martes

1177 a. C.


A veces la historia remota nos parece un cuento, una vaga leyenda, una película entrevista en la tele una noche en la que estábamos cansados  y aburridos. Tal vez nos vean también así en el futuro. Éramos una loca civilización arrogante que agotamos los recursos, cambiamos el clima y arrasamos el paisaje. Un conjunto de pueblos que siempre anduvimos compitiendo sin compartir, robando y guerreando por coltanes o líquidos negros, inventando sofisticadas máquinas para comunicarnos a distancia y olvidando que ya teníamos la voz y la cercanía como herramienta eficiente para reconocernos.

Antes del 1177 a.C. el Mediterráneo era un club de imperios diversos y poderosos. El no va más de la civilización y la modernidad. Hititas, micénicos, asirios, cananeos y egipcios comerciaban, confraternizaban se enviaban regalos, esposas, estaño, oro… y entre ellos se comunicaban sin problemas gracias a barcos ligeros, marinos valientes y rutas seguras mientras hablaban acadio, el “inglés” de la época.
Las gentes de la edad de Bronce vivían el florecimiento de formas de civilización y progreso jamás vistos en la historia del hombre. Luego llegaron los llamados “Pueblos del mar” y el mundo entró en largas guerras feroces ruinosas y destructivas. El faraón Ramsés III luchó contra esos invasores y logró vencerlos pero el mundo ya no fue el mismo. Siguieron después otras invasiones, confusas revueltas, terremotos imprevistos, sequías y hambrunas bíblicas. Una época oscura borró aquel espejismo de progreso del que apenas queda nada, piedras desgastadas, alguna asombrosa espada de bronce, barcos hundidos llenos de ánforas rotas, tablillas de terracota en parajes asolados hoy también las guerras… Aquí hablamos de la cultura argánica, gentes más atrasadas, pueblos desconocidos que entraron a veces en contacto con perdidos viajeros greco-micénicos, poblaciones amuralladas en altozanos, enterramientos en grandes vasijas, unos pocos puñales y hachas de bronce… apenas sabemos nada. Cerca de aquí hay rastros de uno de esos poblados. En un abrigo hay pinturas rupestres no catalogadas pero el río sigue desgastando las rocas de granito y dejando respirar a los peces.

El infame exministro José Ignacio West comenzó a eliminar de los programas educativos todo lo "no aprovechable para el mercado laboral" La historia, o ahora la literatura, comienza a considerarse un adorno inútil. La estupidez no conoce límites. No hay saber que no sea valioso. Conocimos Troya y sus guerras por un largo poema. Dentro de otros tres mil años no quedará nada de nosotros. Los imperios arrogantes y las civilizaciones orgullosas no han durado nunca demasiado. La nuestra no será ninguna excepción. No nos dará tiempo a conquistar otros mundos. Pero la leve pluma que significa este instante es para el pescador un lugar bien precioso. Que el río siga estando vivo es una buena noticia. Le gustaría escuchar como se dice pez, caña o amanecer en acadio. Encontrar por aquí un anzuelo de bronce. Tener el privilegio de volver otro año más como lleva haciendo unos treinta. La historia también es todo esto, los breves días que respiramos, el placer de vivir, el sonido del agua en abril, el instinto del pez subiendo río arriba y superando el empeño de todos los imperios. 




NOTA: Para relativizar nuestro tiempo merece la pena leer este ensayo histórico del gran Eric H. Cline. Sin duda un saber inútil para las hordas de Wert


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