miércoles

GARY SNYDER


No va “a pescar”, va a “La Práctica de lo Salvaje”, ahora lo sabe. Gary Snyder (Varasek Editores 2016) es uno de esos lúcidos norteamericanos de la estirpe de Thoreau, Audubon, Dillard, Jans, London, Curtis, Abbey, Haskell… (escribe mirando la estantería más próxima) que supieron mirar la naturaleza salvaje no como el lugar donde hacer un agujero, cortar un bosque o parar un río para hacer dinero, sino como nuestro hogar más íntimo y auténtico. Cada cual a su manera luchó por salvar lo aún intacto, impedir la destrucción, recuperar lo degradado y también buscar nuestro lugar allí, no como espectadores o visitantes sino como habitantes. Las ciencias ambientales, la biología, la botánica, la genética, la ecología… comienzan a descubrir y ampliar aún más el universo de las infinitas y sofisticadas interacciones, simbiosis y dependencias complicando la vida de Gaia como nunca soñaron los clásicos. Las nuevas tecnologías permiten un acceso fácil y rápido a este conocimiento pero necesitamos la voz de mediadores que nos ayuden a convertir este Conocimiento en Sabiduría, y Gary Snyder es uno de ellos. El pescador lee las letras cercanas del libro y gracias a él ve muy lejos.

Como su “práctica de lo salvaje” está limitada a los bosques de ribera, los torrentes de montaña y los ríos limpios, se espanta cuando saca la cabeza de estos lugares olvidados y contempla qué ha sido de los grandes ríos, de sus tramos medios y bajos, ensuciados, arrasados, embalsados, contaminados, desecados, dragados. Todo ese desastre lo han hecho otros pero cree que también él es responsable ya que el patrimonio natural destruido también era “suyo” o si “no nuestro”, si era responsable de su cuidado porque lo conocía, sabía de su originalidad, excepcionalidad, fragilidad... y de su valor. Pescar también tiene esta obligación, esa forma de ver y mirar, esta militancia.

¿Por qué si nuestros ojos son los de un animal acostumbrado durante miles de años a mirar lejos hoy apenas miramos unos pocos segundos al horizonte? El pescador imagina que alguien ya ha inventado alguna terapia ayurvédica que utilice el mirar lejos durante mucho tiempo  como fármaco. Porque a él al menos le sirve. Se sienta en una piedra escogida, más o menos alta, y allí descansa, almuerza, mira el río mientras bebe un poco de café del termo, mira lejos el brillo del agua que produce la cascada de la curva, el verde difuminado de los sauces y el verde pardo más oscuro de las jaras y las encinas del monte que obliga a doblarse al río.

Durante toda la semana anduvo mirando letras dibujadas con luz en una pantalla, gráficos, esquemas, tablas de números y luego mirando cerca papeles y más tarde las vidas de otros transcurriendo en la tele. Pocas veces pudo mirar lejos, hacia el horizonte de fuera o al de dentro, hacia el lugar donde la vista se pierde y sentimos, como si fuera magia, un descanso profundo y perdurable. Ahora sí. Bebe con el café este fármaco de luz, sol, frío, lejanía. Su cerebro recupera el placer de mirar muy lejos y de sentir quién es cuando deja atrás su nombre y sus oficios. También Snyder habla de eso.

Más tarde, mientras camina entre las piedras, al bajar a la única zona arenosa y en apariencia muy segura, ha resbalado. Estaba en ese momento lanzando toda la línea y no ha podido equilibrar el cuerpo y evitar acabar tumbado con la rodilla dolorida. Mirar lejos sí, pero también al suelo, atento a lo cercano. Sonríe. Luego se pasará el resto del día cojeando. Ser pescador no es fácil, ni cómodo, ni tampoco seguro. Como la vida entera de los que miran lejos como Gary.



No hay comentarios:

Publicar un comentario