Siempre son
más grandes los peces que se escapan. Los que no se acercaron lo suficiente a
nuestros dedos, los que no se rindieron a nuestras artes y nuestra sacadera.
Antes de
cumplir los dieciséis, aquella trucha enorme que saltó casi un metro fuera del agua
después de desengancharse del señuelo a pocos centímetros de las manos. O esa
otra, no hace tanto, una tarde de primavera, metido en el agua por la cintura,
sólo le viste la cabeza, pero fue suficiente.
Luego están
las otras, no tan grandes, pero que se han quedado a vivir en nuestra memoria
por la pelea, lo especial del día, la rara belleza del recodo del río,
cualquier otra razón simple o misteriosa.
Los peces que
tocamos o los que no se rindieron viven al final en el mismo lugar del corazón
del pescador y a veces, por la noche, poco antes de que llegue el sueño,
vuelven a nosotros muy reales y muy nítidos. Nos asombra entonces que guardemos
no sé dónde todo eso. Nos intriga qué resorte los habrá convocado antes de
dormir.
No queremos
olvidar pero olvidamos. O tal vez no olvidamos nada de lo que de verdad fue
importante en nuestra. Sigue allí vivo, debajo el agua,
debajo del sueño.
Yo creo que los peces que tocamos entran en nuesta memoria, pero los más queridos, los que están rodeados por un halo místico y se encuentran fijamente anclados en nuestra mitología personal son precisamente los que nunca llegaron a rozar nuestros dedos. Y eso forma parte de la magia de nuestra afición. Un saludo compañero, y enhorabuena de nuevo por otra entrada fantástica.
ResponderEliminarGracias Jorge. Los que se nos escaparon nunca los olvidamos.
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