lunes

EL MANUSCRITO DE ASTORGA



El río lamía despacio las riberas llenas de hierbajos ralos y brezales enanos. En las suaves montañas del fondo aún se agarraba la nieve. Nadie contemplaba uno de los paisajes más hermosos de las islas. Las diminutas flores del brezo eran de un rosa muy intenso que contrastaban desde muy lejos con los verdes oscuros, la nieve, el cielo, tan raro sin nubes en esa latitud.
Nadie, solo él, metido en el agua helada por encima de la rodilla. Un pescador casi centenario que lanzaba con delicadeza una mosca pequeña con una caña de bambú aún más antigua que él. Había dejado el Land Rover en la curva. Su amigo Willy McCoy se había gastado muchos miles de libras en recubrir el carril con una exótica grava rosada para no romper el paisaje con una fea carretera parda. Casi medio millón para no manchar la belleza del inhóspito paisaje escocés. Así era el Sir.
El pescador clavó una buena trucha. Parecía que el pez en cualquier momento iba a tirar al anciano al agua. Pero logró afianzar bien los pies en el fondo y la dejó correr por la tabla. Luego fue recogiendo la seda hasta tener la trucha en la red. Le quitó el anzuelo y la tomó entre sus manos resecas y temblonas. Vete. La trucha se quedó un segundo flotando entre dos aguas y al segundo siguiente desapareció en lo profundo. El pescador caminó muy despacio hasta la orilla y se sentó en una roca. Encendió con mimo el habano y aspiró una calada lenta. Volvió a pensar entonces en la llamada anónima que había recibido esa madrugada.

Bueno Ángel, amigo, por fin tienes tu libro. Dijo a nadie.

Dejó con mucho cuidado la caña sobre la hierba y buscó en la memoria del su teléfono cierto número de Ginebra. Buenos días. ¿Tú tampoco duermes? ¿Tan mal está el negocio de los libros viejos? Tras un par de segundos de silencio el pescador escuchó la voz que esperaba. Hola Royuela, siempre jodiendo a los amigos. ¿Y a ti qué te importa lo que vendo? Raimond fue al grano sin rodeos. Esta mañana una voz de mujer me ha ofrecido el manuscrito. Dos millones de euros. Alguna que conoces tú aunque ya no se te ponga tiesa judío cabrón. Escuchó algo parecido a la risa de una hiena. Vosotros los bolcheviques siempre tan poéticos. Tengo precisamente un paquete de treinta cartas de Vladímir Maiakovski que escribe a cierta camarada guapa esposa de cierto amigo de papá Stalin. Una está fechada dos días antes de que se pegara un tiro. ¿Te interesan éstas? El pescador no le siguió el juego. No era mal tipo el traficante, habían estado juntos casi toda la guerra hasta llegar a Berlín y antes entraron juntos en aquel pequeño campo auxiliar que no tenía nombre cerca de Dachau. Tantos años y seguían teniendo pesadillas recordando lo que vieron allí. No cabrón, no me interesa la bragueta de Maiakovski ni del puto Stalin, sabes que desde hace mucho tiempo me interesa el Manuscrito de Astorga, ¿tienes algo o no?. Nunca hablaron de lo que vieron en ese pequeño campo sin nombre que no existe en ningún libro de historia, en ninguna fotografía. Nunca encontraron las palabras precisas para explicar lo que descubrieron allí. Pillaron a los nazis con las manos en la masa quemando un montón de pequeños cuerpos. Eran cincuenta alemanes contra cinco apátridas con uniforme yanki. Después de que se les terminaran los cargadores fueron a por ellos gritando enloquecidos con el cuchillo de combate en la mano. Cuando acabó todo sólo quedaban Raimond y Bruno cubiertos de sangre y cien niños judíos supervivientes que contemplaron la lucha y la carnicería sin poder levantarse del suelo, solo sonreían y susurraban palabras en polaco y en ruso. El espanto no se quedó ahí. De esos cien solo sobrevivieron cuatro tras la liberación del campo.

Te pensaba llamar esta mañana. Ayer me enteré de que había aparecido en el mercado tu jodido manuscrito de pesca. La vendedora se llama Alexandra Dover, es colega, hablé con ella, por lo visto sólo es intermediaria de una fundación con sede en Madrid que se llama Dragón General. El viejo pescador se quedó en silencio. Le sonaba el nombre pero no sabía por qué. Gracias Bruno, te debo una. Quiero ir a Ginebra el martes. Compra el manuscrito. No importa el precio. Apunta una dirección que te voy a dar y cuando lo tengas mandas allí el libro. Y organiza una cena con los chicos. La voz del traficante suizo se hizo más grave y lenta. Claro viejo. Cualquier día palmamos. Hace por lo menos cinco años que no nos reunimos. Haremos una fiesta de despedida. El pescador chupó el habano muy despacio, saboreando los aromas dulces y picantes del tabaco. Amigo, ¿cuántas reuniones de despedida hemos hecho ya los seis?, cuando cumplimos sesenta, luego setenta, ochenta, en la última teníais casi todos noventa. ¿Te das cuenta de que no hemos muerto ninguno?, ¿de que ninguno sufre achaques ni enfermedades relevantes? Simón, Klaus, Kurt, tú, yo, Tristán es más joven, pero debe tener ochenta y tantos. Hemos envejecido pero tenemos una extraña salud de hierro. A veces he pensado que todos morimos, los chicos y nosotros, en aquel campo y que la vida de después ha sido otra cosa. Se escuchó una risotada forzosa al otro lado. ¿Qué has bebido tan temprano viejo?. Adiós Raimond. Salud.

El anciano volvió a meterse en el río. Caminaba con tiento pero no con menos torpeza que cualquier otro pescador a mosca. Podía recordar, como si todo hubiera ocurrido ayer, las discusiones con Ángel el leonés, metidos en la tienda de campaña, los tediosos días de antes del desembarco. Su defensa de cierto manuscrito maravilloso y muy antiguo que describía con palabras mágicas la fórmula secreta de unas moscas infalibles. Nos lo trajo a la escuela el maestro del pueblo, don Atenodoro se llamaba. A veces nos hacía dictados con aquellos legajos de un amigo suyo. Fijándome en mi cuaderno de dictado hice yo luego algunos moscos, canela fina amigo, nada que ver con esas mosquitas inglesas que hacéis aquí y que son una mierda. Aquellos halftrack llenos de españoles republicanos y franceses de Leclerc comenzaron a atravesar Europa reventando las defensas alemanas. Por la noche, las pocas horas de descanso, aquel joven leonés le describía esas extrañas moscas, …plumas de negrisco acerado claro, pardo de obra muy menuda que no sea dorada, bermejo de gallo de muladar encendido y luego encima una vuelta de pardo granadina… o le hablaba de los ríos de su tierra …llenos de truchas gordas como carcañal de moza. Mira esta caña, me la regaló una pelirroja que trabaja en Hardy y cuando acabemos con Hitler y con Franco me voy a casar con ella, voy a hacerme una casa junto mi río y voy a pescar en el Órbigo y el Torío todos los días de mi vida.  Pero si casco te la regalo. Sería una pena que nadie la llevase nunca más de pesca o que se la quede algún boche cabrón. Recuerdas, como si fuera ayer, aquel diecisiete de agosto en el que alcanzaron a tu Sherman y todo hervía. El leonés, menudo, muy delgado, se metió en aquella olla monstruosa a punto de reventar y te sacó inconsciente y malherido, pero vivo. Te arrastraba por la hierba cuando los obuses del tanque explotaron Te debo una Ángel.  

Raymond lazó la seda en la cabecera y clavó una trucha aún mayor que la anterior. Se estaba levantado un viento helado del norte. Salió del agua renqueando, apoyado en su bastón de vadeo. El Sir le tendría preparado en la casa un buen almuerzo. Recuerdas también, como si apenas hubieran pasado unas horas desde entonces, el día en que entraste en París y luego, tras cruzar el Mosela, el olor a cordita y a pólvora, a carne quemada, a aceite ardiendo. El camión oruga de tu amigo convertido en chatarra retorcida. Los cinco españoles muertos, destrozados y sin embargo su frágil caña de bambú intacta, atada junto a los soportes de los fusiles. Esta caña que ahora se cimbrea en su mano. Te debo una amigo. Nunca te olvidaré.

 ¿Cuántos años han pasado?. Dices en voz alta. No has olvidado nunca a aquel soldado español de La Nueve. La pasión de sus palabras describiendo sus fantásticas moscas antiguas. Cuando hace pocos años, apareció en Fly Fisherman la pequeña noticia de la desaparición del manuscrito regalado al Dictador Franco en el sesenta y cuatro comenzaste las pesquisas, pusiste cebos, echaste las redes. Tu camarada Bruno, que se hizo librero de viejo tras la guerra, descubrió que intentaron subastarlo en Londres en el setenta y ocho con mucho sigilo pero aquella venta no llegó a buen puerto. Después nada. Muchos años sin pistas. Y ahora por fin aparecía de nuevo.  Eres un acomodado jubilado, pionero de la distribución de vinos selectos franceses en la Gran Bretaña. dos millones de euros es casi todo tu fondo de pensiones. Y qué. Sonríes mientras conduces despacio por un carril del color de los brezos. Tu amigo el Sir también sabe derrochar bien su dinero. Imaginas la cara de sorpresa de la funcionaria de la Biblioteca Nacional de España cuando reciba el lunes el pequeño paquete con el precioso Manuscrito de Astorga y el remite que le has dicho a tu amigo que escriba. De parte de Ángel Sánchez "el leonés". Salud y Libertad.



2 comentarios:

  1. De lo mejor que he leído - y no sólo de pesca - desde hace tiempo. Disfruto cada vez que entro aquí. Gracias.

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  2. Muchas gracias. A ver si aparece el Manuscrito de Astorga algún día...

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