroyos prístinos y buscaban lugares así, venenosos, dantescos, en los que podía morder el señuelo cualquier cosa, en los que todo era atroz y maldito, horrible y humillante.

Las pesadillas invaden a veces los sueños. El futuro, gracias al cambio climático, al desprecio por el agua, la ignorancia de muchos, la avaricia de algunos y una equivocada idea de lo que era el progreso convertía los ríos en canales muertos, pantanos llenos de alimañas, orillas atroces. Siempre huye en silencio tras tocar al monstruo, intoxicado, adicto a los venenos de Mordor.




sábado

GLASS II


Hace algunos años probaba con cabezonas ninfas XXL de más de un gramo embadurnadas de brillos, ahora tan de moda, para llegar al fondo de los pozos abisales donde las truchas sabias se escondían de los ninferos de bicho diminuto. Hoy son muy celebradas pero a él ya no le gustan. También se atrevía a atar a veces zonkers de medio palmo en líneas superhundidas lanzadas con cañutos salmoneros para tentar a los poquísimos truchones que aún existen emboscados en los fondos de las pozas de las zonas bajas de los ríos, pero al final era igual que pescar con cucharilla...

Curiosidad. Probar lo muy nuevo, o lo muy antiguo, o lo distinto, o de otra forma. Tal vez porque le aburre lo previsto. Por eso pesca menos muchas veces. No usa siempre la mosca o la ninfa que sabe que funciona, prefiere probar otra, indagar, enredar, jugar… Equivocarse. Por eso también es pescador.

Ahora está entusiasmado por las cañas de glass para los barbos, que no es la fibra de vidrio de antes sino algo muy distinto, fibra muy fina, mínimo peso, cañas blandísimas pero irrompibles con las que hasta el pez más bronco cede mucho antes que ante palos de escoba de carbono y sin romper el sedal. Y en lugar de diez pies, seis. En lugar de hilacos del veintidós para arriba un dieciocho bien atado. En lugar de orillas de embalses famosos, pequeños arroyos escondidos. Las voces ortodoxas se resienten. O se ríen. O rebufan. O reniegan. Sin haber probado el glass, como si en alguna Biblia o en algún catecismo piscatorio estuvieran bien descritos los pecados que él se empeña en disfrutar. 

Aquí en España se han vendido cuatro o menos de esas cañas que ofrece Orvis y Redington (como no le paga nadie puede decirlo y en http://thefiberglassmanifesto.blogspot.com.es hay otros mil fabricantes). La mayoría de los mosqueros buscan la eficiencia, pescar más, mucho, rápido, emular al campeón, copiar su equipo, seguir las ortodoxias o hasta la heterodoxias cuando ya han salido en las revistas y han demostrado que ganan campeonatos. Qué pereza...

Ha disfrutado mucho estas semanas con la glass, el minicarrete de linea 1-3, los abejorros de CDC, la necesidad de curiosear con los límites de este equipo, enredar, jugar, probar y asombrase del placer que es tantas veces ir contracorriente. Nunca será un gran pescador pero si un pescador hedonista, enredador, incorformista. Quien quiera pescar mucho que se vaya a otra parte. Ἀγεωμέτρητος μηδείς εἰσίτω, aquí no entra nadie que no sepa geometría. O que no sea curioso, añadiría.




miércoles

QUID PRO QUO



Pensó que no merecía el río. Quizá tanta belleza sólo debía de ser privilegio de sabios antiguos que hubieran recorrido el mundo a pie la vida entera en los tiempos de la lentitud, antes que los hombres inaugurasen las diversas forma malditas de cambiar los climas y los ríos. 

Quizá tanta quietud sólo debía ser un derecho para aquellos duros nómadas por tierras siempre inhóspitas. Tal vez tanta belleza debía de ser cuidada igual que se cuidan a los hijos o algunos mínimos recuerdos.

Sobre la orilla lavada por las últimas crecidas ve pedernales rotos, puntas de flecha a medio hacer, un pequeño arpón de hueso lleno de dibujos geométricos que el pescador no toca. Todas esas reliquias de un mundo olvidado se exponen sobre un grueso tapiz de musgo, grava limpia y pedazos quemados de raíces de brezo. El pescador siente que los nombres antiguos de las cosas, los peces, la quietud o la belleza se han formulado con sonidos y voces distintas mil veces, en eras y siglos que aún no se contaban. Sólo coge del suelo una pequeña punta terminada y deja a cambio entre la arena un anzuelo grande que ha llevado muchos años como amuleto en uno de los bolsillos del chaleco. Quid pro quo. Susurra.

Le gusta pasar los dedos por este musgo grueso que cubre las orillas, suave, muy húmedo, mullido como un futón japonés. Debajo de las pequeñísimas flores pardas se muestran miles de tonos verdes. También le gusta tocar la flecha de silex y viajar mucho más allá, cuando por este mismo cielo sólo volaban libélulas gigantes. Imagina que las libélulas que en verano se elevaban sobre las cicutas seguirán en este río cuando de los hombres no quede nada, ni siquiera el hormigón con el que construyeron los últimos muros de una civilización que se demostró estéril, destructiva e irresponsable.

El pescador mira a lo alto, hacia donde nace el río, saliva transparente de glaciares arruinados,  nieves furiosas que el sol de marzo ha ido derritiendo con sus besos, agua viajera que llegó un día aventada desde los océanos y escondida en las tormentas, fósil líquido que se ha ido filtrando desde los neveros subterráneos gota a gota durante siglos, desde los cimientos de Gredos hasta sus dedos y su boca.

Le regala la punta de flecha a su hijo. Otros hombres miraron hace mucho tiempo todo esto como ahora lo miramos tu y yo. Con el mismo respeto y cuidado.
Y el hijo pescador, feliz con su amuleto de pedernal.