miércoles

BOLO




(Pintura de Rob Chapman)

A veces hay que esperar. A veces cuesta mucho tocar los sueños. Las truchas de la parte baja de la garganta Jaranda siempre fueron grandes, escasas y sabias. No se dejan pescar por cualquiera así que en estas riberas siempre hay pocos pescadores, solo compiten con nosotros las nutrias. Pasaron muchos años hasta cogí por fin la trucha más grande de este río pero fue un día de abril perfecto, en uno de los charcos más bellos, tras un lance larguísimo, tras una lucha corriente abajo saltando de piedra en piedra que aún me sobrecoge y en presencia de mi hermano Fernando que me ayudó a sacarla. He cogido muchas truchas grandes pero ninguna peleó como aquella.
Los pescadores somos unos tipos muy raros. Nos cruzábamos con otro pescador y preguntaba: ¿qué tal? Y nosotros: nada, fatal, no pican. Aunque llevábamos unas buenas truchas en la cesta. Te cruzabas con otro, ¿qué tal la pesca? y tú, cariacontecido: nada, el río está vacío, ya nos vamos. Pero en cuanto le adelantabas y no te veía comenzabas a pescar en el siguiente recodo. Nunca presumir, nunca enseñar, nunca decir. A mi hijo el pescador le preguntan ¿qué tal se ha dado? y él no dice nada, se le escapa la risa y espera a que yo responda al preguntón: fatal, bolo.
Hace veinticinco años sólo conocía el secreto mi amigo Luismi el del estanco. Sonriendo me preguntaba: ¿cuántas llevas? Y yo: cero. Y él sonriendo. Eres un cabronazo. Me enseñaba la cesta y yo la mía. Llevábamos siempre más o menos las mismas.

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