viernes

Los 10

"Diario de Pesca" de Muriel Foster

Cuando Moises subió por aquel monte seco y se encontró con Dios este quemó una zarza más cabreado que una mona y le dijo, ¿qué coño haces aquí?, ¿no sabes que la vida está junto al agua? Luego le escribió con la uña en una piedra los diez mandamientos, estos, los otros son un bulo, como tantos, de quienes nos querían obedientes, temerosos y a salvo del placer:

Los diez mandamientos verdaderos fueron estos:


1. PÁRATE. Mira, lee el agua. El río tiene un lenguaje preciso, un idioma secreto. Aprende sus sonidos, atiende a cómo te habla y te cuenta cuál es hoy la mejor forma de pescarlas.

2. CAMINA con cuidado. No hay prisa. Descubre cuál es tu ritmo como pescador, aquel en el que te sientes más cómodo y seguro.

3. APUNTA bien, lanza donde deseas. No importa que no llegues muy lejos pero debes aprender a dejar caer el señuelo con suavidad y exactamente donde quieres.

4. SEDAL adecuado.  Equipo adecuado. Ni un palo de escoba para pescar truchitas de garganta, ni un mimbre delgado para ir tras los bigotudos.

5. NUDOS perfectos. Domina unos cuantos nudos, asegura bien su ejecución. Un nudo mal hecho es un pez perdido.

6. MUÉVETE despacio y con seguridad. Andar por el río es un arte. Una forma de baile. Si no lo haces bien te romperás las narices y te mojarás los calzones. El agua está siempre más fría de lo que imaginas.

7. TOCA todas las posturas que imagines y también las que te parecen imposibles. Cada tramo de río tiene sus lugares buenos, regulares y malos, pero tócalos todos. Imagina cómo es el río por debajo si el agua no lo ocultase.

8. FÚNDETE con el entorno. Mimetízate, no hagas ruido, no chapotees, no rompas la gracia y la armonía de ese lugar. Intenta no espantar a los corzos ni a las libélulas. Piensa cómo suena cuando tu no lo pisas.

9.  ACUDE al río cuando están activas. Y como eso no es fácil saberlo es mejor que estés a pie de agua cuando ocurra. El día es muy largo, alégrate por ello.

10. DISFRUTA del tiempo. Pescar es un placer, no sufras si no pican, no te entusiasmes en exceso si no paras de tocar truchas. Eres pescador porque estar en el río te hace feliz, no te enfades nunca.


"Diario de Pesca" de Muriel Foster

miércoles

VAINICA


Parece el día crujiente, como recién hecho para morder una esquina y saborear lo dulce y lo salado. Los colores intensos se ablandan bajo el bosque de hojas nacidas hace un mes o quizá menos. El agua suena al lado y les enfría el aliento. Los días son ya muy largos y no hay nada delate o detrás que pese demasiado en sus historias.

Ha pescado desde el amanecer metido en el río sin cuidado y ha llegado al lugar de la cita un poco antes. No le importan las hormigas que le cruzan por encima, ni las abejas curiosas, ni el sol que le roza con fuerza ahora en el cuello. Ella baja por la senda enredada en un vestido de flores como una campesina francesa de película y lleva la mochila gris con las viandas, la manta vieja y el cassette.

Recuerda bien el día a pesar de los años. El terciopelo del musgo que hacía de almohada, su voz cantando a coro con Vainica, la timidez precisa, más tarde tan pequeña, las palabras proponiendo viajes que luego nunca harían, el latido de su corazón midiendo después la larga siesta. Recuerda el sabor del vino y de sus labios, el cansancio que le hace abandonarse como jamás lo hará luego, sus manos haciendo bocadillos y él contando la aventura, la trucha que se fue, el color del agua justo en el borde en el que se hace más oscura, el brillo de la lucha y la complicidad malvada de unos helechos secos y gigantes donde se enredó el sedal.

Luego se fueron juntos, anocheciendo ya, ella con su disfraz de campesina de peli de Chabrol y él con el de pescador casi adolescente. Subieron por el bosque de alcornoques, cruzaron por unos cerezos con las flores ya en el suelo. Mañana era domingo. Quedaron después, al filo de la noche, para beber cerveza en el pub Luna. Volvió a sonar allí una canción de Vainica y se sintieron cómplices de tanto azar propicio y tanto porvenir.

Tanto años después, pescando esas orillas, él siempre los ve en ese momento, compartiendo la vida y la manzana, el vaso de vino y el abrazo, el ronroneo del agua en el futuro. Ya no sabe quién es o dónde estará ella pero le sale tararear aquella cancioncilla y mirar en la sombra donde se fue la trucha y probar suerte.



lunes

FUEGO


Pronto el fuego, pero ahora le parece un milagro este frescor de amanecer que corre por la orilla. El agua, aún opaca, no deja ver los barbos que ociquean tan cerca y salen de huida en cuando detectan sus pasos. Se sienta junto a una encima grande y prepara la caña, enhebra la línea, ata un bicho de floam parecido a una chicharra.

Pronto el fuego, pero aún le quedan unas horas de caminar a placer, despacio, olvidando todo, descubriendo el pez y lanzando con mimo el señuelo cerca de sus morros. Contempla varios kilómetros de orilla. Descubre un zorrillo que viene a su encuentro, olisqueando alguna carpa muerta no se ha percatado de su presencia.

Un gran barbo toma la chicharra nada más caer. La sorpresa se reparte por igual entre el hombre, el pez, el zorro. No sabe su tamaño. Le saca la seda entera y la reserva, luego corre en paralelo a la tierra por el fondo, golpeando su cabeza con las piedras y se desengancha. El zorro trota monte arriba. El pescador suelta una voz que suena en la inmensa soledad como las palabras de furia de un dios griego.

Pronto el fuego. El disco anaranjado ya se ha vuelto amarillo. Casi son las nueve. Comienza a hacer calor. La inclinación de los rayos unos poquísimos grados convierte el aire en helador o hirviente. Todo depende de él, una enorme burbuja de hidrógeno encendida, un dios venerado durante miles de años por los hombres. Ya quema. Bebe con avidez de la cantimplora. Antes de dar la vuelta se mete en el agua verdosa, nada un poco, sumerge la cabeza. Luego regresa como un náufrago tranquilo que no espera salvarse o como un peregrino al que no le importa llegar a Finis Terrae.

Un último lance de despedida cerca del coche, clava, lucha, sonríe, como un dios griego embriagado de dicha vuelve a gritar fuerte. El eco llega lejos, quién sabe si hasta el sol que ahora ya quema, a pesar de ser Octubre, como fuego de verano.


Octubre y 32 grados a la sombra. A un presidente del gobierno le dijo su primo (un primo bien "primo") que el cambio climático era una cosa de perroflautas e iluminados poco científicos...

De vuelta a casa pone la radio. Arde Galicia. Aluden al calor y la sequía. La que tienen los cerebros secos y recalentados de quienes quemaron bosques autóctonos de robles y castaños para plantar pinos y eucaliptos. De quienes permitieron ese tipo de cultivo de árboles que ya no es un bosque. De quienes recalifican terrenos y especulan con el suelo, la madera quemada, el futuro del mundo…

La gente piensa que los bosques salvajes tardan muchos años en recuperarse y al final vuelven a brotar, crecer y estar como antes. Pero un bosque primitivo, si se quema, ya no vuelve a salir, da igual que pasen cincuenta, cien o doscientos años. La tierra es ocupada por plantas arbustivas oportunistas como jaras, retamas, brezos, tomillos, ahulagas, cantuesos… que aprovechan con rapidez ese vacío, las cenizas y la luz. Los arbolitos que comiencen a salir ese año serán devorados por la fauna y la sequía no permitirá que se desarrollen lo suficiente el verano siguiente como para que sus raíces encuentren tierra húmeda. Las primeras lluvias arrastrarán gran parte de la tierra fértil y las cenizas volverán de pronto el agua de arroyos y gargantas muy alcalina matando toda la microfauna y los peces. El desastre perfecto. 






martes

REÍR



Dejabas atrás el informe pendiente. Faltaba redactar las conclusiones estratégicas, sacar precioso petróleo de entre la hojarasca de los números y la arcilla prensada de las palabras. Dejabas atrás la cama caliente y a alguien que comenzaba a ser una extraña y a estar mucho más lejos que el río al que te acercabas conduciendo muy rápido, cortando la noche, por carreteras oscurísimas que podrías trazar aún hoy con los ojos cerrados. Descubrías lo fácil que era dejar atrás todo, recuperar de nuevo la sorpresa. Muchas veces te sentías más afín al río que a la persona que entonces amabas. También a las que luego amarías.

El ruido del agua y la luz del amanecer te recibían igual que un abrazo. Siempre tenías mucha prisa para armar la caña. Nunca esperabas a estar en la orilla para pasar la seda por la anillas y atar la mosca, como si tuvieras la certeza que nada más llegar a la corriente iba a haber una trucha comiendo. Sientes que hay formas de felicidad que sólo se saborean en retrospectiva, pero no esta, el frío que empuja la claridad, el nacimiento de los colores sobre el río aún opaco, la senda borrada por la furia verde de la primavera, sentirte el único espectador del principio de un día. Único siempre.

En los escasos huecos que dejaba el trabajo, la ciudad, el deseo de ir a más o la disciplina del amor, ibas escribiendo historias, investigando, inventando, construyendo con palabras otras vidas. Era entonces tu secreto dentro de la evidente transparencia de tus días cotidianos. No sabes aún que es lo único que te quedará luego. Ignoras que todo lo que sentías seguro es más frágil que el retazo de niebla que atraviesas bajando, que todo lo que crees tan firme dejará de existir como a veces desaparecen los grandes peces que creías vencidos apenas a un palmo de tus dedos. Aún no has descubierto que sólo te quedarán esos cuadernos de letra imposible que sólo tu puedes leer hoy. Sólo te quedarán las palabras y aquel río.

Foto: Mariangeles Moreno
Cuando todo ocurrió pensabas que ya no tenías nada en absoluto. Desolación, tristeza, silencio. Pero lo tenías todo. Dos ojos, dos manos, dos piernas, una salud inquebrantable, inteligencia suficiente para seguir adelante pero no tanta como para caer en el suicidio de M., el lento embrutecimiento de S., la no vida de T. en su silla de ruedas, castigado por unos excesos que sin embargo habíais saboreado todos. Aunque no lo supieras, las historias que inventabas y el torrente al que bajabas tantas veces ya eran mucho, algo grande. Entonces te parecían migajas. La ciudad comenzó a ser hostil. Hasta las grúas te parecían a veces una caña de pescar a punto de lanzar sus señuelos de falso progreso.

No has podido resistirte y has acortado el camino. No has llegado hasta donde pensabas comenzar a lanzar. Bajas campo através hasta las pozas de en medio que siempre has considerado las mejores. Algunas veces, pocas, pero si suficientes como para sentir el peso de este privilegio, tocaste una trucha en ese primer lance del año. Esta embriaguez no puede describirse. El tiempo, con su lija afilada, no ha podido borrar de tu interior esos pocos instantes. La felicidad era entonces insaciable.

Lo habías perdido todo, era cierto. Todo lo que creías sólido, seguro, íntimo, cercano. Habías descubierto una verdad dura que pocos hombres atisbaban en medio de la juventud. La precariedad de todo, la fragilidad intrínseca de vivir. También la que guardaba el río en apariencia tan bronco y también tan invulnerable. Quién lo hubiera dicho unos años antes. No lo habrías creído. Ahora no te queda ni el perfume de aquello que te llenaba tanto, todo lo que te hacía sentirte invulnerable y feroz.

Te gusta acabar agotado. Demostrarte que puedes aguantar un día entero en el agua, solo, pescando con minuciosa usura cada escondrijo y cada postura, sin darte por vencido aunque durante horas las truchas sean como fantasmas y no veas ni toques ninguna. Eso te queda. Ese empeño. La voluntad de estar allí igual que cuando estás escribiendo una historia. Si nadie que diga nada. Tal vez sea tu excusa o una forma de íntima arrogancia. Tal vez un bálsamo de dicha. Después de todas esas horas logras clavar una buena con un zonker verdoso. Estás metido en la espuma hasta el pecho. Es el único lugar donde no puede arrastrarte la fuerte corriente de Abril. El pez pelea duro. Se sabe bien su río. Se descuelga muy rápido. No puedes mover los pies para volverte porque estás en un equilibrio muy precario. Si resbalas tendrás que nadar con éxito dudoso. Deberías verte, temblando, sorprendido, mirando de frente a la corriente, con la caña en alto doblada hacia atrás y la trucha sacándote línea a tu espalda hasta que parte el hilo. No te quejes. No te lamentes. Aún te sabes reír de ti mismo. Y tu hijo el pescador contigo.





domingo

UN DIA DE FURIA (Ganador del Certamen de Relatos de Verano 2013 de conmosca.com)

Moldy Chum

...Con dieciocho años uno se cree inmortal, incombustible, incansable. Con frecuencia enlazaba las noches de sábado de cerveceo con los amigos o morreo con la novia con el amanecer truchero. Me parecía un derroche y una pérdida de tiempo quedarme el domingo toda la mañana en la cama restaurando las neuronas intoxicadas. El asunto se sustanciaba con una ducha caliente a eso de las seis de la mañana y un cambio de uniforme: el de fiestero por el de pescador. Llegaba pocos minutos antes de amanecer a pie de río mientras sonaban Clapton a todo volumen en el casete. Me enfundaba las botas, apiolaba la caña y la cesta y ponía pies en polvorosa, trocha arriba por un monte en penumbra, para ser el primero en pescar las mejores tablas de aquella salvaje garganta. Aquella zona era muy difícil de andar y estaba poco pescada. Sólo el señor Sinesio se atrevía a disputarme los dominios con madrugones tal grandes como el mío o con adelantamientos sigilosos el uno al otro, sin que la víctima se diera cuenta, salvo cuando ya era tarde y veía el burlado en las piedras las huellas mojadas del burlador.

Aquel día, entre dos luces, tuve la mala fortuna de golpear con la puntera de la bota un jara seca que perforó el caucho como un puñal. Eran unas botas nuevas, Camel, francesas, que me habían costado varios meses de ahorros y de restricciones en el cervecerío de los sábados y la gasolina del seína cientoveintisiete de tercera mano que cabalgaba entonces por el mundo. Pero me olvidé pronto del percance en cuanto clave tres hermosas truchas casi seguidas en la tabla Negra, una corriente larga y profunda que inauguraba siempre el día. Recordé no muy tarde el agujero en cuando comencé a vadear poco más arriba, por lo somero del charco del Molino Juan y el agua helada comenzó a llenar con rapidez pasmosa casi la bota entera. Andaba desaguando la cosa e insultando a la naturaleza entera de las jaras cuando entreví a Sinesio a trote cochinero, medio agachado entre los robles de la loma, adelantándome. Sonreí, me hice el tonto y esperé a que desapareciera tras el molino para correr monte arriba, trasponer por la curva del Puente Roto y tener la certeza de que yo volvía a estar otra vez el primero y él no se habría coscado de mi enroque. Noté en el resuello, tras la carrera, el sabor agrio de la resaca y cierto embotamiento muscular fruto del bailoteo, la noche no dormida, la fiesta con mi chica y la docena de cervezas revolviéndome en el alma. 

Metido de nuevo en la faena, dos truchas más mordieron el polvo de mi señuelo el cesto comenzaba a pesar, pero no podía recrearme en las suertes, ni exprimir las tablas, pescaba ligero y sin mojar las piedras para evitar que mi competidor descubriese otra vez la trampa. Andaba ya cerca de la poza de La Bruja cuando, al saltar con torpeza un mata de cicuta, donde yo creía que había tierra firme, descubrí un remanso enlodado al que caí cuan largo era, con la suerte o la desgracia de encontrar en la caída dos zarzas secas haciendo comba, colgadas de una rama baja que me acariciaron el cuello con insidia carnívora. Tardé largos segundos en comprender qué había pasado y muchos más en sin sacándome los pinchitos del cogote y sacudirme el barro apestoso de la ropa. Pero no había tiempo que perder, Sinesio andaría cerca y no podía ser que me viera en ese trance, enmierdado y herido en el cogote y el orgullo con pinta de fantasma degollado. Dejé dos buenas tablas sin pescar para aumentar la distancia y me puse a lanzar de nuevo. 

Era la poza Loca, un remanso grande, hondo y oscuro que me gustaba mucho porque siempre me había dado buenas truchas. La parte cercana a la rasera tenía más de un metro de profundidad y muchas veces veía a la gran trucha puesta, acechando, era pan comido que entrase a mi señuelo lanzando muy por delante. Pero aquel día la trucha puesta no era grande sino enorme. Lancé y el pez con lentitud de reina y parsimonia glotona mordió el engaño y comenzó la lucha. El animal no cedía un palmo de sedal, su objetivo era llegar hasta las raíces de un viejo sauce que se agarraba al cortado de roca que cerraba la orilla opuesta. Sentía pánico por perderla y maniobraba la caña y el freno con destreza maliciosa para evitar el desastre. A mitad de la lucha, cuando ya estaba a punto de llegar a las temidas raíces sumergidas, cedió el animal y nadó sumiso hasta la orilla somera y arenosa donde yo la esperaba con las botas llenas de nuevo de agua fría, pero qué importaba. Sin destensar la caña aproximé con tiento y pericia la mano a la cabeza del truchón cuando, como a cámara lenta, como en un dibujo animado, el pez no sé cómo dio un salto fuera del agua, un salto increíble que sacó del río su cuerpo entero y en el aire contemplé incrédulo como se desenganchaba el señuelo y desaparecía en menos de un segundo hacia las profundidades. Con los ojos casi fuera de las órbitas y ya con las lágrimas brotando rabiosas, la boca abierta y la mano vacía en actitud de garra flácida,  levanté la cabeza y ví a Sinesio, parado junto a una gran encina, contemplando con regodeo malsano el triste espectáculo. Aún se atrevió a decir: Buenos días R. ¿Qué tal se dan?. No dije nada, ni él espero la respuesta porque se despidió sin mirar más tiempo mi desolación y trotó camino río arriba.  Ya sería imposible pescar la garganta virgen, pero eso no era lo importante para mí sino haber perdido la maldita trucha voladora. Me senté a vaciar la bota y descubrí de inmediato la otra desgracia. El cesto pesaba poco y dentro no estaban los cinco buenos peces que había cogido. Comencé a echar sapos y culebras por la boca pero me callé al segundo, comprendí al instante el suceso y dejé de lloriquear y maldecir. Al caer en la charca la cesta se había abierto y los peces se habían salido, con los agobios de seguir siendo el primero no me di cuenta del fiasco. A buen seguro que seguirían allí. Miré por última vez la poza, el agujero de mi bota, la cama vacía de helechos baboseados del cesto. Pensé: Hoy es un día para olvidar. Me repuse y caminé a paso ligero por la parte más enmarañada de la orilla con el estómago revuelto y la angustia atenazando mi mente. ¿Y si Sinesio había pasado por el barrizal, había visto las huellas del percance y se había llevado mis truchas? No fue así, cuando llegué al lugar salió de entre la maleza cicutera de la charca una zorra y dos zorrinos con los últimos ejemplares del goloso botín entre los dientes. Mis truchas, se llevaban mis preciosas truchas las muy zorras. Me senté, descompuesto, en un piedra a recuperar el resuello, el ánimo, las fuerzas. Me dio una arcada y vomité con un chorro interminable todas las cervecitas sabatinas, sus pinchos y tapas y no sé cuantas nauseabunda bilis amarguísimas. Me rendí. Acerqué el morro al agua y bebí unos buenos sorbos. Entonces eran los tiempos gloriosos en los que uno podía hacer eso sin enfermar, beber agua limpia el río, como un pez. Volví a sentarme en el cancho. Ya era imposible adelantar a Sinesio, así que lo mejor sería volver al principio, tomarse todos los percances, desventuras y accidentes con filosofía de pescador y paciencia de sabio adolescente. 

Con el estómago vacío me sentía mejor así que volví a bajar, esta vez con prudencia y tiento para no tropezar de nuevo, hasta la tabla larga del inicio. Cambié la cucharilla por la cuerda de moscos, respiré hondo en tres tiempos y me dije, tranqui, no pasa nada, el día comienza de nuevo, todo esto son gajes del oficio de pescador, olvidables. A la segunda lanzada, de no sé dónde salió una trucha aún más grande que la primera pero vi con claridad cristalina que en lugar de tragarse la falangista de cola, el bicho se había metido en la boca nada menos que el buldó transparente, encima no se soltó, tal vez se le había enganchado el hilo en los dientes o cerraba la boca impidiendo que se escapase de ella la burbuja de plástico, el caso es que el pez pegó un tirón enorme que me pilló con el freno demasiado ajustado, rompió el nylon y desapareció para siempre en uno de esos agujeros negros que dicen que hay en el Universo. ¿Quién me iba a creer cuando contase este lance a mis amigos pescadores? O ¿cómo me iba a atrever a contar a nadie tantos desastres y torpezas? 

Plegué la caña derrotado, vencido, llorando ya sin cortarme y me encaminé hasta el coche. Había que escaparse de allí y olvidar cuando antes aquel día de pesadilla. Por el camino, sentí algo de gas en la tripa y dejé escapar lo que supuse que sería un pedo. En la naturaleza y en soledad ya se sabe, no hay restricciones ni disimulos para este tipo de gases así que lo empujé con fuerza. Salió el aire pero detrás de él, sin poder evitarlo, el traidor chorrillo de agüilla fétida de un principio de diarrea. Horror. Me desnudé en dos segundos. Me quité las botas, los pantalones, los calzoncillos y con un buen manojo de romero enjuagué en el río las huellas de la infamia. Así me pilló el enemigo, en plan lavandera prodigiosa, con las vergüenzas al aire, las visibles y las invisibles, todas. Sinesio, por alguna razón que entonces no podía entender había dejado de pescar y regresaba al coche. ¿Qué tal se dan?. Volvió a repetir. Yo ya he cogido el cupo así que me voy para casita. Qué se de bien. Al menos no le vi sonreír en ese instante. 

Con dieciocho años uno se cree inmortal, incombustible, incansable. Puede superarlo todo o casi todo y un día como aquel, es de los que de verdad crean afición porque el fin del mundo no acabó ahí. Había terminado de quitarme las botas rotas, tirado la cesta vacía, el chaleco y la gorra al fondo del maletero y empujé el portón trasero del seína con más rabia que fuerza cuando, antes de escuchar el chasquido, ya vi en mi imaginación el capamiento. El último tramo de la telescópica sobresalía dos centímetros del maletero. La anilla y en trocito de caña cayeron al suelo, a mis pies, amputados de mi más preciosa posesión como pescador, mi mejor caña truchera de lance.

Aquel día nefasto, gafado, terrible, olvidable, no lo olvidé nunca y de hecho, treinta años después puedo contarlo como si hubiera ocurrido antes de ayer. Durante estos años he roto muchas botas y vadeadores, me he caído algunas veces y he perdido muchas truchas hermosas y todas ellas me enseñaron a ser tal vez un poco mejor pescador. Hace ya muchos años que no llevo cesto y que las truchas, tras morder mis moscas, se van libres a su mundo de agua y de misterio, un agua que por desgracia ya no es tan pura y no puedo beber a morro como entonces. Sinesio y otros pescadores veteranos con los que creía competir entonces ya no pueden bajar a aquel bellísimo torrente. Unos son muy viejos, otros han muerto. También entendí con las caídas, los tropezones, las pérdidas  que uno va teniendo lejos del agua, que el pescador nunca compite con nadie, ni siquiera consigo mismo. Pero el río enseña muchos secretos importantes de vivir sin utilizar palabras, ni argumentos, ni juicios. Las cicatrices que las zarzas dejaron en mi cuello se borraron pero no otras que las ciudades o la furia del tiempo nos hace.

Ya no trasnocho antes de un día de pesca, ni bebo, ni bajo al torrente sin haber descansado, ni me pierdo en los besos de una novia delgada, suave y sonriente que le gustaba además esa extraña pasión mía por las truchas ¿Por qué no seguí con ella?. Hace ya muchos años que no me caigo, que no rompo una caña, que no saltó sin mirar que hay detrás de los helechos o las cicutas, que no insulto al cielo y al infierno si una trucha grande se me va sin tocarla, pero ¿por qué a mi corazón le da un vuelco en ese instante y siento que he perdido un mundo?. Tengo en la barba descuidada muchos pelos blancos, pero mientras me visto de pescador el amanecer de un domingo de abril veo a veces, de reojo, en el espejo del coche, a un chaval de dieciocho años que se cree aún inmortal, incombustible e incansable y sonríe. ¿Soy yo aún ese mismo apasionado pescador?

Foto de Øystein Rossebø

lunes

ALAN MOORE



Las infinitas o complicadísimas interrelaciones entre todos los millones de tipos de seres vivos, más la tierra inerte, los océanos y el clima hacen que podamos pensar que la Tierra puede ser en verdad Gaia. James Lovelock hace 50 años, en 1965, propuso que la Tierra es un sistema vivo autorregulado. El nombre de Gaia se lo sugirió su amigo el escritor William Golding. Gaia es una metáfora interesante.

Le digo a mi hijo el pescador que Alan Moore tiene un viejo y breve cuento titulado “Vidas breves”. Resumo: una civilización de insectos ha llegado a un nuevo e ignoto planeta dispuesta a hacer lo que han hecho siempre: invadir, colonizar y poseer. Pero en el planeta hay dos gigantescas estatuas azules que parecen de piedra, inmóviles, sedentes. La civilización insectoril tarda varias generaciones en comprender, en darse cuenta que… ¡las estatuas están vivas! Pero su ritmo vital es lentísimo, su tiempo fluye con un tempo que nada tiene que ver con el de los insectos invasores que ahora, tras descubrir que son aborígenes vivos y no figuras pétreas,  se empeñan e intentan por todos los medios que los gigantes azules se enteren de que han sido invadidos y colonizados, pero sus esfuerzos son en vano. Los gigantes no hacen caso. El tiempo pasa y pasa para la avanzada civilización de los insectos y al final acaban destruyéndose unos a otros con unas cuantas bombas atómicas. En el otro ritmo temporal uno de los gigantes pregunta al otro si ha llegado a ver aquellos fogonazos tan extraños. ¿el qué? Le pregunta. “¡Unas pequeñas nubes de polvo anaranjado!. Salieron de la nada y no duraron más que un segundo. Tenía como diminutas figuras dentro” La cronicidades de dos civilizaciones han chocado o han convergido en dos fases históricas diferentes, pero los diferentes “ritmos temporales” producen que la especie invasora, que se cree poderosa, sea nada, un fogonazo en menos de un segundo.

A veces pienso que las montañas y los ríos son esos gigantes azules, y nosotros los bichos invasores.




jueves

INVISIBLE


En el río uno aspira a hacerse invisible, no ser visto, no hacer ruido, no dejar rastro. El silencio es importante, también el sigilo. Sólo entonces el campo pasa de ser un paisaje “bonito” pero más o menos soso y vacío a un lugar habitado en el que libélulas, abejorros, rabilargos, nutrias, ginetas, jabalíes, zorros, águilas, martines, mirlos, musarañas, mariposas, culebras, galápagos, escolopendras, sapos, lagartos o comadrejas se dejarán ver haciendo su vida.

La invisibilidad es la mejor virtud. No molestar. No hacerse notar. Llega un momento en que lo logramos y es como si desapareciera un velo que nos impedía ver de verdad lo salvaje en libertad. Intuyo que los animales (incluyo garrapatas, orugas y gusarapas, no todo va a ser admirar al corzo o al azor) se dan cuenta que ya no somos unos pisarrabos, unos ignorantes, unos turistas, unos fotoneros, unos charlatanes… sino un bicho más. Entonces se dejan ver si pudor. Te adoptan como mascota, ya no les importa que estés allí metido en el agua persiguiendo a los peces o caminando por la senda que ellos han hecho o saltando de piedra en piedra como una rara bailarina en vadeador.

También le costó muchos años a mi hijo el pescador ser invisible. Acostumbrado a los documentales de la televisión, los primeros planos, el montaje de la acción, no entendía que los bichos salieran corriendo al menor movimiento, a la mínima voz o que sólo se atisbaran de lejos y con dificultad, de forma muy fugaz. Tampoco es que se pongan a tres metros de ti a actuar. Los encuentros con ellos son instantes muy breves, chispas de acción. Si fuera de cultura protestante o me hubiera educado en Oxford diría “epifanías” del griego: επιφάνεια que significa “manifestación”, revelación o aparición en la que los profetas, mediadores, chamanes, oráculos, magos o brujos daban una interpretación de lo contemplado o imaginado más allá de lo visto. Mi interpretación tiene siempre las gafas de la biología, pero a veces saco los pies del tiesto de la ciencia y “veo cosas que no creeríais”… han sido muchos milenios de superstición, como el escorpión, no puedo evitarlo.

Pero soy un ateo hijo de los viejos ilustrados, un empirista rechazador de cualquier chorrada trascendente. Cuando palme ya será un logro no dejar casi rastro. Sólo haber enseñado a mi hijo el pescador el mágico don de la invisibilidad.

PD: El jabalí macho de la foto, hecha con el móvil, nos miró dos segundos y luego siguió hozando por la orilla. Comía cangrejos, su crack, crack al masticar sonaba en todo el vallecillo. Hasta cruzó la orilla y siguió con su festín marisquero por la nuestra.