martes

MANGAR


Nadie sabe que me escapo al Éufrates, a pescar con el enemigo, con uno de los cocineros de campo que mal habla el inglés casi tan bien como yo árabe. Se supone que estoy de vacaciones por la herida y eso hago, me tizno la cara, me pongo unas ropas de Amed, un sombrero de paja y salgo a territorio hostil sin armas, tengo suerte de mis genes bereberes andaluces cruzados de mexicano, sin uniforme soy casi moro, como el ochenta por ciento de mi pelotón, como cualquiera de estos irakíes que huyen asustados cuando salimos con los blindados a enredar, cumplir misiones, matar gente como hace tres días. Vamos a pescar junto a unas ruinas antiguas, de cuando comenzó la civilización y las armas aún eran de bronce. Ya ha llovido.

El escarabajo camina muy despacio. Duda. El sol comienza a calentar fuerte. Tengo mi cara sobre el suelo, siento su calor, la vibración constante, como si la tierra fuera una enorme piel flexible que alguien golpea sin ritmo. A veces cierro los ojos. Me imagino nadando en una poza fría. El objetivo está cerca. Hemos dejado las mochilas con las cargas en una tejonera. El escarabajo se ha quedado quieto tras una piedra pequeña. Yo también. Esperamos a que vuelva Conejo de su rastreo. Elmer Conejo Ramírez, escribo el nombre completo para que quien lea todo esto no piense que Conejo es un mote. Una granada de mortero cae muy cerca. Algo me da en la pierna. Huele muy bien a romero. Descubro una mata seca y llena de polvo a un metro de me cabeza ¿será romero?. Muevo muy despacio el brazo para intentar arrancar un puñado de flores. Las desgrano con los dedos delante de mi nariz y respiro. Escucho las voces de los otros. Pueden ser tres o cien. Carlos, Negro, Liberto, Jaime, Lolo saben que no podemos quedarnos aquí a que el sol nos achicharre. El resto de hombres tal vez piensa que no es mal lugar esta hondonada llena de aulagas amarillas protegida por los tres peñascos. Yo sólo distingo tres voces. Puede que los otros noventa y siete estén callados. Hago el gesto. Carlos se escurre bajo el borde de una lengua de tierra seca que alguna vez fue una linde de un campo de trigo. En cuanto escuchamos la primera ráfaga nos levantamos todos y echamos a correr rectos hasta el paredón de piedra. Veinte metros. Evito pisar el escarabajo.  Son quince hombres. No disparan bien. Desde tan cerca, con el AK, hay que ser muy templado. Doy por encima del ojo al primer tirador. Se me encasquilla el arma. Saco la otra. Las ráfagas de Liberto barren a mi derecha. Carlos le ha metido el puñal a un capitán en el hueco de la clavícula y ahí sigue hurgando hasta que se desploma. Cuatro chavales de mi pelotón se retuercen y gritan detrás. Conejo sabe de eso y va a atenderlos. Los tiros de barriga son los peores. Dolorosos. Mando a uno que no conozco a por los enfermeros que están como a un kilómetro de la posición. Corre como una liebre entre los matojos hasta en una granada de mortero le cae casi encima. Dos de los heridos tardarán muchas horas en callarse. Los otros dos los hemos vendado y pueden moverse. Durante tres horas la batalla parece que se aleja. En este puesto de vanguardia hay agua y latas de sardinas, dátiles frescos, una bonita cesta de tomates maduros. Hay que esperar hasta que se haga de noche para largarse. Comer si ganas. Tiempo para escribir aquí. Tenían una ametralladora nueva, alemana, desmontada, la estaban limpiando. Suerte. Carlos no quiere lavarse las manos llenas de sangre negra. Utiliza la tierra seca. No podemos desperdiciar el agua. Cierro los ojos durante un rato. Al abrirlos veo un escarabajo como el de antes intentando trepar con torpeza por el terraplén. Pero de pronto abre los élitros y sale volando con un zumbido de bala, como un pequeño dron. Echo de menos unas alas de escarabajo. Al volver hemos pasado por la zona donde estalló la granada de mortero. Todos temíamos pisar los pedazos del mensajero.
He sentido como entraba y como salía. El pinchazo, el escozor al salir de la carne, la sangre caliente escurriendo sin parar camisa abajo. Él no ha sentido nada. Una y otra vez Liberto me explica lo estúpido de apuntar a la cabeza. Lo fácil que es fallar un blanco tan pequeño. Saña. Sádico. Sucio. Me describe, no insulta. Se nota que aprovechó bien las tardes en la academia. La pistola pesa mucho más pero nunca se encasquilla. Entramos por el corral. El pueblo parecía desierto. Hay un limonero viejo lleno de grandes limones maduros. Nos imagino sentados bajo su sombra, con las camisas blancas, impolutas, abiertas, bebiendo limonada con buenos mendrugos de hielo en los vasos. Domingo por la tarde. Desocupados. Risas. En otro tiempo. Dos hombres armados de guardia con los ojos entrecerrados. La ráfaga de Liberto les toca de lleno a la altura del pecho. Era una casona grande. Parecía casi abandonada. Difícil. Puede haber cincuenta bien armados. Ellos tiran granadas. Arrasan las ramas del limonero. Sacan dos ametralladoras de las rejillas de una carbonera. Suerte que se les acaban las cintas a la vez. Tengo tres o cuatro segundos. Cuento en voz alta. Entran conmigo Jaime, Lolo, Elmer. Huele a polvo húmedo, aceite de camión, sudor, explosivo. Los gritos se oyen siempre aunque estés sordo por las explosiones y los tiros. Los nuestros. Los de ellos. Apunto a los ojos porque es instintivo buscar un punto, el cuerpo sólo es un bulto. Sé que fallo más si apunto al cuerpo. En cambio en la cara se derrumban. Un tiro en el pecho hace luego una buena fotografía de vencido. Un impacto en la cara es siempre muy feo. Muchos soldados de reemplazo vomitan al ver esos agujeros. Tanto destrozo. No convenzo a Liberto con mis teorías. No puedo decirle que esta vez fallé y por eso el hombre pudo disparar su Kalas. Pero él también falló por apuntar a bulto y sólo me atravesó la carne del hombro. Se me cae la pistola como si ese brazo fuera el de una marioneta. Me queda la vieja Browning de mi padre. Soy zurdo. Sigo escalera arriba disparando a las miradas. Uno asoma el cañón y dispara a menos de tres metros de mi cara. Me llegan pedazos hirvientes de pólvora que se me clavan en el cuello, pero no la bala. Me duele más la quemadura que la herida. Grito. El hombre se asombra de haber fallado. Se le encasquilla. Le entra el tiro por encima de la frente. Hay muchos en un salón parapetados tras librerías derrumbadas y una enorme mesa de despacho de madera maciza. Liberto les mete una granada. Se derrumba todo. La pared que nos separa de ellos también ha reventado. El techo, la pared maestra que daba al huerto del limonero. Muchos cuerpos rotos. Ráfagas de Elmer que no escucho. Sólo veo el rojo de la bocacha. Todos sordos durante una semana. Casa por casa matando. Así ha sido esta batalla. Conejo me cura la quemadura les cuello con pomada amarilla. Luego, por la tarde, el comandante habla y habla mirando el mapa. Se están reagrupando en el pueblo más grande. Debemos ir esa misma noche. Yo me libro. Le escucho muy lejos. Le leo los labios. Llevó un limón en la chaqueta. Le corto con la navaja y me meto una rodaja en la boca. Escuecen los labios secos. Siento la hinchazón del hombro, como de corcho, el latido constante del dolor. 

Vacaciones durante una semana. De vuelta al río con el cocinero. Se me pillan que despellejarán, me atarán a un Toyota y me arrastrarán por las calles con han hecho con otros, ojo por ojo, como en la edad de bronce. Sólo me da paz el río, estos barbos monstruosos que nadan en el Éufrates. Amed es también pescador. Sólo eso me protege. Le digo a Amed que si aquí nació la civilización esta debería ser también mi patria. El río es la patria, me dice.



AMUR


Hordas de turistas pasaban de cuando en cuando a su lado. Z. se sentó en el banco señalado frente al lago Serpentine en Hyde Park. Pocos minutos después llegó el vendedor que, sin decir nada, le metió en su pequeño macuto entreabierto un ejemplar usado de una novela de Salter sobre pilotos en la guerra de Corea. A los pocos segundos se levantó y se fue. Z. abrió la novela y pudo contemplar el grueso mechón de pelo anaranjado y vaporoso. Luego cerró las páginas del libro y se levantó también. Comenzó a caminar por la orilla del lago hasta que el vendedor chino se unió a su paseo. Le entregó el pequeño enrollado de libras sin parar, sin mirarle a la cara, como si distraídamente sus manos se hubieran rozado. Mil libras en billetes de cincuenta por un pequeño mechón de pelo de tigre de Amur de unos pocos gramos de peso. Una ganga.

Entre los montadores de élite corrían siempre rumores, leyendas peligrosas, mitos que a todos interesaba no difundir. Una cosa eran las moscas montadas para exhibiciones públicas o la venta legal y otra el tráfico secreto de otras moscas muy apreciadas por algunos pescadores de abultada chequera, superstición ciega o coleccionismo enfermizo. Señuelos montados con las llamadas plumas “de sangre”, plumas de aves o pelo de seres casi extintos. De animales y pájaros protegidos y cuyo tráfico era ilegal pero también invisible. A quién le preocupa un manojo de plumas de colores.

Cuando llegó al hotel, Z. pudo contemplar a placer el mechón de pelo, de un color naranja dorado. Por la tarde tomó un taxi hasta el aeropuerto. Esa misma noche estaba ya en su casa de Durness montando ya algunos tricópteros con el pelo del tigre más grande y más raro del mundo. Un animal a punto de extinguirse y que vive en las más remotos bosques helados de Siberia. Allí algunos cazadores sin escrúpulos desafían a los guardabosques y les ponen lazos. Luego limpian sus huesos, los dejan secar y los venden por muchos miles de dólares a oscuros traficantes chinos que se acercan de cuando en cuando a la frontera Manchú. También venden las pieles que suelen acabar en palacios con vistas al desierto de Arabia. Cuando el animal es pequeño tampoco es mal negocio su venta, un hueso es un hueso y todos se convierten en polvo para la medicina tradicional china, pero la piel de esos otros tigres no decorará el salón de ningún jeque, el pellejo se partirá en varias tiras y luego se venderán trozos de piel como de medio palmo que los traficantes convierten en mechones de pelo que parecen pequeñas brochas.

Z. era un montador mi apreciado entre los pescadores ingleses y americanos ricos que pescaban moscas en ese mercado gris, no tanto por la perfección de sus montajes como por las exquisitas plumas que sabía conseguir. Cierta pluma brillante e insumergible del Mérgulo Jaspeado o de la Cerceta Malgache o del Pato de Meller o la Malvasía Cabeciblanca o de una cría del Pingüino del Cabo o de la espalda de un Pingüino de Sclater. El moñicle blanco de la cresta de un Ibis Nipón, las puntas de la Chocha Moluqueña o el Autillo de Flores, las aterciopeladas plumas carbón de la Cerceta de Campbell, el suave amarillo de la Mascarita Transvolcánica o el amarillo intensísimo del Tucán Ariel, el dulce bermellón del Turpial de vientre rojo o de la Rosella Elegante  o las preciosas plumas de pecho del Guabairo o las plumas de las colas de la Cacatúa Bankasian. El verde mágico del Quetzal, las plumas blancas barradas del Faisán Plateado, el verde metálico de la Paloma de Nicobar, el plumaje multicolor entero de un Monal Colirrojo o un Pavo Ocelado, los pequeños ojos blancos de un Tragopan de Blyth, las plumas ojo verde del Espolonero de Borneo, la riñonada azul acero del Faisán Vietnamita o del cuello del Faisán macho de Edwards o de la Irena o de la Pitta de alas azules o del Cotinga Cayana. Los bigotes blancos de una avutarda India o de una avutarda de Cori… Aves raras, amenazadas por la extinción que sin embargo se seguían cazando por sus plumas y que él utilizaba para montar sus moscas salmón. De eso vivía.

Los tricópteros de pelo de Tigre de Amur se los había encargado un maniático cliente de Texas, aunque ahora, las veinte moscas ordenadas en formación dentro de bonita caja de madera de cebrano podían haber estado hechas con el pelo de una ardilla o de un perro chouchou y nadie hubiera notado la diferencia. O tal vez sí. Eso a Z. ya no le importaba, apenas recordaba sus tiempos de ornitólogo de campo marcando pollos de avutarda en la estepa manchega o sus andanzas por el bajo amazonas fotografiando tucanes.  Sólo es un negocio, pensó para sí, no matan los tigres para hacer moscas con su pelo sino por sus malditos huesos. Abrió una botella de Garioch Glen del 58 mientras contemplaba el cuadro  de William H. Riddel, un grupo de gangas mimetizadas entre las hierba seca que le recordaba siempre aquellos tiempos en los que aún no era un delincuente, un gánster, un maldito traficante de plumas.



lunes

VOZ DE AGUA

Cascada del Diablo

Decimos que ríe el agua. Algunas veces sólo ronronea. En algún lugar canta o grita con voz fuerte y profunda. La voz del agua, como la del fuego crepitando en una chimenea, como la del viento entre los árboles... la tenemos prendida en nuestra memoria ancestral de humanos nómadas. Y junto a las voces del agua, las de las aves que viven en los bosques de ribera, el murmullo de la brisa entre los sauces y las malezas de la orilla. Nunca hay silencio en un río porque el silencio es la muerte de todo y junto al agua la vida explota y suena por todas partes.

Sentimos la voz del agua cuando vadeamos y la corriente nos golpea, estamos entonces dentro mismo del instrumento musical que vibra, dentro de su garganta. Hay voz también en el silbido de nuestro vareo con la caña, en el pez que salta fuera del agua y vuelve a desaparecer en menos de un segundo, en los abejorros, las libélulas, las ranas, el cuco, la perdiz, el ruiseñor, el mirlo... ¿Es la “soledad sonora” de la que hablaba tan bien Luis de León?  No es una música porque no hay nada humano en esas voces, pero al pescador le suena armonioso, acogedor, conocido, nuestro.

Hasta hay CD de todo eso. Una moda musical “neojipi-hispter” ha grabado todos esos sonidos de la naturaleza, todas esas voces del bosque, los ríos, el otoño, las aves salvajes para un público ávido de cerrar los ojos y sentir que no está en la urbe sino en una naturaleza ideal. Pero para el pescador no es lo mismo, eso sólo un pobre sucedáneo. Para el futuro viaje a Marte, dentro de algunas décadas, preparan también grabaciones de las voces de los bosques y los ríos para que los astronautas, en los largos meses por el espacio vacío, no se vuelvan locos.

Uno necesita también pescar por eso, para escuchar la voz y la risa de los ríos. Su susurro o su grito profundo. Es una canción antigua y salvaje que está grabada a fuego en nuestros genes de homo sapiens pescador y que necesitamos escuchar con frecuencia para no ser también astronautas tristes de viaje por el vacío y el ruido urbano, ya sea camino a Marte o a la oficina.

Tabla del Saja

sábado

AHAB


Debo comenzar con aquella famosa frase de: llamadme Ismael, pero el viejo pescador no se llama Ahab, aunque se parece mucho a las fotos que conocemos del viejo Melville. Además tiene la pierna derecha ortopédica, pero no es como aquella otra hecha de hueso de ballena que calzaba el enloquecido capitán del Pequod.  El día que le conocí me dio un susto de muerte. Yo andaba pescando barbos en el Tiétar encima de una piragua inflable cuando apareció en un recodo aquel ogro vociferante sobre una herrumbrosa barquita de madera a remos, empuñando en la mano una caña enorme, gritándome en un idioma incompresible, húngaro, alemán o una mezcla de ambos. Luego en mal español logré entender que al parecer yo estaba invadiendo su lugar exclusivo de pesca, ¡espantando a su wels!.

Me alejé de allí en cuatro remadas y seguí a lo mío. Por la tarde le conté el encuentro a mi amigo Tiri, un marroquí que se dedica a recoger tabaco en temporada y que también le gusta pescar. No en vano tuvo que huir de su país perseguido por los esbirros de Hassan después de haberle pillado varias veces pescando en los lagos privados que existen para uso exclusivo del dictador. Guarda de aquellos encuentros algunas feas cicatrices en su espalda y el agujero de un tiro en uno de sus hombros. No se anda con chiquitas la policía de allí defendiendo los black bass reales. Pero la afición de Tiri sigue intacta. Le gustaba cucharillear tras el trabajo, a la caída de la tarde y da gritos y voces como un poseído cada vez que engancha algún pez de buena talla.
Él me cuenta que el ogro acaba de llegar hace algunas semanas al pueblo. Ha alquilado una casa rural muy cerca del río y se pasa casi todo el día pescando chirulos grandes, he visto como ha sacado alguno y luego le hace perrerías.

¿Wels? ¿chirulos? Pregunto en el único bar del pueblo. Alguien me dice su nombre: Rodolfo Fernández. El corazón me da un vuelco. A pesar de mi mala memoria recuerdo aquel nombre. Hace unos diez años escribí un reportaje sobre los nazis en Extremadura. La historia es antigua. Los aliados elaboraron en 1947 una lista negra de 104 nazis residentes en España en la que Rudolf Beumelburg, alias Rodolfo Fernández de Segovia, ocupaba uno de los últimos lugares. Franco no entregó a ninguno de los 104. Unos se fueron a América, otros volvieron a Alemania con nueva identidad, algunos vivieron un exilio dorado en la Costa de Sol. Dos o tres se retiraron a este lugar perdido de España, se integraron, se casaron con españolas, nunca fueron molestados. El periodista de El País José María Irujo había investigado en profundidad este tema y me había pasado entonces una copia de la ficha de Rudolf  Beumelburg y su jefe Franz Liesau Zacharias, "Este hombre se hace llamar doctor. En realidad fue agente del servicio del Abwehr. Involucrado en la compra de monos y otros animales del Marruecos español y de la Guinea española para fines experimentales en Alemania, entre ellos la propagación de horribles enfermedades, como la peste, en los campos de concentración". Liesau murió de viejo en Madrid en el 1992, de Rudolf no sabía nada.

¿Wels, chirulos?… Descubro que son si-lu-ros lo que pesca el viejo. En el siguiente encuentro soy yo el que sorprendo al tipo, le espero agazapado en la orilla donde suele desembarcar. Le pregunto por la pesca, por su suerte este día. Supongo que como me ve joven, con mi atuendo mosquero y mi cañita cimbreante, confía, desarmo su mala baba. Me enseña un buen siluro de unos treinta kilos que lleva atado a una cuerda y muerto. Le ayudo a sacar su barca. Alabo su captura. Allí mismo saca un pequeño cuchillo de filetear y arranca del animal dos gruesas tiras de carne del lomo con una habilidad de cirujano. El resto lo tira al agua. Carroña para los galápagos, adivino que dice. Esta parte del pez es muy buena, se guisa en Hungría con una salsa de paprika, está muy sabroso. Yo no le contradigo, le sonrío, la ayudo a amarrar el bote. Le acompaño hasta el todoterreno que tiene aparcado en un carril cercano. Comento que a mi me gusta pescar truchas y barbos, no siluros. Arranca el coche, pero antes de alejarse baja la ventanilla y me pregunta achinando los ojos e intentando esbozar una sonrisa cómplice que sólo es una fea mueca: ¿has visto el wels blanco? Niego con la cabeza. Pongo un gesto de no entender. Aún no entiendo.

Esa noche rebusco en mis archivos y doy con una foto que hice del cementero alemán de Yuste. Casi todos los muertos son chiquillos de apenas veinte años. Pocos nazis hay allí debajo de los olivos. Tal vez no haya más que ese al que he venido a buscar. Ahí está la foto que hice a su cruz, la prueba: Rudolf Beumelburg 2-2-1915 + 9-5-1945.
Llamo a mi amigo Alan Kerenski, un historiador yanki afincado en Salamanca experto en la historia de Alemania y también fanático mosquero. Alan me cuenta que tras el desmoronamiento del bloque soviético se habían ido desclasificando miles de documentos de la NKVD y de su sucesor, el KGB. Muchos expertos de los servicios de información escarbaron con avidez entre millones de papeles ordenados  de una forma incomprensible. El Mossad tuvo dedicados a la tarea a muchos historiadores de diversas nacionalidades que en la mayoría de los casos ni siquiera sabían que trabajaban para el Estado de Israel. No sospechaban que la jugosa beca de la que disfrutaban para pasar unos meses en Moscú revolviendo papeles polvorientos salían de las oscuras cuentas del Servicio. Mi amigo tarda menos de un minuto en localizar en un ordenador la ficha rusa de Rudolf Beumelburg, ya traducida del ruso. Me la envía por email. Se despide. Me debes un día de pesca en tu garganta.
Leo.

BIO: Rodolfo Fernández de Segovia, alias usado en Argentina. Nombre verdadero Rudolf Beumelburg. Nacido el 2 de Febrero de 1910 en Berlín. Hijo del capitán de artillería Franz Beumelburg y de la aristócrata austro-checa Natalia Zummel. Licenciado en ingeniería y en ciencias químicas. Teniente de navío, agente del Abhwer en Madrid. Agente de la Gestapo en Madrid a las órdenes de Paul Winzer. Dado por muerto en 1945. Resucitado con el nombre español antes citado. Residencia supuesta Argentina.
CLASIFICACIÓN: criminal de guerra. No eliminar de inmediato tras su secuestro.
PRIORIDAD: ser secuestrado e interrogado. Eliminar después y hacer desaparecer su cuerpo.
DELITOS: suplantación de un soldado checo miembro del Partido de nombre desconocido. Responsable causal directo de mas de trescientas ejecuciones llevadas a cabo entre alemanes residentes en España y deportados a Alemania en 1939. Como agente doble, responsable causal directo de cincuenta ejecuciones llevadas a cabo por agentes de la NKVD entre comunistas leales que combatían en España, acusados con falsas pruebas. En la guerra mundial, como jefe de una unidad de exterminio (unidades “einsatzgruppen”) de la notoria “Brigada Kamisnky”, culpable de masacres de judíos en el aplastamiento del ghetto de Varsovia en 1943. Ayudante de Franz Liesau Zacharias. En los años setenta participó de forma muy activa en las labores de represión de la Junta Militar Argentina, dada su estrecha amistad con varios de los militares golpistas.  Notas. A lápiz: 1974. Anexo certificado de juez. 1983. Enterrado en Yuste. Pendiente de verificación.

Es domingo. bajo de nuevo al río a pescar con la piragua. Espero encontrarme al viejo cabrón ¿Y luego que haré?, ¿qué le diré?, ¿hijoputa asesino?. Llevo un rato lanzando distraído cerca de la ensenada en la que amarramos su barca. Engancho un buen barbo y se me olvida el nazi. Disfruto de la pelea con el comizo. Ya le tengo vencido en la superficie cuando veo de reojo como una cosa blanca que pasa bajo la barca, ¿un bidón de plástico sumergido?, ¿una bolsa de rafia de abono inflada por la corriente?, la cosa es enorme, se mueve rápido, se traga mi barbo con un ligerísimo chapoteo y se pierde de mi vista. Pero el comizo sigue prendido de mi cangrejito de pelo de conejo teñido de rojo y la cosa blanca prendida de mi barbo me saca toda la seda, luego la línea de reserva, arrastra la piragua hacia una maraña de ramas antes de sonar el crac de la caña y el plis al ceder el nudo final del hilo. Salgo volando del agua dando al remo como nunca, aterrado. ¿qué coños era eso? Ya fuera del río caigo, es el wels blanco, el puto Moby Dick que quiere pescar el viejo loco. Ya en casa busco por Internet fotos. Ahí está, un bicho feo, medio sapo, medio pez. No sé si estoy metido en una novela de Le Carré o en una de terror de Stephen King con un bicho lechoso y diabólico que vive ahora en mi río.



 Luego vuelvo a mirar la foto del cementerio. Así que la cruz de granito oscuro de Yuste era una tapadera. Una lápida, un nombre, dos fechas. Agua pasada. Los soviéticos ocultaban sus chapuzas o sus crímenes. Como el de aquellos brigadistas leales a la República y que desaparecieron en 1938 en las “checas” del GPU. El funcionario ruso del KGB que escribió la ficha de Rodolfo pensaría aliviado que al fin y al cabo las ejecuciones de leales comunistas gracias a las pruebas falsas aportadas por el tal Rodolfo o Rudolf, tanto daba, le habían ahorrado al Estado unos miles de rublos, porque hubieran sido eliminados con toda seguridad a su regreso a la madre patria por Beria. Estos brigadistas eran sospechosos de ser contrarevolucionarios, de estar contaminados de… ¿republicanismo?, ¿trotskismo?, ¿anarquismo?, ¿amor por la libertad?, ¿gusto por el sol, las mujeres guapas y el vino manchego? Eso con suerte, si hubieran sobrevivido a la guerra. Pero alguien en alguna parte se tomó luego la molestia de pedir una copia de un certificado de defunción de un heroico nazi a un burócrata franquista. Enterrado en Yuste. Pendiente de verificación. Esto promete un buen artículo.

Vuelvo a bajar el lunes al Tiétar. Dejo la piragua en casa. Tengo miedo, porqué no confesarlo. Me acerco al arenal donde me topé con el viejo el primer día. Allí está en medio del río, con su caña gruesa como un palo de escoba y un carrete de tambor giratorio como para pescar tiburones. Me saluda con la mano. En ese instante el pescador parece como si hubiera sufrido un calambrazo. Su caña se comba, el freno del carrete chilla. Él también chilla y farfulla en alemán. La barca de madera se desplaza despacio río abajo. Le pierdo de vista. Le oigo chillar muy lejos, casi en la curva del río. Pienso: ojala se ahogue. Luego los gritos se van acercando. Por fin reaparece cerca de mi vista, de un árbol sumergido. Veo con claridad la mancha grande y blancuzca al lado de la barca. Sonríe. Ha vencido. Entonces ocurre.

Me gusta esa frase primera de la novela de Melville: llamadme Ismael, pero el viejo no merece el honor de que le llame Ahab. Por la tarde, ya más tranquilo, llamo a mi amigo Alan Kerenski para contarle lo ocurrido. Le digo: encontré a tu último nazi vivo. Rodolfo Fernández de Segovia o Rudolf Beumelburg si prefieres. Luego intento explicar con palabras lo que aún veo. El viejo parece que ha vencido al gran pez. Se pone un grueso guante de cuero para agarrarlo de la mandíbula. Entonces el enorme siluro albino se yergue sobre su cola como si quisiera salir volando hacia las nubes y luego cae con todo su peso sobre la barca. El crujido es sordo, raro. La barca se ha roto por la mitad. El viejo desaparece bajo el agua. Muchos segundos después vuelve a aparecer muy cerca de la orilla en la que yo estoy. Su cuerpo y el del pez están enredados con varias vueltas del grueso sedal trenzado que usaba para pescar. El animal nada varios metros muy cerca de la superficie, por la boca del viejo salen palabras en un idioma que no entiendo, grita y luego se hunde. Desaparece. No salen ni burbujas.
Terminé mi conversación con Alan recitando una de las últimas frases del gran libro de Melville: de repente se lanzó contra su proa que avanzaba, a la vez que chascaba las mandíbulas entre feroces chaparrones de espuma”.

Los buzos de los bomberos han buscado su cuerpo, pero no lo han encontrado. ¿El siluro blanco seguirá vivo?.




Notas para Iker, al que le gusta que la ficción beba de la realidad y viceversa:

Ensayo:“La lista negra: los nazis que salvaron Franco y la Iglesia”. José María Irujo. Aguilar, 2003. Documentado libro sobre los nazis que se refugiaron en España tras las II Guerra Mundial.

Documental: "Hafner's Paradise". 2007. Del director austríaco Günter Schwaiger retrata la vida de este nazi austríaco convencido, Paul María Hafner, un antiguo oficial de las Waffen-SS que, a sus 83 años, vive tranquilo en España debido a que no existe ley por la cual pueda ser extraditado.

Ensayo: “Leviatán o la ballena”. Philip Hoare. Ático de los Libros. 2010. Inclasificable y maravilloso libro sobre la historia de las ballenas.

Novela: “Moby Dick” Herman Melville. Traducción de José María Valverde. librosdearena.es. Novela para leer de adultos, para nada es un libro remotamente infantil o juvenil ya que se trata de una tesis metafísica disfrazada de novela de aventuras en el mar.

martes

ANZUELOS DE METEORITO

En memoria de Ada Bruhn y E. Ferdinand Hoffmeyer, habitantes ilustres de "Villa Guadalupe".

Haber logrado entrevistar a Ferdinand para la revista del instituto no fue valorada como proeza por nadie y dudo que nadie más, a parte de él, su mujer y yo mismo se la hubieran leído.
Además de la mejor biblioteca de Europa especializada en armas blancas, atesoraban en su casa todo tipo de objetos extraños a los que Ferdinand ya no daba importancia. Hoy recuerdo las vitrinas llenas hachas paleolíticas de sílex, espadas de bronce o bayonetas y cuchillos de todas las guerras, raíces de mandrágora metidas en alcohol, un bezoar enorme y rojizo engastado en plata, un trozo grande de cuerno de unicornio que había sido mango de espada (yo no le dije que tal vez fuera de narval) un coco de las Seychelles pulido en el que había grabadas extrañas palabras en rúnico, un clavo del arca de Noé y un trozo de ámbar dorado del tamaño de un puño en el que había dentro el abejorro prehistórico más grande que había visto nunca. Tenía más cosas maravillosas como un diente de megalodom con el que abría las cartas y otro de un cachalote que se había encontrado varado en una isla de Tierra del Fuego y un meteorito de una rara aleación de hierro con el que un herrero danés le había hecho un bowie y también fina alambre amartillada con la que fabricaba preciosos anzuelos de pata retorcida y que luego mandaba a un amigo para que le montase moscas de salmón. Me contó que cuando era joven se escapaba unas semanas a Oxford, Copenague o Boston a dar no sé qué seminarios de lo suyo y luego continuaba su viaje hacia algunos ríos a pescar. Cuando le conocí ya era un anciano achacoso que sólo salía de su casona en contados día de primavera y siempre con ayuda de un bastón y del brazo de su menuda mujer. En el pueblo le llamaban “el alemán” aunque era danés, e inspiraba a medias respeto y a medias temor por su rara especialidad como historiador.

La última vez que le ví, al enterarse que yo iba a ir a Londres, me entregó un voluminoso sobre con documentos y una cajita con seis de aquellas moscas hechas de acero de meteorito con el encargo de que se las entregase a un tal Winston que regentaba un tienda de antigüedades de pesca en Pall Mall no muy lejos de Farlows. No fue hasta el último día de mi estancia en Londres cuando me acordé de la entrega pendiente. La tienda era una suerte de mercadillo caótico lleno de todo tipo de cachivaches, polvorientos salmones disecados, cañas viejas y herrumbrosos carretes de mosca que no tenían ningún interés para mis veinte años de pescador cucharillero. Sin embargo, a cambio de las moscas, el encargado se empeñó en regalarme una bonita caña de salmón de tres tramos de bambú refundido que estaba casi nueva y un discreto sobre de color crema a mi nombre en el que descubrí dentro, ya luego en el hotel, unas trescientas libras de las de entonces. Creí entender que ese era mi pago por haber servido de “correo del Zar” de los documentos y de tan exóticas moscas de acero extraterrestre. La caña me la perdieron en Iberia al regreso y nunca más se supo. El puñado de libras eran toda una fortuna con la que alargamos la estancia unas semanas más viviendo a cuerpo de rey.  Cuando volví al pueblo, Ferdinand ya había muerto. Visité a Ada y le conté la misteriosa aventura del encargo. Ella se reía y me dijo que sí, que aquel dinero era una pequeña gratificación por las molestias. Al despedirnos me regaló el pedrusco de ámbar danés y un pequeño cuchillo de pesca con su mango de abedul y su funda integral de cuero grabado con motivos nórdicos que también había sido fabricado con hierro del misterioso meteorito. Perdí en algún momento el abejorro fósil pero no este cuchillo. Está muy afilado y corta como el primer día. Hoy siento no haber visitado más a Ada. A veces tenemos la fortuna de cruzarnos en la vida con gente excepcional y no nos damos cuenta hasta muchos años después, cuando ya es tarde.