martes

ESCRIBIR



Ernest Hemingway tardó quince años en dar forma al cuento “el viejo y el mar”.

Antes había escrito la simplona y rosa novela “adiós a las armas”, la chorrada de “fiesta”, la llena de mala leche “tener o no tener”, la venenosa obra de teatro “la quinta columna” o la farragosa y estereotipada “por quién doblan las campanas”, además de muchos cuentos, la mayoría muy malos, apenas uno o dos buenos. De aquella panda prefiero la escritura de Dos Passos, Faulkner, Steinbeck o sobre todo a Scott Fitzgerald.  Pero “el viejo y el mar” es otra cosa. Ese cuento largo vale mucho más que toda la obra de Hemingway de antes y de después. Sólo un apasionado pescador además de un gran narrador podía escribir esa historia. Sólo un apasionado escritor además de buen pescador podría haber invertido quince años en dar forma a ese cuento tan sencillo y profundo, tan claro y potente cuyos únicos protagonistas son un pescador, un pez y el mar.

A todas las novelas de Hemingway les pesa el paso del tiempo, hoy a todas se les ven los cartones y las costuras salvo a “el viejo y el mar”. Le digo al mi hijo el pescador que merece la pena, una de estas tardes de vacaciones, coger el libro, una buena sombra, un gran vaso de granizada de limón y volver a leer.

Mejor si estás junto al mar.

Coda: Me gusta mucho el cuento “el gran río Two-Hearted”, son apenas nueve páginas minimalistas en las que el lector va rellenando con mucha facilidad todo lo que las palabras omiten. Si además el lector es un pescador entenderá mucho más lo que no está escrito y permanece escondido para los no pescadores.


RODABALLO


Al hermoso rodaballo tuve la fortuna de pescarlo esta mañana en una pequeña bahía metida en la rompiente. Imposible viajar sin una caña y no buscar un rato para lanzar el señuelo al agua. Las manzanas las he robado del huerto del vecino. Parece abandonado, tiene el murete caído y sobre las pierdas rotas y desmoronadas ha crecido ya el musgo. Tras pelar las reinetas saco con la mandolina unas hojitas casi transparentes. Del rodaballo he cortado los filetes con el cuchillo finlandés y he partido su carne traslúcida en tacos del tamaño de un bocado.

Siento que se ha perdido el placer de contemplar. Sin sentir el tiempo. Sin esperar nada. Contemplar este mar, la forma de pequeño caracol de un ombligo, la piel rugosa del rodaballo, la madera de abedul del mango de mi cuchillo, la resistencia tranquila de los viejos manzanos tras el muro. Envuelvo cada dado de pescado, tras salpicar de sal y de pimienta, con dos o tres lonchas de reineta que he mantenido en agua con zumo de limón para que no se oxiden. Sujeto los pequeños paquetes con un palillo y los horneo a fuego fuerte cinco minutos.

Me gusta mirar el Sauternes al trasluz cuando el día está a ratos cubierto y a ratos el sol rompe las nubes. Cerrar luego los ojos. Oler su perfume extraño. La boca recuerda. Tardo un poco en tragar. Descubro que en los dados de pescado está encerrado el mar y el otoño. El mordisco es consistente pero las fibras del pez se deshacen muy rápido. Casi me da pena limpiar con el vino ese sabor untuoso que han sabido guardar tan bien las hojas traslúcidas de la manzana. Vuelvo al vino. Bebo despacio. Está frío. El corazón de cada bocado de pescado sigue caliente.

El rodaballo me lo dio mi habilidad de pescador y el azar, las reinetas estaban allí para cogerlas. El vino fue un obsequio de amistad guardado muchos meses. No ha costado dinero este festín, pero su precio es alto. He tenido que pagar con muchos días. Siempre demasiados. Tal vez por eso aprecio mucho más cada sabor. Luego he vuelto al mar con la caña de mosca para lanzar sobre la espuma. Tal vez burlar una lubina. Tras hacer el nudo me quedo mucho rato mirando la rompiente. La tarde no se acaba. No tengo prisa. Me demoro en ponerme en pie y sacar línea. No quiero perder nunca el placer de contemplar.

jueves

HIPÉRBOLE



Se dice que los pescadores siempre exageran sus capturas, sus lances, sus éxitos, el tamaño del pez, su peso, la dificultad de la captura. A los ojos del pescador todo es grande, extraordinario, sorprendente.  Pero no porque quieran mentir o porque necesiten vivir en la hipérbole o porque quieran presumir de su habilidad o su suerte.

La razón de este asombro permanente, de considerar cada suceso que vive a pie de agua como algo extraordinario y de que los peces que toca siempre sean más grandes que lo que el peso digital o el sistema métrico marcan es que sus ojos no perdieron el brillo de la infancia, su mirada sigue siendo la mirada del niño que lo ve todo muy grande, enorme, inmenso…

Esa forma de mirar comienza a perderse al filo de la adolescencia, cuando el cuerpo crece y en paralelo va disminuyendo el tamaño de todo, de los héroes y las aventuras, de los sueños y los deseos, de los ríos, los viajes, los padres… Pero no en el pescador y no sabría explicar hoy porqué. Es cierto que para los pescadores también el mundo, las ciudades, las ideas, los logros y también los fracasos se van haciendo pequeños al hacernos adultos, pero no lo que vive en los río o la enorme belleza que envuelve a los torrentes, ni el tamaño y la fuerza de los peces que toca, ni la emoción de esta nueva picada. 

No sé porqué pero eso no lo perdemos. Miro el agua y los peces igual que cuando tenía doce años.


miércoles

ENCINA



Volvió al recodo del pantano. Entraba en él un pequeño arroyo emboscado entre espinos y zarzas. Había caminado mucho rato por la orilla envuelto en esa soledad tan real que da un horizonte de agua tan grande y quieto. En ese recodo se apostaban a comer los barbos más grandes. Había conducido varias horas cuando el sol aún no se había asomado para estar allí en las primeras horas de la mañana. Sacó la línea y ató el señuelo nervioso, con prisas, tenso, inquieto. De los primeros lances dependía el éxito o el fracaso de aquella nueva aventura. Nada le gustaba más que sentir esa primera carrera, imparable, del pez huyendo hacia el confín del fondo, el sonido del freno, la comba de la caña, los dedos tensando la línea con la presión justa.

Estaba ya a veinte metros, quince, doce. Pisaba con mucho cuidado las piedras menudas y sueltas de la orilla, de cuarzo puro, que a veces chirriaban como gorces oxidados de un castillo invisible. Había vuelto allí muchas veces, todos los años, muchos años. Tantas veces desarmado por el fracaso de la línea flácida y el terminal roto como dichoso por el éxito de un gran barbo entre los dedos. Vivir también era eso, el sabor prolongado de esa desolación, la breve dulzura del logro. Vivir era, sobre todo, estar allí, con la caña en las manos, nervioso, acechando, cuidando ese único lance positivo.

Ya de vuelta, el sol de Junio comenzaba a calentarle la espalda con fuerza. Recordó, con sorpresa, el tacto de unas piernas cierta mañana de Junio junto al mar. Luego recordó, sin saber porqué, la sonrisa de su padre jugando con él en la alfombra. Unas palabras leídas en un libro muy viejo de Sexton mientras caminaba sin norte por Nueva York. La sensación de libertad de una noche de fiesta, cerveza y amigos al filo de los veinte. La sorpresa del hijo el día en que tocó las escamas de su primer pez palpitante. El primer día que se acercó a este remoto recodo.  La memoria es extraña y poco gobernable.

Se sentó bajo una encina grande, enorme. La sombra era fresca y la brisa llegaba desde el agua rizando su espejo. La hierba rala, aún verde, cubría toda la dehesa. Aquel árbol debía de tener ciento cincuenta o doscientos años, tal vez mucho más. En otoño le gustaba coger bellotas de encina y de roble, hacerlas germinar y luego plantarlas, no por militancia ecológica sino por el asombro que le producía contemplar aquel milagro. Le gustaba imaginar como había cambiado el horizonte de aquellos grandes árboles a lo largo de los años y la historia nimia de los hombres corriendo rápida junto a ellos. Como la de él hoy. 

Mañana salía su libro de papel, fabricado con los músculos de los árboles. No escribía por militancia creativa sino por el asombro que le producía contemplar aquel milagro de alejarse de todas esas palabras, de pronto ajenas, distintas. Le gustaba imaginar de nuevo, como si fuera un lector extraño a cada relato, lo que no estaba escrito y sin embargo podía imaginarse en la sombra del fin de cada historia. Como la de él hoy.



DOBLETE



Pintura rupestre. Cueva de las Piletas
El tiempo se detiene. Es una certeza que el sol se ha parado justo antes de esconderse esa tarde. La enorme cascada de la poza los silencia y el agua es profunda, fría y más transparente que nunca. Ha subido una trucha a su ninfa y no ha caído en la trampa, pero un instante después otra trucha más grande que acechaba detrás de un gran bolo de granito sumergido ha mordido el señuelo de N. Fue en ese instante justo cuando el sol se detuvo a mirar esa pequeña aventura que pasaba en el agua de aquella garganta remota llena de agua de nieve. La trucha se resiste, nada al fondo, pelea duro, al pasar por donde tocó la primera, aparece de no se sabe dónde y se clava en la otra ninfa. Doblete. Disfruta uno de los pescadores del raro espectáculo mientras el otro sufre la tensión de la sorpresa, el riesgo de romper el hilo, el milagro de encestar uno tras otro pez en la sacadera. Y mientras el pescador espectador saborea ese pozo de tiempo otra trucha se clava en su caña. Y luego dos más que se escapan. Nunca truchas grandes pero si peleonas, con músculos entrenados en torrentes perpetuos.

Después el sol ha vuelto a su camino, ajeno de nuevo a los lances diminutos y extraños de los hombres. Pero los dos pescadores han sentido lo mismo, esa quietud total, esa gracia en el aire de la tarde, la alegría infantil del raro lance terminado con éxito, la luz especial que ha convertido la poza en un lugar que se va a grabar a fuego en sus memoria por muchos años.

Han sido tres días de pescar de sol a sol en lugares distintos, difíciles, broncos y al final ha quedado ese doblete de truchas como un remate perfecto. En otro tiempo los pescadores hubieran grabado en la cueva la silueta de los peces con azogue y con grasa para luego rememorar muchas veces aquel instante del sol detenido. Y eso hago de alguna forma aquí con palabras.


LESTRIGONES Y CÍCLOPES


(Fotografía de Francesc Luque) 
Muchos días pescando solo, sin la compañía de mi hijo el pescador. Él va creciendo metido en el vértigo de su vida, sus preocupaciones, sus descubrimientos, sus estudios, con poco tiempo ahora para bajar sin prisas al río. Y a uno le gustan sus dudas y sus inquietudes, pero sobre todo que esté sano y pueda descubrir y aprender las herramientas y habilidades que le harán un tipo independiente, prudente y feliz algunas pocas veces. Lo demás es siempre secundario. El camino que tiene es largo, lleno de lestrigones y cíclopes, como diría Kavafis.

Hay muchas cosas que parecen muy importantes y luego importan casi nada. La difícil y sutil lucha entre el ser y el tener o entre el ser y el parecer, tan socrático y ahora puesto de moda para analizar nuestro mundo desarrollado por el filósofo Byung-Chul Han. Tener todo lo que puede necesitar un pescador, parecer en el río un verdadero y experto pescador. O serlo, muchas veces no teniendo el mejor equipo o la mejor estampa o poca suerte. Pasa en el río y en la ciudad.

Los hijos pescadores se siente muchas veces perdidos en su vida, no saben ni hacia dónde, ni porqué, comienzan a ver o sufrir los azares y pequeñas injusticias, a atisbar las ortigas y los resbalones en el agua que implica caminar, arriesgarse, esforzarse por un logro muchas veces escurridizo, invisible y sin gracia. A ti te queda entonces mostrarle que tu también te mojaste, te caiste, te arañaste con zarzas y ortigas, y que todo eso es parte de vivir al igual que las pocas veces que tocas un gran pez o una pequeña alegría. Poco más puedes hacer salvo echarle de menos a pie de río o recitarle ese verso que te gusta del viejo Konstantino.

Pero no te gusta utilizar la manida metáfora del río para hablar de los azares de crecer y aprender a vivir. Pescar es sólo pescar y en el agua sólo puedes “ser” pescador, “tener” o “parecer” no sirven de mucho, de nada. Y sólo se puede ser pescador si pones en ello pasión, ganas, energía, esfuerzo, inteligencia sin que nadie te lo pague o te lo pida o te lo admire. Eso si, como diría Kavafis, desea o busca o: “Pide que el camino sea largo. Que muchas sean las mañanas de verano  en que llegues -¡con qué placer y alegría!- a ríos nunca vistos antes”. 

lunes

SELVA



Hoy hemos pescado en el “coto selvático”. Nos ha faltado en el equipo el machete afilado para ir abriendo hueco. La verdad es que este bosque de ribera es muy parecido a los que envuelven los igarapés del Amazonas con el único alivio de que aquí hay pocos bichos que piquen y en lugar de calor humedísimo nos envuelve el frescor de la mañana. Tampoco aquí hay rayas venenosas ni pirañitas, sólo truchas salvajes. Pero tenemos lianas de zarzas secas y verdes, cicutas de dos metros, ortigas por todas partes, ramajos y áboles caídos sobre el agua aquí y allá y huecos ocultos por la maleza donde meter el pie y besar el suelo. Sin embargo no encanta el lugar. Aprendimos a pescar truchas aquí, a besar el suelo y probar que se siente cuando se te mete en las botas su agua helada. Vinimos muchas veces de niños y de adolescentes en un tiempo que hoy nos parece, con asombro, muy remoto.

Tocamos muchas truchas, yo acaricié alguna ortiga y V. se cayó un par de veces sin llegar otra cosa al agua que la risa. La mañana era fresca y no nos tocó el sol porque el bosque se hace aquí una  bóveda impenetrable sobre el agua. Los peces son oscuros, preciosos, rabiosos, están fuertes y son glotones,  entran en el fondo a unas ninfas grandes que no atarías en ningún otro sitio. Pescar aquí a seca es solo para artistas virtuosos o masoquistas recalcitrantes.

Luego hicimos a media mañana el sagrado descanso de las cervezas, los callos, el cochinillo frito con patatas y un puñado de riquísimas cerezas de descarte por estar demasiado en sazón que nos regaló la mesonera. Nos acordamos mucho, claro, de los que ya no pescan con nosotros. Ellos nos enseñaron a disfrutar este lugar difícil y secreto. Creo que es lo más dificil de casi todo, aprender a disfrutar los pequeños placeres de la vida que al final se convierten en grandes.

Sólo puse la seca en una tablita. Tal vez fue amor a primera vista o sólo el azar que se posase aquí el amigo. Hizo en mi caña su parada de descanso esta mañana fresca cuando aún el sol no había calentado su cuerpo. Luego salió volando, moviendo las alas con una lentitud inverosímil, parecía que se paraba flotando, así me sentí yo, también. 


miércoles

"F" de .........



Los sociólogos nos hemos pasado muchos años palabreando los límites y distinciones entre naturaleza y cultura, sociedad y biología, historia y memoria, libertad y ley, ciencia y religión, ideología y técnica, cuerpo y alma, ahora mente, cerebro, redes neuronales… Nos gusta la numerería y la palabrería para defender esto y lo otro, no podemos estarnos quietos o callados. Tal vez por eso el pescador vuelve una y otra vez al río para comprobar que los límites son muchas veces fábula, retórica o ruido.

El pescador no quiere caer aquí en la sosa placidez de Thoreau, ni en la diarreica simplicidad de Paulo Coelho, ni en la brillante bilis de Cioran, ni en la aburrida sensatez de Chomsky. Quisiera dejar a un lado las palabras, o lo que las palabras tienen de artificio y volver, gracias a ellas, a ese instante en el que el barbo se acerca a la mosquita negra, la absorbe, se da la vuelta y se pone a correr corriente arriba y él detrás, también corriendo, en plan cien metros lisos, pero con pedruscos, malezas, cicutas florecidas y zarzas amenizando los saltos. Luego sonríe, no hay nadie, sólo él y el pez. Saca la compacta, programa el disparo automático. En la foto no se ve nada, claro. Pero el pescador descubre muchas cosas cuando hoy la mira. La luz que nació en el sol a ciento cincuenta millones de kilómetros entre miles de explosiones termonucleares le acarica la nuca, el agua que llegó hasta allí en meteoritos de hielo ahora la respira el barbo y refresca sus pies. Pero aquí no ve eso. Sólo ve una palabra escrita de otra forma, en forma de silueta que funde hombre y pez. Pero no quiere escribirla. 

viernes

LÍRICA



Cuántas veces escuchaste este diálogo de mala película doblada. En cuántos lugares. De cuántos labios.

- ¿Te vas?
- Si, me voy a pescar.
- ¿A estas horas? No sé qué misterio tiene para tí eso de la pesca.
- Yo tampoco. Nos vemos.
- ...(mohín de disgusto)


No hay nada peor que cotillear en el face las fotos de los amigos remotos, de los amores lejanos y llevarte el bofetón de la natural decadencia, las calvas, las canas, las ojeras permanentes, las gorduras, la belleza perdida que ya no encuentras y casi no recuerdas, tampoco en tí mismo. Resacoso, me bajo de la cama, caigo por el suelo y me voy arrastrando a cuatro patas hasta el baño. Lleno la bañera con el agua a punto de ebullición, echo una bomba de fresa, un chorrón de aceite de menta y me meto dentro a ver si se me disuelve el engrudo mental, las telarañas que me han crecido bajo los ojos y la tristeza inmensa de la mañana. Suena en el Spoti la voz de Germán: el azul del mar inunda mis ojos,/ el aroma de las flores me envuelve,/ contra las rocas se estrellan mis enojos/ y así toda esperanza me devuelve. / Malos tiempos para la lírica. Casi todos los amigos adolescentes que pescaban entonces, que compartían conmigo madrugones y ríos, ya no pescan.

Mientras todo se va deshaciendo menos esta resacosa tristeza, recuerdo como si fuera ayer esta música sonando por primera vez y tu desperezándote a las once de la mañana y alargando la mano para buscar un cigarrillo que te quite el sabor amargo de una noche de excesos. Entonces todos fumabais menos yo, pero me gustaba, que cosas, el sabor a tabaco en tu boca de fresa.  Trasteaba en tu cocina con la cafetera vieja, exprimía el zumo de dos kilos de mandarinas e intentaba resucitar las sobras de bacalao al pil pil que te había guisado antes de ayer, el día que nos habíamos conocido en el sentido bíblico, por primera vez, tras haber compartido algunas noches de licores y achuchones en el Elígeme. Desayunamos el pilpil reconstruido, el café bien cargado y los dos grandes vasos de zumo de mandarina y descubrimos que aquel era el mejor desayuno contra cualquier resaca. Te estaba explicando despacio los pasos tan sencillos que tiene hacer emulsionar la gelatina del bacalao con el aceite templado cuando comenzaste a tararear “malos tiempos” y a reírte y a besarme los labios brillantes de aceite y ajos fritos.

No entendías que renegase del pueblo y que, sin embargo, muchos sábados y no pocos domingos volviera a sus ríos tras las truchas. Había huido del pueblo, mi hogar era Madrid, el Elígeme, la Vía Láctea, el Barbieri, el Avión, el Comercial, la Princesita, el Casapueblo, la calle, pero volvía a la montaña, a sus torrentes con los ojos brillantes a pesar de las resacas y las sirenas urbanas... En aquel tiempo la noche se adobaba con cubatas de todos los colores, sobre todo de güisqui y de ron, acompañados con la pastosa cocacola y otras melazas infames. La movida y postmovida imponía además otros excesos venenosos, polvitos blancos, elixires cáusticos, gotitas para soñar y santamarías de todos los orígenes.  Eran tiempos de excesos, de perseguir sin interrupción lo sublime, de creer que en la noche boca arriba todo era posible. Los cubatas, los polvos, las pastillas, el humo radioactivo… llevaban a descubrir extrañas compañeras de cama cuando el sol del domingo rozada el medio día. Supongo que yo era entonces “el raro”, aunque no llevas el pelo teñido de azul,  por ser capaz de hacerme doscientos o trescientos kilómetros de ruta para acabar en un río con una caña en la mano. Nunca explicaba gran cosa. Tan sólo decía: “me voy a pescar, nos vemos”. Y Madrid quedaba muy lejos, en un limbo irreal y remoto.

Luego pasó el tiempo, los años, el derrumbe de todo, el éxito hoy de las ginebras celestes y las vodkas patateras, la desaparición tal vez de los mejores. Los que se intoxicaron tantos años con zumo de neón y de garrafa, con los cubatas metílicos y los polvos siniestros ya no bebían otra cosa que buenos Riberas bendecidos en guías escritas por estrellas de cine, dipsómanos ilustres, sibaritas pijos o glotones castizos. Ayer te ví llegar. El bar de entonces ya no se llamaba como aquella película de Alan Rudolph. Nos saludamos de nuevo ante la barra, pedimos vino tinto como en los viejos tiempos, nos contamos la vida en cuatro frases con la certeza de que sobraban casi tres y luego nos fuimos cada cual a su historia y a su vida. Hace poco murió Germán. Qué casualidad. Hoy también desayuno zumo de mandarina y pil pil recalentado antes de bajar al río. Tu te casaste, hace ya muchos años, con alguien de buen parecer, con trabajo de bancario bien retribuido, no pescador, por supuesto.  Yo sigo en Madrid y sigo tras los peces, en dos mundos bien distintos que no he dejado de amar. Hoy preparo los bártulos y los mapas para cabalgar como entonces durante doscientos kilómetros y tocar el agua. Tal vez no he crecido, no he salido de esos versos de Coppini, de mis ríos, de mi gusto por desayunar café solo y cenas recalentadas contra los malos tiempos para la lírica.


martes

OCIO


Acuarela de Jason Bordash

Es una aspiración de millones: tener tiempo de ocio para gastar, para consumir, para simular por unas horas o unos pocos días que somos unos rentistas desocupados, unos deportistas guapos y a la moda, unos intrépidos exploradores de documental televisivo, unos viajeros en busca de lo más prístino y auténtico de lugares remotos y bien acondicionados para el turista.

El negocio del ocio es enorme. En el caso de España es un sector productivo que nos sacó de la autarquía franquista y nos permitió acercarnos a la Europa más desarrollada. Sol, fiesta y precios baratos. Animados por el éxito alicatamos sin ton ni son las playas y los paisajes más bellos, llegó la burbuja ladrillil, las paellas de plástico, los menús turísticos con derecho a litro de sangría y el enorme etcétera de desastres que sobra comentar aquí. Hoy el ocio sigue siendo importante para la economía española y dentro de ese ocio se sigue entendiendo como necesaria la urbanización de lo salvaje.

Los pescadores a mosca no somos millones y desconozco si gastamos más o menos que el golfista sesentón, la adicta al sol y playa o el devorador de paellas radioactivas y pinchos de cocina tecnoemocional. Derrochamos nuestro tiempo de ocio persiguiendo peces en lugares limpios y salvajes, huimos de muchedumbres y hordas turistícolas, aunque nosotros mismos seamos también, de una forma peculiar, raros turistas, viajeros y exploradores.

Hoy, además de las ruinas ilustres, las ciudades antiguas, los museos de renombre, las playas chiringuitadas y los melindres autóctonos, tira del turista la naturaleza, sus paisajes, parajes, rutas, montañas, bosques, ríos, fauna... Llega al río el dominguero de siempre, pero también el urbanícola, el ciclista, el fotógrafo, el excursionista o el curioso disfrazado en Decathlon que quiere asomarse a lo salvaje que ha visto tantas veces en la televisión. Ya no estamos solos.

No es por elitismo ni por exclusivismo, pero el pescador sigue buscando rios sin nadie. Gusta de saborear una forma de ocio que no requiere comodidad alguna, ni interacción con nadie, ni asfalto facilitador o sendas señalizadas. Le basta la “soledad sonora”, una caña de pescar y un gran bocadillo de tiempo. No por huir de la gente o aborrecer a los semejantes sino porque el pescador quisiera desaparecer en el paisaje, ser parte del río, salir de esa burbuja indigesta del ocio masivo, olvidarse que es “demasiado humano”.

Siente por tanto que no pesca “por ocio”, ni para gastar su “tiempo libre” o “entretenerse” de los muchos días de tedio laboral. Tal vez suene presuntuoso escribir que baja a los ríos porque estos son su “camino de conocimiento”, el lugar donde entiende “los secretos de vivir” y descubre las respuestas de las “preguntas míticas”. Pero como escribir esto le suena en verdad grandilocuente y vacuo, prefiere decir que pesca sólo porque le gusta y porque es libre para malgastar su vida en lo que quiera. Somos soberanos de una parte de nuestro tiempo, un tiempo de libertad para gastar al lado del agua sin otro fin que tocar un pez, sin otro sentido que pisar el fondo del río, sin otro fundamento que jugar con una seda y posar un diminuto señuelo a flor de agua. 

"selfie" con la cámara apoyada en la hierba...

PERDIDO




Llega agotado a esa última poza. Ha sido una tarde de trepar peñas arriba hasta no muy lejos de los primeros neveros. Ha pasado por paredones de arena compactada y rocas redondeadas que se depositaron allí en las últimas grandes glaciaciones, cuando los deshielos de las inmensas lenguas de los glaciares llenaban ese valle de agua hasta un nivel que apenas puede imaginar el pescador. Junto a esa prueba de un tiempo que se mide en milenios salían esa tarde miles de efémeras y tricópteros que danzaban en el aire o se posaban en la parte seca de las piedras. Tal vez por eso no entraban las truchas. Estarían ahítas de comer ese maná repentino, abundantísimo, que les regalaba la lluvia y la primavera un día más.

Estaba exhausto. Tuvo que sentarse junto a un gran roble que había crecido justo en el borde de la ribera, asomando parte de sus raíces al abismo e hincado la otra parte en la tierra más firme. Sintió entonces ese raro placer, esa extraña plenitud del cansancio, ese privilegio de poder hacer eso, caminar, trepar, pescar, mantener el equilibrio a cada paso, estar allí, vivo.

Al día iguiente bajó a otra garganta más suave. El agua había cortado las laderas de pizarra casi cuchillo pero caminar junto al agua era fácil. Pisaba junquillos, cicutas, pequeñas lascas que hacían un ruido metálico a su paso. Lanzaba una lombricilla de cheline anaranjado y el barbo entraba franco, peleaba luego con furia, revolviéndose, corriendo río arriba, saltando a veces fuera del agua al estar en una zona somera. Bajó hasta la desembocadura y sorprendió a cuatro nutrias glotoneando los fáciles alburnos. Le ladró luego un corzo de buen porte que subió ladera arriba sin prisa.  Hacía calor y el sol espejeaban con fuerza en el agua cuando salía entre las nubes.

Sintió el cansancio de ayer y se sentó un momento en un escalón de pizarra muy roja. Las jaras estaban llenas de flores y de abejas. Tomó un puñado de cantueso para olerlo. No había para él otro perfume. Sintió entonces ese aprensible placer, esa cierta felicidad de tener en las manos un tiempo sólo suyo, ese privilegio de poder hacer eso, caminar, trepar, pescar, oler, ver, estar allí, vivo.

Sabía que todo aquello era escaso. Que el agua y él mismo eran frágiles. Pensó entonces que le hubiera gustado saber todo eso mucho antes. Tal vez hace muchos años ya lo pensaba pero no lo había traducido a palabras. Quizá desde niño, atraído por los ríos y los peces sin saber porqué, ya intuía que allí había certezas muy valiosas. A veces le preguntaban porque prefería los peces a la gente, porque bajaba a esos ríos solitarios en lugar de pasar el domingo envuelto en la euforia de los bares y las conversaciones. Qué encontraba allí perdido que no encontraba en la ciudad.

Un barbo muy grande subió corriente arriba por la orilla contraria, no hizo caso al señuelo. Sentía el agua fría en los pies. Se agachó, se quitó la gorra y se mojó con ganas la cabeza. Aún faltaban algunas horas para que el sol tocara el filo del monte. Sacó el bocadillo y dobló el envoltorio de papel encerado. Masticó el cabrales con rúcola y pasas. Se dejó llevar por el sabor picante del queso que se confundía con la dulzura de las uvas y el fresco crujir de la verdura. Sólo estar allí, en lugar perdido o en el centro del mundo.


viernes

OJOS


Andrew Thompson


Los peces llevan en la tierra más de 400 millones de años. Los salmónidos casi 100 millones. Nosotros, los sapiens, algunos menos. Tal vez por eso me maravillan las formas, los colores y los ojos de los peces, porque contemplo a un ser ancestral y antiquísimo que sigue nadando, que no ha cambiado mucho. Un animal que es además un remoto pariente nuestro dentro de la azarosa genealogía de los seres vivos.

Para otros peces la visión se ha convertido en un sentido secundario, pero para las truchas los ojos siguen siendo, al igual que para nosotros, la ventana principal para entender el mundo. Compartimos con ellas eso, la mirada "comprensiva". Por eso los pescadores de truchas estamos locos de atar, podemos estar horas, días, años buscando el color preciso para fabricar el cuerpo de una mosca o la iridisación exótica de una ninfa entre los millones de colores que detectan nuestros ojos. Que se lo digan si no al señor Gütermann y todos los acólitos de su secta.

Tal vez por eso me gusta tanto desde niño bucear en el mar o en los ríos de aguas transparentes, para jugar y sentirme de alguna forma pez, para mirar el agua desde el universo que ellos habitan. O porque una vez nosotros también flotamos ingrávidos en el agua templada. O porque nuestro cuerpo es casi todo de agua. O porque nuestros remotísimos antepasados eran también peces. No lo sé.

Cuando fabrico una mosca nueva la coloco en la película de agua de un recipiente lleno que tiene el fondo bien pulido. Intento mirar, ver como es ese señuelo desde abajo, desde el fondo del río y siempre parece muy distinto. Ya sé que no es lo mismo, ni las truchas ven o miran como lo hacen nuestros ojos, pero al mirar así la mosca tocando ese cielo de plata atisbo a entender que a veces no sirve mirar con ojos humanos las cosas, los ríos, el sentido de todo.

Andrew Thompson

miércoles

BIGOTUDO y 3


Ha hecho novillos un día laborable. Ha madrugado mucho así que el amanecer le sorprende a pie de río.  Saca el termo de café de la mochila y los emparedados de jamón con tomate y queso de cabra con miel. Sentado sobre una piedra de la orilla desayuna con hambre y sin prisas. El río fluye por allí ya muy lento, cansado de tanto estrépito y tanta cascada superada. Le sabe rico el café con leche condensada, el mordisco espeso de los bocados de queso, el paladar salado y graso del ibérico. Saca luego la botella de agua helada y da un trago largo hasta que casi le duele la garganta. Contempla los olivos salvajes aún con olivas, los almendros montaraces con las almendras verdes ya engordando, las primeras efémeras plateadas volando muy despacio a un metro por encima del agua. Duda de si existirá otro mundo a parte de este fuera del estrecho cañón por el que fluye el último kilómetro de río, si fuera de allí será posible entender que las horas se han deshecho convertidas en una transparencia fluída que se escurre sobre el lecho de pizarras azuladas y rojizas. Los grandes barbos ya se pasean buscando qué desayunar y él se demora haciendo un nudo Orvis al ojal del anzuelo en el que montó un saltamontes de floan, plumas blancas de pato y pelos de ciervo americano. Convierte un nudo simple en un ocho, pasa luego el sedal por la primera panza del ocho y luego dos veces por la segunda, ensaliva el nudo y tira con cuidado del cabo hasta cerrarle bien. Es un maniático de los nudos, tira con fuerza del hilo, con más fuerza de lo que debería aguantar el sedal y cuando a veces se rompe siente que lo hizo mal, fallar en el nudo desencadena una tragedia y una amargura que luego tarda muchas horas en desaparecer de la boca. Saca unos metros de línea y deja caer el saltamontes de patitas de goma cerca del hueco oscuro que hace una gran pizarra sumergida casi en la otra orilla. Siente que no puede traducir a palabras ni a onomatopeyas el plof, el chof, el ploc, el bobk que hace el señuelo al chocar con el agua y que es tan irresistible para los grandes bigotudos que suben directos a aspirar ese insecto algo raro que acaba de saltar desde las hierbas y ha caído como un estúpido al agua de la pequeña garganta de D.

El primero que sube a comer es un barbo enorme. El pulso apenas ha durado tres segundos. No le parece que haya clavado demasiado, no siente que el freno estuviera muy duro pero el saltamontes se ha soltado con una facilidad extraña de los labios del pez. Lo comprende todo cuando ve la curva del anzuelo abierta: fallo de principiante por haber montado algunos saltamontes en aceros demasiado finos y flexibles. Insulta al aire. Corta el hilo con rabia y ata uno nuevo montado en un anzuelo grueso y de buena forja. Se consuela descubriendo, comprobando por enésima vez, que sólo aprendemos de verdad de los fracasos, de esos fracasos rotundos e insolubles que tiene el pescador en los que lo perdemos casi todo, el orgullo, la paciencia, la furia, la poca experiencia y sabiduría que nos hacíamos la ilusión de poseer.

Presencia la claridad con la que ha desaparecido el tiempo humano y la facilidad con la que ha llenado todo el tiempo astral, el que marca un sol filtrado entre los nubarrones grises, la brisa que ha veces se levanta y riza el agua a menos de tres metros de donde se encuentra él. Pero no allí en el recodo, como si un invisible muro protegiera sus deseos.

Debe ser por la tarde cuando siente el cansancio, la punzada del hambre, la sed. Hace una mala autofoto con el disparo retardado. Se sienta en un pizarrón horizontal que parece el escalón fabricado por un gigante antiguo para salir del agua con sólo un paso. Saca el bocadillo de tortilla de espárragos con un punto de alioli manchando el pan y la lata de cerveza helada que metió en el pequeño termo de gomaespuma. Un saltamontes de verdad se posa en su pierna, limpia sus antenas y salta luego al agua con idéntico plof, chof, ploc o bobk al que hace el falso. No tarda un buen barbo curioso en acercarse, sorber el aperitivo y volver con parsimonia a la penumbra. El pescador piensa que además del tamaño, la flotabilidad, los brillos, el color, la movilidad de los señuelos que fabrica, y el temple del anzuelo, debe de tener de ahora en adelante muy en cuenta el "factor sonoro", el ruido que hace el bicho al caer al agua, una música precisa que, por más que lo intente aquí, no puede traducir hoy con palabras.


lunes

BIGOTUDO 2



En esta mañana de abril y soledad el río se desdobla en meandros, islotes, pequeñas lagunas comunicadas con la corriente principal por estrechos caminos de agua. El fondo es arenoso y el pescador se hunde a cada paso. Pescar allí tiene mucho de rececho, de acercamiento lentísimo y sigiloso porque los bigotudos recelan a muchos metros del abaniqueo de la caña o de las pisadas que deben de hacer mucho estrépito a pesar de ese colchón de arena, o quizá por eso.

Poco a poco los ojos aprenden a mirar y donde no hay nada comienza a ver los contornos de un pez o el reborde más claro de una boca aspirando algo del fondo o la sorpresa de una aleta que sale un segundo del agua para volver al desaparecer al instante. El pescador fabricó ayer varios sanjuanes y algunos saltamontes de floan bien peludos y hoy le toca mojarlos, caminar a paso garza y mirar bajo el brillo del agua con ojos de cazador. En medio de la corriente, con los pies muy hundidos en la arena, respirando el silencio y el sol sobre las jaras, va aprendiendo a lanzar de nuevo la gruesa línea del siete con suavidad suficiente. Allí no piensa en casi nada ageno al agua, sólo en la prudencia, astucia y reticencia de los bigotudos que algunas veces huyen del señuelo, otras se acercan a él con exasperante recelo y las menos toman la lombriz de cheline o el saltamontes de espuma como si fueran la mejor golosina.

Recuerda entonces las palabras de Conrad Lorenz sobre los tópicos y las creencias equivocadas de los hombres sobre los otros animales. Es un párrafo que ha vuelto a leer con sorpresa en un libro de poemas de Luisa Castro: “La zorra no es más astuta que otras fieras y es mucho más estúpida que el lobo o el perro. La paloma no es tan pacífica como se pregona. Y, respecto a los peces, la sabiduría popular sólo divulga mentiras. No son de «sangre tan fría» como se dice, ni viven tan felices y despreocupados como haría suponer la expresión «como pez en el agua». (…) Y, contrariamente a la creencia popular respecto a la falta de ardor de los peces, ningún otro animal prodiga tanto los besos como algunas de sus especies. Conozco bien a muchas castas de animales y su comportamiento en las situaciones más íntimas de su vida me es familiar, en los éxtasis salvajes de la lucha y del amor; pero no conozco animal alguno –exceptuando los canarios silvestres– que superen en ardor y temperamento a un macho encelado de espinoso, a un combatiente siamés o a uno de los cíclidos que cuidan de su prole. Ningún otro animal queda más transfigurado por el amor, ninguno queda tan encendido por la pasión como un espinoso o un combatiente”.

Es dificil comprender el comportamiento de los barbos, imposible meterse en sus diminutos cerebros regidos por los instintos, las hormonas, los ciclos milenarios del clima y las estaciones. El pescador se ha pasado veinte largos minutos paseando por delante de los morros de un gran pez que ociqueaba con fruición el fondo todo su repertorio de señuelos sin que hiciera el menor caso a ninguno. En cambio luego ha lanzado el sanjuan más de dos metros delante de otro y el bigotudo se ha lanzado como un rayo a por él sin dudarlo.

Es verdad que los poetas se acuerdan bien poco de los peces. Por eso le ha gustado y sorprendido que Luisa Castro haya recuperado ese texto de Lorenz que defiende la pasión amorosa de los peces.  

El pescador no ha recorrido más de cien metros de orilla en tres horas y ha logrado tocar a cuatro hermosos bigotudos que utilizaron la corriente para entablar buena lucha. La belleza del río, del pez, de la mañana, de todos esos instantes no es más que una construcción cultural imaginaria, un juego químico y eléctrico en el cerebro grande de un homo sapiens cualquiera. También las galaxias más remotas y las palabras de aquí más cercanas. Ahí está la maravilla, que el río fluya fuera de tí, y también dentro.