martes

LOS 16


Tenía 16 años y me creía un pescador experto. No lo era, pero si era un lanzador con buena puntería. Era capaz de dejar el señuelo suavemente en un hueco de diez centímetros que había entre dos piedras a treinta metros de distancia. Y lanzar con una mano colgado con la otra de una rama. Y nadar con la caña entre los dientes a primeros de marzo para cruzar un río demasiado crecido. Muchas, muchas veces pude matarme por ahí por pescar solo en lugares realmente peligrosos. Salía de la discoteca a las cinco de la mañana y a las seis y media ya estaba en la garganta esperando a que amaneciera después de andar seis kilómetros a oscuras con las botas altas puestas. Vaya ejemplo para el hijo pescador. Si, cogía muchas truchas y muchas truchas buenas, pero se me escaparon las más grandes. No era un buen pescador aunque si era un incansable depredador. Es irónico que mi mayor competidor por aquel entonces fuera el dueño de la discoteca. Siempre cogía más, siempre estaba en el río, en el mejor charco, lanzando con más habilidad entre la maleza con su pequeña caña de menos de metro y medio. Caminar garganta arriba desde “Las Pilas de Collao” al charco de “Las Brujas”, después de haber estado hasta las cinco de la mañana de ligoteo, cubata va, cubata viene era una práctica de riesgo. Más de una vez y más de tres acabé en el agua. Le digo al hijo pescador: El agua helada de marzo es lo mejor contra las resacas. Y se ríe.

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