jueves

FRAGATE


Alejarse. Dejar detrás. Respirar despacio. Abandonar el reloj. Apagar el móvil. Sales de la cama bien temprano. Llevas lo mínimo. La caña y una caja de moscas en el bolsillo del vader, la sacadera, un cortahílos. Ya es casi verano. Has comenzado metiendo una ninfa en el hueco hondo donde este año clavaste la grande pero luego has atado una pequeña barón y una vistosa mosca de cuerpo rojo en pelo de ciervo recortado y alas de pla.

Piensas en Mae sólo por un segundo. Luego en la nueva búsqueda que te propone Ana para que te olvides de ese vacío, de tanto dolor. Leíste ayer en el AVE de vuelta de Sevilla el e-mail y te parece cosa de locos, de best-seller tópico, de ciencia-ficción barata. Pero desde lo de Virgilio Leret y las cartas de amor de Teresa de Ávila ya sabes que la realidad siempre supera la ficción. De nuevo el deseo de grandeza y de demencia del franquismo asombrándote. Ese proyecto de contratar científicos alemanes en el cincuenta y uno para fabricar una bomba atómica. En los documentos de Ana hay nombres, referencias de compras de chismes sofisticados que no tienes ni idea de lo que son, centrifugadoras especiales, lingotes de plomo, trituradoras micrométricas, planos de una pequeña factoría para enriquecer uranio y hasta un búnker, un silo construido cerca de un pequeño pueblo de Cádiz. A Mae le hubiera gustado este lío. Ana te manda un pdf con un plano dibujado a mano que te parece el mapa del tesoro de los piratas de Stevenson. Incluso está marcado con una pequeña cruz negra el lugar donde enterraron el cofre, en este caso el silo donde iba a esconderse el petardo nuclear. Luego lees cartas diplomáticas, un dossier confidencial del Departamento de Estado Norteamericano donde se insinúa que Franco presionaba nada menos que a Eisenhower en el cincuenta y siete, recién nombrado presidente por segunda vez. 

Pero lo que te asombra de verdad es esa borrosa fotografía que no te acabas de creer en la que sí puede distinguirse al hijo de puta del dictador junto a varios tipos con batas blancas y detrás de ellos lo que a todas luces tiene toda la pinta de un pepino nuclear, verdadero o falso, hueco y decorativo o lleno de uranio venenoso. Quién sabe. Sigues pescando río arriba. Luego está la otra investigación, tu otra búsqueda, la del maldito manuscrito de Astorga vendido por la nieta de Franco a algún coleccionista inglés. Más deberes para el verano. Le has contestado a Ana esta mañana, antes de bajar el río, que sí, que comenzarás esa tarea en tus vacaciones. Que buscarás esa cruz negra del mapa. No le cuentas que también estás ya cerca del manuscrito, que en Berlín hay un tipo que sabe quién lo tuvo entre sus manos hace bien pocos años, antes de venderlo de nuevo y que dentro de dos días habéis quedado en encontraros en Schönhauser Alle dentro una pequeña taberna de una calle vieja del antiguo Berlín Este. Todo muy Le Carré, piensas. Has lanzado las moscas justo a las ramas sumergidas de los sauces de la orilla de enfrente y nada más caer has visto la cabeza saliendo con parsimonia. Clavas. La caña se dobla. La trucha vuelve a su guarida de maleza. Durante varios segundos aún la sientes antes ver salir la seda floja, el hilo sin las moscas. Te sientas con los pies en el agua y atas un nuevo metro de tipet, una nueva mosca. No sientes mucha furia, ninguna. Una bomba atómica olvidada, un viejo manuscrito precioso. Vuelves a acordarte de Mae, de aquel viaje en el Fragate rumbo al norte.

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