jueves

GRANGER


No podía más. Necesitaba volver. Lo vendí casi todo, volé a París y me acerqué al taller de litografía que tenía el Limosna en el Passage Dauphine. Sabía de buena tinta que hacía una parte importante de la documentación falsa para los de El Partido cuando Domingo Malagón no tenía tiempo. Tanto Domingo como el Limosna había militado antes en la Hermandad y luego se habían pasado al Comunismo.
Conocí a Angelo Ruiz Limosna porque nos tocó como dinamitero en mi grupo cuando se nos desgració Viti en una escaramuza inútil en Guadalajara. Venía recomendado por la gente de Tetuán, del grupo de Mera. Luego estuvimos muchas veces juntos tras las líneas fascistas reventando traviesas, puentes y carreteras. Hasta aquella vez en la que le tuve que pegar una hostia, desde entonces tiene esos dos dientes de oro.

La primera vez no me di cuenta de lo que iba a hacer. Aún estábamos en tierra leal. Esperábamos a que anocheciera para pasar las líneas y reventar un par de puentes en Talavera. El estampido de la granada nos pilló a todos descansando en el arenal y parte del chorro de agua nos calló encima. Los peces muertos comenzaron a aparecer en la rasera del charco y el desgraciado pudo escoger una docena de truchas muy grandes y dejar que el resto se fueran río abajo como pasto de ratas.
La segunda vez teníamos que salir para Ávila a cortar otro puente. No recuerdo en que río nos escondimos a descansar y guarecernos de las primeras calorinas de junio pero en cuando le vi con la bolsa de red y la granada supe que el hijo de la gran puta iba de pesca. Me levanté de un salto y sin decirle una palabra le reventé la boca. Luego si, entonces le escupí las palabras. ¿No se daba cuenta de las dos barcas?, ¿de las nasas puesta para las anguilas por toda la orilla?. Allí había gente que vivía del río y su gracia les iba a dejar sin pan unas cuantas semanas, ¿acaso era eso el anarquismo?, ¿matar todos los bichos del agua, todos los peces por coger cuatro truchas para cenar?. Pero tuvo suerte. Por casualidad descubrí escondida en la maleza una caña muy fina de bambú del país como de cuatro metros, con su bramante, su hilo de crin y su buen anzuelo. Revolví unas piedras, cogí un puñado de gusarapas y en un rato pesqué en la chorrera un montón de bogas grandes. Luego lo discutimos entre todos mientras nos apañábamos con las bogas asadas, la cecina y el pan. Salió que no, que no era de buenos anarquistas destruir por destruir, quitar el sustento a los pescadores que vivían de aquel brazo de agua tirando una granada al charco. Desde entonces me llamaron de apodo el Bogas. El apodo se extendió pronto por todos los que quedaban del Batallón Ferrer y hasta ahora. La novia que me eché en Madrid también acabó llamándome el Bogas.

Pero ya nada me ataba a Londres. Necesitaba volver al sur. En cuanto entré en el taller el Limosna me reconoció. Llevábamos sin vernos casi veinticinco años. Tras perder nuestra guerra nos pasamos a Francia. En el Campo de Barcarés descubrimos que el cabrón del Limosna además de dinamitero era un pintor fino. Nunca supe como consiguió el papel y las tintas, pero en una semana falsificó el papeleo que nos sacó del puto campo a los cuatro que quedábamos. Luego gente de la Hermandad nos llevó a Inglaterra en un pequeño barco sardinero. Allí nos separamos y no nos volvimos a ver hasta lo de Narvik.

Le digo. Salud Limosnas. Quiero que me hagas los papeles que tengo que entrar en España. Y él. Joder Bogas, cuanto tiempo. Ya te creía fiambre o mojama. ¿y para qué quieres entrar?, ¿y para qué me pides a mi esa documentación?, ¿es que no tienen la CNT sus pintores? Y yo, por darle coba. Los tiene. Pero tu eres el mejor y además eres mi amigo aunque te hayas pasado al bando de esos cabrones estalinistas. Me rebuzna entonces. No me piques Bogas, que padrecito Stalin ya está muerto. ¿Y para qué quieres volver?. ¿No querrás continuar lo de tu amigo el Facerías?. La cosa sigue complicada y la dictadura es fuerte aunque Franco esté viejo. Yo le digo, por hacerme el misterioso. Eso a ti no te importa. Digamos que me voy a España de pesca. Y el guasón. ¿Ahora los anarquistas lo llamáis así?, ¿ir de pesca? A ti te pega, que para eso eres el Bogas.

Durante los largos meses en Inglaterra hasta el desembarco de Narvik tuve la suerte de entrar a trabajar en una de las factorías que tenía Hardy, aunque entonces se había paralizado la fabricación de artículos de pesca y nos dedicábamos a hacer munición. Pero un pequeño grupo seguía haciendo cañas buenas para los señoritos. Como hablaba el idioma porque mi madre era jerezana de abuelo inglés, y había sido nurse de los hijos de un bodeguero, en Inglaterra me sentí como en casa, hice amigos en la factoría y los días libres nos íbamos a pescar truchas unos cuantos, más un par de soldados americanos que también se daban al vicio piscatorio durante la larga espera. Me gustaban mucho las cañitas de tres tramos con las que pescaban ellos, mucho más ligeras que las nuestras. Los de allí eran ríos mansos, muy cómodos, llenos de truchas de buen porte.

Luego, a finales de mayo del cuarenta, tras el fregado de Narvik, mientras esperábamos el si o el no, me escapé algunas veces a los campos cercanos de nuestra posición con otros dos soldados pescadores. Si nos llegan a pillar nos fusilan los nuestros o los boches. Aquellos ríos y lagos eran el paraíso, había truchas enormes y salmones preciosos, lástima que nos retiráramos el ocho de junio, me hubiera quedado allí el verano entero. Mucho después, tras Normandía, a Clark, tu abuelo, que era uno de los americanos pescadores, le hirieron gravemente en el brazo. Como le enviaban para casa y nos habíamos hecho muy amigos me regaló su Granger Stream, con el carrete, dos buenas cajas de moscas yankis y todos sus archiperres de pesca. Y así hice la puta guerra entera hasta Berlín con una mano el Garand y en la otra la Granger. Hubo muchos día de esperas interminables, a veces junto a un río y si no había eseeses por la costa sacaba la cañita y cogía unas cuantas truchas para alegrar el rancho.

Tras acabar aquel desastre volví a Londres, seguí trabajando en Hardy, me casé, no tuvimos hijos pero fuimos felices. A Anne nunca le importó que me fuera de pesca los domingos siempre que los sábados la sacara a bailar. Pero en el sesenta y nueve murió de repente y sentí que quería volver a mi tierra, aunque seguía mandando allí el cabrón de Franco. El Limosnas hizo un trabajo serio, a conciencia, de artista. Deneí, pasaporte, penales… y me falsificó hasta la licencia de pesca. Como vas de pesca, según dices, te será útil. Sin embargo en el puerto de Bilbao, antes de bajar del barco y cruzar el control de pasaportes, rompí y tiré todos los papeles que me había hecho el Limosnas, no porque no me fiara de ellos, sino porque sabía que con mi pasaporte inglés no tendría tampoco problemas y porque al romper esos documentos, salvo la licencia de pesca, de alguna forma borraba también todo mi pasado. Ya no quería ser otra cosa que un jubilado inglés que dedica sus días a pescar y fumar unas cuantas cachimbas de Latakia.

No había perdido el contacto con mi gente y supe que mi novia de entonces, de los años de antes de la guerra, regentaba una pensión en Gijón. Allí me presenté. Estaba igual de guapa que en el treinta y dos. Eso le dije. Nos contamos la vida. No había sido la suya mucho menos difícil que la mía. Me alquiló una habitación a buen precio. En una ciudad extraña, rodeado de españoles que también me parecían muy extraños, me sentía sin embargo como en casa, gracias a ella y gracias a los ríos asturianos, cántabros, vascos y leoneses a los que me escapaba a tocar el agua y mojar mis moscas.
En temporada me iba casi todos los días a pescar. Me casé con ella aunque no nos amábamos, pero no hubo engaño porque entre nosotros había amistad, complicidad en todo y su poco de sexo, ¿en que se diferencia esto del amor?. Allí en Gijón ya no fui el Bogas sino Guill el inglés. A veces venían viejos amigos de Londres y los llevaba a pescar a mis ríos. La vida me pareció de nuevo un lugar habitable.



Un día, en la carretera que nos llevaba a un coto salmonero del Narcea, nos paró un control de la policía. Franco estaba pescando y se cerraba el río para él. Asqueados y murmurando palabras gruesas entre dientes nos fuimos para el bar de Nancio a tomar unos chatos y pensar hacia donde tirar y pasear nuestras cañas. A la media hora comenzaron a entrar secretas en el bar y a pedir la documentación a los seis o siete parroquianos que estábamos allí. Pensé que venían a por mi, después de tantos años, pero no. Luego entró mucha Guardia Civil. Después entró él con su ganchero. Según le vi aparecer con sus bombachos y su sombrerito medio tirolés eché de menos no llevar en el bolsillo una de las granadas aquellas del Limosnas. El Dictador se fijó en nuestro atuendo de pescadores finos y se arrimó a nuestro lado de la barra. Alguien le había dicho que éramos pescadores ingleses y quiso pegar la hebra. Tenía la voz fina, como de adolescente acatarrado y se le notaba torpe, algo grueso, como abotargado. Hablamos de moscas y cañas, de salmones grandes y grandes pescatas. Mi compañero inglés le siguió la conversación, precisamente él que en sus años mozos estuvo en las Brigadas y había perdido a casi todos sus amigos en mi guerra. Eso si que era saber estar, flema inglesa, si señor. A mi me daban ganas de sacar mi cuchillo sueco de destripar salmones y pegarle una navajada en el cuello allí mismo. Nadie me lo hubiera impedido. Pero no lo hice.

Después cogimos el coche y nos bajamos a León. Abraham no daba crédito al encuentro, ni yo tampoco. Nos reímos, coincidimos en las ganas de haber rajado al viejo y también en las mismas ganas de no hacerlo. El río estaba bonito y cogimos buenas truchas, ya por entonces las soltábamos todas. Yo pescaba con mi querida Granger. Nunca le conté a mi mujer aquel encuentro. Para qué.

Luego Franco murió malamente, con una agonía larga y fea. Unos pocos de entonces pudimos ver como España se convertía en otra cosa muy distinta a la que él y su gente impuso con dolor y mantuvo con saña tantos años.  
Ahora tengo noventa y ocho y escribo todo esto al nieto de Clark, el americano que me regaló la Granger, para que sepa las aventuras que ha vivido este trozo bello y frágil de bambú que me acaban de restaurar. Como yo ya no puedo pescar, a él le devuelvo mi querida caña, la caña de su abuelo, la caña de mi vida.  Que la uses con salud, muchacho y te de la felicidad que a mi me ha dado.




8 comentarios:

  1. Gran relato y vaya vida la suya por estos mundos de Dios.
    Mi familia es de un pueblecido de Cuenca y tuve familiares envueltos en aquellos lios. Incluso uno de mis amigos de pesca es familia de un tal manco de la pesquera que fué maqui por aquella zona.
    un saludo.

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  2. Qué bien escrito. Muy bonito relato, gracias por compartirlo.

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  3. Precioso relato. Quizá sea mejor así, el cuchillazo le habría ahorrado la agonía, y seguro que el paso a la siguiente etapa habría sido mucho más convulso y, quién sabe, con un resultado muy diferente. Un saludo

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    1. Gracias Jorge. La pena es que siguen sin cuidarse nuestros ríos salmoneros... erre que erre con matar los salmones.

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  4. Como siempre da gusto leer tus entradas, una cita fija en mis ratos de Internet.

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    1. Gracias Joaquin. Un día, en Londres, hace veinte años, en una tienda de artículos de segunda mano que había en Pall Mall, cerca de Farlows me encontré un viejo revolviendo entre los archiperres más menudos que allí se vendían. Resultó ser español, pescador, exiliado. Pero no hablamos mucho. Gracias a él saque una caña salmonera de bambú refundido, de tres tramos, preciosa, baratísima, que luego me perdieron en el aeropuerto. De ahí parte esta historia.

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