jueves

UTZ Y UNA TRUCHA DE PORCELANA


Llegaste a la ciudad un mes después de la caída del muro. Lo primero era pisar la Berlin Alexanderplatz que te contó Alfred Döblin y ver en un museo el careto a Nefertiti. Después tomar una jarra de un litro de cerveza por cincuenta pesetas en la cantina de la Universidad y vaguear por una ciudad gris llena de Trabant y fruterías donde vendían grosellas. Habías leído a boleo a algunos escritores alemanes sin haber comprendido aquel enorme agujero. Hermann Hesse, Heinrich Böll, Ernst Jünger, Günter Grass, Berthold Brecht, Stefan Zweig, Walter Benjamin... Pero el pozo estaba siempre ahí, entre sus palabras, agazapado, muchas veces invisible. En ocasiones parece una cicatriz o un silencio o una elipsis más o menos afortunada. Siempre enorme. La demolición científica de Europa. El fascismo triunfante, tan aplaudido por los dueños del dinero, arrasando las vidas, los sueños, las ficciones de tantos. Luego vencido y superado y enterrado. O no tanto. 

Junto a la tienda en la que compraste por fin las grosellas; también unos huevos, unas patatas y una cebolla con las que luego harías una triunfante tortilla de patata a tus anfitrionas alemanas -ellas hicieron un suntuoso guiso de carpa asada mechada con tocino ahumado-, había un diminuto escaparate con todo tipo de anticuados achiperres para pescadores. Pinchadas sobre un tapón de corcho había unas cuantas moscas ahogadas montadas con unos hilos más grises que la ciudad y unas plumas de becada cazada en un bosque austrohúngaro. Te llevaste todas por otras cincuenta pesetas junto a una medallita de cobre de la “Conquista de Berlín”, ¡ya chatarra bélica para turistas!, dijo el vendedor en perfecto español con acento cubano. A tu regreso te faltó tiempo para volver a leer a Herman, Stefan, Walter, Günter y al resto de brillantes derrotados. Luego, cuatro meses después, te escaparte de nuevo hacia el Ibor para probar esas moscas del triste y agotado realismo comunista.


Hoy vuelves muchas veces a Benjamin y a Jünger, ¡tan opuestos!, y mucho menos a todos los demás. El día de abril que probaste las feas moscas alemanas, triunfaste. No paraste de luchar con grandes peces que a veces te rompían el sedal y a veces acababan en tus manos. Ese año cumplías veinticinco. Ayer perdiste la última de aquellas moscas ahogadas, se la llevó de piercing una carpa que se podía haber puesto a hablar contigo como el pez de Grass o ser hermana de la que te comiste en Berlin aquel diciembre de asombros. Por la noche te has acordado de una fotografía en la que posas con el puño el alto junto a otros tres amigos en la Karl-Marx-Platz y de aquellos días de primavera, lluvia torrencial y peces gigantes en la parte baja del Ibor. Nada ha cambiado allí. Cada dos o tres años, según el azar especulativo que llena el embalse, aparece un viejo molino y una ciudad muerta. Por la noche has releído a Walter otra vez “Quien sólo haga inventario de sus hallazgos sin poder señalar en qué lugar del suelo actual conserva sus recuerdos se perderá lo mejor. Por eso los auténticos recuerdos no deberán exponerse en forma de relato, sino señalando con exactitud el lugar en el que el investigador logró atraparlos"... La trucha de porcelana es danesa, de los años 30, comprada a una anticuaria de Praga por culpa de Chatwin, pero esa es otra historia.


viernes

LA TRUCHA Y LA COMUNA


1871, Wilhelm, el padre de Isak Dinesen estuvo en esos días por París. Fue tratado con cortesía y pudo ver cómo la “república universal” podía ser un hecho. Luego Karen convertirá en heroina huida a una cocinera del “Café Anglais” en su cuento “el festín de Babette”. ¿20.000, 50.000 muertos por los bombardeos y represión posterior? La Comuna de París, y sobre todo los hechos sociales únicos que allí se inauguraron, asombraron a Marx, hicieron temblar a la burguesía republicana y sobre todo a los tipos que estaban inventando y construyendo todos esos nacionalismos incipientes que hoy nos encierran y apestan. 

La Comuna sería luego mal historiografiada, vilipendiada, fabulada y utilizada a su interés por los apologetas del socialismo real o por los más rancios conservadores. Pero de toda aquella palabrería podemos rescatar tres hechos cristalinos y hermosos: la quema de la guillotina en la plaza de Voltaire para simbolizar que no debía de haber jamás conexión entre revolución y cadalso. La destrucción de la columna de Vendône construida para glorificar el imperialismo napoleónico y que fue derribada para condenar la guerra entre los pueblos y para demostrar la fraternidad internacional. Y la creación de la “Unión de Mujeres para la Defensa de París” que comenzó a reorganizar el trabajo femenino y a luchar por el fin de la desigualdad económica basada en el género.

Gustave Coubert participó en la Comuna de París “soy partidario del socialismo y de todas sus sectas” (Recuerdo haber leído que antes, en pleno Segundo Imperio, Napoleón III el puritano, se había liado a bastonazos con su obra “Las bañistas” porque en ella se ve el grandioso culo de una campesina desnuda poco “charmant”, pero es un culo real, verdadero, precioso alejado de toda idealización femenina)

Courbet es delegado por el sexto distrito de Paris al Consejo de la Comuna y artífice de la Federación de Artistas. ¿Su grito de guerra? “¡Hay que encanallar al arte!” Tras el asalto del ejército es detenido en junio de 1871. Va a la cárcel, es torturado, se libra por los pelos de ser fusilado. ¿Y tras salir de la cárcel de qué se acuerda? ¿Qué pinta? Vuelve la mirada a su pueblo Ornans y al río de su infancia, el Loue. Y pinta “La trucha”. Luego se va al exilio, a la miseria. Muere el 31 de diciembre de 1877 en la Tour-de-Peilz. Pocos días después los cuadros de su taller y sus herramientas de pintor se venden en subasta pública.

Todos los pescadores de cierta edad tenemos guardadas algunas “naturalezas muertas”, bodegones fotográficos que entonces nos parecieron bellos y al poco mostraban su estampa sosa, opaca y triste. Me gusta mucho Courbet, tanto el realismo exuberante de sus desnudos (imposible olvidar “el origen del mundo”) como esta simple trucha, aunque esté muerta, recién pescada. Ha pintado aquí hasta el hilo para que no confundamos su trucha con otros peces cogidos con red u otras artes. El cuadro está en París en un lugar importante del museo D´Orsay.

sábado

AUTORRETRATO


Me conmueve este paisaje. No me canso de mirarlo. Me recuerda al viejo Humboldt. Menudas vistas. Cuentan casi todo lo que valoramos de la tierra. Además es un cuadro grande, de casi metro y medio por dos, que permite a su autor precisar los detalles con espacio suficiente. Nada que ver con esos micropaisajes del XVII y XVIII, que seguro que los pintores se quedaban ciegos dando pinceladillas. Thomas Cole nació inglés pero se convirtió en artista en los Estados Unidos gracias al comerciante y mecenas Luman Reed, que le pagó un largo viaje por Europa. Allí se bebió las obras de Constable y a Turner. Luego se pasó casi un año vagueando por Italia con el caballete y la caja de colores a cuestas pintando ruinas y paisajes. Con mecesas así, da gusto.

El cuadro está en el Metropolitan Museum de Nueva York y creo que hice la visita para ver sólo esta pintura. Se titula: "Vista del Monte Holyoke, Northampton, Massachusetts, tras una tempestad" o también “The Oxbow”. Pero en realidad es un autorretrato de propio Thomas. Se le ve feliz, optimista, tranquilo. Saborea el placer de mirar el perezoso meandro del Río Connecticut. A Cole le gusta disfrutar del sol, la lluvia, hasta de la subida a caballo que ha hecho al monte Holyoke cargado con la sombrilla, comida, abrigo y todos los achiperres de pintar. A un lado se puede contemplar la sierra salvaje y sin civilizar, una selva fría en la que además está cayendo ahora la tormenta. Al fondo, ocupando todo el horizonte, campos de cultivo fértiles, la gran América agrícola, la tierra de promisión, la Arcadia fértil y libre con la que soñarán los europeos durante generaciones. Naturaleza y civilización conviven en armonía. El río baja brillante y limpio. 

En Europa la revolución industrial quemará la vida de tres generaciones. Las chimeneas de las fábricas y los desechos líquidos comenzarán a envenenar el aire y el agua. Pero aquí no se ve nada de eso. Me quedo con Thomas, medio escondido entre los arbustos, con su sombrero puesto, “mirando a cámara”, trabajando en lo suyo con absoluta libertad. Cuando salí del museo hacía mucho frío. Aún humeaba el gigantesco boquete donde estaban las Torres Gemelas como un apocalíptico Dust Bowl. En las reservas indias había casinos y el sueño de América se había reducido a aquel "El hombre del salto” del que luego escribió Don Delillo.

domingo

RÍO DE MESETA

Entre el Valle de los Aviones y el Risco Amarillo había un pozo. Agua en todo lo alto, encima de un risco de granito desgastado ¿Quién haría el agujero allí? es un lugar muy raro. Más arriba hay un poblado paleolítico bien escondido entre el monte a salvo de los expoliadores.
Desde el Pozo Airón se veía el gran río en toda su belleza. Más abajo estaba el Salto del Macho y el Cerro la Lobera. Imagino que desde allí se oía el runrún o el rugido de los rápidos según las estaciones. En el agujero había agua limpia y fresca, aunque se necesitaba cordel y cubilete para llegar al fondo. Todo se civilizó por aquí pero todo era aún salvaje. Se abandonó, se fueron o les echaron. El matorral, las carrascas. el tejón, el elanio, el torvisco, la garduña, la digital, las nemópteras sustituyeron al pastor y al barquero, al molinero y al hortelano. Prefirieron los pueblos recogidos y seguros. 

Ese día llevé veinte metros de cordel y un vaso. Subí agua de la penumbra y bebí. Era dos de mayo y hacía bastante calor ¿Cuantos años habían pasado desde que antes otro saboreó ese agua tan fresca? De bajada cogí bastantes espárragos y luego tenté a un gran barbo que subía por la desembocadura, encelado ya. Grande, comizo, nervioso, que en dos segundos nadó hacia el escarabajo e hizo sonar el sedal roto como un tiro, a medias silenciado por el agua. Luego han hecho un carril casi cerca. Hay vacas y van sus cuidadores. A veces otros pescadores de cebo se ponen en el estrechamiento. Pero nadie sube hasta lo alto para descubrir el pozo y otear como antes las zonas planas del Este por donde estaban los largos arenales y el paso somero y fácil cuando el río iba bajo en verano.

Me he acordado hoy de esas exploraciones veinteañeras. Bajaba en paralelo por el pequeño río hasta llegar al grande, adivinando y perdiendo a veces el paso entre los riscos. No había senda. Me asombraba la cantidad de grandes lagartos ocelados que se calentaban sobre los canchales, los corcetes molestos por mis ruidos, las perdices cruzando de ladera a ladera y los miles de escarabajos negros y rojos comiendo polen encima de las flores que luego te subían por la camisa. Tambien he recordado esa primera certeza de estar de paso, ser un bicho más, frágil como todo. O más. Esa certeza desconcierta al principio, no es fácil, borra genealogías de dioses y de héroes, desmonta artilugios filosóficos, puñados de arrogancia y trascendencia. Pero también nos limpia los ojos para ver lejos y entender de dónde es la belleza.
Fui por allí muchas veces con la engañosa seguridad de creer que podía volver a pisar ese lugar a mi antojo, de que al año siguiente volvería beber y a vencer al barbo o a intentarlo.
Tengo que volver, me digo ahora, dudando ya de casi todo. Tengo que volver, vuelvo a escribir, porque si no quieres volver es que has dejado de ser pescador.


martes

PARA TODO LO DEMÁS

Los que a veces la vimos de cerca, lo sabíamos. Ese valor, el privilegio, lo extraordinario. La joya, el perfume, la caricia de una hora de libertad, un día de vida entero y tuyo, o compartido, regalado, lento, no obligado. El simple placer de estar ahí, de leer una página perfecta, de tocar el cantueso, de caminar al aire.

A los que la miraron yo los detecto pronto, ese punto de arrogancia, casi de chulería, de me-importa-una-mierda-lo-que-me-digas o digan de mí, o de cualquier cosa. Esa sonrisa grande de placer sin reservas, la forma de afirmar y de negar, de perder el tiempo o de ganarlo, de apartarse de carreras, largosplazos y aplazamientos, su forma de escribir, de llenarse de río, de estar en silencio. Son los que fueron y volvieron, o los que vieron no volver al hijo, al padre joven, a la amiga, al amor. Nunca están amargados, sonríen casi siempre y tienen, ahí en el fondo, esa chispa tan rara. Por aquí también hay. Los admiro, quiero y respeto. Me da igual lo mucho que saquen los pies del tiesto o por eso. Casi todo lo que escriben vale e importa, y hasta cuando no vale, me importa.

Ahora “la peste” nos ha mostrado a todos lo que tiene valor. Nos ha enseñado lo que era precioso y nuestro, y lo que era apenas decorado, paja, nada. Eso que era tan evidente para algunos, ya antes.

A veces he vivido por otros, he pescado por otros muchas horas, teniéndolos presente, no olvidando, brindando por ellos con mi vino y mi tiempo. Diciéndome: no gastes lo escaso, derróchalo en esto que te gusta y que a él tanto le gustaba. Ya sabes, te dijo (y fue lo último), disfruta. En esa palabra lo concentraba todo: leer, mirar lejos, pasear por la intemperie, comer lo rico, cocinar para quien quieres, besar con deseo, reír con ganas, pescar mucho, saborear la cerveza, hablar con el hijo de cualquier cosa.

Estos días “la peste” me han recordado de nuevo todo eso, tan fácil de olvidar en cuanto la vida cotidiana, más o menos normal, arranca otra vez hacia su aullido interminable, su prisa, obligaciones y apariencias.
El primer día que vuelva al río lo haré con ellos, por ellos, para decirles que no les olvidé y que este placer del agua, la dicha del torrente, del derroche de vivir con arrogancia, lo aprendí en su compañía y que también he querido enseñárselo a mi hijo el pescador. Para todo lo demás ya está la escuela.

20 - 20


Tocamos la Vía Láctea con la lengua y es rugosa. Bebemos la última de las diez Woll Damm con humo de colores compartido y no sé dónde te doy cincuenta y siete besos. Tienes mañana un viaje. Te vas. Me veo de pronto sólo en una calle estrecha y cuesta arriba escuchando con nitidez los clic del sónar del murciélago, un perro ronco incansable, una moto sin escape que al poco chocó contra algún muro de las lamentaciones y un trozo de silencio con sabor a chicle de fresa ácida me llenaba la boca. Llego a la casona de mis abuelos, abro con la llave mágica de platino iridiado, bebo un litro de agua helada, me como dos rosquillas, cojo la caña, el sombrero y me duermo caminando con el piloto automático puesto, sin tropezar ni una vez, sin perder ni un paso, sin entender aún hoy como se pueden recorrer cuatro kilómetros caminando a oscuras, utilizando la deslumbrante luz de las estrellas de una noche muy nublada de abril y recitando en bucle ese poema de Octavio Paz que antes me has clavado en medio del oído con la boca muy abierta y tu voz entera dentro del ombligo. Cuando abro los párpados estoy en la poza Ancha, sentado en medio del pedrusco pulido en el que un día de riada había bailado una canción de Lou Reed y entendido el miedo humano al Diluvio Universal y otros apocalipsis. Quiero pasar el sedal por las anillas y hacer un nudo doble pero no veo nada, , sigo deslumbrado por el recuerdo del brillo fluorescente de tu cuerpo delgado, o esa certeza de que nunca estaré tan cerca de la piel de nadie, ni de tu voz caliente susurrando la palabra secreta para volver allí, y que ahora no recuerdo, ni ya nunca. Tarda en amanecer un siglo pero me siento muy seguro con el culo pegado al borde de aquel cancho gigante lleno de líquenes y pellejos de larvas de caballito del diablo. Creo que nunca he vuelto desde entonces a beber tanta cerveza o tanta espuma salada del origen del mundo o con tanta sed un verso de cualquiera. Aún sigo muy borracho cuando lanzo detrás de la última corriente, a quince metros, el chorro cae vertical sobre lo más hondo de la poza. Dejo hundir mucho rato el señuelo y al tensar el sedal y abrir de nuevo los ojos un monstruo de esos de Lovecraft muerde desde el detrás del abismo y me tira de la roca, o tal vez me he caído yo sin ayuda de la bestia. Soy buen nadador por entonces. Ni siquiera el agua helada y el miedo me borran del todo el estado de gracia o de pedo. Llego a la orilla en el que las raíces rojas y negras de un árbol gigante, a medias medusa y a medias garra, beben directamente del río. Allí, medio sentado, voy recogiendo hilo con el agua por el cuello, hasta que mil años después o mil uno tirando de la soga, siento el gran pez ya rendido, boqueando a un palmo de mi cara, precioso, furioso, vencido. Te juro que escuché el verso que recitabas tú, apenas una hora antes, saliendo ahora de su garganta de trucha derrotada:

“Encerrada en un anillo de luz
la bestia de yerba duerme con los ojos abiertos,
la luna desentierra navajas,
el agua de la sombra se ha vuelto un fuego verde.
El espejo es de piedra y la piedra ya es sombra,
hay dos ojos del color de la cólera,
un anillo de frío, un cinturón de sangre,
hay el viento que esparce los reflejos
de Alicia desmembrada en el estanque.”

Y aún lo sigue recitando cuando la libero, mientras vuelve a lo oscuro, lenta, perezosa, segura en su olvido de pez. Salgo a la orilla, hago fuego, sale el sol, la tierra arranca en su giro diario y apenas chirría. La bruma del alcohol compartido se va disolviendo. Era 20 de abril y tenía 20 años. A veces intento recordar la palabra secreta para volver allí y sólo recuerdo el puto poema de Paz.

miércoles

GINTONIC CONTRA COVID 19


He escuchado esta mañana que los médicos tratan a los enfermos de COVID 19 con cloroquina y la hidroxicloroquina y me he acordado de mi amiga Francisca Enríquez de Rivera, una señorita pija que se casó con Virrey Luis Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla, IV conde de Chinchón, y que en el verano de 1630 se estaba muriendo sin remedio. Al principio era algo de fiebre, luego vómitos, más fiebre alta, tiritonas, debilitamiento general e imposibilidad para comer. Los mejores médicos españoles del virreinato probaron todos sus potingues, drogas y tratamientos, pero nada la curaba. La condesa va a morir sin remedio como tantos españoles, debilitada por una terrible y extraña fiebre convulsa. Entonces, una criada india que la cuidaba, le dio a probar un potingue amargo que muchos pueblos andinos tomaban para curar esas fiebres mortales. El remedio, ante el asombro de todos los matasanos, curó a nuestra Francisca.
Otras fuentes sugieren que fue Diego Torres de Vázquez, jesuita y confesor del virrey, quien le indicó que probase con esos polvos hechos de corteza de un árbol, que había visto tomar a los indígenas. Se dice que los médicos del Virrey no se atrevieron al principio a dar la la condesa el bebedizo indio y probaron antes con otros muchos enfermos de fiebres que había en el Hospital de Lima y estos se curaron. Entonces lo tomó la condesa y voilá!.
Los Condes de Chinchón, cuando regresan a España, no se cansarán de recomendar ese fármaco mágico: la quina, los "polvos de la condesa" que salvarán la vida a partir de entonces a miles de europeos. La sustancia se extrae de diferentes especies del género Cinchona, que se llama así porque el naturalista sueco Carlos Linneo le puso el nombre en honor a nuestra amiga la condesa de Chinchón. Las principales especies son la Cinchona calisaya o quina amarilla, la Cinchona ledgeriana, la Cinchona succirubra o quina roja y Cinchona officinalis. Todos son árboles que se dan en territorio andino: Ecuador, Colombia, Bolivia, Perú y Brasil. Luego Carlos III enviará a Perú y a Chile una expedición organizada por los botánicos Hipólito Ruiz y José Pavón, a la que se sumó el médico y botánico francés Joseph Dombey. Nuestro experto en los ingredientes del gintonic Hipólito Ruiz escribió la “Quinología o tratado del árbol de la quina” y luego nuestro gran botánico Celestino Mutis escribió otro tratado sobre la quina: “El Arcano de la Quina” (1828), obra póstuma publicada en Madrid en 1828.
El inglés William Cunnington, a fines del siglo XIX, inventó un refresco carbónico con extractos de quina, el “Tonic Cunnington”. El potingue es amargo así que para mejorar el pelotazo antipalúdico los ingleses le añadieron el alcohol que tenían entonces más a mano: la marinera ginebra. Y voilá el gintonic! 

Ahora, moléculas más modernas que fabricamos a partir de aquella viejísima quina peruana, se utilizan como un tratamiento experimental para luchar contra el COVID 19. No debemos olvidar que de las selvas que estamos arrasando salieron y salen miles de fármacos eficaces. Gracias a los bosques y selvas, los árboles y, sobre todo, gracias al conocimiento ancestral de los indígenas, contamos con un montón de moléculas con principios activos curativos como la popular aspirina o esta famosa quina “de la condesa”. En estos tiempos en los que estamos haciendo desaparecer para siempre muchos ecosistemas salvajes del planeta deberíamos considerar, de forma egoista, que dentro de ellos tal vez esté el remedio de enfermedades futuras.

Extremadura era una zona palúdica. Gracias a los nuevos tratamientos con derivados de la quina, la desecación de humedales, la introducción de la gambusia y las campañas de profilaxis se erradicó en 1964. Don Jaime, mi estupendo profesor de Ciencias Naturales de primero de BUP, nos hablaba de aquello. Él tuvo malaria. Hoy hay vacunas, mejores profilaxis, mosquiteras buenas… pero cada dos minutos muere un niño por la malaria, 600.000 personas al año. 200 millones de casos clínicos anuales. La enfermedad que más mata... La enfermedad que más ha influido en la historia de la humanidad.

Durante este confinamiento cuarentenero echamos de menos los gintonic de nuestra amiga Pituka. Los hace con ginebra Nordés, tónica sin azúcar, hielo roca y todo tipo de yerbas de la madre celestina. El primero hay que saborearlo despacio y con buena conversación, el segundo hay que compartirlo, con el tercero ves a dios o, en su defecto, y con ganas de fiesta, a quién vivía en aquel perdido paraíso boscoso mesopotámico que salía en el Génesis.
(Dedicado a Ignacio Rojo Herguedas, que me recordó ayer esta historia)


sábado

GUADALPERAL


Pescamos con frecuencia esta orillas anegadas del viejo Tajo. E. Lleva un pequeño broche de bronce prendido de su gorra de pescador. Bronce, “edad del bronce”, una simple aleación de cobre y estaño. Ambos metales son blandos, sin embargo unidos se convierten en algo bien distinto, duro, resistente, afilable y muy cortante. Mucho cobre, un poco de estaño. Pero había que conseguir ambos metales no siempre abundantes, fundirlos a más de mil grados, hacer recipientes que aguantasen el calor, moldes apropiados, saber martillearlo luego para aumentar así su dureza. Luego un largo adiós al frágil sílex o a la blanda madera. Los pueblos del bronce hicieron de esta asombrosa aleación hachas, jabalinas, cuchillos, anzuelos, adornos refinados o el primer espejo de verdad en el que mirarse… Se dice que fueron los egipcios los inventores del milagro. Esas nueve partes de cobre y una de estaño revolucionaron el mundo. Con bronce crecieron las grandes civilizaciones mesopotámicas, se inventaron los ejércitos, la especialización laboral, las tiranías y el comercio o la rapiña entre Siria, Anatolia o el Egeo y las raras tribus que poblaban Europa: estaño de Bohemia, cobre de Iberia. Los objetos de bronce rescatados de los yacimientos de El Argar y las Motillas parecen recién fabricados… Pero sabemos poco de los tiempos del Bronce, tan remoto, confuso e inquietante. Luego llegó el hierro y el bronce quedó para las estatuas, las campanas de iglesia y los cañones… Pero entonces, cuando se construyó este dolmen hace cuatro mil años, el dorado bronce era un bien escaso con el que fabricar preciosos objetos. Precioso: bello, apreciado, escaso, de gran valor simbólico, de uso y de cambio. Precioso: su color es dorado oscuro, bronceado, si está pulido brilla como el oro, o casi.

El primer eminente arqueólogo que estudió el yacimiento de Guadalperal fue Hugo Obermaier, no era un vulgar curilla, como se dice en algún periódico. La edad de hielo en Europa será su especialidad e investigará en las cuevas de toda Europa y sobre todo España, el Musteriense antiguo, el Auriñaciense, Gravetiense, Solutrense, Magdaleniense y el Aziliense. La primera guerra mundial le impedirá seguir sus investigaciones en París así que estudiará el arte rupestre en las cuevas de Cantabria y Asturias.  En 1916 publicará en Madrid “El hombre fósil”. En 1922 se crea para él la cátedra de «Historia primitiva del hombre» en la Universidad Central de Madrid y se le otorga una plaza en la Academia de la Historia y en 1924 recibe la nacionalidad española. Además le integran como gran experto internacional en la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas. En 1936, estando en Oslo como representante de España en el Congreso Internacional de Arqueología Histórica y Protohistoria, comienza la maldita Guerra Civil y decide no regresar a Madrid. Aunque le ofrecen de nuevo su cátedra la rechazará  al enterarse que la misma estaba siendo reclamada por uno de sus estudiantes, el arqueólogo, falangista y malbicho Julio Martínez Santa-Olalla. De este tipejo tendrá malas noticias tras la guerra Julián Marías. Su hijo Javier fabulará esa infamia y la traición del amigo en “tu rostro mañana”. Hoy no se sabe quién es este tipo, pero Martínez Santa-Olalla defenderá durante todo el franquismo la España de identidad pura y con una sola raíz desde el paleolítico superior, la raíz celta por encima de cualquier otra mezcla, todo eso de “la unidad de destino en lo universal” argumentado desde la arqueología filonazi que defendió e impuso en todas las enciclopedias escolares, y que aún colea en el inconsciente colectivo de muchos discursos políticos de hoy. Pero esa es otra historia.

Fue Hugo quién hizo excavaciones en este yacimiento de Guadalperal entre 1925 y 1927. Luego los Leisner, Georg y Vera, también eminentes arqueólogos alemanes y grandes estudiosos del megalitismo de la península ibérica, recuperaron los dibujos de Obermaier que fueron publicados en 1960. Gracias a esos dibujos podemos deducir el mapa del Tajo y otras señales grabadas que todos estos años de agua y sol han degradado hasta casi borrarlos. Y otro alemán andarín, Otto Wunderlich,  llegará a España en 1913 y trabajará para una compañía minera. Luego se reconvertirá en fotógrafo cotizado trabajando por encargo para instituciones públicas y empresas. Comercializará estupendas colecciones de fotografías con el título de “Paisajes y Monumentos de España”. Su trabajo se publica en el Blanco y Negro, La Esfera, la Enciclopedia Espasa o el Patronato nacional de turismo. Fotografiará los monumentos y templos romanos que estaban en Talavera la vieja antes de Valdecañas y cuanta ruina, dolmen prehistórico, castillo medieval o monumento románico que se encuentre en sus vagabundeos ciclistas por aquella España de verdad vaciada.

El camino hasta el yacimiento esta lleno tocones y raíces centenarias de brezo. Cortaron a ras la joven encina para leña, tal vez para hacer picón que se vendió por unos céntimos y luego calentó en algún brasero de un hogar autárquico y helado. El embalse anegaría las dehesas, bosques de robles, carrascas y alcornoques, perdidos y huertas, olivares y frutales, secanos y barbechos de ese horizonte antiguo, así que se dio desveda para arrasarlo todo aunque apenas dio tiempo a cortar unos pocos árboles de las más de siete mil hectáreas que cubriría el agua a partir de ese año. El NO-DO número 1.173 el 28 del IV del 1965, con el embalse ya lleno hasta los topes, da cuenta de la inauguración del “salto de Valdecañas” por parte de Franco, su señora de madrina del sarao y el pájaro de Fraga sonriendo, con discursito de José María de Oriol, el dueño de la cosa y de lo que la cosa iba a generar con el agua de todos a partir de entonces y hasta el fin de los tiempos.   La quimera tramposa del franquismo sigue muy viva en todos estos pagos. Quimera, Χίμαιρα, hija de Tifón y de Equidna, que vagaba por las regiones del Este aterrorizando gentes y engullendo animales y todo lo vivo. Hoy las tierras de alrededor del erial que es el embalse son secarrales y montes para caza, secanos miserables que viven de la PAC y miles de tocones de encinas centenarias fosilizados por el agua y el sol de las sucesivas subidas y bajas del nivel al albur del negociete hidroeléctrico. Hay poco regadío y el agua se escatima hasta a los pueblos de alrededor que sufrieron el expolio. Las cuernas calcinadas encontradas representan muy bien el valor para algunos de este paisaje por el que caminamos. El agua empantanada ha convertido en pedregal y arena muerta el suelo que pisamos, la cubierta fértil de la tierra hace ya muchas décadas que yace en el fondo del embalse junto con las miasmas de Madrid, Toledo, Talavera y cuantos pueblos vertieron al río sus deshechos durante estos cincuenta y siete años. Frente a nosotros brilla algún coche de lujo aparcado en una calle de la llamada “Isla de Valdecañas”. El estropicio es perfecto. Del río no queda nada. Tampoco del progreso que prometía aquel NO-DO, salvo la momia disecada del general golpista, el chorro de millones que engorda algún bolsillo y la rara belleza que a veces propicia el cielo, las escamas de un pez o estar en compañía del hijo pescador y de mi hermana. Me quedo con la quimera de Cernuda, con su desolación y su memoria.

Guadalperal, un nombre que evoca frescor y vergel, fruta y sombra. Hoy sólo piedras, pedazos de granito abandonado, olvidada su intención y su símbolo, su voluntad de memoria, de señalar caminos y asombros, descubrimientos y mitos. Arrumbadas, desgastadas, rotas, perdidas, despreciadas, sumergidas por décadas en agua pestilente. Pero a algunos el tiempo contado en miles nos desarma, acostumbrados a pensar que somos los mejores, que el progreso nos salvará, que la flecha hacia el futuro vuela recta, al ver estos indicios, estas ruinas, al imaginar quienes eran, que hacían, cómo vivían y lo mucho que tenían de nosotros, nos damos cuenta que algo parecido, no mucho, quedará de esta era antropocena de maravilla y derroche; pedazos de hormigón, chatarra y plástico, que es lo que se ve hoy en las orillas del embalse. Pero aquí hubo un río rápido, abundante, peligroso, lleno de aguas salvajes, barrancos y cascadas, de peces que volvían al mar y hombres que cruzaban por vados precarios y secretos. Hubo un río bellísimo e intrépido, de crecidas de miedo y agua cristalina. Y al pie de él nacieron civilizaciones y bebieron sus cabras y sus niños, inventaron barcas y sedales de pesca, lugares sagrados con vistas a las estrellas y fuegos mágicos en los que fundir el cobre y contar historias, ver pasar los siglos y bañarse sin miedo en lo profundo... como hizo mucho más tarde el loco de Boyton o mi bisabuelo. Nada queda del río ni de esa gente. Sólo piedras, la cicatriz en el granito que dibujó hace cinco mil años un artista mostrando el antiguo río y sus secretos vados, la bruma de la historia indagando las huellas o la de algún amigo curioso que viene y se pregunta para qué, quién, cuando. Nada.
La codicia de algunos, que no la sequía, ha desvelado de nuevo este lugar inhóspito que una vez era bosque y matorral, horizonte de río grande, hogar acogedor. Hoy lo pisamos con asombro, acariciamos las piedras y nos despedimos de ellas. Sabemos que nada se hará para rescatar el lugar, igual que nada se hace para que el agua, hoy verdosa y sucia, vuelta a estar limpia, corriente y libre hasta el Atlántico. Las lluvias del otoño y la avaricia de quien manda en el embalse ocultarán de nuevo este paisaje, túmulo, templo solar, menhires, crómlech, arqueología subacuática dejada a la desidia y la destrucción, como otros cientos de yacimientos en esta tierra a la que nunca enriqueció ningún pantano.
Solo piedras. Pero hay una rara belleza que aún pervive. El rastro de esas vidas en las muescas y dibujos aún parece caliente a pesar del desgaste y de los siglos. Nos alejamos luego, sin mirar atrás, caminamos en silencio largo rato, como quién deja una casa a la que no volverá nunca, como quién cree escuchar el rumor fuerte de un torrente bravo a lo lejos, ese río Tajo que ya no existe".

martes

ALEJANDRO

Escucho “Suzanne”. Estoy leyendo “los hermosos vencidos” en una edición barata comprada en el mercadillo de los jueves. En uno de los puestos venden cintas de cassette y libros. Es otro siglo. Otro tiempo. Cartas de papel. Teléfono en el pasillo. Comienza abril y la garganta va muy crecida. Tengo las botas altas rotas. Las dejé en casa llenas de pegamento para bicicletas. Cruzo sin miedo con el agua helada por encima de la cintura. En medio de la corriente lanzo el señuelo. Pesco muchas sin moverme de allí. Levanto los brazos para no mojarme los codos de la camisa. Tengo dieciséis, bicicleta, amor y un cesto viejo lleno de truchas. Las hojas de los robles son de un color verde suave y tienen el tacto de la piel de Maite. A media mañana me siento al sol para secarme. Comienzan a crecer los helechos. Sonrío muchas veces sin darme cuenta. El profesor de matemáticas es un cafre. Piensa que en clase que me río de él y me odia. Llevo el libro de Cohen en una bolsa de plástico para que no se moje. Leo con el sol en la espalda. Llega Alejandro y se sienta al lado sin decir nada. Se lía un porro. Entrecierra los ojos. Me lo pasa. Mira mi cesto y dice “joder”. Sigue pescando garganta arriba y dice “adiós Soria, luego nos vemos”. Hubiera sido uno de esos amigos con los que uno sigue pescando la vida entera. De esos que tus hijos y sus hijos se hacen amigos. Pocos meses después, poco más abajo de este lugar precioso se matará en un coche. No tenía aún dieciocho. Ese dolor raro se queda ahí. En otro cesto que estaba lleno también entonces. Luego soltamos las truchas y el dolor, pero pasarán muchos años aún. Alejandro también sonreía siempre. A veces pescaba más. A veces menos. Lo que aprendí con él no cabría en un cesto. Ni en mil. Hoy llegó en un sueño todo esto. Cristalino.


domingo

DELEITE


Releyendo mapas, notas, diarios, en días de frío y espera, toca recordar los días de deleite. La RAE es morosa en la descripción de esa palabra y dice solo: “placer del ánimo”. El deleite es para ti una forma de disfrute que mezcla el sabor del presente, intenso y luminoso; la memoria atesorada y a salvo, y una alegría lenta, íntima, discreta. También costó llegar, no fue fácil estar allí, el camino era largo pero también sobre él hubo placer. Como lo hay ahora, cuando juegas con la memoria a volver allí y con el deseo que sabe aguardar aún unas semanas para estar de nuevo en esas intemperies. Tus amigos saben de qué hablas. Tú los llevaste y ellos también te llevaron a esos lugares. Intercambiasteis los pequeños paraísos, compartisteis ese tiempo en el río, mantenéis a salvo aquellos días de todas las posibles destrucciones.

Echo de menos abril. “Locus amoenus”, lugar idílico, casi un Edén. El topos literario ya lo exprimió bien Homero, Teócrito, Virgilio, Horacio, Píndaro, Ovidio, Gonzalito de Berceo, don Antonio Machado, por supuesto.… hoy todo dios, sobre todo la publicidad de agencias de viaje, turismos varios, hoteles con encanto, filetes ecológicos, leches desnatadas, coches todo terreno... Pero mis paraísos son gratis y están cerca. Intento no caer en el “locus amoenus”, pero caigo en cuanto escribo. Dice mi hijo que es culpa de mi infancia montaraz. Haber vivido al lado de veinte gargantas trucheras tiene eso, aunque te pongas cada día el disfraz de urbanícola educado rascas un poco y me sale el agua de un río salvaje por los ojos.
En la lápida de John Keats, en el cementerio no católico de Roma, está escrito lo que él quiso: “Here lies One Whose Name was writ in Water", “Aquí descansa alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”. John era de los nuestros.

HERÁCLITO


Heráclito de Éfeso era un pijo griego que vivió por el 500 a. C. Odiaba a los atenienses, a sus vecinos efesios y en general a todo el mundo, y murió al tratarse una enfermedad con un linimento de estiércol de vaca, un remedio que entonces estaba muy de moda entre los influencers. Le gustaba hacer juegos de palabras y dicen que inventó la dialéctica y la metafísica mientras se cortaba las uñas. Platón, mucho después, por joderle, resumía y simplificaba sus palabras. De “ποταμοῖς τοῖς αὐτοῖς ἐμβαίνομεν τε καὶ οὐκ ἐμβαίνομεν, εἶμεν τε καὶ οὐκ εἶμεν τε”, “En los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”, una frase llena de matices e interpretaciones, Platón la dejó en “no se puede entrar dos veces en el mismo río” que es un dicho bastante chorra y obvio. Pero es lo que ha quedado para la postérité.
Yo voy a pescar con frecuencia a los mismos ríos, año tras año, incluso repito río el mismo mes y hasta la misma semana. “¡Siempre vas a los mismos sitios!, ¡no sé cómo no te aburres!” Me dice alguien. En eso me doy cuenta que no se han leído ni Heráclito ni a Platón ni son pescadores. Porque cada año, cada mes y cada día un mismo tramo de río es siempre muy distinto, como diferente es el cielo, la brisa, el lugar donde se esconden los peces o su humor, y también es diferente el pescador porque “somos y no somos los mismos”. Jamás viví un día de pesca siquiera parecido a otro.
También me gusta repetir viajes, ciudades, bocadillos, polvos, películas… Recuerdo ahora la peli “Smoke” (1995). En una esquina anodina de Brooklyn, Auggie (Harvey Keitel) tiene un estanco. Todos los días a la misma hora saca su cámara, la enrosca al trípode, apunta a la misma esquina y hace una foto. Una imagen del mismo lugar que cada día es muy distinta. Así toda la peli, y sin embargo es muy entretenida.Heráclito era un influencer sabio, y pescador a mosca, sin duda.


NEMATODOS




Los nematodos son unos animales increíbles, al contrario que todos los demás, hay más variedad cuanto mayor es la latitud. Forman parte de la biodiversidad edáfica y sólo ahora comenzamos a entender su inmenso valor para los ecosistemas y la biodiversidad, aunque estos bichitos siguen estando al margen. Por ejemplo, la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas de Naciones Unidas, en su informe global sobre “las amenazas y tendencia de la biodiversidad”, los nematodos no aparecen ni una sola vez. Pero los valiosos gusanitos, como los hongos, son unos seres vivos claves para esa biodiversidad tanto vegetal como animal. Pero claro, es un bichito feo, muchos son parásitos, sonríen poco y no son peluchables. Para estudiar los koalas siempre hay dinero, para investigar a los nematodos casi nada. Sin koalas el mundo sería menos variado y más triste, sin nematodos una parte fundamental de la vida en la tierra se extinguiría, “un 25% de la diversidad del planeta se encuentra bajo tierra, la conservación de la fauna del suelo resulta fundamental en la preservación de los ecosistemas y agroecosistemas terrestres” dicen los investigadores en Nature.

Muchos piensan que soy un comedor de margaritas, un andarríos místico, un naturalista plasta al que sólo le apasiona hablar de halcones y quercus, un thoreausiano fanático, un homosapiens renegado de los suyos. Pero la verdad es que me repelen los redivinizadores la naturaleza que abrazan a los árboles y rezan a Gaia buscando curaciones o los que se apuntan al tópico “fuga mundi” oponiendo pureza campestre a contaminación urbanícola o los que sufren de solastalgia, el lamento por la perdida de un pasado natural idílico y vacío de humanidad que solo existió en su magín calenturiento o los igno-ecologistas que gradúan su amor y defensa de la naturaleza en función de la cercanía antropocéntica hacia el bicho, defendiendo el lince e ignorando al nematodo, adorando al peluchable cervatillo y desconociendo el valor de la lombriz o el coleóptero que despachurra su bota, esos que ven en un cultivo de pinos o chopos a un bosque, o el dominguero con derecho a enmierdar por que el campo es de todos o el turista elitista que busca experiencias exclusivas en lugares prístinos pero libres de mosquitos, de pobres y con spa cercano.

Pero disculpo a todos estos sus defectos, costumbres e integrismos. Mis enemigos son otros, son los que destruyen y arrasan por dinero y sin mala conciencia, los que consideran que el progreso pasa por aniquilar por entero la vida que hay allí si con eso sacan un beneficio personal, lo que sólo ven en el campo, el paisaje, el río, el bosque o la montaña… un estorbo, un montón de materia prima, una propiedad expoliable y cercable. Y también lo que no saben que tal vez dentro de su barriga vive feliz un nematodo parásito, en su entrepierna un ácaro, en sus uñas un hongo...
(Nature 572 pag. 187-88)  



MIERDANET

Cuando comenzábamos a hacer estudios sobre la “Sociedad de la Información” y la “Brecha Digital”, allá por antes del dos mil y hasta un poco después, se cumplía en Internet aquello de que “cuando más das más recibes” o “por mucho que des siempre recibirás más”. Era una pequeña revolución, millones de personas ofrecían su conocimiento, tiempo, colaboración, información, saberes, experiencia… de forma altruista y generosa. Había foros, listas de distribución, web inclusivas y participativas de cualquier cosa. Era el Internet que defendía Tim Berners-Lee. Los gurús de la cosa nos prometían un mundo feliz de más productividad y menos tiempo laboral, conciliación, ocio creativo, mejores salarios y sobre todo una democracia más soberana, auténtica, rápida, activa y directa ¿verdad ministro? Pero el ministro se equivocó de cabo a rabo entonces, y yo también. Todo eso ya es hoy papel mojado, agua de borrajas, casi pesadilla. Del dicho “cuanto más das más recibes” estamos en el “por poco que des, y aunque no des nada porque a lo mejor otros ya lo dan por tí sin tu enterarte, te sacarán todo y no para tu bien”, La democracia hoy es una pasta gris llena de fakes, ruido, furia, censura y manipulación a una escala y con una minuciosidad monstruosa. Nada se escapa a Internet, el bueno de Tim está horrorizado. Todo es negocio. La economía colaborativa es una forma de refinada explotación que no ha sustituido a la explotación grosera de siempre multiplicada por mil gracias a esa “Sociedad de la Información y la Comunicación” a esa cicatriz digital que cerró la jodida brecha, pero llena de ponzoña.
Aún quedan grietas, siempre las hay, tenía razón nuestro profe Jesús Ibáñez, los sistemas perfectos nunca son tan perfectos, en Internet y en las redes sigue habiendo pequeños espacios para lo de antes, el intercambio altruista, la colaboración marcel-maussiana, el amor sin previo pago, el encuentro online con “los hermanos de lejos”…Pero sobre todo, la desvirtualización del nosotros. Quedar y vernos de verdad al margen de la red para ir a pescar juntos o tomar unas cerves o hacer política o comenzar una revolución, aunque sea con las caretas puestas y sin el móvil en el bolsillo, para evitar el ojo del Gran Hermano.
https://www.nytimes.com/…/clearview-privacy-facial-recognit…