domingo

AGUA II


Por fin el agua, como una primavera atrasada, diluvio tras diluvio empapando el mundo, haciendo crecer los ríos que pueden limpiar por fin sus fondos y riberas.

Se lo cuento al hijo pescador por teléfono con alegría porque a ese río le debo muchas truchas y mucha felicidad. Me sé cada rincón y cada piedra aunque hace ya muchos años que no pesco en sus riberas salvajes de robles selváticos y cicutas arborescentes. Era, es, una garganta bellísima, muy variada y cambiante. Entonces no tenía coche y me tocaba caminar de noche seis kilómetros con las botas altas puestas, en una oscuridad casi completa, hasta llegar a la primera cascada, aguardar el amanecer y comenzar a pescar ya todo el día. No se si puede imaginar el hijo pescador esa sensación, esa emoción intensa durante el largo camino, rodeado de jaras altas y sombras, pero sin miedo a los mastines que me ladraban cerca ni a los fantasmas que aún se presienten en la adolescencia. Recuerdo algunas veces a una trucha enorme que se soltó del señuelo a mi pies y dio un salto en al agua de más de un metro antes de desaparecer ¿hacia el fondo? ¿hacía el cielo? a veces dudo.


Hay quienes piensan que los ríos son sumideros o canales de riego, un recurso inerte, un cauce sin mayor importancia. Esa arrogancia, esa estulticia, esa inconsciencia de tantos. Una vez pregunté: ¿qué es la vida?... y el Nobel contestó: “agua”. Dentro de miles de años no quedará de nosotros ni ruinas ni memoria y el río seguirá ahí.


sábado

2018


Paseo por la orilla despacio. Sopla por fin un viento helado. Grandes bandos de grullas bajan a descansar en la llanura que aún no ha cubierto el agua del embalse. Recojo del suelo un trozo de roca oscura que se ha desprendido de un risco de pizarra. Se trata de un fósil de trilobites del Ordovítico. En otro tiempo esto era un mar y aún no existían los peces que hoy he venido a pescar.
La llamaron explosión Cámbrica porque en una decena de millones de años el mundo se pobló de vida de una forma tan rápida y exuberante como nunca ha ocurrido. Pero hace unos 450 millones todos los extraños seres vivos que habitaban el mar y más de cien familias biológicas se extinguieron. El ochenta por ciento de toda la fauna de la tierra se hizo nada. Esa vez no fue un enorme meteorito o volcanes gigantescos opacando los cielos. Quizá fue por la radiación gamma de una enorme supernova que reventó en la galaxia o una repentina glaciación que congeló el agua, aún no se sabe con certeza. Pero desaparecieron del mar los grandes depredadores como los escorpiones marinos gigantes que podían pesar más de cien kilos y muchos otros animales que hoy nos parecen fantásticos, como de otro planeta, dejando nuevos huecos biológicos que ocuparon los primeros peces y luego los anfibios y luego los reptiles y luego los mamíferos y luego...
Mis pasos suenan demasiado en los guijarros de la orilla y los barbos huyen mucho antes de poder acercarme a lanzar el escarabajo de plumas que tengo atado al final de la seda. Muchos biólogos pesimistas estiman que estamos a las puertas de una nueva extinción masiva del Holoceno, esta vez por causas humanas. No es ningún secreto ni ninguna hipótesis descabellada que al actual ritmo de destrucción humana de la tierra en cien años se habrán extinguido la mitad de las formas de vida que hoy conocemos. Eso sin contar los efectos imprevisibles del cambio climático ¿Acabaremos convertidos en un trozo de piedra gris como este trilobites? ¿quiénes ocuparán el hueco que dejamos?
Pero imaginar el tiempo en millones de años es sólo un juego de paleontólogos aficionados o de pescadores distraídos. La vida de cada cual se desenvuelve en una diminuta ventana de tiempo de menos de ochenta años. El antes o el después no existe salvo que también juguemos un poco con la imaginación o la memoria. La vida en el presente es lo que importa y el precioso tiempo es esta chispa cambiante en la que cabalgamos a veces muy deprisa y otras con lentitud de astros o de grullas o de peces de nadan alejándose. Así que hoy quiero pensar porque sí o por orgullo, inteligencia, sensatez, prudencia o porque sería una traición dejar la tierra tan arrasada para los que vendrán luego y no conoceremos, quiero pensar y desear que cambiaremos nuestra forma de vivir y derrochar, de aniquilar el mundo con tanta conciencia e inconsciencia y propiciar una nueva extinción como esa tan antigua que he leído en el fósil. Los pescadores siempre somos optimistas. Siempre hay un pez que no se aleja, la orilla nunca se acaba, el día es largo y el tiempo el único tesoro que nos cabe en los pequeños bolsillos del chaleco.

(…el pez volvió al agua…el fósil se quedó en la orilla…)



miércoles

SONIDO


Era muy temprano. Casi te daba pudor arrancar el coche y romper con su petardeo todo ese silencio acumulado en la plaza. Sólo cuando enfilarse la calle de abajo aceleraste a fondo en segunda sin importarte el ruido del motor del 127. En la carretera pusiste a Rainbow, “Can´t Let You Go”, que comienza con un órgano de iglesia antes del tactacatac de la batería y el guitarreo. Entonces recordaste aquellas palabras de Thomas Bernhard, casi recitadas por alguien que amabas, y a las que no dabas demasiado crédito: "Todos el mundo muere con música en la mente, cuando todo lo demás -personas, recuerdos- ha desaparecido ya."  Claro que tu no tomabas tus cañas en Salzburgo… a no ser que metieras en el “saco musical” a los ruidos del agua…El sonido del agua es siempre muy diverso, como la voz y el estado de ánimo de una persona: gorgojea, susurra, canta, grita, chilla, murmura, tararea… y además tiene muchos tonos, timbres e intensidades según cada río, lugar del río, cada estación y cada día. Te gusta el tintineo alegre de las zonas del torrente que no acaba de romper, el sonido bronco y energético de un rompiente cuando estás metido en ella, el estruendo de la crecida cuando todo es espuma y desborde, el burbujeo metálico de un caño pequeño, el sonido lejano cuando llegas caminando y aún no se ve el río. Sobre todo la memoria sonora, cuando te has ido del agua y aún sigue sonando dentro de ti, o su repentina y evidente ausencia. Además, junto al agua, suena su fauna y su bosque con ayuda del viento o la brisa. Al evocar somos animales visuales, también olfativos, pero tenemos poca evocación auditiva, aunque hayamos inventado la música y la música sí funcione para rescatar cachivaches de nuestro desván cerebral. Pero fuera de la música, la memoria encuentra pocas composiciones sonoras naturales o artificiales, ruidos o sonidos, que conmuevan y evoquen...  

...Tal vez el sonido de aquel 127 al cambiar de segunda a tercera y luego a cuarta y pisar el acelerador hasta el tope, con prisas siempre por llegar el primero a la garganta. Cierras los ojos y escuchas con facilidad tu río, el sonido distinto de sus rápidos a la entrada de las pozas o chorreras o tablas.



domingo

ESPEJO



Hace ya muchos años pasabas la frontera del agua con aletas y arpón detrás de los sargos y las lubinas, los meros y los palometones, los congrios y los pulpos. Desde abajo, con los pies tocando el fondo, te gustaba mirar hacia arriba y ver el espejo deslumbrante que separaba el mar de tu mundo. Ese cielo liquido se volvía entonces misterioso y lejano mientras acechabas las corrientes y las cuevas, sumergido en tu instinto cazador, aguantando la respiración siempre un segundo más. La frontera de agua que contemplabas, tres o cuatro metros más arriba, separaba dos mundos ajenos y soñabas a veces que ese cielo de aire no era el tuyo.

Ahora ya no buceas como entonces, pero te sigue encantando esa frontera que a veces es un espejo oscuro y otras un cristal transparente casi invisible. Los insectos se posan en esa delicada película y vuelven a volar como si nada pudiera mojarlos o hundirlos. Otras veces en cambio, misteriosamente, rompen el espejo y pasan al otro lado. Muchas veces tocas con cuidado el agua sintiendo esa leve resistencia que separa ambos mundos, en esa leve frontera de cristal líquido es en la que más te gusta pescar, dejas el señuelo ahí, sobre el agua y debe ser el pez quién se acerque a ti siquiera un segundo.

La superficie del agua es tu espejo de Alicia y al otro lado aguardan siempre las maravillas. Tú, que en otro tiempo lo cruzaste, lo sabes. Debajo del agua las leyes, los colores, las sensaciones, la vida es otra muy distinta. Por eso te gustan los espejos muy limpios, los ríos muy transparentes.  Pescando atraviesas ese espejo de Alicia de agua muchas veces con la imaginación y la experiencia. No rompes el cristal, intentas posar el señuelo con delicadeza para no rasgar el encanto. Y cuando lo consigues y ves el pez acercarse sientes que has abierto la puerta y que ambos mundos se hablan. Otras veces dejas que el señuelo se hunda y recuerdas como era eso de bucear y mirar la superficie del agua desde abajo como un pez.

Le digo a mi hijo que a todos los pescadores que conozco les gusta mucho nadar y bucear. En primavera, aunque el agua esta muy fría, pocas veces se resisten a entrar dentro del agua con el vadeador incluso cuando no es muy necesario. Les gusta estar ahí muy cerca de ese mágico espejo, tocar con los pies el otro lado, vivir en ambos mundos. Tal vez en el laberinto más remoto de nuestro cerebro primitivo sentimos que una vez fuimos también peces. Y el hijo pescador camina despacio dentro del espejo del río. O del país de las maravillas.

miércoles

BAYES



Perdías el tiempo en lo inútil aunque a veces contemplabas  prodigios. Un barbo enorme saliendo de la nada para tragarse un pajarillo que había caído del nido; la intuición de tu perro adivinando la cercanía del bass antes que tu sintieras en las manos su picada; la sombra monstruosa de un pez negro y ancho que acabó siendo un banco de apretados alevines de pez gato; la zambullida del martín casi a tus pies y su sorpresa al salir con el cachuelo y ver a un tipo asombrado, agazapado bajo una rama, con una caña en la manos; la gran trucha que sorbía pequeñas efímeras blancas junto a un brazo con algo más de corriente en el que desembocaba la garganta y que se alejó de ti para siempre, perezosa y molesta, por tus aspavientos al intentar cambiar en unos segundos el señuelo; o la luz de la tarde haciendo brillar las columnas de mosquitos que  bailaban en espirales de seda, la quietud absoluta del agua que reflejaba los estrechos bosques de la ribera como si bajo su superficie existiera en verdad otro río, otro cielo, otro mundo y otro pescador mirando dentro. Pero volviste a lo importante… ¿qué probabilidad habría hoy de tocar una trucha grande?

Intuyo que el párroco Inglés del siglo XVIII Thomas Bayes era pescador de mosca. Supongo que en algún momento pensó que si tener un suave picada, dado que estamos pescando, se podría saber (si se tiene algún dato más), la probabilidad de tener una buena trucha si se tiene una suave picada. Thomas Bayes, de Tunbridge Wells, en el condado de Kent, vivió entre 1701 y 1761, era un tipo tímido y algo tristón, pero también un brillantísimo matemático. Inventó la ecuación matemática que se conoce como el Teorema de Bayes y que tiene esta pinta tan inquietante:


Hoy la gente utiliza su teorema para solucionar complejos problemas que tienen que ver con la distribuciones de probabilidad o probabilidades inversas. Se trata de un camino adecuado para llegar  a probabilidades estadísticamente fiables partiendo de una información parcial. Lo chusco del asunto es que su teorema no tenía aplicaciones prácticas sin los ordenadores de hoy, sin un cacharro que pudiera realizar con rapidez y precisión todos los cálculos necesarios. Cuando se le ocurrió a Bayes el teorema era un ejercicio inútil así que nuestro colega ni se molestó en darlo a conocer. Un amigo suyo lo envió después de muerto Bayes a la Royal Society de Londres y fue publicado en las Philosophical Transactions de la Society que supongo que es una revista de esas con señoritas en bikini de la época. El artículo se titulaba “Un ensayo hacia la resolución de un problema en la Doctrina de las Posibilidades”. Suena aburrido pero fue todo un hito matemático. Hoy su teorema se utiliza en las predicciones de los mercados de valores, los modelos de cambio climático, el establecimiento de dataciones con el carbono 14, en el análisis de sucesos cosmológicos, diagnósticos de cáncer, sistemas para detección de spam en Internet y en todos el enjuagues en los que la interpretación de las probabilidades es lo importante.


Los humanos, algunos, son así, gastan su tiempo en imaginar problemas y universos, en deducir cierta belleza invisible en los números y en las palabras aunque no sirvan para nada.


lunes

CARAMELO


Vas a levantar la mosca del agua. Ya esta fuera y en ese instante salta la trucha como un delfín para cazarla. No duraría el instante más de una décima de segundo. Al segundo siguiente el pez revoloteaba por el aire hacia la sacadera.

El tiempo se desliza por la tarde. Son casi las diez y aún es de día. Vuelves por una selva de cicutas y malezas muy altas, bajo un bosque de ribera en el que no hay rastro de cultura o destrucción ¿Qué valor tiene esa décima de segundo?, ¿qué magia química y eléctrica ha grabado en tu memoria ese instante?, ¿por qué azar o qué milagro se olvidaron de este bosque de maravilla?

También recuerdas las dudas, tu poca fe en el feo trico caramelo, la lentitud con la que ataste la mosca con ese nudo Orvis que te gusta en ese cero nueve que ahora usas y como, a pocos metros de ti, se  cayó un viejo árbol sin motivo, sin hacer ni gota de viento, porque le tocaba caer después de haber aguantado firme varios años, ya muerto. Fue un estrépito de catástrofe y luego de nuevo silencio y murmullo de agua. Nunca había contemplado el derrumbe de un árbol. A veces no sabes si la vida es una suma de instantes recordables o es el residuo pegajoso y vacío que los une sin más. Si la vida de verdad son los segundos que guarda la escasa biblioteca de tu memoria o las miles de horas o de días que pasaron sin causa y sin perfume.

Por eso te gusta sentir el pez, su tensión, su pálpito entre los dedos mojados. Es la forma más cercana que sientes de tocar de verdad el tiempo que posees. Ahora, a medias supersticioso a medias empírico, fabricas nuevos tricos caramelo y no sabes si son un buen señuelo para truchas voladoras o un imán de instantes felices. Todos los pescadores saben que las moscas buenas son una llave mágica que abre una puerta hacia un País de las Maravillas muy secreto. La cerradura está en el agua y es cosa del pescador y de sus dedos, su pulso o su instinto, saber girar la llave, empujar despacio la gran puerta y entrar de nuevo en él.



viernes

DIORITA



¿De verdad todo lo desgasta el tiempo? ¿O somos nosotros los que permitimos que la dejadez vaya borrando lo que un día nos pareció intenso como una explosión termonuclear en medio del sol? ¿De verdad la intimidad y los días erosionan aquella belleza que nos excitaba siempre? ¿O somos nosotros los que aceptamos que el deseo se desmorone sin remedio aunque una vez lo imaginamos duro como una diorita arrogante en la intemperie? Pero hoy, esta madrugada, todas esas preguntas son ceniza de cigarrillo arrinconado en una acera de la ciudad, retórica de postureo recitando a Keats, elucubración de pajillero cuarentón, ripio de poeta aficionado a las pintadas con spray. Acaricias las estrías de su culo, la cicatrices de su vientre, los músculos fuertes de sus piernas, las aréolas grandes, la leve curva de su sonrisa. Besas sus párpados para que no te queme el brillo de sus ojos y bajas luego hasta el ombligo y le das la vuelta porque la evolución y Darwin fabricaron el culo para algo.

De camino al río te preguntas que haces ahí, atravesando la noche hacia la nada, por qué no te has quedado a celebrar el domingo, a buscar entre los gestos de su despertar aquello que nombrasteis en susurros o a reconocer con asombro que hay partes en vuestra memoria de diorita. Tienes que esperar en el coche a que amanezca y por la radio describen los espantos que se perpetran no muy lejos, el babeo del político mamón que se cree alguien, la enumeración minuciosa de todos los vencidos. Apagas el cacharro. Abres la ventanilla. Entra el frío. Con la penumbra disolviéndose en la niebla ya sales al camino con la caña montada y la mirada aún perdida en el asombro de las horas de antes. No sabrías delimitar que fino arroyo de cristal separa la alegría de la felicidad, tal vez su duración, tal vez sus mitos, quizá la hondura de una u otra poza. 
Ya se ve bien. Bajas deprisa. No te espera en la orilla ninguna ondina ni nereida, la de verdad estará aún dormida lejos de allí. Pero quieres presenciar de nuevo, un año más, los dedos de la aurora junto al agua ese primer día de la temporada, como hiciste tantas veces, con la emoción intacta igual que esa diorita que has imaginado para aludir a esa mezcla de amor y de deseo que has tocado antes. Atas dos ninfas del doce, verde y azul, grandes, pesadas y peludas. Lanzas arriba, en la curva donde desaparece la espuma y luego acompañas la deriva caminando por la arena gruesa de la orilla. Profundizan muy rápido. Cuando notas que alguna toca el fondo tiras un poco del sedal. Has sentido el temblor, la rigidez, luego el tirón, el corazón a mil. Nunca es igual.

No dudas que el tiempo desgasta las suaves piedras de granito que pisas bajo el agua y la vida que tienes y tus dedos que antes temblaban metidos en su cuerpo y ahora sujetan la trucha y mañana quien sabe. La belleza está ahí, estuvo siempre, en el perfil de su culo, en la curva del río, en la trucha prendida, el camino de vuelta, la mañana suave, la sonrisa que tiene, la certeza de meses por delante junto al agua y junto a ella. La belleza está ahí, estuvo siempre, tan invisible a muchos, porque es necesaria la voluntad, el esfuerzo y el empeño de no perder de vista todo eso, de perseguirlo siempre y no dejar que nada desgaste esa diorita áspera y distinta que todos tenemos dentro.


miércoles

INVIERNO & CAMUS




Baja al Tiétar en medio del invierno. La arena y la hierba seca cruje escarchada. Va bien abrigado pero el viento se va colando por alguna esquina de la ropa y le va helando. Camina mucho tiempo. No se para. Desde muy joven descubrió que el caminar nunca le cansa, al contrario, le llena de una extraña energía, una euforia infantil que siempre le sorprende, en cambio, si se para, siente el agotamiento, la pereza, la vida brilla menos.

Llega hasta una poza grande y redonda con una ruina extraña que sobresale en medio y nunca ha sabido que pudo haber sido en otro tiempo, tal vez un pilar de puente o los cimientos de un viejo molino cuando el cauce era otro distinto. Al segundo lance clava. Una pelea bonita, con carreras intensas y hasta un salto. Hace una foto al pez y  al volver al agua pega otro salto. Piensa que debe haber barbos con alma de salmón. Sigue caminando, ya siente el frío en todas las esquinas pero no le importa. Con leña de arrastre, en medio de una playa, hace una hoguera. Durante un rato, sentado sobre un tocón lavado por mil riadas, deja que el fuego le temple un poco. Recuerda a veces “el verano” de Albert Camus, escrito en el oscuro invierno bélico de 1940, un librito de pocas páginas que suena y calienta como una hoguera grande: “En medio del invierno, descubrí que había, dentro de mí, un verano invencible. Y eso me hace feliz. Porque esto dice que no importa lo duro que el mundo empuja contra mí; dentro de mí hay algo más fuerte, algo mejor, empujando de vuelta”.